MAGIA DE INTEMPERIE

MAGIA DE INTEMPERIE

Acomodó sus maltrechos huesos como pudo, apoyó su cabeza en la palma de su mano derecha y cerró sus ojos. Le gustaban las noches, eran la mejor parte de su vida actual, porque indefectiblemente soñaba con ella. No siempre del mismo modo. A veces la recordaba como madre amamantando a sus hijos recién nacidos, otras veces como la espléndida amante que había sido – por lo menos con él-, en ciertas noches se le aparecía captando miradas de colegas en las reuniones formales a que lo acompañaba. Sin embargo, las noches en que más la disfrutaba eran aquellas en que se le presentaba en el banco de al lado de la secundaria ayudándolo en los exámenes, arreglándose la pollera cuando volvía de dar la lección, o mordiendo la birome si algún problema le exigía pensar demasiado.
La noche venía demasiado fría, el sueño debía superarse a si mismo, a modo de compensación. Y así sucedió. Ella apareció radiante con sus celestes ojos, su pelo lacio rubio y sus labios con forma de corazón, pero era bajita, tenía 6 años. Vivía en una casita encantada con forma de hongo debajo de un frondoso arrayán. De golpe, él también se vio en su propio sueño, dibujaba su rostro una enorme sonrisa y sus ojos se perdían buscándola. Era fresco, juguetón y atrevido, quizás un poco demasiado para sus 6 años de edad. Salió de su casita de madera junto a un cerezo florecido en pos de ella, quien lo recibió con suma alegría. Tomó su mano y caminaron juntos por un sendero de pétalos de rosa que se dirigía en forma directa hacia un arco iris. En el camino un perro peludo y barbudo junto a un gato tricolor y gordo, salieron a su encuentro y se sumaron a la marcha. Las aves trinaban y el sol esplendoroso le daba un brillo inusual a la cabellera de la niña, para deleite de su acompañante. Llegaron a un claro de verde césped recién cortado, donde se sentaron a conversar. Ella abrió su bolso y sacó un puñado de caramelos de tutti fruti, envueltos en papel de distintos colores, cada uno correspondiente a un fruta distinta. Se los ofreció derramándolos sobre el suelo en el pequeño espacio que había entre ambos. Él se sirvió uno que rápidamente desenvolvió y comenzó a degustar, ella tomó los restantes y los dejó, con un gentil ademán, en el bolsillo de él. Ante su mirada sorprendida y agradecida, ella dijo, con su dulce voz:
“Para después, por ahí me dan ganas”
Un bocinazo y unas gotas de agua fría sobre el rostro bastaron para despertarlo a medias. Abrió los ojos con dificultad, solo para comprobar que ya era de día. Estaba duro y dolorido, corrió la sucia manta que lo cubría y con unos muy cuidados movimientos se incorporó en su lecho de cartón, estratégicamente ubicado en el portal de entrada a un edificio, cuyo alero lo protegía de imprevistos chaparrones. Tambaleándose, pero feliz por haber soñado una vez más con ella, dirigió sus inseguros pasos al bar de la esquina, que, abriendo sumamente temprano, le permitía usar el baño si llegaba antes que los parroquianos. En el trayecto y como en una visión recordó esa noche aciaga en que la había perdido, por culpa de las drogas y el alcohol, tan venenosos como necesarios para lograr mantenerse en el alto cargo que su esfuerzo y capacidad le habían hecho ganar merecidamente. La maldita licitación internacional lo había forzado, por la diferencia horaria, a trabajar tres noches con sus días sin parar. Cuando llegó a su mansión, manejando como pudo, seguía acelerado. Ella le había comentado algo referido a la escolaridad de sus hijos y por toda respuesta, él la había molido a golpes. No lo denunció, simplemente se fue y nunca supo más nada ni de ella ni de sus hijos. Sencillamente los perdió. Fue lo primero que perdió, después perdió el trabajo, el auto, la mansión, los ahorros, la cabeza, la dignidad, la coherencia y terminó viviendo en la calle.
“¿Cuántas veces tengo que decirte que aquí no queremos pedigüeños?” sonó la voz desde adentro del bar, justo cuando él llegaba. Se abrió la puerta y un mozo corpulento la cruzó llevando en andas a una niña harapienta y descalza, a quien depositó en la vereda frente a él. Ella lloraba y sus cabellos sucios y desarreglados se mezclaban con sus mocos. Él sintió una pena infinita e instintivamente, aún dormido, llevó su mano al bolsillo para ver si daba con alguna moneda que sirviera de falso y transitorio consuelo. Tocó algo distinto que no recordaba haber puesto allí. Al sacar la mano del bolsillo, ésta se abrió y dejó caer entre ambos su ignoto contenido.
La niña dejó de llorar al ver frente a sí, una buena cantidad de caramelos de tutti fruti, envueltos en papeles de distintos colores, cada uno correspondiente a una fruta distinta.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 28 de agosto de 2018

Published in: on agosto 28, 2018 at 10:56 am  Dejar un comentario  

CONDUCTOR NOCTURNO

CONDUCTOR NOCTURNO

Se insultó por haber salido demasiado tarde. No es que no le guste manejar de noche, pero ni su vista ni sus reflejos son los de antaño. Es por eso que trata de llegar a destino siempre antes que anochezca. Demasiado lejos quedaron los días en que volaba por cintas asfálticas de madrugada. Solía andar incluso más rápido que de día y tenía varias justificaciones para ello. “El sol me duerme”, “el paisaje me distrae”, “la claridad del día me encandila”, etc. etc. etc. En fin, cosas de joven, ya no lo era y por varias décadas.
Hizo un último intento para que el tramo nocturno fuese lo más corto posible, aceleró omitiendo la velocidad máxima permitida. 130….140,,,,,,150 y algo más. ¿Cuánto hacía que no manejaba a ese ritmo? Ni siquiera se acordaba, 20 años por lo menos. Al poco tiempo la contractura en el cuello y una leve taquicardia le impidieron sostenerlo. Volvió a los 120 y se resignó. “Medio viaje a oscuras, me lo merezco, algún día aprenderé a madrugar”
Había sido un día bellísimo de sol y el anochecer no le fue en zaga. A su izquierda, sobre los campos, el astro rey se puso iluminando en sus estertores la pampa verde, con un arrebol que, modificándose por minuto, quedó suspendido en el cielo un largo tiempo.
De pronto quedó a oscuras. Y se angustió. Se acordó de otra angustia y de otra más. Recordó también porque nunca iniciaba viajes antes del anochecer, mucho menos si éstos eran largos y con destino incierto. “La noche en un auto te hace ver lo solo que estás” se dijo. No era una frase nueva, la había descubierto 35 años atrás, uno después de esa maldita guerra, cuando el día de su cumpleaños, un enero decidió irse solo al sur, a descubrir por sí mismo, los escenarios, al menos los continentales del conflicto. Partió de San Clemente y ……..tuvo que pernoctar en Tandil. El anochecer rutero lo había angustiado tanto que necesitó una noche de reflexión para ver si se animaba a la aventura. La mañana serrana hermosa del día siguiente lo terminó por lanzar al camino.
“Si por lo menos hubiera tráfico, debería prestar más atención”. Nadie, la ruta totalmente desierta, la noche con apariencia de eterna, sus manos apenas visibles sobre el volante y la tenue luz del tablero que no alcanzaba a iluminar un par de lágrimas que muy lentamente rodaban por su cara. En el cielo, un cuarto creciente de luna apenas comenzado, un Marte cercano y un Venus que no podía con la negrura. Tampoco él con su angustia.
Se alejaba, cada kilómetro un poco más. Entonces, escondida en el torbellino de sus pensamientos, ella llegó, como siempre lo hacía cuando él le permitía a su enérgico ánimo, el lujo de decaer. Era tan real, tan nítida, tan sentida.
Por casi la primera mitad del trayecto a oscuras, se olvidó de la angustia y se solazó en contemplarla. Tan absorto quedó en la tarea, que ahora agradecía que esa ruta a esa hora fuese un juego de niños, manejaba sin prestarle casi ninguna atención.
Hizo una breve pausa para tomar un café, el día había sido largo y temía que en el tramo faltante lo acometiera el sueño. Estiró las piernas, su maltrecha rodilla se lo agradeció.
Cuando reanudó la marcha la extrañó, ya no lo acompañaba. Para no volver a angustiarse con pensamientos tenebrosos, típicos de esa hora en soledad, quiso desentrañar el misterio de la aparición que como otras veces, había sabido consolarlo. Se formuló entonces interminables preguntas, dos de ellas comenzaron a obsesionarlo:
-¿Soy yo que la traigo o es ella que viene?
-¿Soy yo que la pienso o es ella que me piensa?
Fue de una a otra miles de veces, mientras los solitarios kilómetros fueron pasando a oscuras, uno tras otro.
Ya estaba a las puertas de Buenos Aires cuando de pronto recordó que desde joven también lo acompañaba un severo defecto: preguntarse idioteces.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 16 de agosto de 2018

Published in: on agosto 16, 2018 at 12:43 am  Comments (2)  

ETERNIDAD

ETERNIDAD

Venían a por él y el poeta lo sabía, nadie tolera la fantasía, a casi todos lastima la espiritualidad, sencillamente por incomprensión. En su nulo o pobre vuelo creen que el poeta es como ellos, que sus pies tocan el piso, que todo sentimiento necesariamente debe ser carnal. Imposible que un águila y una nutria describan el paisaje de igual forma. Algo tenía que hacer para tornar eterno su vuelo, aunque ya no lo dejasen volar, aunque le cobrasen muy caro su éxtasis, aunque lo intentasen todo por apresar su espíritu.
Para el poeta la trascendencia, la única forma que estima de apresar momentos y hacerlos perpetuos es a pura letra y tinta, para eso escribe, para recordar en las horas oscuras, cuánto y cómo fue atronadoramente feliz. Entonces, si el vuelo había sido largo, si los momentos de altura, paisaje y gozo habían sido muchos, junto a los tristes de tanta duda, de tanto desasosiego interior, la respuesta no se hizo esperar, tenía que hacer un libro que recopilarse todo. Y debía hacerlo rápido, no conocía su tiempo de gracia, el tiempo que diferirían su sentencia de muerte, que era para él, no otra cosa que vivir inmerso en la cotidianeidad material.
Con la paz del condenado, con la resignación de lo inevitable, armó el libro en una exhalación. El sentido y el orden fueron apareciendo solos, como si contase con una ayuda proveniente de un sitio, que sospechaba pero no tenía forma de comprobar. Hasta las páginas más difíciles se tornaron sencillas, la búsqueda de la tapa se hizo breve y la siempre dificultosa contratapa fue escrita al correr de la pluma. En un tiempo brevísimo el libro estuvo en manos del editor, las siempre tediosas correcciones volaron e incluso en el proceso, aparecieron nuevas poesías, breves vuelos nocturnos que fueron incluidos de apuro.
Un día el libro, su libro, el de sus ratos de luz, el de sus pozos de sombra, pasó a ser una bella, anaranjada, realidad material. Profundamente conmovido, lagrimeando sin cesar, lo fue a buscar. Mientras volvía, sin atreverse a abrirlo y espiándolo mientras manejaba, una sensación extraña comenzó a apoderarse del poeta. Algo se movía en su corazón, como pugnando por entrar. Acostumbrado a escuchar su cuerpo, sabedor que todos los movimientos espirituales terminan evidenciándose en su físico, lo dejó ser. Sin temor alguno, notó que dicha sensación sentida era dulce, muy dulce y que envolvía como en un abrazo, todo su corazón, cuyos latidos empezó a escuchar. No galopaba, no eran arrítmicos, eran serenos, felices, de bienvenida. Poco se preocupó en saber de qué se trataba, menos de su salud cardíaca, se dedicó tan solo a disfrutar el inmenso gozo que desde su corazón, iluminó todo su cuerpo, trepó a su garganta y emergió por sus ojos hecho un torrente incontenible de lágrimas de alegría. Esa noche el misterio dejó de serlo. Guiomar, su Guiomar ya no venía de visita al pensarlo, tampoco necesitaba él cruzar en vuelo la oscuridad hasta su lecho, ella había comenzado a vivir con él, en él, para siempre a salvo de aquellos sin alas, que jamás lo entenderán.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 6 de julio de 2018

Published in: on julio 6, 2018 at 1:42 pm  Comments (1)  

