LA SOGA LARGA

 

LA SOGA LARGA

Una metáfora perruna

Pirata es un perro muy simpático, tiene ojos claros, uno con pelo blanco y el otro con pelo negro, de ahí su nombre que la gente del pueblo costero le puso un día. Es, como dice la canción “callejero por derecho propio” y “amante de su libertad”. Pirata hace su vida, como no tiene casa propia, va de puerta en puerta. Donde lo tratan bien se queda un tiempo, donde lo tratan mal, simplemente se va. En el pueblo le atribuyen algunas novias y hasta algunos cachorros pero él no reconoce ni a las unas, ni a los otros, cualquier atadura le parece peor que la tumba.
Durante algunos años en los que aprendió con creces la ley de la calle, es decir, dónde pedir comida, cómo poner la mejor cara para que te la den, cómo escabullirse de los perros grandotes, a qué hembra en celo perseguir y a cual no, cómo cruzar la calle, cómo no correr a las motos, dónde dormir, dónde guarecerse de la lluvia, los rayos y las ventiscas, Pirata disfrutó enormemente su vida callejera.
Empero, un día en que venía padeciendo hambre – era abril y la temporada había sido muy mala- enfermó severamente y por vez primera en su existencia sintió la necesidad de tener un amo, alguien que se ocupara de él. Como conocía a cada habitante del pueblo, no le resultó difícil armar el acting que llevase a una casi instantánea adopción. Se dirigió a la puerta de Claudia, una agraciada jovencita, muy pretendida por los galanes del lugar, se tiró al piso y comenzó a gemir, bajo una lluvia torrencial, muy lastimeramente. No pasaron ni diez minutos hasta que Claudia se apiadó de él, lo hizo pasar, le dio de comer y lo arropó en un cómodo colchón para la noche. Al día siguiente Pirata fue al veterinario. No le gustó demasiado porque lo pincharon por todos lados ya que nunca había recibido una vacuna. Como le indicaron un tratamiento, consiguió alojamiento en la casa de Claudia por un mes.
Durante esos treinta días Pirata desarrolló todas sus malas artes para conseguir: a. que el hermano menor de Claudia insistiese en quedárselo b. informar a la madre de Claudia que era el perro más obediente, limpio y ordenado de la tierra y c. hacer ver al padre de Claudia que realmente necesitaba una buena y silente compañía cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Conclusión, Pirata fue adoptado, Claudia y los suyos estaban felices pero en el interior de nuestro héroe una duda empezó a carcomerlo: “¿Me adaptaré a esta vida doméstica?”
La cosa empezó mal y siguió peor. Claudia era muy buena pero celosa y miedosa, de modo que compró un collar grande y seguro y una correa bien cortita, para tenerlo a Pirata siempre cerca de ella. No lo dejó tener ningún amigo de la calle por miedo a que se contagiara alguna de todas las plagas que suelen asolar a los sin dueño y cuando alguien visitaba su casa con animales, solía encerrarlo para que no molestarla. Para Pirata esa vida no le resultaba tolerable de ninguna manera. Entonces, una madrugada mientras todos dormían y sabiendo bien las ventajas y peligros de la calle, aún siendo pleno invierno, decidió fugarse e instalarse en una zona del pueblo donde sabía muy bien que Claudia no se animaría a ir a buscarlo.
Cuatro años más anduvo Pirata callejeando. Como cada tanto volvía al centro andaba siempre alerta que Claudia pudiese encontrarlo, ni bien la veía solía huir como rata por tirante. Ello fue así hasta que una tarde la vio paseando con una correa bien cortita a un hermoso afgano de pura raza. Pirata se sintió a salvo, de ninguna manera iba Claudia a cambiar una beldad bien adaptada por un pulguiento rebelde sin pedigree.
En el barrio nuevo que frecuentaba solía ir a cenar a la puerta de Beatriz, otra joven muy distinta a Claudia, mucho más sencilla y austera, pero de quien todos hablaban más que bien, solía hacer siempre lo correcto y ocuparse tanto de sus seres queridos como de los más necesitados que solían recurrir a ella. Otra vez Pirata enfermó y no tuvo a quien recurrir más que a ella, quien sin dudarlo le abrió de par en par las puertas de su hogar. Tras un par de meses de convalecencia durante el cual Pirata tuvo un comportamiento ejemplar, la cruel duda lo volvió a carcomer. “¿Hago el acting para que me adopte o me tomo las de Villadiego?” Le bastó cruzar una mirada suplicante con Beatriz, para que el buen corazón que habitaba en ella lo invitase a formar parte de su familia. Beatriz le puso un collar chiquito y liviano, lo suficiente para sostener una chapita con su nombre y un número telefónico al que ató una soga finita y muy pero muy larga. Pirata se sorprendió pero no dejó de festejar que esta vez no le tocaba una dueña ni celosa, ni posesiva como la anterior. Pensó que ello le haría la adaptación a la vida doméstica mucho más sencilla. Y lo fue.
Pirata hacía lo que quería, día y noche. Cuando se le antojaba se quedaba en la casa, cuando quería ver a sus amigos de la calle lo hacía, comía lo que quería, intimaba con las visitas.
Beatriz le perdonaba todo, nunca una queja, nunca un reproche, nunca un reto, lo miraba a los ojos y le sonreía como diciendo “te comprendo, para mí está todo bien mientras seas feliz”.
Pero por lo general los independientes y libertinos, también suelen ser inconformistas, siempre hay algo que les falta y el que empezó a quejarse fue Pirata.
¿Por qué Beatriz ni nadie en la casa jugaba con él?
¿Por qué no le hablaban aunque no entendiera?
¿Por qué no lo sacaban a pasear nunca, ni siquiera una vuelta a manzana?
Tras meses de cavilaciones interiores Pirata llegó a una tristísima conclusión, a la cual debería haber dado el beneficio de la duda pero Pirata le otorgó fatalmente el carácter de certeza.
“No me quieren”
Es que Pirata se la pasaba comparando. Era verdad que cada vez que llegaba a su casa de sus correrías tanto diurnas como nocturnas tenía todo listo, cucha limpia y comida pronta, pero hasta la ausencia de reproches lo reafirmaba en su convicción que el cariño de Beatriz era tan pequeño que bien podía ser tildado de indiferencia. Y él, tras tantos años solitarios y en peligro, necesitaba ternura………en sobredosis. Salió a buscarla.
Como la soga era larga, le permitía llegar a la puerta de vecinos bien lejanos. Con la excepción de Claudia, donde ni loco volvería, comenzó a hacerse el artista en la puerta de Pedro, Alicia, Juan, Norma, etc. etc. etc.. Todos le prodigaban mimos a raudales, jugaban, le hablaban, lo paseaban, lo invitaban a compartir juegos con los niños de la casa, hasta lo bañaban y dejaban jugar con sus atildadas mascotas, ya que el aspecto de Pirata así lo ameritaba. Durante sus estancias en casas vecinas nunca Beatriz salió a buscarlo ni preguntó por él, ya que estaba convencida que regresaría. Si no lo hacía esa misma noche, lo haría al día siguiente. A Pirata ello no le cayó nada bien. “No le importo, me pueden haber atropellado y ni mis restos saldrá a buscar”.
Convencido como estaba que Beatriz no lo quería, intentó ser adoptado por algunas de las casas que visitaba con frecuencia. Pero ninguno se animó a hacerlo porque era evidente que dueño ya tenía, como atestiguaba la presencia de la soga y la chapita colgando del collar.
Pirata comenzó a deprimirse, donde estaba no obtenía la ternura que necesitaba, su cuerpo era correctamente alimentado pero su alma desfallecía. Y donde recibía el alimento de su alma ya tenían otros perros y por ser incorrecto nunca procederían a adoptar un perro con amo. La tristeza lo invadió y una noche, tras pasar unos cuantos días tirado en casa de Beatriz sin probar bocado y sin dormir, decidió cambiar de pueblo.
Salió furtivamente de la casa, se dirigió a la playa y se puso a correr paralelo al mar. Por primera vez en su vida Pirata tuvo miedo, miedo de sí mismo. Sintió una rara voz en su interior que le decía “Corré para adentro del mar, allí está la verdadera libertad que buscas”. Pirata lloró amargamente.
El más cercano pueblo costero estaba a diez kilómetros así que aceleró el trote. Habría hecho unos cinco kilómetros cuando su prodigiosa mente le hizo ver que estaba viviendo una imposibilidad.
“Epa, la soga era larga, pero no tanto ¿Cómo puede ser que aún la tenga en el cuello y floja? ¿se habrá cortado contra algo? ¿alguien se habrá enredado en ella y la cortó?”
Pirata se detuvo en la orilla lleno de preguntas. Cuando volteó el hocico hacia la dirección desde donde había venido, alumbrada por un rayo de luna y resoplando, vio surgir de entre las sombras, soga en mano, la figura de Beatriz.
Llegó hasta él, lo abrazó y le dijo:
“Supe de cada uno de tus pasos, de tus luchas, de tus errores y de tus quebrantos. Todos los comprendí y todos los perdoné. El único que no estaba dispuesta a tolerar era que me abandones, vamos a casa”.
Con paso cansino Pirata volvió caminando a su lado, pensando que aunque no lo quieran como él necesita, es mejor que exista alguien en el mundo que lo quiera, de la mejor forma que pueda. Y ese era, sin dudas, el bendito lugar, que la siempre difícil vida le estaba ofreciendo para envejecer y morir.
Atrás, sobre la oscura arena, quedaron el diminuto collar, la chapita y la soga larga. Ni Pirata ni Beatriz los creyeron ahora necesarios.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018

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Published in: on febrero 13, 2018 at 5:54 pm  Dejar un comentario  

REVELACIÓN

REVELACIÓN

Entre llantos desgarradores unos hombres de traje negro cerraron el ataúd. José lloraba fuertemente tomado de las faldas de su madre, mientras miraba desconsolado como cargaban los restos mortales de su abuelo Gabriel, quien en realidad había hecho durante sus trece años de vida, de abuelo y padre para el niño.
Cristian, su padre biológico no había llegado a conocerlo y poco o nada le habían hecho saber de él. No había fotos en la casa, ni libros, ni diplomas de los cuales tener un leve atisbo de su paso por la familia. “Ya te vas a enterar a su debido tiempo” era la respuesta que siempre le espetaban a boca de jarro su madre y su abuelo, abortando así toda posibilidad de repregunta.
Siguieron días sumamente infelices. Dora, su madre vestida de riguroso luto todo el santo día, brindó a José la atención minima e imprescindible. El joven, a su vez sufriendo una permanente jaqueca, faltó por una semana a la escuela, durante la cual, cuando no irrumpía en sollozos, contagiados por los que profería Dora, hacía la tarea que su amigo Sergio, le traía todos los días del colegio secundario al que ambos asistían, el Moseñor Pironio.
La vida, como siempre lo hace, continuó. Esther, una buena amiga de Dora desde sus años mozos, se vino a vivir a la casona para ayudarla a retomar el camino. Y José, triste, pero repuesto físicamente, retomó sus actividades. Secundario a la mañana y tardes variadas. Natación lunes y viernes, curso de confirmación en la parroquia del barrio los martes y jueves, clases de guitarra los miércoles.
Los fines de semana se repartían entre la odiosa tarea de la profesora de contabilidad, las páginas de ejercicios de caligrafía, el estudio del Nuevo Testamento y la invariable visita a la Chacarita, al nicho del abuelo Gabriel. Sergio venía seguido a invitarlo a ir a la cancha a ver a Atlanta pero José estaba demasiado triste para soportar una multitud en torno suyo.
Habrán pasado un par de meses, cuando a favor de la primer salida de Dora del brazo de Esther, José se quedó solo en la vieja casona practicando sus escalas de guitarra.
Al atardecer, envuelto en sombras, una angustia sobrecogedora se apoderó de su soledad y José se resignó a llorar un rato más. Extrañaba demasiado a su abuelo y para sentir su compañía de algún modo, tomó coraje y se fue al que había sido, desde que tuviera uso de razón, su inviolable cuarto.
Apurada por salir, su madre no le había echado llave a la cerradura, circunstancia que permitió a José entrar y recostarse en la cama vacía, cerrar sus ojos e imaginar que en cualquier momento sentiría el cálido abrazo de Gabriel.
Estuvo así un buen rato y sintiendo pocas fuerzas para levantarse, encendió el velador de la antigua mesa de luz y posó sus ojos en el techo, ahora iluminado. Una rara sombra dibujada en el blanco cielorraso capturó su atención. El objeto que la proyectaba estaba ubicado arriba del viejo ropero de dos puertas.
Era una pequeña valija, antiquísima, que mostraba, sin pudor alguno, las marcas del paso del tiempo y denunciaba a la vez un intenso trajín viajero hasta su destino final en ese sitio.
Invadido por la curiosidad, José trepó a una silla, bajó la valija del ropero y se dispuso a revisar su contenido sentado en la cama, a la mortecina luz del velador.
En su interior había una especie de pijama, de fondo blanco, amarillo de tiempo, con rayas verticales de un negro descolorido. A la altura del pecho un número, casi borrado de seis dígitos, que le recordó otro que había visto tatuado en el antebrazo izquierdo de su abuelo, sin poder identificar si se trataba de los mismos guarismos.
Con sumo cuidado, retiró al pijama de la valija y vio al desdoblarlo que bien podría haber pertenecido a Gabriel, ya que la talla correspondía a su contextura física. Revisó los bolsillos y en uno de ellos dio con un ajado carnet, del cual sobresalía una foto de un joven con sus casi idénticas facciones. Arriba de la foto un extraño sello que todavía podía leerse, decía Partido Revolucionario. Abajo de la foto, otro número, más corto que el del pijama y el nombre del portador del rostro: David Jerusalinsky.
“¡Vaya coincidencia!” se dijo José “su apellido comienza como el mío, yo soy José Jerusa”
En ese preciso instante se escucharon ruidos en el zaguán. Dora y Esther habían regresado de su salida. No queriendo sumar una reprimenda a un domingo para el olvido, José restituyó pijama, carnet y valija a su sitio original, apagó el velador y salió presuroso del cuarto de su abuelo.
No podía de ninguna manera imaginar es ese momento que conocer la verdad completa de la historia que esa tarde había comenzado a revelarse, le llevaría nada menos que los próximos cuarenta años.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on enero 21, 2018 at 5:10 pm  Dejar un comentario  

SUEÑO CUMPLIDO

 

