Es absolutamente increíble el lugar en el que me encuentro. Nunca imaginé un sitio tan perfecto, tan a medida para descansar mi soledad, agotada por el paseo, antes de encarar la caminata final hacia el barco del regreso.
Hace años que me debía un día como hoy en Montevideo. Sólo y en paz perdiéndome en sus calles a mi entero antojo y sin apuro. Mañana se vota aquí y nada ni nadie lo adivinaría sino fuera por los quioscos llenos de banderitas, las que también flamean en los autos. Es MI ciudad, mi lugar en el mundo, culta, amable, silenciosa y segura. Lenta, como adormecida eternamente, igual a un interminable mate, sabrosa, profunda y dulce como él.
No quiero irme, no puedo irme, debo irme.
Por la nueva peatonal, pasando la iglesia matriz, donde medité un buen rato, un cartel llamó mi atención: “Café de la Pausa”. “¡Que nombre justo!” dije. Y no subí. Di varios rodeos más y no sin antes frústraseme algunas opciones previas, una curiosa vuelta a manzana me depositó nuevamente frente al cartel. Cansado, extenuado, subí.
Y ahí en un arcaico entrepiso, lleno de libros viejos y tortas caseras, con una suave música justa, una rústica mesita me brinda de manos de una dama un café.
Estoy solo, una pareja cercana son los otros únicos habitantes de este refugio literario.
Aun antes de sentarme, me calzo los lentes, abro el cuaderno y comienzo a escribir
NO ESTAS
Tristemente,
Irremediablemente,
Definitivamente,
No estás.
Te llamo,
Te escribo,
Te busco,
Y no estás
Intento sentirte,
Procuro pensarte,
Siento recordarte,
Pero no estás.
Y es todo tragedia.
Porque si no estás
Me falta algo,
Me falta todo,
Me falto yo.
Estoy tan solo,
Que nada puedo,
Porque es sin vos.
El mundo vacío,
La noche larga,
Inútil el día,
La vida amarga.
Imposible saber,
Cómo te fuiste,
Dónde te fuiste,
Porqué te fuiste,
Todos lo escribieron, todos lo dijeron, pero tal como dice el refrán: del dicho al hecho hay mucho, muchísimo trecho. La consigna es aceptar. Pero aceptar ¿QUE?
Unas pocas y significativas cosas simples de enunciar, difíciles, muy difíciles de hacer:
1. Que vivir implica necesaria e inevitablemente morir
2. Que todo lo que amamos y a lo que nos apegamos, un día más tarde o más temprano, SIN DUDA morirá.
3. Que uno no tiene escapatoria alguna frente a su propia e inevitable muerte. Como prueba basten todos los esfuerzos propios y de los médicos, enfermeros, sanatorios, cuidadores, etc. que intervinieron drástica e invasivamente, sólo para demorar lo inevitable en el ser querido que partió.
4. Que la vida de uno, a partir de la muerte del ser querido cuyo duelo está atravesando, nunca va a ser igual. Será de alguna manera peor o mejor, nunca igual, ni la sombra de lo que era antes y ello obligará a un especial esfuerzo de adaptación en el que uno y su manera de relacionarse con los demás cambiará drásticamente.
5. Que ese ser querido no está hoy, ni estará mañana, ni pasado mañana, ni el mes que viene, ni el año que viene. Para decir con “el cuervo” de Poe: no estará NUNCA MÁS. Y que en consecuencia, aunque no quiera debo aprender a vivir sin él.
Si se las mira detenidamente son todas cosas obvias. Entonces ¿por qué cuesta tanto aceptarlas?
Hay una cuestión social muy fuerte en la humanidad occidental contemporánea que busca ocultar la muerte, como si negándola le quitase poder cuando, paradójicamente, sucede todo lo contrario. La muerte arrinconada al lugar de la sombra adquiere el poder del taboo, el poder de lo oculto, de lo no hablado y marca profundamente toda la existencia del hombre. El pensamiento que viene desde el denominado Renacimiento, potenciado con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial ha llevado al hombre a rechazar todo aquello que atente contra su libertad y ha llevado por ende al entronizamiento de su voluntad individual. Así hace siglos que viene intentando desembarazarse de la enseñanza religiosa, así se rebeló contra los reyes, así rechazo a los estados totalitarios y hoy los vemos rechazando hasta las más elementales normas de convivencia, salud, higiene y preservación propia y colectiva.
El Superhombre de Nietzsche liberado de todo, sin saberlo ni quererlo cae esclavo de un amo peor: SUS INSTINTOS, los que al provenir de su esencia animal lo convierten en salvaje bestia. Y al igual que ellas desprecia al débil, atropella al que se interpone en la satisfacción de su deseo y comete salvajadas con una conciencia adormecida. Empero, como a diferencia del animal el hombre no es sólo instinto, sino también conciencia, mente y espíritu, para poder acallarlos recurre a distintos métodos que van desde los inofensivos como la radio o el walkman todo el día o los televisores en todas partes hasta los perjudiciales para si y los demás como el alcoholismo y las drogas.
La ecuación es simple: cuanto mas acalle a su conciencia – mente – espíritu, más lejos llegará en el mundo pero inevitablemente se sentirá peor y necesitará cada vez más del anestesiante elegido.
Si el que manda es el instinto, no hay instinto más fuerte que el de supervivencia. El instinto amo del hombre se resiste a morir y por eso todo lo que tenga que ver con la muerte debe ser ocultado, acallado, negado.
La pésima noticia que habría que darle a la cultura reinante es que el hombre, en tanto animal no es libre de las leyes naturales y así aunque reniegue de Dios, del Rey, del Estado, hasta del Otro, inevitablemente sucumbirá en la muerte. Para el superhombre nietzscheano aceptar este error de base no es poca cosa. Implica poner en duda casi todo aquello en que basó su vida. La muerte lo deja como al Hamlet de Shakespeare, con la calavera en la mano dudando si es mejor luchar o dejarse arrastrar por ella, pensando que si se conociera el mas allá, dormirse en la muerte no sería tan malo, creyendo que es esa ignorancia esencial la que lo hace cobarde y lo obliga a las fatigas de la vida.