LA FONTANA DE TREVI

LA FONTANA DE TREVI

El sabor de la orfandad

El cuadro es casi tan viejo como él. Es doble, contiene dos fotos tomadas en el mismo lugar del mismo borde de la misma fuente, la de Trevi, esa cuyo fondo se llena de monedas arrojadas por viajeros de todo el orbe. Ambas son en blanco y negro. En la de la derecha un orgulloso padre, vestido de riguroso traje y corbata, sonriente y peinado para atrás sostiene a un niño parado en sus rodillas, de 18 meses de edad, lleno de rulos, cara regordeta y de punta en blanco, luciendo una sonrisa que amenaza escapar de sus cachetes. Los dos desbordan felicidad. En la de la izquierda una señora vestida en un elegante tailleur gris sostiene desde atrás al mismo niño quien, aprovechando la habitual permisividad materna, en lugar de quedarse quieto intenta escapar caminando sobre el borde. Ambos sonríen, también desbordan felicidad.
Es uno de los pocos cuadros que sobrevivieron a la furia de Gabriel, un muy triste día, un lustro atrás en el que pensó que arrebatadamente podría reconfigurar la apariencia de la casa paterna, para poder usarla con algo menos de angustia. Casi todos los otros fueron a dar envueltos a un armario, éste no, ni siquiera lo cambió de lugar. Algo en él le inspiraba una rara mezcla de paz y ternura.
Está ubicado en la pared de la escalera que comunica la planta baja del PH de Almagro con la planta alta donde siguen intocados el que fuera su dormitorio, el que ocuparan sus padres y el pequeño escritorio que en la actualidad desborda de libros y que es el único ambiente que, a sus 61 años, Gabriel sigue utilizando con bastante frecuencia. Tanta sabiduría silenciosa es de las mejores companías que ha sabido procurarse a esta altura del baile.
De modo que tanto de llegada como de salida, Gabriel no puede evitar pasar por delante del cuadro que nos ocupa. Una forma de mentirse que sus padres, desaparecido él hace 48 años y ella hace 10, siguen acompañándolo en ese lugar.
No se acuerda ni cuándo ni cómo Gabriel se hizo la costumbre de saludarlos a la pasada.
“Hola pa, hola ma” dice al llegar.
“Chau pa, chau ma” dice al salir, tirándole a cada uno un sentido beso con la mano derecha.
Si consideramos que Gabriel suele ir a la casa paterna por lo menos una vez a la semana, el descripto ha pasado a ser un rito repetido 52 veces al año, durante aproximadamente 8, lo que equivale a decir que antes del hecho que nos ocupa, el rito fue repetido, inocentemente y sin consecuencias, unas 416 veces.
El domingo pasado fue distinto. Todavía está Gabriel cavilando porqué. Repasa mentalmente sus pensamientos de ese día, su actividad, los detalles de aquello que hizo o dejó de hacer en la casa paterna, antes de emprender la retirada para dar con un disparador posible, pero no ha encontrado de talle revelador alguno. Simplemente sucedió.
Gabriel pasó cabizbajo por el cuadro, tiró los consabidos besos mientras musitaba los chau pero al llegar al descanso de la escalera, donde ésta gira, apenas tres escalones tras el cuadro, algo lo detuvo. Quiso continuar bajando y sus piernas se negaron a obedecer, súbitamente se sintió tan pero tan débil que tuvo que apoyarse en la pared y sintió claramente como una fuerza, poco contrastable a esta altura de su debilidad, le giró la cabeza hasta situar sus ojos fijos en el cuadro. Sin entender aún qué estaba sucediendo, se escuchó hablar solo en una voz pausada y perfectamente entendible, en lo que sería el comienzo de un muy largo soliloquio.
“Gracias y perdón pa y ma. Gracias por haberme dado todo, por haberme deseado fervientemente durante largos nueve años, por haberse sacrificado intensamente para que tuviera la mejor educación disponible, por haberme amado tanto, por haberme enseñado a defenderme en la vida, por haberme legado esta casa que es hoy mi refugio, por haber sido personas de bien. Perdón por no ser nada de lo que seguramente ustedes hubieran querido. Es verdad que no lo tengo muy claro, pues nunca tuve la ocasión de discutir el proyecto de vida que tenían para mi. Es decir que mi frustración por haberlos defraudado tiene más de imaginaria que real. Yo supongo que vos pa hubieras querido que a esta altura fuese alguien poderoso, ocupando algun puesto importante, conduciendo mucha gente, haciéndome respetar mucho y pagar bien. Y yo por el contrario elegí ser libre porque entendí que el poder esclaviza a las dos puntas de la cadena. Yo también supongo que vos ma hubieras querido que fuese un buen hombre de familia. Y yo ni soy de familia, ni soy un buen hombre. Llevo la vida familiar como una carga, no soy la causa de ninguna felicidad en torno mío y estoy más que lejos de ser bueno. Mis guerras, mis múltiples guerras a lo largo del camino me han dejado un resabio de odio y resentimiento que me cuesta mucho sacudir. No siempre pienso bien del otro, casi siempre todo lo contrario, soy muy desconfiado, estoy muy herido ma y eso no me hace bueno. Es verdad que no ando por ahí maltratando gente, pero si ando siempre listo para reaccionar cada vez que alguien me busca. Ello no me ha traído paz y dista muchísimo de lo que me has enseñado con tu vida ejemplar.”
Y el soliloquio continuó creciendo, tanto en detalles como en angustia, hasta llegar al punto en que Gabriel comenzó a quebrarse.
“ Fue muy difícil vivir con el dolor de perderlos. Es que me acuerdo de todo. ¡Qué mentira es el tiempo! Todo sucedió aquí, en estos mismos sitios donde hoy, ya viejo, transito y a mi me parece que pasó ayer o peor aún, que está pasando ahora. Me acuerdo de esa mañana de marzo, el día 10 precisamente, cuando te descompusiste pa. El mueble ese de la cortina de enrollar que está ahora en el comedor diario, estaba aquí arriba y te vi tomado a él, con los ojos llenos de miedo, respirando con dificultad. Estabas vestido para ir a trabajar, pero era claro que no ibas a poder ir. Y yo a mis trece años, de pantalón corto te miré atónito y me di cuenta que adentro tuyo algo grave sucedía. Las piernas no te sostenían y ma me pidió que fuese a buscar un médico. Mi reflejo ante la muerte es correr, ya lo había experimentado con la muerte súbita de mi abuela, tres años antes, allá en Temperley, donde volé por la calle Anchorena hasta la clínica y corrí pidiendo ayuda a los gritos por los pasillos de la misma hasta que alguien buscó al Doctor Cione que solía atenderla, con quien volví a casa solo para constatar que la abuela ya se había ido. La escena trágicamente se repetía, estaba solo y corriendo. Nos habíamos mudado apenas un año antes, de modo que no conocía a nadie, sali a la calle sin saber adónde buscar un médico. Vi que la casa de enfrente tenía una placa de médico, pensé que Dios me daba una mano, toqué desesperadamente el timbre, golpeé la puerta y el doctor cuyo nombre no quiero acordarme, no quiso salir, desde una ventana me echaron. Me llené de odio, nunca pude saludarlo y el día que al facultativo catedrático le tocó el turno de partir, confieso que me alegré. Seguí corriendo por la calle mirando cada casa a ver si daba con un doctor más humano ante la desgracia ajena y en la tercera cuadra lo encontré. Al estilo del doctor de Temperley dejó el consultorio y volvió conmigo a revisarte. Te encontré en la cama casi sin poder respirar y en esa misma cama de esa misma pieza de aquí arriba, el buen doctor nos tranquilizó y te medicó. Neumotorax espontáneo dijo, y yo aprendí una palabra en el mismo intante que comencé a temerla. Tengo apenas unos meses más de edad que los tuyos en ese día fatídico, es decir que a mi edad vos ya no existías, por lo menos en esta casa. La tarde fue peor. Inquieto por tu ausencia en una reunión importante, tu jefe mandó a casa al mejor especialista del país a revisarte, a su costo, nosotros no podíamos haberlo pagado. Tampoco quiero recordar su nombre, llegó como si fuera el presidente, escuchó y despreció al buen médico que yo había traído y dijo que había que internarte y operarte. Ma y yo no sabíamos a quien hacerle caso. Y nos equivocamos pa, nos equivocamos, hicimos caso a los pergaminos y no a la bondad. Esa misma noche vino la ambulancia a llevarte y recuerdos tus palabras al salir de esta casa para no volver nunca más. No son tuyas, son de Dante “La comedia e finita”. 14 días después la comedia de tu vida terminó con mucho sufrimiento en un Hospital de Agudos, luego que en el caro sanatorio que costeó tu jefe todo saliera horrible. Me veo inventándonos una fábula con ma, en ese mismo escritorio de allí, que nos sirvió para mitigar el dolor. Vos viajabas mucho y con ma quedamos en que haríamos como si te hubieras ido a un viaje largo, muy largo, del cual tardarías mucho en regresar. Para ma la espera terminó, 38 años después de ese día de marzo se reunió contigo y así me lo hizo saber en la misma capilla de Jardín de Paz, una semana después de su sepelio, para mi aún sigue, pero debo confesar que muchas veces en sueños te vi volver de dicho viaje. En algunas te recibí con sorpresa, en otras con alegría, y en otras pocas el sueño fue tan real que me convencí que lo sucedido en este sitio había sido todo mentira. Pero me llené de odio pa, contra la clínica, contra el especialista, contra las monjas enfermeras, juré y soñé venganzas que afortunadamente lejos estuve de llevar a término y lo que es peor, de odio hacia mí mismo, por haberme equivocado”
A esta altura Gabriel hablaba entre llantos, angustiado y compungido como un pequeño niño, pero de ninguna manera podía o quería interrumpir su soliloquio.
“No me pude despedir de vos, lo hice unos breves minutos en esa horrible sala de terapia intensiva llena de gente sufriendo. Estabas todo hinchado y entubado. No pude decirte nada, solo mirarte con una profunda pena y llevarme tu mirada sufriente, sobre todo de impotencia por saber que ya no podrías acompañar mi crecimiento, angustia que hasta tu total confianza en ma no sabía paliar. Te dí el que sería mi último beso, porque el siguiente fue a tu cuerpo frío en el cajón con el que volviste a casa. Recuerdo todo pa, con una claridad increíble. El comedor lleno de gente, ma rodeada de gente, vestida de negro, roja de llanto y yo solo, en el comedor diario pateando una pelota contra la pared. Me habían mandado allí a hacerlo porque como lo estaba haciendo en el patio, el ruido molestaba a quienes asistían al velatorio. Ese 24 de marzo saldríamos contigo en el primero de muchísimos viajes a Chacarita, paseo obligado por casi 7 años de todos los fines de semana, llegué a odiar el lugar, con todas mis fuerzas.”
“Después aquí también sucedió lo de ma, pero fue muy distinto, ella avisó y me despedí un montón de veces. Desde aquél loco 1 de febrero de 2005 en que se cayó, hasta el día de su partida el 12 de junio de 2008 la internamos 7 veces, creyendo cada vez que era la última. Recuerdo cada rincón de esta casa donde me senté desesperado, el dolor de cada momento, está todo más fresco. La vez que me desplomé en el sillón aquí arriba a mirar el cielo para hallar un poco de paz. O la otra vez que me acurruqué al final de esta misma escalera mirándote ma, sufriendo en la cama de la internación domiciliaria, enchufada a mil aparatos y al tubo de oxígeno, con Ana controlándolos como podía. Todavía no tengo idea como hice para seguir trabajando esos tres años y medio que duró tu odisea. Se me aparece con claridad ese maldito shock room del Sanatorio Los Arcos cuando entreví tus pechos tras la bata y me dije que se estaba muriendo lo que me había alimentado casi por dos años, o cuando en la habitación te higienizaron el vientre y sentí que ese había sido mi hogar por más de nueve meses, el cual pronto se derrumbaría. Siento todo en mi, todas esas angustias estan volviendo ma y duelen, duelen, duelen. Y recuerdo el último día, que volví con Ana del sanatorio del final, el suizo argentino de Pueyrredón y Santa Fé del cual saliste yerta tras 15 días de terapia intensiva, donde iba y rezaba a tu lado ¿qué mas podía hacer?. Volvimos en silencio, sabiendo que en cualquier momento llamarían de la clínica, pero en algún lugar habia que pasar el tiempo entre los partes médicos. Yo ya no podía trabajar, esos 15 días del final, solo atinaba a ir al sanatorio a recibir el parte y rezar un rato a tu lado. Hubo un día que me demoré y creyendo que no había nadie, vi a enfermeros y médicos trayendo a un recién operado todo entubado e inconsciente haciendo chistes groseros sobre el mismo, pensé que debía ser la única manera de convivir con la muerte cotidiana, riéndose de aquello que no tiene gracia alguna. Ese 12 de junio me senté en el escritorio ma, a mirar los libros cuando de pronto una puntada en el medio de la espalda me quitó la respiración y sentí, ¡cómo sentí!, el desgarro de tu muerte. Sentí tu muerte, mi muerte, la muerte. Con el puñal clavado en la mitad de la columna salí a la terrazita, esa que está aquí detrás de la pared y me puse a aplicar lo que había aprendido en yoga para forzar una respiración profunda, sentado en posición de loto al sol. El dolor no pasaba ma, me atravesaba y ya salía por el pecho, creí que tenía un infarto. De pronto cesó y supe que habías partido. Apenas, apenas, apenas, pude quedarme aquí y dejarte ir. No sé, nunca lo sabré de quien fue la culpa, si tuya que no querías dejarme solo o mía que no quería perderte. Miré al cielo, me incorporé como pude, volví al escritorio al mismo tiempo que sonó el teléfono desde el cual una voz metálica me dijo que “la señora cambió de estado, le pedimos que venga”. ¿Cambió de estado?, vaya forma curiosa de decir se murió, jamás entenderé los protocolos médicos. Fui con Ana, que estuvo a mi lado todo el tiempo a hacer los trámites, organizar el velorio y el sepelio, elegir el cajón. Esta vez no fue en casa, no hubiera tolerado verla de nuevo llena de caras extrañas, podía pagar una sala y lo hice. Uno funciona en piloto automático, hace todo y no siente casi nada. Solo alivio ma, tanto que cuando me subí al auto fúnebre que me trajo de vuelta desde Pilar dije para sorpresa de todos “no puedo creer que esta pesadilla terminó”. Había terminado efectivamente, pero solo para dar lugar al comienzo de otra, la del duelo, que continúa, como podes ver.”
La cara de Gabriel era un barrial, los sollozos le subían y bajaban el pecho y se había deslizado por la pared hasta quedar de cuclillas, pero siguió.
“Perdoname por el estado en que está esta casa, nunca pude ocuparme de ella como corresponde, y no puedo desprenderme tampoco, lo intenté miles de veces, es cierto no pedí ni ayuda ni compañía pero tampoco nadie la ofreció y yo estoy aquí a mitad camino del duelo, atado a estas baldosas, a estas paredes, a los recuerdos del dolor.
Intenté mentirme que aquí aún había vida, por eso mantuve las plantas, por unos años venía solo para regarlas a todas, hoy ya las estoy dejando secar. Y dejé las tortugas para obligarme a venir, de no estar ellas, la casa estaría aún peor, porque por meses no habría cruzado esa puerta, donde equivocadamente más de una vez toqué el timbre esperando que me abras. La protegí, pero no la mantuve, te prometo ma y espero esta vez cumplir, que la volveré a poner en condiciones, verla tan en ruinas me hace tanto mal como te haría a ti.”
Tan sorpresivamente como había comenzado y sin tener idea de cuánto tiempo efectivo había insumido, el soliloquio acabó, la angustia también. Gabriel pudo al tiempo incorporarse de su incómoda posición y sin lavarse la cara se dispuso a partir. Le dio una última mirada al cuadro y comprendió la razón de su larga supervivencia en ese sitio, era un testigo fiel, el último, el único a mano que le recordaba que hubo un tiempo en que los tres habían estado juntos y habían sido felices, más allá, antes, de la tremenda mochila de dolor y odio que Gabriel había tenido que cargar por tanto años desde su partida.
Con la cara aún goteando lágrimas apagó la luz y pensó que no tenía memoria alguna de su paso por la fontana de Trevi, salvo la que surgía del cuadro y que por supuesto nunca le habían dicho sus padres si habían arrojado alguna moneda a ella y de haberlo formulado, cuál había sido su deseo. Solo pensó que de haber tenido la oportunidad de arrojar él una moneda en este instante, su único deseo hubiera sido sin duda alguna, en algún lugar y de la forma que fuese, reencontrar a pa y a ma. Quizás así podría, por un nuevo instante, volver a sonreír.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 31 de mayo de 2018

