LA SEGUNDA

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LA SEGUNDA

El poeta se arrellanó en su mejor sillón con vista al jardín. En el sofá de al lado se acomodaron sus fieles perros, como cada vez que amenaza lectura, mirándolo fijo con esos ojos tan llenos de pureza. En el apoyabrazos derecho un generoso whisky nadando entre cubitos y sobre el izquierdo un libro lleno de gente, rebosante de historias. Cuando el whisky lo hubo frenado del ajetreo diario, bajo la atenta mirada canina y oyendo el suave gorjeo de pájaros, el poeta tomó UN VUELO DE PALABRAS II entre sus manos.

Tras dejarse invadir por el inteligente fotomontaje  cielo – floral de la tapa, sus ojos se detuvieron en un detalle importante. El libro estaba editado por la mismísima y queridísima Biblioteca Popular Alberdi. Es el primer título de la que todos esperan sea una larga serie de aportes al acervo cultural y todo se debe a la iniciativa, perseverancia, paciencia y visión de Eduardo Bolan, compilador de esta antología y autoridad de la Biblioteca. Hizo, en soledad, todo lo necesario para que la más que centenaria institución de Villa Crespo tenga su propio sello editorial.

Las elegantes solapas lo entretuvieron un instante con dos bellas imágenes del prócer Juan Bautista Alberdi y del afiche del centenario desde donde saludan sonrientes gigantes literarios como Borges, Cortázar, Storni y Pizarnik entre otros, ambas obra de Carlos Gustavo Ayliffe. El texto que acompaña a dichas solapas es una breve reseña del origen y actividades de la biblioteca.

En la contratapa y rodeado de amigos, se topó con su largo nombre. Bajo la imagen de la fachada de la biblioteca diseñada por Guadalupe Buján, un breve comentario del libro y los nombres de sus autores en estricto orden alfabético.

Apuró un trago y comenzó su lectura. Aceleró su paso por el prólogo presidencial a cargo de Graciela Galasso, a quien admira profundamente por su amor desinteresado y esfuerzo inagotable en pos de la cultura, casi tan grande como su don de gentes y su hospitalidad, la misma que un lejano día hizo que el poeta sintiese a la Biblioteca como un segundo hogar.

El prefacio a cargo del compilador lo sorprendió. Eduardo Bolan no solo reseñó los orígenes de esta ola literaria que ha tomado posesión de los autores, sino que se tomó el gentil trabajo de en escasos tres renglones trazar una semblanza acabada de cada uno. Y a mayor abundamiento, como diría el poeta en su anterior vida tributaria, dedicó unas memorables carillas al antecesor UN VUELO DE PALABRAS I, refiriéndolo esencialmente por las emociones que generosamente despertara.

Volvió a encontrarse en la lista de autores y se reconoció entre sus ayer oyentes, luego compañeros y hoy colegas en esta maravillosa búsqueda de uno mismo, a través de la escritura. Pero esos nombres ya tenían cada uno, su música propia. Es que en estos años de vivencias compartidas, el poeta aprendió a conocerlos y enemigo de las distancias “terapéuticas” lleva largo tiempo sufriendo por ellos y alegrándose con y por  ellos. A su modo particular cada uno ha ido llenando el contenido de la palabra amigo. Ello augura que la lectura le va a llegar de un modo distinto, no serán textos a analizar, serán amigos que se confiesan y ahí es donde el poeta halló la razón de tanto preámbulo: la emoción será inevitable.

Se sirvió otro generoso whisky y se zambulló en las poesías de la benjamina, Florencia Bolan, aun adolescente, quien no para de escribir. La edad de la poesía es sin duda la adolescencia. Cuando crecemos aprendemos un montón de recursos para enmascarar la verdad, pero la verdad, a quien la poesía debe honrar, solo sale sin filtros en esa bendita edad. Las poesías de Florencia son un tren que  arrolla al poeta, no tiene piedad, no tiene anestesia, sale con toda la fuerza y se plasma como sale. Joven de extremos, poseedora de un fantástico mundo onírico en el que confía ciegamente, tan pronto arrulla dulce, como somete destructora. Y el poeta viaja  encontrándose en sus versos: la predestinación de leyenda con la que comulga, los sueños reiterativos de que también él es victima, el falaz e imposible olvido, el misterio de la paz nocturna tan cara a todo escritor, los difíciles adioses y una alegoría del ángel exterminador que amerita escribir un cuento.

