TRÍO

Rafael Molini (Armada) Pablo Carballo (Fuerza Aérea) Juan José Gomez Centurión (Ejército), héroes de Malvinas

Rafael Molini (Armada) Pablo Carballo (Fuerza Aérea) Juan José Gomez Centurión (Ejército), héroes de Malvinas

 

TRÍO

Tiemblan cipayos y ladrones,

huye la antipatria espantada,

si se juntan bravos varones,

al ver su bandera amenazada.

“Pasarán solo sobre mi muerte,

pues por ella sé que doy la vida,

y aún el malvado más fuerte,

verá por mí su cerviz rendida”.

Lejano escarmiento pirata,

sabe que hablo duras verdades,

pues llevó en mortaja barata,

su picnic y otras veleidades.

Por ello esconden y recelan,

a héroes valientes argentinos,

los turbios profetas que saquean,

valores, dineros y destinos.

¡¡¡Mas no pasarán mientras existan,

probados corazones que se unan,

y bravos patriotas que los sigan !!!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de febrero de 2017

En el aniversario del natalicio del General José de San Martín, nada mejor que encontrar su espíritu libertador y su coraje sin par en tres veteranos probados en la guerra de Malvinas, cuya presencia entre nosotros tenemos la dicha de disfrutar.

 

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Published in: on febrero 25, 2017 at 3:55 pm  Dejar un comentario  

ANTINOCHE

amantescosmicos

ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

LIBÉLULA AZUL

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LIBELULA AZUL

La descubrió mi hijo anoche en la pieza a oscuras. Estaba posada en el marco de aluminio de la puerta ventana, aun dudando si le correspondía o no entrar en dicho ambiente. Al menor atisbo de contacto ingresó. Encendí la luz principal y se dirigió rauda a revolotear en torno a ella.

“Flor de helicóptero tenés aquí” dijo Facu

“Es una tonta, se acerca a la luz para morir en ella” respondí yo.

Le apagamos la luz en la esperanza que se dirigiese al exterior por la ventana abierta de par en par, pero eligió permanecer adosada a la pared de mi cuarto. Tras la cena fui a verla y aun permanecía allí.

No me agrada dormir con animales, excepción hecha de mis perros, mucho menos con insectos, cuyas intenciones desconozco. Por ende, antes de acostarme para dormir o por lo menos intentar hacerlo, diseñé una estrategia para deshacerme de ella.

Encendí la luz del velador ubicado en mi mesita de luz, una reconvertida botella de Johnnie Walker, etiqueta roja que heredé de mi padre, a fin de atraerla a una altura por mi alcanzable. Ella respondió al estímulo y se acercó a revolotear sobre la lámpara, aún carente de pantalla.

Fue en ese momento en que entró en escena otro actor, con fines inconfesables, pero suponibles. Benji, dotado del horror a todo lo que vuela, como escribió Machado en Las Moscas, se dispuso a cazarla, hecho que le valió una rápida expulsión de mi dormitorio.

Finalmente ella se posó en un lugar fuera de mi vista. Comencé un lento y delicado proceso de remover todos los objetos que atiborraban mi mesa de luz, llámense libros, cargadores, celulares, rosario, monedas de vueltos varios, etc., hasta poder verla.

Allí estaba, temblorosa intentando adivinar mi próximo movimiento. Toda su hermosura desplegada. La larga cola azul, el pequeño cuerpo del mismo color, las alas transparentes pero esbozando una similar tonalidad y esos ojos enormes, azules también, mirándome fijamente.

Le acerqué un libro azul de poesías de una escritora dolorense que debo devolver, en la esperanza que se trepase al mismo y asi poder trasladarla hasta el balcón, a fin que siguiese su ruta al aire libre. Ella trepó a la tapa del libro pero a poco de hacerlo adoptó una conducta inesperada.

Me miró fijamente, se elevó con un acelerado batir de sus cuatro alas y se mantuvo suspendida en el aire sin separar sus ojos de los míos. Se me acercó despacio, muy despacio y cuando alcanzó la altura de mi cara, me esquivó por arriba y se dirigió nuevamente a la luz principal de la pieza, que había encendido para ubicarla. Ya no revoloteó en torno a ella sino que se ubicó casi dentro de la misma, ocultando todo lo que pudo su longilíneo cuerpo, apenas el extremo de su cola permaneció visible.

Estaba sin duda decidida a quedarse allí.

No tuve más remedio que describirle con lujo de detalles a mi compañera de cuarto y de vida, que al menos por esa noche tendríamos compañía.

Su diagnóstico fue errado: “Es un alguacil, no hacen nada, apaguemos la luz y se irá en busca de otro foco”

Ni era un aguacil ni aceptó retirarse por la ausencia de luz.

La noche, para mi, fue larga e incómoda. Me desperté varias veces, me levanté otras tantas, pero sin embargo los ratos dormidos, fueron de sueño profundo.

Al amanecer, la claridad entrante por las hendijas de la persiana me despertó una vez más. Ya no pude volver a dormirme y me quedé en silencio, acostado, dejando a mis pensamientos vagar por mi mente. Había olvidado por completo a mi alada compañera de cuarto.

La persiana no estaba totalmente baja, quedaban unos 30 cm entre el piso y su borde. Haciendo gala de una elegancia sin igual, la libélula azul, se retiró de su escondite en el aplique lumínico del techo y en raudo vuelo se perdió en libertad, justamente a través de dicho espacio, de un modo y a un tiempo que fuese visible para mi.

Ella eligió su refugio nocturno, revoloteó sobre mis cosas más queridas, me acompañó en la noche y me abandonó de forma que yo lo supiera.

Las libélulas azules suelen ser mensajeras del mundo espiritual y existen mil teorías, muchas de ellas contradictorias, acerca de su positividad o negatividad. Me tienen sin cuidado. Me basta con su efímera compañía y me quedo para siempre con el regocijo que la visión de su extrema belleza, supo despertar en mi corazón.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 21 de enero de 2017

 

 

 

Published in: on enero 22, 2017 at 12:45 am  Comments (1)  

SESENTA

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SESENTA

Seis décadas no solo son,
redondas seis veces diez,
o exactas diez veces seis,
son sesenta, ¡vaya montón!

Cuando de años hablamos,
siempre nos tienta esconder,
un par de ellos para poder,
aparentar que resucitamos.

Es mejor ir asumiendo,
los sesenta ya bien puestos,
y enfrentar bien dispuestos,
el mote que van poniendo.

¡Sexagenario! sin tapujos,
sin vergüenza ni prejuicio,
sin perder el sano juicio,
mucho menos el embrujo.

Son los segundos sesenta,
que conforman un minuto,
y sesenta los minutos,
que la hora siempre cuenta.

Fueron sesenta los años,
necesarios en tu destino,
para trazar el camino,
hasta este cumpleaños.

Estos amigos amantes,
que más viejos ya suspiran,
que más jóvenes conspiran,
son de hoy, ayer y antes.

Al poeta han pedido,
unos versos convenientes,
para hacerse presentes,
en tu festejo querido.

Y decirte con euforia,
¡Gracias querido amigo!
por convertir en abrigo,
sesenta años de historia.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 10 de septiembre de 2013

Published in: on enero 12, 2017 at 9:27 pm  Dejar un comentario  

NAVIDAD CON MI PADRE

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NAVIDAD CON MI PADRE

a Enrique el alpino que apenas pude conocer

Será porque me pasé casi todo el año leyendo y escribiendo sobre una guerra, viviéndola en la piel y relatos de nuestros veteranos, que me encontré contigo en tu peor herida. Fue la guerra que te obligó al exilio, empujado por tus padres para que por lo menos un vástago sobreviviese. Y fue ella la que te hizo sufrir océanos de impotencia ante el hambre que ellos pasaron, la muerte de tu padre, la imposibilidad de tu hermana de poder trabajar por cuestiones tan fútiles como su raza y la enfermedad de tu madre. ¡Cuánto debes haber sufrido la distancia!. Si a mi, que estaba a media hora de auto, los tres años finales de mi madre me resultaron un infierno, casi no puedo imaginar tu dolor. Fue la guerra que se llevó en las montañas la vida de muchos de tus amigos y parientes, enrolados con los partisanos y resistiendo la infame ocupación nazi. Fue la guerra que condujo tíos, tías, ancianos ya, primos y sobrinos, niños todavía, al horror de holocausto que cínicos de todas las latitudes aún se empeñan en negar. Fue la guerra la que te separó por siempre de tu tierra y que te hizo morir aquí, anegado de añoranzas y atragantado de silencios. Asomarme a ella, a sus héroes, a su víctimas inocentes, a sus sobrevivientes, a su inmensa tragedia te hizo presente como nunca.

