FRÁGIL

FRÁGIL

–”¿Cerrás vos?”
–”Si, andá tranquilo, ordeno unos recibos y cierro”
Ricardo fue al perchero, colgó el guardapolvo y firmó la planilla. A lo lejos, el motor rugiente de la moto del alta cilindrada de Rubén, le dijo que estaba solo, a las diez de la noche de un jueves cualquiera, en la filial de una escuela muy particular.
Después de resistirse por años, hacía un par que había asumido la función que en cualquier ámbito a lo largo de la vida, le reservaban para él: el cuida plata. A no dudarlo inspiraba confianza y pese a que renegaba del número, siempre en favor de su acentuada pasión literaria, todos admiraban su habilidad con él. ¿Qué lo había impulsado a aceptar? Sin duda su amistad con Eduardo, demasiado grande y enfermo como para seguir haciéndolo y su admiración y cariño por Claudio y Estela, quienes lo habían llevado de la mano, con amor y paciencia, en un nuevo escalón del laberinto espiritual.
Pese a que lo esperaban en su casa, ¿lo esperaban realmente?, decidió terminar su tarea, era fin de mes y había que rendir la recaudación en central. Total, para cenar solo, media hora más no hacía diferencia alguna.
Cuando dejó listo el balance mensual, recogió sus cosas y apagando las luces por el camino se dirigió a la solitaria puerta de entrada, a la que flanqueaban macetas que hacía unos días extrañaban el cuidado de Cristian. Al ir a trasponerla, una duda, de esas obsesivas que suelen recrudecer en soledad, lo asaltó ¿había o no apagado la estufa del salón principal?. En un contexto de gas carísimo, y socios empobrecidos, 24 horas de estufa prendida era un inútil gasto que no estaba dispuesto a consentir.
Deshizo el camino andado encendiendo las mínimas luces necesarias para no tropezar y se encontró por ver primera solo, en el salón donde toda la actividad de la peculiar escuela trascurre, un día después del otro, en una centenaria sucesión. Salón que supo de multitudes, de ausencias notorias y de presencias invisibles, pero que jamás supo de inactividad en los horarios designados para su funcionamiento. Ricardo verificó que la estufa estuviera apagada y se dejó ganar por una íntima necesidad.
Se sentó en el primer banco, elevó su vista a la gran cruz y cerró sus ojos dispuesto a quedarse allí, hasta que la misma voz interior que lo había retenido, lo dejase marchar. En el silencio del salón solitario una visión lo sobrecogió. Vio entrar por la puerta una multitud de afligidos de toda edad, agobiados por pesos insoportables, algunos de los cuales tenían el nombre del portador y otros tenían nombres de terceros. También vio una multitud de seres con brazos musculosos, perfectamente saludables y sonrientes, acarreando unos pesos insoportables con multitud de nombres inscriptos en ellos. Todos ellos tomaban sitio en los bancos y comenzaban con su práctica. Al tiempo vio otros seres, un poco más traslúcidos y muy luminosos, acercarse a los sentados y tomar con suma facilidad las cargas que pesaban sobre hombros y cabezas de quienes los habían traído. Los vio depositar dichas cargas al pie de la cruz, tras lo cual todos quienes habían llegado se incorporaron, cantaron una marcha, se saludaron fraternalmente y se retiraron en paz.
Conmovido, pero no sorprendido, ya que de una u otra forma ello sucedía allí mismo cada vez que asistía, Ricardo abríó los ojos, sin sospechar que estaba a punto de encontrar la respuesta a una pregunta que venía formulándose desde hacía muchísimo tiempo.
Siguió mirando fijamente a la cruz hasta que sin pretenderlo se encontró mirando la pared a su derecha, en ese instante la visión continuó. Se sobresaltó, era la primera vez que veía una realidad inmaterial con los ojos abiertos. Nítidamente sobre la pared apareció su figura, mucho más joven y mucho más delgado. Salía de una vieja casa del barrio de Almagro, débil, pálido, con las piernas temblorosas, azules ojeras y sobrepasado de miedo. Se vio alzar un mano para detener un taxi, del que se contempló bajar con suma dificultad e ingresar a la escuela central con ayuda del taxista, donde fue recibido por un trío de hombres que vestían un guardapolvo igual al que él acababa de colgar en el perchero. Todo su ser volvió a ese día, el cual había tenido lugar nada menos que 22 años atrás.
Inconstante de profesión, pero buscador incansable de la verdad, había seguido tantos caminos como había abandonado. Religión, ciencia, lugares sacros, disciplinas orientales, terapias de todo tipo jalonaban sus años. Consideraba a todos respetables y valiosos y de cada uno de ellos había extraído enseñanzas, la miel de la cuales conservaba y practicaba, todos los días. Pero solo había permanecido en un sitio, al que sentía cada vez más propio, cada día más como su verdadero hogar. 22 años puede parecer mucho tiempo, pero en la búsqueda de la esencia del ser humano apenas alcanzan para los primeros centímetros del umbral. Y Ricardo quería saber, necesitaba saber varias cosas: cuál había sido el motivo que lo había llevado a quedarse allí, qué lo había llevado a preferirlo frente a los otros, qué lo llevaba a pagar el precio de cenar solo con tal de poder seguir asistiendo. En definitiva, qué lo hacía perseverar en el camino, qué había hecho la diferencia, diferencia que en el momento de extrema fragilidad que se representaba ante sus ojos en la pared, le había permitido fortalecerse y continuar viviendo y luchando, términos que han sido, en su vida, más sinónimos que nunca.
Entonces lo vio. Esos hombres de guardapolvo le dijeron unas palabras incomprensibles para él en su momento, lo hicieron participar de una práctica en un salón inmenso pero muy parecido a aquél en que estaba, práctica más incomprensible aún y con la recomendación de volver al otro día, lo despidieron hacia su casa, donde se vio llegar más fortalecido, probar bocado por vez primera en la semana y lograr dormir un par de horas tras quince noches de insomnio continuo. Al otro día volvió, y al otro y al siguiente, en un mes estuvo bien, en un mes y medio pudo trabajar nuevamente. Un poco por curiosidad, y mucho por el bienestar ganado, nunca más se fue.
La vivencia de ese día crucial de su existencia, el recuerdo profundo del mismo le facilitó ver el motivo de su adhesión. En ningún momento nadie le había preguntado nada y nadie le había pedido nada a cambio de la ayuda suministrada. Ricardo se sorprendió de la gratuidad inmerecida que lo había salvado. En cada lugar que había concurrido se había sentido evaluado, juzgado ( en algunos hasta rechazado) y siempre sutil o brutalmente hecho saber que alguna retribución de su parte, era no solo bienvenida, sino también esperada. Por vez primera veía y experimentaba en carne propia hacer el bien por el bien mismo, aceptar sin juzgar, ayudar sin esperar nada a cambio. No era ciertamente la lógica del mundo. Tampoco era lo que había experimentado en su familia de origen, en sus trabajos, en sus parejas.
Ricardo lloró. Y lloró un buen rato porque vio ante si, expuesta con claridad meridiana, no solo la razón de su permanencia en ese sitio durante 22 años, sino también su propia extrema fragilidad.
Una fragilidad que lo condujo a una vida casi eremítica y a establecer relaciones con muchas reservas, aún las íntimas. Reservas que no conocen otra razón que el miedo a ser juzgado, porque todos, casi sin excepción, se erigen y creen tener derecho a ello, en jueces del otro. Casi nadie acepta al otro como es. A Ricardo siempre, aún quienes lo quisieron bien, intentaron cambiarlo, a veces de buen modo y otras no tanto y ello incluye a sus padres, maestros y parejas. Quizás la gota que rebalsó el vaso haya sido cuando, a favor del crecimiento de sus hijos, hasta ellos se convirtieron en jueces de su manera de ser.
Pero Ricardo lloró aún más, cuando se dio cuenta que el peor juez, el más cruel e inflexible, que lo había tenido sentado en el banquillo de los acusados, había sido él mismo y tristemente, seguía haciéndolo. Pudo ver que ninguno de todos esos juicios había logrado modificarlo en lo más mínimo, por el contrario, lo único que habían obtenido de él, era una franca rebeldía y una persistencia tenaz en la conducta y modos más severamente cuestionados. Si algo había cambiado, y de hecho había cambiado bastante, se lo debía al mensaje reiterado y amoroso de las distintas voces de ese sitio, que con una paciencia extrema, lo habían conducido a la propia reflexión. Es verdad que uno cambia solo cuando quiere cambiar y aún así le cuesta bastante, porque las conductas y actitudes negativas, de tanto practicarlas han asumido una espontaneidad y automaticidad que cuesta revertir.
Aceptarlo, amarlo, ayudarlo así como era y estaba, sin siquiera interesarse por saber cómo había llegado a ese estado, había sido la receta utilizada en esa escuela tan especial para rescatarlo del abismo. Ricardo tomo consciencia que era tiempo de comenzar a aplicarla en si mismo, para poder sanar esas heridas profundas que cada tanto sangran todavía y superar esos odiosos límites que le impiden una sana relación con sus semejantes. Al fin y al cabo cien años de aplicación exitosa, no son para desdeñar.
Sus ojos se posaron sobre el reloj del ángulo de las paredes, eran las once, nadie se había preocupado por la demora.
Se levantó del banco, apagó las luces camino de la puerta, salió y cerró la filial detrás de sí. Ya se iba a ocupar el frescor de la noche de secar las lágrimas que todavía, más espaciadas, surcaban su rostro.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de septiembre de 2017

Anuncios
Published in: on septiembre 3, 2017 at 6:37 pm  Dejar un comentario  

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El lupanar con apariencia de whiskería de la zona roja montevideana bullía de actividad. Al son del viejo y gastado equipo de audio, las tristes mariposas del amor pago repartían tragos y falsas sonrisas, mostrando sus ajadas carnes que asomaban tras sus más ajados atuendos revisteriles. El humo del cigarrillo tornaba casi irrespirable el aire mientras la penumbra reinante le permitía a los parroquianos soñar belleza donde no la había. Un sucio rincón daba sitio a una pequeña mesa ante la cual dos sesentones dialogaban animadamente en torno a una botella de Johnnie Walker a medio terminar.
—”Dejate de joder Gabriel, vos siempre creyendo estupideces, no cambias más”
—” Vos, por una vez sola Hernán, abrí la cabeza, no todo es exacto y demostrable en esta vida”
—”Pero si sabés que soy así, si no toco no creo, como Tomás, el de tu Biblia, dejame meter la mano en la llaga y después hablamos”
—”¿Que me estás diciendo?”
—”Sencillito, traeme la compu y si después que le hago todos los reinicios y limpiezas de disco que conozco, la foto te sigue apareciendo, recién ahi empezaré a creerte. Escribís demasiado Gabriel, la fantasía te está matando, tomate vacaciones.”
—-”¡Ja!, los escritores no se toman vacaciones, no se puede dejar de ser escritor por quince días, uno lo es siempre, hasta cuando duerme. Por otro lado, no las necesito, mi trabajo es tan apasionante que hacer una pausa breve tiene el sabor del tiempo malgastado”
Una mulata sinuosa, con demasiadas “llamadas” encima les muestra sus dientes roídos y pasa una pluma atada a su trasero por el cabello de Hernán, que se molesta.
—”Vos y tus lugares de mierda, Gabriel, ¿Cuándo vas a madurar? ¿Qué buscás en estas putas tristes? Algún día por seguirte me van a robar y violar”
—”Busco inspiración, como siempre, algo muy lejos de tus algoritmos querido Hernán, ¿me vas a ayudar entonces, o no?”. Gabriel apuró su vaso de scotch y volvió a llenarlo, tras completar el de Hernán.
—”Pará loco que tengo que bajar de este sucio cerro manejando y si me pierdo soy boleta” protestó sin mucho convencimiento
—”Decís que sos amigo mío y nadie te tocará, me conocen hasta los perros callejeros por aquí, ellos más que nadie, les doy de comer cada vez que vengo”
—”Mañana, tempranito, tipo 9, así te agarro bien dormido a vos que en tu perra vida madrugaste, te espero en el bar del Radisson, un lugar como la gente, no como los tuyos, me traes la compu y vemos si hago desaparecer de la pantalla a la mujer de tus sueños. Si lo logro me pagás el almuerzo, trae muchos verdes porque pienso pedir shampoo francés”. Hernán levantó la copa y brindó para sellar el pacto. “Me tengo que ir” añadió.
—”Andá maricón y cuidate mucho, yo me quedo un rato a conversar con la mulatona, no te gustarán sus dientes pero yo le conozco otras virtudes” Gabriel se paró como pudo y le dio un cálido abrazo a Hernán, quien tampoco la tuvo fácil, ambos tan distintos pero tan compinches, por un rato, apenas 50 años.
Desde su silla Gabriel contempló a Hernán apartando a las sexo traficantes para llegar a la puerta y mientras sonreía para sí, le vino a la memoria el Hernán adolescente, prolijo y previsible, sumamente inteligente, de una conducta intachable y siempre digno de toda confianza. Hoy Hernán era dueño de una posición económica envidiable, integrante de una sólida familia tradicional a la que accediera por un ventajoso matrimonio y hacedor de una extraordinaria carrera que lo había llevado a trabajar en el centro de cómputos de la NASA. Un oportuno viaje a Uruguay había posibilitado el encuentro.
También Gabriel se vio a si mismo en aquella edad, enamoradizo e inestable, amante de la noche pero brillante alumno, sobre todo en matemáticas y literatura, hecho que le había llevado a optar por esta última, ya que consideraba a las primeras como una soberana estupidez, un juego para entretener la mente, absolutamente inservible para afrontar los inmensos misterios de la vida, el amor y la muerte que se desplegaban a sus 16 años ante él. No le había ido mal tampoco. Tras esfuerzos y fracasos había logrado formar una familia cuyos vástagos ya habían volado del nido, tenía un bien ganado prestigio como escritor y poeta y se mantenía con sus ingresos como periodista para un prestigioso medio argentino.
Desprovisto de compañía, Gabriel no estuvo ni cerca de invitar a la mulatona a su mesa como hubiese hecho gustoso en un viaje normal, sino que por el contrario, volviendo a llenar el vaso, retornó a su obsesión. La noche era corta, demasiado corta, para tomar la decisión que debía afrontar. Si alguien podía borrar la foto de ella de su computadora, ese era Hernán. ¿Qué le sucedería a Gabriel si Hernán, como todo hacía prever, lograba su cometido? Pagar el almuerzo era lo de menos. El miedo de Gabriel corría por otros andenes. Toda la historia de la foto se deslizó por su mente.

