El Aroma de la Libertad


EL AROMA DE LA LIBERTAD

“Para la libertad sangro, lucho y pervivo”

Miguel Hernández

 

Será porque mi niñez fue bastante libre, o acaso será porque mi familia fue perseguida, o tal vez será porque mi espíritu la añora, lo cierto es que me pasé la vida buscando la libertad.

 Me crié en un pueblo a 17 km. de la Capital, Temperley,  el cual hace más de 50 años era apenas unos loteos con muchas calles de tierra en torno a un coqueto barrio inglés, donde quedaba mi escuela, el William Shakespeare, fruto del importante nudo ferroviario que su estación constituía.

En ese contexto y en ese tiempo a la inseguridad había que encontrarla sólo en el diccionario, todas las casas tenían sus puertas abiertas de par en par y la solidaridad vecinal reinaba. Hecha la tarea escolar, con apenas seis o siete años ya tenía mi tiempo de libertad. Solía ir al potrero a patear la pelota o vagaba por las calles siesteras en bicicleta con mi pandilla.

Mi madre jamás supo ni quiso saber, a ninguna madre le preocupaba ello, con quién andaba o dónde estaba. Más de una vez me perdí y algún vecino al verme llorando sin preguntarme siquiera el nombre, me llevó a mi casa. Todos conocían a los hijos de todos.

 Mi adolescencia porteña fue distinta. Los vecinos no se conocían, las puertas estaban cerradas y la locura terrorista hacía desconfiar hasta de la sombra. Pero pese a todo solía pasar las noches de los viernes y sábados caminando por el centro, casi siempre con Claudio, amigo fiel que gracias a Dios conservo hoy día, revolviendo librerías y cenando de madrugada pizza de Guerrín, Rey o Serafín, dónde veíamos amanecer discutiendo de política. Por más guerrilla o dictadura que hubiese, mi tiempo de libertad existía.

 Un trágico día de noviembre de 1976 todo cambió.

 Andaba por mis 19, estaba a punto de recibirme de contador y me habían recomendado para mi primer trabajo. La alegría de haber sido elegido para el puesto, de aprendiz en un estudio contable, me duró exactamente el tiempo de caminar tres cuadras de la céntrica calle Lavalle. La felicidad del cheque que me esperaba a fin de ese noviembre me invadió desde Lavalle 652 hasta Lavalle al 900. Ahí, en plena calle y caminando, de repente tomé conciencia que había cometido el peor crimen contra mi mismo. Había vendido mi tiempo de libertad por dinero.

 Las cuadras de la calle Carlos Pellegrini hacia la Avenida Córdoba, donde me aguardaba la parada del colectivo 132 para volver a casa, me sirvieron para tomar la firme determinación de usar todos mis medios y capacidades para recuperar ese tiempo que infamemente había comercializado. Me sentí muy mal, prostituido, enajenado, esclavizado. Recuerdo haberme auto consolado pensando que sería por poco tiempo.

 Han pasado 34 años desde ese entonces y aun no lo he logrado completamente.

 Es que lo he probado casi todo. Desde trabajar asociado a profesionales, trabajar completamente solo, trabajar para el Estado, hasta trabajar gratis para alguna ONG y dirigir alguna empresa. Siempre me acompañó esa sensación de esclavitud, hecho que me llevó a creer que la libertad en este mundo no existe.

 Así creo que es tan esclavo el obrero que a las cuatro de la mañana espera el 96 en la ruta 3, como el directivo que a las ocho se sube al Mercedes en el country o el funcionario que a esa hora es pasado a buscar por el auto oficial. Podrá cambiar la categoría de prisión, las comodidades y el trato, pero la esencia es la misma: el tiempo de libertad no existe. O en el mejor de los casos es bien poco. Unos quince días en verano y una semana en invierno siempre que no haya crisis económica, política o anímica. Eso si, con celular y mail abiertos para seguir conectados.

La tecnología que debería servir al hombre para hacerlo más feliz, sólo ha profundizado y extendido la esclavitud.

 Podremos escribir muchas hojas y discutir años sobre reformulaciones en apariencia consoladoras de la libertad: que el alma puede ser libre siempre, que la muerte es la libertad definitiva, que somos libres si amamos, etc., etc., etc.

En este tema permítaseme eludir los eufemismos. Libertad significa hacer lo que quiero, cuando quiero y como quiero, en tanto no moleste a nadie y punto.