SUEÑO CUMPLIDO

Justo acompañó a la joven reportera hasta la puerta cancel que separaba hasta el jardín delantero bastante maltratado por el abandono y la abrió caballerosamente, frnaqueándole la salida.
–”Gracias por la nota” dijo ella con su mejor sonrisa, cruzando la juvenil mirada por un breve instante con la cansina e inexpresiva mirada de Justo, “sale mañana a las 12 por canal 26” añadió.
–“No estoy seguro de verme, con el espejo me alcanza, gracias a usted por llegarse hasta aquí, salgo bien poco, no me llevo bien con la presurosa y desordenada multitud” respondió Justo, al tiempo que cerraba la puerta tras la bella cronista del canal cultura, para encaminar sin demora sus pasos hacia la puerta del antiguo edificio donde, desde hacía varios años, transcurría la mayor parte de su vida.
“Ya está, cumplí” se dicjo acomodándose la bata de seda y transponiendo el umbral de la puerta alta, gruesa y artesanal que había dejado abierta un momento antes.
Vieja y molesta como él, su perra Antonia se limitó a abrir un ojo desde el sofá donde dormía, tan solo para cerciorarse que su único compañero había vuelto a entrar. Dueña de todos los rincones, no tenía la menor intención de retomar su vida de callejera buscona, de la cual Justo la rescatase seis años atrás.
Cuando quedó otra vez solo en la vieja casona, tomó asiento ante su escritorio, se sirvió un vaso de whisky puro y se dedicó a revisar la correspondencia. La vocación de aislamiento lo había llevado a prescindir por completo de las nuevas tecnologías en boga, solo para hacerlo más complicado el acceso a los interesados en contactarlo. Sin embargo, diariamente un docena de cartas desde distintos lugares del mundo se las ingeniaban para molestarlo.
“Veamos quien osa hoy perturbar mi paz” pensó mientras comenzaba a abrirlas y leerlas sin entusiasmo alguno.
“mmmm……. cocktail el viernes en la embajada italiana, saludos del director de la Biblioteca Nacional, invitación al Congreso de la Lengua en Madrid, propuesta para coordinar el foro de novelistas de Harvard………., No se para qué insisten si saben que no salgo de aquí” se dijo mientras prolijamente, una a una, todas las cartas daban de cabeza en la basura.
Mientras el whisky giraba en su boca y lentamente quemaba su garganta a la par que su hastío, se sintió en la cima. Su intensa labor de años había sido coronada por el éxito, si así puede decirse de una suculenta cuenta bancaria y reconocimiento indiscutido a sus dotes de novelista tanto nacional como internacional.
Pero para Justo otro tipo de éxito conseguido, era más importante aún. Había batallado por décadas con una terriblemente problemática vida de relación. Caprichoso y egocéntrico, como buen hijo único muy mimado desde siempre, dotado de un talento que fogoneó desde niño su vanidad hasta límites insospechados, no tuvo una convivencia armoniosa con sus padres, quienes por más esfuerzo que pusieron y variantes que intentaron, nunca encontraron un molde adecuado para él. No sabemos si fueron ellos quienes renunciaron o fue Justo quien se cansó, lo único cierto es que a sus 20 años se fue a vivir solo y nunca más los vio.
Mujeres hubo en su vida, todas o casi todas lo admiraron pero ninguna lo amó, por lo menos en la forma en que Justo pretendía, según las malas lenguas, al estilo del sometimiento medieval o musulmán. Con ninguna de ellas sintió la vocación paterna, los hijos suelen ser importantes atrasos en la ruta a la cima y creía Justo, no sin poca razón, que llegaría en el proceso de crecimiento la infausta hora del cuestionamiento a la autoridad paterna, la cual no se imaginaba soportando.
Siempre cultivó la amistad, acompañó y se sintió acompañado por sus diferentes grupos de amigos, los cuales se ocupó puntillosamente de evitar su mezcla. Justo no tenía solo amigos, el poseía amigos para fines específicos: los de la noche, los de la literatura, los de los viajes cortos, los del bar. Amigos de a ratos, y en los ratos que él quería. Si quienes querían verlo eran ellos, siempre tenía Justo un pretexto a mano para frustrar la reunión.
Sus relaciones laborales no fueron mejores. Una larga lista de editores y secretarias guardaban malos recuerdos de los desplantes de Justo.
Allá por su 50 años, hoy contaba con 20 más, Justo había renunciado absoluta y completamente a la relación humana. Y en esa soledad, liberado al fin de las decepciones, la frustración de sus expectativas, los conflictos permanentes, la negociación de espacios y actividades siempre insatisfactoria, se sentía onmipotente.
Podía todo, cuando y como quería, sin rendir a nadie cuenta de sus actos.
Para Justo eso era el éxito: vivir en paz, su sueño cumplido.
Aunque esa paz tuviese el costo de la alegría y el gozo que solo de la profunda comunión con otro ser humano suele brotar.
Justo no podía evaluar correctamente dicho costo, jamás lo había experimentado y ya era tarde, demasiado tarde para ir en su búsqueda.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 20 de septiembre de 2017

 

Published in: on enero 17, 2018 at 9:10 pm  Dejar un comentario  

LA PIPA DEL CAPITÁN

LA PIPA DEL CAPITÁN

Memoria de ser amado

Moría el domingo, uno distinto para Wenceslao. Su esposa desde hacía tantos años que ni se acordaba, había ido a visitar a una prima, anciana como ella, que vivía en Carrasco y volvería recién el lunes por la tarde. Las sombras que invadían su escritorio del departamento en que vivían, herencia de su padre, en los últimos pisos del Palacio Salvo, interrumpieron su lectura de Benito Cereno, esa poco conocida pero hermosa historia marinera de Herman Melville. Cerró el libro y se levantó del sillón con cierto esfuerzo, sus más de 30 años como capitán de ultramar habían dejado huellas en sus rodillas y caderas y los días de humedad su movilidad se veía acotada.
La perspectiva de cenar en soledad no le atraía demasiado y además un cierto nudo en el abdomen había ahuyentado el hambre. Estaba solo, podía fumar. En el fondo del último cajón del ropero, donde Silvana, su esposa jamás llegaría por no poder agacharse ella tampoco demasiado, lo esperaba una caja finamente tallada. Con suma dificultad llegó a ella y al abrirla dio con su pipa y un sobre de tabaco, la misma pipa y la misma marca de tabaco que lo acompañara en la soledad del puente de mando del último carguero que capitaneó por un lustro. Se tomó su tiempo para prepararla con esmero y en la oscuridad un fósforo alumbró su rostro ajado, sus ojos tristes, su barba cana y su cabello desordenado, antes de encender la vieja pipa.
La primera pitada fue placentera, la segunda no tanto, y la tercera lo llenó de angustia. Delante suyo, en lugar de olas de 10 metros y un horizonte esquivo, que el tabaco le solicitaba ver, había una ventana no muy grande que daba a un Montevideo que se iluminaba de a poco. Para no sentirse tan mal recurrió a una sucia caja que hacía mucho tiempo que no se abría, ubicada encima del ropero. De allí extrajo una chaqueta marinera, su uniforme de marino mercante, que rápidamente vistió. Se miró al espejo, fue peor. La imagen no era la del capitán temido y respetado a la vez por la tripulación, enérgico, conocedor de los secretos de los vientos y mareas, siempre dispuesto a dar todo de sí, para ganarle la pulseada al océano y llegar seguro a puerto con hombres y cargas.
A cierta edad el curriculum, no tiene valor alguno, no importaban sus hazañas, sus varias vueltas al mundo, sus innumerables distinciones, diplomas, premios. Hoy lo juzgaban por lo que era hoy, apenas un marino mercante más, jubilado, a quien nadie convocaría para gobernar ni siquiera un barquito fluvial.
Las volutas del humo lo envolvieron en la oscuridad y lo guiaron a buscar un sillón, un par de binoculares celosamente bien conservados desde el tiempo que los usaba para otear el infinito y a sentarse con ellos junto a la alta ventana que se abría, entre otras muchas cosas, sobre el puerto montevideano, el cual rápidamente enfocó.
La visión de los modernos cargueros atracados, esperando al lunes para reiniciar sus tareas febriles de carga y descarga, meciéndose al ritmo de la suave marea que los celosos espigones dejaban pasar, le hizo bien. Hoy no era nadie, pero había sido. Él había gobernado gigantes parecidos, sin un solo accidente, sin perder un solo hombre a lo largo de toda su carrera y con una tecnología mucho más imprecisa, con unas comunicaciones mucho más endebles, con riesgos muchísimo más severos.
Se dio cuenta que no podía sin ser injusto, quejarse de la vida que había llevado. Le habían pagado por conocer casi todo el mundo, en su bagaje cultural había más conocimiento directo de culturas, pueblos, ciudades y costumbres que aquél del que solían alardear vanidosos profesores universitarios de todo tipo. Había disfrutado de las mieles y las cargas del poder mucho más que cualquier gobernante. Cuando el barco deja el puerto es un país en si mismo, donde el capitán es rey, tirano, monarca y dictador, juez supremo y padre protector de toda la tripulación.
Pero Wenceslao tenía algo más que agradecer a su ajetreado recorrido vital. No era un mito, los marinos tenían una novia en cada puerto y él así lo había gozado. Quizás fuera esa cercanía con la muerte que los hacía disfrutar a tope cada noche en puerto, o quizás fuera esa certeza que el reencuentro siempre sería incierto lo que los tornaba más audaces y rápidos a la hora de seducir a una mujer, o la soledad del mar y en su caso la soledad del mando que requería una necesaria sobre compensación en el tiempo en tierra. Sin tener muy en claro el motivo la volutas de la pipa ahora le traían formas de mujeres. Veía en ellos los senos de Laura de Estambul, las caderas de Norma de Hamburgo, los muslos de Adriana de Trieste, las mejillas de Sally de Nueva York. Y venían en tropel recuerdos de burdeles y de hogares, de hoteles alojamiento de casadas en falta, de esquinas oscuras de jovencitas perdidas, de piezas humildes y camas suntuosas, sabiendo que tanto él como ellas eran aves de una noche sola, algo que olvidar mutuamente al amanecer.
Las reincidencias habían sido raras, le alcanzaban los dedos de una mano para contarlas. Eran las mujeres por quienes había sentido algo más que una necesidad, algo que no podría definirse como amor, ya que a él le estaba vedado. Contrariando una idea popular, el viajero casado se prohíbe a si mismo enamorarse de nadie, no puede ni debe arriesgarse al desgarro, al trío imposible, al amor a distancia. Eso no le había impedido encariñarse con aquellas con quienes había reincidido cuando su itinerario siempre cambiante lo devolvía a un puerto en el que había estado no hacía demasiado tiempo y se sorprendía buscándolas, preguntando aquí y allá por ellas hasta lograr arreglar un encuentro que por dificultoso siempre resultaba apasionado. De ellas el humo no le traía recuerdos de partes íntimas sino gestos diversos, casi siempre rostros. De una veía en las volutas la forma única como se arreglaba el cabello, de otra los mohines de su boca cuando deseaba alterarlo, de otra los ojos entrecerrados despidiendo una fiebre pasional.
El capitán estuvo un buen rato entretenido, mirando barcos con sus binoculares y con cada sorbo de la pipa recordando mujeres, intentando asociar formas a nombres y nombres a puertos. Entonces sucedió, con la velocidad del rayo que ilumina el pensar, llegó Teresa. Y las volutas de humo no trajeron a nadie más. Se unificaron y se la mostraron de cuerpo entero, allí estaba ella, junto a él, en esa habitación solitaria y oscura de la altura montevideana.
Wenceslao se conmovió, su viejo corazón dio un brinco y comenzó a latir con una fuerza que no recordaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su alma de paz. Era ella sin dudas el mejor de sus recuerdos, el que aún lo hacía vibrar. Habían pasado ya dos décadas pero el capitán recordaba con exactitud las circunstancias que lo llevaron a sus brazos. Una severa tormenta en el Caribe lo había sorprendido y buscando refugio había atracado, fuera de itinerario, en una bahía protegida de la venezolana Isla Margarita, Llegó habiéndola pasado muy pero muy mal. No solo el susto de la tormenta había sido grande sino que atacados por el pánico sus tripulantes, incluso los de más confianza se habían amotinado en su contra, exigiendo la búsqueda inmediata de un puerto seguro. Desembarcó el capitán en una profunda crisis que le hizo cavilar sobre la seria posibilidad de su retiro. En ese clima tanto exterior como interior desapacible se había registrado en una humilde hospedería que regenteaba Teresa, una hermosa mujer 30 años menor, casada con dos niños pequeños y un marido viajante de comercio que andaba dicha noche por algún rincón del Orinoco. Solo, triste y desolado el capitán había prolongado los tragos de la sobremesa y Teresa viéndolo en un estado lamentable se decidió a acompañarlo. La tormentosa noche hizo necesitar a los solitarios de cercanías, las desavenencias pidieron escuchas y la charla desnudó afinidades más allá de lo imaginable. Al amanecer ella estaba profundamente enamorada y él sabía que le iba a costar muchísimo abandonar la isla. El temporal devino huracán y el mal tiempo impidió al carguero zarpar por una semana. Esos siete días le parecieron al capitán un tiempo fuera del tiempo, un lugar existente exclusivamente en sueños y Teresa la geografía a la que siempre perteneció sin saberlo.
Sus ruegos fueron inútiles, el capitán, su carguero y su tripulación, tras los perdones del caso, partieron al alba del octavo día. Nada pudo ser igual para Wenceslao de ahí en más.
El humo en la oscuridad formó otras figuras, entre ellas las del dueño de la naviera y sus risotadas cuando el capitán solicitó el pase a una línea costera para tener en el itinerario la Isla Margarita, lo que implicaba no solo una disminución de sueldo sino también de jerarquía. También llegó la cara preocupada de su segundo de a bordo cuando Wenceslao gobernó el barco en viaje a China sin dormir por una semana aferrado al timón día y noche por no atreverse a cerrar los ojos ya que el recuerdo de Teresa lo atormentaba.
Nunca más logró verla y el tiempo, como sabe hacerlo, adormeció el sentimiento. La distancia hizo lo suyo y el capitán volvió a las andadas, marido fiel en Montevideo, visitante de ignotas mujeres a quien ni siquiera el nombre preguntaba, en cada puerto visitado. Pero Teresa siguió ahi, su terco amor lo persiguió de día y de noche en cada rincón del mundo en que se halló. Le llevó a Wenceslao unos cuantos años, unas cuantas tormentas y miles de millas náuticas sentirse agradecido por la experiencia. Teresa lo había amado con el alma y lo había hecho para siempre. El capitán no conocía a nadie que pudiera colgarse esa medalla.
Con la cara bañada en lágrimas que no podía decir con seguridad fuesen de emoción o alegría, dio una última larga pitada a la vieja pipa, obnubiló su visión del puerto con el humo y feliz, definitivamente feliz, se levantó dispuesto a guardar chaqueta, binoculares, pipa y tabaco. Mañana llegaba su esposa y todo debía estar en perfecto orden.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de enero de 2018