La había conocido en un pequeño y perdido pueblo, donde extrañas circunstancias habían organizado la presentación de uno de sus libros. Nunca pudo olvidar ese día. Resulta difícil para alguien que ha vivido intensamente sumergido en la realidad cotidiana, muchas veces lacerante, conservar al borde del retiro, algo de fe en el ser humano, algo de esperanza en el futuro y algo de confianza en el amor. Así había llegado Gabriel a ese salón colmado a manejar, con su oficio de disertante y experiencia docente, una audiencia como otras de un lugar cualquiera. Se equivocó, la vida volvió a sorprenderlo.
Esforzándose por hallar en su interior un entusiasmo esquivo, mientras sus palabras fluían nítidas y ordenadas acerca de sus cuentos y poemas, Gabriel paseaba, como de costumbre, su vista por las caras en silencio de los integrantes del público. Le gustaba hacerlo porque lo entretenía, cuando uno repite presentaciones hasta sus propias palabras corren el riesgo de inducir al sueño. En ese peregrinar de pares de ojos en pares de ojos se detuvo en uno, brilloso de lágrimas y poseedor de una chispa diferente. No le interesó observar a la portadora de esa mirada discordante, siguió la recorrida y continuó hablando. Al rato volvió pues la chispa de aquella mirada había tocado algún recóndito sitio de su alma, adormecido durante demasiados años. Mientras proseguía con su discurso automatizado, aquellos ojos le hablaron, se revelaron transparentes y denunciaron un alma sensible y única, esperando ser escuchada.
“Terminemos con esto, vinimos a presentar el libro y nada más, en un par de horas vuelvo a mi vida y aquí no pasó nada” se dijo y se concentró en sus palabras. Uno puede hacer caso omiso a las señales, pero ello, si las señales son importantes, no impedirá que se repitan, duplicadas en intensidad.
Al cabo de la charla y los aplausos consabidos, llegó la firma de ejemplares. Vaya a saber por qué razón Gabriel firmaba de pie. No se percató que ella, la dueña de los ojos, se acercaba disimulada en la fila hasta que la tuvo delante.
–”¿Tu nombre?” alcanzó a decir antes que ella sin mediar palabra lo estrechara en un abrazo y sin firma alguna, huyese con su libro.
Un Gabriel conmovido, sin palabras, concluyó con el rito de firma y abreviando el brindis, durante el cual la buscó infructuosamente entre la multitud, se dirigió a su hotel. Esa noche no durmió, unas cuantas siguientes tampoco. Ya lejos del pueblo esa mirada lo persiguió, todos sus días, pero mucho más todas sus noches. Algo muy misterioso y de otro plano le llegaba a través de sus ojos. La placentera sensación que Gabriel experimentaba con solo recordar su mirada se tradujo en hechos concretos. Un lento proceso de reconstrucción anímica interior y profundo se desató.
Fue entonces Gabriel un manojo de dudas, ¿era ello acaso amor, un amor jamás experimentado en sus relaciones?, esa desconocida de quien ni siquiera el nombre sabía ¿podría amarlo, desde cuándo, desde dónde, con qué fin?. O por el contrario ¿era él quien se había enamorado de repente?. ¿Y si no era amor, entonces qué nombre darle a lo que sentía, a la protección que vivía, a la armonía lograda, a la determinación en sus propósitos, a la esperanza renovada, a la fe en la vida, a la desaparición completa de su temor a la muerte?. ¿Cómo llamar a lo que sentía que ella sentía por él, o a lo que él había comenzado a sentir por ella? ¿Qué palabras podrían ser justas para semejante profundidad?. No tenía respuesta alguna.
—”Somos habitantes del misterio” se dijo un día y nuevamente se propuso, esta vez con mucha más firmeza, olvidar por completo el asunto. Pero la vida volvería a jugarle sucio.
El diario para el que trabajaba y en el que pensaba jubilarse tenía un corresponsal de guerra en Siria, Edgardo, buen compañero de trabajo de Gabriel. Se respetaban y admiraban mutuamente, a Gabriel lo fascinaba el valor de Edgardo y a éste lo maravillaba la sensibilidad poética de Gabriel. Por eso a nadie le extrañó cuando entró como una tromba el director ejecutivo del diario a la sala de redacción y dijo:
–”Edgardo fue herido en el bombardeo cerca del hotel donde está la prensa en Damasco, tranquilos que zafó pero tiene para un mes, Gabriel hacé las valijas que te vas a la guerra”
—”Mierda” fue lo único que atinó a decir. No había forma de negarse, le debía mil favores al diario y muchos más a su amigo. Esa misma noche dormía, o algo así, en el avión que a pura turbina lo llevaba a la zona más peligrosa del planeta.
La pasó mal, muy mal. A un poeta le va bien en una guerra solo en las películas, muchas veces se acordó del coraje extraordinario de Roberto Benigni en El Tigre y la Nieve, que enfrentaba a puro verso a los combatientes armados. El problema no era el miedo, a las 72 horas de ver caer bombas por todos lados, escuchar sirenas todo el tiempo, no probar bocado porque no pasa nada y no dormir ni 10 minutos seguidos, el miedo desaparece, uno está tan pero tan jugado y entregado que tener miedo no sirve para nada, se hace lo que hay que hacer, en el caso de Gabriel, lo que los uniformados le dejaban hacer, que no era demasiado y punto. Lo que no cesa es el horror y un sensible en medio de un horror creciente y continuo es como una piedra en el mar, se hunde sin remedio.
Gabriel vio morir un niño y lloró, vio amputar a un anciano y siguió llorando, vio a gente caminando enloquecida gritando de dolor por todas las calles y gritó él también. Contó los días que faltaban para que Edgardo tomase la posta como lo haría un preso y no pasaban jamás.
Le costaba escribir los informes, lo que vivía lo dejaba sin palabras. A la semana temió seriamente enloquecer, se miraba al espejo y decía BASTA un millón de veces y NO PUEDO MAS otro millón. Entonces, una noche entre sirenas, alertas rojas, bombas y ensayos de evacuación de su hotel, la mirada, aquella mirada en aquel pequeño pueblo volvió y el alivio fue inmediato. El por qué y el cómo no estuvieron a su alcance nunca, tampoco le importó demasiado. Su interpretación fue la de un desesperado
—”Debo sobrevivir para volver a verla, ella me espera”. Mentira o no, funcionó a la perfección. Encontró un valor que no conocía, trabajó e informó mejor que su experimentado colega, atendió heridos, consoló compañeros y se arriesgó más de la cuenta. Estaba convencido que mientras esos ojos lo amparasen, nada malo podría pasarle, porque dichos ojos lo llevarían de vuelta a estar frente a frente y poder contarle a su portadora, todo el bien que venía recibiendo de ella. Pero Gabriel notó que si ponía en duda su certeza, flaqueaba, el cobarde, el sensible, volvían de inmediato.
–”Necesito esa mirada conmigo, todo el tiempo” y la necesidad siempre es muy inteligente, Gabriel encontró rápidamente la forma de tenerla, con una tremenda dosis de, llamémoslo, suerte. Mientras trabajaba en su computadora otra noche en vela, buscó en las redes sociales a la persona que le había organizado la presentación de su libro en aquel perdido pueblo, con la secreta esperanza que tuviese su perfil abierto al público y a ella entre sus “amigos”.  Fue  así como dio con Margarita y por un buen rato, el informe para el diario se detuvo, las bombas y sirenas no se oyeron y el infierno sirio dio paso a un sereno remanso. Navegó por sus múltiples fotos y eligió dos en las que estuviera sola y con los ojos, esos inolvidables ojos, mirando directamente al lente de la cámara. Las amplió y recortó para que la mirada ocupase la mayor proporción posible de la foto y puso una como fondo del escritorio y otra como protectora de pantalla. Ya tenía su antídoto para los horrores de la guerra.
Cuando, tras desbordar sus pupilas de sangre derramada, infancia destrozada y ancianidad abandonada, se sentaba frente a su computadora a redactar el informe diario, bastaba con encenderla para que la tierna mirada de Margarita, cuyo significado profundo se le escapaba por completo, barriese en un segundo todas sus miserias, indignaciones y dolores, restaurando su alma para poder continuar. De ese modo pudo Gabriel completar su mes en ese hoyo de la humanidad, pasarle la posta a Edgardo y subir aliviado al avión que lo devolvió a Buenos Aires.
Cuando amaneció aún en vuelo, mientras esperaba que la azafata llegase con el desayuno, encendió su computadora y ahi estaban los ojos soñados. Su mente ya estaba en su casa y en su oficina, programando las primeras tareas que lo aguardaban en ambos ámbitos al arribar. Los ojos eran como algo fuera de lugar, habían cumplido su misión, debía eliminarlos. No fuera cosa que le pidiesen explicaciones que no tenía y que no imaginaba poder inventar. Sustituyó entonces, rápidamente, el protector de pantalla por el institucional del diario y el fondo de escritorio por un barco; navegar seguía siendo su irrefrenable pasión.
Sus compañeros y su familia se alegraron de verlo tan entero, no solo física sino también psíquicamente, tras la excepcional y traumática aventura emprendida, y afortunadamente nadie preguntó las razones de tal integridad, cuando ninguno, conociéndolo bien, hubiese apostado a ello. Gabriel respiró relajado y abrazó feliz su recobrada rutina.
Un día, el más inesperado, sucedió por vez primera. Reunidos en la mesa de directorio del diario, todos los miembros del honorable cuerpo esperaban que Gabriel terminase de enchufar los cables necesarios para proyectar el power point sobre un nuevo organigrama de funciones que había desarrollado junto a sus compañeros. Cuando estuvo todo listo, y todos los ojos de directores e invitados especiales fijos en la pantalla en blanco, Gabriel, de espaldas a la misma, activó el botón de ON. Antes de darse vuelta, alcanzó a ver las caras que viraron de la sorpresa inicial a una pícara sonrisa, algún ojo guiñado y allá en el fondo la de sus compañeros reteniendo una carcajada. Lentamente, solo para confirmar sus temores, Gabriel comenzó a mirar de reojo la enorme pantalla. Allí estaba ella, Margarita, mirándolos a todos desde su joven belleza, con sus profundos ojos, con su luz de alma y para terminar de complicar el asunto, con el nombre de usuario, justamente Gabriel, estampado tercamente en su frente. Tras un tiempo interminable en que la computadora hizo todo su proceso de inicio, apareció el escritorio, afortunadamente con la foto del barco. Gabriel inspiró profundo, abrió el power point y abordó la disertación. Había sobrevivido a un mes de guerra, no lo iba a amedrentar un pequeño papelón.
Al cabo de la reunión, soportó por días estoicamente las cargadas de sus compañeros que empezaron a hablar en voz alta de “la siria”, que “un mes es mucho tiempo para un hombre solo”, sobre “lo degenerado que siempre fuiste “, etc, etc, etc, todo alejadísimo de la realidad, pero de una realidad que Gabriel tampoco comprendía. La misma noche del incómodo episodio nuestro periodista se dedicó puntillosamente a resguardar sus archivos, pasarle al disco rígido todos los “cleaners” conocidos y a reiniciar varias veces su computadora, no quería otro sofocón. Se aseguró que todo funcionara a la perfección, y así lo hizo por unos cuantos días, durante cuyo transcurso el episodio se fue olvidando, tanto como Gabriel de Margarita y su mirada. Claro, hasta la reunión familiar de Navidad.
Como tantas veces las escenas cayeron en el lugar común: la casa llena de parientes, los tragos generosos, los paquetes debajo del árbol y las charlas con panza llena esperando las doce de la noche. Lógicamente la novedad de este año era la aventura bélica de Gabriel y la curiosidad venció a la comodidad de los sillones. Empezó como un rumor y terminó en clamor.
—” ¿Así que estuviste en la guerra? Mostrá fotos chantún, que no te creemos nada”
Sin escapatoria, Gabriel fue al escritorio, trajo la compu y con la tribuna de parientes a su espalda, brindando por anticipado y riendo ensordecedoramente, oprimió la tecla ON.
Un hoyo en la tierra no le hubiera bastado, Gabriel solo quería volatizarse, ser invisible y desaparecer por dos años como mínimo de su ámbito familiar. En la pantalla con su nombre en la frente, Margarita posaba su misteriosa mirada sobre toda la parentela.
Con los ojos abiertos de estupor y un silencio sepulcral a su espalda, el héroe de esa historia, contaba: uno, dos, tres, cuatro, cinco …… dale, desaparecé, tomátelas,… contaba y transpiraba. Una voz, solo una de las 25 almas que miraban la pantalla, atinó a decir carraspeando
—-” Buena foto”
—–”Viste qué buena” contestó con ironía Gabriel, por supuesto sin darse vuelta.
Tras el brindis más silencioso de su vida, nadie en su casa le dirigió la palabra hasta después de Reyes, tiempo vacío que el periodista empleó en destruir todos los archivos prescindibles de su computadora y volver a cargar todo el sistema operativo. Nuevamente y pese a múltiples ensayos diarios que incluyeron un sinnúmero de reinicios, apagados y suspensiones, todo pareció funcionar correctamente. A punto estuvo Gabriel de sumergir su notebook HP en la bañera llena, pero le tenía un cariño especial, al fin y al cabo había sido su compañera de trinchera y ello no se olvida.

–”¿Pero cómo diablos lo hace Hernán?, es random, aparece cuando se le canta y justo cuando menos tiene que hacerlo, además sobrevivió a todas las limpiezas que hice?”
—”Limpiaste mal idiota, sabiendo lo poco que te interesaba el Fortran IV y el Cobol cuando estudiábamos, no me extraña que no sepas manejar un cleaner”
— “Igualmente de un tiempo a esta parte se ha hecho estable aparece siempre, pero antes aparecía solo cuando trabajaba a batería, o solo de noche, o solo cuando soñaba con ella, o solo cuando me pasaba el día pensando en la foto, aunque a decir verdad después empezó a aparecer sin motivos en cualquier momento, llegué a pensar que era cuando ella pensaba en mi”
—”¡Qué chiflado Gabriel!, ¿Cómo se te ocurre eso?”
De este modo el periodista hacía partícipe, varios whiskies mediante, al ingeniero informático de la NASA, de Margarita, la siria para los amigos, el ángel guardián para él, la dueña de la mirada más profunda del mundo, que habitaba un lejano pueblo al que Gabriel ni pensaba en volver.