Será también porque un día, buscando no me acuerdo qué, en un viejo ropero del PH que fue tu hogar por tan solo un año, que tu viuda, mi querida madre, conservó en perfecto estado por 38 años sin ayuda ( aún no se cómo) y que es hoy mi tan extensa biblioteca y estudio, di con tus borceguíes militares de alpino. Al mismo tiempo, cosas de la vida, aparecieron los discos de los coros alpinos que ya no tengo donde escuchar, pero que me llevaron a buscar en la red todas sus canciones. Aquellas que cantabas con tus amigos los domingos en mi casa natal de Temperley, mientras devorábamos la pasta preparada con sumo esmero en la noche anterior y rodaba de mano en mano la botella de vino Chianti en esa canastita de mimbre que tanto me fascinaba. Las mismas que un día te vi escuchar lagrimeando en el teatro Coliseo, cuando los alpinos vinieron de Italia a dar un concierto. Las mismas que años después, muchos, vaya si fueron muchos, una noche en San Clemente me sorprendieron desde la casa vecina, justamente para Navidad. Un colega tuyo había invitado al chalet de al lado a sus viejos camaradas del batallón de esquiadores.

Será quizás porque en este año, en razón del libro Combatimos estuve cerca de un general argentino, veterano también él, Martin Balza y para mi sorpresa se reveló como montañés. Como si ello fuera poco, contó en la presentación de su libro que estuvo en Italia en contacto con los alpinos y relató que un personaje polémico nuestro llamado Juan Domingo ( como ves, aún me cuesta nombrarlo) también anduvo por tus pagos, esquiando con los alpinos ya que era montañés y que por ese motivo la escuela militar de montaña de Bariloche, lo honra en su nombre.

Será a lo mejor que en pocos días cumplo 60 años, el último cumpleaños tuyo que festejamos ya que el siguiente ni siquiera me dejaron ingresar a saludarte a la terapia intensiva que te cobijó por unos escasos días más. Ese último año lo disfruté, gracias a Dios sin saber que sería el postrero. Nadamos juntos en el mar y me enseñaste a manejar el milquinientos, me regalaste tu reloj y me dijiste que “ya era un hombre”. ¡Todo lo que me faltaba para serlo!. Vivir tu edad te hace cercano y revivir tu adiós me trae la certeza de nuestro reencuentro. No estamos lejos, nunca lo estuvimos, pero el calendario me dice que la espera se acorta, de hecho por aquí abajo no parece quedarme demasiado por hacer, es cierto que a esta edad uno empieza a sobrar y ello nos hermana en tus lágrimas del cine de Lomas, cuando nos llevaste a ver Adios Mr Chips.

Pero por si algo faltaba para hacerte tan presente a lo largo de este 2016, fue encontrarme en la librería de San Clemente con tu escritor y poeta favorito, el amigo Cesare Pavese. Nunca pude leer los libros que están en casa, el piamontés pertenece a mi niñez y a falta de practicarlo lo he olvidado por completo. Ya se que me vas a decir que no es lo mismo leerlo en italiano y mucho menos en castellano, que la doble traducción le altera su esencia y todas esas razones que comparto. Pero quería acercarme a él, necesitaba saber porqué era tu favorito, porqué lo amabas sobre tantos otros clásicos y famosos que bien se que has leído y disfrutado como el Dante. No tardé demasiado en descubrirlo. Nacido cerca tuyo un año antes, tuvo una infancia, adolescencia y juventud que se me ocurre similar a la tuya. Y sus recuerdos afloran y los pone en papel en plena guerra. El también sufrió la muerte de sus amigos en batalla y vivió, hasta su suicidio en tu Turín natal, acosado por la culpa del sobreviviente. A mi me bastó con unir las fotos que conservo de tu juventud italiana con sus palabras de LA PLAYA para imaginarme tus recreos en el mar, tu grupo de amigos, tus noches de vino y canto. Todo me cerró, sus giros idiomáticos, algunos incluso mal traducidos son textuales los que mi oído infantil atesora de tus charlas con la nonna Attilia, mucho más campesina que tú, alegre y sabia. Hacía 50 años que no me encontraba con esos dichos, esa forma de hablar, de relatar, que solo proviene del Piamonte. Y sin embargo me fueron tan actuales, tan frescas, tan hermosas con un soplo de mi tiempo mejor. Ese, en el que estábamos todos y reíamos juntos. Sus relatos de las viñas, de las casas, de las fiestas, de las travesuras de muchachos, de las torpes primeras cercanías con las mujeres, las buenas y de las otras, me portaron retazos inconfundibles de vuestros cuentos, mitos y leyendas que les facilitaban la presencia en Temperley de las aldeas montañesas. El tiempo escaso no nos dejó que alguna noche borrachos me contases tus andanzas, las necesité imaginarlas, lástima no haber dado con Pavese traducido mucho tiempo antes, me hubiese hecho la tarea mucho más sencilla. Es tan piamontés que lo leo y te veo, lo recreo y te siento, hay un aire a “paese” cada mañana que me enfrasco en su lectura que me parece compartir con él hasta mi ADN. Y por si nada de lo dicho fuese suficiente, te encantará saber que escribe tan pero tan parecido a como lo hago yo, desde la tripa, el sentimiento, el desgarro, la vivencia que quien nos lee a ambos hasta podría pensar que lo he tomado por maestro. Pareciera que el sentimiento es casi patrimonio italiano y vuelvo a ti, ¡Cuánto te debe haber costado permanecer en silencio tanto tiempo, hablar poco por las dudas, ocultar tus ideas! Pavese no solo te trajo, me abrió la mente para entender los escasos 13 años que la vida nos dejó compartir. Seguiré buceando en sus escritos, para conocer mejor tu Italia, esa que ya no existe, pero que ustedes me enseñaron a amar. También para encontrarte en cada párrafo, para verte actuar en tu mejor edad, la que nunca llegaste a relatarme.

Por eso esta noche, babbo querido, esa silla vacía, esa maldita silla que estuvo vacía durante 46 años y que me hizo aborrecer las Navidades se me ocurre que estará más llena que nunca, de tus años ocultos, de tu guía insustituible, de tus cantos alpinos y de tu sonrisa, la misma que extraño pero que sin embargo cierro mis ojos y veo…… cada día.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2016

Published in: on diciembre 24, 2016 at 5:25 pm  Comments (3)  

AL FILO

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AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)  

ALGUIEN

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ALGUIEN

Detenido y alelado,

por el asombro invadido,

enfocando a mi pasado,

una verdad he bienvenido.

Tan difícil fue el camino,

y he caído tantas veces,

en feas trampas del destino,

quizás merecidas con creces.

Mas siempre he sobrevivido,

del abismo volví más fuerte,

nunca fui un arrepentido,

ni un detractor de mi suerte.

No han sido capacidades,

que me hubieron levantado,

sino que en profundidades,

por alguien siempre fui amado.

¡Alguien!

Alguien quizas jamás sabido,

que me ame bien en secreto,

o por alguien muy conocido,

un maestro en ser discreto.

Alguien que me lleva en sueño,

que suspira entre mis versos,

de quien jamás seré el dueño,

ni compartiré placeres tersos.

Si Dios fuera suena lejano,

mis ancestros ya se han ido,

es amor terco y humano,

la verdad que he bienvenido.

No se como me sostiene,

de alguna forma me levanta,

cual huracán él sobreviene,

y toda angustia espanta.

Si tú eres jamás lo digas,

la magia podría romperse,

tu amor que tanto abriga,

en un instante disolverse.

