ÚLTIMA

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ÚLTIMA

Disfrutemos esta última noche a solas. Tú y yo. Es la última de muchas en que fuiste tomando forma a lo largo de seis años y quizás desde mucho más tiempo atrás.

Mañana, si puedo, delante de los que vengan a la Biblioteca, esa misma donde presenté a tu hermano mayor, voy a hablar de ti, de nuestras noches a solas con el apoyo eterno de mis perros.

Solo si no me quiebro intentaré transmitir algo de lo que vivimos juntos, tus hojas cuando estaban en blanco y mi alma necesitada de explotar en ellas.

Quizás no pueda decir nada o diga bellamente algo que tenga muy poco que ver con esas noches. Esas, tú te acuerdas, en la que te empapaba en lágrimas o te aturdía con mis sollozos. No, no creo que pueda hablar de ellas.

A lo mejor despego y me animo a hablar de las otras . Aquellas, tú sabes, en que entre verso y verso sonreíamos cómplices recordando otra sonrisa o unos ojos de encanto. O aquellas en que me ayudabas a dibujar a la musa ausente pero viva, vivísima en mi sentir.

Delante tuyo y mío habrá gente que nos aprecia y mucho. Buenos amigos que supimos cosechar en ámbitos muy pero muy diversos. Ellos merecen que les cuente de tí, de tu estupor cuando decidía incluir algún escrito y tu papel se erizaba de temor porque no querías herir a nadie. Siempre logré convencerte con un “¡que piensen lo que quieran, yo necesito gritar esto!”. Y tú, tan solo por amor a mi, aceptabas, aun a riesgo de verte, en algun arrebato de ira futura, arrojado a la basura.

También habrá ilustres ausentes pero que estoy seguro que estarán por ahí, porque viajan conmigo. Tal como viajaron en tantas noches en que me dictaron, de lejos, muy lejos, las palabras que tú llevas y que no me atrevo a considerar mías.

Seguramente recuerdas cuando te quise escribir como EL AMOR TRISTE. ¡Cómo te enojaste! Nunca te ví tan irritado. Te resististe ferozmente y hasta se te ocurrió enfermarme para que no pudiese mancharte con mi dolor.

Si, amigo, es la última. También la última de las del vértigo final en San Clemente cuando agotado e inundado de whisky y soledad me convencí de mi grueso error. Y ¡como até cabos en esos días de junio!, cabos que se anudaron y sólidamente me presentaron una idea toda nueva.

Volvimos a Buenos Aires desaforados, con dolores de parto. Nos encerramos una vez más, noche tras noche pues lograste convencerme que el libro lo escribirías tú, que yo me limitase a ordenar lo ya escrito, que ello hablaba solo. Te obedecí, el manso por amor, esta vez fui yo.

Solo me senté a escribir las primeras páginas y hasta eso me sorprendió. Eran perfectas y transmitían un mensaje nuevo sobre el amor, nuevo hasta para mí. Tardé en captarlo. Hicieron falta cinco lecturas minuciosas, necesarias para corregirte para que amaneciera a una nueva verdad, esa que tú transmites.

Lo hicimos juntos, querido libro. Ni tú ni yo podemos decir cuanto puso cada uno. Pero me gusta el resultado, porque se que le va a servir a muchos, y eso es lo único que vale.

Si, te voy a leer una vez más, porque quiero reencontrarme con toda la gente que tuvo algo que ver con tus estrofas, con tus personajes, con tus cimas y con tus valles. Quiero disfrutarte en ésta última noche en que serás, como todos estos años, solo mío.

En horas, en la biblioteca, se correrá el telón y ya no me pertenecerás. Serás de quienes te lleven consigo, con quienes caminarás senderos ignotos, que quizás te retornen en un agradecimiento, un halago, una crítica o un silencio. Tú estarás allí naciendo y despidiéndote de mí para ser de todos, esos mismos todos con quienes brindaré por tu llegada y les contaré……. solo Dios sabe qué.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de septiembre de 2015

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Published in: on septiembre 25, 2015 at 12:10 am  Comments (1)