Mientras manejaba de vuelta a su hotel en Ciudad Vieja, esperando que no existiese por allí control de alcoholemia alguno, tomó la decisión de concurrir a la reunión programada a las 9 de madrugada del día siguiente, Hernán lo merecía, lo que no sabía era si le iba a dar la ocasión de pasar a degüello la foto de la controversia. Lo consultaría con la almohada y decidiría por la mañana.
Se durmió con la duda, pero fue una noche maravillosa, pese al medio litro de Johnnie Walker o quizás gracias a él. Soñó que alguien lo abrazaba, que le hablaba dulce al oído, que le iba liberando de todas sus preocupaciones y que le instilaba una confianza sin igual, tanto en la vida, como en sí mismo. Era indudablemente una mujer pero como estaba a sus espaldas, no podía verle el rostro, se dejó llevar, lo disfrutó y amaneció despejado como nunca. Miró el reloj, tenía tiempo, decidió quedarse en la cama un rato más. Giró sobre su cuerpo y sus ojos fueron a dar a la mesita de luz del lado opuesto, donde un objeto, que parecía no haber estado allí la noche anterior, llamó su atención. Lo tomó para observarlo de cerca, era un pañuelo de seda, con algún diseño, de esos que las mujeres suelen llevar atados a su cuello y que tan bien realzan la belleza del rostro, claro, solo cuando el rostro es bello.
Lo asaltaron preguntas ¿Cómo llegó ahí? ¿A quién pertenece? ¿Se lo habrá olvidado la pasajera anterior? ¿Será de la mucama? ¿Se lo habré robado a la mulatona?
Una vaga intuición lo sobresaltó, se levantó desnudo y casi sin respirar se abalanzó sobre la computadora, había algo familiar en el diseño de ese pañuelo, se dijo, mientras pulsó la tecla ON.
Allí estaba Margarita, mirándolo, con su nombre de usuario estampado en la frente y un pañuelo idéntico al que obraba en las manos de Gabriel, coquetamente atado a su cuello. Le faltaba sonreír, la cara que puso el poeta periodista, desnudo y a punto de desmayo, lo merecía con creces.
Gabriel tomó una ducha casi helada, se vistió, dejó la computadora en el hotel y se encaminó hacia el Radisson, que estaba a pocas cuadras, para decirle a su amigo Hernán que se metiera su título y su experiencia en donde imaginaba, pues él, ya no dudaba, algo escondía esa mirada, algo demasiado importante como para seguir ignorándola o intentando vanamente desecharla.
Con el aire fresco de la rambla hiriendo su rostro inadaptado a esas tempranas horas, Gabriel caminaba disfrutando el paisaje de su amada Montevideo, pero su mente ya estaba elucubrando motivos para convencer al organizador de la presentación de su libro en el lejano pueblo, de reiterarla lo antes posible.
No tenía forma de saber si Margarita lo esperaba, o menos aun, si la foto era su peculiar forma de llamarlo, pero Gabriel, periodista al fin, no soportaba tener una historia metafísica entre manos y no intentar comprenderla lo suficiente, como para, mínimamente, lograr escribirla.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 25 de agosto de 2017

 

Published in: on agosto 26, 2017 at 1:21 am  Comments (1)  

ANTINOCHE

amantescosmicos

ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

AL FILO

hombre-y-perro-en-playa

AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)  

LA FOTO Y EL ENSUEÑO

woman in love

LA FOTO Y EL ENSUEÑO

Oscar es el único contador de un minúsculo pueblo de la bellísima serranía cordobesa. No tiene una mala vida y jamás se queja de ella. Heredó el estudio de su padre y supo con mucho trabajo y algunos descuentos de honorarios – porqué ocultarlo- mantener casi íntegra la cartera de clientes que habían caído bajo la magia seductora de su progenitor, un político de los años bravos quien cosechaba clientes sin que se tuviera en claro si era por capacidad profesional o protección política.

Oscar no pudo heredar esa habilidad, era demasiado tímido para tener cualquier tipo de vida social que le permitiese siquiera tomar contacto con algun desconocido. ¡Cuánto detestaba ese defecto! Con mucho esfuerzo había logrado superar una tartamudez infantil y seguir, no sin cierta incomodidad, a su señora en sus vanos y repetidos intentos de socialización. Su timidez y no otra razón, lo había llevado a casarse con su primera novia, quien en realidad lo cazó a él con algo de amor en sus alforjas pero también bastante de interés, olfateando que el viejo zorro del padre debería tener varios hoyos llenos de oro, no siempre bien habidos.

Oscar era además de tímido, ermitaño, callado, soñador y poeta. Todos lastres para la profesión que la imposición paterna había elegido para el vástago, por cierto único. De haber podido elegir y de haber tenido un padre decidido a mantenerlo en la vagancia, Oscar jamás se habría casado, jamás habría tenido hijos y nunca hubiese abandonado la casona familiar, poseedora de esos maravillosos rincones umbríos con vistas divinas, donde esconderse a soñar y a escribir.

En cambio, vivía con su tan sociable esposa, dos hijos adolescentes, una mucama y tres perros, en una casa mediana con vista a la ruta y estudio incorporado. Los momentos libres se le esfumaban entre el Rotary Club, el club social y deportivo y la iglesia, todas encomiables instituciones que lo exprimían gratuitamente, honrándolo con el dudoso beneficio del cargo de Tesorero. Igualmente se las ingeniaba para escribir poesías, de madrugada o bien bajo los árboles mientras se hacía el que miraba a sus hijos en los distintos deportes que practicaban. Habitar la ensoñación era ya mucho más complicado. En su casa los televisores, radios y equipos de música jamás cesaban y había comprobado con horror que apagarlos era mucho peor ya que todo su clan aprovechaba el silencio reinante para recordarle sus múltiples demandas insatisfechas, al unísono..

Solía entonces reservar al ensueño, ayudado por el mágico entorno serrano, los momentos de tránsito entre su estudio y los distintos clientes. A fin de alargar ese tiempo, dejó por completo de usar el auto y comenzó a realizar su monótona recorrida de a pie, siempre con una libreta en el portafolio para que cuando lo asaltase el duende poético, pudiese de inmediato y hasta sentado en el mismo cordón de la vereda, tomar las notas que en la madrugada siguiente darían luz a sus versos.

Entre el batifondo de su casa y la concentración en los problemas contables, había así Oscar, con forceps, encontrado su espacio. Ni bien trasponía el umbral de su domicilio, su mente comenzaba a volar, contando a su favor con la tranquilidad pueblerina que le permitía caminar en piloto automático sin tener que reparar en tránsito alguno.

A dos cuadras de su casa, vivía el fotógrafo del pueblo, quien solía retratar absolutamente todos los eventos sociales, con excepción de los velorios, claro está, pues lo descomponían. De modo que por semanas en las vidrieras de su garage convertido en local, estaban colgadas día y noche, las fotos de todos aquellos a los que les había sucedido algo, por lo general bien alegre, hecho que hacía que las dentaduras, originarias y postizas relucíeran a la distancia. Era algo así como el facebook local, ya que el verdadero aún no había arribado. Oscar habitualmente se detenía allí en ese peculiar estado contemplativo de la mente que lo acompañaba en su camino, sin saber si lo movía la curiosidad o la búsqueda de inspiración. Se retiraba al día con los nacimientos, bautismos, cumpleaños y bodas, constatando el paso del tiempo en la barriga de sus compañeros de colegio o en la belleza en fuga de las niñas que alguna vez le inspiraron un poema.

Empero, esa fría mañana soleada de mayo, la conocida vidriera le iba a deparar una sorpresa. Sus ojos se posaban una tras otra en las fotos de una reunión social, probablemente un cumpleaños y como suele suceder que esas imágenes están atiborradas de grupos humanos haciendo las más diversas cosas, una de las fotos le dio un vuelco al corazón. En una mesa desierta, sus ocupantes estarían bailando o procurándose un trago, una mujer de mediana edad estaba sola, sentada, con la cabeza apoyada en una de sus manos, el cabello lacio llovido a ambos lados de su rostro, un esbozo de sonrisa en diagonal sin separar sus labios en el centro de la imagen y los ojos vueltos al fotógrafo. De inmediato la reconoció, sin dudas era Lisa, su compañera de banco en el lejano tercer año del colegio del pueblo. Los treinta años transcurridos parecían no haber hecho mella alguna, ni en su rostro, ni en su alma. ¿Cómo olvidarla, si había estado locamente enamorado por muchos años? ¿Cómo olvidarla si sus primeros cuadernos de poemas no hablaban más que de ella? ¡Si la habría perseguido!, solo hasta la frontera infranqueable de su timidez. Pero ¿qué diablos hacía ella en una foto del pueblo? En ese instante, pese al impacto, pudo recordar que una tía seguía viviendo por allí y que probablemente se tratase de su fiesta de cumpleaños, hecho que comprobó al llegar a la foto de una simpática viejecita soplando las velas de una torta.

¡Cúanto había llorado aquél día en el colegio, cuando se enteró que toda su familia se mudaba a Mendoza! No tanto como el día en que al pueblo llegó el rumor que se había casado con un rico heredero de una bodega, haciendo trizas su irracional esperanza. La vida siguió para ambos y no había tenido noticia alguna de ella por casi tres décadas. Y ahora, esa foto, que la traía a ella y a él, a su mejor él, a su él enamorado. Debía reponerse y pronto, ya llegaba tarde a su cliente.

Todo el día lo pasó entre nubes, la imagen de la foto lo persiguió insistentemente y cada vez que aparecía, una extraña tibieza le inundaba el corazón. Resolvió los temas laborales como pudo y casi con apuro caminó hacia su casa, mejor dicho a la vidriera del fotógrafo que le quedaba de paso. Ya sin obligaciones urgentes, se quedó un buen rato contemplándola en detalle.

El rostro bello, la nariz armoniosa y la frente amplia que daba cuenta de una inteligencia poco común. Llegó a los ojos, color miel, vivaces y redondos enmarcados en unas cejas oscuras y unas pestañas delicadas. Allí se detuvo, precisamente en su mirada. Nada había cambiado en su forma de mirar. Se le hizo presente un lejano día, en que con esos mismos ojos lo había hecho temblar al preguntarle si podía ocupar el banco vacío a su lado. Durante todo ese primer día como compañeros de banco, no había podido ni siquiera mirarla a los ojos, pues éstos le devolvían un brillo tan cargado de sentimiento que lo hacía sonrojar. Tardó algunos días en poder hacerlo y después, durante todo el año no pudo dejar de mirarla. Lo enamoraba tanto su gracia al sentarse, como la manera en que sacaba el lápiz de la cartuchera, sus largos dedos al voltear las hojas de un libro y su voz quebrada al leer. Lo perdía su alegría que interpelaba a su consuetudinaria melancolía, ella lo podía y al salir del colegio, Oscar iba a su casa, enamorado con la vida, con el corazón brincando y agradeciendo a Dios su suerte. Tanto amor venía con su cuota de sufrimiento. Mientras él seguía preso de su muro, Lisa, bella como era, tenía su tiempo ocupado entre diversos pretendientes que intentaban atraparla. Ninguno tuvo éxito y cerca del final del año la noticia de su mudanza a la capital de la provincia vecina frustró a la multitud al tiempo que desoló a Oscar.

Esa noche su habladora esposa lo encontró extraño pero nada preguntó. A diferencia de casi todos los días, Oscar en lugar de dormirse pensando en la solución a un difícil problema profesional, se quedó despierto hasta las dos de la mañana con la imagen de Lisa, bien clara en su memoria. Cuando finalmente rendido se durmió, soñó con ella. ¿Fue un sueño? Si lo fue pareció demasiado real, ya que podía sentir su abrazo y se despertó sobresaltado cuando en sus labios, Lisa lo besó.

No pudo volver a dormirse, desayunó muy temprano y con tiempo de sobra salió de su casa, solo para detenerse una vez más ante la foto. Esta vez el ensueño se hizo cargo de él. Los ojos de Lisa lo atraparon y disolvieron treinta años, su profesión, su familia, sus deberes, sus reuniones. Oscar ni dudó, ella lo estaba mirando a él o si miraba al fotógrafo, era solo para a través suyo mirarlo a él. Y le estaba diciendo con los ojos, que lo amaba, que no lo había olvidado nunca y que había aceptado esa invitación al cumpleaños de su tia tan solo para atinar a encontrarlo y empezar una vida juntos.

Nuestro contador se posesionó. Su imperiosa necesidad ya no pasaba por escribir algún verso en su libreta sino en salir corriendo a buscarla. Ese día no visitó ningún cliente, preguntó y preguntó en diversos sitios hasta dar con la casa de la tía. Preso de una agitación inusual llamó a la puerta pero nadie atendió. Molestó entonces a sus vecinos quienes le dieron una triste noticia. La tía en cuestión, protagonista de esa fiesta de dos semanas atrás había tenido un ACV y estaba internada, presta a partir. De Lisa nadie recordaba haberla visto y ninguno fue capaz de darle noticia alguna.

Triste y desolado emprendió Oscar el camino de regreso. Nunca sería capaz de hacer ninguna locura, era demasiado racional para el amor. Así como antes la timidez le había marcado la frontera, era ahora su responsabilidad, su fría capacidad de abordar toda situación quienes le construían el muro. Nunca dejaría su nido, nunca abandonaría su profesión, nunca saldría de su pueblo para correr tras ella, para confesarle su largo e insatisfecho amor.

Se detuvo ante la foto nuevamente y temeroso que el tiempo de exposición terminara pronto, tomó el mismo una foto de la foto, la cual imprimió a color, ni bien llegó a su estudio. Esa noche ni siquiera se acostó, las horas se le volaron en la contemplación de la imagen de Lisa y de su misteriosa mirada, la cual sin duda traslucía un intenso sentimiento. No en vano los ojos son el espejo del alma y esos ojos hablaban de amor.