A ti que siempre en mi siento,

guía, amparo, senda, faro,

a mis espaldas firme viento,

en noche fea consuelo raro.

Mi corazón agradecido,

en letra torpe mal rimada,

a tu amor inmerecido,

debe su vida restaurada.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de noviembre de 2016

 

 

Published in: on noviembre 27, 2016 at 4:59 pm  Dejar un comentario  

RECUERDO

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RECUERDO

¿Me recordarás?

En aquella nuestra mesa,

gozando la espera,

disfrutando tu llegada.

¿Me recordarás?

Escribiendo en soledad,

el poema del encuentro,

que mañana leerás.

¿Me recordarás?

En el café de siempre,

al llegar apurado,

por no hacerte esperar.

¿Me recordarás?

En aquél muelle soleado,

con la mirada infinita,

cobijado en tu amor.

¿Me recordarás?

Al poder llorar mi dolor,

solo por el amparo,

de tu tranquilo mirar.

¿Me recordarás?

Todo escucha y compasión,

atento a tu caminar,

descubrir, vivir y penar.

¿Me recordarás?

Sabio, cura, terco, loco,

quizás corto cuentista,

también poeta un poco.

¿Me recordarás?

En la música del verso,

en la letra de un canto,

en el silencio del llanto.

¿Me recordarás?

En la página del libro,

que es mío y tan tuyo,

que firmé sin creer.

¿Me recordarás?

En los sueños partidos,

violados, asesinados,

mas jamás abandonados.

¿Me recordarás?

En mi despedir tan triste,

del incierto reencuentro,

del mañana inasible.

¿Me recordarás?

En mi fe inquebrantable,

en esperanza absurda,

de la fuga imposible.

¿Me recordarás?

Como te recuerdo siempre,

cuando yo solo aspiro,

a ser en ti un recuerdo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 26 de octubre de 2016

Published in: on octubre 27, 2016 at 12:36 am  Dejar un comentario  

DESPEDIDA

varela

 

DESPEDIDA

Arrebatado al cielo,

desde formación gloriosa,

en casi vertical vuelo,

rompe escuadra hermosa.

Y se pierde en las nubes,

alto albo escondrijo,

alabean al que sube,

venia en cabina sus hijos.

Sordo ruido de turbina,

sin lágrima ni quejido,

coro de adiós que trina,

por el capitán partido.

Huérfanos en el suelo,

de su luz hemos quedado,

más será su largo vuelo,

faro que nos fue legado.

Varela era su nombre,

y El Trucha su apodo,

Héroe, as, siempre hombre,

un patriota sin recodo.

Ya se funde el fantasma,

por los cielos de bandera,

mientras su estela plasma,

rumbo de turba malvinera.

Quiera el buen Dios un día,

prepararnos el reencuentro,

en hangar de alegría,

con El Tordillo en el centro.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 15 de octubre de 2016

¡VUELA THOMAS VUELA!

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VUELA

Vuela Thomas vuela,

en alas de cantos,

en coros de himnos,

que amaste tanto.

Vuela Thomas vuela,

al jardín de santos,

cantando esperan,

al pie de Su manto.

Vuela Thomas vuela,

que Jesús te acoja,

en sus ojos buenos,

en su llaga roja.

Feliz tengas vuelo,

alegre llegada,

eterna estadía,

en santa morada.

Y si te lloramos,

ante tu ausencia,

ven a consolarnos,

con feliz esencia.

No hagas tú caso,

del penar humano,

y en un abrazo,

siéntenos hermano.

Abre el camino,

ora la espera,

querrá el destino,

vernos a tu vera.

Retiro divino,

monástico cielo,

espiritual sino,

trapense vuelo.

Te dejo mi verso,

feliz aunque duela,

por sentirte libre,

¡Vuela Thomas vuela!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de septiembre de 2016

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Published in: on septiembre 25, 2016 at 3:08 pm  Dejar un comentario  

REBELIÓN

me llevas

 

REBELIÓN

El viejo escritor se rebela,

contra sorda pasión que lo lleva,

culpable de las noches en vela,

causante de traición que subleva.

Intuye su mano llevándolo,

a un tiempo de campos floridos,

la misma que ve arrastrándolo,

a la culpa por seres dolidos.

Resistirá con toda su alma,

ardiente deseo de llamarla,

y perderá hambre, sed y calma,

en negarse el ir a buscarla.

Pues es sin sentido la huida,

del bagaje cansino que porta,

sabrá cobrar mil veces la vida,

el feliz instante que exhorta.

¡Hay que vivir con duda adentro!

¡Hay que morir de amor perdido!

¡Hay que sufrir dolor en su centro!

¡Hay que parir sueño fallecido!

Lucha y se sabe perdidoso,

silenciado no tendrá consuelo,

su terco vínculo amoroso,

sabrá sembrar sus días con duelo.

Llenará mil páginas de versos,

soñará cada noche con ella,

se perderá en sus ojos tersos,

la verá cada día mas bella.

Le sabrán a poco sus escritos,

el espejo le dirá ¡cobarde!,

oirá en la noche los gritos,

de un viejo corazón que arde.

Enrique Momigliano

San Clemente, 11 de agosto de 2016

Published in: on agosto 11, 2016 at 5:33 pm  Dejar un comentario  

ALLÍ

amigos

 

ALLÍ

En la noche más oscura del infierno,

en el rincón más triste del abandono,

ante la presencia cruel de la muerte,

en llaga tan álgida que no perdono.

Cuando quise entregarme a mi suerte,

cuando mis brazos cayeron a mis lados,

cuando nadie asomó a mi destino,

cuando fui impotente y alelado.

Siempre retorno al día luminoso,

por inesperado fue sol en sí mismo,

que guardo cual mi tesoro más hermoso,

porque pude sonreír en el abismo.

Atisbé tu mano entre las sombras,

oí tu corazón latiendo por el mío,

vi tus ojos llorosos que adivino,

como hoy que te evoco MI AMIGO.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Día del Amigo 2016

Un regalo a todos los amigos que han sabido cimentar su amistad en la fragua inevitable y confiable del dolor. Francoise Hardy del tiempo en que las musas no eran tan difíciles de hallar.

Published in: on julio 19, 2016 at 6:46 pm  Comments (2)  

POR NADA

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POR NADA

Ver a un amigo morir,

dormir en turba helada,

deber matar para vivir,

creíste que fue por nada.

Doler arriar tu bandera,

vivir prisión malhadada,

sangrar herida primera,

creíste que fue por nada.

Volver en barco pirata,

tener la boca callada,

ser ocultado cual rata,

creíste que fue por nada.

Por nada dijeron tantos,

arma cruel con la baja,

patrón muerto de espanto,

civil de mirada baja.

Que no habías luchado,

que eras chico aterido,

cual cobarde arreado,

por general embebido.

Soportar tanto olvido,

de opinión manipulada,

mendigar inmerecido,

vida a tu suerte librada.

Y los fantasmas nocturnos,

con sonidos de metralla,

ahogados en alcohol diurno,

en cerebro que estalla.

Asistir a tanto entierro,

de amigo suicidado,

deber volverse de hierro,

en un rincón olvidado.

Creíste que fue por nada,

pero entonces buscaste,

refugio en camarada,

en ellos te amparaste.

Juntos amigo hicieron,

día que cambia historia,

y en desfile vivieron,

sanar la justa memoria.

Llora con todo derecho,

festeja gloria ganada,

siente muy dentro del pecho,

que todo jamás fue por nada.

En cielo tus camaradas,

están gozando contigo,

su memoria reparada,

por valor de sus amigos.