Published in: on enero 8, 2018 at 12:07 am  Dejar un comentario  

FRÁGIL

FRÁGIL

–”¿Cerrás vos?”
–”Si, andá tranquilo, ordeno unos recibos y cierro”
Ricardo fue al perchero, colgó el guardapolvo y firmó la planilla. A lo lejos, el motor rugiente de la moto del alta cilindrada de Rubén, le dijo que estaba solo, a las diez de la noche de un jueves cualquiera, en la filial de una escuela muy particular.
Después de resistirse por años, hacía un par que había asumido la función que en cualquier ámbito a lo largo de la vida, le reservaban para él: el cuida plata. A no dudarlo inspiraba confianza y pese a que renegaba del número, siempre en favor de su acentuada pasión literaria, todos admiraban su habilidad con él. ¿Qué lo había impulsado a aceptar? Sin duda su amistad con Eduardo, demasiado grande y enfermo como para seguir haciéndolo y su admiración y cariño por Claudio y Estela, quienes lo habían llevado de la mano, con amor y paciencia, en un nuevo escalón del laberinto espiritual.
Pese a que lo esperaban en su casa, ¿lo esperaban realmente?, decidió terminar su tarea, era fin de mes y había que rendir la recaudación en central. Total, para cenar solo, media hora más no hacía diferencia alguna.
Cuando dejó listo el balance mensual, recogió sus cosas y apagando las luces por el camino se dirigió a la solitaria puerta de entrada, a la que flanqueaban macetas que hacía unos días extrañaban el cuidado de Cristian. Al ir a trasponerla, una duda, de esas obsesivas que suelen recrudecer en soledad, lo asaltó ¿había o no apagado la estufa del salón principal?. En un contexto de gas carísimo, y socios empobrecidos, 24 horas de estufa prendida era un inútil gasto que no estaba dispuesto a consentir.
Deshizo el camino andado encendiendo las mínimas luces necesarias para no tropezar y se encontró por ver primera solo, en el salón donde toda la actividad de la peculiar escuela trascurre, un día después del otro, en una centenaria sucesión. Salón que supo de multitudes, de ausencias notorias y de presencias invisibles, pero que jamás supo de inactividad en los horarios designados para su funcionamiento. Ricardo verificó que la estufa estuviera apagada y se dejó ganar por una íntima necesidad.
Se sentó en el primer banco, elevó su vista a la gran cruz y cerró sus ojos dispuesto a quedarse allí, hasta que la misma voz interior que lo había retenido, lo dejase marchar. En el silencio del salón solitario una visión lo sobrecogió. Vio entrar por la puerta una multitud de afligidos de toda edad, agobiados por pesos insoportables, algunos de los cuales tenían el nombre del portador y otros tenían nombres de terceros. También vio una multitud de seres con brazos musculosos, perfectamente saludables y sonrientes, acarreando unos pesos insoportables con multitud de nombres inscriptos en ellos. Todos ellos tomaban sitio en los bancos y comenzaban con su práctica. Al tiempo vio otros seres, un poco más traslúcidos y muy luminosos, acercarse a los sentados y tomar con suma facilidad las cargas que pesaban sobre hombros y cabezas de quienes los habían traído. Los vio depositar dichas cargas al pie de la cruz, tras lo cual todos quienes habían llegado se incorporaron, cantaron una marcha, se saludaron fraternalmente y se retiraron en paz.
Conmovido, pero no sorprendido, ya que de una u otra forma ello sucedía allí mismo cada vez que asistía, Ricardo abríó los ojos, sin sospechar que estaba a punto de encontrar la respuesta a una pregunta que venía formulándose desde hacía muchísimo tiempo.
Siguió mirando fijamente a la cruz hasta que sin pretenderlo se encontró mirando la pared a su derecha, en ese instante la visión continuó. Se sobresaltó, era la primera vez que veía una realidad inmaterial con los ojos abiertos. Nítidamente sobre la pared apareció su figura, mucho más joven y mucho más delgado. Salía de una vieja casa del barrio de Almagro, débil, pálido, con las piernas temblorosas, azules ojeras y sobrepasado de miedo. Se vio alzar un mano para detener un taxi, del que se contempló bajar con suma dificultad e ingresar a la escuela central con ayuda del taxista, donde fue recibido por un trío de hombres que vestían un guardapolvo igual al que él acababa de colgar en el perchero. Todo su ser volvió a ese día, el cual había tenido lugar nada menos que 22 años atrás.
Inconstante de profesión, pero buscador incansable de la verdad, había seguido tantos caminos como había abandonado. Religión, ciencia, lugares sacros, disciplinas orientales, terapias de todo tipo jalonaban sus años. Consideraba a todos respetables y valiosos y de cada uno de ellos había extraído enseñanzas, la miel de la cuales conservaba y practicaba, todos los días. Pero solo había permanecido en un sitio, al que sentía cada vez más propio, cada día más como su verdadero hogar. 22 años puede parecer mucho tiempo, pero en la búsqueda de la esencia del ser humano apenas alcanzan para los primeros centímetros del umbral. Y Ricardo quería saber, necesitaba saber varias cosas: cuál había sido el motivo que lo había llevado a quedarse allí, qué lo había llevado a preferirlo frente a los otros, qué lo llevaba a pagar el precio de cenar solo con tal de poder seguir asistiendo. En definitiva, qué lo hacía perseverar en el camino, qué había hecho la diferencia, diferencia que en el momento de extrema fragilidad que se representaba ante sus ojos en la pared, le había permitido fortalecerse y continuar viviendo y luchando, términos que han sido, en su vida, más sinónimos que nunca.
Entonces lo vio. Esos hombres de guardapolvo le dijeron unas palabras incomprensibles para él en su momento, lo hicieron participar de una práctica en un salón inmenso pero muy parecido a aquél en que estaba, práctica más incomprensible aún y con la recomendación de volver al otro día, lo despidieron hacia su casa, donde se vio llegar más fortalecido, probar bocado por vez primera en la semana y lograr dormir un par de horas tras quince noches de insomnio continuo. Al otro día volvió, y al otro y al siguiente, en un mes estuvo bien, en un mes y medio pudo trabajar nuevamente. Un poco por curiosidad, y mucho por el bienestar ganado, nunca más se fue.
La vivencia de ese día crucial de su existencia, el recuerdo profundo del mismo le facilitó ver el motivo de su adhesión. En ningún momento nadie le había preguntado nada y nadie le había pedido nada a cambio de la ayuda suministrada. Ricardo se sorprendió de la gratuidad inmerecida que lo había salvado. En cada lugar que había concurrido se había sentido evaluado, juzgado ( en algunos hasta rechazado) y siempre sutil o brutalmente hecho saber que alguna retribución de su parte, era no solo bienvenida, sino también esperada. Por vez primera veía y experimentaba en carne propia hacer el bien por el bien mismo, aceptar sin juzgar, ayudar sin esperar nada a cambio. No era ciertamente la lógica del mundo. Tampoco era lo que había experimentado en su familia de origen, en sus trabajos, en sus parejas.
Ricardo lloró. Y lloró un buen rato porque vio ante si, expuesta con claridad meridiana, no solo la razón de su permanencia en ese sitio durante 22 años, sino también su propia extrema fragilidad.
Una fragilidad que lo condujo a una vida casi eremítica y a establecer relaciones con muchas reservas, aún las íntimas. Reservas que no conocen otra razón que el miedo a ser juzgado, porque todos, casi sin excepción, se erigen y creen tener derecho a ello, en jueces del otro. Casi nadie acepta al otro como es. A Ricardo siempre, aún quienes lo quisieron bien, intentaron cambiarlo, a veces de buen modo y otras no tanto y ello incluye a sus padres, maestros y parejas. Quizás la gota que rebalsó el vaso haya sido cuando, a favor del crecimiento de sus hijos, hasta ellos se convirtieron en jueces de su manera de ser.
Pero Ricardo lloró aún más, cuando se dio cuenta que el peor juez, el más cruel e inflexible, que lo había tenido sentado en el banquillo de los acusados, había sido él mismo y tristemente, seguía haciéndolo. Pudo ver que ninguno de todos esos juicios había logrado modificarlo en lo más mínimo, por el contrario, lo único que habían obtenido de él, era una franca rebeldía y una persistencia tenaz en la conducta y modos más severamente cuestionados. Si algo había cambiado, y de hecho había cambiado bastante, se lo debía al mensaje reiterado y amoroso de las distintas voces de ese sitio, que con una paciencia extrema, lo habían conducido a la propia reflexión. Es verdad que uno cambia solo cuando quiere cambiar y aún así le cuesta bastante, porque las conductas y actitudes negativas, de tanto practicarlas han asumido una espontaneidad y automaticidad que cuesta revertir.
Aceptarlo, amarlo, ayudarlo así como era y estaba, sin siquiera interesarse por saber cómo había llegado a ese estado, había sido la receta utilizada en esa escuela tan especial para rescatarlo del abismo. Ricardo tomo consciencia que era tiempo de comenzar a aplicarla en si mismo, para poder sanar esas heridas profundas que cada tanto sangran todavía y superar esos odiosos límites que le impiden una sana relación con sus semejantes. Al fin y al cabo cien años de aplicación exitosa, no son para desdeñar.
Sus ojos se posaron sobre el reloj del ángulo de las paredes, eran las once, nadie se había preocupado por la demora.
Se levantó del banco, apagó las luces camino de la puerta, salió y cerró la filial detrás de sí. Ya se iba a ocupar el frescor de la noche de secar las lágrimas que todavía, más espaciadas, surcaban su rostro.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de septiembre de 2017

Published in: on septiembre 3, 2017 at 6:37 pm  Dejar un comentario  

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El lupanar con apariencia de whiskería de la zona roja montevideana bullía de actividad. Al son del viejo y gastado equipo de audio, las tristes mariposas del amor pago repartían tragos y falsas sonrisas, mostrando sus ajadas carnes que asomaban tras sus más ajados atuendos revisteriles. El humo del cigarrillo tornaba casi irrespirable el aire mientras la penumbra reinante le permitía a los parroquianos soñar belleza donde no la había. Un sucio rincón daba sitio a una pequeña mesa ante la cual dos sesentones dialogaban animadamente en torno a una botella de Johnnie Walker a medio terminar.
—”Dejate de joder Gabriel, vos siempre creyendo estupideces, no cambias más”
—” Vos, por una vez sola Hernán, abrí la cabeza, no todo es exacto y demostrable en esta vida”
—”Pero si sabés que soy así, si no toco no creo, como Tomás, el de tu Biblia, dejame meter la mano en la llaga y después hablamos”
—”¿Que me estás diciendo?”
—”Sencillito, traeme la compu y si después que le hago todos los reinicios y limpiezas de disco que conozco, la foto te sigue apareciendo, recién ahi empezaré a creerte. Escribís demasiado Gabriel, la fantasía te está matando, tomate vacaciones.”
—-”¡Ja!, los escritores no se toman vacaciones, no se puede dejar de ser escritor por quince días, uno lo es siempre, hasta cuando duerme. Por otro lado, no las necesito, mi trabajo es tan apasionante que hacer una pausa breve tiene el sabor del tiempo malgastado”
Una mulata sinuosa, con demasiadas “llamadas” encima les muestra sus dientes roídos y pasa una pluma atada a su trasero por el cabello de Hernán, que se molesta.
—”Vos y tus lugares de mierda, Gabriel, ¿Cuándo vas a madurar? ¿Qué buscás en estas putas tristes? Algún día por seguirte me van a robar y violar”
—”Busco inspiración, como siempre, algo muy lejos de tus algoritmos querido Hernán, ¿me vas a ayudar entonces, o no?”. Gabriel apuró su vaso de scotch y volvió a llenarlo, tras completar el de Hernán.
—”Pará loco que tengo que bajar de este sucio cerro manejando y si me pierdo soy boleta” protestó sin mucho convencimiento
—”Decís que sos amigo mío y nadie te tocará, me conocen hasta los perros callejeros por aquí, ellos más que nadie, les doy de comer cada vez que vengo”
—”Mañana, tempranito, tipo 9, así te agarro bien dormido a vos que en tu perra vida madrugaste, te espero en el bar del Radisson, un lugar como la gente, no como los tuyos, me traes la compu y vemos si hago desaparecer de la pantalla a la mujer de tus sueños. Si lo logro me pagás el almuerzo, trae muchos verdes porque pienso pedir shampoo francés”. Hernán levantó la copa y brindó para sellar el pacto. “Me tengo que ir” añadió.
—”Andá maricón y cuidate mucho, yo me quedo un rato a conversar con la mulatona, no te gustarán sus dientes pero yo le conozco otras virtudes” Gabriel se paró como pudo y le dio un cálido abrazo a Hernán, quien tampoco la tuvo fácil, ambos tan distintos pero tan compinches, por un rato, apenas 50 años.
Desde su silla Gabriel contempló a Hernán apartando a las sexo traficantes para llegar a la puerta y mientras sonreía para sí, le vino a la memoria el Hernán adolescente, prolijo y previsible, sumamente inteligente, de una conducta intachable y siempre digno de toda confianza. Hoy Hernán era dueño de una posición económica envidiable, integrante de una sólida familia tradicional a la que accediera por un ventajoso matrimonio y hacedor de una extraordinaria carrera que lo había llevado a trabajar en el centro de cómputos de la NASA. Un oportuno viaje a Uruguay había posibilitado el encuentro.
También Gabriel se vio a si mismo en aquella edad, enamoradizo e inestable, amante de la noche pero brillante alumno, sobre todo en matemáticas y literatura, hecho que le había llevado a optar por esta última, ya que consideraba a las primeras como una soberana estupidez, un juego para entretener la mente, absolutamente inservible para afrontar los inmensos misterios de la vida, el amor y la muerte que se desplegaban a sus 16 años ante él. No le había ido mal tampoco. Tras esfuerzos y fracasos había logrado formar una familia cuyos vástagos ya habían volado del nido, tenía un bien ganado prestigio como escritor y poeta y se mantenía con sus ingresos como periodista para un prestigioso medio argentino.
Desprovisto de compañía, Gabriel no estuvo ni cerca de invitar a la mulatona a su mesa como hubiese hecho gustoso en un viaje normal, sino que por el contrario, volviendo a llenar el vaso, retornó a su obsesión. La noche era corta, demasiado corta, para tomar la decisión que debía afrontar. Si alguien podía borrar la foto de ella de su computadora, ese era Hernán. ¿Qué le sucedería a Gabriel si Hernán, como todo hacía prever, lograba su cometido? Pagar el almuerzo era lo de menos. El miedo de Gabriel corría por otros andenes. Toda la historia de la foto se deslizó por su mente.