Zaherido, el poeta busca refugio  y remanso en la prosa de recuerdos imborrables de Juan Carlos Burrone, infaltable  adlátere en los asados mensuales, se revela como un eximio músico, conocedor de la noche y vaya casualidades de la vida, es probable que haya sido integrante de la orquesta que animase el primer baile del poeta a sus trece años en el Centro Lucense, un muy lejano carnaval.

Un trago del segundo vaso porque se viene Gustavo Dell´Oca, poetazo si lo habrá. Es quizás a quien siente más cerca, ya que resulta tan raro un ajedrecista poeta como un economista poeta, pero la vida hace esas cosas. Profundo como un rey pensante, zigzagueante como un caballo al ataque, sorprendente como un jaque mate pastor, Gustavo siempre tiene una jugada que descoloca al poeta. Pasa sin pausa y sin aviso de la sensibilidad más exquisita a la sentencia más profunda, acomodando las palabras cual si fueran peones a su servicio para crear la emoción querida. Arranca con una poesía a su primer amor, el ajedrez, de una belleza tal que hace palidecer a las de renombrados maestros. Sigue con un corazón apasionado al que coloca, como corresponde en el centro de la vida, homenajea como pocos a la madre y a la música, ensalza en acrósticos de precisos términos a la naturaleza y a los trabajadores, juega con palabras desnudas y como era de esperar sacude en lo más íntimo al poeta con dos verdaderas joyas. Al acróstico a Jesús no le sobra ni le falta nada, todo cabe en sus términos sabiamente escogidos y trazan una semblanza conmovedora del gran maestro de la humanidad. Y como cierre el poema a las lágrimas de una mujer de luto, exuda y moviliza con el dolor de impotencia de quien ama, ante la persistente pena del amado.

El poeta necesita otro remanso y su ángel de la guarda se lo da. Rosa Díaz, animada y decidida retrata con una felicidad que se siente, sus momentos en el café literario y luego para sorpresa total del poeta, ¡se anima al verso! Regala así su debate con la madre naturaleza y una delicia que es un canto a la vida y al amor inconmensurable que una abuela puede sentir por su primer nieto. Como cierre una simpática anécdota que nos retrata a un taxista que supo en triste hora, desdecir la mala fama del gremio con un gesto angelical. ¡Bravo por Rosita!

Martha Galotti deja su sello con una obra única pero trascendental. Tan conocido el tema para el poeta por su propia historia, los versos de Martha lo golpean de a uno, los dilemas de ella, lo han sido (¿aun?) de él y comprende a la perfección la ambivalencia de sentires que el poema describe. Escribirlos es una puerta de salida del laberinto, se alegra porque Martha ha comenzado a cruzarla.

Llega el poeta a las páginas de Lucy Hazán, que incluye poemas escritos hace largo tiempo atrás. Son ellos los que le están poniendo la pluma en la mano porque le han sembrado la intriga si en la actualidad y después de todo lo vivido, escribirá en el mismo tono. El de estos poemas es triste y fatalista, retratan la supremacía del tiempo frente a la vida remedando la conocida frase “tiempo mata todo”, la insoportable fragilidad de los amores de verano, la muerte dura que el olvido significa, el doble y opuesto sentir frente a la lluvia, la crueldad de todo abandono en un bello contraste entre momentos, la profunda herida del desamor y la muerte que siembra el adiós. El poema final sintetiza una filosofía de vida que abarca desde el “todo es vanidad” del Eclesiastés hasta el “vive la vida pero muerto” de Silo. Impactante e inquietante al mismo tiempo.

Se sumerge ahora el poeta en un remanso aventurero. Hector Jiménez relata sus andanzas como experto de Naciones Unidas en el continente africano, las que fueran objeto de una interesantísima conferencia en la propia biblioteca. Mozambique, Tanzania, Suazilandia y Kenia se revelan como tierra de hambre extremo, feroces revueltas, pícaros mercaderes, brujos y lazos familiares y sociales muy diferentes a los nuestros, todo enmarcado en una extremadamente bella naturaleza.

Con los ojos algo cansados pero el alma bien despierta llega el poeta a las hojas de Martha Kopyta que inserta dos hermosos cuentos que revelan además de su agraciada prosa, un sentir poético. Solo los poetas pueden hallar belleza en un personaje tan ahuyentador como necesario, como las antiguas lloronas de velorio. Su cuento sobre una laguna aparecida, inspirada en un hecho real, tiene un interesante intercambio de personas del relator.