Published in: on junio 1, 2018 at 1:48 am  Dejar un comentario  

LA RENUNCIA

 

LA RENUNCIA

Pateó un caracol, estaba incómodo y desorientado, algo bastante feo de sentir al mismo tiempo. Hasta el ruido del mar le molestaba y los graznidos de las gaviotas, revoloteando por sobre su cabeza, solo le motivaban a apedrearlas.
Debía renunciar y no quería, ni siquiera se animaba a saber si podría. Empero estaba bien seguro que debía hacerlo. Obsesivo y mental como era, le había dado mil vueltas al asunto, ni una sola de ellas lo alentó a seguir con una situación que se había transformado en una tortura continua, diurna y nocturna.
Se sentó en la arena a mirar el mar. Una tormenta se avecinaba ese triste atardecer sobre el Cabo San Antonio, todo era un desierto afuera, excepto por las molestas gaviotas. En cambio, adentro, era un hervidero de multitudes, su mente disparada saltaba de uno a otro por todos los protagonistas de la historia a que debía renunciar. Si bien pensar no tenía ningún sentido, pues ya lo había pensado todo, previsto todo, diseñado todo, espiado hasta donde la vista primero y la imaginación después le permitieron, los caminos contrarios a la renuncia que se abrían delante de él, lisa y llanamente no podía dejar de hacerlo. Algo en su más profundo ser seguía resistiéndose a la ejecución de la decisión inevitable.
Su perro lo sacó a lengüetazos de su ensimismamiento, quería volver, se daba cuenta que el paseo, desagradable como el clima, había finalizado. A regañadientes se levantó, cruzó la calle, dejó al perro solo en su departamento y volvió a la playa, fría y oscura, como su alma. Se dispuso a esperar la lluvia tras un médano que lo protegiera del viento que comenzaba a arreciar.
Él sabía renunciar, a lo largo de su vida había firmado y ejecutado varias renuncias, y en todas ellas lo había hecho sin volver la vista atrás, sin un dejo de arrepentimiento, con algún escozor de dolor, pero sin dudarlo y aprendiendo con cada una a que toda renuncia implica siempre un alivio, que el camino nuevo aparece en sus primeros metros como apañado por un hechizo que ayuda y que en definitiva siempre, pero siempre, un paso llevaba a otro y cada uno no hacía más que reafirmar la decisión tomada. No era tan difícil renunciar, al fin y al cabo, pues desde el momento en que uno se plantea la posibilidad de hacerlo es porque algo no anda del todo bien en el lugar que se ocupa.
Las gaviotas se habían ocultado a la misma velocidad que los últimos vestigios de luz, el viento silbaba en rachas y el invisible mar rugía fuerte, la amenazadora tormenta venía con sus atributos a descargarse en la playa. Empero, sosteniendo su posición de observador adelantado, él pensaba y los recuerdos, en torbellino, tomaban luz en su memoria.
Aquél último día en su primer empleo y el alivio de decirle en la cara a todos lo que pensaba de ellos, el adiós al pilotaje, un breve matrimonio fallido, su último partido de tenis, la partida entre amenazas de bomba de su función pública, el crucial momento cuando sus hijos, crecimiento mediante, empezaron a tomar sus propias decisiones, el último cliente, el nunca más a su profesión.
Todo estaba ahi, delante en la oscuridad, casi podía ver a los habitantes de cada momento. Quiso pensar que ello era para darle ánimos, para decirle que no era tan grave renunciar, que la vida tiene ciclos, que son todos más que necesarios, en fin, que nada es para siempre, como dice la canción.
Otra parte de él, sin embargo le presentó adioses más complejos, el exilio de su pueblo natal, alguna radicación laboral en el extranjero, el alejamiento de un amigo, la muerte de otros y las durísimas experiencias de las partidas de su abuela, su padre y su madre que implicaron duelos y renuncias forzados y extendidos en el tiempo.
Pero nada de ello se parecía ni siquiera mínimamente a la renuncia a que se enfrentaba ahora, se dio cuenta que su experiencia no le servía en absoluto lo que hizo desaparecer al instante cualquier recuerdo.
El primer rayo sobre el mar le iluminó la cara y segundos después un trueno lo aturdió, la tormenta llegaba, la tenía encima. Como en un trágico eco, su alma vibró en luz y sonido al sentir el desgarro que le provocó reconocer que tantas batallas, tantas vicisitudes, tantas heridas, tantos años no le habían enseñado a renunciar a un sentimiento, irresistible, arrollador, cálido, reconstructor y vivo, más vivo aun que él.
La oportuna lluvia comenzó a bañarlo mientras muy lentamente emprendía el regreso. Ello impidió distinguir en su rostro las gotas de la tormenta costera, de las lágrimas de su tormenta interior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 12 de mayo de 2018

Published in: on mayo 12, 2018 at 8:56 pm  Comments (2)  

TRAPECIO

 

TRAPECIO

Una cuestión de confianza

Con una profunda reverencia Gabriel agradeció los aplausos del público, al que no veía por los reflectores que tenía encima y cuyo haz de luz reflejaban en multitud de colores las lentejuelas de su chaqueta. Liberó sus brazos del brillante atuendo y con suma agilidad se dirigió a la escalera vertical que llevaba a las alturas donde los valientes se atreven, casi tocando el techo de la carpa del circo para el que trabajaba desde hacía cinco años. Los reflectores lo siguieron e iluminaron su carrera a grandes zancadas, revelando sus magníficamente torneados músculos de miembros superiores e inferiores, así como su trabajada espalda.
Trepó de un salto y ascendió veloz al compás de los redoblantes que llenaron a la multitud de un tenso temor expectante. Todos los ojos de los asistentes ascendieron con él, dudando entre la admiración y la compasión. Algunos eligieron no mirar, otros se taparon la boca preventivamente por si algún involuntario grito los sorprendía. Sin excepción pensaron que los trapecistas no eran humanos, debían ser una raza extraterrestre, o bien dotada de poderes especiales o por el contrario carente por completo de ese fantasma acosador de la vida humana: el temor a la muerte.
Gabriel no tenía miedo alguno, confiaba tanto en sus fuerzas, como en su entrenamiento. No era un número nuevo, lo había llevado a cabo en muchas ocasiones durante la gira por el interior del país que culminaba esa noche con la primera de las funciones en pleno Puerto Madero, el barrio “cool” de la capital argentina. Por si ello no bastaba, durante el día lo había realizado unas cuantas veces sin caer en la red colocada allá abajo, a la altura justo para que la caída la hundiera sin tocar el piso.
Confiaba Gabriel también en su compañero, el que estaba en la escalera de enfrente aguardándolo y balanceando el trapecio vacío. De los cinco años de trabajo, llevaba tres compartidos con Javier, le conocía vida, obra, amantes y lo más importante, miedos y valores. El sabía que su vida estaba en sus manos y uno no pone la vida en manos de cualquiera, por más trapecista que sea.
Mientras terminaba el ascenso, una inquietud lo invadió, aún recordaba el diálogo:
-Es Buenos Aires Gabriel, Puerto Madero para mejor, vas a salir en todos los noticieros, en todos los diarios, miles subirán el video a las redes sociales ¿te animás a saltar a la fama en serio?
-¿Qué esperás de mi Gaspar?
-Que te animes a hacer el número sin red, la gente viene por morbo, quiere que haya riesgo, vos sabés que hay muchos trapecistas que trabajan sin red.
-Siempre te dije que están locos, esto es un trabajo, no un suicidio.
-Pensalo.
Y Gabriel había aceptado, una paga excepcional, un poco de vanidad, un deseo secreto de ser convocado por un circo más importante, había sido un mezcla poco resistible. Allí estaba él, dispuesto a hacer un número que conocía bien pero……sin red. Fallar era equivalente a morir.
En el pequeño cuadrado que lo sostenía, respiró hondo, con el trapecio en sus manos. Eligió no mirar hacia abajo y ahuyentar toda inquietud. Flexionó las rodillas, miró fijo a su compañero en el otro pequeño cuadrado, quien también sostenía el trapecio que lanzado vacío, debía ser el que al final de la pirueta aérea cayera en sus manos, para llegar sano y salvo al otro lado del abismo.
Dicho trapecio no estaría todo el tiempo en su campo visual. Mientras él daba vueltas en el aire, impulsado por su trapecio el pequeño tramo de madera que debería atrapar estaría recorriendo su propio vaivén justo a sus espaldas. Era el punto ciego, el de máxima tensión del número y de la concurrencia ¿Habría coincidencia en el aire, entre sus manos de brazos extendidos al comenzar la caída y el paso del trapecio lanzado vacío por Javier? De no haberla era el final.
Gabriel hizo a Javier la seña convenida y esperó su respuesta, la coordinación de movimientos debía ser nada menos que perfecta.
Tomó impulso y se lanzó al vacío, al tiempo que Javier lanzaba el otro trapecio al abismo. Al final de su vaivén Gabriel se soltó y giró en el aire, una vez, dos veces, tres veces y estiró los brazos hacia la oscuridad vacía y herida apenas por el haz de los reflectores que lo seguían empecinadamente.
Fue un segundo trágico, Gabriel con los ojos bien abiertos y recuperada la posición horizontal, a punto de iniciar la caída, vio como su manos no llegaban al otro trapecio. Habría girado demasiado lento o Javier se habría excedido en el impulso, pero la coordinación fracasó. Y Gabriel vio con terror como, en la forma de un pequeño palo blanco, su vida huía de sus manos.
Sudando y sofocado, a punto de gritar, Gabriel se despertó envuelto en la oscuridad de un lugar que le pareció extraño. Con mucha dificultad por su sobrepeso y rodillas mal acomodadas se levantó del solitario lecho y dio de bruces contra una pared. Allí debería haber estado la puerta del baño, claro, de haber estado durmiendo en el dormitorio que ocupara con su esposa por los últimos treinta años, los que había durado el matrimonio que había concluido la tarde anterior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de abril de 2018

Published in: on abril 13, 2018 at 11:10 pm  Dejar un comentario  

EL NIVEL DE PREJUICIO

EL NIVEL DE PREJUICIO

Onceavo mandamiento

El atildado contador devenido hace unos años en entusiasta palabrero, salió de su casa de Villa Devoto, boleta y plata en mano, refunfuñando. Los saqueadores del gas le habían jugado otra mala pasada. Habiendo pagado anticipadamente una factura hacía unos pocos días, esperaba que la factura llegase con saldo cero. Iluso de él, por alguna misteriosa razón debía ingresar 4,91 pesos más. Enemigo acérrimo de la modernidad, nuestro héroe en ciertas cosas se había adaptado no sin protestar un poco. Entre ellas, estaba la de abonar todo lo que podía en el kiosko de la vuelta sobre la Av. Beiró. Los bancos daban tantas vueltas para cualquier trámite que eludía pisarlos a toda costa y pese a que le resultaba extraño confiar en el venezolano que le vendía las cervezas para cancelar sus deudas por los servicios otrora públicos, hoy en manos de asaltantes, cuando el monto no superaba los mil pesos se permitía dicha licencia.
Caminó las dos cuadras que lo separaban del maxi 7×24, pagos hasta las 18 y Sube no hay sistema, reflexionando amargo sobre las incongruencias de nuestra sociedad. Pensó que si los bancos no cobran, los kioskos cobran más de lo que venden, las estaciones de servicio son restós, las escuelas adoctrinan y no enseñan, es probable que terminemos llegando a rezar a los hoteles alojamiento.
El kiosko atiende todas las horas del día y de la noche por una minúscula ventanita y el venezolano o la colombiana que lo reemplaza, esperan a la clientela atrincherados detrás de una inmensa góndola de golosinas que nadie adquiere, simplemente porque solo tiene un dificultoso acceso visual a las mismas. Y supone el contador que con un dedo o un zapato listo para apretar algún botón de alarma.
Si no hay gente la operación es sencilla, uno entrega dinero y boletas por el huequito, el cobrador se va detrás de la trinchera y vuelve con boleta, ticket y vuelto. Si hay gente la cosa se complica porque uno tiene que hacer la fila en plena vereda con una boleta en la mano, la cual indica a todo oportunista que en el bolsillo tiene el efectivo para cancelarla. Regalado es poco y todos en la fila se la pasan mirando sobre el hombro a ver en qué momento le pegan el manotazo.
Nuestro contador, tranquilo porque pagaba solo 5 pesos, llevaba el billete en la mano y a la vista de todos, ya que hoy no sirve ni para propina, pues es muy probable que el destinatario se lo tire a uno en plena cara. Había tres personas esperando y decidió quedarse. Empero algo le olió feo.
En efecto lo primero que sintió fue el olor que despedía el muchacho que estaba justo delante de él. Unos casi cuarenta años, morochito, camiseta de futbol sucia, pantalones de futbol de otro talle sucio y pobres zapatillas.
De nada le sirvieron al contador sus prácticas espirituales, sus retiros monásticos, sus lecturas virtuosas, su conocimiento del karma y de varias sagradas escrituras. Comenzó con un instinto digno de un comisario a radiografiar al morocho. A continuación se informa el discurrir de su pensamiento.