La había conocido en un pequeño y perdido pueblo, donde extrañas circunstancias habían organizado la presentación de uno de sus libros. Nunca pudo olvidar ese día. Resulta difícil para alguien que ha vivido intensamente sumergido en la realidad cotidiana, muchas veces lacerante, conservar al borde del retiro, algo de fe en el ser humano, algo de esperanza en el futuro y algo de confianza en el amor. Así había llegado Gabriel a ese salón colmado a manejar, con su oficio de disertante y experiencia docente, una audiencia como otras de un lugar cualquiera. Se equivocó, la vida volvió a sorprenderlo.
Esforzándose por hallar en su interior un entusiasmo esquivo, mientras sus palabras fluían nítidas y ordenadas acerca de sus cuentos y poemas, Gabriel paseaba, como de costumbre, su vista por las caras en silencio de los integrantes del público. Le gustaba hacerlo porque lo entretenía, cuando uno repite presentaciones hasta sus propias palabras corren el riesgo de inducir al sueño. En ese peregrinar de pares de ojos en pares de ojos se detuvo en uno, brilloso de lágrimas y poseedor de una chispa diferente. No le interesó observar a la portadora de esa mirada discordante, siguió la recorrida y continuó hablando. Al rato volvió pues la chispa de aquella mirada había tocado algún recóndito sitio de su alma, adormecido durante demasiados años. Mientras proseguía con su discurso automatizado, aquellos ojos le hablaron, se revelaron transparentes y denunciaron un alma sensible y única, esperando ser escuchada.
“Terminemos con esto, vinimos a presentar el libro y nada más, en un par de horas vuelvo a mi vida y aquí no pasó nada” se dijo y se concentró en sus palabras. Uno puede hacer caso omiso a las señales, pero ello, si las señales son importantes, no impedirá que se repitan, duplicadas en intensidad.
Al cabo de la charla y los aplausos consabidos, llegó la firma de ejemplares. Vaya a saber por qué razón Gabriel firmaba de pie. No se percató que ella, la dueña de los ojos, se acercaba disimulada en la fila hasta que la tuvo delante.
–”¿Tu nombre?” alcanzó a decir antes que ella sin mediar palabra lo estrechara en un abrazo y sin firma alguna, huyese con su libro.
Un Gabriel conmovido, sin palabras, concluyó con el rito de firma y abreviando el brindis, durante el cual la buscó infructuosamente entre la multitud, se dirigió a su hotel. Esa noche no durmió, unas cuantas siguientes tampoco. Ya lejos del pueblo esa mirada lo persiguió, todos sus días, pero mucho más todas sus noches. Algo muy misterioso y de otro plano le llegaba a través de sus ojos. La placentera sensación que Gabriel experimentaba con solo recordar su mirada se tradujo en hechos concretos. Un lento proceso de reconstrucción anímica interior y profundo se desató.
Fue entonces Gabriel un manojo de dudas, ¿era ello acaso amor, un amor jamás experimentado en sus relaciones?, esa desconocida de quien ni siquiera el nombre sabía ¿podría amarlo, desde cuándo, desde dónde, con qué fin?. O por el contrario ¿era él quien se había enamorado de repente?. ¿Y si no era amor, entonces qué nombre darle a lo que sentía, a la protección que vivía, a la armonía lograda, a la determinación en sus propósitos, a la esperanza renovada, a la fe en la vida, a la desaparición completa de su temor a la muerte?. ¿Cómo llamar a lo que sentía que ella sentía por él, o a lo que él había comenzado a sentir por ella? ¿Qué palabras podrían ser justas para semejante profundidad?. No tenía respuesta alguna.
—”Somos habitantes del misterio” se dijo un día y nuevamente se propuso, esta vez con mucha más firmeza, olvidar por completo el asunto. Pero la vida volvería a jugarle sucio.
El diario para el que trabajaba y en el que pensaba jubilarse tenía un corresponsal de guerra en Siria, Edgardo, buen compañero de trabajo de Gabriel. Se respetaban y admiraban mutuamente, a Gabriel lo fascinaba el valor de Edgardo y a éste lo maravillaba la sensibilidad poética de Gabriel. Por eso a nadie le extrañó cuando entró como una tromba el director ejecutivo del diario a la sala de redacción y dijo:
–”Edgardo fue herido en el bombardeo cerca del hotel donde está la prensa en Damasco, tranquilos que zafó pero tiene para un mes, Gabriel hacé las valijas que te vas a la guerra”
—”Mierda” fue lo único que atinó a decir. No había forma de negarse, le debía mil favores al diario y muchos más a su amigo. Esa misma noche dormía, o algo así, en el avión que a pura turbina lo llevaba a la zona más peligrosa del planeta.
La pasó mal, muy mal. A un poeta le va bien en una guerra solo en las películas, muchas veces se acordó del coraje extraordinario de Roberto Benigni en El Tigre y la Nieve, que enfrentaba a puro verso a los combatientes armados. El problema no era el miedo, a las 72 horas de ver caer bombas por todos lados, escuchar sirenas todo el tiempo, no probar bocado porque no pasa nada y no dormir ni 10 minutos seguidos, el miedo desaparece, uno está tan pero tan jugado y entregado que tener miedo no sirve para nada, se hace lo que hay que hacer, en el caso de Gabriel, lo que los uniformados le dejaban hacer, que no era demasiado y punto. Lo que no cesa es el horror y un sensible en medio de un horror creciente y continuo es como una piedra en el mar, se hunde sin remedio.
Gabriel vio morir un niño y lloró, vio amputar a un anciano y siguió llorando, vio a gente caminando enloquecida gritando de dolor por todas las calles y gritó él también. Contó los días que faltaban para que Edgardo tomase la posta como lo haría un preso y no pasaban jamás.
Le costaba escribir los informes, lo que vivía lo dejaba sin palabras. A la semana temió seriamente enloquecer, se miraba al espejo y decía BASTA un millón de veces y NO PUEDO MAS otro millón. Entonces, una noche entre sirenas, alertas rojas, bombas y ensayos de evacuación de su hotel, la mirada, aquella mirada en aquel pequeño pueblo volvió y el alivio fue inmediato. El por qué y el cómo no estuvieron a su alcance nunca, tampoco le importó demasiado. Su interpretación fue la de un desesperado
—”Debo sobrevivir para volver a verla, ella me espera”. Mentira o no, funcionó a la perfección. Encontró un valor que no conocía, trabajó e informó mejor que su experimentado colega, atendió heridos, consoló compañeros y se arriesgó más de la cuenta. Estaba convencido que mientras esos ojos lo amparasen, nada malo podría pasarle, porque dichos ojos lo llevarían de vuelta a estar frente a frente y poder contarle a su portadora, todo el bien que venía recibiendo de ella. Pero Gabriel notó que si ponía en duda su certeza, flaqueaba, el cobarde, el sensible, volvían de inmediato.
–”Necesito esa mirada conmigo, todo el tiempo” y la necesidad siempre es muy inteligente, Gabriel encontró rápidamente la forma de tenerla, con una tremenda dosis de, llamémoslo, suerte. Mientras trabajaba en su computadora otra noche en vela, buscó en las redes sociales a la persona que le había organizado la presentación de su libro en aquel perdido pueblo, con la secreta esperanza que tuviese su perfil abierto al público y a ella entre sus “amigos”.  Fue  así como dio con Margarita y por un buen rato, el informe para el diario se detuvo, las bombas y sirenas no se oyeron y el infierno sirio dio paso a un sereno remanso. Navegó por sus múltiples fotos y eligió dos en las que estuviera sola y con los ojos, esos inolvidables ojos, mirando directamente al lente de la cámara. Las amplió y recortó para que la mirada ocupase la mayor proporción posible de la foto y puso una como fondo del escritorio y otra como protectora de pantalla. Ya tenía su antídoto para los horrores de la guerra.
Cuando, tras desbordar sus pupilas de sangre derramada, infancia destrozada y ancianidad abandonada, se sentaba frente a su computadora a redactar el informe diario, bastaba con encenderla para que la tierna mirada de Margarita, cuyo significado profundo se le escapaba por completo, barriese en un segundo todas sus miserias, indignaciones y dolores, restaurando su alma para poder continuar. De ese modo pudo Gabriel completar su mes en ese hoyo de la humanidad, pasarle la posta a Edgardo y subir aliviado al avión que lo devolvió a Buenos Aires.
Cuando amaneció aún en vuelo, mientras esperaba que la azafata llegase con el desayuno, encendió su computadora y ahi estaban los ojos soñados. Su mente ya estaba en su casa y en su oficina, programando las primeras tareas que lo aguardaban en ambos ámbitos al arribar. Los ojos eran como algo fuera de lugar, habían cumplido su misión, debía eliminarlos. No fuera cosa que le pidiesen explicaciones que no tenía y que no imaginaba poder inventar. Sustituyó entonces, rápidamente, el protector de pantalla por el institucional del diario y el fondo de escritorio por un barco; navegar seguía siendo su irrefrenable pasión.
Sus compañeros y su familia se alegraron de verlo tan entero, no solo física sino también psíquicamente, tras la excepcional y traumática aventura emprendida, y afortunadamente nadie preguntó las razones de tal integridad, cuando ninguno, conociéndolo bien, hubiese apostado a ello. Gabriel respiró relajado y abrazó feliz su recobrada rutina.
Un día, el más inesperado, sucedió por vez primera. Reunidos en la mesa de directorio del diario, todos los miembros del honorable cuerpo esperaban que Gabriel terminase de enchufar los cables necesarios para proyectar el power point sobre un nuevo organigrama de funciones que había desarrollado junto a sus compañeros. Cuando estuvo todo listo, y todos los ojos de directores e invitados especiales fijos en la pantalla en blanco, Gabriel, de espaldas a la misma, activó el botón de ON. Antes de darse vuelta, alcanzó a ver las caras que viraron de la sorpresa inicial a una pícara sonrisa, algún ojo guiñado y allá en el fondo la de sus compañeros reteniendo una carcajada. Lentamente, solo para confirmar sus temores, Gabriel comenzó a mirar de reojo la enorme pantalla. Allí estaba ella, Margarita, mirándolos a todos desde su joven belleza, con sus profundos ojos, con su luz de alma y para terminar de complicar el asunto, con el nombre de usuario, justamente Gabriel, estampado tercamente en su frente. Tras un tiempo interminable en que la computadora hizo todo su proceso de inicio, apareció el escritorio, afortunadamente con la foto del barco. Gabriel inspiró profundo, abrió el power point y abordó la disertación. Había sobrevivido a un mes de guerra, no lo iba a amedrentar un pequeño papelón.
Al cabo de la reunión, soportó por días estoicamente las cargadas de sus compañeros que empezaron a hablar en voz alta de “la siria”, que “un mes es mucho tiempo para un hombre solo”, sobre “lo degenerado que siempre fuiste “, etc, etc, etc, todo alejadísimo de la realidad, pero de una realidad que Gabriel tampoco comprendía. La misma noche del incómodo episodio nuestro periodista se dedicó puntillosamente a resguardar sus archivos, pasarle al disco rígido todos los “cleaners” conocidos y a reiniciar varias veces su computadora, no quería otro sofocón. Se aseguró que todo funcionara a la perfección, y así lo hizo por unos cuantos días, durante cuyo transcurso el episodio se fue olvidando, tanto como Gabriel de Margarita y su mirada. Claro, hasta la reunión familiar de Navidad.
Como tantas veces las escenas cayeron en el lugar común: la casa llena de parientes, los tragos generosos, los paquetes debajo del árbol y las charlas con panza llena esperando las doce de la noche. Lógicamente la novedad de este año era la aventura bélica de Gabriel y la curiosidad venció a la comodidad de los sillones. Empezó como un rumor y terminó en clamor.
—” ¿Así que estuviste en la guerra? Mostrá fotos chantún, que no te creemos nada”
Sin escapatoria, Gabriel fue al escritorio, trajo la compu y con la tribuna de parientes a su espalda, brindando por anticipado y riendo ensordecedoramente, oprimió la tecla ON.
Un hoyo en la tierra no le hubiera bastado, Gabriel solo quería volatizarse, ser invisible y desaparecer por dos años como mínimo de su ámbito familiar. En la pantalla con su nombre en la frente, Margarita posaba su misteriosa mirada sobre toda la parentela.
Con los ojos abiertos de estupor y un silencio sepulcral a su espalda, el héroe de esa historia, contaba: uno, dos, tres, cuatro, cinco …… dale, desaparecé, tomátelas,… contaba y transpiraba. Una voz, solo una de las 25 almas que miraban la pantalla, atinó a decir carraspeando
—-” Buena foto”
—–”Viste qué buena” contestó con ironía Gabriel, por supuesto sin darse vuelta.
Tras el brindis más silencioso de su vida, nadie en su casa le dirigió la palabra hasta después de Reyes, tiempo vacío que el periodista empleó en destruir todos los archivos prescindibles de su computadora y volver a cargar todo el sistema operativo. Nuevamente y pese a múltiples ensayos diarios que incluyeron un sinnúmero de reinicios, apagados y suspensiones, todo pareció funcionar correctamente. A punto estuvo Gabriel de sumergir su notebook HP en la bañera llena, pero le tenía un cariño especial, al fin y al cabo había sido su compañera de trinchera y ello no se olvida.

–”¿Pero cómo diablos lo hace Hernán?, es random, aparece cuando se le canta y justo cuando menos tiene que hacerlo, además sobrevivió a todas las limpiezas que hice?”
—”Limpiaste mal idiota, sabiendo lo poco que te interesaba el Fortran IV y el Cobol cuando estudiábamos, no me extraña que no sepas manejar un cleaner”
— “Igualmente de un tiempo a esta parte se ha hecho estable aparece siempre, pero antes aparecía solo cuando trabajaba a batería, o solo de noche, o solo cuando soñaba con ella, o solo cuando me pasaba el día pensando en la foto, aunque a decir verdad después empezó a aparecer sin motivos en cualquier momento, llegué a pensar que era cuando ella pensaba en mi”
—”¡Qué chiflado Gabriel!, ¿Cómo se te ocurre eso?”
De este modo el periodista hacía partícipe, varios whiskies mediante, al ingeniero informático de la NASA, de Margarita, la siria para los amigos, el ángel guardián para él, la dueña de la mirada más profunda del mundo, que habitaba un lejano pueblo al que Gabriel ni pensaba en volver.

Mientras manejaba de vuelta a su hotel en Ciudad Vieja, esperando que no existiese por allí control de alcoholemia alguno, tomó la decisión de concurrir a la reunión programada a las 9 de madrugada del día siguiente, Hernán lo merecía, lo que no sabía era si le iba a dar la ocasión de pasar a degüello la foto de la controversia. Lo consultaría con la almohada y decidiría por la mañana.
Se durmió con la duda, pero fue una noche maravillosa, pese al medio litro de Johnnie Walker o quizás gracias a él. Soñó que alguien lo abrazaba, que le hablaba dulce al oído, que le iba liberando de todas sus preocupaciones y que le instilaba una confianza sin igual, tanto en la vida, como en sí mismo. Era indudablemente una mujer pero como estaba a sus espaldas, no podía verle el rostro, se dejó llevar, lo disfrutó y amaneció despejado como nunca. Miró el reloj, tenía tiempo, decidió quedarse en la cama un rato más. Giró sobre su cuerpo y sus ojos fueron a dar a la mesita de luz del lado opuesto, donde un objeto, que parecía no haber estado allí la noche anterior, llamó su atención. Lo tomó para observarlo de cerca, era un pañuelo de seda, con algún diseño, de esos que las mujeres suelen llevar atados a su cuello y que tan bien realzan la belleza del rostro, claro, solo cuando el rostro es bello.
Lo asaltaron preguntas ¿Cómo llegó ahí? ¿A quién pertenece? ¿Se lo habrá olvidado la pasajera anterior? ¿Será de la mucama? ¿Se lo habré robado a la mulatona?
Una vaga intuición lo sobresaltó, se levantó desnudo y casi sin respirar se abalanzó sobre la computadora, había algo familiar en el diseño de ese pañuelo, se dijo, mientras pulsó la tecla ON.
Allí estaba Margarita, mirándolo, con su nombre de usuario estampado en la frente y un pañuelo idéntico al que obraba en las manos de Gabriel, coquetamente atado a su cuello. Le faltaba sonreír, la cara que puso el poeta periodista, desnudo y a punto de desmayo, lo merecía con creces.
Gabriel tomó una ducha casi helada, se vistió, dejó la computadora en el hotel y se encaminó hacia el Radisson, que estaba a pocas cuadras, para decirle a su amigo Hernán que se metiera su título y su experiencia en donde imaginaba, pues él, ya no dudaba, algo escondía esa mirada, algo demasiado importante como para seguir ignorándola o intentando vanamente desecharla.
Con el aire fresco de la rambla hiriendo su rostro inadaptado a esas tempranas horas, Gabriel caminaba disfrutando el paisaje de su amada Montevideo, pero su mente ya estaba elucubrando motivos para convencer al organizador de la presentación de su libro en el lejano pueblo, de reiterarla lo antes posible.
No tenía forma de saber si Margarita lo esperaba, o menos aun, si la foto era su peculiar forma de llamarlo, pero Gabriel, periodista al fin, no soportaba tener una historia metafísica entre manos y no intentar comprenderla lo suficiente, como para, mínimamente, lograr escribirla.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 25 de agosto de 2017

 

Published in: on agosto 26, 2017 at 1:21 am  Comments (1)  

ANTINOCHE

amantescosmicos

ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

AL FILO

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AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)  

LA FOTO Y EL ENSUEÑO

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LA FOTO Y EL ENSUEÑO

Oscar es el único contador de un minúsculo pueblo de la bellísima serranía cordobesa. No tiene una mala vida y jamás se queja de ella. Heredó el estudio de su padre y supo con mucho trabajo y algunos descuentos de honorarios – porqué ocultarlo- mantener casi íntegra la cartera de clientes que habían caído bajo la magia seductora de su progenitor, un político de los años bravos quien cosechaba clientes sin que se tuviera en claro si era por capacidad profesional o protección política.