A muchos kilómetros de allí, Lisa se levantó de su lecho conyugal e intentando hacer el menor ruido posible fue a buscar al último cajón de la cómoda, la foto colegial del tercer año, para saber si lograba ponerle nombre al rostro que por dos noches seguidas se le aparecía nítidamente en sueños, con el uniforme del colegio de ese pueblito cordobés, donde vivía su tía y al que debería volver de urgencia en la mañana, para asisitirla en el hospital.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de junio de 2016

 

Published in: on junio 25, 2016 at 7:55 pm  Dejar un comentario  

FESTEJO

festejo solo

FESTEJO

A ti

Es mi cumpleaños y es, como casi siempre que estoy aquí, un día casi perfecto. La ría discurre mansa en sus idas y venidas de pleamar, el viento y los árboles hacen soportable el calor ambiente y los vapores del champagne arrinconan mi nostalgia y tristeza. Mi hijo rema y me quedo solo.

Los flamencos me miran desde la orilla vecina y las cotorras se empecinan en romper mi silencio con sus granznidos. Las calandrias y gorriones me giran en torno en busca de mis sobras que serán su cena. Me siento pleno, pero se que podría ser todo aún mejor.

Me faltas, sin duda me faltas.Tú me faltas, solo tú. Si entre los miles de millones de seres que viajan en este planeta, tuviera que elegir uno, solo uno, para compartir este momento, serías tú. Se bien que puedo sin ti, soy lo suficientemente viejo, sabio y duro para poder disfrutar y sufrir en soledad.

Pero cuán distinto sería si estuvieras aquí. En silencio, en la reposera de al lado, con un termo en el piso, el mate en la mano y los ojos en la ría.. Conmovida hasta las lágrimas tu sensibilidad única por la belleza circundante. Y yo, no atinaría a hacer más que gozar en contemplarte, perdiéndome en la profundidad de tu mirada, enamorándome aún más en cada lágrima y esperando aquél mohin que llevo grabado en mi memoria, para morir de deseo y esperanza.

Me faltas, sin duda que lo haces, para que pueda por un instante amar la vida creyéndola perfecta, ver a todo el dolor sufrido como una etapa necesaria y considerar por una vez a la muerte como a un demonio lejano e impotente.Porque si te viera a mi lado sabría, con total certeza, que muerto te seguiría amando y que me sentirías igual que ahora., que estoy vivo, en un paraíso y pensando en ti.

Quizás en este día no faltes tanto. Puede ser y ojalá asi sea, que me estés pensando, que tu alma anhele a la mía, tanto como la mía a la tuya. Y quizás, tan solo quizás, nunca podré saberlo – maldita sea- sea por ello que te siento tanto, en los flamencos que me miran, en los pájaros que me rodean, pero por sobre todo en el viento que me acaricia.

Me faltas y estás. Porque te pienso y te traigo, quieras o no y porque se que en algún lugar oculto de tu alma, tan oculto y tan celosamente guardado que no te animas siquiera a visitar, me piensas, me traes, me buscas, con la misma desesperación que yo.

Tu fragilidad y mis deseos de protegerte, tu incertidumbre y mis caminos vividos, tu necesidad de amparo y mis brazos abiertos, tu rebeldía y mi soledad; marchan sin duda a un encuentro, que es real en espíritu, por más que la vida y sus lazos lo nieguen. Es bueno que sepas que ya lo disfruto, como en esta tarde de festejo, aun lejos, me regodeo en contemplarte y que aun invisible le pones azúcar al mate y me lo acercas con el mohín único, tuyo solo, justamente ese que anhelo.

Me pierdo en él y te veo, casi puedo tocarte, aunque no quiera por temor a que se apague esa luz, la única, la tuya, la que siempre pudo con mi tiniebla.

Y comienzo otro año en la esperanza,

que los inciertos avatares de la vida,

sean capaces de poder con mi templanza,

con tu prudencia de madre establecida,

y generen más encuentros como éste,

que te traigan a mi lado cuando lo pida.

Ese ser tan mía sin quererlo,

este ser tan tuyo sin saberlo,

puede ser el mejor lugar de nuestras vidas,

el cual., pasajeros, habitamos,

hasta que el amor otro rumbo decida.

Porque ya te amo como no imaginas,

casi tanto como tú me amaste un día,

y somos dos almas en vuelo unidas,

más allá de toda forma e hipocresía.

Porque siento en el aire tu caricia,

pues la sal marina sabe a tu beso,

porque vivo en amor y albricia,

cuando pierdo mi razón en tu embeleso.

Y yo se que lo sabes vida mía,

aunque fuerces con dolor las apariencias,

por más que en secreto anheles el día,

en que ambos perdamos la paciencia.

No se el cómo, el dónde ni el cúando,

alinearán los planetas nuestro encuentro,

no será eterno esto de andar dudando,

pues vivimos en el otro muy adentro.

Porque sin musa no hay poeta ni poesía,

sin belleza no hay ansias ni embeleso,

aunque pienses que todo es fantasía,

vaya este escrito……….. por mi beso.

Enrique Momigliano

Tapera de López, 12 de enero de 2016

Published in: on enero 13, 2016 at 12:56 am  Dejar un comentario  

LA VUELTA

lancha en tormenta

LA VUELTA

Creer que el amor es solamente placer, es suponer que solo el mar embravecido es el mar”

José Narosky. Si todos los tiempos…

A Juan lo despertó un sacudón con salpicada incluida. Su siesta ideal, mezcla de arrullo marino y vapores ginebrísticos, había terminado de improviso. “Maldición, me dormí más de la cuenta” dijo mirando el reloj de abordo que señalaba peligrosamente las tres y media de la tarde. En la proa Manuel, su joven compañero de aventuras hacía equilibrio parado, pescando, ajeno al mundo y sus urgencias.

Ni bien pudo incorporarse y terminar de abrir los ojos, Juan clavó la vista hacia el noreste. Un frente de tormenta, el anunciado para las 16 horas de ese lunes feriado de noviembre por el infalible pronóstico que siempre consulta antes de zarpar, corría desbocado por el límpido cielo directo hacia ellos, frágiles habitantes de una lancha de apenas cuatro metros de eslora.

“Manu, guardá todo a mil que tenemos que rajar, se nos viene la tormenta y con ráfagas embromadas” gritó a lo capitán mientras se mojaba la cara, encendía el motor, chequeaba la radio y apuraba un trago de valentía en forma de whisky para encarar una vuelta que iba a ser difícil.

Recién ahi Manuel se dio cuenta que estaban en problemas, tiró la caña armada al piso de la lancha, cerró la caja de pesca, arrinconó la carnada sobrante y comenzó a hacer fuerza para levar el ancla.

“Se clavó en el fondo, no puedo subirla” sonó preocupada la voz de Manuel. Juan abandonó el timón y sumó su fuerza a la de su compañero en desgracia. No hubo caso, estaba demasiado atascada. Intentaron liberarla con la fuerza del motor, en medio de las crecientes sacudidas de las olas y solo lograron clavarla más. Juan pidió consejo por radio a Mario, el encargado del puerto deportivo al cual debían volver a toda marcha. Este les explicó una maniobra y pusieron manos a la obra, teniendo éxito pero perdiendo la crítica media hora que faltaba hasta las cuatro de la tarde.

Con la tormenta demasiado cerca para el gusto de cualquiera, Manuel totalmente agotado por haber soportado la peor parte del truco para levar el ancla, se sentó con cara seria en el asiento del acompañante y Juan, más serio aún, aceleró. Ahi nomás debió reducir el ritmo del motor, las olas eran tan altas que sacar la lancha a planeo era directamente suicida, había que volver despacito escalando las siempre crecientes montañas acuáticas que su proa encaraba, como dice el manual, a cuarenta y cinco grados. Cuando uno quiere volver rápido y debe hacerlo lento, los que sufren son los nervios. Sabedor de ello Juan decidió pensar en otra cosa, mientras un pedazo de su cerebro conducía. Pensó en otra vuelta, en la que desde hacía un año más o menos estaba embarcado con éxito dispar. Notó que se parecían.

Pensó en aquella tarde de octubre de cuatro años atrás cuando bajo una lluvia torrencial había llegado solo a esas playas, huyendo de su casa, de su vida, de sí mismo, para poder llorar en soledad. Algo ese día se había roto, algo que aún permanecía así. Como en un plano inclinado, después de la vuelta de aquel viaje, en el que temía que le hubiesen cambiado la cerradura de su hasta entonces hogar, todo había empeorado. Un año después tocó fondo, directamente lo echaron de su casa, ya no era un hogar. Vagó unos días, se llevó todas sus cosas, menos una poca ropa, a su estudio, habló con algunos amigos, visitó algunas amigas, se emborrachó con todos ellos y finalmente decidió quedarse en la casa de su familia, a pelearla, a cara de perro, a hacer lo que hay que hacer, aunque nadie le diera ni la más mínima bolilla. Para abrazar, hablar y acompañarse estaban sus perros, a quienes como a sus hijos, no pensaba abandonar, aunque no lo quisieran.Un tiempo tormentoso y horrible lo aguardaba.

“Cuidado con esa ola que viene fuerte” gritó Manuel con su voz sobrepasando el ruido del Mercury que rugía en las subidas y callaba en las bajadas de esa vuelta que se complicaba. La ola se estrelló contra el francobordo y los empapó. Juan se arrebató los inservibles lentes oscuros y se concentró en el manejo, el viento había empezado a incrementar su velocidad. Se miraron preocupados, por difícil que estuviera la cosa, lo peor los aguardaba más adelante y era imposible saber a esa altura con qué se encontrarían. De adolescente había sido Juan profundamente impresionado por la lectura de Kon-Tiki, el libro donde Thor Heyerdahl relata su aventura en balsa desde Perú a través del océano Pacífico, fiel navío que soportó todo, menos el choque contra la barrera de coral que los aguardaba frente a la isla de destino. Cada vez que salen al mar por Punta Rasa, Juan mira con desconfianza ese nudo de aguas tan complejo que se ha llevado tantas vidas, pues por más que el mar esté calmo, todos recomiendan hacer un amplio círculo mar adentro para evitar las corrientes traicioneras fruto no solo del Cabo San Antonio y sus bancos ocultos, sino también de la veloz retirada de las aguas de la Ria San Clemente en horas de bajamar y la turbulencia que origina el límite, observable a simple vista, de las aguas frías del Rio de la Plata en su encuentro con el mar entibiado por una rara parábola que describe una corriente que baja de Brasil. Ese círculo, tan caro a Manuel que disfruta como pocos alejarse de la costa, resulta sumamente arriesgado en días de mar con oleaje y tormenta en ciernes. Juan sabía que no tenía alternativa, debía, a como fuese, atravesar el infierno. Decidió relajarse hasta entonces y volvió a sumirse en sus privados pensamientos, los de la otra vuelta.

En esa también lo aguardaba un infierno. Se armó de paciencia oriental, amianto emocional y silencio absoluto. En su casa se convirtió casi en parte del mobiliario, en poco más que un funcionario. Cumplió prolijamente sus deberes, se concentró en su lectura y escritura y soportó cualquier hiriente comentario que a la postre terminó por desaparecer…. por falta de oyente. Con todo el tiempo que antes destinaba infructuosamente a confrontar a su disposición, escribió montañas de páginas de diversos temas, llenó su agenda de reuniones necesarias algunas, inútiles otras y se embarcó en actividades que lo tuviesen el mayor tiempo posible lejos de un ámbito que para él ya era fuente de un inmenso dolor. Así fue que incrementó sus actividades en esa localidad costera y se obligó a ir por lo menos una vez al mes. Armó una vida lejos de casa y no le fue nada mal, hasta empezó a disfrutarla. Tuvo diversos compinches en esa empresa, algunos muy cariñosos, otros muy entusiastas y otros con una ligera sospecha acerca de ese personaje que deglutía su dolor, escribía del amor y pasaba tan poco tiempo con su familia. Juan sabía que no era la vida mejor pero ¡qué embromar! era la posible y nadie podía reprocharle nada, en todo caso el que tenía derecho a estar enojado era él y se tragaba el enojo lo mejor que podía, aunque a veces, sorprendido con una ofensa más con la guardia baja o distraído, sus estallidos fueran de temer. No servían para nada, solo para alejarse un poco más aún.

“Me estoy mareando” dijo Manuel . “Falta poco, lo peor pero poco, aguantá, ya tenemos la punta a la vista” respondió Juan, volviendo a concentrarse en esa dulce y riesgosa danza del mar. Estaba todo a la vista, el peligro también. El viento soplaba más, las olas además de altas ahora venían desde distintos flancos, obligando a maniobras rápidas para evitar un encuentro frontal y una sospechosa corriente rugía por debajo del casco. Unos centenares de metros adelante había olas que rompían en medio del mar y si bien ya se divisaba la acogedora Bahía de Samborombón con sus aguas mansas, ella estaba separada por una frontera encrespada. Navegaban a propósito muy cerca de la costa. Juan sabía que el último recurso era dirigirse hacia ella y a riesgo de romper casco y pata de motor, podrían salvarse embicando la lancha en la playa. Si la vuelta la hacían como de costumbre a unos 2500 metros de la playa y con casi 6 metros de agua debajo, él iba a necesitar una cuba entera de grapa para soportar la incertidumbre. La otra preocupación era el combustible, navegando así, al dibujo de las olas se gasta el doble o el triple que planeando y el solo pensar en llenar el tanque en ese oleaje lo aterraba. Aprovechó Juan los últimos instantes de paz relativa y para ahuyentar sus ideas tenebrosas, volvío al otro difícil retorno.