“ Qué pinta de rocho…..pero tiene una boleta en la mano…..¿quien asalta con una boleta en la mano?…..puede ser una coartada……..Tipos así no vi nunca pagando por acá…….claro con todas las obras de miér…… que hay en el barrio esto se llenó de laburantes del andamio…….pero este de laburante tiene poco……¡vaya baranda!…. y la ropa manchada de rojo…..¿será sangre?…..no, debe ser vino….a ver, está tomando algo…..¿qué es? ……una energizante…….falopero también…..Uh, está tatuado…..¿será un mara?……no, es de un club de futbol…..pero no lo conozco…..qué raro.”

La demora se alargaba. El hombre que estaba siendo escrutado intensamente dio por terminada su lata de bebida energizante y la puso en el piso

“Desprolijo, ¿para qué buscar un tacho, no?”

Para peor se le ocurrió escupir en la vereda
“Pero que asco, éste no encaja aquí, siento que hay lío pronto…….a ver, ¿Dónde diablos habrá un policía?…. por lo menos le aviso para que esté atento…….nadie, como siempre, aquí te pueden dejar desnudo en la avenida que te salva magoya……….”

El venezolano comienza a atender a la señora que estaba justo delante del observado, que a esta altura ya tenía en la nuca los ojos paranoicos de nuestro contador, esperando el más mínimo movimiento sospechoso para ensayar algún tipo de inmovilización…….si por fortuna lograba acordarse el cómo.

La situación empeora. La señora, carente de todo temor preventivo decide abonar una factura cuyo monto era cercano a los 10000 pesos y comienza a sacar fajos de billetes de 500 pesos y otros pilones de billetes de 100. Nuestro héroe entra en pánico, piensa de todo de la señora y tensa sus músculatura para actuar, porque lo cree necesario en breve. El venezolano, con su pachorra caribeña y atendiendo a normas no escritas pero éticas, se dedica a contar los billetes, tras el vidrio pero a la vista de todos. El Rambo contable exaspera.

En su mundo, el falso jugador de futbol ni presta atención a los billetes y espera mansa y quedamente la conclusión de la operación. Justo cuando están por terminar de atender a la señora en cuestión suena un celular.

“Aja, encima con celu, seguro que es afanado”

A continuación se trascribe lo que el contable presto a inmovilizar al falso jugador pudo escuchar de la conversación telefónica, a la que, como resulta obvio, otorgó toda la atención del mundo. Tiene algunas lagunas y defectos porque le era imposible escuchar al interlocutor y nuestro jugador hablaba un español extraño con un fuerte acento paraguayo.

“ Hola hijo, como andás, me enteré de tu casamiento, tengo que decirte que papá no va a ir……..porque va tu madre……….y a donde ella va yo no puedo ir. Con todo lo que me hizo, con todo lo que les hizo a ustedes, con todo lo que les sigue haciendo, si voy va a ser para problema. Pero cualquier cosa que necesites contá conmigo, para llevar cosas, para ayudarte a preparar todo, vos sabes que siempre voy a estar, pero no me pidas que vaya. “

Los músculos de nuestro contable se aflojaron y pudo ver como sin dejar de hablar, el jugador sacaba 500 pesos y pagaba la factura que tenía en la mano. Pero otra sensación empezaba a nacer, exactamente en su estómago, empezó a sentir una especie de vergüenza.

“Me alegró muchísimo la noticia, no solo por vos, que ahora vas a estar acompañado y más lejos de todos los problemas, sino también por tu hijo pequeño que va a vivir sin tanta pelea cerca. Eso sí, no te olvides, una vez que estés instalado, tenés que buscar la bendición de la iglesia, en estas cosas es mejor meter a Dios en medio”

Disipado el miedo, pero atragantado de angustia, nuestro héroe tuvo un momento de lucidez y en silencio, aún seriamente avergonzado de sí mismo, se puso a bendecir tanto al jugador, como a su hijo, a su nieto, a su nuera y hasta a la madre para que encuentre paz.

El jugador resultó ser un obrero de la construcción de al lado del kiosko, como nuestro contador corroboró con el rabillo del ojo mientras pagaba sus 5 pesos, 4,91 para ser exactos, que lo habían llevado, en esa atareada mañana, a aprender semejante lección. El olor y la suciedad eran dignísimos porque provenían de un trabajo honesto, la bebida energizante era un paliativo al desgaste de la exigencia laboral y el creído ladrón era un hombre de familia desgarrado por una situación tan dolorosa como no poder hacerse presente en el casamiento de su hijo.
De no haber sentido tanta, pero tanta vergüenza de sus pensamientos y prejuicios, era probable que nuestro contador hasta se hubiera animado a pronunciar una pregunta que le orilló los labios: “Perdoname, oí involuntariamente tu situación, ¿en qué podría ayudarte?”.

Mientras caminaba de regreso a su casa, con la boleta paga, pensó que es imposible intentar forjar una sociedad integrada y en paz, con el nivel de prejuicio que portamos, todos, aún los más avezados y practicantes en cuestiones humanitarias y espirituales. Recordó por último una vieja enseñanza que el miedo, solo el miedo, le había hecho olvidar, en el momento que más necesitó tener presente, y que por su importancia debería ser erigida a la categoría de onceavo mandamiento.

“Nunca juzguéis a nadie, porque no tienes modo de saber el peso de la carga que soporta”

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 27 de febrero de 2018

Published in: on febrero 28, 2018 at 12:31 am  Comments (1)  

LA SOGA LARGA

 

LA SOGA LARGA

Una metáfora perruna

Pirata es un perro muy simpático, tiene ojos claros, uno con pelo blanco y el otro con pelo negro, de ahí su nombre que la gente del pueblo costero le puso un día. Es, como dice la canción “callejero por derecho propio” y “amante de su libertad”. Pirata hace su vida, como no tiene casa propia, va de puerta en puerta. Donde lo tratan bien se queda un tiempo, donde lo tratan mal, simplemente se va. En el pueblo le atribuyen algunas novias y hasta algunos cachorros pero él no reconoce ni a las unas, ni a los otros, cualquier atadura le parece peor que la tumba.
Durante algunos años en los que aprendió con creces la ley de la calle, es decir, dónde pedir comida, cómo poner la mejor cara para que te la den, cómo escabullirse de los perros grandotes, a qué hembra en celo perseguir y a cual no, cómo cruzar la calle, cómo no correr a las motos, dónde dormir, dónde guarecerse de la lluvia, los rayos y las ventiscas, Pirata disfrutó enormemente su vida callejera.
Empero, un día en que venía padeciendo hambre – era abril y la temporada había sido muy mala- enfermó severamente y por vez primera en su existencia sintió la necesidad de tener un amo, alguien que se ocupara de él. Como conocía a cada habitante del pueblo, no le resultó difícil armar el acting que llevase a una casi instantánea adopción. Se dirigió a la puerta de Claudia, una agraciada jovencita, muy pretendida por los galanes del lugar, se tiró al piso y comenzó a gemir, bajo una lluvia torrencial, muy lastimeramente. No pasaron ni diez minutos hasta que Claudia se apiadó de él, lo hizo pasar, le dio de comer y lo arropó en un cómodo colchón para la noche. Al día siguiente Pirata fue al veterinario. No le gustó demasiado porque lo pincharon por todos lados ya que nunca había recibido una vacuna. Como le indicaron un tratamiento, consiguió alojamiento en la casa de Claudia por un mes.
Durante esos treinta días Pirata desarrolló todas sus malas artes para conseguir: a. que el hermano menor de Claudia insistiese en quedárselo b. informar a la madre de Claudia que era el perro más obediente, limpio y ordenado de la tierra y c. hacer ver al padre de Claudia que realmente necesitaba una buena y silente compañía cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Conclusión, Pirata fue adoptado, Claudia y los suyos estaban felices pero en el interior de nuestro héroe una duda empezó a carcomerlo: “¿Me adaptaré a esta vida doméstica?”
La cosa empezó mal y siguió peor. Claudia era muy buena pero celosa y miedosa, de modo que compró un collar grande y seguro y una correa bien cortita, para tenerlo a Pirata siempre cerca de ella. No lo dejó tener ningún amigo de la calle por miedo a que se contagiara alguna de todas las plagas que suelen asolar a los sin dueño y cuando alguien visitaba su casa con animales, solía encerrarlo para que no molestarla. Para Pirata esa vida no le resultaba tolerable de ninguna manera. Entonces, una madrugada mientras todos dormían y sabiendo bien las ventajas y peligros de la calle, aún siendo pleno invierno, decidió fugarse e instalarse en una zona del pueblo donde sabía muy bien que Claudia no se animaría a ir a buscarlo.
Cuatro años más anduvo Pirata callejeando. Como cada tanto volvía al centro andaba siempre alerta que Claudia pudiese encontrarlo, ni bien la veía solía huir como rata por tirante. Ello fue así hasta que una tarde la vio paseando con una correa bien cortita a un hermoso afgano de pura raza. Pirata se sintió a salvo, de ninguna manera iba Claudia a cambiar una beldad bien adaptada por un pulguiento rebelde sin pedigree.
En el barrio nuevo que frecuentaba solía ir a cenar a la puerta de Beatriz, otra joven muy distinta a Claudia, mucho más sencilla y austera, pero de quien todos hablaban más que bien, solía hacer siempre lo correcto y ocuparse tanto de sus seres queridos como de los más necesitados que solían recurrir a ella. Otra vez Pirata enfermó y no tuvo a quien recurrir más que a ella, quien sin dudarlo le abrió de par en par las puertas de su hogar. Tras un par de meses de convalecencia durante el cual Pirata tuvo un comportamiento ejemplar, la cruel duda lo volvió a carcomer. “¿Hago el acting para que me adopte o me tomo las de Villadiego?” Le bastó cruzar una mirada suplicante con Beatriz, para que el buen corazón que habitaba en ella lo invitase a formar parte de su familia. Beatriz le puso un collar chiquito y liviano, lo suficiente para sostener una chapita con su nombre y un número telefónico al que ató una soga finita y muy pero muy larga. Pirata se sorprendió pero no dejó de festejar que esta vez no le tocaba una dueña ni celosa, ni posesiva como la anterior. Pensó que ello le haría la adaptación a la vida doméstica mucho más sencilla. Y lo fue.
Pirata hacía lo que quería, día y noche. Cuando se le antojaba se quedaba en la casa, cuando quería ver a sus amigos de la calle lo hacía, comía lo que quería, intimaba con las visitas.
Beatriz le perdonaba todo, nunca una queja, nunca un reproche, nunca un reto, lo miraba a los ojos y le sonreía como diciendo “te comprendo, para mí está todo bien mientras seas feliz”.
Pero por lo general los independientes y libertinos, también suelen ser inconformistas, siempre hay algo que les falta y el que empezó a quejarse fue Pirata.
¿Por qué Beatriz ni nadie en la casa jugaba con él?
¿Por qué no le hablaban aunque no entendiera?
¿Por qué no lo sacaban a pasear nunca, ni siquiera una vuelta a manzana?
Tras meses de cavilaciones interiores Pirata llegó a una tristísima conclusión, a la cual debería haber dado el beneficio de la duda pero Pirata le otorgó fatalmente el carácter de certeza.
“No me quieren”
Es que Pirata se la pasaba comparando. Era verdad que cada vez que llegaba a su casa de sus correrías tanto diurnas como nocturnas tenía todo listo, cucha limpia y comida pronta, pero hasta la ausencia de reproches lo reafirmaba en su convicción que el cariño de Beatriz era tan pequeño que bien podía ser tildado de indiferencia. Y él, tras tantos años solitarios y en peligro, necesitaba ternura………en sobredosis. Salió a buscarla.
Como la soga era larga, le permitía llegar a la puerta de vecinos bien lejanos. Con la excepción de Claudia, donde ni loco volvería, comenzó a hacerse el artista en la puerta de Pedro, Alicia, Juan, Norma, etc. etc. etc.. Todos le prodigaban mimos a raudales, jugaban, le hablaban, lo paseaban, lo invitaban a compartir juegos con los niños de la casa, hasta lo bañaban y dejaban jugar con sus atildadas mascotas, ya que el aspecto de Pirata así lo ameritaba. Durante sus estancias en casas vecinas nunca Beatriz salió a buscarlo ni preguntó por él, ya que estaba convencida que regresaría. Si no lo hacía esa misma noche, lo haría al día siguiente. A Pirata ello no le cayó nada bien. “No le importo, me pueden haber atropellado y ni mis restos saldrá a buscar”.
Convencido como estaba que Beatriz no lo quería, intentó ser adoptado por algunas de las casas que visitaba con frecuencia. Pero ninguno se animó a hacerlo porque era evidente que dueño ya tenía, como atestiguaba la presencia de la soga y la chapita colgando del collar.
Pirata comenzó a deprimirse, donde estaba no obtenía la ternura que necesitaba, su cuerpo era correctamente alimentado pero su alma desfallecía. Y donde recibía el alimento de su alma ya tenían otros perros y por ser incorrecto nunca procederían a adoptar un perro con amo. La tristeza lo invadió y una noche, tras pasar unos cuantos días tirado en casa de Beatriz sin probar bocado y sin dormir, decidió cambiar de pueblo.
Salió furtivamente de la casa, se dirigió a la playa y se puso a correr paralelo al mar. Por primera vez en su vida Pirata tuvo miedo, miedo de sí mismo. Sintió una rara voz en su interior que le decía “Corré para adentro del mar, allí está la verdadera libertad que buscas”. Pirata lloró amargamente.
El más cercano pueblo costero estaba a diez kilómetros así que aceleró el trote. Habría hecho unos cinco kilómetros cuando su prodigiosa mente le hizo ver que estaba viviendo una imposibilidad.
“Epa, la soga era larga, pero no tanto ¿Cómo puede ser que aún la tenga en el cuello y floja? ¿se habrá cortado contra algo? ¿alguien se habrá enredado en ella y la cortó?”
Pirata se detuvo en la orilla lleno de preguntas. Cuando volteó el hocico hacia la dirección desde donde había venido, alumbrada por un rayo de luna y resoplando, vio surgir de entre las sombras, soga en mano, la figura de Beatriz.
Llegó hasta él, lo abrazó y le dijo:
“Supe de cada uno de tus pasos, de tus luchas, de tus errores y de tus quebrantos. Todos los comprendí y todos los perdoné. El único que no estaba dispuesta a tolerar era que me abandones, vamos a casa”.
Con paso cansino Pirata volvió caminando a su lado, pensando que aunque no lo quieran como él necesita, es mejor que exista alguien en el mundo que lo quiera, de la mejor forma que pueda. Y ese era, sin dudas, el bendito lugar, que la siempre difícil vida le estaba ofreciendo para envejecer y morir.
Atrás, sobre la oscura arena, quedaron el diminuto collar, la chapita y la soga larga. Ni Pirata ni Beatriz los creyeron ahora necesarios.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018