Oscar no pudo heredar esa habilidad, era demasiado tímido para tener cualquier tipo de vida social que le permitiese siquiera tomar contacto con algun desconocido. ¡Cuánto detestaba ese defecto! Con mucho esfuerzo había logrado superar una tartamudez infantil y seguir, no sin cierta incomodidad, a su señora en sus vanos y repetidos intentos de socialización. Su timidez y no otra razón, lo había llevado a casarse con su primera novia, quien en realidad lo cazó a él con algo de amor en sus alforjas pero también bastante de interés, olfateando que el viejo zorro del padre debería tener varios hoyos llenos de oro, no siempre bien habidos.

Oscar era además de tímido, ermitaño, callado, soñador y poeta. Todos lastres para la profesión que la imposición paterna había elegido para el vástago, por cierto único. De haber podido elegir y de haber tenido un padre decidido a mantenerlo en la vagancia, Oscar jamás se habría casado, jamás habría tenido hijos y nunca hubiese abandonado la casona familiar, poseedora de esos maravillosos rincones umbríos con vistas divinas, donde esconderse a soñar y a escribir.

En cambio, vivía con su tan sociable esposa, dos hijos adolescentes, una mucama y tres perros, en una casa mediana con vista a la ruta y estudio incorporado. Los momentos libres se le esfumaban entre el Rotary Club, el club social y deportivo y la iglesia, todas encomiables instituciones que lo exprimían gratuitamente, honrándolo con el dudoso beneficio del cargo de Tesorero. Igualmente se las ingeniaba para escribir poesías, de madrugada o bien bajo los árboles mientras se hacía el que miraba a sus hijos en los distintos deportes que practicaban. Habitar la ensoñación era ya mucho más complicado. En su casa los televisores, radios y equipos de música jamás cesaban y había comprobado con horror que apagarlos era mucho peor ya que todo su clan aprovechaba el silencio reinante para recordarle sus múltiples demandas insatisfechas, al unísono..

Solía entonces reservar al ensueño, ayudado por el mágico entorno serrano, los momentos de tránsito entre su estudio y los distintos clientes. A fin de alargar ese tiempo, dejó por completo de usar el auto y comenzó a realizar su monótona recorrida de a pie, siempre con una libreta en el portafolio para que cuando lo asaltase el duende poético, pudiese de inmediato y hasta sentado en el mismo cordón de la vereda, tomar las notas que en la madrugada siguiente darían luz a sus versos.

Entre el batifondo de su casa y la concentración en los problemas contables, había así Oscar, con forceps, encontrado su espacio. Ni bien trasponía el umbral de su domicilio, su mente comenzaba a volar, contando a su favor con la tranquilidad pueblerina que le permitía caminar en piloto automático sin tener que reparar en tránsito alguno.

A dos cuadras de su casa, vivía el fotógrafo del pueblo, quien solía retratar absolutamente todos los eventos sociales, con excepción de los velorios, claro está, pues lo descomponían. De modo que por semanas en las vidrieras de su garage convertido en local, estaban colgadas día y noche, las fotos de todos aquellos a los que les había sucedido algo, por lo general bien alegre, hecho que hacía que las dentaduras, originarias y postizas relucíeran a la distancia. Era algo así como el facebook local, ya que el verdadero aún no había arribado. Oscar habitualmente se detenía allí en ese peculiar estado contemplativo de la mente que lo acompañaba en su camino, sin saber si lo movía la curiosidad o la búsqueda de inspiración. Se retiraba al día con los nacimientos, bautismos, cumpleaños y bodas, constatando el paso del tiempo en la barriga de sus compañeros de colegio o en la belleza en fuga de las niñas que alguna vez le inspiraron un poema.

Empero, esa fría mañana soleada de mayo, la conocida vidriera le iba a deparar una sorpresa. Sus ojos se posaban una tras otra en las fotos de una reunión social, probablemente un cumpleaños y como suele suceder que esas imágenes están atiborradas de grupos humanos haciendo las más diversas cosas, una de las fotos le dio un vuelco al corazón. En una mesa desierta, sus ocupantes estarían bailando o procurándose un trago, una mujer de mediana edad estaba sola, sentada, con la cabeza apoyada en una de sus manos, el cabello lacio llovido a ambos lados de su rostro, un esbozo de sonrisa en diagonal sin separar sus labios en el centro de la imagen y los ojos vueltos al fotógrafo. De inmediato la reconoció, sin dudas era Lisa, su compañera de banco en el lejano tercer año del colegio del pueblo. Los treinta años transcurridos parecían no haber hecho mella alguna, ni en su rostro, ni en su alma. ¿Cómo olvidarla, si había estado locamente enamorado por muchos años? ¿Cómo olvidarla si sus primeros cuadernos de poemas no hablaban más que de ella? ¡Si la habría perseguido!, solo hasta la frontera infranqueable de su timidez. Pero ¿qué diablos hacía ella en una foto del pueblo? En ese instante, pese al impacto, pudo recordar que una tía seguía viviendo por allí y que probablemente se tratase de su fiesta de cumpleaños, hecho que comprobó al llegar a la foto de una simpática viejecita soplando las velas de una torta.

¡Cúanto había llorado aquél día en el colegio, cuando se enteró que toda su familia se mudaba a Mendoza! No tanto como el día en que al pueblo llegó el rumor que se había casado con un rico heredero de una bodega, haciendo trizas su irracional esperanza. La vida siguió para ambos y no había tenido noticia alguna de ella por casi tres décadas. Y ahora, esa foto, que la traía a ella y a él, a su mejor él, a su él enamorado. Debía reponerse y pronto, ya llegaba tarde a su cliente.

Todo el día lo pasó entre nubes, la imagen de la foto lo persiguió insistentemente y cada vez que aparecía, una extraña tibieza le inundaba el corazón. Resolvió los temas laborales como pudo y casi con apuro caminó hacia su casa, mejor dicho a la vidriera del fotógrafo que le quedaba de paso. Ya sin obligaciones urgentes, se quedó un buen rato contemplándola en detalle.

El rostro bello, la nariz armoniosa y la frente amplia que daba cuenta de una inteligencia poco común. Llegó a los ojos, color miel, vivaces y redondos enmarcados en unas cejas oscuras y unas pestañas delicadas. Allí se detuvo, precisamente en su mirada. Nada había cambiado en su forma de mirar. Se le hizo presente un lejano día, en que con esos mismos ojos lo había hecho temblar al preguntarle si podía ocupar el banco vacío a su lado. Durante todo ese primer día como compañeros de banco, no había podido ni siquiera mirarla a los ojos, pues éstos le devolvían un brillo tan cargado de sentimiento que lo hacía sonrojar. Tardó algunos días en poder hacerlo y después, durante todo el año no pudo dejar de mirarla. Lo enamoraba tanto su gracia al sentarse, como la manera en que sacaba el lápiz de la cartuchera, sus largos dedos al voltear las hojas de un libro y su voz quebrada al leer. Lo perdía su alegría que interpelaba a su consuetudinaria melancolía, ella lo podía y al salir del colegio, Oscar iba a su casa, enamorado con la vida, con el corazón brincando y agradeciendo a Dios su suerte. Tanto amor venía con su cuota de sufrimiento. Mientras él seguía preso de su muro, Lisa, bella como era, tenía su tiempo ocupado entre diversos pretendientes que intentaban atraparla. Ninguno tuvo éxito y cerca del final del año la noticia de su mudanza a la capital de la provincia vecina frustró a la multitud al tiempo que desoló a Oscar.

Esa noche su habladora esposa lo encontró extraño pero nada preguntó. A diferencia de casi todos los días, Oscar en lugar de dormirse pensando en la solución a un difícil problema profesional, se quedó despierto hasta las dos de la mañana con la imagen de Lisa, bien clara en su memoria. Cuando finalmente rendido se durmió, soñó con ella. ¿Fue un sueño? Si lo fue pareció demasiado real, ya que podía sentir su abrazo y se despertó sobresaltado cuando en sus labios, Lisa lo besó.

No pudo volver a dormirse, desayunó muy temprano y con tiempo de sobra salió de su casa, solo para detenerse una vez más ante la foto. Esta vez el ensueño se hizo cargo de él. Los ojos de Lisa lo atraparon y disolvieron treinta años, su profesión, su familia, sus deberes, sus reuniones. Oscar ni dudó, ella lo estaba mirando a él o si miraba al fotógrafo, era solo para a través suyo mirarlo a él. Y le estaba diciendo con los ojos, que lo amaba, que no lo había olvidado nunca y que había aceptado esa invitación al cumpleaños de su tia tan solo para atinar a encontrarlo y empezar una vida juntos.

Nuestro contador se posesionó. Su imperiosa necesidad ya no pasaba por escribir algún verso en su libreta sino en salir corriendo a buscarla. Ese día no visitó ningún cliente, preguntó y preguntó en diversos sitios hasta dar con la casa de la tía. Preso de una agitación inusual llamó a la puerta pero nadie atendió. Molestó entonces a sus vecinos quienes le dieron una triste noticia. La tía en cuestión, protagonista de esa fiesta de dos semanas atrás había tenido un ACV y estaba internada, presta a partir. De Lisa nadie recordaba haberla visto y ninguno fue capaz de darle noticia alguna.

Triste y desolado emprendió Oscar el camino de regreso. Nunca sería capaz de hacer ninguna locura, era demasiado racional para el amor. Así como antes la timidez le había marcado la frontera, era ahora su responsabilidad, su fría capacidad de abordar toda situación quienes le construían el muro. Nunca dejaría su nido, nunca abandonaría su profesión, nunca saldría de su pueblo para correr tras ella, para confesarle su largo e insatisfecho amor.

Se detuvo ante la foto nuevamente y temeroso que el tiempo de exposición terminara pronto, tomó el mismo una foto de la foto, la cual imprimió a color, ni bien llegó a su estudio. Esa noche ni siquiera se acostó, las horas se le volaron en la contemplación de la imagen de Lisa y de su misteriosa mirada, la cual sin duda traslucía un intenso sentimiento. No en vano los ojos son el espejo del alma y esos ojos hablaban de amor.

A muchos kilómetros de allí, Lisa se levantó de su lecho conyugal e intentando hacer el menor ruido posible fue a buscar al último cajón de la cómoda, la foto colegial del tercer año, para saber si lograba ponerle nombre al rostro que por dos noches seguidas se le aparecía nítidamente en sueños, con el uniforme del colegio de ese pueblito cordobés, donde vivía su tía y al que debería volver de urgencia en la mañana, para asisitirla en el hospital.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de junio de 2016

 

Published in: on junio 25, 2016 at 7:55 pm  Dejar un comentario  

FESTEJO

festejo solo

FESTEJO

A ti

Es mi cumpleaños y es, como casi siempre que estoy aquí, un día casi perfecto. La ría discurre mansa en sus idas y venidas de pleamar, el viento y los árboles hacen soportable el calor ambiente y los vapores del champagne arrinconan mi nostalgia y tristeza. Mi hijo rema y me quedo solo.

Los flamencos me miran desde la orilla vecina y las cotorras se empecinan en romper mi silencio con sus granznidos. Las calandrias y gorriones me giran en torno en busca de mis sobras que serán su cena. Me siento pleno, pero se que podría ser todo aún mejor.

Me faltas, sin duda me faltas.Tú me faltas, solo tú. Si entre los miles de millones de seres que viajan en este planeta, tuviera que elegir uno, solo uno, para compartir este momento, serías tú. Se bien que puedo sin ti, soy lo suficientemente viejo, sabio y duro para poder disfrutar y sufrir en soledad.

Pero cuán distinto sería si estuvieras aquí. En silencio, en la reposera de al lado, con un termo en el piso, el mate en la mano y los ojos en la ría.. Conmovida hasta las lágrimas tu sensibilidad única por la belleza circundante. Y yo, no atinaría a hacer más que gozar en contemplarte, perdiéndome en la profundidad de tu mirada, enamorándome aún más en cada lágrima y esperando aquél mohin que llevo grabado en mi memoria, para morir de deseo y esperanza.

Me faltas, sin duda que lo haces, para que pueda por un instante amar la vida creyéndola perfecta, ver a todo el dolor sufrido como una etapa necesaria y considerar por una vez a la muerte como a un demonio lejano e impotente.Porque si te viera a mi lado sabría, con total certeza, que muerto te seguiría amando y que me sentirías igual que ahora., que estoy vivo, en un paraíso y pensando en ti.

Quizás en este día no faltes tanto. Puede ser y ojalá asi sea, que me estés pensando, que tu alma anhele a la mía, tanto como la mía a la tuya. Y quizás, tan solo quizás, nunca podré saberlo – maldita sea- sea por ello que te siento tanto, en los flamencos que me miran, en los pájaros que me rodean, pero por sobre todo en el viento que me acaricia.

Me faltas y estás. Porque te pienso y te traigo, quieras o no y porque se que en algún lugar oculto de tu alma, tan oculto y tan celosamente guardado que no te animas siquiera a visitar, me piensas, me traes, me buscas, con la misma desesperación que yo.

Tu fragilidad y mis deseos de protegerte, tu incertidumbre y mis caminos vividos, tu necesidad de amparo y mis brazos abiertos, tu rebeldía y mi soledad; marchan sin duda a un encuentro, que es real en espíritu, por más que la vida y sus lazos lo nieguen. Es bueno que sepas que ya lo disfruto, como en esta tarde de festejo, aun lejos, me regodeo en contemplarte y que aun invisible le pones azúcar al mate y me lo acercas con el mohín único, tuyo solo, justamente ese que anhelo.

Me pierdo en él y te veo, casi puedo tocarte, aunque no quiera por temor a que se apague esa luz, la única, la tuya, la que siempre pudo con mi tiniebla.

Y comienzo otro año en la esperanza,

que los inciertos avatares de la vida,

sean capaces de poder con mi templanza,

con tu prudencia de madre establecida,

y generen más encuentros como éste,

que te traigan a mi lado cuando lo pida.

Ese ser tan mía sin quererlo,

este ser tan tuyo sin saberlo,

puede ser el mejor lugar de nuestras vidas,

el cual., pasajeros, habitamos,

hasta que el amor otro rumbo decida.