Pero ¡basta de teoría! Como mi única intención al escribir esto es ayudar al que está de duelo, tema al que vuelvo, no solamente porque forma parte de mi paisaje actual, sino también empujado por el dramático pedido de auxilio que me dejó Gabriela – a quien no conozco- en los comentarios de DUELO Y POESIA.
Para de verdad acompañarlos en sus sentimientos, les voy a dar mi experiencia personal con las aceptaciones más arriba mencionadas.
Respecto de la primera que implica vivir siendo conciente de la mortalidad, me ha costado muchos años de yoga y de práctica religiosa intensa. Antes de iniciar ese camino vivía arriesgándome en demasía probablemente en una búsqueda inconciente de la muerte. Dicen que el soldado que primero sale de su trinchera para enfrentar al enemigo lo hace movido por el miedo que padece, el cual le resulta insoportable. Así parece un héroe y resulta ser el más cobarde. La muerte en cuanto obsesión se había transformado en un abismo que me atraía.
El camino seguido me hizo avanzar por la contracultura, sufriendo aislamiento y crítica dura, pero auténticamente me salvó la vida, evitando que me embarcase demasiado en la locura humana de éxito y acumulación dando espacio a un mayor disfrute de las cosas simples, gratuitas e intangibles que la vida ofrece.
La segunda me sigue costando. El no aceptar del todo lo finito de los afectos, limita trágicamente mi capacidad de amar. Decía Enzo Ferrari que nunca podía querer demasiado a sus pilotos porque sabía que existía una alta posibilidad que se matasen corriendo, como de hecho sucedió muchas veces. A mi me pasa lo mismo con todos. El temor a la devastación por la muerte de un ser querido me hace amarlo con reservas y ello está claramente mal, me impide la felicidad de una entrega total. Sigo a mi medio siglo trabajando en ello.
La tercera la acepté plenamente. Creo que uno hace todo lo que hace para buscar la paz de conciencia que otorga saber que se hizo todo lo posible, tal como lo explico en la poesía “VACIAS”. A veces por el contrario me asalta la duda si en esta búsqueda no hice de más, si en caso de haber hecho algo menos, hubiese acortado el sufrimiento. Imposible saberlo. Ser conciente que estos esfuerzos son siempre relativos también me ha servido para vivir mejor, evitando exageraciones muy comunes a la hora de referirnos a medicina preventiva y recaudos de seguridad vital.
La cuarta me está dando un trabajo importante. Siento que definitivamente me he quedado huérfano y esa orfandad me pesa. Estaba muy cómodo en mi rol de hijo y hoy no hay forma que lo sea. Resignificar los roles restantes: padre, esposo, amigo, para llevarlos a sustituir el rol perdido no es nada sencillo. Algo de mí quiere seguir siendo hijo y no tengo de quien. Estimo que mucho mas difícil será para quien no tenga a mano otros roles a resignificar.
Y finalmente para que tanto Gabriela como todos los que están de duelo no se crean ni por un minuto que mi duelo es una caminata en el parque, les voy a confesar que la quinta aceptación me tiene desvastado. No solo no acepté sino que me resisto como gato panza arriba a siquiera intentarlo. Es que en este punto la aceptación aguarda detrás de la puerta del DOLOR.
Dolor de ausencia que es continuo, cotidiano, que aumenta con el paso del tiempo, que se dispara con cada cosa material que se compartió, que acecha en una foto, o en un video o en cualquier lugar. Dolor que se potencia en fechas como ésta, donde un horrible sentimiento emerge de las tripas de rabia- impotencia- envidia-, hacia los semejantes que pueden festejar mientras a uno le toca llorar en el cementerio.
Este dolor de ausencia aparece tan poderoso que lo vivo como una amenaza destructora que llega a poner en duda mi capacidad de soportarlo. Entonces actúa el ya nombrado instinto de supervivencia y vivo posponiendo el momento de hacerlo, el momento de aceptar que mi madre no estará NUNCA MÁS. No hacerlo no es gratis. Por el contrario tiene un costo tremendo: me deja muerto en vida. Para que las cosas que me pasan, buenas y malas me lleguen, tengo que volver a la vida y no se puede volver a ella sin salir del duelo.
Hace unos días vi una película impecable pero terrible, protagonizada por una joven mujer, como habrá tantas, victima superviviente de la guerra de la ex Yugoslavia, que se llama “La vida secreta de las palabras”. Recomendable sólo para los fuertes de estómago ahí se puede ver hasta qué extremo llega un ser atormentado para negar un duelo que en el caso de la protagonista es múltiple.
Inspirado por un diálogo casi final de esa película, un oscuro cercano día en que me sentí realmente mal en la casa que vivió mi madre, escribí la poesía que sigue, la cual expresa dónde estoy parado.
Enrique R. G: Momigliano
18/10/2009
Día de la Madre
Había una vez un reino próspero, dividido por un río. La curiosidad de este río era que la pigmentación de las algas dotaba a una orilla de un color blanco y a la otra de un color negro. Fuera de esa diferencia, que a nadie importaba, las partes del reino a ambos lados del río eran esencialmente iguales y sus habitantes eran también muy parecidos entre si. Como había matrimonios de habitantes de ambas orillas, existían hasta lazos de parentescos múltiples entre ambos. Por una mera cuestión de comodidad el rey se instaló un día lejano en la orilla blanca.
No existía puente alguno entre ambas orillas pero ello a nadie incomodaba ya que en invierno el río se helaba y además de servir de pista de patinaje para los niños, la gente cruzaba caminando. Tanto como en verano cuando las tórridas temperaturas secaban al río y el cauce era camino transitable.