Published in: on febrero 13, 2018 at 5:54 pm  Dejar un comentario  

REVELACIÓN

REVELACIÓN

Entre llantos desgarradores unos hombres de traje negro cerraron el ataúd. José lloraba fuertemente tomado de las faldas de su madre, mientras miraba desconsolado como cargaban los restos mortales de su abuelo Gabriel, quien en realidad había hecho durante sus trece años de vida, de abuelo y padre para el niño.
Cristian, su padre biológico no había llegado a conocerlo y poco o nada le habían hecho saber de él. No había fotos en la casa, ni libros, ni diplomas de los cuales tener un leve atisbo de su paso por la familia. “Ya te vas a enterar a su debido tiempo” era la respuesta que siempre le espetaban a boca de jarro su madre y su abuelo, abortando así toda posibilidad de repregunta.
Siguieron días sumamente infelices. Dora, su madre vestida de riguroso luto todo el santo día, brindó a José la atención minima e imprescindible. El joven, a su vez sufriendo una permanente jaqueca, faltó por una semana a la escuela, durante la cual, cuando no irrumpía en sollozos, contagiados por los que profería Dora, hacía la tarea que su amigo Sergio, le traía todos los días del colegio secundario al que ambos asistían, el Moseñor Pironio.
La vida, como siempre lo hace, continuó. Esther, una buena amiga de Dora desde sus años mozos, se vino a vivir a la casona para ayudarla a retomar el camino. Y José, triste, pero repuesto físicamente, retomó sus actividades. Secundario a la mañana y tardes variadas. Natación lunes y viernes, curso de confirmación en la parroquia del barrio los martes y jueves, clases de guitarra los miércoles.
Los fines de semana se repartían entre la odiosa tarea de la profesora de contabilidad, las páginas de ejercicios de caligrafía, el estudio del Nuevo Testamento y la invariable visita a la Chacarita, al nicho del abuelo Gabriel. Sergio venía seguido a invitarlo a ir a la cancha a ver a Atlanta pero José estaba demasiado triste para soportar una multitud en torno suyo.
Habrán pasado un par de meses, cuando a favor de la primer salida de Dora del brazo de Esther, José se quedó solo en la vieja casona practicando sus escalas de guitarra.
Al atardecer, envuelto en sombras, una angustia sobrecogedora se apoderó de su soledad y José se resignó a llorar un rato más. Extrañaba demasiado a su abuelo y para sentir su compañía de algún modo, tomó coraje y se fue al que había sido, desde que tuviera uso de razón, su inviolable cuarto.
Apurada por salir, su madre no le había echado llave a la cerradura, circunstancia que permitió a José entrar y recostarse en la cama vacía, cerrar sus ojos e imaginar que en cualquier momento sentiría el cálido abrazo de Gabriel.
Estuvo así un buen rato y sintiendo pocas fuerzas para levantarse, encendió el velador de la antigua mesa de luz y posó sus ojos en el techo, ahora iluminado. Una rara sombra dibujada en el blanco cielorraso capturó su atención. El objeto que la proyectaba estaba ubicado arriba del viejo ropero de dos puertas.
Era una pequeña valija, antiquísima, que mostraba, sin pudor alguno, las marcas del paso del tiempo y denunciaba a la vez un intenso trajín viajero hasta su destino final en ese sitio.
Invadido por la curiosidad, José trepó a una silla, bajó la valija del ropero y se dispuso a revisar su contenido sentado en la cama, a la mortecina luz del velador.
En su interior había una especie de pijama, de fondo blanco, amarillo de tiempo, con rayas verticales de un negro descolorido. A la altura del pecho un número, casi borrado de seis dígitos, que le recordó otro que había visto tatuado en el antebrazo izquierdo de su abuelo, sin poder identificar si se trataba de los mismos guarismos.
Con sumo cuidado, retiró al pijama de la valija y vio al desdoblarlo que bien podría haber pertenecido a Gabriel, ya que la talla correspondía a su contextura física. Revisó los bolsillos y en uno de ellos dio con un ajado carnet, del cual sobresalía una foto de un joven con sus casi idénticas facciones. Arriba de la foto un extraño sello que todavía podía leerse, decía Partido Revolucionario. Abajo de la foto, otro número, más corto que el del pijama y el nombre del portador del rostro: David Jerusalinsky.
“¡Vaya coincidencia!” se dijo José “su apellido comienza como el mío, yo soy José Jerusa”
En ese preciso instante se escucharon ruidos en el zaguán. Dora y Esther habían regresado de su salida. No queriendo sumar una reprimenda a un domingo para el olvido, José restituyó pijama, carnet y valija a su sitio original, apagó el velador y salió presuroso del cuarto de su abuelo.
No podía de ninguna manera imaginar es ese momento que conocer la verdad completa de la historia que esa tarde había comenzado a revelarse, le llevaría nada menos que los próximos cuarenta años.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on enero 21, 2018 at 5:10 pm  Dejar un comentario  

SUEÑO CUMPLIDO

 

SUEÑO CUMPLIDO

Justo acompañó a la joven reportera hasta la puerta cancel que separaba hasta el jardín delantero bastante maltratado por el abandono y la abrió caballerosamente, frnaqueándole la salida.
–”Gracias por la nota” dijo ella con su mejor sonrisa, cruzando la juvenil mirada por un breve instante con la cansina e inexpresiva mirada de Justo, “sale mañana a las 12 por canal 26” añadió.
–“No estoy seguro de verme, con el espejo me alcanza, gracias a usted por llegarse hasta aquí, salgo bien poco, no me llevo bien con la presurosa y desordenada multitud” respondió Justo, al tiempo que cerraba la puerta tras la bella cronista del canal cultura, para encaminar sin demora sus pasos hacia la puerta del antiguo edificio donde, desde hacía varios años, transcurría la mayor parte de su vida.
“Ya está, cumplí” se dicjo acomodándose la bata de seda y transponiendo el umbral de la puerta alta, gruesa y artesanal que había dejado abierta un momento antes.
Vieja y molesta como él, su perra Antonia se limitó a abrir un ojo desde el sofá donde dormía, tan solo para cerciorarse que su único compañero había vuelto a entrar. Dueña de todos los rincones, no tenía la menor intención de retomar su vida de callejera buscona, de la cual Justo la rescatase seis años atrás.
Cuando quedó otra vez solo en la vieja casona, tomó asiento ante su escritorio, se sirvió un vaso de whisky puro y se dedicó a revisar la correspondencia. La vocación de aislamiento lo había llevado a prescindir por completo de las nuevas tecnologías en boga, solo para hacerlo más complicado el acceso a los interesados en contactarlo. Sin embargo, diariamente un docena de cartas desde distintos lugares del mundo se las ingeniaban para molestarlo.
“Veamos quien osa hoy perturbar mi paz” pensó mientras comenzaba a abrirlas y leerlas sin entusiasmo alguno.
“mmmm……. cocktail el viernes en la embajada italiana, saludos del director de la Biblioteca Nacional, invitación al Congreso de la Lengua en Madrid, propuesta para coordinar el foro de novelistas de Harvard………., No se para qué insisten si saben que no salgo de aquí” se dijo mientras prolijamente, una a una, todas las cartas daban de cabeza en la basura.
Mientras el whisky giraba en su boca y lentamente quemaba su garganta a la par que su hastío, se sintió en la cima. Su intensa labor de años había sido coronada por el éxito, si así puede decirse de una suculenta cuenta bancaria y reconocimiento indiscutido a sus dotes de novelista tanto nacional como internacional.
Pero para Justo otro tipo de éxito conseguido, era más importante aún. Había batallado por décadas con una terriblemente problemática vida de relación. Caprichoso y egocéntrico, como buen hijo único muy mimado desde siempre, dotado de un talento que fogoneó desde niño su vanidad hasta límites insospechados, no tuvo una convivencia armoniosa con sus padres, quienes por más esfuerzo que pusieron y variantes que intentaron, nunca encontraron un molde adecuado para él. No sabemos si fueron ellos quienes renunciaron o fue Justo quien se cansó, lo único cierto es que a sus 20 años se fue a vivir solo y nunca más los vio.
Mujeres hubo en su vida, todas o casi todas lo admiraron pero ninguna lo amó, por lo menos en la forma en que Justo pretendía, según las malas lenguas, al estilo del sometimiento medieval o musulmán. Con ninguna de ellas sintió la vocación paterna, los hijos suelen ser importantes atrasos en la ruta a la cima y creía Justo, no sin poca razón, que llegaría en el proceso de crecimiento la infausta hora del cuestionamiento a la autoridad paterna, la cual no se imaginaba soportando.
Siempre cultivó la amistad, acompañó y se sintió acompañado por sus diferentes grupos de amigos, los cuales se ocupó puntillosamente de evitar su mezcla. Justo no tenía solo amigos, el poseía amigos para fines específicos: los de la noche, los de la literatura, los de los viajes cortos, los del bar. Amigos de a ratos, y en los ratos que él quería. Si quienes querían verlo eran ellos, siempre tenía Justo un pretexto a mano para frustrar la reunión.
Sus relaciones laborales no fueron mejores. Una larga lista de editores y secretarias guardaban malos recuerdos de los desplantes de Justo.
Allá por su 50 años, hoy contaba con 20 más, Justo había renunciado absoluta y completamente a la relación humana. Y en esa soledad, liberado al fin de las decepciones, la frustración de sus expectativas, los conflictos permanentes, la negociación de espacios y actividades siempre insatisfactoria, se sentía onmipotente.
Podía todo, cuando y como quería, sin rendir a nadie cuenta de sus actos.
Para Justo eso era el éxito: vivir en paz, su sueño cumplido.
Aunque esa paz tuviese el costo de la alegría y el gozo que solo de la profunda comunión con otro ser humano suele brotar.
Justo no podía evaluar correctamente dicho costo, jamás lo había experimentado y ya era tarde, demasiado tarde para ir en su búsqueda.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 20 de septiembre de 2017

 