De hoy en adelante,

alza orgullosa frente,

¡Hoy un pueblo exultante,

vitoreó sus combatientes!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 10 de julio de 2016

Published in: on julio 11, 2016 at 1:09 am  Dejar un comentario  

PABLO CARBALLO, EL PILOTO DE DIOS

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PABLO CARBALLO, EL PILOTO DE DIOS

Una semblanza en vuelo rasante de un héroe argentino

Aquella noche en el hotel Teruel de Valle Hermoso dormí mal y poco, mi mente no cesaba de hacerme preguntas sin respuestas acerca de un encuentro anhelado durante más de tres décadas. Debía salir temprano – cosa que detesto- y manejar unos cuantos kilómetros por caminos sinuosos para verme por fin cara a cara con uno de los hombres que más ha marcado mi vida, con tan solo un breve encuentro en la Feria del Libro de 1983. El Comodoro Pablo Marcos Carballo me esperaba nada menos que en la Escuela de Aviación Militar para una charla, entrevista, solo Dios sabría que nombre ponerle. Justamente Dios y los Halcones fue el primer libro escrito sobre el conflicto de Malvinas, estuvo listo el 1 de septiembre de 1982 y Pablo fue el primer veterano a quien pude entregar en aquella Feria mi poesía A VOS, la cual en un nuevo giro de la historia me llevaba esta vez a la cuna de la aviación militar argentina. Su cálida dedicatoria de entonces, sus libros, muy especialmente Un vuelo al corazón, prologado por un monje trapense a quien conozco, su carta de entonces, su actitud con mi poesía que compartiese con sus colegas de la brigada aérea de San Luis, me hablaron siempre de un ser especial en cuyo espejo intenté mirarme, tan solo para ser un poco mejor cada día.

Nos encontramos “de casualidad” este año en la Feria del Libro y “de casualidad” esa noche cenó en la casa de la hija de una querida amiga mía. Compartimos algunos escritos y mails, lloré con su libro Los Halcones no se lloran y me conmoví profundamente con el libro de su esposa Mirta y su viaje de encuentro con ella misma. Todo sirvió para conducirme a Córdoba y ahi estaba, a pocas horas de verlo.

Por supuesto yo hubiera deseado un encuentro en otro ámbito, a solas ( lo vi en compañía de un joven piloto) y llevar una serie de preguntas precisas. Era tanto de lo que quería hablar con él y todo parecía poco propicio para hacerlo. Dios sabe más – como siempre – y Pablo es distinto a todo.

En apenas 117 minutos, le robé 27 más de los que podía dedicarme, no solo me contó toda la historia de la Fuerza Aérea Argentina, sino que respondió todas mis preguntas, hablamos de los temas que a mi más me interesaban, como la espiritualidad y la religiosidad, se dio el lujo de hacerme trepar a un Tucano, habló de cada uno de sus camaradas caídos, me paseó por toda la escuela, relató su historia familiar y literaria y hasta se reservó un espacio para dedicarme un libro, emocionarse con una marcha y admirar a su esposa y su obra. Cuando me dejó en la guardia, yo estaba tan conmovido y mareado como si hubiese viajado en un vuelo de bautismo en A4, tanto que a los pocos kilómetros de mi viaje de regreso tuve que hacer una pausa para reponerme. Ayer nomás, desgrabando el encuentro no podía creer todo lo que Pablo me había dado en ese breve lapso.

A la hora convenida estaba yo, con mi hijo fascinado grabador en mano y una bolsa con cinco libros ( dos suyos, dos míos y el de Mirta), en la vereda del Casino de Oficiales esperándolo mientras observaba a los cadetes evolucionar en la plaza de armas, fusil al hombro y Patria en el corazón.

Y llegó Pablo a paso rápido, con su pelo cano, sus ojos de mirada límpida, su leve renquera de aquél accidente ciclístico barilochense que casi frustra su sueño y nos deja sin héroe. Nos dimos un cálido abrazo que habla del honor que me prodiga al sentirme su amigo y………despegamos.

Es sin dudas un hombre multifacético, por eso en lugar de hacer un relato cronológico de nuestro vuelo, intentaremos describir nuestra apreciación de cada una de sus ricas caras.

1.EL MILITAR

“Tengo 50 años de vida militar, llegué a la Escuela con 19 años, de modo que un cuarto de la vida reglamentaria del país, los he vivido en ese estado y a decir verdad fueron 50 años en los que pasó de todo”

Pertenece a la promoción 37(un número que lo persigue), nacido en Capital Federal el 11 de diciembre de 1947 – el mismo día que Gardel, hincha de Racing como él- se mudó a los 2 años a Bariloche, para llegar 17 años después a este nido de cóndores cercano a Córdoba capital, el cual aun lo cobija y al que ama como a un verdadero hogar. Emocionado nos lee una frase que obra en un muro “ Has estado aquí antes de entrar y cuando egreses no sabrás que te quedas” La Fuerza Aérea se inicia en 1925 pero recién en 1945 logra su independencia pese a que ya en 1927 existía la Fábrica Militar de Aviones que era un lujo pionero mundial.

“Cuando era cadete vino a darnos una charla un oficial de inteligencia que nos dijo que Sudamérica iba a ser invadida por miles de guerrilleros, por supuesto no le creí” Todos los avatares de las tragedias argentinas viven en su alma, pero ambos creemos que son los dolores los que dejan las mejores lecciones y nos conducen a una fuerza propia que hasta allí desconocíamos.

Su padre fue uno de los precursores de la Fuerza Aérea y con orgullo inmenso nos muestra su foto de 1943, la antigua plaza de armas donde formaba y nos relata su frustración por no haber podido ser piloto, perteneciendo empero al escalafón general de la fuerza, como navegador, en aquella época en que la instrucción se daba en viejos biplanos Focke Wulf alemanes de la primera guerra mundial. Con el mismo orgullo nos muestra en el museo donde están todas las promociones, a su hijo, actualmente en la Escuela de Guerra. Tres generaciones de Carballo pasaron por la escuela y son los únicos con dicho apellido. Y con sumo amor evoca a su madre, maestra que no ejercía, ama de casa diligente, hoy ya grande y de quien también se hace tiempo para ocuparse.

2, EL PILOTO

“En ese avión volé 1200 horas, en el Morane-Saulnier de allá, volé 1100 y en el de más allá no volé nada porque no soy tan viejo como para ello” nos cuenta a su paso por la plaza donde los caballos de batalla, víctimas indefensas de los errores de aprendizaje de los cadetes, muestran sus siluetas.

Voló Mirage, fue a la guerra en A 4 y Dios lo dejó volver para instruir a generaciones enteras de pilotos, no solo en el arte de volar sino en aquél que es mucho más trascendente, el de vivir. Le gusta dar charlas al costado de la pista para que el ruido intenso de turbinas y el también intenso olor a JP1 forme aún más que sus palabras.

Relata conmovido un cruce entre su vida de lector y de piloto. Había leído como un paracaidista enredado en el avión al saltar había sido salvado por otro avión que voló por debajo y lo rescató en el aire. Intentó hacer lo mismo en una emergencia en la escuela, inspirado en el relato, pero no llegó a despegar pues le informaron que el desafortunado paracaidista ya había fallecido degollado por sus propias cuerdas.

Su extrema sencillez confunde, todo su ser posee esa hermosa acogida cristiana que uno realmente se olvida con quien está hablando. Tiene ese fantástico poder de hacer sentir a quien llega a él, tan bien, tan a gusto, que uno auténticamente al rato cree estar departiendo con un amigo de toda la vida.

Un grupo de paracaidistas de ejército, que adornaron el cielo cordobés con su salto mientras arribaba, me recuerdan la dimensión del héroe que camina a mi lado. El sargento a cargo llega corriendo para solicitarle una foto con su grupo, pedido al que accede de buena gana.

Nos conduce a un lugar muy especial, histórico. Es donde se bautiza a los pilotos cuando vuelan solos por primera vez, quizás el momento más importante de su vida, donde al pie de una estatua de una mamá cóndor que aparece empujando a sus polluelos a su primer vuelo, rodilla en tierra reciben de manos de su instructor el brochazo de champagne, el pañuelo y su escudo. Ahí soy yo quien pide una foto con él, mi propio vuelo vital también tiene su instructor.