 Recuerdo con cariño y emoción dos etapas de mi vida en que “fui libre de verdad” al decir de Sui Generis. Una de ellas fue un viaje en 1983 por el Sur de mi Patria, en el que hice 8000 km en 20 días en pura soledad. Soledad que disfruté tanto que en el tramo Esquel- Bariloche rechacé la compañía de la agraciada sobrina de la dueña del hotel en que había parado, sólo para no tener que negociar ni compartir mi tiempo de libertad.

La restante fue cuando estuve desocupado en 1989/1990. Acababa de ser funcionario público y parecía tener lepra para el sistema. La larga lista de personajes que hasta ayer nomás hacía fila para absorber mis calcetines, no sólo no atendía mis llamadas sino que ni siquiera me saludaba por la calle. Ese mal disimulado desprecio me devolvió una libertad que aproveché para emprender mil y una cosas distintas, entre ellas el yoga que le dio a mi vida una perspectiva novedosa enalteciéndola y orientándola hacia lo verdaderamente valioso.

 La triste verdad es que el sistema obliga a uno a venderse para sobrevivir y cuanto más grande sea su familia, más importantes sus posesiones, más alta su imagen, hay que venderse mucho más. Sólo si lo consiguen, tarea nada fácil por cierto, les recomiendo el libro “Las Cuatro Plagas” de Lanza del Vasto. Editorial Sur. Verán desarrollado magistralmente mi planteo, sin ningún tipo de anestesia.

 Si entonces la libertad total no existe, si es sólo una ilusión, una meta inalcanzable en este plano y sólo pertenece con suerte a la infancia y a la adolescencia, ¿a qué podremos aspirar? Apenas  a algo que a mi me gusta denominar, un aroma de libertad. Armar se debe la vida de uno de tal suerte que nadie tenga todo el poder sobre uno mismo. Un verso de IF (SI) de Kipling decía: “Si todos los hombres pueden contar contigo, pero ninguno demasiado”. De eso se trata. De dividir para reinar. Deberse un poco a varios y no demasiado a ninguno impedirá sentirse tan esclavo y aunque en definitiva uno lo termine siendo, el aroma de libertad lo envolverá y hará su vida más llevadera. Para hacerme bien entender: estará mucho menos sujeto un profesional que trabaja solo y que se debe a sus clientes que otro que tiene socios y/o jefe y/o subordinados y/o estructura. Así trabajaban los artesanos de la edad media con un adecuado balance entre tarea y humanidad.

 En fecha reciente acordé mi desvinculación de los directorios de un importante grupo empresario. ¿Soy acaso libre entonces? NO, claro que no. Aun tengo esposa que atender, hijos a quienes financiar su despegue, propiedades que mantener y un cuerpo, el mío, que asistir. Pero no puedo negar que esa tarde de diciembre del año pasado, cuando mochila al hombro caminaba por la calle San Martín, sabiendo que a partir del día siguiente nadie iba a ser dueño de mi agenda, esbocé una sonrisa inmensa.

En el aire flotaba ese aroma conocido, anhelado, extrañado. El mismo que había dejado de percibir, aquella lejana tarde de 1976.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 2 de enero de 2010

 

Les dejo el “Coro de las esclavas hebreas” (Va Pensiero), basado en el Salmo 137, de la ópera Nabucco de Verdi,  traducido primero al francés y luego al español como “ Si yo canto contigo Libertad” en la exquisita voz de Nana Mouskouri, en Chile 1994, una ocasión más que especial para nuestros vecinos.

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Published in: on agosto 29, 2010 at 9:19 pm  Comments (1)  

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  1. Mi querido Enrique, me ha Transmitido plenamente Aquel aroma de libertad, pude recorrer tu sendero, no me fue difícil seguirlo, mas bien aquella pasividad en que se torna voraz al momento de transar los hechos tan llena de cordura y de una forma absolutamente humana de vivir mas que de sobrevivir.
    Me recordé lo del día de ayer con Libertango de Piazzolla, en el cual tu me decías Tres motivos para envejecer en Buenos Aires y si están juntos mejor: una tarde de lluvia en un café antiguo, un libro de poesías de Juarroz para los intervalos y este tango de música de fondo. Con ello se encuentra todo dicho y lo concordante de tu vida con lo que transmites.
    Un abrazo y agradecido del obsequio.


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