Published in: on enero 17, 2018 at 9:10 pm  Dejar un comentario  

LA PIPA DEL CAPITÁN

LA PIPA DEL CAPITÁN

Memoria de ser amado

Moría el domingo, uno distinto para Wenceslao. Su esposa desde hacía tantos años que ni se acordaba, había ido a visitar a una prima, anciana como ella, que vivía en Carrasco y volvería recién el lunes por la tarde. Las sombras que invadían su escritorio del departamento en que vivían, herencia de su padre, en los últimos pisos del Palacio Salvo, interrumpieron su lectura de Benito Cereno, esa poco conocida pero hermosa historia marinera de Herman Melville. Cerró el libro y se levantó del sillón con cierto esfuerzo, sus más de 30 años como capitán de ultramar habían dejado huellas en sus rodillas y caderas y los días de humedad su movilidad se veía acotada.
La perspectiva de cenar en soledad no le atraía demasiado y además un cierto nudo en el abdomen había ahuyentado el hambre. Estaba solo, podía fumar. En el fondo del último cajón del ropero, donde Silvana, su esposa jamás llegaría por no poder agacharse ella tampoco demasiado, lo esperaba una caja finamente tallada. Con suma dificultad llegó a ella y al abrirla dio con su pipa y un sobre de tabaco, la misma pipa y la misma marca de tabaco que lo acompañara en la soledad del puente de mando del último carguero que capitaneó por un lustro. Se tomó su tiempo para prepararla con esmero y en la oscuridad un fósforo alumbró su rostro ajado, sus ojos tristes, su barba cana y su cabello desordenado, antes de encender la vieja pipa.
La primera pitada fue placentera, la segunda no tanto, y la tercera lo llenó de angustia. Delante suyo, en lugar de olas de 10 metros y un horizonte esquivo, que el tabaco le solicitaba ver, había una ventana no muy grande que daba a un Montevideo que se iluminaba de a poco. Para no sentirse tan mal recurrió a una sucia caja que hacía mucho tiempo que no se abría, ubicada encima del ropero. De allí extrajo una chaqueta marinera, su uniforme de marino mercante, que rápidamente vistió. Se miró al espejo, fue peor. La imagen no era la del capitán temido y respetado a la vez por la tripulación, enérgico, conocedor de los secretos de los vientos y mareas, siempre dispuesto a dar todo de sí, para ganarle la pulseada al océano y llegar seguro a puerto con hombres y cargas.
A cierta edad el curriculum, no tiene valor alguno, no importaban sus hazañas, sus varias vueltas al mundo, sus innumerables distinciones, diplomas, premios. Hoy lo juzgaban por lo que era hoy, apenas un marino mercante más, jubilado, a quien nadie convocaría para gobernar ni siquiera un barquito fluvial.
Las volutas del humo lo envolvieron en la oscuridad y lo guiaron a buscar un sillón, un par de binoculares celosamente bien conservados desde el tiempo que los usaba para otear el infinito y a sentarse con ellos junto a la alta ventana que se abría, entre otras muchas cosas, sobre el puerto montevideano, el cual rápidamente enfocó.
La visión de los modernos cargueros atracados, esperando al lunes para reiniciar sus tareas febriles de carga y descarga, meciéndose al ritmo de la suave marea que los celosos espigones dejaban pasar, le hizo bien. Hoy no era nadie, pero había sido. Él había gobernado gigantes parecidos, sin un solo accidente, sin perder un solo hombre a lo largo de toda su carrera y con una tecnología mucho más imprecisa, con unas comunicaciones mucho más endebles, con riesgos muchísimo más severos.
Se dio cuenta que no podía sin ser injusto, quejarse de la vida que había llevado. Le habían pagado por conocer casi todo el mundo, en su bagaje cultural había más conocimiento directo de culturas, pueblos, ciudades y costumbres que aquél del que solían alardear vanidosos profesores universitarios de todo tipo. Había disfrutado de las mieles y las cargas del poder mucho más que cualquier gobernante. Cuando el barco deja el puerto es un país en si mismo, donde el capitán es rey, tirano, monarca y dictador, juez supremo y padre protector de toda la tripulación.
Pero Wenceslao tenía algo más que agradecer a su ajetreado recorrido vital. No era un mito, los marinos tenían una novia en cada puerto y él así lo había gozado. Quizás fuera esa cercanía con la muerte que los hacía disfrutar a tope cada noche en puerto, o quizás fuera esa certeza que el reencuentro siempre sería incierto lo que los tornaba más audaces y rápidos a la hora de seducir a una mujer, o la soledad del mar y en su caso la soledad del mando que requería una necesaria sobre compensación en el tiempo en tierra. Sin tener muy en claro el motivo la volutas de la pipa ahora le traían formas de mujeres. Veía en ellos los senos de Laura de Estambul, las caderas de Norma de Hamburgo, los muslos de Adriana de Trieste, las mejillas de Sally de Nueva York. Y venían en tropel recuerdos de burdeles y de hogares, de hoteles alojamiento de casadas en falta, de esquinas oscuras de jovencitas perdidas, de piezas humildes y camas suntuosas, sabiendo que tanto él como ellas eran aves de una noche sola, algo que olvidar mutuamente al amanecer.
Las reincidencias habían sido raras, le alcanzaban los dedos de una mano para contarlas. Eran las mujeres por quienes había sentido algo más que una necesidad, algo que no podría definirse como amor, ya que a él le estaba vedado. Contrariando una idea popular, el viajero casado se prohíbe a si mismo enamorarse de nadie, no puede ni debe arriesgarse al desgarro, al trío imposible, al amor a distancia. Eso no le había impedido encariñarse con aquellas con quienes había reincidido cuando su itinerario siempre cambiante lo devolvía a un puerto en el que había estado no hacía demasiado tiempo y se sorprendía buscándolas, preguntando aquí y allá por ellas hasta lograr arreglar un encuentro que por dificultoso siempre resultaba apasionado. De ellas el humo no le traía recuerdos de partes íntimas sino gestos diversos, casi siempre rostros. De una veía en las volutas la forma única como se arreglaba el cabello, de otra los mohines de su boca cuando deseaba alterarlo, de otra los ojos entrecerrados despidiendo una fiebre pasional.
El capitán estuvo un buen rato entretenido, mirando barcos con sus binoculares y con cada sorbo de la pipa recordando mujeres, intentando asociar formas a nombres y nombres a puertos. Entonces sucedió, con la velocidad del rayo que ilumina el pensar, llegó Teresa. Y las volutas de humo no trajeron a nadie más. Se unificaron y se la mostraron de cuerpo entero, allí estaba ella, junto a él, en esa habitación solitaria y oscura de la altura montevideana.
Wenceslao se conmovió, su viejo corazón dio un brinco y comenzó a latir con una fuerza que no recordaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su alma de paz. Era ella sin dudas el mejor de sus recuerdos, el que aún lo hacía vibrar. Habían pasado ya dos décadas pero el capitán recordaba con exactitud las circunstancias que lo llevaron a sus brazos. Una severa tormenta en el Caribe lo había sorprendido y buscando refugio había atracado, fuera de itinerario, en una bahía protegida de la venezolana Isla Margarita, Llegó habiéndola pasado muy pero muy mal. No solo el susto de la tormenta había sido grande sino que atacados por el pánico sus tripulantes, incluso los de más confianza se habían amotinado en su contra, exigiendo la búsqueda inmediata de un puerto seguro. Desembarcó el capitán en una profunda crisis que le hizo cavilar sobre la seria posibilidad de su retiro. En ese clima tanto exterior como interior desapacible se había registrado en una humilde hospedería que regenteaba Teresa, una hermosa mujer 30 años menor, casada con dos niños pequeños y un marido viajante de comercio que andaba dicha noche por algún rincón del Orinoco. Solo, triste y desolado el capitán había prolongado los tragos de la sobremesa y Teresa viéndolo en un estado lamentable se decidió a acompañarlo. La tormentosa noche hizo necesitar a los solitarios de cercanías, las desavenencias pidieron escuchas y la charla desnudó afinidades más allá de lo imaginable. Al amanecer ella estaba profundamente enamorada y él sabía que le iba a costar muchísimo abandonar la isla. El temporal devino huracán y el mal tiempo impidió al carguero zarpar por una semana. Esos siete días le parecieron al capitán un tiempo fuera del tiempo, un lugar existente exclusivamente en sueños y Teresa la geografía a la que siempre perteneció sin saberlo.
Sus ruegos fueron inútiles, el capitán, su carguero y su tripulación, tras los perdones del caso, partieron al alba del octavo día. Nada pudo ser igual para Wenceslao de ahí en más.
El humo en la oscuridad formó otras figuras, entre ellas las del dueño de la naviera y sus risotadas cuando el capitán solicitó el pase a una línea costera para tener en el itinerario la Isla Margarita, lo que implicaba no solo una disminución de sueldo sino también de jerarquía. También llegó la cara preocupada de su segundo de a bordo cuando Wenceslao gobernó el barco en viaje a China sin dormir por una semana aferrado al timón día y noche por no atreverse a cerrar los ojos ya que el recuerdo de Teresa lo atormentaba.
Nunca más logró verla y el tiempo, como sabe hacerlo, adormeció el sentimiento. La distancia hizo lo suyo y el capitán volvió a las andadas, marido fiel en Montevideo, visitante de ignotas mujeres a quien ni siquiera el nombre preguntaba, en cada puerto visitado. Pero Teresa siguió ahi, su terco amor lo persiguió de día y de noche en cada rincón del mundo en que se halló. Le llevó a Wenceslao unos cuantos años, unas cuantas tormentas y miles de millas náuticas sentirse agradecido por la experiencia. Teresa lo había amado con el alma y lo había hecho para siempre. El capitán no conocía a nadie que pudiera colgarse esa medalla.
Con la cara bañada en lágrimas que no podía decir con seguridad fuesen de emoción o alegría, dio una última larga pitada a la vieja pipa, obnubiló su visión del puerto con el humo y feliz, definitivamente feliz, se levantó dispuesto a guardar chaqueta, binoculares, pipa y tabaco. Mañana llegaba su esposa y todo debía estar en perfecto orden.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de enero de 2018

Published in: on enero 8, 2018 at 12:07 am  Dejar un comentario  

FRÁGIL

FRÁGIL

–”¿Cerrás vos?”
–”Si, andá tranquilo, ordeno unos recibos y cierro”
Ricardo fue al perchero, colgó el guardapolvo y firmó la planilla. A lo lejos, el motor rugiente de la moto del alta cilindrada de Rubén, le dijo que estaba solo, a las diez de la noche de un jueves cualquiera, en la filial de una escuela muy particular.
Después de resistirse por años, hacía un par que había asumido la función que en cualquier ámbito a lo largo de la vida, le reservaban para él: el cuida plata. A no dudarlo inspiraba confianza y pese a que renegaba del número, siempre en favor de su acentuada pasión literaria, todos admiraban su habilidad con él. ¿Qué lo había impulsado a aceptar? Sin duda su amistad con Eduardo, demasiado grande y enfermo como para seguir haciéndolo y su admiración y cariño por Claudio y Estela, quienes lo habían llevado de la mano, con amor y paciencia, en un nuevo escalón del laberinto espiritual.
Pese a que lo esperaban en su casa, ¿lo esperaban realmente?, decidió terminar su tarea, era fin de mes y había que rendir la recaudación en central. Total, para cenar solo, media hora más no hacía diferencia alguna.
Cuando dejó listo el balance mensual, recogió sus cosas y apagando las luces por el camino se dirigió a la solitaria puerta de entrada, a la que flanqueaban macetas que hacía unos días extrañaban el cuidado de Cristian. Al ir a trasponerla, una duda, de esas obsesivas que suelen recrudecer en soledad, lo asaltó ¿había o no apagado la estufa del salón principal?. En un contexto de gas carísimo, y socios empobrecidos, 24 horas de estufa prendida era un inútil gasto que no estaba dispuesto a consentir.
Deshizo el camino andado encendiendo las mínimas luces necesarias para no tropezar y se encontró por ver primera solo, en el salón donde toda la actividad de la peculiar escuela trascurre, un día después del otro, en una centenaria sucesión. Salón que supo de multitudes, de ausencias notorias y de presencias invisibles, pero que jamás supo de inactividad en los horarios designados para su funcionamiento. Ricardo verificó que la estufa estuviera apagada y se dejó ganar por una íntima necesidad.
Se sentó en el primer banco, elevó su vista a la gran cruz y cerró sus ojos dispuesto a quedarse allí, hasta que la misma voz interior que lo había retenido, lo dejase marchar. En el silencio del salón solitario una visión lo sobrecogió. Vio entrar por la puerta una multitud de afligidos de toda edad, agobiados por pesos insoportables, algunos de los cuales tenían el nombre del portador y otros tenían nombres de terceros. También vio una multitud de seres con brazos musculosos, perfectamente saludables y sonrientes, acarreando unos pesos insoportables con multitud de nombres inscriptos en ellos. Todos ellos tomaban sitio en los bancos y comenzaban con su práctica. Al tiempo vio otros seres, un poco más traslúcidos y muy luminosos, acercarse a los sentados y tomar con suma facilidad las cargas que pesaban sobre hombros y cabezas de quienes los habían traído. Los vio depositar dichas cargas al pie de la cruz, tras lo cual todos quienes habían llegado se incorporaron, cantaron una marcha, se saludaron fraternalmente y se retiraron en paz.
Conmovido, pero no sorprendido, ya que de una u otra forma ello sucedía allí mismo cada vez que asistía, Ricardo abríó los ojos, sin sospechar que estaba a punto de encontrar la respuesta a una pregunta que venía formulándose desde hacía muchísimo tiempo.
Siguió mirando fijamente a la cruz hasta que sin pretenderlo se encontró mirando la pared a su derecha, en ese instante la visión continuó. Se sobresaltó, era la primera vez que veía una realidad inmaterial con los ojos abiertos. Nítidamente sobre la pared apareció su figura, mucho más joven y mucho más delgado. Salía de una vieja casa del barrio de Almagro, débil, pálido, con las piernas temblorosas, azules ojeras y sobrepasado de miedo. Se vio alzar un mano para detener un taxi, del que se contempló bajar con suma dificultad e ingresar a la escuela central con ayuda del taxista, donde fue recibido por un trío de hombres que vestían un guardapolvo igual al que él acababa de colgar en el perchero. Todo su ser volvió a ese día, el cual había tenido lugar nada menos que 22 años atrás.
Inconstante de profesión, pero buscador incansable de la verdad, había seguido tantos caminos como había abandonado. Religión, ciencia, lugares sacros, disciplinas orientales, terapias de todo tipo jalonaban sus años. Consideraba a todos respetables y valiosos y de cada uno de ellos había extraído enseñanzas, la miel de la cuales conservaba y practicaba, todos los días. Pero solo había permanecido en un sitio, al que sentía cada vez más propio, cada día más como su verdadero hogar. 22 años puede parecer mucho tiempo, pero en la búsqueda de la esencia del ser humano apenas alcanzan para los primeros centímetros del umbral. Y Ricardo quería saber, necesitaba saber varias cosas: cuál había sido el motivo que lo había llevado a quedarse allí, qué lo había llevado a preferirlo frente a los otros, qué lo llevaba a pagar el precio de cenar solo con tal de poder seguir asistiendo. En definitiva, qué lo hacía perseverar en el camino, qué había hecho la diferencia, diferencia que en el momento de extrema fragilidad que se representaba ante sus ojos en la pared, le había permitido fortalecerse y continuar viviendo y luchando, términos que han sido, en su vida, más sinónimos que nunca.
Entonces lo vio. Esos hombres de guardapolvo le dijeron unas palabras incomprensibles para él en su momento, lo hicieron participar de una práctica en un salón inmenso pero muy parecido a aquél en que estaba, práctica más incomprensible aún y con la recomendación de volver al otro día, lo despidieron hacia su casa, donde se vio llegar más fortalecido, probar bocado por vez primera en la semana y lograr dormir un par de horas tras quince noches de insomnio continuo. Al otro día volvió, y al otro y al siguiente, en un mes estuvo bien, en un mes y medio pudo trabajar nuevamente. Un poco por curiosidad, y mucho por el bienestar ganado, nunca más se fue.
La vivencia de ese día crucial de su existencia, el recuerdo profundo del mismo le facilitó ver el motivo de su adhesión. En ningún momento nadie le había preguntado nada y nadie le había pedido nada a cambio de la ayuda suministrada. Ricardo se sorprendió de la gratuidad inmerecida que lo había salvado. En cada lugar que había concurrido se había sentido evaluado, juzgado ( en algunos hasta rechazado) y siempre sutil o brutalmente hecho saber que alguna retribución de su parte, era no solo bienvenida, sino también esperada. Por vez primera veía y experimentaba en carne propia hacer el bien por el bien mismo, aceptar sin juzgar, ayudar sin esperar nada a cambio. No era ciertamente la lógica del mundo. Tampoco era lo que había experimentado en su familia de origen, en sus trabajos, en sus parejas.
Ricardo lloró. Y lloró un buen rato porque vio ante si, expuesta con claridad meridiana, no solo la razón de su permanencia en ese sitio durante 22 años, sino también su propia extrema fragilidad.
Una fragilidad que lo condujo a una vida casi eremítica y a establecer relaciones con muchas reservas, aún las íntimas. Reservas que no conocen otra razón que el miedo a ser juzgado, porque todos, casi sin excepción, se erigen y creen tener derecho a ello, en jueces del otro. Casi nadie acepta al otro como es. A Ricardo siempre, aún quienes lo quisieron bien, intentaron cambiarlo, a veces de buen modo y otras no tanto y ello incluye a sus padres, maestros y parejas. Quizás la gota que rebalsó el vaso haya sido cuando, a favor del crecimiento de sus hijos, hasta ellos se convirtieron en jueces de su manera de ser.
Pero Ricardo lloró aún más, cuando se dio cuenta que el peor juez, el más cruel e inflexible, que lo había tenido sentado en el banquillo de los acusados, había sido él mismo y tristemente, seguía haciéndolo. Pudo ver que ninguno de todos esos juicios había logrado modificarlo en lo más mínimo, por el contrario, lo único que habían obtenido de él, era una franca rebeldía y una persistencia tenaz en la conducta y modos más severamente cuestionados. Si algo había cambiado, y de hecho había cambiado bastante, se lo debía al mensaje reiterado y amoroso de las distintas voces de ese sitio, que con una paciencia extrema, lo habían conducido a la propia reflexión. Es verdad que uno cambia solo cuando quiere cambiar y aún así le cuesta bastante, porque las conductas y actitudes negativas, de tanto practicarlas han asumido una espontaneidad y automaticidad que cuesta revertir.
Aceptarlo, amarlo, ayudarlo así como era y estaba, sin siquiera interesarse por saber cómo había llegado a ese estado, había sido la receta utilizada en esa escuela tan especial para rescatarlo del abismo. Ricardo tomo consciencia que era tiempo de comenzar a aplicarla en si mismo, para poder sanar esas heridas profundas que cada tanto sangran todavía y superar esos odiosos límites que le impiden una sana relación con sus semejantes. Al fin y al cabo cien años de aplicación exitosa, no son para desdeñar.
Sus ojos se posaron sobre el reloj del ángulo de las paredes, eran las once, nadie se había preocupado por la demora.
Se levantó del banco, apagó las luces camino de la puerta, salió y cerró la filial detrás de sí. Ya se iba a ocupar el frescor de la noche de secar las lágrimas que todavía, más espaciadas, surcaban su rostro.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de septiembre de 2017

