INCONDICIONALIDAD


INCONDICIONALIDAD

Era una fría noche de un año que recuerdo poco, del cual pasaron más de 25. Seguramente porque no la estaba pasando bien. Vivía mudándome, en casa de amigos, en aparts, en casa de amigas y hasta en cocheras. Me acompañaba alguien, tampoco recuerdo quien, caminando por la calle Suipacha del centro de Buenos Aires.

De repente nos cruza el paso Esteban Mellino en persona, invitándonos a su unipersonal que estaba por comenzar en un teatro del fondo de una galería, hoy atiborrada de comercios que lucran con los contingentes brasileros, ávidos de artículos de cuero y otras chucherías que solo el real puede comprar.

No conocía a Esteban pero la similitud del título de su espectáculo con mi estado cotidiano, me atrajo de inmediato: LOCO. A falta de programa mejor y como casi todo me daba lo mismo, entramos al teatro semivacío. Esperamos un buen rato y cuando logró convencer a un número suficiente, dejo su rol de promotor, se vistió y salió a escena. Como se imaginarán recuerdo poco y nada de la obra – si ni siquiera puedo recordar con quien estaba- pero una frase de la misma, dicha con la pasión y entrega que caracterizaron a Esteban, se me grabó indeleble hasta el día de hoy en que renace impía.

“Después que ha muerto tu madre, debería haber en el mundo alguien, uno solo, que sea capaz de amarte con la misma incondicionalidad con que lo hacía ella”.

La causa de la locura del personaje era nada más y nada menos que el desamor. Su tesis era que el único amor incondicional que existe – por lo menos así era  25 años atrás- es el de una madre por su hijo. Y que la desaparición de ese tipo de amor genera un hueco imposible de llenar.

No puedo explicar porque grabé esa frase, justo en un momento donde mi relación con mi madre no era la mejor y su amor incondicional lo vivía como un insoportable acoso.

Forma parte de los misterios inherentes a la relación del espíritu humano con  su mente, si aceptamos que aquél sabe de antemano todo el derrotero que nos espera.

Tuve el placer de volver a ver a Esteban Mellino en San Clemente en otra obra muy buena llamada UNO SE EQUIVOCA y muchos años después en Buenos Aires en ANGELES. De ambas, pese a disfrutarlas intensamente, no me acuerdo ni una sola palabra.

El 10 de junio de 2008 Esteban se fue de este mundo. Dos días después lo hizo mi madre.

Han pasado más de tres años y el único sentimiento que debo confesar persiste en mí, es el de una irreductible soledad. Ese mismo 2008, unos meses después, estando en un retiro en mi querido monasterio trapense, me paré en la cima de una loma y mirando en todas direcciones el bellísimo paisaje, advertí que hasta donde daba mi vista era el único ser humano. Me dije: “Así como este desierto, ahora siento el mundo  y la vida para mi”.

En vano traté de explicar esto a familiares, amigos, terapeutas, confesores, gurúes y conocidos. Todos empezaron a hacerme la lista de todos aquellos que “tengo” en la vida. Incomprendido como me sentía no llegué a advertir, que quizás la palabra soledad no era la apropiada. Pero yo me sentía solo. Mis más cercanos afectos llegaron a enojarse conmigo seriamente.

“Entonces nosotros no somos nada para vos” me espetaron. Falso, son algo importante, importantísimo, pero el hueco estaba ahí.

Un día el Eureka aconteció, afortunadamente estando vestido. La respuesta siempre estuvo en la frase de Esteban, que por algún motivo en aquella fría noche grabé a fuego en mi memoria. Mucha gente me quiere, pero ninguno incondicionalmente. Y está bien que así sea. No puedo pretender que mi esposa me quiera si la traiciono. No puedo pretender que mis hijos me quieran si desatiendo sus necesidades. No puedo pretender que mis amigos me aguanten si los ignoro.