La paz y la armonía reinaban y a nadie se le hubiera ni siquiera ocurrido pensar que la orilla de pertenencia podía implicar causal de privilegio o discordia. Era un reino de hermanos que, ante cualquier adversidad, se ayudaban mutuamente y esta era una condición que los sucesivos reyes se cuidaban muchísimo de alterar. Por el contrario ensalzaban los hechos comunes a ambas orillas, tenían una única bandera, un único himno, una misma enseñanza, una historia común y un destino compartido.
Un muy trágico día para este reino, por esas cosas de las sucesiones reales complejas, llegó al trono un rey muy pero muy corto de vista. Para empeorar las cosas era también bastante sordo así que a sus asesores los escuchaba poco o muy mal. Y para colmo de males asumió en una época en que el río presenta su máximo caudal. En conclusión cuando salió a recorrer por primera vez el reino y llego al río entendió que el mismo era el límite de su reino sin alcanzar a oír a sus consejeros que le decían lo contrario y por supuesto sin siquiera advertir que del otro lado había gente.
Así fue que este rey corto de vista y sordo gobernó durante una interminable década sólo para la gente de la orilla blanca que prosperó muchísimo mientras la gente de la orilla negra sufría cada vez más empobreciéndose a pasos agigantados.
En su reino acortado el rey era loado y alabado ya que nunca los habitantes habían gozado de tantas ventajas, las que disfrutaban más cuanto contrastaban con sus empobrecidos parientes y amigos de la orilla negra.
El rey se la creyó, llegando a pensar que era el mejor rey que había existido allí, fue entonces presa de la soberbia y cada vez que alguien intentaba hacerle ver o decirle que la mitad del reino era paupérrima lo ignoraba supinamente como si de otro reino se tratare.
Las diferencias entre una y otra orilla se hicieron tan grandes que los habitantes de la orilla negra ni siquiera cruzaban a ver a sus parientes y amigos de la orilla blanca porque les daba vergüenza. Y los de la orilla blanca tampoco cruzaban porque sus amistades los denigrarían por juntarse con gente tan pobre.
Los hechos comunes se desdibujaron. La educación y salud se hicieron privadas en la orilla blanca y los niños viajaron desde edad muy temprana a otros reinos más prósperos, amando otras banderas y adoptando otras costumbres.
El himno común dejo de cantarse y la historia común de enseñarse. Las diferencias se ahondaron tanto que a los de la orilla negra se los empezó a llamar excluidos porque estaban fuera de todo, apegados a unas costumbres atrasadísimas y cultivando unos valores arcaicos, incompatibles con el feroz consumismo desatado en la orilla blanca.
Al cabo de esa década trágica e infame llego un nuevo rey con un sagaz ayudante. Rápidamente entendió lo equivocado que había estado su antecesor y casi no podía creer las diferencias que se habían creado entre los habitantes de las dos orillas. El trabajo era inmenso, parecía imposible.
Además todos los funcionarios del reino, los que hacían las leyes y los que las hacían cumplir estaban tan habituados a pensar en dicotomía, distinguiendo permanentemente entre los integrantes del reino que existía de los integrantes del reino que no era, que habituarlos a pensar inclusivamente iba a demandar casi tanto como una generación. Era tan grande la tarea que el sagaz ayudante antes del año renunció y se autoexilió.
El rey se quedó solo y después de equivocarse mucho tuvo la peor idea de todas, llamó para que lo ayudara al principal ayudante del rey anterior. Este solo continuó haciendo lo que había hecho en la década anterior y sumió a los habitantes de la orilla negra en una pobreza insoportable.
Entonces apareció un líder en la orilla negra que pensó que la única salida de esa situación de división, imposible de mantener, era a través de un caos controlado. Alentó a los habitantes a cruzar el río y cometer toda suerte de desmanes en la orilla blanca, aterrorizando a sus habitantes que parecieron despertar de un largísimo sueño y recién ahí darse cuenta cuan pobres estaban sus hermanos de la otra orilla.
El rey se asustó y se fue, sucedió la anarquía, se prolongaron los disturbios y se instaló la inseguridad llegándose varias veces al borde de una guerra entre los habitantes de ambas orillas. Paradójicamente las medidas del gobierno surgido del caos sumieron aun más en la pobreza a los excluidos. Vivir se tornó imposible para todos. Los de la orilla negra acosados por el hambre y los de la orilla blanca acosados por el miedo.
Se siguió ahondando la división porque ahora la cosa era a vida o muerte, ellos o nosotros.
El río que los dividía parecía más caudaloso que nunca.
Un día el líder de la rebelión de la orilla negra se vio en la disyuntiva de tener que reprimir a sus propios rebelados. Ello le costó el reino. Tuvo que irse dejando en su lugar a un extranjero de un reino lejano que había vivido poco tanto de la historia común como de la historia de exclusión. Un rey con muchísima suerte. Le tocó una buena época y todo el reino prosperó, haciendo que la pobreza se tornase más tolerable. Igualmente porque era sumamente inteligente consolidó su poder amenazando permanentemente con el caos.
Pensó que para instalar un modelo de inclusión de los habitantes de la orilla negra debía profundizar las diferencias rodeándose de un coro de profetas del odio que vituperaba y amenazaba a los habitantes de la otra orilla. Empujó muchas veces al reino al borde de la guerra, la cual se evito una noche por la rebelión de su principal ayudante que deshizo una de sus peores medidas.
Siguieron pues los habitantes de ambas orillas en plena tensión, con hechos de violencia cotidianos y con un odio inadmisible entre hermanos.
Al rey el modelo le sirvió para hacer a diestra y siniestra su voluntad, tanto que el también se la creyó. Y puso como reina a su amada, mujer enérgica y de verba encendida. Empero ella no resultó ser una mujer de suerte, diría todo lo contrario. Afrontó una grave crisis generalizada que hizo que la pobreza volviera a ser intolerable.