3.EL HOMBRE DE FE

“Allá pueden ver el edificio más importante de toda la Escuela: la Capilla. En ella el Santísimo está siempre en exposición, de modo que todos los días cuando llego bien temprano, paso por ahí, saludo al jefe y comienzo mi jornada”

Es sin duda un hombre de Dios, mis muchos años de retiros espirituales, mis visitas a múltiples monasterios, mis variados grupos de oración me permiten identificarlo enseguida. Su emoción a flor de piel, su compromiso firme y permanente en buscar el bien del otro, su calidez y hospitalidad, su humildad palpable y sobre todo su inmenso entusiasmo casi juvenil lo delatan. Entusiasmo significa “lleno de Dios” y Pablo lo está y sabe contagiarlo. Pletórico de energía, lleno de sueños, atiborrado de proyectos y todos ellos absolutamente desinteresados solo son signos que nos revelan la presencia del “jefe” en su alma. El reconocerlo me conmueve y hacia el final de la entrevista casi no puedo mirarlo a los ojos sin que los míos se inunden.

“Esa es la diferencia entre ser inteligente y ser sabio. El sabio es el que sabe, que tiene sabiduría y la primera sabiduría es saber que Dios existe, la más importante, la primordial” Estoy ante un testigo, quizás hayan sido aquellos interminables minutos enfrentando el fuego enemigo en cada ataque, esperando el sacudón final que nunca se produjo, los que hayan podido revelarle con absoluta claridad la presencia divina, esa que una vez conocida es imposible de abandonar.

Un vuelo al corazón es un libro de historias propias y ajenas que hacen palpable la realidad espiritual, la existencia más allá de lo visible a través de signos y hechos inexplicables por los sentidos y la razón, que una vez rendidos, son quienes dan lugar a la FE. Soy feliz poseedor de uno de los 100 ejemplares que se hicieron como prueba, el cual me dedica y que se vendieron en 2 días, la primera edición es de este año y contiene muchas más historias. Pablo fue sorprendido por la avidez que existe en el público acerca de la espiritualidad. Le recuerdo una de ellas, sobre un señor que debía viajar a Bariloche en el fatídico vuelo de Austral y que habiendo perdido el avión, apurado por llegar a su aniversario de bodas, choca con su auto en la ruta falleciendo. Y él me aporta otra, la del accidente del avión Guaraní, en el que fallecieran muchas autoridades. Un alférez, compañero de su promoción pidió viajar en ese vuelo también fatal para lo cual hizo descender a un pasajero, el mismo que en la semana siguiente falleciera al chocar su moto contra un burro en la ruta a Carlos Paz.

“Lo espiritual es una realidad, si uno lo niega no tiene respuestas frente a tantas cosas inexplicables, por ejemplo el cuerpo incorrupto de Juan XXIII o el corazón intacto de Santa Teresa de Ávila que vi con mis propios ojos” No puedo más que asentir.

Como si faltase alguna prueba más de su firme fe, la mayoría de las poesías que acompañan cada capítulo de su último libro hablan de Dios, siendo particularmente conmovedora la denominada “Huerfanitas de Malvinas” (pag 48) que trata de una niña pidiéndole una respuesta a Dios por la muerte de su padre en combate, la cual concluye con esta estrofa, la respuesta que llegó:

55 quedaron en esas aguas heladas,

55 las cuentas del Rosario, nacaradas:

Si te pones a contar, una cuenta por cada alma,

No es una casualidad…. pues todo tiene su causa…..”

Fdo. CRUZ que era su nombre de guerra, el pintado en el casco.

4.EL HISTORIADOR

La escuela tiene dos museos, uno sobre hechos históricos de la fuerza y el otro integralmente de Malvinas. Nos muestra una foto de 1937 con los primeros hangares, la única pista y el arco sobre las dos torres de entrada. Afuera nos detuvimos ante la escultura de la Patria Alada y al ingreso nos relata como mientras se pensaba la Fuerza Aérea, la misma escultura de Ícaro que estamos viendo inspiró a sus precursores. Pasamos por la réplica del sable sanmartiniano y nos detenemos conmovidos ante el precario abrigo utilizado por Luis Candelaria en 1918 para realizar el primer cruce aéreo de la cordillera de Los Andes. Desde aquél entonces pilotaje y literatura parecen formar un fructífero maridaje ya que Candelaria, nos dice Pablo, era también un inspirado escritor que ha dejado bellas obras tales como “Mi ingenuidad Cristiana” y “Rebeldía Cívica” . Ello nos llevó al recuerdo de Benjamín Matienzo, muerto de frío en la cordillera un tanto más al norte, un año después. Llegamos tras ello a la historia de los Pulqui I y II. “ Era uno de los tres mejores aviones del mundo y fabricados aquí, para darte una idea imagínate un F 22 que hoy se fabricase en nuestro país” Casi un símbolo del triste retroceso sufrido

Y finalizamos la recorrida del museo con el homenaje a las víctimas del TC 48, el avión DC 4 caído en el mar con 9 oficiales y 59 cadetes de la escuela en el año 1965, accidente de mucha polémica según Pablo por las siempre vigentes necesidades periodísticas de vender ejemplares con misterios falsos.

5.EL VETERANO

Es sobrecogedor ingresar al rincón del museo donde obran los cuadros de cada uno de los oficiales caídos en el conflicto de Malvinas, realizados por el Capitán Ezequiel Martinez. Existen cuadros de los suboficiales en la escuela de suboficiales y de los soldados en el casino de soldados. Cada caído aparece retratado fidedignamente con la ropa que usaba en el momento de su muerte y el avión en que ella se produjo. Pablo, con un inmenso amor nos habla de cada uno, nos cuenta cuan exacta es cada reproducción y tiene para ellos un particular recuerdo.

“Al 95% de quienes aquí están viendo, los conocí personalmente porque estuve destinado en algún punto o fuimos compañeros o hasta instructor de vuelo” Se suceden nombres y anécdotas.

“De Bolzán, Volponi y Arrarás fui instructor, García Cuerva estaba en tercero cuando yo estaba en primero, Palaver y García estaban en cuarto año. Krause era mi íntimo amigo, misionero, hablaba en guaraní, por eso una vez le pedí que me escribiera en guaraní piropos para mi esposa, lo hizo en una servilleta que años después de la guerra, encontré y pude entregársela a la suya. Valko es al único que ni siquiera conocí. De Vázquez, el caído atacando al Invencible, fui jefe de sección en A4”

Hablamos sobre el derribo por fuego amigo de García Cuerva y me reconoce que fue su culpa al desobedecer la orden de eyectarse para salvar el avión que estaba íntegro, pero con combustible insuficiente para volver. El intento de aterrizaje en Puerto Argentino le fue fatal al confundirlo un artillero de ejército con un avión enemigo, hecho que le costó años poder superar. “Son cosas de la guerra, a mi también me dieron un blanco errado, el ELMA Formosa”

El recuerdo se detiene en Ibarlucea, Gimenez y Casco, tres instructores caídos de le escuela de combate, el último de ellos estrellado en las Islas Sebaldes y recuperado por los ingleses en 1999, siendo sepultado con honores en Darwin.

Me topo con una bandera inglesa capturada el 2 de abril en el Hospital y nos cruzamos con un grupo de cadetes trabajando en una maqueta inmensa de las islas donde irán a estudiar los combates aeronavales sucedidos. En una vitrina me aguarda el rincón del propio Pablo, con su casco, el mismo que me prestara para la foto en la Feria del Libro y dos obras de Ezequiel Martinez, una con su auténtica máscara de combate, extraída de una foto y otro una recreación de su recordado ataque rasante con Rinke a las fragatas Coventry y Broadsword.

Observamos con estupor en una vitrina la cuchillería de los gurkas nepaleses, incomprensibles para Pablo, puestos tan solo por dinero a pelear por sus opresores, así como los hindúes y chinos, bajas que jamás fueron contabilizadas por los invasores como tales. Entonces el piloto que nos acompaña pregunta sobre la veracidad del ataque al Invencible y Pablo nos da algunas de las innumerables pruebas del hecho, además de los testimonios de los dos pilotos que regresaron: Isaac y Ureta.