Ha pasado el tiempo y enfrascado en la lectura, el poeta cae en la cuenta que además de haberse quedado sin whisky, los perros se han dormido y afuera reina la noche. Casi un centenar de hojas ha devorado cuando se encuentra con su amiga, la poeta del campo, el ciclón, Elena Krausse. Hace pocos días presentó su primer libro por lo que piensa que nada lo puede sorprender. Se equivoca. Si bien conoce las poesías incluidas, las relee para dejarse arrullar por el suave verso de Elena que lo lleva de un amor de madre sufrida, al amor que extraña, al amor que espera, al amor que engaña y al amor en las manos. Se detiene el verso en un andar solitario para perderse en un renovar de sueños. Pero es la prosa que lo sorprende. Causalmente su primer relato Desengaño resulta ser la anécdota que él le pidió contase en su presentación y que refiere el daño que el tiempo le produce a los otrora apuestos noviecitos. El sobre celeste en cambio, es una genialidad de amor sutil, de amor romántico, de ese que a los 93, Elena aun lleva como anhelo en su transido corazón.

Llega el poeta con el jardín en sombras y los pájaros dormidos a las páginas de su otro ángel guardián, Marcelina Lindenboim. La ha tenido en mente todo el verano pues ha dedicado días a la lenta lectura de un fantástico libro que le prestara, escrito por un pariente a quien le dedicó una sentida despedida. La sensibilidad poética va en alza con sus estrofas y sacude de entrada. Su corazón con llave lo lleva a tiempos idos, en que temeroso de la trampa del amor, renovaba candados para no desbarrancar tan a menudo en callejones sin salida. Y cual montaña rusa lo sube a la cumbre con el canto a la vida que pinta el corazón amigo,  lo revuelve en espirales de sentires y esperas, lo invita a abandonar el riel y volar, volar ¡ah! volar como en la balada de Piazzola, loca ella y loco yo. Todo para culminar en una poesía sublime de amor de madre que contempla extasiada y admirada el crecimiento de su hija. Gracias por tan bello viaje Marcelina.

Y ese viaje termina de repente y de la peor manera. El poeta se encuentra nada menos que con él mismo. ¿Qué había elegido? ¿Tendrá sentido? ¿Estará a tono? En un acto de escasa humildad, decide tratarse como uno más y se enfrasca en la lectura de sus propias páginas. Se da de bruces con el relato de la presentación de UN VUELO DE PALABRAS I. Solo recuerda que fue un día muy difícil para él, le costó conectarse, tenía otros serios problemas. Pero ahí está el relato de como entre todos lo metieron en la fiesta, porque ante todo ese día fue de celebración. Da vuelta la hoja y lo espera MUSA, las lágrimas con que lo escribió afloran de nuevo, las dudas también: ¿habrá dos planos simultáneos de la existencia? ¿Uno real, el otro poético? ¿Como se hace para prescindir de uno para concentrarse en el otro? ¿Por qué los personajes de uno, no encajan en el otro? Tan actual, tan doliente, podría componerla hoy que no le cambiaría ni una coma. Sigue la prosa con el pintor vuelto poeta y una sonrisa se dibuja en su rostro sin querer. Tan real y tan fantasioso, ¿cuanto habrá mentido para retratar ese dulce e irrepetible encuentro? Ni él lo sabe. Descubre que eligió Génesis, la más acorde pues de amistad se trata todo esto. Sin ella, ni el café, ni los libros, ni la biblioteca tendrían el más mínimo sentido. A continuación Águila y Leona, la semblanza de Silvia Paglioni en el tributo que le escribiese en su cumpleaños cincuenta. Fue ella el instrumento de la vida que lo hizo animarse a la senda de escritor, jamás podrá agradecerlo lo suficiente, fue esa decisión crucial de vida que lo rescató del abrazo triste de la muerte en vida ajena, en desgana, en sinsentido. El cierre del poeta es con Simple, un verso sencillo y sin rima inspirado en las enseñanzas de alcohólicos anónimos, que impactara a la presidente de la biblioteca y que resulta un audaz plan de vida, simple por cierto pero que nace a partir de un profundo cambio de mirada.