Justamente la lancha bailarina había sido el punto de inflexión. Una tarde de primavera espléndida sentado en el muelle de Tapera y profundamente atrapado por la magia de ese entorno había decidido encarar el cumplimiento de un viejo y postergado sueño: su propia embarcación. Tiró el tema sin mucho entusiasmo en la mesa familiar y para su sorpresa vio como Manuel, su hijo, que ahora estaba allí con cara de serio, agotado y mareado, la había recibido con sumo entusiasmo y se la andaba contando a quien se acercara a escuchar. Juan, que por esos días sufría muchísimo se dio cuenta que el dolor que lo atenazaba no era tanto el fracasar como pareja, en él era costumbre, nunca le había ido bien, sino el fracasar como padre, ésto no podía asumirlo. Vio en la lancha el inicio de un camino. No se equivocó. Todos los puentes cortados con su hijo se reconstruyeron en pos del objetivo, la compra, el curso de conductor náutico, las primeras navegaciones, los errores compartidos. Juan por primera vez supo que no todo estaba perdido, cumpliendo su sueño, recuperaba a su hijo. Quedarse, con todo lo difícil que había sido, empezaba a valer la pena. Con su hija la historia era muy distinta. En realidad ella no lo había echado y en esa noche tan aciaga de tres años atrás era la única que lo había defendido. Eran muy afines, tanto que como iguales no aceptaban tutela de nadie. Sin embargo sus libertades iban, secretamente para ambos, en camino de convergencia en un terreno particular: el espiritual. Para Juan la vuelta había entrado en la fase del desgarro. Por un lado, sus hijos con quienes había empezado a llevarse bien, lo necesitaban más que nunca, estaban en la edad del despegue, en esa maravillosa década en que uno toma las decisiones que marcarán el resto de su vida: profesión, trabajo, morada, pareja, hijos, etc. Por el otro el silencio y la indiferencia de la casa lo alejaban cada vez más y si bien estaba muy lejos de él cualquier intento de búsqueda de compañera, habían surgido a la vista bahías agradables y acogedoras donde poder reposar, aunque fuese por un rato, su humanidad, su alma y su conciencia, hartas y cansadas de tanta guerra y aislamiento. Tal como la bahía que ahora tenía a la vista, lo llamaban, lo tentaban, lo esperaban, pero tal como ella, se escondían detrás de una frontera turbulenta y le exigían para llegar el abandono definitivo de su querido mar, al que amaba pese a las sacudidas, pese a la tormenta, pese al maltrato, pese a que muchas veces parecía echarlo.

Encaró el cruce. La lancha se transformó en una coctelera, ya no se movía arriba y abajo sino para todos lados, las olas los mojaban hasta la médula, algo nada aconsejable si no se cuenta con traje de agua en un noviembre traidoramente frío y el viento los desestabilizaba. Alentado por la vista de las tranquilas aguas bahienses, aferrado al timón, Juan dibujaba lo mejor que podía ese torbellino acuático que se deslizaba furioso por debajo del casco y aprovechaba las bajadas de las olas para acelerar, casi como una tabla de surf, en pos de la ansiada meta. Manuel, callado, a su lado, se esforzaba por no golpearse y por no vomitar. La inconfundible frontera con el Río de la Plata pasó rauda y Juan exhaló alivio cuando gritó: “Cruzamos, ya está”. El río siguió un poco movido pero enseguida se aquietó, casi al únisono con un quedo ronroneo de motor que indicaba el fin del combustible. Más justo imposible. Con las pocas fuerzas que le quedaban ahora a ambos, llenaron el tanque y comenzaron sonrientes el triunfal paseo hacia el puerto. Los esperaban las reposeras y una reparadora siesta bajo los árboles, llevaban en su alforja una anécdota más. Mientras Tapera aumentaba de tamaño Juan pensó en el distinto final de su otra vuelta.

Había desdeñado el canto de sirenas.¿Por qué? Aún se lo pregunta y aún le duele. Quizás haya contribuido el hecho que un amigo muy cercano, casi un hermano para él, había corrido tras la engañadora paz de la bahía y le había puesto en evidencia muy palpable los costos enormes de esa decisión. Quizás hayan servido algunos hechos que le hicieran a las sirenas perder su cola de pez y mostrar con crudeza su cruel costado humano. O quizás, a Juan, aún sin mucho fundamento, le gusta pensar que haya sido más fuerte, que lo haya podido, su viejo, gastado y herido, amor por el mar. Ese mar que aún lo hiere, que aún lo inhibe, que aún lo mantiene en un sospechoso silencio, que lo abruma de impotencia para comprenderlo, que lo deja bien solo librado a sus fuerzas que muchas veces le parecen faltar, pero que de alguna manera se las ha ingeniado para que él solo pueda vivir a su vera, andar a su amparo, morir en su seno. En su otra vuelta Juan aún sigue, triste y cansado, casi sin combustible, capeando el temporal.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2015

Nadie elige la tormenta pero a veces te atrapa y pocas veces ofrece un escape fácil. Casi siempre es aconsejable quedarse a capearla. Algún día siempre amaina.

Published in: on diciembre 25, 2015 at 7:19 pm  Dejar un comentario  

DON RAMIRO Y SU GLORIA

caballero cabalgando

 

DON RAMIRO Y SU GLORIA

La noche se cerró sobre el jinete y su cabalgadura. Sin luna, nublada y con una tormenta en ciernes. Una gruesa capa de niebla comenzó a bajar. Don Ramiro, pese al peligro, no aminoró su alocada carrera a campo traviesa. Confiaba en Rocín, al que domó de protrillo, tanto como para galopar a ciegas. Además el castillo de Don Leopoldo estaba en una ruta que había transitado muchas veces para enfrentar a los moros en sus tiempos mozos. Aunque apenas viera las crines de su monta al viento, agachado sobre su cuello, no dejaba de espolearla para que ni siquiera pensara en detenerse en busca de un breve respiro. Tenía mucho que hacer y una sola noche de tiempo. Al alba, bien lo sabía, estaría en el paraíso terrenal o en la fosa mortuoria. Blanco o negro, así había sido toda su existencia, sin lugar para cómodos términos medios.

Pese a que llevaba unas tres horas de cabalgata, no sentía ni el peso de la armadura, ni los raspones que su invicta espada toledana cada tanto le causaba, ni fatiga alguna. Solo se quejaba del molesto sudor de su frente que frecuentemente se deslizaba en sus ojos, sin que pudiese alcanzar a limpiarlos.

Debajo del peto de su armadura, otro galope le preocupaba mucho más que la cerrada noche. Su corazón de enamorado latía más fuerte y más rápido que nunca, atormentándolo con preguntas y remordimientos incesantes.

Gloria, su Gloria, había sido descubierta. El intenso sentimiento amoroso que ella le profesaba hacía ya muchos años, pese a ser la fiel esposa de Don Leopoldo, había quedado en evidencia por obra de un sirviente infiel, quien descontento con su ama, en lugar de llevar la carta al lugar en que Don Ramiro solía pasarla a buscar, la había dejado sobre el escritorio de Don Leopoldo. Éste, enfurecido, había encerrado a su esposa en un lugar secreto del castillo, no le dirigía palabra alguna y le enviaba alimentos y agua en raciones escasas, tan solo aguardando un triste y miserable desenlace fatal.

¡Ah! ¡esas cartas! Ellas eran el aire que mantenía vivo a Don Ramiro. Cansado de desengaños, descreído del hombre y del mundo, retirado de la política y las guerras, Ramiro vivía en soledad absoluta y pasaba sus días orando, meditando, contemplando la naturaleza que bullía en torno a su viejo castillo y esperando tan solo el momento de ir al encuentro de cada carta de su amada.

Es muy probable que, de no existir dichas cartas, Don Ramiro ya hubiese puesto fin a sus días o ingresado en un monasterio cercano, para darse por muerto para el mundo, tal como, excepto respecto de Gloria, él sentía que ya lo estaba.

Para que su presencia fuese más notoria con cada carta, Gloria solía, antes de entregársela al mensajero, apoyarla un buen rato contra su perfumado pecho. Ella pensaba que de ese modo y mucho más allá de sus palabras, que solían repetirse, las cartas llevarían consigo la intensidad de sus latidos, entremezclada con el particular aroma de su cuerpo.

¡Y vaya que las cartas sabían cumplir acabadamente con su misión!

Cuando Ramiro las recibía, antes de abrirlas, las sostenía en sus manos y aspiraba profundamente el vaho que exhalaban. Cada vez que lo hacía entraba en éxtasis, cambiaba de dimensión, habitaba el reino del amor. En ese instante, todos sus pensamientos tenebrosos cedían y la vida, el hombre y el mundo le parecían una creación maravillosa. ¡Quería vivir!. ¡Vivir lo suficiente para tener algún tiempo con ella!.

A la noche, a solas y despacio, se detendría en cada frase, meditaría cada párrafo y suspirando tendría el mejor sueño al que un hombre puede aspirar. En las noches sucesivas, las releería y en cada lectura descubriría un pliegue novedoso de la ardiente devoción de su amada.

Pero ahora todo era distinto. Gloria se moría de pena en su ignota celda y a Ramiro no le importaba vivir si no lograba liberarla.

La noche se tornó más cerrada todavía cuando llegó Ramiro al castillo de Leopoldo. Ello devenía en un arma de doble filo ya que si bien nadie vería su acercamiento, le resultaría muy difícil hallar un camino de acceso y mucho más difícil aún dar con la celda donde estaba enclaustrada su Gloria. Dejó a Rocín atado cerca de un arroyo para que pudiese calmar su sed y su cansancio y con paso ágil, envuelto en niebla y sombra, caminó hasta el muro del castillo, devenido en prisión del amor.

Era su noche de suerte. Por algo dicen que el amor, quizás más aún que la fé, derriba montañas. Por lo menos a Don Ramiro lo hizo chocarse con una puerta sin tranca. Conteniendo el aliento y sin poder dominar su corazón que seguía galopando, se deslizó al interior del edificio. Éste estaba tan oscuro como la noche y para peor el castillo de Leopoldo era el más grande de la llanura castellana. ¿Por dónde empezar a buscarla? ¿ Cómo hacer para dar con ella?

En el silencio absoluto, en la oscuridad más cerrada, solo le quedaban a Ramiro el tacto y el olfato para brindarle ayuda. Tocando los muros y tanteando cada paso, el inesperado recuerdo de las cartas lo sobresaltó. Recuerdo que vino acompañado del aroma inconfundible de su autora. Dudó. ¿Acaso habría sido en orden inverso? El olfato es el sentido más cercano al cerebro, los adictos a sustancias exóticas provenientes del oriente lo saben muy bien. ¿podría ser entonces que hubiera llegado primero el aroma de Gloria y éste a su vez traído el recuerdo de las cartas? De ser así , ella estaría cerca.

Don Ramiro se concentró y empezó, como lo haría un perro de caza, a olfatear el ambiente. Lo sintió, ese aroma familiar que tantas veces había sido la puerta al único mundo que deseaba habitar, tocó sus narinas. ¡Si! ¡Debía seguirlo! ¡Era su única posibilidad!

Inspiraba cada cinco pasos, si el aroma aumentaba su intensidad significaba que estaba caminando en la dirección correcta, si por el contrario disminuía, ello evidenciaba su andar errado, tomaba entonces la dirección contraria.

Tras horas de aplicar su recién descubierto sistema, finalmente dio con Gloria. Ella lo esperaba. Cuando sin decir palabra alguna, la tomó en sus brazos para volver al amparo de la oscuridad, hasta Rocín, quien los llevaría lejos; Gloria, con un ademán abrupto tomó y abrigó contra su pecho un manojo de papeles. Eran todas las cartas que le había escrito a Ramiro en el lapso de su cautiverio.

Comenzaba, a Dios gracias, el tiempo de leerlas juntos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 8 de abril de 2015

Algo me pasa con la Edad Media. Cada vez que entro en contacto con ella, en muy diversas circunstancias, no solo me siento más que cómodo sino que me invade una atomósfera de familiaridad inexplicable. Lo vivo como un auténtico regreso al hogar. Pero además es un regreso que me deslumbra, me serena, me retiene y me extasía. Comparto su religiosidad, su profundidad, su romanticismo, su misticismo, sus valores y hasta su forma de medir fuerzas y resolver conflictos. También su supuesto oscurantismo, que para mí, tanto visto desde el rincón de las brujas, como de los monasterios, me invita a sumergirme en sus laberintos. A veces me siento un fuera del tiempo, un embajador de esa época en ésta, con la cual no comparto practicamente nada. La veo superficial, corrupta, materialista, pagana, subvertida y disvaliosa. Y más de una vez me pregunto qué debo hacer en este tiempo ajeno y si de veras vale la pena hacer algo. Dentro de la edad media, la española, desmintiendo mi apellido, me llega mucho más. Quizás sea por ello que cuando en a sesión inaugural del presente año del taller literario EL PRINCIPITO, la consigna de Susana Consolino fue EL AROMA, me propuse dejar vagar mi pluma. Y fue ella, la que muy despacio y con sumo placer me regaló el cuento que antecede. Empezó por los pesonajes que son un mal disimulado homenaje a la emblemática novela LA GLORIA DE DON RAMIRO de Enrique Larreta y armó una historia de caballeros y princesas enclaustradas que me hicieron emocionar al tiempo que la escribía. Me deleitó tanto hacerlo que, mientras prolongaba la cabalgata nocturna mucho más allá de lo aconsejable, dado el tiempo disponible, recordé con horror que estaba escribiendo un cuento y que debía ser breve. Espero que el desbalanceado desenlace no los moleste, esa fue la única causa. Yo que pensaba que jamás podría escribir una novela, creo que si le pongo castillos, espadas, brujas, monjes, princesas y héroes por lo menos me fascinará intentarlo.

Published in: on abril 13, 2015 at 7:16 pm  Dejar un comentario  

LA SONRISA

gato leon

 

LA SONRISA

Juan salió morosamente de la ducha, dispuesto a empezar un día más sin agenda.  Hacía ya cinco años que había cambiado de vida, tirando por la borda una totalmente programada en función a necesidades ajenas y adoptando una en que lo cotidiano era la sorpresa   y su propio errabundo deseo, sin apartarse un ápice de su propósito de vivir sin propósito alguno.

Ese día, en su camino al dormitorio, hizo algo novedoso: se detuvo un instante frente al espejo que ocupa íntegramente una pared del cuarto de baño. Se contempló en detalle.

Su cara había extraviado su forma angulosa en sospechosas  líneas curvas. Su barba había virado del castaño oscuro al grisáceo indefinido.  El contorno inferior de sus ojos se encontraba coronado por una suerte de bolsas de tinte azulado y permanencia obstinada.

El cabello había sufrido cierto reacomodamiento. Se había vuelto fino y escaso en los sitios que solía ocupar y negro y poblado en sitios insólitos como su espalda y abdomen. Dudó si se estaba mirando de frente, ya que sus musculosas nalgas, hoy lucían flácidas mientras que su vientre había  duplicado su volumen con cierta rebelde curva rigidez.