Published in: on septiembre 3, 2017 at 6:37 pm  Dejar un comentario  

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El lupanar con apariencia de whiskería de la zona roja montevideana bullía de actividad. Al son del viejo y gastado equipo de audio, las tristes mariposas del amor pago repartían tragos y falsas sonrisas, mostrando sus ajadas carnes que asomaban tras sus más ajados atuendos revisteriles. El humo del cigarrillo tornaba casi irrespirable el aire mientras la penumbra reinante le permitía a los parroquianos soñar belleza donde no la había. Un sucio rincón daba sitio a una pequeña mesa ante la cual dos sesentones dialogaban animadamente en torno a una botella de Johnnie Walker a medio terminar.
—”Dejate de joder Gabriel, vos siempre creyendo estupideces, no cambias más”
—” Vos, por una vez sola Hernán, abrí la cabeza, no todo es exacto y demostrable en esta vida”
—”Pero si sabés que soy así, si no toco no creo, como Tomás, el de tu Biblia, dejame meter la mano en la llaga y después hablamos”
—”¿Que me estás diciendo?”
—”Sencillito, traeme la compu y si después que le hago todos los reinicios y limpiezas de disco que conozco, la foto te sigue apareciendo, recién ahi empezaré a creerte. Escribís demasiado Gabriel, la fantasía te está matando, tomate vacaciones.”
—-”¡Ja!, los escritores no se toman vacaciones, no se puede dejar de ser escritor por quince días, uno lo es siempre, hasta cuando duerme. Por otro lado, no las necesito, mi trabajo es tan apasionante que hacer una pausa breve tiene el sabor del tiempo malgastado”
Una mulata sinuosa, con demasiadas “llamadas” encima les muestra sus dientes roídos y pasa una pluma atada a su trasero por el cabello de Hernán, que se molesta.
—”Vos y tus lugares de mierda, Gabriel, ¿Cuándo vas a madurar? ¿Qué buscás en estas putas tristes? Algún día por seguirte me van a robar y violar”
—”Busco inspiración, como siempre, algo muy lejos de tus algoritmos querido Hernán, ¿me vas a ayudar entonces, o no?”. Gabriel apuró su vaso de scotch y volvió a llenarlo, tras completar el de Hernán.
—”Pará loco que tengo que bajar de este sucio cerro manejando y si me pierdo soy boleta” protestó sin mucho convencimiento
—”Decís que sos amigo mío y nadie te tocará, me conocen hasta los perros callejeros por aquí, ellos más que nadie, les doy de comer cada vez que vengo”
—”Mañana, tempranito, tipo 9, así te agarro bien dormido a vos que en tu perra vida madrugaste, te espero en el bar del Radisson, un lugar como la gente, no como los tuyos, me traes la compu y vemos si hago desaparecer de la pantalla a la mujer de tus sueños. Si lo logro me pagás el almuerzo, trae muchos verdes porque pienso pedir shampoo francés”. Hernán levantó la copa y brindó para sellar el pacto. “Me tengo que ir” añadió.
—”Andá maricón y cuidate mucho, yo me quedo un rato a conversar con la mulatona, no te gustarán sus dientes pero yo le conozco otras virtudes” Gabriel se paró como pudo y le dio un cálido abrazo a Hernán, quien tampoco la tuvo fácil, ambos tan distintos pero tan compinches, por un rato, apenas 50 años.
Desde su silla Gabriel contempló a Hernán apartando a las sexo traficantes para llegar a la puerta y mientras sonreía para sí, le vino a la memoria el Hernán adolescente, prolijo y previsible, sumamente inteligente, de una conducta intachable y siempre digno de toda confianza. Hoy Hernán era dueño de una posición económica envidiable, integrante de una sólida familia tradicional a la que accediera por un ventajoso matrimonio y hacedor de una extraordinaria carrera que lo había llevado a trabajar en el centro de cómputos de la NASA. Un oportuno viaje a Uruguay había posibilitado el encuentro.
También Gabriel se vio a si mismo en aquella edad, enamoradizo e inestable, amante de la noche pero brillante alumno, sobre todo en matemáticas y literatura, hecho que le había llevado a optar por esta última, ya que consideraba a las primeras como una soberana estupidez, un juego para entretener la mente, absolutamente inservible para afrontar los inmensos misterios de la vida, el amor y la muerte que se desplegaban a sus 16 años ante él. No le había ido mal tampoco. Tras esfuerzos y fracasos había logrado formar una familia cuyos vástagos ya habían volado del nido, tenía un bien ganado prestigio como escritor y poeta y se mantenía con sus ingresos como periodista para un prestigioso medio argentino.
Desprovisto de compañía, Gabriel no estuvo ni cerca de invitar a la mulatona a su mesa como hubiese hecho gustoso en un viaje normal, sino que por el contrario, volviendo a llenar el vaso, retornó a su obsesión. La noche era corta, demasiado corta, para tomar la decisión que debía afrontar. Si alguien podía borrar la foto de ella de su computadora, ese era Hernán. ¿Qué le sucedería a Gabriel si Hernán, como todo hacía prever, lograba su cometido? Pagar el almuerzo era lo de menos. El miedo de Gabriel corría por otros andenes. Toda la historia de la foto se deslizó por su mente.