Harto de si mismo, el poeta llega al encuentro de la enfermera poeta, esa si que es una coherencia, para ambas tareas debe brillar el amor. Elva Quispe no es la misma del libro anterior, ha recibido la herida del duelo y es desde el dolor que escribe, por eso aflora lo mejor de su alma y conmueve, hasta las lágrimas, al solitario poeta lector. En la vivencia simultánea del duelo y el amor, en ancas de esas paradojas que arma la vida, brota un grito como soneto que busca la primacía del amor. El dolor y la ausencia, el dolor por la ausencia de una madre de manos amorosas tiñen de triste belleza sus versos, que aun claman por el retorno del amor como salvación. Ese duelo se resuelve resignado en el último poema, en especial en la última estrofa cuando declara que el tiempo del amor es el tiempo que puedan robarle a sus vidas, a tan pequeño espacio ha quedado confinado o quizás es tan pequeño el espacio que nos permitimos atender al plano al cual el amor pertenece. Se detiene el poeta, hay claves en este verso, esconde verdades la estrofa, volverá a ella muchas veces preguntándose cuánto tiempo y con quien, se permite producir su propio hurto.

Demasiado dolor conocido, demasiado dilema sabido. Bajo la atenta mirada de sus canes que reclaman el paseo nocturno, arremete a las últimas páginas a cargo de una escritora que es en si mismo dueña de la alegría. Nélida Ricciuti, fructífera docente de vida completa conserva, quizás por el trato amoroso con sus alumnos, quizás por su amor por los animales, especialmente los alados, una simpatía y felicidad de vivir, admirables. Y sus escritos lo dejan trasuntar muy generosamente para beneficio de los lectores.  El espíritu del barrio que es en realidad un espíritu, es quizás tal como ella se imagina a si misma en un futuro, huyendo de San Pedro para darse una vuelta por los lugares familiares. Tras un bello canto a la primavera embelesa al poeta con el relato, desde el punto de vista del canario, de un viaje feliz desde un ama indiferente a una preocupada por su bienestar. Para el cierre, la docente se pone seria y enseña de verdad. Nos alecciona, breve, concisa y claramente sobre los requisitos tan básicos como inadvertidos por muchos para jugar correctamente el juego de la vida y sobre otro punto esencial en la formación del ser humano, muchas veces soslayado por padres y docentes, la autoestima.

Dos ilustraciones cierran el libro, ambas a cargo de una joven amiga de Florencia,  Eriadna Duca que ilustra la leyenda japonesa sobre el hilo rojo irrompible que une a los seres predestinados a encontrarse y a unos simpáticos niños que en lugar de cazar mariposas, se dedican a la caza de libros, tal como hacen quienes concurren a la Biblioteca Popular Alberdi.

Para decepción de sus perros, nuestro poeta se ha dormido. Sueña con UN VUELO DE PALABRAS II en su regazo. Sueña con el día de mañana en que rodeado de sus doce amigos y los motores de la Biblioteca, Graciela y Eduardo, puedan entre aplausos, risas y llantos de pura emoción, compartir con familiares, amigos y amantes de la cultura, otra verdadera fiesta y gritar bien alto: “Señores y señoras, se va la segunda”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 28 de marzo de 2014

Todo esto puede ser que no sea más que una quijotada, pero les cuento un secreto, hacer quijotadas hace bien, probablemente sea el camino más corto a la felicidad. Es a El a  Don Quijote, a quien le dedico todo lo bueno que mañana va a suceder.

 

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Published in: on marzo 28, 2014 at 7:29 pm  Comments (4)  

¡¡¡FIESTAAAA!!!

Un vuelo de palabras

¡¡¡FIESTAAAA!!!

Presentación del libro UN VUELO DE PALABRAS en la Biblioteca Popular Alberdi

El poeta llegó en silencio y soledad, dos compañeros habituales en el frecuente estado de incomprensión generalizado en que vive. Ningún amigo había confirmado su asistencia y su propia familia había demostrado poco entusiasmo por el mismo. Los amigos de la Biblioteca estaban ahí para recibirlo calurosamente, a medida que los fue saludando se fue sintiendo un poco mejor.

Vio el salón lleno de sillas, ante su duda sobre la necesidad de tantas, recibió por respuesta que el verdadero temor era que concurriesen todos los confirmados porque en esa hipótesis, el salón se vería rebalsado.