El río volvió a ser caudaloso, tanto que parecía que algún dique se hubiera roto río arriba. Cruzarlo era casi imposible. Nada en común tenían ya los habitantes de ambas orillas, ni educación, ni salud, ni futuro. Y se vinculaban con un odio acérrimo y despectivo desde el lenguaje a las actitudes.
Fue ahí cuando una sufrida y golpeada mujer, pero dotada de una férrea voluntad y un inextinguible e incontrolable amor al prójimo, decidió que ya no bastaba con hablar y escribir a efectos de alertar a la reina sobre los inevitables enfrentamientos que semejante situación de desigualdad generaría en breve lapso y se dispuso a actuar.
Se puso a idear un método que acabase definitivamente con el miedo de unos y el odio de los otros. Para ello contaría solo consigo misma y un puñado de gente de ambas orillas, convencidas todas que el camino hacia el futuro pasa por el amor y sólo a través de la puerta de la reconciliación, la cual no puede emerger de un perdón gratuito sino de un genuino acto de restablecimiento de la justicia.
Así fue que pacientemente se puso a construir un puente mágico que uniera ambas orillas en toda época del año y cualquiera fuese el caudal del río. La magia del puente estribaba en que cada vez que alguien lo cruzara se haría más fuerte y mas ancho permitiendo el cruce de un contingente aun mayor.
Pero para terminar su tarea hacia falta algo más: cruzar el puente. Para no comprometer a nadie ELLA lo cruzó sola, ante el temor de unos, la desconfianza de varios y el estupor de otros. Y no lo cruzó para volver rápido, se quedó un buen tiempo viviendo en la otra orilla, compartiendo y documentando la crudísima realidad cotidiana de los excluidos. Hasta se dio el gusto de transmitir en directo sus vivencias.
Hoy volvió y a su paso pudo comprobar cuan firme y ancho quedó el puente, listo para que más habitantes de cada orilla lo crucen sin miedo, incorporen la realidad del otro y vuelvan a ayudarse mutuamente ante la adversidad, como lo hicieron antes, como lo hicieron siempre, hasta el reinado del rey ciego y sordo.
Ya izó la bandera en una orilla, bandera que regalaron los de la otra, seguramente habrá cantado el único himno y recordado la historia común ya que estuvo en una escuela.
ELLA, que llevó su sueño improbable a la más concreta realidad, sólo espera que sean muchos los habitantes que olviden el miedo y el odio para poder unificar, de verdad, el reino.
Sueña ahora con ver a todos tratarse con el respeto que merecen y se deben como seres humanos, hermanados por la sangre y el sudor de sus ancestros y concientes que el destino común que los aguarda será de grandeza sólo si se forja entre todos y para todos.
Segura está que si todos los habitantes se aman de verdad comprometiéndose con el bienestar general, aun cuando por esas raras sucesiones, llegue otro rey corto de vista y sordo, no podrá hacer nada en contra de nadie sino que deberá reinar a favor de todos.
Espera que muchísimos, que todos, sigan su ejemplo para convertir al puente en un techo de concreto que sepulte para siempre al río de la división.
Enrique R. G. Momigliano
Buenos Aires, 5 de octubre de 2009
EL PUENTE
A un niño lejano,
Al que sin motivo,
Quité el abrigo,
Y negué mi mano.
Al que hoy llego,
Con la alforja llena
Y un perdón le ruego,
Con mi alma en pena.
Porque soy culpable,
De su desamparo
Y gran responsable,
De su destino malo.
Lo miraré de frente,
Superando vergüenzas,
Para crear el puente,
Sanador de conciencias.
Y con un abrazo inmenso,
Lo recibiré en mis manos,
Para ser por fin como pienso,
Más que amigo, mi hermano.
A los niños de Cote Lai- Chaco
Enrique Momigliano
Buenos Aires, 26/09/2009
Si no trabajamos todos para fortalecer el puente nos encontraremos rápidamente sufriendo lo que cantaba Iva Zanicchi en esta hermosa canción: “La orilla blanca, la orilla negra”
En estos tiempos en los cuales todos buscan “hacer la diferencia” entendiendo por ello obtener un dinero extra, inesperado y jugoso, que permita satisfacer caprichos propios o cercanos; objetivo en pos del cual vale casi todo; unos pocos intentan “ser la diferencia” en la vida de los demás.
Veamos de qué se trata eso.
Uno es la diferencia cuando el que llega a uno se va mejor que como llegó. Y cuando eso le sucede una y otra vez es más que lógico que el beneficiado intente volver a uno cada vez más seguido. También funciona en sentido inverso. Hay gente que invariablemente lo pone a uno mal, incluso sin proponérselo. Es absolutamente lógico que uno lo anote de inmediato en la lista de esquivables.
Para poder serlo tengo que trabajar más en mí que en mi imagen. Si estoy auténticamente bien, abierto a escuchar, a recibir con todos mis sentidos al otro y a su problemática o a su obsesión, dispuesto a “perder” mi precioso tiempo con él, a involucrarme, a hacerle sentir que no está solo frente a su drama, en una palabra que auténticamente me importa él y lo que le pasa, invariablemente seré la diferencia en su vida. Tan acostumbrado a que la gente lo escuche por compromiso, a que lo eluda para no cargarse con un problema más, a que se lo saque de encima con frases hechas, percibirá mi autenticidad como distinta, casi única y vivirá buscándola. Incluso cuando sólo necesite alguien con quien compartir una alegría inmensa.
Es absolutamente fascinante estar de los dos lados de esta historia. Me deja pleno saber que soy la diferencia para alguien y me encanta encontrarme con quien es la diferencia para mi.
Cabe aclarar aquí que no tiene que ver con la amistad o el amor, puede coincidir y es hermoso que lo haga pero el secreto de este encuentro casi único, de esta “emboscada entre las manos” como dice Juarroz pasa por otro lado, al que me gusta llamar empatía.