“a. A la hora del ataque el radar de Malvinas detecta que todos los Harrier se elevan a gran altura, ello demuestra que se habían quedado sin pista y se elevaron para ahorrar combustible

b. De inmediato de Portsmouth sale un barco con dos turbinas a bordo para reemplazar las dañadas

c. En Venezuela, dicho por sus oficiales, existió un pedido oficial para reparar el portaviones, el cual les fue denegado.

d. Fue el portaviones convencional que estuvo más tiempo de toda la historia, en altamar sin entrar a ningún puerto

e. Un español en una conferencia relató que asistió al ingreso del Invencible en Gibraltar y que la reparación en el flanco de ataque era ostensible

f. Está constatado el envío de barcos de reparación hacia el sur

g. Un oficial de la fuerza aérea argentina asistió en Canadá a la proyección de una película del ataque al Invencible

h. El príncipe dijo en una fiesta que estaba en el Invencible armando el cubo mágico cuando fueron atacados por aviones argentinos y ello se publicó en todos los medios ¿miente acaso? A veces son los detalles tontos quienes determinan la veracidad de un hecho, no necesitaba hablar del cubo mágico para decir una mentira. Estoy por escribir un libro acerca de la Biblia donde casos así abundan”

6.EL DOLIENTE

“Arrarás no está ni parecido” ¿Cómo habría de estarlo? pensé yo, ningún cuadro, ni siquiera una foto puede parecerse a alguien a quien uno mira con los ojos del amor. Dios no nos hizo encontrar en un día cualquiera. Ese 8 de junio era un aniversario, de gloria, pero también de dolor. Se cumplían 34 años de la fecha exacta del ataque a la fuerza de desembarco en Bahia Agradable, uno de los mayores éxitos de la Fuerza Aérea, a un alto precio. La segunda oleada de aviones, la escuadrilla Mazo integrada por el citado turquito Arrarás, los tenientes Bolzán y Sánchez y el alférez Vázquez fue diezmada en el ataque por los misiles ingleses, siendo Sánchez el único sobreviviente gracias a una arriesgada maniobra de un KC 130, avión tanque que fue a su encuentro.

Pablo lo quería como a un hijo, en cierto modo lo era. Fue alumno suyo en segundo año y aún recuerda el árbol debajo del cual les daba clase. Pablo le enseño a volar, fue su instructor de vuelo, luego habían ido juntos a volar los A 4 y un día marcharon juntos a la guerra. Esas jugarretas del destino hicieron que estando en el sur, el jefe de escuadrilla de Arrarás debiese volver a Córdoba para reparar un avión. Ahi él alumno le pidió al maestro cambiarse a su escuadrilla porque sin su jefe se sentía como huérfano. “Venir con nosotros es casi abonarse a la partida de defunción porque estamos saliendo mucho” fue la primera respuesta de Pablo, no obstante lo pensó para finalmente negarse a ello. Y Arrarás sin haber hecho el cambio, retenido en su propia escuadrilla cayó en Bahía Agradable. Había sido uno de los participantes del exitoso y costoso ataque ( perdieron la vida 4 pilotos) del 12 de mayo al destructor Glasgow y la fragata Brilliant.

Ese día Pablo se refugió en la música y hasta debió soportar que alguien se lo objetase con hirientes palabras a las que respondió “Señor, hoy especialmente yo debo tocar la guitarra”.

Seguir adelante con el dolor a cuestas, que de cada tanto lo hace llorar en algún acto donde se recuerda a su hijo profesional, es solo para poseedores de una fuerza espiritual poco común. Estamos llamados a sanar nuestras heridas sirviendo, y si logramos hacerlo ahí, en el ámbito donde nos fue infringida, mucho mejor. Es el camino que Pablo marca, uno más.

7. EL ESCRITOR Y POETA

Le sobra ADN para ello y desborda vocación. Descendiente de unos estancieros de la zona de Cerros Colorados, dos de ellos fundidos (“uno mi bisabuelo”) integra una familia de escritores, poetas y músicos. El abuelo de Pablo era escritor, su tío abuelo, perseguido por sus ideas socialistas en la década del 30 es uno de los escritores más importantes de Entre Rios. De nombre Amaro Villanueva ha escrito una Antología del Mate que lleva casi 100 años vendiéndose y es conocido en el exterior. Su hermana, Graciela Carballo es conocida como compositora musical, pero también es poeta y vive muy bien de su talento en Buenos Aires.

“Dos cosas amo con locura desde niño: los aviones y escribir. A mis 17 años, en 1964, terminé mi primer libro con 100 poemas y acabo de publicar un libro reciente en homenaje a él que justamente se llama Poema número 100. En el prólogo de aquél libro decía: Este cuaderno se llama mi refugio porque en él escribo lo que siento sin profesores, celadores ni maestros que me digan cómo debo hacerlo” Sana rebeldía en estado puro, difícil potro habrá sido para sus instructores de la escuela.

“Escribo todo el tiempo, nunca paro, escribo en el baño, en el celular, escribo de todo, tengo poesías que encuentro mucho tiempo después porque las hice en cualquier lado.” Conozco muy bien ese desorden y esa desesperación por estar inspirado justo cuando no hay un papel cerca.

“Tengo entre 20 y 30 libros escribiéndose, 6 publicados, el resto en proceso”.  Parece que la inspiración no respeta reglas de orden, ni siquiera en el ámbito castrense.

Se me ocurre compararlo con Richard Bach. Se me enoja. “Prefiero ser el autor de La excursión a los indios ranqueles (Lucio Mansilla), a Bach lo conocí porque invitado por el presidente De la Rúa volamos juntos a Entre Ríos, era un viejo deseo mío volar con él y Dios me lo concedió, en Un vuelo al corazón hay un capítulo referido a esa historia: Volando con Richard Bach”

En algún momento nuestra poética charla se interrumpe porque trepa, ágil como un gato al ala de un Tucano, “avionazo de entrenamiento” y me invita a subir. En un acto de inconsciencia lo sigo, agarrándome y arrastrándome como puedo aparezco sentado en la carlinga. ¡Vaya cosa el volar! Un tablero incomprensible delante mío, una cúpula que si la bajan me ataca la claustrofobia, un asiento incómodo, un bastón y una argolla debajo del asiento ( por las dudas haya que tirarse al vacío). Y no me puse equipo alguno, ni traje anti exposición, ni casco, ni escafandra. Como si fuera poco difícil elevarse en ese aparato, Pablo fue a la guerra a matar y a que lo maten, por Dios ¡a que te tiren!. Sentado ahí, en ese instante uno tiene una brevísima noción del tamaño de la hazaña de tantos, los que volvieron y los que quedaron. Ayer nomás en un acto un veterano amigo contaba como una persona que fue a Malvinas en octubre no podía imaginarse como habrían soportado dormir en junio a la intemperie. En ese Tucano sentí lo mismo, ni mi imaginación de escritor alcanzó para percibir a Pablo en el A4 rumbo a la fragata.

Retomamos la charla literaria. “Quiero hacer una película, en la cual incluyo más de 20 canciones inéditas, algunas de amigos y otras mías, incluyen una marcha muy bella” Poesía y música van de la mano, no me sorprende.

“Pero Enrique vos sabes que yo como poeta, soy un buen piloto, se muy poco de letras, escribo por intuición” Ahí el que se enoja soy yo. Le digo, ahora hablando con un colega: “Pablo, vos sos un poetazo porque escribís desde la tripa, desde el sentimiento. Tus poesías me han hecho llorar y yo leo cien poesías por semana, estoy harto de leer poesías que no dicen nada, que no se entienden, que no conmueven. Verdad y sentimiento son los únicos requisitos esenciales, si lográs conmover es porque escribís conmovido y eso es lo que vale, el resto si queres se estudia, se aprende, se pule, pero no es esencial, por favor seguí haciendo poesía” Esa fue toda mi lección, el tiempo apremiaba

8.EL SOLIDARIO

“Ni bien volví de la guerra me atormentaba pensando ¿Qué hubiese sido de mi familia si yo no volvía? ¿Cómo se sentirán esas familias? Entonces decidí acompañarlas. Hace 34 años que les escribo a las viudas y si bien al principio fue difícil para todos, luego descubrí que tienen una fuerza especial, que son familias bárbaras, que desde algún lado sus muertos los guían y protegen porque han salido adelante y los hijos son ejemplares”

No solo les escribe, les ha donado a los familiares de los caídos los derechos de autor de sus cuatro libros sobre Malvinas. Pablo no desmalvinizó, Pablo no olvidó, Pablo no se calló nunca, que se entienda bien, NUNCA. Con unos cuantos más como él en cada fuerza, distinto hubiera sido el destino de muchos veteranos.