A continuación se sorprendió de ver a todos sus compañeros del Café Literario vestidos con sus mejores galas, como para una auténtica celebración. Fue ahí que se dio cuenta que el que estaba desubicado era él. Claro que era un fiesta, una fiesta del espíritu, una fiesta de la amistad, una fiesta del logro colectivo, una fiesta del poder de la poesía y la literatura, una fiesta de la cultura. Había que unirse, hizo su mejor esfuerzo.

No habían sido fáciles los días anteriores, ni siquiera había podido concurrir al ensayo general del jueves. Un sordo dolor de estómago lo tenía a dieta y casi no había cruzado palabra con su entorno. Estaba conmovido y nervioso, mucho más que cuando cumplió su propio sueño de presentar su libro. Sabía que era una fiesta, pero él estaba convencido que iba a asistir a un milagro.

Ausentándose una vez más de su entorno se puso a hojear el libro. Auténticamente hermoso, bella tapa, impecables solapas y las vivencias de sus compañeros derramadas en las páginas. Leyó algunas y comenzó de a poco a tomar conciencia de la fiesta real, la de la redención de cada quien, la del sueño individual y colectivo cumplido, la del paso gigante dado por ellos y del cual Dios le había permitido ser una ínfima parte.

Inesperadamente llegó Susana, una colega compañera en la DGR de la Ciudad, con quien armase en aquellos años un grupo de oración en el Monasterio de Santa Catalina de Siena. Ya no estaba solo y la vio como un emisario de sus días de fervorosa FE, como una señal que Dios se asociaba al festejo.

Incomodado por el calor se situó por un  largo rato en la puerta y pudo observar como llegaba cada vez más y más gente, muchos perfectos desconocidos para él. Tantas sillas no alcanzaron, hubo que agregar unas 16 y sin contar menores llegó la concurrencia al número de 80, incluyendo dirigentes de asociaciones, docentes y renombrados artistas. Había que sobreponerse y estar a la altura de las circunstancias, pero la conmoción interior no cesaba. Aun no sabía si sería capaz de hablar los 10 minutos asignados y en su caso qué diría. Por las dudas había llevado impreso lo escrito en su blog y una poesía para la ocasión. No dudaba de la fiesta, insólitamente dudaba de si.

Comenzó el acto y tomó lugar en el extremo derecho del estrado desde donde podía observar con claridad los rostros y los gestos de sus compañeros de café que oscilaban entre la alegría y el colapso nervioso. Un rato antes se dejó invadir por el dolor de la ausencia de Marcelina quien, paradojas del destino, se perdía la fiesta por tener que afrontar un ineludible estudio médico. La voz de Mónica la hizo presente pero la ausencia de uno de sus ángeles guardianes pesaba.

Eduardo, alma mater del libro, compilador y ferviente impulsor hasta su concreción, tuvo a su cargo la apertura y para incómoda sorpresa del poeta, pródiga en elogiosas palabras de agradecimiento a su persona. Los aplausos que siguieron lo incomodaron aun más.

Más conmovido y mientras aguardaba la lectura de fragmentos del libro por parte de sus autores al poeta le volvió el alma al cuerpo. Finalmente su hija llegó con su compañero. Era muy triste para él, en un día tan importante ver como sus colegas estaban rodeados de familiares y vaya a saber por qué, en castigo de cual falta,  él estaba casi solo.

Tres presencias de la primera fila captaron su atención. Su amigo Horacio, compañero de trabajo en lugares difíciles, tanto suyos como de su extinto padre, el artífice de su concurrencia a la Biblioteca, eximio periodista, portador de una cultura porteña como pocos, repuesto de una seria dolencia, miraba a todos emocionado. “En el próximo libro como me llamo Enrique, estás Horacio, vos te mereces estar, tenés tanto para decir” pensó.

Graciela, la extraordinaria presidenta, trabajadora incansable, entusiasta y perseguidora de cada idea literaria, miraba con ojos húmedos alternativamente a su esposo y a su hija Florencia, sentada a mi lado. Una mirada de amor, admiración y respeto digna de envidiar. No se entiende porqué Graciela no integró el grupo de autores, cuando todos saben muy bien de su capacidad a la hora de llenar una hoja. “Del próximo tampoco se me escapa” masculló.