Nadie se vuelca en otro plenamente si no se sabe plenamente recibido, si no sabe sin dudar que el otro es capaz de entender en el alma misma cómo se siente, si no percibe que esta sintiendo lo mismo que él.
Pongamos un ejemplo: escribo una poesía que me hizo vibrar, llorar, emocionar. ¿Seré capaz de leérsela a alguien que la escucha mirando la tele de reojo y al terminar me dice “linda eh, que bien que escribís” y sigue en lo suyo como si nada hubiera pasado? O mas bien buscaré leérsela a quien sé que me dará todos sus sentidos, que me prestará toda su atención y que sé positivamente que al final se emocionará con la misma intensidad que lo hice yo.
Esa alma gemela es quien siempre, absolutamente siempre es la diferencia.
Por ello es que basta a veces con recordarla, con hacerla bailar en el pensamiento para sentirse distinto, para mirar distinto, para creer distinto.
La mala noticia de este cuento es que no abundan, hay una sola y es muy difícil encontrarla. La sensación de reconocimiento es fácilmente identificable: en su presencia todo desaparece, nada importa y si uno tuviera el poder de escribir la novela de nuevo la empezaría por fugarse con ella. Esa única y poderosa persona que con su sola presencia cambia toda mi percepción del tiempo, del espacio, de la vida, que es la diferencia, una vez hallada nos introduce en una doble dimensión: la vida con ella y la vida sin ella.
Y ambas son increíblemente diferentes, tan diferentes que parece imposible que fuera uno mismo el que vive en las dos.
El verdadero drama de encontrar el alma gemela y no poder fugarse con ella, es que me hace conocer esta dualidad y me hace ver que no tengo ninguna posibilidad de cambiar por mi mismo de dimensión. Su presencia es imprescindible. Y si es escasa se extraña horrores.
Espero haber sido fiel a este sentimiento en la poesía que sigue:
LA DIFERENCIA
Sin ti no vale,
Sin ti no sirve,
Sin ti no quiero.
La vida espanta,
La muerte acecha,
El odio manda,
El miedo vence.
Porque eres todo,
Y también sólo,
Eso que espero,
Eso que anhelo.
Estoy perdido,
Me siento viejo,
Vencido y loco,
Dice el espejo.
En este día especial, solo quiero compartir con Ustedes el mejor consejo que respecto a este noble y universal sentimiento les puedo dar a mis propios hijos.
A MIS HIJOS
Cuando nosotros tus padres,
Hayamos partido,
Enjugando el dolor,
Estarán tus amigos.
Cuando un amor los deje,
Con el corazón partido,
Aliviando el rencor,
Estarán los amigos.
Cuando el fracaso destruya,
Ese sueño querido,
Para volver a empezar,
Estarán los amigos.
Cuando los años los rindan,
Y parezcan vencidos,
Guiando sus pasos,
Estarán los amigos.
Y en el Adiós postrero,
Que volverá a reunirnos,
Recordando y sufriendo,
Estarán los amigos.
Amigos de Hoy, Ayer y Siempre,
Que difícilmente serán los mismos,
Libres, que están porque sienten,
Que la Amistad vence al Abismo.
Por eso si me autorizan,
Les ordeno, les ruego, les digo,
Vivan como quieran,
Pero tengan ¡Muchos Amigos!
Enrique Momigliano
Buenos Aires, 20 de julio de 2009
Día del Amigo
“¿No es quizás que no se mirar?
Cuanto, cuanto hay a mi alrededor”
Héctor Ricardo Soulé
Vox Dei – La Biblia- Profecías
Probablemente si tuviéramos la fortuna de encontrarnos con Jesús cara a cara y nos diera la posibilidad de pedirle una cosa sola, la mas sabia petición a formular seria la del ciego Bartimeo (Marcos 10: 46-52): “Maestro, que yo pueda ver”. Una vez que puedo ver, pero ver en serio, sabiendo mirar, no tengo otra opción que la paz, la armonía y la alegría, porque la verdad me libera de todo lo que no es: el miedo, la angustia, la tristeza, la desesperación.
Facundo Cabral dijo: “No estas deprimido, estas distraído” que es lo mismo. Tienes todo delante de ti pero como estás encerrado por el dolor y la frustración no lo puedes ver y ese no verlo te deja triste.
Mi mecenas personal, Silvia Paglioni, amiga instigadora y trabajadora incansable para que este blog sea una realidad, tiene un programa de radio los martes a las 20 por FM de las Américas (http://www.fmdelasamericas.com/ para escuchar on line) que se llama “Todo depende… Elige tu propio cristal”, causalmente tomando una frase favorita de mi padre: todo depende del cristal con que se mira. Mi forma de mirar condicionará siempre mi percepción de la realidad y consecuentemente mi estado de ánimo y mis expectativas respecto de esa realidad.
Frente a ello puedo adoptar la conducta mayoritaria que consiste en luchar denodadamente toda mi vida para lograr que la realidad se adapte alguna vez a mi expectativa, hecho por demás difícil de lograr y que para aquellos privilegiados que llegan a ese punto les espera comprobar que es un punto inestable y que el desajuste volverá a producirse casi de inmediato. O en su lugar puedo intentar como lo hace una selecta minoría ver mejor, buscar una nueva perspectiva del problema que me angustia, subirme al banco – tal como le pedía Robin Williams a sus alumnos en La Sociedad de los Poetas Muertos, cambiar el cristal con que miro, para comprobar que el problema no era tan grave, que la amenaza angustiante no existía y dejarme invadir por las soluciones y alegrías que están – siempre lo estuvieron- al alcance de la mano.
No existe enemigo peor que uno mismo cuando mira mal. De ahí nacen las autoflagelaciones que si bien no son fáciles de encontrar en la actualidad en su forma física, cuenten cuántos autoflagelantes psicológicos abundan entre sus conocidos. Uno tiende a ser su peor juez porque cuesta ser objetivo cuando se esta sufriendo. Y mira mal y se castiga peor, dañando severamente su autoestima y agravando peligrosamente su sufrimiento.