La había conocido en un pequeño y perdido pueblo, donde extrañas circunstancias habían organizado la presentación de uno de sus libros. Nunca pudo olvidar ese día. Resulta difícil para alguien que ha vivido intensamente sumergido en la realidad cotidiana, muchas veces lacerante, conservar al borde del retiro, algo de fe en el ser humano, algo de esperanza en el futuro y algo de confianza en el amor. Así había llegado Gabriel a ese salón colmado a manejar, con su oficio de disertante y experiencia docente, una audiencia como otras de un lugar cualquiera. Se equivocó, la vida volvió a sorprenderlo.
Esforzándose por hallar en su interior un entusiasmo esquivo, mientras sus palabras fluían nítidas y ordenadas acerca de sus cuentos y poemas, Gabriel paseaba, como de costumbre, su vista por las caras en silencio de los integrantes del público. Le gustaba hacerlo porque lo entretenía, cuando uno repite presentaciones hasta sus propias palabras corren el riesgo de inducir al sueño. En ese peregrinar de pares de ojos en pares de ojos se detuvo en uno, brilloso de lágrimas y poseedor de una chispa diferente. No le interesó observar a la portadora de esa mirada discordante, siguió la recorrida y continuó hablando. Al rato volvió pues la chispa de aquella mirada había tocado algún recóndito sitio de su alma, adormecido durante demasiados años. Mientras proseguía con su discurso automatizado, aquellos ojos le hablaron, se revelaron transparentes y denunciaron un alma sensible y única, esperando ser escuchada.
“Terminemos con esto, vinimos a presentar el libro y nada más, en un par de horas vuelvo a mi vida y aquí no pasó nada” se dijo y se concentró en sus palabras. Uno puede hacer caso omiso a las señales, pero ello, si las señales son importantes, no impedirá que se repitan, duplicadas en intensidad.
Al cabo de la charla y los aplausos consabidos, llegó la firma de ejemplares. Vaya a saber por qué razón Gabriel firmaba de pie. No se percató que ella, la dueña de los ojos, se acercaba disimulada en la fila hasta que la tuvo delante.
–”¿Tu nombre?” alcanzó a decir antes que ella sin mediar palabra lo estrechara en un abrazo y sin firma alguna, huyese con su libro.
Un Gabriel conmovido, sin palabras, concluyó con el rito de firma y abreviando el brindis, durante el cual la buscó infructuosamente entre la multitud, se dirigió a su hotel. Esa noche no durmió, unas cuantas siguientes tampoco. Ya lejos del pueblo esa mirada lo persiguió, todos sus días, pero mucho más todas sus noches. Algo muy misterioso y de otro plano le llegaba a través de sus ojos. La placentera sensación que Gabriel experimentaba con solo recordar su mirada se tradujo en hechos concretos. Un lento proceso de reconstrucción anímica interior y profundo se desató.
Fue entonces Gabriel un manojo de dudas, ¿era ello acaso amor, un amor jamás experimentado en sus relaciones?, esa desconocida de quien ni siquiera el nombre sabía ¿podría amarlo, desde cuándo, desde dónde, con qué fin?. O por el contrario ¿era él quien se había enamorado de repente?. ¿Y si no era amor, entonces qué nombre darle a lo que sentía, a la protección que vivía, a la armonía lograda, a la determinación en sus propósitos, a la esperanza renovada, a la fe en la vida, a la desaparición completa de su temor a la muerte?. ¿Cómo llamar a lo que sentía que ella sentía por él, o a lo que él había comenzado a sentir por ella? ¿Qué palabras podrían ser justas para semejante profundidad?. No tenía respuesta alguna.
—”Somos habitantes del misterio” se dijo un día y nuevamente se propuso, esta vez con mucha más firmeza, olvidar por completo el asunto. Pero la vida volvería a jugarle sucio.
El diario para el que trabajaba y en el que pensaba jubilarse tenía un corresponsal de guerra en Siria, Edgardo, buen compañero de trabajo de Gabriel. Se respetaban y admiraban mutuamente, a Gabriel lo fascinaba el valor de Edgardo y a éste lo maravillaba la sensibilidad poética de Gabriel. Por eso a nadie le extrañó cuando entró como una tromba el director ejecutivo del diario a la sala de redacción y dijo:
–”Edgardo fue herido en el bombardeo cerca del hotel donde está la prensa en Damasco, tranquilos que zafó pero tiene para un mes, Gabriel hacé las valijas que te vas a la guerra”
—”Mierda” fue lo único que atinó a decir. No había forma de negarse, le debía mil favores al diario y muchos más a su amigo. Esa misma noche dormía, o algo así, en el avión que a pura turbina lo llevaba a la zona más peligrosa del planeta.
La pasó mal, muy mal. A un poeta le va bien en una guerra solo en las películas, muchas veces se acordó del coraje extraordinario de Roberto Benigni en El Tigre y la Nieve, que enfrentaba a puro verso a los combatientes armados. El problema no era el miedo, a las 72 horas de ver caer bombas por todos lados, escuchar sirenas todo el tiempo, no probar bocado porque no pasa nada y no dormir ni 10 minutos seguidos, el miedo desaparece, uno está tan pero tan jugado y entregado que tener miedo no sirve para nada, se hace lo que hay que hacer, en el caso de Gabriel, lo que los uniformados le dejaban hacer, que no era demasiado y punto. Lo que no cesa es el horror y un sensible en medio de un horror creciente y continuo es como una piedra en el mar, se hunde sin remedio.
Gabriel vio morir un niño y lloró, vio amputar a un anciano y siguió llorando, vio a gente caminando enloquecida gritando de dolor por todas las calles y gritó él también. Contó los días que faltaban para que Edgardo tomase la posta como lo haría un preso y no pasaban jamás.
Le costaba escribir los informes, lo que vivía lo dejaba sin palabras. A la semana temió seriamente enloquecer, se miraba al espejo y decía BASTA un millón de veces y NO PUEDO MAS otro millón. Entonces, una noche entre sirenas, alertas rojas, bombas y ensayos de evacuación de su hotel, la mirada, aquella mirada en aquel pequeño pueblo volvió y el alivio fue inmediato. El por qué y el cómo no estuvieron a su alcance nunca, tampoco le importó demasiado. Su interpretación fue la de un desesperado
—”Debo sobrevivir para volver a verla, ella me espera”. Mentira o no, funcionó a la perfección. Encontró un valor que no conocía, trabajó e informó mejor que su experimentado colega, atendió heridos, consoló compañeros y se arriesgó más de la cuenta. Estaba convencido que mientras esos ojos lo amparasen, nada malo podría pasarle, porque dichos ojos lo llevarían de vuelta a estar frente a frente y poder contarle a su portadora, todo el bien que venía recibiendo de ella. Pero Gabriel notó que si ponía en duda su certeza, flaqueaba, el cobarde, el sensible, volvían de inmediato.
–”Necesito esa mirada conmigo, todo el tiempo” y la necesidad siempre es muy inteligente, Gabriel encontró rápidamente la forma de tenerla, con una tremenda dosis de, llamémoslo, suerte. Mientras trabajaba en su computadora otra noche en vela, buscó en las redes sociales a la persona que le había organizado la presentación de su libro en aquel perdido pueblo, con la secreta esperanza que tuviese su perfil abierto al público y a ella entre sus “amigos”.  Fue  así como dio con Margarita y por un buen rato, el informe para el diario se detuvo, las bombas y sirenas no se oyeron y el infierno sirio dio paso a un sereno remanso. Navegó por sus múltiples fotos y eligió dos en las que estuviera sola y con los ojos, esos inolvidables ojos, mirando directamente al lente de la cámara. Las amplió y recortó para que la mirada ocupase la mayor proporción posible de la foto y puso una como fondo del escritorio y otra como protectora de pantalla. Ya tenía su antídoto para los horrores de la guerra.
Cuando, tras desbordar sus pupilas de sangre derramada, infancia destrozada y ancianidad abandonada, se sentaba frente a su computadora a redactar el informe diario, bastaba con encenderla para que la tierna mirada de Margarita, cuyo significado profundo se le escapaba por completo, barriese en un segundo todas sus miserias, indignaciones y dolores, restaurando su alma para poder continuar. De ese modo pudo Gabriel completar su mes en ese hoyo de la humanidad, pasarle la posta a Edgardo y subir aliviado al avión que lo devolvió a Buenos Aires.
Cuando amaneció aún en vuelo, mientras esperaba que la azafata llegase con el desayuno, encendió su computadora y ahi estaban los ojos soñados. Su mente ya estaba en su casa y en su oficina, programando las primeras tareas que lo aguardaban en ambos ámbitos al arribar. Los ojos eran como algo fuera de lugar, habían cumplido su misión, debía eliminarlos. No fuera cosa que le pidiesen explicaciones que no tenía y que no imaginaba poder inventar. Sustituyó entonces, rápidamente, el protector de pantalla por el institucional del diario y el fondo de escritorio por un barco; navegar seguía siendo su irrefrenable pasión.
Sus compañeros y su familia se alegraron de verlo tan entero, no solo física sino también psíquicamente, tras la excepcional y traumática aventura emprendida, y afortunadamente nadie preguntó las razones de tal integridad, cuando ninguno, conociéndolo bien, hubiese apostado a ello. Gabriel respiró relajado y abrazó feliz su recobrada rutina.
Un día, el más inesperado, sucedió por vez primera. Reunidos en la mesa de directorio del diario, todos los miembros del honorable cuerpo esperaban que Gabriel terminase de enchufar los cables necesarios para proyectar el power point sobre un nuevo organigrama de funciones que había desarrollado junto a sus compañeros. Cuando estuvo todo listo, y todos los ojos de directores e invitados especiales fijos en la pantalla en blanco, Gabriel, de espaldas a la misma, activó el botón de ON. Antes de darse vuelta, alcanzó a ver las caras que viraron de la sorpresa inicial a una pícara sonrisa, algún ojo guiñado y allá en el fondo la de sus compañeros reteniendo una carcajada. Lentamente, solo para confirmar sus temores, Gabriel comenzó a mirar de reojo la enorme pantalla. Allí estaba ella, Margarita, mirándolos a todos desde su joven belleza, con sus profundos ojos, con su luz de alma y para terminar de complicar el asunto, con el nombre de usuario, justamente Gabriel, estampado tercamente en su frente. Tras un tiempo interminable en que la computadora hizo todo su proceso de inicio, apareció el escritorio, afortunadamente con la foto del barco. Gabriel inspiró profundo, abrió el power point y abordó la disertación. Había sobrevivido a un mes de guerra, no lo iba a amedrentar un pequeño papelón.
Al cabo de la reunión, soportó por días estoicamente las cargadas de sus compañeros que empezaron a hablar en voz alta de “la siria”, que “un mes es mucho tiempo para un hombre solo”, sobre “lo degenerado que siempre fuiste “, etc, etc, etc, todo alejadísimo de la realidad, pero de una realidad que Gabriel tampoco comprendía. La misma noche del incómodo episodio nuestro periodista se dedicó puntillosamente a resguardar sus archivos, pasarle al disco rígido todos los “cleaners” conocidos y a reiniciar varias veces su computadora, no quería otro sofocón. Se aseguró que todo funcionara a la perfección, y así lo hizo por unos cuantos días, durante cuyo transcurso el episodio se fue olvidando, tanto como Gabriel de Margarita y su mirada. Claro, hasta la reunión familiar de Navidad.
Como tantas veces las escenas cayeron en el lugar común: la casa llena de parientes, los tragos generosos, los paquetes debajo del árbol y las charlas con panza llena esperando las doce de la noche. Lógicamente la novedad de este año era la aventura bélica de Gabriel y la curiosidad venció a la comodidad de los sillones. Empezó como un rumor y terminó en clamor.
—” ¿Así que estuviste en la guerra? Mostrá fotos chantún, que no te creemos nada”
Sin escapatoria, Gabriel fue al escritorio, trajo la compu y con la tribuna de parientes a su espalda, brindando por anticipado y riendo ensordecedoramente, oprimió la tecla ON.
Un hoyo en la tierra no le hubiera bastado, Gabriel solo quería volatizarse, ser invisible y desaparecer por dos años como mínimo de su ámbito familiar. En la pantalla con su nombre en la frente, Margarita posaba su misteriosa mirada sobre toda la parentela.
Con los ojos abiertos de estupor y un silencio sepulcral a su espalda, el héroe de esa historia, contaba: uno, dos, tres, cuatro, cinco …… dale, desaparecé, tomátelas,… contaba y transpiraba. Una voz, solo una de las 25 almas que miraban la pantalla, atinó a decir carraspeando
—-” Buena foto”
—–”Viste qué buena” contestó con ironía Gabriel, por supuesto sin darse vuelta.
Tras el brindis más silencioso de su vida, nadie en su casa le dirigió la palabra hasta después de Reyes, tiempo vacío que el periodista empleó en destruir todos los archivos prescindibles de su computadora y volver a cargar todo el sistema operativo. Nuevamente y pese a múltiples ensayos diarios que incluyeron un sinnúmero de reinicios, apagados y suspensiones, todo pareció funcionar correctamente. A punto estuvo Gabriel de sumergir su notebook HP en la bañera llena, pero le tenía un cariño especial, al fin y al cabo había sido su compañera de trinchera y ello no se olvida.

–”¿Pero cómo diablos lo hace Hernán?, es random, aparece cuando se le canta y justo cuando menos tiene que hacerlo, además sobrevivió a todas las limpiezas que hice?”
—”Limpiaste mal idiota, sabiendo lo poco que te interesaba el Fortran IV y el Cobol cuando estudiábamos, no me extraña que no sepas manejar un cleaner”
— “Igualmente de un tiempo a esta parte se ha hecho estable aparece siempre, pero antes aparecía solo cuando trabajaba a batería, o solo de noche, o solo cuando soñaba con ella, o solo cuando me pasaba el día pensando en la foto, aunque a decir verdad después empezó a aparecer sin motivos en cualquier momento, llegué a pensar que era cuando ella pensaba en mi”
—”¡Qué chiflado Gabriel!, ¿Cómo se te ocurre eso?”
De este modo el periodista hacía partícipe, varios whiskies mediante, al ingeniero informático de la NASA, de Margarita, la siria para los amigos, el ángel guardián para él, la dueña de la mirada más profunda del mundo, que habitaba un lejano pueblo al que Gabriel ni pensaba en volver.

Mientras manejaba de vuelta a su hotel en Ciudad Vieja, esperando que no existiese por allí control de alcoholemia alguno, tomó la decisión de concurrir a la reunión programada a las 9 de madrugada del día siguiente, Hernán lo merecía, lo que no sabía era si le iba a dar la ocasión de pasar a degüello la foto de la controversia. Lo consultaría con la almohada y decidiría por la mañana.
Se durmió con la duda, pero fue una noche maravillosa, pese al medio litro de Johnnie Walker o quizás gracias a él. Soñó que alguien lo abrazaba, que le hablaba dulce al oído, que le iba liberando de todas sus preocupaciones y que le instilaba una confianza sin igual, tanto en la vida, como en sí mismo. Era indudablemente una mujer pero como estaba a sus espaldas, no podía verle el rostro, se dejó llevar, lo disfrutó y amaneció despejado como nunca. Miró el reloj, tenía tiempo, decidió quedarse en la cama un rato más. Giró sobre su cuerpo y sus ojos fueron a dar a la mesita de luz del lado opuesto, donde un objeto, que parecía no haber estado allí la noche anterior, llamó su atención. Lo tomó para observarlo de cerca, era un pañuelo de seda, con algún diseño, de esos que las mujeres suelen llevar atados a su cuello y que tan bien realzan la belleza del rostro, claro, solo cuando el rostro es bello.
Lo asaltaron preguntas ¿Cómo llegó ahí? ¿A quién pertenece? ¿Se lo habrá olvidado la pasajera anterior? ¿Será de la mucama? ¿Se lo habré robado a la mulatona?
Una vaga intuición lo sobresaltó, se levantó desnudo y casi sin respirar se abalanzó sobre la computadora, había algo familiar en el diseño de ese pañuelo, se dijo, mientras pulsó la tecla ON.
Allí estaba Margarita, mirándolo, con su nombre de usuario estampado en la frente y un pañuelo idéntico al que obraba en las manos de Gabriel, coquetamente atado a su cuello. Le faltaba sonreír, la cara que puso el poeta periodista, desnudo y a punto de desmayo, lo merecía con creces.
Gabriel tomó una ducha casi helada, se vistió, dejó la computadora en el hotel y se encaminó hacia el Radisson, que estaba a pocas cuadras, para decirle a su amigo Hernán que se metiera su título y su experiencia en donde imaginaba, pues él, ya no dudaba, algo escondía esa mirada, algo demasiado importante como para seguir ignorándola o intentando vanamente desecharla.
Con el aire fresco de la rambla hiriendo su rostro inadaptado a esas tempranas horas, Gabriel caminaba disfrutando el paisaje de su amada Montevideo, pero su mente ya estaba elucubrando motivos para convencer al organizador de la presentación de su libro en el lejano pueblo, de reiterarla lo antes posible.
No tenía forma de saber si Margarita lo esperaba, o menos aun, si la foto era su peculiar forma de llamarlo, pero Gabriel, periodista al fin, no soportaba tener una historia metafísica entre manos y no intentar comprenderla lo suficiente, como para, mínimamente, lograr escribirla.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 25 de agosto de 2017

 

Published in: on agosto 26, 2017 at 1:21 am  Comments (1)  

ANTINOCHE

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ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

AL FILO

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AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)