Mabel, la hija de Antonio, quien fuera casi hasta su partida, el entrañable bibliotecario por muchísimos años, el inspirador de los dos escritos del poeta incluidos en el libro. Libro del cual dudó de formar parte, pero lo decidió el hecho de hacer presente de algún modo a su amigo Antonio que también participase del Café. Su mirada agradecida, sus ojos llenos de lágrimas resultaron ser dos arietes para el poeta que no olvidará en mucho tiempo. Fue ella quien reveló durante las palabras del poeta, la presencia luminosa de la nieta de Antonio, quien de pie, al fondo del salón, lagrimeaba con su recuerdo.

Y empezaron a leer partes del libro.

Nicolás, presidente por muchos años, dueño de una bonhomía sin igual, a sus juveniles 90 y tantos llevó a  todos a un Villa Crespo que ya no existe, el de su infancia en la casona de la calle Malabia y recordó lo importante de los gestos de los mayores hacia los niños, tornando inolvidables a través de las décadas al sargento de la policía que les brindara un aventurero paseo en su alazán.

Gustavo que une su facilidad por el acróstico – firmaba los libros con ellos, hechos en un segundo para cada solicitante-, su sensibilidad poética a sus dotes de eximio ajedrecista. Una combinación que el poeta aun mira azorado. Le parece casi imposible que un experto en alfiles y saltos de caballo, pueda componer algo tan emotivo como el poema dedicado al primer beso.

Llegó el turno de Rosa, esa misma que se preguntaba, ¿a quien le importa lo que yo tengo para decir? El poeta siempre le respondía: “a ti Rosa, en primer lugar a ti. Por eso hay que decirlo”. Cuando leyó su texto dirigido a su padre, en una angustiosa pregunta de “¿porqué no me buscaste, porqué no me esperaste?”, el poeta estuvo a un tris de quebrarse. Rosa, su otro ángel guardián había producido una catarsis sanadora de la probablemente más profunda herida que acarrea. El milagro iba tomando forma y el poeta debía componerse para seguir asistiendo al mismo.

Lucy, la de Irazusta, que un día, alentada por Alberto, su marido cantor que miraba emocionado desde el fondo, trajo un cuaderno y se animó a leer un poema exquisito y hoy agradecía entre risas, leyendo delante de una multitud, que la Biblioteca la había hecho famosa, porque nunca había imaginado estar en un libro. Son escritos antiguos dijo, y prometió volver a escribir. La poesía actuaba, el ayer era superado por el hoy y avergonzado por el mañana. El poeta miraba y callaba.

Elena, la niña noventona, dueña de un ánimo sin igual, con su hija en primera fila, terminó de conmover al poeta. Su “paisaje y recuerdo” no era otra cosa que un tributo a su madre y mientras admiraba y aplaudía fervorosamente a esta exquisita poesía, no dejaba de pasar por la mente del poeta la imagen de mujer abrumada por una tragedia familiar que le dio en su primer encuentro. ¡Qué lejos de allí se estaba!, ¡Cómo haría reír a toda la sala con su poesía del ciclón! Hasta la palabra milagro al poeta le estaba resultando insuficiente.

La voz de Mónica  regala el “cada día” de la ausente Marcelina. El poeta la escucha con una plegaria en su boca por la salud de su ángel, mientras la poesía demuestra como ni la rutina puede con un corazón amoroso.

Elva, la bella salteña, poetisa que varias veces ha conmovido a nuestro poeta desde sus versos profundamente vivenciales hasta su abnegada profesión de enfermera. Ella regala “Victoria” dedicada a su nieta, hermosa niña, presente en la sala.

Llega el turno de Nélida que por una cuestión de cercanía le confiesa al poeta que está rara, conmovida pese a su larga experiencia docente y su aplomo en circunstancias similares.  Lee su “Alunizaje virtual”, hermosa prosa poética que le arrebata el dominio lunar a los científicos para restituírselo a los enamorados, reconociendo con sus nervios la diferencia entre volcar un saber y volcarse  uno mismo. Es mas difícil, mucho más pero también más sanador e importante en la evolución como ser humano.

El final es para Florencia, que a sus escasos años, tanta gente la hace temblar como una hoja y apresurarse en sus palabras. “Tranquila que son tuyos” le dice mentalmente el poeta. “¡Que escuchen a un talento de excepción con un futuro inmenso!”.  Su “Bella melancolía” nos transporta a las fiestas navideñas en el canto de una niña que en su tránsito a mujer, añora, tanto como todos, las cosas bellas e ingenuas de la niñez.

Sigue una ronda muy amena en que cada uno cuenta como escribe, porqué escribe, que siente al escribir. Incómodo el poeta sigue recibiendo agradecimientos y reconocimientos que está seguro de no merecer.