Porque ya te amo como no imaginas,

casi tanto como tú me amaste un día,

y somos dos almas en vuelo unidas,

más allá de toda forma e hipocresía.

Porque siento en el aire tu caricia,

pues la sal marina sabe a tu beso,

porque vivo en amor y albricia,

cuando pierdo mi razón en tu embeleso.

Y yo se que lo sabes vida mía,

aunque fuerces con dolor las apariencias,

por más que en secreto anheles el día,

en que ambos perdamos la paciencia.

No se el cómo, el dónde ni el cúando,

alinearán los planetas nuestro encuentro,

no será eterno esto de andar dudando,

pues vivimos en el otro muy adentro.

Porque sin musa no hay poeta ni poesía,

sin belleza no hay ansias ni embeleso,

aunque pienses que todo es fantasía,

vaya este escrito……….. por mi beso.

Enrique Momigliano

Tapera de López, 12 de enero de 2016

Published in: on enero 13, 2016 at 12:56 am  Dejar un comentario  

LA VUELTA

lancha en tormenta

LA VUELTA

Creer que el amor es solamente placer, es suponer que solo el mar embravecido es el mar”

José Narosky. Si todos los tiempos…

A Juan lo despertó un sacudón con salpicada incluida. Su siesta ideal, mezcla de arrullo marino y vapores ginebrísticos, había terminado de improviso. “Maldición, me dormí más de la cuenta” dijo mirando el reloj de abordo que señalaba peligrosamente las tres y media de la tarde. En la proa Manuel, su joven compañero de aventuras hacía equilibrio parado, pescando, ajeno al mundo y sus urgencias.

Ni bien pudo incorporarse y terminar de abrir los ojos, Juan clavó la vista hacia el noreste. Un frente de tormenta, el anunciado para las 16 horas de ese lunes feriado de noviembre por el infalible pronóstico que siempre consulta antes de zarpar, corría desbocado por el límpido cielo directo hacia ellos, frágiles habitantes de una lancha de apenas cuatro metros de eslora.

“Manu, guardá todo a mil que tenemos que rajar, se nos viene la tormenta y con ráfagas embromadas” gritó a lo capitán mientras se mojaba la cara, encendía el motor, chequeaba la radio y apuraba un trago de valentía en forma de whisky para encarar una vuelta que iba a ser difícil.

Recién ahi Manuel se dio cuenta que estaban en problemas, tiró la caña armada al piso de la lancha, cerró la caja de pesca, arrinconó la carnada sobrante y comenzó a hacer fuerza para levar el ancla.

“Se clavó en el fondo, no puedo subirla” sonó preocupada la voz de Manuel. Juan abandonó el timón y sumó su fuerza a la de su compañero en desgracia. No hubo caso, estaba demasiado atascada. Intentaron liberarla con la fuerza del motor, en medio de las crecientes sacudidas de las olas y solo lograron clavarla más. Juan pidió consejo por radio a Mario, el encargado del puerto deportivo al cual debían volver a toda marcha. Este les explicó una maniobra y pusieron manos a la obra, teniendo éxito pero perdiendo la crítica media hora que faltaba hasta las cuatro de la tarde.

Con la tormenta demasiado cerca para el gusto de cualquiera, Manuel totalmente agotado por haber soportado la peor parte del truco para levar el ancla, se sentó con cara seria en el asiento del acompañante y Juan, más serio aún, aceleró. Ahi nomás debió reducir el ritmo del motor, las olas eran tan altas que sacar la lancha a planeo era directamente suicida, había que volver despacito escalando las siempre crecientes montañas acuáticas que su proa encaraba, como dice el manual, a cuarenta y cinco grados. Cuando uno quiere volver rápido y debe hacerlo lento, los que sufren son los nervios. Sabedor de ello Juan decidió pensar en otra cosa, mientras un pedazo de su cerebro conducía. Pensó en otra vuelta, en la que desde hacía un año más o menos estaba embarcado con éxito dispar. Notó que se parecían.

Pensó en aquella tarde de octubre de cuatro años atrás cuando bajo una lluvia torrencial había llegado solo a esas playas, huyendo de su casa, de su vida, de sí mismo, para poder llorar en soledad. Algo ese día se había roto, algo que aún permanecía así. Como en un plano inclinado, después de la vuelta de aquel viaje, en el que temía que le hubiesen cambiado la cerradura de su hasta entonces hogar, todo había empeorado. Un año después tocó fondo, directamente lo echaron de su casa, ya no era un hogar. Vagó unos días, se llevó todas sus cosas, menos una poca ropa, a su estudio, habló con algunos amigos, visitó algunas amigas, se emborrachó con todos ellos y finalmente decidió quedarse en la casa de su familia, a pelearla, a cara de perro, a hacer lo que hay que hacer, aunque nadie le diera ni la más mínima bolilla. Para abrazar, hablar y acompañarse estaban sus perros, a quienes como a sus hijos, no pensaba abandonar, aunque no lo quisieran.Un tiempo tormentoso y horrible lo aguardaba.

“Cuidado con esa ola que viene fuerte” gritó Manuel con su voz sobrepasando el ruido del Mercury que rugía en las subidas y callaba en las bajadas de esa vuelta que se complicaba. La ola se estrelló contra el francobordo y los empapó. Juan se arrebató los inservibles lentes oscuros y se concentró en el manejo, el viento había empezado a incrementar su velocidad. Se miraron preocupados, por difícil que estuviera la cosa, lo peor los aguardaba más adelante y era imposible saber a esa altura con qué se encontrarían. De adolescente había sido Juan profundamente impresionado por la lectura de Kon-Tiki, el libro donde Thor Heyerdahl relata su aventura en balsa desde Perú a través del océano Pacífico, fiel navío que soportó todo, menos el choque contra la barrera de coral que los aguardaba frente a la isla de destino. Cada vez que salen al mar por Punta Rasa, Juan mira con desconfianza ese nudo de aguas tan complejo que se ha llevado tantas vidas, pues por más que el mar esté calmo, todos recomiendan hacer un amplio círculo mar adentro para evitar las corrientes traicioneras fruto no solo del Cabo San Antonio y sus bancos ocultos, sino también de la veloz retirada de las aguas de la Ria San Clemente en horas de bajamar y la turbulencia que origina el límite, observable a simple vista, de las aguas frías del Rio de la Plata en su encuentro con el mar entibiado por una rara parábola que describe una corriente que baja de Brasil. Ese círculo, tan caro a Manuel que disfruta como pocos alejarse de la costa, resulta sumamente arriesgado en días de mar con oleaje y tormenta en ciernes. Juan sabía que no tenía alternativa, debía, a como fuese, atravesar el infierno. Decidió relajarse hasta entonces y volvió a sumirse en sus privados pensamientos, los de la otra vuelta.

En esa también lo aguardaba un infierno. Se armó de paciencia oriental, amianto emocional y silencio absoluto. En su casa se convirtió casi en parte del mobiliario, en poco más que un funcionario. Cumplió prolijamente sus deberes, se concentró en su lectura y escritura y soportó cualquier hiriente comentario que a la postre terminó por desaparecer…. por falta de oyente. Con todo el tiempo que antes destinaba infructuosamente a confrontar a su disposición, escribió montañas de páginas de diversos temas, llenó su agenda de reuniones necesarias algunas, inútiles otras y se embarcó en actividades que lo tuviesen el mayor tiempo posible lejos de un ámbito que para él ya era fuente de un inmenso dolor. Así fue que incrementó sus actividades en esa localidad costera y se obligó a ir por lo menos una vez al mes. Armó una vida lejos de casa y no le fue nada mal, hasta empezó a disfrutarla. Tuvo diversos compinches en esa empresa, algunos muy cariñosos, otros muy entusiastas y otros con una ligera sospecha acerca de ese personaje que deglutía su dolor, escribía del amor y pasaba tan poco tiempo con su familia. Juan sabía que no era la vida mejor pero ¡qué embromar! era la posible y nadie podía reprocharle nada, en todo caso el que tenía derecho a estar enojado era él y se tragaba el enojo lo mejor que podía, aunque a veces, sorprendido con una ofensa más con la guardia baja o distraído, sus estallidos fueran de temer. No servían para nada, solo para alejarse un poco más aún.

“Me estoy mareando” dijo Manuel . “Falta poco, lo peor pero poco, aguantá, ya tenemos la punta a la vista” respondió Juan, volviendo a concentrarse en esa dulce y riesgosa danza del mar. Estaba todo a la vista, el peligro también. El viento soplaba más, las olas además de altas ahora venían desde distintos flancos, obligando a maniobras rápidas para evitar un encuentro frontal y una sospechosa corriente rugía por debajo del casco. Unos centenares de metros adelante había olas que rompían en medio del mar y si bien ya se divisaba la acogedora Bahía de Samborombón con sus aguas mansas, ella estaba separada por una frontera encrespada. Navegaban a propósito muy cerca de la costa. Juan sabía que el último recurso era dirigirse hacia ella y a riesgo de romper casco y pata de motor, podrían salvarse embicando la lancha en la playa. Si la vuelta la hacían como de costumbre a unos 2500 metros de la playa y con casi 6 metros de agua debajo, él iba a necesitar una cuba entera de grapa para soportar la incertidumbre. La otra preocupación era el combustible, navegando así, al dibujo de las olas se gasta el doble o el triple que planeando y el solo pensar en llenar el tanque en ese oleaje lo aterraba. Aprovechó Juan los últimos instantes de paz relativa y para ahuyentar sus ideas tenebrosas, volvío al otro difícil retorno.

Justamente la lancha bailarina había sido el punto de inflexión. Una tarde de primavera espléndida sentado en el muelle de Tapera y profundamente atrapado por la magia de ese entorno había decidido encarar el cumplimiento de un viejo y postergado sueño: su propia embarcación. Tiró el tema sin mucho entusiasmo en la mesa familiar y para su sorpresa vio como Manuel, su hijo, que ahora estaba allí con cara de serio, agotado y mareado, la había recibido con sumo entusiasmo y se la andaba contando a quien se acercara a escuchar. Juan, que por esos días sufría muchísimo se dio cuenta que el dolor que lo atenazaba no era tanto el fracasar como pareja, en él era costumbre, nunca le había ido bien, sino el fracasar como padre, ésto no podía asumirlo. Vio en la lancha el inicio de un camino. No se equivocó. Todos los puentes cortados con su hijo se reconstruyeron en pos del objetivo, la compra, el curso de conductor náutico, las primeras navegaciones, los errores compartidos. Juan por primera vez supo que no todo estaba perdido, cumpliendo su sueño, recuperaba a su hijo. Quedarse, con todo lo difícil que había sido, empezaba a valer la pena. Con su hija la historia era muy distinta. En realidad ella no lo había echado y en esa noche tan aciaga de tres años atrás era la única que lo había defendido. Eran muy afines, tanto que como iguales no aceptaban tutela de nadie. Sin embargo sus libertades iban, secretamente para ambos, en camino de convergencia en un terreno particular: el espiritual. Para Juan la vuelta había entrado en la fase del desgarro. Por un lado, sus hijos con quienes había empezado a llevarse bien, lo necesitaban más que nunca, estaban en la edad del despegue, en esa maravillosa década en que uno toma las decisiones que marcarán el resto de su vida: profesión, trabajo, morada, pareja, hijos, etc. Por el otro el silencio y la indiferencia de la casa lo alejaban cada vez más y si bien estaba muy lejos de él cualquier intento de búsqueda de compañera, habían surgido a la vista bahías agradables y acogedoras donde poder reposar, aunque fuese por un rato, su humanidad, su alma y su conciencia, hartas y cansadas de tanta guerra y aislamiento. Tal como la bahía que ahora tenía a la vista, lo llamaban, lo tentaban, lo esperaban, pero tal como ella, se escondían detrás de una frontera turbulenta y le exigían para llegar el abandono definitivo de su querido mar, al que amaba pese a las sacudidas, pese a la tormenta, pese al maltrato, pese a que muchas veces parecía echarlo.

Encaró el cruce. La lancha se transformó en una coctelera, ya no se movía arriba y abajo sino para todos lados, las olas los mojaban hasta la médula, algo nada aconsejable si no se cuenta con traje de agua en un noviembre traidoramente frío y el viento los desestabilizaba. Alentado por la vista de las tranquilas aguas bahienses, aferrado al timón, Juan dibujaba lo mejor que podía ese torbellino acuático que se deslizaba furioso por debajo del casco y aprovechaba las bajadas de las olas para acelerar, casi como una tabla de surf, en pos de la ansiada meta. Manuel, callado, a su lado, se esforzaba por no golpearse y por no vomitar. La inconfundible frontera con el Río de la Plata pasó rauda y Juan exhaló alivio cuando gritó: “Cruzamos, ya está”. El río siguió un poco movido pero enseguida se aquietó, casi al únisono con un quedo ronroneo de motor que indicaba el fin del combustible. Más justo imposible. Con las pocas fuerzas que le quedaban ahora a ambos, llenaron el tanque y comenzaron sonrientes el triunfal paseo hacia el puerto. Los esperaban las reposeras y una reparadora siesta bajo los árboles, llevaban en su alforja una anécdota más. Mientras Tapera aumentaba de tamaño Juan pensó en el distinto final de su otra vuelta.

Había desdeñado el canto de sirenas.¿Por qué? Aún se lo pregunta y aún le duele. Quizás haya contribuido el hecho que un amigo muy cercano, casi un hermano para él, había corrido tras la engañadora paz de la bahía y le había puesto en evidencia muy palpable los costos enormes de esa decisión. Quizás hayan servido algunos hechos que le hicieran a las sirenas perder su cola de pez y mostrar con crudeza su cruel costado humano. O quizás, a Juan, aún sin mucho fundamento, le gusta pensar que haya sido más fuerte, que lo haya podido, su viejo, gastado y herido, amor por el mar. Ese mar que aún lo hiere, que aún lo inhibe, que aún lo mantiene en un sospechoso silencio, que lo abruma de impotencia para comprenderlo, que lo deja bien solo librado a sus fuerzas que muchas veces le parecen faltar, pero que de alguna manera se las ha ingeniado para que él solo pueda vivir a su vera, andar a su amparo, morir en su seno. En su otra vuelta Juan aún sigue, triste y cansado, casi sin combustible, capeando el temporal.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2015

Nadie elige la tormenta pero a veces te atrapa y pocas veces ofrece un escape fácil. Casi siempre es aconsejable quedarse a capearla. Algún día siempre amaina.

Published in: on diciembre 25, 2015 at 7:19 pm  Dejar un comentario  

DON RAMIRO Y SU GLORIA

caballero cabalgando

 

DON RAMIRO Y SU GLORIA

La noche se cerró sobre el jinete y su cabalgadura. Sin luna, nublada y con una tormenta en ciernes. Una gruesa capa de niebla comenzó a bajar. Don Ramiro, pese al peligro, no aminoró su alocada carrera a campo traviesa. Confiaba en Rocín, al que domó de protrillo, tanto como para galopar a ciegas. Además el castillo de Don Leopoldo estaba en una ruta que había transitado muchas veces para enfrentar a los moros en sus tiempos mozos. Aunque apenas viera las crines de su monta al viento, agachado sobre su cuello, no dejaba de espolearla para que ni siquiera pensara en detenerse en busca de un breve respiro. Tenía mucho que hacer y una sola noche de tiempo. Al alba, bien lo sabía, estaría en el paraíso terrenal o en la fosa mortuoria. Blanco o negro, así había sido toda su existencia, sin lugar para cómodos términos medios.