Hace poco tiempo se contactó conmigo la familia de Hector Ricardo Volponi, piloto de Dagger caído en Bahía Elefante, con ellos pude constatar la veracidad de sus palabras, son un rayo de luz. Quizás la verdad la contenga la última estrofa de la poesía que Pablo le dedicara en su libro al propio Héctor y que se llama La muerte.

Todos vamos a morir, hoy o mañana,

No hay ningún inmortal sin vida santa,

Lo que no es realidad es fantasía,

Solo sirve lo construido mientras cantas”

Y Pablo sabe de construcciones y construye y corre y canta. Lo sigo, casi sin aliento, casi con vergüenza de mirarme, pero lo hago, para saber cuanto me falta.

9.EL ESPOSO ENAMORADO

Venimos caminando rápido, las hélices de un Fokker nos dificultan la charla y los libros me pesan. Pablo se detiene de golpe frente al edificio del Casino de Oficiales al que hemos vuelto y dice

“Ahi, en ese primer piso, al lado de esa columna, donde está la Virgencita, le di el primer beso a mi señora. Nos conocimos el 15 de marzo de 1970 en Carlos Paz y la invité a la fiesta de entrega de uniformes que por ese entonces era en abril. La fiesta fue en el salón que vimos, hermoso, que solían lustrar con dos cadetes de primer año sobre una manta tirada por otros, salimos al balcón y sucedió. Dos meses después, el 15 de mayo nos pusimos de novios por tres años y llevamos hoy 46 años de casados” Es cierto que Pablo tiene una memoria prodigiosa pero este tipo de recuerdo solo habla de un amor que perdura. No solo ama a Mirta, también la admira profundamente.

“Imaginate, sangre italiana, la madre del norte, el padre del sur, es un torbellino, tiene 64 años, juega el tenis, moviliza todo y a todos. Es alguien que sufrió mucho de chica, construyó un muro para defenderse y lo logró al costo de aislarse. Al crecer se intentó buscar, especialmente a la niña que fue, en el camino descubrió a Dios y fue El quien la llevó a descubrirse en su esencia. Ha escrito un libro maravilloso, que he leído varias veces y he llorado con él. Le he dicho que es una verdadera obra de arte porque es una creación personal que llega sin duda a remover el alma de los demás” Asiento fervorosamente, a mi me sucedió otro tanto, máxime porque abreva en Victor Frankl, un sobreviviente del Holocausto que me es tristemente cercano.

Debe ser por ella, por Mirta que se recuerda perfectamente una poesía de su tío abuelo a su propia esposa

Tanto te quiero desde que te quiero,

que el tiempo sucedido sin quererte,

más que en la vida sucedió en la muerte,

querida muerte sucedió primero”

Nueve facetas y me quedo corto, debe tener muchas más. Nos quedamos solos, en un bello rincón del Casino y parece un chico sentado a mi lado. Está emocionado y no puede escribir la dedicatoria que le pido

“Disculpame, la marcha, la escuela, los uniformes, 50 años después aún me emocionan, esto es mi vida” Afuera los cadetes cantan Alas Argentinas, la marcha de la Fuerza Aérea y otra vez asiento en silencio, es claramente su vida, me citó en la escuela porque lo siente su hogar.

Está apurado, de los treinta minutos que disponía para llegar a tiempo a su casa le dejé solo tres, llegará tarde y el reto de Mirta será inevitable. Le dejo mis libros que seguramente leerá y sensible como es y amigo como lo siento, algún comentario vendrá en devolución.

Mientras nos acerca con el auto hasta la entrada, a mi y a mi hijo enmudecido del asombro ante todo lo visto, oído y vivido, tiene tiempo para darme las gracias, decirme que puedo volver cuando quiera y hacerme sentir “su numeral del corazón” – como me escribió en su libro – una vez más.

“Enrique, esta es una operación en equipo, para defender valores, para reconstruir la Patria. Como suelo decir en mis charlas, en este suelo hay argentinos y los que viven acá, hay que trabajar mucho, bien y muy unidos para que aumenten los argentinos y disminuyan los que solamente viven acá”

En este 9 de julio, Bicentenario de la Declaración de la Independencia de nuestra Argentina, no encuentro mejor forma de celebrarlo que escribiendo las palabras que anteceden, en homenaje a un héroe de la Patria, que tiene la inmensa deferencia de honrarme con su amistad. Espero que sirva para que quienes no lo conocen se acerquen a escucharlo porque es de los maestros que necesitamos, de los pocos que pueden mirar de frente a Dios y a todos, sin tapujos, sin dobleces, con las manos limpias y el corazón rebosante de amor ya que han avalado con sus actos y sus vidas los sanos propósitos de que se nutre una Nación.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 9 de julio de 2016

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Published in: on julio 9, 2016 at 6:46 pm  Comments (7)  

LA FOTO Y EL ENSUEÑO

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LA FOTO Y EL ENSUEÑO

Oscar es el único contador de un minúsculo pueblo de la bellísima serranía cordobesa. No tiene una mala vida y jamás se queja de ella. Heredó el estudio de su padre y supo con mucho trabajo y algunos descuentos de honorarios – porqué ocultarlo- mantener casi íntegra la cartera de clientes que habían caído bajo la magia seductora de su progenitor, un político de los años bravos quien cosechaba clientes sin que se tuviera en claro si era por capacidad profesional o protección política.

Oscar no pudo heredar esa habilidad, era demasiado tímido para tener cualquier tipo de vida social que le permitiese siquiera tomar contacto con algun desconocido. ¡Cuánto detestaba ese defecto! Con mucho esfuerzo había logrado superar una tartamudez infantil y seguir, no sin cierta incomodidad, a su señora en sus vanos y repetidos intentos de socialización. Su timidez y no otra razón, lo había llevado a casarse con su primera novia, quien en realidad lo cazó a él con algo de amor en sus alforjas pero también bastante de interés, olfateando que el viejo zorro del padre debería tener varios hoyos llenos de oro, no siempre bien habidos.

Oscar era además de tímido, ermitaño, callado, soñador y poeta. Todos lastres para la profesión que la imposición paterna había elegido para el vástago, por cierto único. De haber podido elegir y de haber tenido un padre decidido a mantenerlo en la vagancia, Oscar jamás se habría casado, jamás habría tenido hijos y nunca hubiese abandonado la casona familiar, poseedora de esos maravillosos rincones umbríos con vistas divinas, donde esconderse a soñar y a escribir.

En cambio, vivía con su tan sociable esposa, dos hijos adolescentes, una mucama y tres perros, en una casa mediana con vista a la ruta y estudio incorporado. Los momentos libres se le esfumaban entre el Rotary Club, el club social y deportivo y la iglesia, todas encomiables instituciones que lo exprimían gratuitamente, honrándolo con el dudoso beneficio del cargo de Tesorero. Igualmente se las ingeniaba para escribir poesías, de madrugada o bien bajo los árboles mientras se hacía el que miraba a sus hijos en los distintos deportes que practicaban. Habitar la ensoñación era ya mucho más complicado. En su casa los televisores, radios y equipos de música jamás cesaban y había comprobado con horror que apagarlos era mucho peor ya que todo su clan aprovechaba el silencio reinante para recordarle sus múltiples demandas insatisfechas, al unísono..

Solía entonces reservar al ensueño, ayudado por el mágico entorno serrano, los momentos de tránsito entre su estudio y los distintos clientes. A fin de alargar ese tiempo, dejó por completo de usar el auto y comenzó a realizar su monótona recorrida de a pie, siempre con una libreta en el portafolio para que cuando lo asaltase el duende poético, pudiese de inmediato y hasta sentado en el mismo cordón de la vereda, tomar las notas que en la madrugada siguiente darían luz a sus versos.

Entre el batifondo de su casa y la concentración en los problemas contables, había así Oscar, con forceps, encontrado su espacio. Ni bien trasponía el umbral de su domicilio, su mente comenzaba a volar, contando a su favor con la tranquilidad pueblerina que le permitía caminar en piloto automático sin tener que reparar en tránsito alguno.