Le llega el turno de hablar sus diez minutos de cierre. Una bella metáfora viene en su auxilio y le permite empezar pese al estado de confusión y  conmoción que no lo suelta. “No soy responsable de esto, todo lo que aquí pasó lo hicieron ellos, en algún bendito momento el tema se me fue saludablemente de las manos, yo solo tiré un piedra en el lago y son las ondas posteriores las que han dado este fruto, del cual soy el primer sorprendido y agradecido”.

“Estamos en un mundo que nos obliga a deshumanizarnos cada vez más para poder sobrevivir, a insensibilizarnos al dolor ajeno, ser ciegos y sordos y pensar solo en nosotros mismos. Todo  ello solo puede separarnos. En el Café literario intentamos remontar la corriente, meternos para adentro para volver a ser humanos y allí en ese punto nos damos cuenta de cuan parecidos que somos y nos unimos. Es en definitiva un refugio donde podemos desnudar el alma, como lo han hecho todos los poetas y al desnudarla, la sanamos”

Lee el poeta algunos mensajes de adhesión de artistas, amigos, escritores y otros talleres literarios. Y concluye.

“Esta reunión es también un lago así que voy a tirar mi piedra hablando de la musa. ¿Quién puede saber si esta piedra no motiva a algún concurrente, sobre todo a los más jóvenes a empuñar la pluma? Todo poeta tuvo una musa, los poetas juegan con la ficción y la realidad y nadie, salvo él puede decir cuanto hay de cada cosa en lo que escribe. Como cantase Mari Trini el poeta escribe a puño y letra la vida que ha conocido y el resto soñando inventa. A veces las musas son de carne y hueso y más de una vez son amores imposibles como la Laura del Petrarca o la Beatriz del Dante. Para no ser menos les dejo, como piedra en el lago una poesía que algunos me atribuyen pero que creo que cualquier poeta, ante un hecho como el de hoy, seguramente sería capaz de escribir”

MUSA

Mañana será un gran día,

De un sueño venido real,

Triste mi alma aun sería,

Aquejada de antiguo mal.

Pues de todas esas gentes,

Que de por cierto acudirán,

Vacía silla dirá tu ausente,

Éxito y destino se mofarán.

Si apenas solo yo puedo,

Con  días de tono normal,

Niego y ciego me rebelo,

Vivir solo un día especial.

No saben que te lo debo,

Que en cada verso estás,

Que en tu alma yo bebo,

Que cada letra inspirarás.

Errados creen que he sido,

Escritor y poeta por azar,

No saben que  he vivido,

Aquello que fui a contar.

Y fue contigo solo contigo

Mi sol, mi musa sin igual,

Que el verso viene conmigo,

Bello, rítmico y musical.

No hay  aplauso que sepa,

Calmar hoy tanto dolor,

Ni corazón donde quepa,

El vacío que dejo tu amor.

–          Buenos Aires, 19-4-13

Culminó el acto con la entrega formal por parte de la presidenta de la Biblioteca del libro UN VUELO DE PALABRAS al nuevo bibliotecario de la institución.

Tras cerrado aplauso comenzó el lunch y la firma de ejemplares. Inesperadamente de entre la multitud se hicieron presentes dos rostros conocidos para el poeta. Carlos quien visiblemente conmovido no cesaba de reiterar sus felicitaciones y Silvia, una muy querida amiga y compañera de los años docentes que estuvo largo rato repasando junto al poeta las escenas de una noche inolvidable.  En definitiva el poeta que se creyó solo, no lo estuvo tanto.

Largas horas se prolongó la reunión y durante todo su transcurso el poeta firmó ejemplares, tantos que perdió la cuenta. El milagro tenía rating.

Cuando llegó el momento de despedirse de sus colegas autores, los miró  a los ojos y pudo ver que cada uno de ellos estaba distinto, vivía en ellos una sensación que él conocía de sobra, habían parido un hijo, uno que tendrá vida propia y que seguramente los llenará de satisfacciones, en cantidad tal que los alentará, por cierto, a ir por el segundo.

Muy entrada la noche, el poeta se fue solo y en silencio, tal como había llegado, pero un cálido milagro destellaba en la mochila de su viejo corazón.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de abril de 2013

presentación libro biblioteca

Published in: on abril 21, 2013 at 5:55 pm  Comments (5)