Reconozco que formo parte del club. Casi, casi merezco ser su dirigente. Hijo de una cultura súper exigente cuando las cosas no salieron como esperaba, al primero que elijo culpar es a mi mismo y ando por la vida con el látigo a cuestas y las lacerantes heridas en la espalda. Como medio siglo no se cumple inútilmente, aprendí a conocerme y a munirme de herramientas que me permiten con bastante esfuerzo cambiar el cristal.
Pero algunas veces ese cambio de cristal, esa subida al banco se produce por la intervención de esa inteligencia mágica de la vida que nos va trazando el camino para nuestro propio bien. Dios y la Vida quieren que despertemos, que sepamos mirar para que nos volvamos agradecidos, para que estemos bien, para que podamos ayudar a los que todavía no lo hicieron y siguen látigo en mano causándose daños profundos.
Es fácil reconocerla porque el cambio de percepción es automático, sin esfuerzo ni voluntad de nuestra parte, es un CLICK. Y de golpe la luz, y vemos todo.
Hace apenas 48 horas tuve uno de estos episodios. Las impredecibles circunstancias de la vida me devolvieron a un lugar muy especial para mi, un lugar asociado a uno de mis mas grandes sueños realizados, acariciado desde muy pequeño y logrado allí cuando tenía 26 años con un supremo esfuerzo, físico, económico y de todo tipo, sorteando obstáculos incontables. Volver después de casi tres décadas a caminar por el escenario de un sueño realizado, y tener el enorme privilegio de mostrárselo a mi hijo fue como sentir una voz interna que me aturdía con un único grito: “Todo valió la pena, dejá de mirar mal”
Regresado de ese querido escenario una poesía me estaba esperando para plasmar el despertar.
MIRADA
No supe, no pude, no quise,
Y no sé cuánto no supe,
Cuánto no pude,
Ni cuánto no quise.
Pero lo único cierto,
Es que me deja triste,
Aquello que hice.
“¿Es que será tan malo?”
Un día me dije.
“Es que mal lo viste”
Tú me dijiste.
Y sobre la tierra yerma
De mi alma arrasada,
Una gota de tu amor se derrama.
Haciéndome por fin sentir
La Vida en mí, renovada.
Enrique Momigliano
2 de julio de 2009
Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires
Todavía sonrío desde la foto. Peinado a la gomina, la mano derecha en el bolsillo, el uniforme del Pellegrini reluciente y mi expresión confiada y canchera de los más o menos dieciséis. Pero no estoy solo en el cuadro, en realidad soy poco más que un apéndice, una nota al margen, un destinatario.
El cuadro enmarca una estupenda copia en papel símil pergamino de la poesía SI de Rudyard. Mi madre, quien se fue hace un año exacto, tuvo la inmensa doble desgracia de perder en menos de tres años y de manera súbita a su propia madre y a su esposo, cuando tenía una edad parecida a la mía de hoy. De una familia de cuatro quedamos así de golpe dos, en realidad ella quedó sola y desvastada conmigo apenas entrando a la adolescencia. Lejos, muy lejos de amilanarse, se irguió sobre sus lágrimas y acometió la imposible tarea de ser madre y padre a la vez.
Nadie puede sólo y se le ocurrió pedirle ayuda a Rudyard. Enamorada de su “ The light that failed”, novela por demás apasionante y lectora empedernida junto a mi padre del suplemento literario de La Nación de aquellos tiempos (una cátedra de La Sorbona al lado de los actuales), encontró en SI la mejor síntesis del mensaje que pensaba mi padre me hubiera dado para convertirme en hombre. Así fue que para mi cumpleaños 16 me regaló el cuadro con la poesía y mi foto.
Quedamos pues indisolublemente unidos hasta hoy en el rol de maestro y aprendiz y pienso que lo estaremos por el resto del viaje.
Desde el primer día lo consideré mi hoja de ruta y sobre todo en los tiempos difíciles, cuando parece que el rumbo se esfumó, vuelvo a ella; pero también vuelvo cuando todo parece ir de maravillas, sólo para no dejarme marear.
Hoy más que nunca me acompaña y les aseguro que jamás acometí tarea más difícil en la vida que intentar cumplir siquiera muy parcialmente con la hermosa colección de preceptos que SI contiene.
Vaya pues, en su lengua original y en español – tal como está en el cuadro- esta fabulosa poesía, como homenaje a este soberbio escritor y a mi madre, sin cuyo valor ni audaz idea hubiera sido condenado a crecer sin hoja de ruta.
Enrique Momigliano
12 de junio de 2009
Todo un año después
SI
Si puedes conservar tu cabeza, cuando a tu rededor
Todos la pierden y te cubren de reproches;
Si puedes tener Fe en ti mismo, cuando duden de ti
Los demás hombres y ser indulgente para su duda;
Si puedes esperar y no sentirte cansado con la espera;
Si puedes siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,
Y si eres odiado, no devolver el odio; sin que te creas
Por eso, ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo;
Si puedes soñar sin que los sueños imperiosamente te dominen;
Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único;
Si puedes encararte con el Triunfo y el Desastre, y tratar
De la misma manera a esos dos impostores;
Si puedes aguantar que a la verdad por Ti expuesta
La veas retorcida por los pícaros,
Para convertirla en lazo de los tontos,
O contemplar que las cosas a que diste tu vida se han deshecho,
Y agacharte y construirlas de nuevo,
¡Aunque sea con gastados instrumentos!
Si eres capaz de juntar en un solo haz, todos tus triunfos
Y arriesgarlos, a cara o cruz, en una sola vuelta,
Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste,
¡Y nunca más exhalar una palabra sobre la pérdida sufrida!
Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,
A que te obedezcan aun después de haber desfallecido,
Y que así se mantengan, hasta que en Ti no haya otra cosa,
Que la voluntad gritando: “¡Persistid es la orden!”
Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,
O alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;
Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos,
Pueden causarte daño;
Si todos los hombres pueden contar contigo,
Pero ninguno demasiado;
Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,
Con el valor de los sesenta segundos de la distancia final;
Tuya será la Tierra y cuánto ella contenga
Y – lo que vale más—serás un Hombre ¡Hijo Mío!
If
If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or, being lied about, don’t deal in lies,
Or, being hated, don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise;
If you can dream – and not make dreams your master;
If you can think – and not make thoughts your aim;
If you can meet with triumph and disaster
And treat those two imposters just the same;
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to broken,
And stoop and build ‘em up with wornout tools;
If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breath a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: “Hold on”;
If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings – nor lose the common touch;
If neither foes nor loving friends can hurt you;
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run -
Yours is the Earth and everything that’s in it,
And – which is more – you’ll be a Man my son!
Mi homenaje a Benedetti que se mudó a la inmortalidad
Premonitoriamente el afiche de la película LA TREGUA (1974) dice debajo de los retratos de Ana Maria Picchio y Héctor Alterio “Usted no podrá desentenderse de esta historia”. En mi caso fue verdad.
Tenía apenas 16 cuando en la secundaria me obligaron a leer el libro homónimo, a mi juicio obra cumbre del eximio poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti, fallecido hace unos días en Montevideo. Poeta popular cuya poesía no me llegó tanto como a otros y que no descubrí hasta que la escuché cantada por el Nano Serrat y recitada por Darío Grandinetti en la inolvidable “El lado oscuro del corazón”(1992) de Eliseo Subiela; definitivamente me cautivó para siempre con La Tregua (novela 1959). Pero no lo hizo en mi adolescencia. Entonces sólo me movió a jucios negativos, no sobre la historia, demasiado trágica para mi gusto, sino sobre su personaje central Martín Santomé. Mi empuje juvenil no iba ni con su resignación fatalista ni con su carácter de empleaducho fracasado.
Pero la historia se había hecho carne en mí. Casi una obsesión. Por muchos años y seguramente en cada decisión importante la tenía muy en mente. Y así pensaba si el camino que estaba tomando me alejaba o acercaba a la situación vital de Santomé, cuando llegara a mí medio siglo de vida. El personaje se me había transformado como para su hijo mayor, interpretado en la película magistralmente por Luís Brandoni, en “un espejo que adelanta”, al que además no se le puede reprochar nada “por que sos un buen tipo”.
La Tregua es una obra maestra sobre la angustia existencial, nada menos que el lado oscuro de mi vida., probablemente el de la de muchos. Situado en el comienzo del camino, a mis 16 me horrorizaba llegar a mis 50 tan derrotado y solo como Santomé.
Los años pasaron y un día mi hijo que estaba en quinto año y viviendo sus 17, llegó a casa diciendo:”Pa, tenés La Tregua”. Criado en la era computacional, amante de los resúmenes internetisticos y poco lector como todos sus amigos, saltó de contento cuando de inmediato le respondí: “Claro que la tengo y te la pienso leer yo”.
Así nos pasamos unos cuantos anocheceres yo releyendo y él escuchando a Benedetti.
Fue ahí donde comprendí la verdadera dimensión de esta obra. ¿Qué había cambiado?
Sólo mi edad y mi ubicación en el camino. Tenía en ese momento la edad de Santomé y me sentí tan tremendamente identificado con él que no puede evitar emocionarme hasta las lágrimas en varios pasajes. Transformé la emoción en explicación para mi hijo y le di el regalo que yo no tuve. La oportunidad que el “espejo que adelanta” me diera su versión de la vida. Fue una inolvidable experiencia para ambos.
Quizás nadie mejor que Alberto Cortez reflejó esta edad cuando dijo. “uno se vuelve mas lerdo y abundan los desengaños y sobran los desacuerdos”. Por eso, una tregua es como un regalo del cielo, una verdadera bendición que nos devuelve las ganas de vivir, que nos dice que pese a todo lo padecido, la vida valió la pena. La tregua es tan válida porque viene de la mano del amor. La ultima frase del libro es “Después de tanta espera esto es el ocio ¿Qué haré con el?” y la última de la película puesta en boca del hijo mayor “no era ella, eras vos también que querías vivir otra vez”. La primera refleja el vacío y la segunda es un consuelo tonto, por eso el padre no escucha mas.
El amor a esa edad , a esta edad, es una tregua que sana las heridas, que nos devuelve la fe, que nos hace mejores porque perdonamos las facturas , que nos alivia de las soledades compartidas, en fin que nos torna valientes ante la ineludible presencia más o menos cercana de la muerte. Si se va de golpe, brutalmente nos devuelve a nuestro destino inexorable y nos deja solos ante la carga de la vida y el miedo de la muerte.
Cada uno tiene su Laura Avellaneda, para algunos será real y para otros será fantasiosa, para algunos será su hija, para otros su madre, para muchos un amigo y también para no pocos una mascota. Y para los verdaderos privilegiados su pareja de toda la vida. Pero tener la capacidad de amar y ser amado después del medio siglo, he aquí el milagro y el misterio, he aquí la verdadera tregua.
Un solo ruego a vos Mario querido, que nos aguardas en el cielo de los poetas, si se te ocurre corregirla en tus ratos de ocio, por favor no la mates a Laura, con que se hubiera enamorado de alguien de su edad o que se hubiera cansado de Martín, hubiese bastado igualmente para devolverlo a su infierno.
Como final les dejo la, a mi entender más bella escena de la película, que expresa cómo, en el cuadrado mágico de la mesa de un bar cualquiera, con la osadía de dar y tomar una mano, el amor también a esta edad puede nacer.