Mi madre, sin que yo se lo pidiera jamás, me quiso siempre con locura, pese a todas las macanas que le supe hacer y que por vergüenza no voy a enumerar. Nunca necesitó perdonarme porque jamás registró una ofensa. Y yo lo sabía. Estaba plenamente seguro que si un día fuese condenado por cualquier tribunal, ella seguiría pensando que soy inocente. Saber que para alguien, hagas lo que hagas, porque los humanos nos equivocamos y dependiendo de las circunstancias somos capaces de todo, serás siempre inocente o mejor dicho que aunque seas irrefutablemente culpable, ese alguien te amará igual que antes, igual que siempre, no tiene precio. Te otorga una fe, una fuerza, una confianza y una libertad inigualables.

Hoy todo eso me falta, se fueron con ella. Es un hueco imposible de llenar.  Como decía Mellino, lamentablemente en el mundo no hay un ser capaz de ese amor tan pero tan incondicional. Ya es hora de dejar de buscarlo, de dejar de pretenderlo.

La vida sigue, pero es distinta, muy distinta. Hay que aprender a vivir sintiéndose más solo, mucho más incomprendido, mucho más juzgado, mucho más difícilmente perdonado. No hacerlo y seguir añorando lo que se perdió o pretenderlo de otros, es caer en el título de la obra.

Por eso para este día de la madre, vaya este recuerdo como mi homenaje a todas ellas, quienes además de ser las únicas capaces de hacer bien tantas cosas, son las únicas capaces de amar incondicionalmente. A sus hijos, que quede claro, solo a ellos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 3 de octubre de 2011

 

Mauricio Abadi, a quien me hermanaba mi erre piamontesa, a la sazón presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina decía, hasta por TV en su célebre “Una Puerta Entreabierta”, que la causa  de la degradación de la sociedad había que buscarla en el deterioro o la ausencia de la relación materno-filial.

El occidente consumista y sin valores que supimos conseguir, les ha puesto a las mujeres una enorme presión para que hagan todas las cosas que un hombre hace a fin de demostrar su supuesta igualdad. Igualdad que es incuestionable en materia de derechos y obligaciones pero que resulta  a todas luces imposible en aptitudes instintivas, sensitivas, psicológicas y naturales. Siempre sostuve que el día que los hombres seamos quienes debamos quedar embarazados, la humanidad se termina.

Ante esa presión el rol de madre ha sido postergado, delegado o restringido a tiempos marginales. También ha sido menospreciado, trágicamente hasta por la propia mujer.

Es hora de revalorizarlo, todo el matrimonio carece de sentido si no se lo hace. Dicho régimen fue creado para otorgar a la mujer un ámbito seguro donde procrear.

Hace algunos años, para un día de la madre, el poeta que llevo adentro se  permitió recordárselo a una amiga, quien pese a ello siguió siéndolo hasta ahora.

UNA SOLA

Podrás conquistar el mundo,

Y tener todos a tus pies,

O quizás ser millonaria

Y tus caprichos satisfacer.

Pero en la hora última,

Al volver la mirada atrás,

Una sola cosa será importante,

Mucho más que las demás.

Porque te perpetúa y da testimonio

De tu amor, tu vida y tu pensar,

Eslabonando esta cadena sin final.

Es y será tu orgullo

Haber sido madre,

Por amor y nada más.

                       Enrique Momigliano

Día de la madre

15/10/1999

Créanme, ser madre tiempo completo tiene premio y uno bien grande: el agradecimiento eterno del hijo. Lean qué le escribí a mi madre a mis 41 años, para un día de la madre en que ella tenía nada menos que 84.

Puede ser que cuando la vida me lleva en andas, me aplaude y me mima, te vea poco o piense poco en vos. Pero da por cierto que cada vez que los vientos me azotan, el dolor me quema o la tierra se abre bajo mis pies, sos el puerto seguro que busco, el punto de referencia, lo único seguro y cierto que la incierta vida me dio. Gracias por estar, por ser, por perdonar, por soportar, por esperar y por amar como yo todavía no sé” 18/10/98 

Estoy absolutamente convencido que sus ojos, cuya mirada hoy extraño, en algún lugar y de alguna manera se habrán vuelto a nublar de emoción.

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Published in: Sin categoría on octubre 10, 2011 at 2:15 pm  Dejar un comentario  

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