Su sonrisa había perdido gran parte de su encanto por unos dientes que se empeñaban en mostrar el deterioro ocasionado por las más de cinco décadas de roer alimentos y sus labios otrora sensuales denotaban una nada apetecible palidez.

Empeorándolo todo, su postura erguida de macho desafiante ya no era tan enhiesta ni lograba desafiar a nadie. Una rápida conversión de músculos en tejido graso y una incipiente sifosis de columna le daban la impronta de oficinista desvencijado.

Sin duda alguna, había entrado en la edad del deterioro. Hecho que en cada mañana reafirmaba la dificultad para ponerse en funcionamiento, en cada viaje aseveraba la necesidad de detenerse cada dos horas y  por lo menos una vez al mes lo recordaba su peregrinar por distintos especialistas a cargo de diversos achaques.

Sin embargo, Juan, mirándose al espejo, fijamente, sonrió.

¿Acaso se estaba riendo de si mismo, en línea con su rutinaria afirmación que la vejez en lugar de ser digna, es ridícula? ¿Acaso se reía porque le había jugado varias pulseadas a la muerte y todavía respiraba? ¿O acaso se reía de los demás, que pese a todos sus esfuerzos, no habían logrado impedir que se apropiara de unos años para él, para hacer veinticuatro horas por día lo que le viniera en gana?

No era así su sonrisa. No era ni jocosa, ni triunfalista, ni revanchista. Era una sonrisa muy dulce, plena de gozo, llena de paz.

La imagen en proceso de ruina que el espejo cruelmente devolvía, no tenía nada que ver con el modo en que él se sentía. Y fue la paradoja la que lo hizo sonreír.

Porque Juan se sentía hermoso, se sentía más pleno que nunca, se creía  bondadoso como jamás fue,  se veía capaz de las más impensadas hazañas, se observaba al comienzo del camino. El adentro de Juan no tenía nada que ver con su afuera. De ese adentro luminoso, el espejo solo captaba su sonrisa y la chispa de sus ojos, aunque ésta no era tan fácil de copiar por el cristal.

Existía una única razón: ella lo amaba.

Si, definitivamente, ella lo amaba. Y de un modo tan intenso que su amor se había hecho omnipresente. Juan no quería, pero tampoco podía, esconderse del cálido abrazo de su amor.

Ella lo amaba con el cuerpo, con la mente, con el alma. Con su ser completo. Y ella estaba etéreamente, día y noche donde quería estar, junto a él.

A Juan jamás lo habían amado así. Era más que probable que él  ni supiese amar de ese modo. Viejo andante de la noche, conocía de sobra el amor de las muñecas de abril y había gustado del amor pasional, tanto como sufrido del amor compromiso de las jaulas maritales. No le era desconocido el amor admiración que va siempre de la mano del éxito y cada tanto le había tocado paladear uno. Pero éste era diferente, lo percibía espiritual, naciente de la totalidad del ser,  imposible de combatir, superador de distancias, circunstancias y voluntades, incondicional y bienhechor.

El amor total que llegaba a Juan por vez primera había hecho cambios imposibles en su interior, ése al que el espejo no llegaba. Veía la balanza de la vida como más en equilibrio, las malas ya no eran ni tantas ni tan importantes.Por fin, tras largos fracasados intentos de todo tipo, se sentía capaz de perdonar las peores heridas. El sufrimiento ajeno,  que le había sido tan indiferente, que le había parecido hasta justo porque implicaba que los demás participasen en algo del dolor que atenazaba sus días, ingresó a su percepción y fue capaz de sentir una compasión por todos los sufrientes, absolutamente desconocida.

Dejó de sentirse solo. Esa orfandad, ese desamparo, esa amenazante intemperie en que lo había sumido, hace largos años la muerte de su madre, desapareció mágicamente.

El mayor cambio interior de Juan, había sido que por primera vez, dejó de mal juzgarse. Durante décadas, nada de lo que hacía o le sucedía parecía llenarlo. Todo era visto por él como algo menor, como algo sin importancia, como algo mínimo frente a  aquello que en su estrictísimo juicio propio necesitaba lograr, para ser digno de amor.

Entonces lo pudo ver. Su enojo con la vida, su ira incontenible que solía atribuir al desprecio que imaginaba que los demás sentían hacia él, era tan solo la proyección del desprecio que él mismo se tenía. Por alguna oculta razón Juan no se quería, no se amaba. Toda su aparente soberbia no era más que un eficiente disfraz a la paupérrima opinión que de si mismo tenía. Resulta imposible entonces amar si no se ama a uno mismo. El amor propio bien entendido, es la piedra basal del amor al otro. Juan tuvo entre sus manos el motivo del desamor que sembró a lo largo del camino.

Tarde, más que tarde, a Juan lo amaban. Ella lo amaba, como nadie, como nunca.  Y era su amor el que estaba sanando a Juan, dispuesto a no soltarlo hasta que Juan terminase su viaje de vuelta.

Juan sonreía ante el regalo, sonreía ante el don. Nada había hecho para merecerlo, pero los regalos no se merecen, se reciben. Nada había hecho para obtenerlo, pero los dones no se ganan, llegan.

Juan estaba empezando a ser otro y todo gracias al amor que ella sentía. ¿Qué haría Juan con él?  Toda idea que se le cruzaba, era rápidamente desechada por descabellada. Lo desesperaba hacer justamente lo necesario para perderlo. Lo sentía tan inmenso que le parecía imposible llegar alguna vez a corresponderlo.

Se convenció que por ahora lo único que podía hacer era dejarlo hacer. El amor tiene su propia lógica, su propia sabiduría, muy superior a la humana. Nace cuando y donde debe, va adonde es más necesario, hace su obra y sin permiso un día se retira.

Juan se contentaría entonces con lograr reflejarlo del modo más fiel posible, tal como tercamente seguía haciendo el plateado espejo con su sonrisa.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 13 de noviembre de 2014

Esta poesía canción del fantástico Jacques Brel debe tener uno 80 años, por Galilea anduvo Alguien que dijo lo mismo hace unos dos mil años y nosotros seguimos matando al mensajero y odiándonos por sobre todas las cosas. El amor solo y solo el amor cura tanto de a uno como de a muchos, tanto a uno como al otro, como a todos. Ojalá algún día lo entendamos.

Published in: on noviembre 13, 2014 at 8:18 pm  Comments (2)  

LATIDOS

Ecografía

LATIDOS

el puente inesperado

 

Gabriel se sentía acorralado por el stress. Luego de múltiples encontronazos, tanto en su carrera como en su vida personal había, en un impulso, decidido casarse nuevamente.

¿Por qué alguien tan racional como él, en las cosas más importantes de la vida, en especial las que tenían que ver con los afectos, solo sabía actuar por arrebatos?

Era bien consciente que estaba vivo de pura casualidad. Su estilo agresivo de vivir siempre al límite, le había jugado innúmeras malas pasadas, desde accidentes automovilísticos, hasta riñas callejeras, pasando por infinitas descomposturas y hechos tan infrecuentes como amenazas de muerte de sus enemigos políticos.

Le parecía que sin arriesgarse la vida era un insoportable hastío, hecho que lo empujaba casi compulsivamente a vivir buscando los bordes, las fronteras, los límites. Y éstos solían manifestarse de modo muy poco amable.

Hace apenas unos meses había tocado fondo. Solo la voz prudente de su psiquiatra en el teléfono, había postergado el suicidio con el que venía coqueteando.

Y ahora, casado de nuevo. ¿Para qué? Si siempre había denostado al matrimonio, considerándolo la tumba del amor, el nido de la discordia y la muerte de la libertad.

¿Lo habría hecho para suicidarse en cómodas cuotas, por no tener el valor de hacerlo al contado?

Nervioso como siempre, miró su agenda y leyó: “15 hs. Sanatorio, segundo piso, Ginecología”.

“¡Maldición, me olvidé!”, exclamó golpeándose la frente.

Salió como tromba de la oficina y llegó en estado calamitoso, tras correr a un taxi y subir volando las escaleras, al destino prefijado.

Sudoroso, jadeante, con la corbata corrida y despeinado, casi le gritó a la secretaria del médico.

“¡Beatriz Gómez! ¿Dónde está? Es mi esposa”.

“Se cansó de esperarlo Señor, ya está en el consultorio con el doctor” le respondió la niña.

Tratando de calmarse, irrumpió en el consultorio, le dio un beso a su esposa con cara de culpa y musitó un “¡Perdón!”.

Ella lo miró con calma, mientras el médico sacudió ligeramente la cabeza al tiempo que movía el ecógrafo por el abdomen de Beatriz y un pequeño muy pequeño, unido a un cordón, danzaba en una pantalla cercana de blanco y negro.

“Mirá quien anda por ahí”, dijo ella.

Incrédulo, el alma de Gabriel dio un vuelco, se quedó sin palabras.

El doctor movió la perilla del audio y unos rápidos latidos resonaron por el consultorio. Movió el ecógrafo y los latidos sonaron más fuerte aún.

Gabriel seguía mudo, los ojos fijos en la pantalla. Comenzó a lagrimear. Las lágrimas dieron paso al llanto y una mezcla incomprensible de risa nerviosa y sollozos en catarata, sacudió por un buen rato a toda su humanidad.

Ese pequeño danzante cuyo corazón retumbaba en el vientre de su esposa, su primer hijo, se le apareció sin aviso, un día cualquiera de su vertiginosa vida.

Y Gabriel lloraba y reía, reía y lloraba porque en él podía ver con total claridad al puente que había estado esperando y buscando por más de tres décadas. Un puente firme y sólido que lo rescatase de las garras de la muerte que lo cercaba y le enseñase de una vez por todas, el verdadero sentido y valor de la vida.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de agosto de 2014

Durante las dos semanas que pasé enclaustrado en mi refugio marino para poder dar forma al libro de ASOCIACION CHICHOS, me permití algunos lujos, que me sirvieron para paliar mínimamente el torbellino emocional que la escritura me produjo. Entre ellos asistí a dos reuniones del taller literario EL PRINCIPITO. En la segunda tenía que dar una breve charla sobre William Shakespeare y el amor, por lo cual concurrí pensando más en ello que en la tarea que Susana Consolino nos iba a encomendar. Cuando mencionó que la consigna era EL PUENTE, sonreí. No había tema más conocido para mí. En este mismo blog hay un escrito muy leído que se titula precisamente así (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/10/09/las-dos-orillas-y-el-puente-una-metafora-actual/) y me la paso hablando de los puentes que nos faltan hacia el otro y que nos debemos para poder constituirnos como una auténtica sociedad. Tarea sencilla a priori, podía seguir pensando en mi charla mientras escribía algo para cumplir.

Empero, al enfrentar el cuaderno en blanco, me atrapó la historia que antecede y pese a mi resistencia, fundada en que no quería agregar emoción a mi inquietud, sumado al hecho que venía sobrepasado de ellas, cedí a su encanto. Los escritores solemos escribir casi siempre acerca de lo vivido, aunque solemos adornarlo de fantasía, exagerar algunos aspectos, mentir en otros, soslayar los que nos incomodan, alterar los personajes, todo como parte de un juego que nos estimula y adoramos. Probablemente el que antecede sea el único cuento al que le cambié los nombres, simplemente para cambiar algo.

Vaya pues como homenaje a todas las madres en su día, en la esperanza que comprendan, que la maternidad es y será el mayor regalo que pueden llegar a hacerle a un hombre. No hay forma encantadora, natural o artificial, no hay moda provocante, no hay desempeño sexual, no hay canto de sirena, ni hay fantasía literaria capaz de volcar el fiel de la balanza, cuando en el otro platillo hay uno o varios niños en pañales.

Ah!, por cierto, escribí llorando, leí atragantado y después la charla de Shakespeare, salió razonablemente bien. Un lujo sí, pero no fue ningún descanso emocional antes de volver a sumergirme en las historias de los chichos.

Published in: on octubre 19, 2014 at 12:26 pm  Comments (1)  

NO SE

December 12th, 2010 @ 09:06:42

 

 

NO SÉ

El Almirante bajó el catalejo y sonrió satisfecho. “Los tenemos” pensó con una mueca interior que denotaba confianza plena en sí mismo.

Motivos no le faltaban. Hacía más de cuatro meses que estaba en alta mar tratando de ubicar a la flota enemiga. Jalonaban su carrera naval cientos de victorias, muchas de ellas en notable inferioridad de condiciones. Él era ya una leyenda viviente. Todos los niños imaginaban un futuro heroico como el suyo, todas las mujeres suspiraban con tan solo oír  su nombre y  probablemente por ello, todos los hombres del reino lo envidiaban de un modo tenaz.

Nada de eso le importaba, él siempre iba tras una hazaña mayor.

La nave insignia que navegaba gallardamente al frente de un centenar de navíos, era una de las mejor equipadas de su tiempo y por tanto temible para todo barco enemigo que solía vibrar de terror al intuir su silueta en el horizonte.

El Almirante confiaba ciegamente en sus fuerzas, su habilidad, su barco, su flota y sus marinos. En consecuencia no dudaba ni ante la más violenta tempestad. Solían relatar en los bares del puerto que en el curso de una de ellas,  parado firme ante el timón, mientras las olas inundaban la cubierta y los rayos sacudían la velas, en tanto todos a bordo buscaban refugio seguro, él, elevando sus ojos al cielo había exclamado: “Sigue intentando Dios, esfuérzate, tú nunca podrás conmigo”.

No vaciló entonces en abalanzarse sobre la flota enemiga con todo su poderío, una vez más. Y como ya había devenido costumbre, tras una larga y muy cruenta batalla, alcanzó una nueva y resonante victoria.

Atrapado el suculento botín, torció rumbo y comenzó el regreso de la flota al puerto de origen.

Durante el plácido viaje a casa, su mente no lo dejó en paz, presentándole imágenes cada vez más nítidas y fastuosas del esperable desembarco victorioso. A fin de ayudar al cumplimiento de su anhelo, envió adelantada a la embarcación más veloz de la flota, con el siguiente mensaje: “Enemigo derrotado completamente. Regreso a puerto con escasas bajas y amplio botín”.