Enrique Momigliano
Buenos Aires, 25 de mayo de 2009
LA SOCIEDAD DE LA NIEVE … Nuestra Oportunidad
Por Enrique Momigliano
La oportunidad estaba ahí, sólo tenía que tender mi mano, pero todavía dudaba. Se me presentaba como en aquella magnífica escultura que la representa como a una mujer corriendo con alas en los pies, mechones de cabello colgando de su frente y totalmente calva en la nuca. Mujer por lo tentadora, pies alados por lo veloz, cabellos en la frente porque hay que tomarla ni bien se vislumbra y calva en la nuca para significar que si uno se demora y la deja pasar es inútil perseguirla, porque no habrá de dónde asirla.
Con esta magnífica escultura había sellado mi amistad con Gonzalo, aconsejándolo en una dura encrucijada a partir de la cual nos hicimos inseparables hace ya más de veinte años.
El primo de Gonzalo, de nombre Daniel es un sobreviviente de la tragedia de los Andes, allá por 1972, historia a la que siempre fui sensible por diversas razones. Entre ellas no pesan poco el hecho que sus protagonistas tuvieran casi mi misma edad y que apenas el año siguiente (agosto de 1973) me tocase estar en situaciones de riesgo con mis compañeros en las montañas de Bariloche, durante un muy mal organizado viaje de egresados.
Ahora estaba alojado durante un viaje laboral en el Hotel Radisson – Victoria Plaza como aún me gusta llamarlo – frente a la Plaza Independencia de la probablemente ciudad más cercana a mi corazón: Montevideo y su Ciudad Vieja. Ciudad que entre tantas vivencias personales maravillosas, albergó el desarrollo de esa fantástica novela “La Tregua” de Mario Benedetti.
“Daniel te quiere conocer” me había dicho Gonzalo y yo dudaba. Dos décadas y media después, recontactar ese dolor no me causaba ninguna gracia. El prejuicio tenía su influencia: ¿de qué hablar? ¿Cómo preguntar lo impreguntable? ¿Cómo hacer que mis propios miedos no se hicieran evidentes cuando lo mirase a los ojos?
Accedí, gracias a Dios accedí.
Nos encontramos los tres en el bar del lobby después de la cena, eran las nueve de la noche de un largo día laboral. Daniel no estaba cómodo, al fin y al cabo tendría los mismos miedos que yo. Yo, que ni siquiera había podido ver completa la película “Viven” y que ni se me había ocurrido comprar el libro homónimo, lógicamente lo hice sentir peor con mi primer comentario que, paradójicamente quiso ser amable.
Dije: “Mirá, no quiero escuchar una sola palabra acerca de la antropofagia ni de lo que hicieron para sobrevivir, contame qué aprendiste allá arriba, abandonado del mundo y cómo hiciste para volver a vivir aquí con nosotros”.
Sin siquiera sospecharlo había formulado la pregunta que los 16 sobrevivientes contentarían diez años después en el libro “ La Sociedad de la Nieve”, la misma que la sociedad de aquí abajo está por fin ansiosa por preguntar.
La incomodidad de Daniel necesitó de dos atados de cigarrillos y la de los tres de una botella entera de whisky para dar lugar a una charla imperdible. Creo que aprendí más sobre la condición humana en esa noche que en mis 40 años bien vividos hasta entonces. No estaba con un sobreviviente, estaba con un sabio al que la vida, a edad temprana y con el infalible instrumento del dolor, le había enseñado lecciones preciosísimas acerca de la muerte, la amistad, la humildad, la entrega, la solidaridad, la comunión, la religiosidad, la espiritualidad, el sentido de la vida; todo junto y en dos meses y medio.
Se hicieron las cuatro de la madrugada y ninguno se quería ir. Me despedí a desgano con la excusa de mis reuniones laborales del día siguiente que empezaban a las nueve.
Imposible pegar un ojo, imposible concentrarme al día siguiente, imposible calmar mi ansiedad, la cual se tradujo en una insoportable presión sobre Gonzalo para que provocase una segunda reunión. Ella tuvo lugar y afortunadamente muchas más.
El libro “Viven” lo leí recién hace dos años mientras esperaba angustiado los partes médicos de terapia intensiva en las tantas internaciones de mi madre. Sorbía fuerzas en cada párrafo para vivir lo insoportable. A “La Sociedad de la Nieve” le llegó el turno este año para ayudarme a hacer el duelo por su partida.
Delante de mis ojos en estos años, desde aquella mágica noche montevideana, y llenándome de alegría, cada uno de estos sabios se reconcilió a su manera con su historia, la Fundación fue una realidad y las charlas se han multiplicado. Alguien allá arriba debe haber dicho que es tiempo para ellos de sanar este dolor, transmitiendo lo que aprendieron, que repito es invalorable – mucho más a los 20 años- , y que también es tiempo para nosotros, los que no estuvimos en 1972 en el Valle de Lagrimas ( así se denomina el lugar de la tragedia), para despertar, acoger esta historia sin prejuicio alguno y para aprehender y aplicar su enseñanza, a fin de dotar a esta sociedad tan cómoda y frívola de un poco, tan sólo un poco de la humanidad que reinaba en “la sociedad de la nieve”.
El 30 de abril a las 19 horas en la Sala Julio Cortázar de la 35 Feria del libro de Buenos Aires, estos maestros estarán presentando el libro y próximamente se estrenará el documental internacionalmente premiado “Vengo de un avión que cayó en las montañas” – título que toma la frase escrita por Nando Parrado en la nota que, atada a una piedra, le arrojó por sobre un río al arriero chileno, promotor de su rescate-.
Darnos cita en la Feria y ver el documental puede ser un excelente punto de partida, un tomar por los cabellos a la tentadora, veloz y esquiva oportunidad, como tuve la fortuna de hacer aquella lejana noche en el Victoria Plaza.
Para quienes quieran contactar a la Fundación Viven les dejo su dirección electrónica:www.fundacionviven.org
"Cuando mires en derredor y veas solo ponzoña,
cuando notes que nadas en suciedad,
Hazte buitre e hinca tus dientes en la carroña,
O hazte águila y vuela en soledad". Enrique Momigliano