A dos cuadras de su casa, vivía el fotógrafo del pueblo, quien solía retratar absolutamente todos los eventos sociales, con excepción de los velorios, claro está, pues lo descomponían. De modo que por semanas en las vidrieras de su garage convertido en local, estaban colgadas día y noche, las fotos de todos aquellos a los que les había sucedido algo, por lo general bien alegre, hecho que hacía que las dentaduras, originarias y postizas relucíeran a la distancia. Era algo así como el facebook local, ya que el verdadero aún no había arribado. Oscar habitualmente se detenía allí en ese peculiar estado contemplativo de la mente que lo acompañaba en su camino, sin saber si lo movía la curiosidad o la búsqueda de inspiración. Se retiraba al día con los nacimientos, bautismos, cumpleaños y bodas, constatando el paso del tiempo en la barriga de sus compañeros de colegio o en la belleza en fuga de las niñas que alguna vez le inspiraron un poema.

Empero, esa fría mañana soleada de mayo, la conocida vidriera le iba a deparar una sorpresa. Sus ojos se posaban una tras otra en las fotos de una reunión social, probablemente un cumpleaños y como suele suceder que esas imágenes están atiborradas de grupos humanos haciendo las más diversas cosas, una de las fotos le dio un vuelco al corazón. En una mesa desierta, sus ocupantes estarían bailando o procurándose un trago, una mujer de mediana edad estaba sola, sentada, con la cabeza apoyada en una de sus manos, el cabello lacio llovido a ambos lados de su rostro, un esbozo de sonrisa en diagonal sin separar sus labios en el centro de la imagen y los ojos vueltos al fotógrafo. De inmediato la reconoció, sin dudas era Lisa, su compañera de banco en el lejano tercer año del colegio del pueblo. Los treinta años transcurridos parecían no haber hecho mella alguna, ni en su rostro, ni en su alma. ¿Cómo olvidarla, si había estado locamente enamorado por muchos años? ¿Cómo olvidarla si sus primeros cuadernos de poemas no hablaban más que de ella? ¡Si la habría perseguido!, solo hasta la frontera infranqueable de su timidez. Pero ¿qué diablos hacía ella en una foto del pueblo? En ese instante, pese al impacto, pudo recordar que una tía seguía viviendo por allí y que probablemente se tratase de su fiesta de cumpleaños, hecho que comprobó al llegar a la foto de una simpática viejecita soplando las velas de una torta.

¡Cúanto había llorado aquél día en el colegio, cuando se enteró que toda su familia se mudaba a Mendoza! No tanto como el día en que al pueblo llegó el rumor que se había casado con un rico heredero de una bodega, haciendo trizas su irracional esperanza. La vida siguió para ambos y no había tenido noticia alguna de ella por casi tres décadas. Y ahora, esa foto, que la traía a ella y a él, a su mejor él, a su él enamorado. Debía reponerse y pronto, ya llegaba tarde a su cliente.

Todo el día lo pasó entre nubes, la imagen de la foto lo persiguió insistentemente y cada vez que aparecía, una extraña tibieza le inundaba el corazón. Resolvió los temas laborales como pudo y casi con apuro caminó hacia su casa, mejor dicho a la vidriera del fotógrafo que le quedaba de paso. Ya sin obligaciones urgentes, se quedó un buen rato contemplándola en detalle.

El rostro bello, la nariz armoniosa y la frente amplia que daba cuenta de una inteligencia poco común. Llegó a los ojos, color miel, vivaces y redondos enmarcados en unas cejas oscuras y unas pestañas delicadas. Allí se detuvo, precisamente en su mirada. Nada había cambiado en su forma de mirar. Se le hizo presente un lejano día, en que con esos mismos ojos lo había hecho temblar al preguntarle si podía ocupar el banco vacío a su lado. Durante todo ese primer día como compañeros de banco, no había podido ni siquiera mirarla a los ojos, pues éstos le devolvían un brillo tan cargado de sentimiento que lo hacía sonrojar. Tardó algunos días en poder hacerlo y después, durante todo el año no pudo dejar de mirarla. Lo enamoraba tanto su gracia al sentarse, como la manera en que sacaba el lápiz de la cartuchera, sus largos dedos al voltear las hojas de un libro y su voz quebrada al leer. Lo perdía su alegría que interpelaba a su consuetudinaria melancolía, ella lo podía y al salir del colegio, Oscar iba a su casa, enamorado con la vida, con el corazón brincando y agradeciendo a Dios su suerte. Tanto amor venía con su cuota de sufrimiento. Mientras él seguía preso de su muro, Lisa, bella como era, tenía su tiempo ocupado entre diversos pretendientes que intentaban atraparla. Ninguno tuvo éxito y cerca del final del año la noticia de su mudanza a la capital de la provincia vecina frustró a la multitud al tiempo que desoló a Oscar.

Esa noche su habladora esposa lo encontró extraño pero nada preguntó. A diferencia de casi todos los días, Oscar en lugar de dormirse pensando en la solución a un difícil problema profesional, se quedó despierto hasta las dos de la mañana con la imagen de Lisa, bien clara en su memoria. Cuando finalmente rendido se durmió, soñó con ella. ¿Fue un sueño? Si lo fue pareció demasiado real, ya que podía sentir su abrazo y se despertó sobresaltado cuando en sus labios, Lisa lo besó.

No pudo volver a dormirse, desayunó muy temprano y con tiempo de sobra salió de su casa, solo para detenerse una vez más ante la foto. Esta vez el ensueño se hizo cargo de él. Los ojos de Lisa lo atraparon y disolvieron treinta años, su profesión, su familia, sus deberes, sus reuniones. Oscar ni dudó, ella lo estaba mirando a él o si miraba al fotógrafo, era solo para a través suyo mirarlo a él. Y le estaba diciendo con los ojos, que lo amaba, que no lo había olvidado nunca y que había aceptado esa invitación al cumpleaños de su tia tan solo para atinar a encontrarlo y empezar una vida juntos.

Nuestro contador se posesionó. Su imperiosa necesidad ya no pasaba por escribir algún verso en su libreta sino en salir corriendo a buscarla. Ese día no visitó ningún cliente, preguntó y preguntó en diversos sitios hasta dar con la casa de la tía. Preso de una agitación inusual llamó a la puerta pero nadie atendió. Molestó entonces a sus vecinos quienes le dieron una triste noticia. La tía en cuestión, protagonista de esa fiesta de dos semanas atrás había tenido un ACV y estaba internada, presta a partir. De Lisa nadie recordaba haberla visto y ninguno fue capaz de darle noticia alguna.

Triste y desolado emprendió Oscar el camino de regreso. Nunca sería capaz de hacer ninguna locura, era demasiado racional para el amor. Así como antes la timidez le había marcado la frontera, era ahora su responsabilidad, su fría capacidad de abordar toda situación quienes le construían el muro. Nunca dejaría su nido, nunca abandonaría su profesión, nunca saldría de su pueblo para correr tras ella, para confesarle su largo e insatisfecho amor.

Se detuvo ante la foto nuevamente y temeroso que el tiempo de exposición terminara pronto, tomó el mismo una foto de la foto, la cual imprimió a color, ni bien llegó a su estudio. Esa noche ni siquiera se acostó, las horas se le volaron en la contemplación de la imagen de Lisa y de su misteriosa mirada, la cual sin duda traslucía un intenso sentimiento. No en vano los ojos son el espejo del alma y esos ojos hablaban de amor.

A muchos kilómetros de allí, Lisa se levantó de su lecho conyugal e intentando hacer el menor ruido posible fue a buscar al último cajón de la cómoda, la foto colegial del tercer año, para saber si lograba ponerle nombre al rostro que por dos noches seguidas se le aparecía nítidamente en sueños, con el uniforme del colegio de ese pueblito cordobés, donde vivía su tía y al que debería volver de urgencia en la mañana, para asisitirla en el hospital.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de junio de 2016

 

Published in: on junio 25, 2016 at 7:55 pm  Dejar un comentario