¡Imaginó la gloria absoluta! Vio al Rey con la mismísima Reina, poco afecta a los actos oficiales, de pie, en el puerto esperando su llegada.  Atisbó en su mente al pueblo costero totalmente embanderado, a las más bellas mujeres arrojando flores a su paso y a los pescadores saliendo en sus barcas al encuentro de la flota.

En estas ensoñaciones, el Almirante seguro de si mismo, con su leyenda agigantada y saboreando en forma anticipada, su bien merecida gloria, navegó el mes que tardó en llegar a puerto.

Para su desdicha, los hechos no acompañaron sus sueños, ni siquiera mínimamente.

Entró a puerto una mañana de sol en la que fue recibido por los muelles desolados, un pueblo desierto y los botes pesqueros prolijamente fondeados.

¡NADIE, NADIE, NADIE, salió a su encuentro!

Tanto había esperado, imaginado y acariciado ese momento, que el deseo dio paso a la decepción y ésta a la indignación, en forma casi instantánea y brutal.

En un último intento desesperado, lanzó una salva de cañones y esperó alguna respuesta.

¡NADA, solo el silencio impenetrable!

Bajó a tierra el Almirante, hecho una furia, sólo para comprobar que todos huían de su presencia, ni bien la advertían.

Tan solo el loco del pueblo se plantó haciendo morisquetas ante él y entre acrobacias cantó:

“El Almirante victorioso llega,

y sueña con gran recibimiento,

no sabe que la peste anega,

familia y amigos con sufrimiento”

El viejo marino detuvo sus pasos, abrió grandes sus iracundos ojos e inquirió a los gritos al loco del pueblo: “¿Qué dices, pero qué dices?”

Nada coherente podía esperar por respuesta. Se dirigió a su casa a grandes zancadas, solo para comprobar, con sumo dolor que la canción del loco hablaba verdad. En su ausencia, la peste había golpeado con fuerza al reino y toda su familia, tanto como sus mejores amigos, hacía tiempo que estaban muertos.

El Almirante se derrumbó. De nada le había valido su victoria, ya de nada le servía ser una leyenda. Bramó, insultó, perjuró, blasfemó y lloró, lloró y lloró.

Todo aquello en que había creído firmemente, todo aquello por lo que había luchado con tesón toda su vida, todo le pareció de repente, pura vanidad.

Perdió en un solo instante todos sus anclajes, toda su fe, todas sus certezas.

Y se entregó a la duda, como un barco a la deriva en alta mar.

Orate, se lo ve, entre la bruma del puerto, caminar los muelles día y noche, con vacilante paso, muy sucio, sacudiendo la cabeza y emitiendo, cada tanto un gruñido, que los niños que ahora se ríen de su aspecto y de su eterno duelo, tradujeron por “No sé”.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 20 de agosto de 2014

 

Silvia Susana Consolino, fundadora y directora del Taller Literario EL PRINCIPITO desde hace 14 años en San Clemente del Tuyú, a quien me llevara mi pasión por conocer más de la historia de esa amada zona, no deja de sorprenderme. Y mucho más aún me sorprenden  las cosas que escribo, cada vez que me entrego a su conducción.

El cuento que antecede es una parábola sobre la soberbia y la vanidad, que no siempre ataca a seres vacuos, sino que también suelen ser víctimas insospechadas de esas enemigas del alma, gente con mucho mérito, con mucho esfuerzo, con demasiados triunfos en su haber. Hasta los monjes suelen sucumbir a ellas. En este último caso, el principio de obediencia y la sagacidad del abad hacen lo suyo. Me contaba un monje amigo que el premio que recibió del abad luego de una exitosísima y difícil gestión, nada menos que en Roma, fue el hacerse cargo durante un mes de la limpieza del establo.  Extramuros, no tenemos tanta suerte y a veces con sobrados argumentos “nos la creemos” o nos engreímos, para decirlo correctamente. Ante la falta de abad, es la propia vida que nos prepara el balde de agua helada, del tamaño adecuado a nuestra vanidad, para devolvernos a nuestra real dimensión de seres humanos, vulnerables, frágiles y pasajeros. Somos parte de la creación, a veces una parte distinguida, venerada, meritoria y envidiada, pero parte, tan solo parte, nunca el centro y son nuestras debilidades, nuestras carencias y finalmente nuestra mortalidad las que nos hermanan con las otras partes, quizás oscuras, quizás ignoradas, quizás segregadas y despreciadas.

En ocasiones el dolor de la caída nos hace recapacitar y comenzamos a transitar el camino de regreso a la virtud de la humildad. En otras, lamentablemente, el baldazo es demasiado fuerte, la caída demasiado dura y nos derrumba como al Almirante, respecto de quien ignoramos si al cabo de un tiempo recuperó la cordura. Pero nunca duden de su llegada, a veces tarda, pero siempre llega.

La sorpresa que Consolino nos tenía preparada fue que la consigna, en esta ocasión, consistió en escuchar unos minutos de música y estar atentos a qué palabras la propia música nos sugería. No se trataba de pensar, sino de estar atentos para descifrar si la música traía imágenes y ellas palabras. No nos fue revelado el título de la partitura ni su autor y se trató de tramos cambiantes. En mi caso reconocí al último como el doloroso Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni.

Contra mi expectativa, las imágenes fueron clarísimas y la sucesión de palabras que transcribo me regalaron completo mi cuento. La imagen central era un barco antiguo, un galeón navegando en el mar, batalla, victoria, navegación más tranquila, pena, duelo, inseguridad, duda, miedo y no sé. Hasta el título vino. El único que no apareció en ningún momento fue el protagonista. Ni falta que hacía, era yo mismo y como siempre soñé con ser Almirante, me vino de perillas. No tengo que hurgar demasiado en mi camino para reconocer que la batalla contra la soberbia me ha llevado años y he debido empeñar mis mejores esfuerzos para que no me domine.

Pero ahí no terminan las sorpresas. Cuando concurrí al taller del miércoles siguiente, me senté casi enfrente de donde me había sentado al escribir este cuento. Ahí fue que tome conciencia que en la reunión que NO SE me llegó, estaba sentado delante de una maqueta de un galeón antiguo, tal como el que vi, con los ojos bien cerrados, durante toda la consigna musical. Como estaba a mis espaldas, nunca posé mi vista en él y al cabo de la reunión me fui sin verlo.

Y por si todo esto no bastase para el asombro, a mi vuelta a Buenos Aires, debí profundizar a un poeta que admiro como es Hugo Mujica y conduje dos hermosas reuniones del café literario de la Biblioteca Popular Alberdi sobre sus escritos. Ayer, 13 de septiembre tomo conocimiento que su nuevo libro de ensayos se titula precisamente: El saber del no saberse.

Sabemos tan poco del cerebro, menos aun de la mente que ni siquiera la vemos y casi nada del espíritu, que se supone dirige a los otros dos. Me parece que a esa “conspiración de invisibilidades” como las llamaba Alejandra Pizarnik, las consignas de Silvia Susana Consolino, le hacen muy hábiles trampas, para que dejen de jugar a las escondidas y se expresen de una vez.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de septiembre de 2014

Escuchen a Pietro Mascagni y déjense sorprender por lo que escriban……..si se animan.

Published in: on septiembre 14, 2014 at 6:45 pm  Comments (1)  

DESEO FINAL

deseo final

 

DESEO FINAL

 

Deseaba verla de nuevo. Necesitaba hacerlo. Ese deseo era el precio que le había cobrado a la ingrata vida, por no ceder. Una vez más, Juan, acorralado por una situación inmanejable, había dejado vencer a la razón. ¿Hasta cuando lo haría? ¿Hasta cuando preferiría una cómoda infelicidad a una apuesta riesgosa que tanto podía arrojarlo al abismo como hacerlo sentir vivo, después de décadas? Imposible saberlo.

Una vez, tan solo una, para decir adiós con la mirada, adiós con y desde el corazón, un adiós en silencio.

Era tiempo de partida, de bolsos llenos y baúles listos, de gas cortado y cerrojos puestos. Su tiempo en ese pueblo fantasma había expirado, su retiro tocaba a su fin, su propósito que lo había conducido hasta ahí y hasta ella, estaba más que cumplido.

En medio del trajín de esa mañana, cada tanto Juan se ausentaba de lo que hacía y rememoraba paso a paso cada encuentro de esos extraños días. ¿Buscando qué? ¿Acaso necesitaba más pruebas? ¿Para convencerse? Y una vez convencido ¿hacer qué?

Ella lo amaba. Y Juan lo sabía. Se lo habían revelado las miradas, sus excusas para verlo, la dulzura de sus gestos y sobre todo, la energía que irradiaba ella en su presencia.  Pero había más.

Cada vez que Juan cerraba sus ojos para ingresar a ese mundo del que nada sabemos, el de los sueños, ella aparecía a su lado, sonriente, radiante, cálida. Juan la resistía, necesitaba descanso. Por un tiempo, hasta que se entregaba y se dejaba abrazar por ella para dormir definitivamente acompañado. Y se despertaba a la mañana siguiente sin ningún rastro en el alma que hiciera suponer su solitaria noche, en una gélida cama de un cuarto helado. La amplia sonrisa que lo recibía en el espejo delataba una madrugada de amorosas delicias.

Ella sabía como hacerlo. Juan ni intentaba averiguar su método, sabía demasiado acerca del espíritu como para dudar que su presencia nocturna fuese algo menos que real. Y había vivido el proceso completo. Las primeras veces lo sorprendió, luego le divirtió, después lo disfrutó y finalmente cayó en la cuenta que de día, cuando las ocupaciones de ambos diferían en tiempo y lugar, la extrañaba desesperadamente. Así fue que empezó a apurar las horas para que llegase el momento del encuentro en el sueño. Llenó sus días de actividad para no pensarla. Y sus días se llenaron de inquietud: ¿y si esta noche no viene? ¿qué sentiré si me quedo solo de verdad?

Pero ella venía y Juan hasta comenzó a hablarle, a recibirla, a dejarla hacer. Una mañana la sonrisa no lo recibió en el espejo, en su lugar advirtió una mueca de angustia. Dudó de su cordura. ¿Culparía a la tormenta que lo aislara por días? ¿Culparía a su misión que tanto le angustiara? ¿Culparía a la soledad acusada de ser pésima consejera?

No por extraño, cabía calificar al dilema en el que la vida lo había metido, de novedoso. Bien lo conocía él. Llevaba nada menos que quince años acarreando uno similar. El deber o el deseo. La razón  o el corazón. ¿Los acumulaba acaso? ¿Estaría condenado a la repetición?

Este dilema, sin embargo, más arrollador, más carnal, mas sorpresivo, era más factible de resistir. Sencillamente porque no soportaba el menor análisis. A poco de mirarlo, sonaba a locura completa. Ello lo tranquilizó. Conocedor del terreno como pocos, se dio cuenta que era mucho más fácil ponerle fin.

No fue sin dolor que cortó la cuerda, no fue sin dolor que esquivó el oasis del desierto del desamor, no fue sin dolor que se propuso partir del todo, llevando consigo el trozo de corazón que pugnaba por quedarse en el pueblo. Pero lo hizo. A cambio del deseo, de ese loco deseo de verla de nuevo.

Tres veces abordó el auto cargado y tres veces encontró la excusa perfecta para no arrancar. Olvidos, dudas obsesivas, ridículos extravíos. Dos horas más tarde de la hora prefijada, finalmente encaró el camino de regreso.

Modificó Juan su ruta de salida para pasar por su casa, quizás estuviera en la puerta. Antes de llegar a ella, la vida cumplió.  Ella caminaba por la acera sonriendo, con un hijo en brazos, el otro de la mano y un excelente y amoroso esposo hablándole cómplice al oído.

Juan no hizo, no pensó, ni dijo nada; solo aceleró.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 30 de agosto de 2014

Hace siglos lo dijo Calderón de la Barca en la inolvidable voz de Segismundo: la vida es sueño y los sueños, sueños son. Tan real o irreal una como el otro.

 

Published in: on agosto 30, 2014 at 10:03 pm  Dejar un comentario  

DESOLACION

desolación

 

DESOLACIÓN

Puede no serlo, pero se parece demasiado al fondo

 

Hay veces que no se ve la salida o la que se ve amenaza costar demasiado, y uno se queda inmóvil. Juan se sintió exactamente allí. Pensó que hacía demasiado tiempo que estaba en ese mismo exacto y pegajoso punto. Ni un paso atrás, ni uno adelante, ni uno arriba, ni uno abajo. Fijo, como estaca de alambrado. Frío como muerto en el ataúd. Insensible como roca del camino. Y por más que consultaba, pensaba, rezaba, meditaba y analizaba, ningún camino le hacía ni el más mínimo guiño como para ponerle una ficha. Por el contrario, todos, absolutamente todos lo hacían infeliz y ni siquiera podía saber cual de ellos, lo hacía en mayor medida.

Lo que siguió es totalmente lógico. Se vio sin salida, bajó los brazos y se dejó caer. Se sintió envuelto por una corriente que al principio le pareció hostil, al fin y al cabo hacía años que luchaba contra ella. Pero al poco rato de dejarse arrastrar, la sintió amiga, casi una hermana. La notó tibia, envolvente y maternal. Después de todo, tantas veces había perdido que esto no era otra cosa que una derrota más, quizás la postrera.

Apuró con sumo deleite el enésimo vaso de whisky que también le pareció que portaba un sabor a final. Su cuerpo se venció sobre la dura silla que estaba sentado, cayeron sus brazos al costado y abrió ligeramente las piernas. Cerró los ojos.

Al principio lentamente y luego en forma vertiginosa, toda su vida pasó por su mente. Su amada infancia, el complejo desarraigo del primer día de clases, la conflictiva primaria, la muerte de su abuela, el doloroso traslado a la capital, la tenebrosa secundaria salpimentada con la muerte de su padre, la veloz carrera, las más de tres décadas de inútil labor profesional, sus dos horrorosos matrimonios, los sueños rotos, las esperanzas perdidas, el amor imposible, sus vanas luchas políticas y ……..este hartazgo infinito. Tiró todo por la borda del olvido y sintió por vez primera ligero el equipaje. ¿Estaba acaso por viajar?