Pese a que llevaba unas tres horas de cabalgata, no sentía ni el peso de la armadura, ni los raspones que su invicta espada toledana cada tanto le causaba, ni fatiga alguna. Solo se quejaba del molesto sudor de su frente que frecuentemente se deslizaba en sus ojos, sin que pudiese alcanzar a limpiarlos.

Debajo del peto de su armadura, otro galope le preocupaba mucho más que la cerrada noche. Su corazón de enamorado latía más fuerte y más rápido que nunca, atormentándolo con preguntas y remordimientos incesantes.

Gloria, su Gloria, había sido descubierta. El intenso sentimiento amoroso que ella le profesaba hacía ya muchos años, pese a ser la fiel esposa de Don Leopoldo, había quedado en evidencia por obra de un sirviente infiel, quien descontento con su ama, en lugar de llevar la carta al lugar en que Don Ramiro solía pasarla a buscar, la había dejado sobre el escritorio de Don Leopoldo. Éste, enfurecido, había encerrado a su esposa en un lugar secreto del castillo, no le dirigía palabra alguna y le enviaba alimentos y agua en raciones escasas, tan solo aguardando un triste y miserable desenlace fatal.

¡Ah! ¡esas cartas! Ellas eran el aire que mantenía vivo a Don Ramiro. Cansado de desengaños, descreído del hombre y del mundo, retirado de la política y las guerras, Ramiro vivía en soledad absoluta y pasaba sus días orando, meditando, contemplando la naturaleza que bullía en torno a su viejo castillo y esperando tan solo el momento de ir al encuentro de cada carta de su amada.

Es muy probable que, de no existir dichas cartas, Don Ramiro ya hubiese puesto fin a sus días o ingresado en un monasterio cercano, para darse por muerto para el mundo, tal como, excepto respecto de Gloria, él sentía que ya lo estaba.

Para que su presencia fuese más notoria con cada carta, Gloria solía, antes de entregársela al mensajero, apoyarla un buen rato contra su perfumado pecho. Ella pensaba que de ese modo y mucho más allá de sus palabras, que solían repetirse, las cartas llevarían consigo la intensidad de sus latidos, entremezclada con el particular aroma de su cuerpo.

¡Y vaya que las cartas sabían cumplir acabadamente con su misión!

Cuando Ramiro las recibía, antes de abrirlas, las sostenía en sus manos y aspiraba profundamente el vaho que exhalaban. Cada vez que lo hacía entraba en éxtasis, cambiaba de dimensión, habitaba el reino del amor. En ese instante, todos sus pensamientos tenebrosos cedían y la vida, el hombre y el mundo le parecían una creación maravillosa. ¡Quería vivir!. ¡Vivir lo suficiente para tener algún tiempo con ella!.

A la noche, a solas y despacio, se detendría en cada frase, meditaría cada párrafo y suspirando tendría el mejor sueño al que un hombre puede aspirar. En las noches sucesivas, las releería y en cada lectura descubriría un pliegue novedoso de la ardiente devoción de su amada.

Pero ahora todo era distinto. Gloria se moría de pena en su ignota celda y a Ramiro no le importaba vivir si no lograba liberarla.

La noche se tornó más cerrada todavía cuando llegó Ramiro al castillo de Leopoldo. Ello devenía en un arma de doble filo ya que si bien nadie vería su acercamiento, le resultaría muy difícil hallar un camino de acceso y mucho más difícil aún dar con la celda donde estaba enclaustrada su Gloria. Dejó a Rocín atado cerca de un arroyo para que pudiese calmar su sed y su cansancio y con paso ágil, envuelto en niebla y sombra, caminó hasta el muro del castillo, devenido en prisión del amor.

Era su noche de suerte. Por algo dicen que el amor, quizás más aún que la fé, derriba montañas. Por lo menos a Don Ramiro lo hizo chocarse con una puerta sin tranca. Conteniendo el aliento y sin poder dominar su corazón que seguía galopando, se deslizó al interior del edificio. Éste estaba tan oscuro como la noche y para peor el castillo de Leopoldo era el más grande de la llanura castellana. ¿Por dónde empezar a buscarla? ¿ Cómo hacer para dar con ella?

En el silencio absoluto, en la oscuridad más cerrada, solo le quedaban a Ramiro el tacto y el olfato para brindarle ayuda. Tocando los muros y tanteando cada paso, el inesperado recuerdo de las cartas lo sobresaltó. Recuerdo que vino acompañado del aroma inconfundible de su autora. Dudó. ¿Acaso habría sido en orden inverso? El olfato es el sentido más cercano al cerebro, los adictos a sustancias exóticas provenientes del oriente lo saben muy bien. ¿podría ser entonces que hubiera llegado primero el aroma de Gloria y éste a su vez traído el recuerdo de las cartas? De ser así , ella estaría cerca.

Don Ramiro se concentró y empezó, como lo haría un perro de caza, a olfatear el ambiente. Lo sintió, ese aroma familiar que tantas veces había sido la puerta al único mundo que deseaba habitar, tocó sus narinas. ¡Si! ¡Debía seguirlo! ¡Era su única posibilidad!

Inspiraba cada cinco pasos, si el aroma aumentaba su intensidad significaba que estaba caminando en la dirección correcta, si por el contrario disminuía, ello evidenciaba su andar errado, tomaba entonces la dirección contraria.

Tras horas de aplicar su recién descubierto sistema, finalmente dio con Gloria. Ella lo esperaba. Cuando sin decir palabra alguna, la tomó en sus brazos para volver al amparo de la oscuridad, hasta Rocín, quien los llevaría lejos; Gloria, con un ademán abrupto tomó y abrigó contra su pecho un manojo de papeles. Eran todas las cartas que le había escrito a Ramiro en el lapso de su cautiverio.

Comenzaba, a Dios gracias, el tiempo de leerlas juntos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 8 de abril de 2015

Algo me pasa con la Edad Media. Cada vez que entro en contacto con ella, en muy diversas circunstancias, no solo me siento más que cómodo sino que me invade una atomósfera de familiaridad inexplicable. Lo vivo como un auténtico regreso al hogar. Pero además es un regreso que me deslumbra, me serena, me retiene y me extasía. Comparto su religiosidad, su profundidad, su romanticismo, su misticismo, sus valores y hasta su forma de medir fuerzas y resolver conflictos. También su supuesto oscurantismo, que para mí, tanto visto desde el rincón de las brujas, como de los monasterios, me invita a sumergirme en sus laberintos. A veces me siento un fuera del tiempo, un embajador de esa época en ésta, con la cual no comparto practicamente nada. La veo superficial, corrupta, materialista, pagana, subvertida y disvaliosa. Y más de una vez me pregunto qué debo hacer en este tiempo ajeno y si de veras vale la pena hacer algo. Dentro de la edad media, la española, desmintiendo mi apellido, me llega mucho más. Quizás sea por ello que cuando en a sesión inaugural del presente año del taller literario EL PRINCIPITO, la consigna de Susana Consolino fue EL AROMA, me propuse dejar vagar mi pluma. Y fue ella, la que muy despacio y con sumo placer me regaló el cuento que antecede. Empezó por los pesonajes que son un mal disimulado homenaje a la emblemática novela LA GLORIA DE DON RAMIRO de Enrique Larreta y armó una historia de caballeros y princesas enclaustradas que me hicieron emocionar al tiempo que la escribía. Me deleitó tanto hacerlo que, mientras prolongaba la cabalgata nocturna mucho más allá de lo aconsejable, dado el tiempo disponible, recordé con horror que estaba escribiendo un cuento y que debía ser breve. Espero que el desbalanceado desenlace no los moleste, esa fue la única causa. Yo que pensaba que jamás podría escribir una novela, creo que si le pongo castillos, espadas, brujas, monjes, princesas y héroes por lo menos me fascinará intentarlo.

Published in: on abril 13, 2015 at 7:16 pm  Dejar un comentario  

LA SONRISA

gato leon

 

LA SONRISA

Juan salió morosamente de la ducha, dispuesto a empezar un día más sin agenda.  Hacía ya cinco años que había cambiado de vida, tirando por la borda una totalmente programada en función a necesidades ajenas y adoptando una en que lo cotidiano era la sorpresa   y su propio errabundo deseo, sin apartarse un ápice de su propósito de vivir sin propósito alguno.

Ese día, en su camino al dormitorio, hizo algo novedoso: se detuvo un instante frente al espejo que ocupa íntegramente una pared del cuarto de baño. Se contempló en detalle.

Su cara había extraviado su forma angulosa en sospechosas  líneas curvas. Su barba había virado del castaño oscuro al grisáceo indefinido.  El contorno inferior de sus ojos se encontraba coronado por una suerte de bolsas de tinte azulado y permanencia obstinada.

El cabello había sufrido cierto reacomodamiento. Se había vuelto fino y escaso en los sitios que solía ocupar y negro y poblado en sitios insólitos como su espalda y abdomen. Dudó si se estaba mirando de frente, ya que sus musculosas nalgas, hoy lucían flácidas mientras que su vientre había  duplicado su volumen con cierta rebelde curva rigidez.

Su sonrisa había perdido gran parte de su encanto por unos dientes que se empeñaban en mostrar el deterioro ocasionado por las más de cinco décadas de roer alimentos y sus labios otrora sensuales denotaban una nada apetecible palidez.

Empeorándolo todo, su postura erguida de macho desafiante ya no era tan enhiesta ni lograba desafiar a nadie. Una rápida conversión de músculos en tejido graso y una incipiente sifosis de columna le daban la impronta de oficinista desvencijado.

Sin duda alguna, había entrado en la edad del deterioro. Hecho que en cada mañana reafirmaba la dificultad para ponerse en funcionamiento, en cada viaje aseveraba la necesidad de detenerse cada dos horas y  por lo menos una vez al mes lo recordaba su peregrinar por distintos especialistas a cargo de diversos achaques.

Sin embargo, Juan, mirándose al espejo, fijamente, sonrió.

¿Acaso se estaba riendo de si mismo, en línea con su rutinaria afirmación que la vejez en lugar de ser digna, es ridícula? ¿Acaso se reía porque le había jugado varias pulseadas a la muerte y todavía respiraba? ¿O acaso se reía de los demás, que pese a todos sus esfuerzos, no habían logrado impedir que se apropiara de unos años para él, para hacer veinticuatro horas por día lo que le viniera en gana?

No era así su sonrisa. No era ni jocosa, ni triunfalista, ni revanchista. Era una sonrisa muy dulce, plena de gozo, llena de paz.

La imagen en proceso de ruina que el espejo cruelmente devolvía, no tenía nada que ver con el modo en que él se sentía. Y fue la paradoja la que lo hizo sonreír.

Porque Juan se sentía hermoso, se sentía más pleno que nunca, se creía  bondadoso como jamás fue,  se veía capaz de las más impensadas hazañas, se observaba al comienzo del camino. El adentro de Juan no tenía nada que ver con su afuera. De ese adentro luminoso, el espejo solo captaba su sonrisa y la chispa de sus ojos, aunque ésta no era tan fácil de copiar por el cristal.

Existía una única razón: ella lo amaba.

Si, definitivamente, ella lo amaba. Y de un modo tan intenso que su amor se había hecho omnipresente. Juan no quería, pero tampoco podía, esconderse del cálido abrazo de su amor.

Ella lo amaba con el cuerpo, con la mente, con el alma. Con su ser completo. Y ella estaba etéreamente, día y noche donde quería estar, junto a él.

A Juan jamás lo habían amado así. Era más que probable que él  ni supiese amar de ese modo. Viejo andante de la noche, conocía de sobra el amor de las muñecas de abril y había gustado del amor pasional, tanto como sufrido del amor compromiso de las jaulas maritales. No le era desconocido el amor admiración que va siempre de la mano del éxito y cada tanto le había tocado paladear uno. Pero éste era diferente, lo percibía espiritual, naciente de la totalidad del ser,  imposible de combatir, superador de distancias, circunstancias y voluntades, incondicional y bienhechor.

El amor total que llegaba a Juan por vez primera había hecho cambios imposibles en su interior, ése al que el espejo no llegaba. Veía la balanza de la vida como más en equilibrio, las malas ya no eran ni tantas ni tan importantes.Por fin, tras largos fracasados intentos de todo tipo, se sentía capaz de perdonar las peores heridas. El sufrimiento ajeno,  que le había sido tan indiferente, que le había parecido hasta justo porque implicaba que los demás participasen en algo del dolor que atenazaba sus días, ingresó a su percepción y fue capaz de sentir una compasión por todos los sufrientes, absolutamente desconocida.

Dejó de sentirse solo. Esa orfandad, ese desamparo, esa amenazante intemperie en que lo había sumido, hace largos años la muerte de su madre, desapareció mágicamente.

El mayor cambio interior de Juan, había sido que por primera vez, dejó de mal juzgarse. Durante décadas, nada de lo que hacía o le sucedía parecía llenarlo. Todo era visto por él como algo menor, como algo sin importancia, como algo mínimo frente a  aquello que en su estrictísimo juicio propio necesitaba lograr, para ser digno de amor.

Entonces lo pudo ver. Su enojo con la vida, su ira incontenible que solía atribuir al desprecio que imaginaba que los demás sentían hacia él, era tan solo la proyección del desprecio que él mismo se tenía. Por alguna oculta razón Juan no se quería, no se amaba. Toda su aparente soberbia no era más que un eficiente disfraz a la paupérrima opinión que de si mismo tenía. Resulta imposible entonces amar si no se ama a uno mismo. El amor propio bien entendido, es la piedra basal del amor al otro. Juan tuvo entre sus manos el motivo del desamor que sembró a lo largo del camino.

Tarde, más que tarde, a Juan lo amaban. Ella lo amaba, como nadie, como nunca.  Y era su amor el que estaba sanando a Juan, dispuesto a no soltarlo hasta que Juan terminase su viaje de vuelta.

Juan sonreía ante el regalo, sonreía ante el don. Nada había hecho para merecerlo, pero los regalos no se merecen, se reciben. Nada había hecho para obtenerlo, pero los dones no se ganan, llegan.

Juan estaba empezando a ser otro y todo gracias al amor que ella sentía. ¿Qué haría Juan con él?  Toda idea que se le cruzaba, era rápidamente desechada por descabellada. Lo desesperaba hacer justamente lo necesario para perderlo. Lo sentía tan inmenso que le parecía imposible llegar alguna vez a corresponderlo.

Se convenció que por ahora lo único que podía hacer era dejarlo hacer. El amor tiene su propia lógica, su propia sabiduría, muy superior a la humana. Nace cuando y donde debe, va adonde es más necesario, hace su obra y sin permiso un día se retira.

Juan se contentaría entonces con lograr reflejarlo del modo más fiel posible, tal como tercamente seguía haciendo el plateado espejo con su sonrisa.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 13 de noviembre de 2014

Esta poesía canción del fantástico Jacques Brel debe tener uno 80 años, por Galilea anduvo Alguien que dijo lo mismo hace unos dos mil años y nosotros seguimos matando al mensajero y odiándonos por sobre todas las cosas. El amor solo y solo el amor cura tanto de a uno como de a muchos, tanto a uno como al otro, como a todos. Ojalá algún día lo entendamos.