Hacía largo rato que se había dado cuenta que nada valía demasiado la pena de luchar o esforzarse para conseguirlo. Todo era pura vanidad, tal como decía desde hace miles de años su libro favorito: el Eclesiastés. Pero ahora sentía que nada valía en absoluto ni el más mínimo esfuerzo, sueño o intención. Carecía por completo de anhelos, de metas, de deseos. Lo único que lo mantenía vivo, no era otra cosa que su frágil y entrecortada respiración. Se detuvo en ella.

Prestó atención tan solo con su mente, pero con toda ella, al aire que entraba y salía por sus fosas nasales, inundaba y vaciaba sus pulmones, subiendo y bajando su pecho. Y ahí fue cuando tuvo la revelación. Si hace largo años que vivía como muerto, posiblemente fuera menos penoso estar definitivamente muerto. Si la vida no tenía ningún sentido, ¿para que prolongarla? Si no existía ser humano alguno que pudiese comprender siquiera mínimamente sus carencias, sus rebeldías, sus visiones, ¿para que seguir buscándolo? ¿para que seguir esperándolo?. Tan solo sus perros lo llorarían, pero Juan pensó que no tardarían en conseguir nuevo amo y hasta esa última leve ancla, desechó.

Juan pudo ver claramente que si lo único que lo aguardaba era la muerte, le daba lo mismo que llegase a él, en ese momento o algunos años después. Solo duro trasiego podía esperar del tiempo que estaba empezando a querer obviar.

Respirar, nada más lo ataba a la vida y como era un acto involuntario – por ello continuaba en el sueño – escapaba a su control.  Y el suicidio nunca estuvo en carpeta, era demasiado respetuoso de las leyes de la vida como para intervenir tan decisivamente en su decurso.

Con los ojos aun cerrados, el cuerpo derrumbado sobre la silla y la mente casi en blanco, llegó al convencimiento que respirar era un acto equivocado, una terca voluntad inconsciente de prolongar un tiempo que no le serviría para nada. Notó que la respiración se hacía más corta, más leve, más imperceptible. ¿Acaso podría detenerla?

Siguió meditando acerca de la inutilidad de continuar una vida sin salida, sin sentido, sin propósito, sin amor. Dejó al mismo tiempo de percibir la respiración por completo, solo oía los latidos de su corazón. Terco como ninguno, intentaba compensar la falta de oxígeno acelerando las palpitaciones. ¿A qué errada esperanza se aferraba?

Los latidos eran tan fuertes y rápidos que lo aturdían, el fluir de la sangre se hizo irregular y le zumbaban los oídos. En unos instantes más se detendría y todo habría concluido. Juan, o mejor dicho su alma, contemplaba la escena, simplemente aguardando el desenlace. Dejarse morir no era una frase vacía, funcionaba, ¡vaya si lo hacía!.

Al principio casi un susurro, luego un voz bastante clara se transformó en un potente grito de “¡Auxilio, auxilio, ayúdenme, no quiero morir!”. Pero ¿quien gritaba? No podía ser Juan, no tenía sentido alguno, si él quería morirse. Juan, o mejor dicho su alma, miró en derredor en todas direcciones y a nadie vio. Para su sorpresa vio su cuerpo, que lejos de estar derrumbado en la silla donde lo había dejado, estaba en el piso, en posición fetal, con los ojos cerrados, pero……gritando a todo pulmón.

Juan, o mejor dicho su alma, no tuvo tiempo de tratar de entender. El portero del edificio franqueó la puerta del departamento con la copia de la llave que poseía, acompañado de dos poco gentiles paramédicos que alzaron el cuerpo de Juan, lo sacudieron y abofetearon hasta que abrió los ojos, lo ataron fuertemente a una camilla y lo subieron a una ambulancia que aceleró hacia el hospital.

Venciendo su hartazgo, abandonando su esperanza de un cercano fin del martirio y totalmente convencida de lo inútil de una nueva oportunidad, el alma de Juan, no tuvo más opción que volver al maltrecho cuerpo atado y reanudar el control del mismo, no sin antes recibir una buena dosis de tranquilizantes endovenosos.

Resignada se dijo: “Otra vez será”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 12 de abril de 2014

 

Decía Facundo Cabral: “Curiosa cosa el hombre, nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere”. Solo los que estuvimos ahí, más de una vez, podemos contarlo. ¿No es cierto Pink?

Published in: on abril 13, 2014 at 1:30 am  Dejar un comentario  

MOMENTOS

mujer manejando

 

MOMENTOS

“La vida se hace siempre de momentos”

Julio Iglesias.

 

Inesperadamente sonó el timbre. Juan a nadie esperaba tan temprano ese sábado. Acababa de despedir a su hija que emprendía un largo viaje por el sur del país y no estaba de humor para recibir visita alguna. Atrás quedaban largos días de corridas para poner el auto en condiciones, los cuales sumados al madrugón lo habían agotado. Abrió sin ganas la puerta y estaba ella, su hija, parada ante la reja, con su mejor sonrisa, diciendo: “me olvidé algo”.

A Juan le cambió la cara, la había empezado a extrañar hacía medio minuto y tenía la oportunidad, breve, de verla de nuevo.

“¿Y el auto?” atinó a preguntar mientras abría la reja.

“A la vuelta, vine corriendo para no tener que girar la manzana” respondió ella apresurando el paso, escaleras arriba, a buscar el objeto de su olvido.

Al ratito pasó como una exhalación a su lado, apuró un beso y se fue caminando rápido hacia la esquina.

En lugar de cerrar la reja, Juan salió a la vereda para verla partir, llena de vida, juventud y felicidad, mientras sentía dentro del pecho, el corazón achicársele a su mínimo tamaño compatible con la vida.

Fue ahí que rememoró haber estado hace años en una situación idéntica. La repasó en detalle.

Solo cambiaba la iluminación de la escena. Era de noche y el protagonista era su hijo, que se perdía en las sombras caminando hacia la misma esquina, mientras Juan, preso de toda impotencia, lo veía alejarse con el corazón pequeño.

Es que las habían pasado feas. Luchando mucho habían superado juntos una enfermedad complicada que lo había atacado a los 13 años. En esa noche tenía 17 y era la primera en que después de muchos cabildeos, discusiones y dilaciones, su hijo, con su permiso, salía solo de noche. La relación entre ambos nunca volvió a ser la misma.

Y ese momento con su hijo, le hizo recordar otro crucial. Partía para su primer viaje lejos de casa con sus compañeros de séptimo grado. Juan, para no angustiarse, tomaba frenéticamente fotos de la escena en el gimnasio del colegio. De repente ya no pudo contener las lágrimas y con suma vergüenza, lloró en silencio. Alcanzó a ver con sus ojos entrecerrados a otro padre, grandote y hosco, llorando a mares. Se acercó.

“Es solo un viaje de una semana, ¿me podés decir porqué sentís que lo perdés?” el otro padre le preguntó a boca de jarro.

“Ni idea, pero es bueno saber que no solo a mi me toca llorar” respondió Juan.

No sabía entonces Juan que esa noche, sin explicación alguna, le correspondería también no dormir y llorar desconsoladamente hasta la madrugada. ¿Sería el fin de la niñez? ¿Sería el fin de una etapa hermosa de crianza a la que dedicara tiempo y esfuerzo? ¿Sería su propia historia con la muerte de su padre a sus 13 años que pesaba? ¿Sería el fin de la inocencia? Nunca obtuvo la respuesta adecuada.

Esa mañana de sábado, después de su viaje veloz por momentos similares, solo en la vereda, siguió mirando a su hija que iba cantando y saltando hacia el auto estacionado a la vuelta de la esquina. Allí la esperaba el hombre que ama, para compartir con ella la aventura de alcanzar un viejo sueño.

A Juan le vino a la mente su charla de una noche con ella.

“Te quiero papá, para mi sos lo más” le confesaba su hija desde atrás de una sonrisa.

“Me encanta serlo, pero quiero que sepas que un día ya no lo seré” le había dicho él.

“¿Por?” preguntó ella acongojada.

“Porque un día conocerás a alguien, elegirás a alguien, que deberá pasar a ser lo más para vos. Sé que me dolerá pero es inevitable y está bien que así sea” se escuchó decir.

“Por favor no cometas el más frecuente error con que debemos lidiar los maridos. Quien elijas deberá tener el primer lugar en tu vida y si te veo feliz, cederé mi puesto con gusto” agregó.

“No creo que pase” rezongó ella.

“Espero que pase, pues si no pasa, estarás en problemas toda la vida” sentenció Juan.

La vio feliz doblar la esquina y sintió una nueva soledad, punzante y molesta, signo indudable que la vida había perpetrado un acto más de pérdida, un acto más del desapego que vino a enseñar.

Sintió la impotencia, sabía que la hija que regresaría del viaje sería distinta, pero el recuerdo de los otros momentos le dijo que todo estaba bien, que estaba sucediendo  nada más que lo que debía suceder. Solo él debía lidiar con sus emociones contradictorias, tal como aquella noche en el gimnasio.

Se dio vuelta despacio con el nuevo vacío en el pecho. Tras la reja, sus dos perros movían sus rabos, mientras lo miraban inquietos, como tratando de despejar la nube de tristeza que amenazaba inundar sus claros ojos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 7 de octubre de 2013

Published in: on octubre 8, 2013 at 12:32 am  Comments (2)  

AEROPARQUE

Aero espera

 

AEROPARQUE

Sabía que algo había cambiado para siempre. Lo sintió en la piel en el último abrazo, lo adivinó en la voz al despedirse, lo vio en los ojos que apuraron la última mirada. Hasta ahí y por años, el descontrol, la angustia, la duda, las cimas y los valles habían parecido ser solo suyos, ella aparentaba, por lo menos delante de él, tener todo claro, todo ordenado, todo controlado. Esta situación a Juan siempre le había parecido algo injusta, ella disfrutaba de la relación y él, para quien la relación era todo, no hacía más que sufrirla.

Empero, que la locura lo habitase solo a Juan, le daba una garantía: la cosa nunca se iba a salir de cauce. El la controlaba como podía, pero lo hacía y por eso la relación, con altibajos, había logrado mantenerse por años dentro de una zona segura y más o menos previsible.

Desde el último encuentro Juan empezó a sentir alivio porque  el terremoto parecía haberlo abandonado, pero a la vez esa tranquilidad se veía empañada por la creciente inseguridad que le brindaba la certeza de saber, que el mismo terremoto anidaba ahora en el corazón de ella. Eso lo dejaba en sus manos, y claro, a Juan no le gustaba estar en las manos de nadie. No había forma de conocer de antemano como lidiaría ella con el remolino emocional, si lo contendría o se entregaría a él, si mantendría la paz o la inmolaría en aras de resolver un conflicto que, a esta altura, ya parecía eterno.

Si bien eran gemelos espirituales, ello no aseguraba nada. En el mundo material actuaban con estrategias casi opuestas. Juan era casi un contemplativo, muy fatalista, entregado cada año un poco más, a lo que consideraba la inteligencia superior de la vida y tenía una paciencia oriental para aguardar que la vida actuase. Ella era una amazona, una hembra de acción, de tomar armas, de producir resultados. Conociéndola bien, Juan estaba cada día un poco más nervioso.

Comenzaron a llegar noticias inquietantes que no hicieron más que confirmar que el torbellino la habitaba. Algo se estaba cociendo a la distancia, algo que Juan sabía,- las creencias ya habían sido largamente superadas-, iría a cambiar todo para siempre. Se dispuso entonces a disfrutar plenamente de los que tenía por sus últimos días de paz. Hizo un par de viajes en soledad para despejarse y escribir un poco. Resultaron infructuosos, ella viajó inserta en su alma, diciéndole a cada paso que se preparara para el cambio.

Juan no quiso saber, no buscó noticias, no reiteró llamadas, no preguntó. Casi podía adivinar las respuestas, ya que cada noche en sueños, ella llegaba, le sonreía y lo animaba.

Fatalista al fin, Juan sabía que no tendría armas ni argumentos para defender, ni por un segundo, el mundo irreal prolijamente armado por años, al que ridículamente se aferraba, del ínfimo movimiento de un peón del campo controlado por ella. Y ella, parecía dispuesta más que a mover un peón, a patear todo el tablero, ese mismo maldito tablero que los tenía prisioneros hace tantos años.

El día tan temido, como todo, finalmente arribó.  Juan abrió su correo y leyó tembloroso: “Llego al aeroparque mañana a las 11 ¿venís?”. Nunca, en décadas le había pedido que la fuera a buscar. Todas las sospechas y temores de Juan tomaron cuerpo, estaba en otra cancha y apenas pudo controlar su emoción para poder responder un escueto: “OK”.

Se maldijo por haber llegado tan temprano a la estación aérea. Receloso del tráfico, había salido con demasiado tiempo y no tenía idea que hacer ni con su ansiedad, ni con la media hora que faltaba para que el avión que la traía tocase tierra. Tragó un caramelo tras otro, tomó dos cafés y caminó de arriba abajo como veinte veces el hall de arribos. Secó sus mojadas manos en el pantalón cuando escuchó el altavoz anunciando la llegada.

Mientras trataba de recordar los ejercicios respiratorios para calmarse, de entre la multitud de pasajeros, la portadora de su destino, emergió. Serena y sonriente, con una amplia sonrisa triunfal, hermosa y luminosa como nunca, se dirigió bolso en mano, al lugar que, inquieto hasta la médula, ocupaba Juan.

Cuando estuvo a un paso de distancia, él ensayó una difícil sonrisa mientras la miró interrogante al fondo de sus ojos color miel. “Hol…..” empezó a decir y no pudo continuar.

Sin dejar de sonreír, con chispas bailándole en la mirada, ella abrió los brazos para rodear el cuello de Juan y cerró su boca con un largo y profundo beso, durante el cual todo su cuerpo empezó a temblar y su alma a liberar una largamente acumulada tensión, en una infinita sucesión de sollozos.

Al terminar el abrazo se miraron y rieron cómplices.

“Y ahora, ¿Qué será de nosotros?” preguntó ella con un dejo de angustia en la voz.

“No tengo ni idea” respondió Juan más sereno. “Lo único que sé es que me allano a tu guion; es  definitivamente mucho más placentero que el mío”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 17 de septiembre de 2013

Published in: on septiembre 18, 2013 at 1:03 am  Dejar un comentario