Published in: on noviembre 13, 2014 at 8:18 pm  Comments (2)  

LATIDOS

Ecografía

LATIDOS

el puente inesperado

 

Gabriel se sentía acorralado por el stress. Luego de múltiples encontronazos, tanto en su carrera como en su vida personal había, en un impulso, decidido casarse nuevamente.

¿Por qué alguien tan racional como él, en las cosas más importantes de la vida, en especial las que tenían que ver con los afectos, solo sabía actuar por arrebatos?

Era bien consciente que estaba vivo de pura casualidad. Su estilo agresivo de vivir siempre al límite, le había jugado innúmeras malas pasadas, desde accidentes automovilísticos, hasta riñas callejeras, pasando por infinitas descomposturas y hechos tan infrecuentes como amenazas de muerte de sus enemigos políticos.

Le parecía que sin arriesgarse la vida era un insoportable hastío, hecho que lo empujaba casi compulsivamente a vivir buscando los bordes, las fronteras, los límites. Y éstos solían manifestarse de modo muy poco amable.

Hace apenas unos meses había tocado fondo. Solo la voz prudente de su psiquiatra en el teléfono, había postergado el suicidio con el que venía coqueteando.

Y ahora, casado de nuevo. ¿Para qué? Si siempre había denostado al matrimonio, considerándolo la tumba del amor, el nido de la discordia y la muerte de la libertad.

¿Lo habría hecho para suicidarse en cómodas cuotas, por no tener el valor de hacerlo al contado?

Nervioso como siempre, miró su agenda y leyó: “15 hs. Sanatorio, segundo piso, Ginecología”.

“¡Maldición, me olvidé!”, exclamó golpeándose la frente.

Salió como tromba de la oficina y llegó en estado calamitoso, tras correr a un taxi y subir volando las escaleras, al destino prefijado.

Sudoroso, jadeante, con la corbata corrida y despeinado, casi le gritó a la secretaria del médico.

“¡Beatriz Gómez! ¿Dónde está? Es mi esposa”.

“Se cansó de esperarlo Señor, ya está en el consultorio con el doctor” le respondió la niña.

Tratando de calmarse, irrumpió en el consultorio, le dio un beso a su esposa con cara de culpa y musitó un “¡Perdón!”.

Ella lo miró con calma, mientras el médico sacudió ligeramente la cabeza al tiempo que movía el ecógrafo por el abdomen de Beatriz y un pequeño muy pequeño, unido a un cordón, danzaba en una pantalla cercana de blanco y negro.

“Mirá quien anda por ahí”, dijo ella.

Incrédulo, el alma de Gabriel dio un vuelco, se quedó sin palabras.

El doctor movió la perilla del audio y unos rápidos latidos resonaron por el consultorio. Movió el ecógrafo y los latidos sonaron más fuerte aún.

Gabriel seguía mudo, los ojos fijos en la pantalla. Comenzó a lagrimear. Las lágrimas dieron paso al llanto y una mezcla incomprensible de risa nerviosa y sollozos en catarata, sacudió por un buen rato a toda su humanidad.

Ese pequeño danzante cuyo corazón retumbaba en el vientre de su esposa, su primer hijo, se le apareció sin aviso, un día cualquiera de su vertiginosa vida.

Y Gabriel lloraba y reía, reía y lloraba porque en él podía ver con total claridad al puente que había estado esperando y buscando por más de tres décadas. Un puente firme y sólido que lo rescatase de las garras de la muerte que lo cercaba y le enseñase de una vez por todas, el verdadero sentido y valor de la vida.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de agosto de 2014

Durante las dos semanas que pasé enclaustrado en mi refugio marino para poder dar forma al libro de ASOCIACION CHICHOS, me permití algunos lujos, que me sirvieron para paliar mínimamente el torbellino emocional que la escritura me produjo. Entre ellos asistí a dos reuniones del taller literario EL PRINCIPITO. En la segunda tenía que dar una breve charla sobre William Shakespeare y el amor, por lo cual concurrí pensando más en ello que en la tarea que Susana Consolino nos iba a encomendar. Cuando mencionó que la consigna era EL PUENTE, sonreí. No había tema más conocido para mí. En este mismo blog hay un escrito muy leído que se titula precisamente así (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/10/09/las-dos-orillas-y-el-puente-una-metafora-actual/) y me la paso hablando de los puentes que nos faltan hacia el otro y que nos debemos para poder constituirnos como una auténtica sociedad. Tarea sencilla a priori, podía seguir pensando en mi charla mientras escribía algo para cumplir.

Empero, al enfrentar el cuaderno en blanco, me atrapó la historia que antecede y pese a mi resistencia, fundada en que no quería agregar emoción a mi inquietud, sumado al hecho que venía sobrepasado de ellas, cedí a su encanto. Los escritores solemos escribir casi siempre acerca de lo vivido, aunque solemos adornarlo de fantasía, exagerar algunos aspectos, mentir en otros, soslayar los que nos incomodan, alterar los personajes, todo como parte de un juego que nos estimula y adoramos. Probablemente el que antecede sea el único cuento al que le cambié los nombres, simplemente para cambiar algo.

Vaya pues como homenaje a todas las madres en su día, en la esperanza que comprendan, que la maternidad es y será el mayor regalo que pueden llegar a hacerle a un hombre. No hay forma encantadora, natural o artificial, no hay moda provocante, no hay desempeño sexual, no hay canto de sirena, ni hay fantasía literaria capaz de volcar el fiel de la balanza, cuando en el otro platillo hay uno o varios niños en pañales.

Ah!, por cierto, escribí llorando, leí atragantado y después la charla de Shakespeare, salió razonablemente bien. Un lujo sí, pero no fue ningún descanso emocional antes de volver a sumergirme en las historias de los chichos.

Published in: on octubre 19, 2014 at 12:26 pm  Comments (1)  

NO SE

December 12th, 2010 @ 09:06:42

 

 

NO SÉ

El Almirante bajó el catalejo y sonrió satisfecho. “Los tenemos” pensó con una mueca interior que denotaba confianza plena en sí mismo.

Motivos no le faltaban. Hacía más de cuatro meses que estaba en alta mar tratando de ubicar a la flota enemiga. Jalonaban su carrera naval cientos de victorias, muchas de ellas en notable inferioridad de condiciones. Él era ya una leyenda viviente. Todos los niños imaginaban un futuro heroico como el suyo, todas las mujeres suspiraban con tan solo oír  su nombre y  probablemente por ello, todos los hombres del reino lo envidiaban de un modo tenaz.

Nada de eso le importaba, él siempre iba tras una hazaña mayor.

La nave insignia que navegaba gallardamente al frente de un centenar de navíos, era una de las mejor equipadas de su tiempo y por tanto temible para todo barco enemigo que solía vibrar de terror al intuir su silueta en el horizonte.

El Almirante confiaba ciegamente en sus fuerzas, su habilidad, su barco, su flota y sus marinos. En consecuencia no dudaba ni ante la más violenta tempestad. Solían relatar en los bares del puerto que en el curso de una de ellas,  parado firme ante el timón, mientras las olas inundaban la cubierta y los rayos sacudían la velas, en tanto todos a bordo buscaban refugio seguro, él, elevando sus ojos al cielo había exclamado: “Sigue intentando Dios, esfuérzate, tú nunca podrás conmigo”.

No vaciló entonces en abalanzarse sobre la flota enemiga con todo su poderío, una vez más. Y como ya había devenido costumbre, tras una larga y muy cruenta batalla, alcanzó una nueva y resonante victoria.

Atrapado el suculento botín, torció rumbo y comenzó el regreso de la flota al puerto de origen.

Durante el plácido viaje a casa, su mente no lo dejó en paz, presentándole imágenes cada vez más nítidas y fastuosas del esperable desembarco victorioso. A fin de ayudar al cumplimiento de su anhelo, envió adelantada a la embarcación más veloz de la flota, con el siguiente mensaje: “Enemigo derrotado completamente. Regreso a puerto con escasas bajas y amplio botín”.

¡Imaginó la gloria absoluta! Vio al Rey con la mismísima Reina, poco afecta a los actos oficiales, de pie, en el puerto esperando su llegada.  Atisbó en su mente al pueblo costero totalmente embanderado, a las más bellas mujeres arrojando flores a su paso y a los pescadores saliendo en sus barcas al encuentro de la flota.

En estas ensoñaciones, el Almirante seguro de si mismo, con su leyenda agigantada y saboreando en forma anticipada, su bien merecida gloria, navegó el mes que tardó en llegar a puerto.

Para su desdicha, los hechos no acompañaron sus sueños, ni siquiera mínimamente.

Entró a puerto una mañana de sol en la que fue recibido por los muelles desolados, un pueblo desierto y los botes pesqueros prolijamente fondeados.

¡NADIE, NADIE, NADIE, salió a su encuentro!

Tanto había esperado, imaginado y acariciado ese momento, que el deseo dio paso a la decepción y ésta a la indignación, en forma casi instantánea y brutal.

En un último intento desesperado, lanzó una salva de cañones y esperó alguna respuesta.

¡NADA, solo el silencio impenetrable!

Bajó a tierra el Almirante, hecho una furia, sólo para comprobar que todos huían de su presencia, ni bien la advertían.

Tan solo el loco del pueblo se plantó haciendo morisquetas ante él y entre acrobacias cantó:

“El Almirante victorioso llega,

y sueña con gran recibimiento,

no sabe que la peste anega,

familia y amigos con sufrimiento”

El viejo marino detuvo sus pasos, abrió grandes sus iracundos ojos e inquirió a los gritos al loco del pueblo: “¿Qué dices, pero qué dices?”

Nada coherente podía esperar por respuesta. Se dirigió a su casa a grandes zancadas, solo para comprobar, con sumo dolor que la canción del loco hablaba verdad. En su ausencia, la peste había golpeado con fuerza al reino y toda su familia, tanto como sus mejores amigos, hacía tiempo que estaban muertos.

El Almirante se derrumbó. De nada le había valido su victoria, ya de nada le servía ser una leyenda. Bramó, insultó, perjuró, blasfemó y lloró, lloró y lloró.

Todo aquello en que había creído firmemente, todo aquello por lo que había luchado con tesón toda su vida, todo le pareció de repente, pura vanidad.

Perdió en un solo instante todos sus anclajes, toda su fe, todas sus certezas.

Y se entregó a la duda, como un barco a la deriva en alta mar.

Orate, se lo ve, entre la bruma del puerto, caminar los muelles día y noche, con vacilante paso, muy sucio, sacudiendo la cabeza y emitiendo, cada tanto un gruñido, que los niños que ahora se ríen de su aspecto y de su eterno duelo, tradujeron por “No sé”.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 20 de agosto de 2014

 

Silvia Susana Consolino, fundadora y directora del Taller Literario EL PRINCIPITO desde hace 14 años en San Clemente del Tuyú, a quien me llevara mi pasión por conocer más de la historia de esa amada zona, no deja de sorprenderme. Y mucho más aún me sorprenden  las cosas que escribo, cada vez que me entrego a su conducción.

El cuento que antecede es una parábola sobre la soberbia y la vanidad, que no siempre ataca a seres vacuos, sino que también suelen ser víctimas insospechadas de esas enemigas del alma, gente con mucho mérito, con mucho esfuerzo, con demasiados triunfos en su haber. Hasta los monjes suelen sucumbir a ellas. En este último caso, el principio de obediencia y la sagacidad del abad hacen lo suyo. Me contaba un monje amigo que el premio que recibió del abad luego de una exitosísima y difícil gestión, nada menos que en Roma, fue el hacerse cargo durante un mes de la limpieza del establo.  Extramuros, no tenemos tanta suerte y a veces con sobrados argumentos “nos la creemos” o nos engreímos, para decirlo correctamente. Ante la falta de abad, es la propia vida que nos prepara el balde de agua helada, del tamaño adecuado a nuestra vanidad, para devolvernos a nuestra real dimensión de seres humanos, vulnerables, frágiles y pasajeros. Somos parte de la creación, a veces una parte distinguida, venerada, meritoria y envidiada, pero parte, tan solo parte, nunca el centro y son nuestras debilidades, nuestras carencias y finalmente nuestra mortalidad las que nos hermanan con las otras partes, quizás oscuras, quizás ignoradas, quizás segregadas y despreciadas.

En ocasiones el dolor de la caída nos hace recapacitar y comenzamos a transitar el camino de regreso a la virtud de la humildad. En otras, lamentablemente, el baldazo es demasiado fuerte, la caída demasiado dura y nos derrumba como al Almirante, respecto de quien ignoramos si al cabo de un tiempo recuperó la cordura. Pero nunca duden de su llegada, a veces tarda, pero siempre llega.

La sorpresa que Consolino nos tenía preparada fue que la consigna, en esta ocasión, consistió en escuchar unos minutos de música y estar atentos a qué palabras la propia música nos sugería. No se trataba de pensar, sino de estar atentos para descifrar si la música traía imágenes y ellas palabras. No nos fue revelado el título de la partitura ni su autor y se trató de tramos cambiantes. En mi caso reconocí al último como el doloroso Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni.

Contra mi expectativa, las imágenes fueron clarísimas y la sucesión de palabras que transcribo me regalaron completo mi cuento. La imagen central era un barco antiguo, un galeón navegando en el mar, batalla, victoria, navegación más tranquila, pena, duelo, inseguridad, duda, miedo y no sé. Hasta el título vino. El único que no apareció en ningún momento fue el protagonista. Ni falta que hacía, era yo mismo y como siempre soñé con ser Almirante, me vino de perillas. No tengo que hurgar demasiado en mi camino para reconocer que la batalla contra la soberbia me ha llevado años y he debido empeñar mis mejores esfuerzos para que no me domine.

Pero ahí no terminan las sorpresas. Cuando concurrí al taller del miércoles siguiente, me senté casi enfrente de donde me había sentado al escribir este cuento. Ahí fue que tome conciencia que en la reunión que NO SE me llegó, estaba sentado delante de una maqueta de un galeón antiguo, tal como el que vi, con los ojos bien cerrados, durante toda la consigna musical. Como estaba a mis espaldas, nunca posé mi vista en él y al cabo de la reunión me fui sin verlo.

Y por si todo esto no bastase para el asombro, a mi vuelta a Buenos Aires, debí profundizar a un poeta que admiro como es Hugo Mujica y conduje dos hermosas reuniones del café literario de la Biblioteca Popular Alberdi sobre sus escritos. Ayer, 13 de septiembre tomo conocimiento que su nuevo libro de ensayos se titula precisamente: El saber del no saberse.

Sabemos tan poco del cerebro, menos aun de la mente que ni siquiera la vemos y casi nada del espíritu, que se supone dirige a los otros dos. Me parece que a esa “conspiración de invisibilidades” como las llamaba Alejandra Pizarnik, las consignas de Silvia Susana Consolino, le hacen muy hábiles trampas, para que dejen de jugar a las escondidas y se expresen de una vez.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de septiembre de 2014

Escuchen a Pietro Mascagni y déjense sorprender por lo que escriban……..si se animan.

Published in: on septiembre 14, 2014 at 6:45 pm  Comments (1)