EL BANDONEÓN DEL BANCO

EL BANDONEON DEL BANCO

Era un día hermoso que sonaba a triste. Casi llegando el mediodía disfrutaba de la tibieza de una primavera que le venía ganando su eterna pulseada al invierno, mientras manejaba hacia el centro porteño, tal como hasta unos 9 años atrás hiciera diariamente, por más de 33 años seguidos. Hoy mis visitas a dicho antro son esporádicas y trato que lo sean aún más. Mi ser nostálgico recuerda otro centro, seguro y bien vestido, limpio y ordenado, eficiente y opulento que alentaba a mi juventud a progresar. La continua decadencia argentina ha hecho del centro una yuxtaposición de mendigos y buscas, un paraíso de motochorros, una jungla de “arbolitos”, una superposición de bares horribles de comida venenosa, inseguro y sucio por donde uno la mire. Quedaron implantado a fuego en mí los duros meses del año 2002, cuando empecé a disfrazarme, a dar rodeos, a mirar por sobre el hombro, a cruzar las calles varias veces cuando veía caras sospechosas y a aprender a esconderme rápido si escuchaba algún tiroteo, a caminar veloz, a abandonar el portafolios, a meterme el dinero en las medias, en una palabra a mal vivir.
Iba a ser éste un día parecido a aquellos, los que me convencieron que ya no quería, en el tramo final de mi existencia, vivir así, al menos diariamente y ello hacía empalidecer al sol, bajo la nube de mis pensamientos.
El tránsito me ayudó, la nafta por las nubes raleó de autos el camino, de modo que llegaba bien a mi reunión sobre la Av. San Juan y Perú. Me esperaba un viejo amigo para hablar temas desagradables vinculados a la crisis económica actual. Dos cortes sobre la misma avenida me hicieron desviar tanto y embotellarme tanto que casi dicha reunión no llega a tener lugar por cuestiones de agenda. Vino a mi mente una de las últimas reuniones del último directorio al que pertenecí, a la cual no llegué gracias a un corte inmenso de la Av 9 de julio y a la demencial decisión de las autoridades de permitirlo, estorbando a todo el mundo en sus quehaceres. Mi ausencia en dicha reunión determinó un deterioro en la relación con mis pares, que potenció y aceleró una previsible salida.
La cita con mi amigo fue breve, me alegré de verlo, pero no resolvimos nada, todo es una gigantesca incertidumbre. De allí debía acompañar a otro amigo a realizar un trámite bancario en un banco público de Diagonal y Florida, el cual se caracteriza por insumirnos horas cuantiosas de tiempo para gestiones mínimas. Sabedor de lo que me esperaba decidí no hacerme mala sangre alguna y tomar todo como un paseo por un viejo y conocido barrio. Así lo pude apreciar como se debe, con ojos de poeta.
Me separaban 12 cuadras entre un destino y otro y de manera alguna iba a arriesgar mover mi auto para soportar aún más cortes y embotellamientos, decidí caminar, pese a mi molesto menisco derecho que rezongaba bastante ese día. Fue una decisión sabia, había más protestas y cortes en mi camino, los que debí sortear a pie.
Si pude, a lo largo de todo ese trayecto, hecho al ritmo que mi pierna permitió, encontrar un factor común fue la fealdad. Estás bien fea Buenos Aires y tu gente está bien loca, debo decir. Al panorama habitual de gente durmiendo en los portales de día porque deben permanecer despiertos durante la peligrosa noche, sumada a mendigos en cantidad sentados cerca de almacenes a la espera de una mínima caridad que les permita comer algo y coronado por los artesanos que literalmente impiden caminar por un par de cuadras de Perú en cercanías de la Legislatura, cabía agregar una ida y vuelta de manifestantes embanderados que hacían estallar petardos en su ruta, agitando banderas absolutamente ilegibles, que ya cansan por reiteradas y super abundantes.
Ni un rostro amable, ni una cara simpática, ni un piropo en el aire, nadie que merezca el piropo a su paso y una legión interminable de gente caminando con la vista fija en el celular o el oído tapado por el auricular, hablando sola ( con alguien manos libres).
A la cuadra 8 no daba más y no era cansancio ni dolor articular precisamente, sino una pesadez espiritual tremenda que me hacía preguntarme cómo había hecho para soportar ese clima durante tantos años. Sin duda debía haber sido otro, yo también, revestido de una capa protectora de insensibilidad y agresividad que me permitió sobrevivir en una pecera empetrolada.
De repente surcando el aire gris, llegó a mi tímpano un sonido celestial que conocía bien, sonaba en el centro porteño un bandoneón. Apuré el paso como un pez a la carnada y llegué a él.
Estaba sentado junto al muro indiferente de un banco, las zapatillas viejas, la remera gastada, el jean raído, el pelo desaliñado. En sus hábiles manos una joya, un auténtico doble A alemán, con las teclas de ambos lados destruidas de tanto tocarlo.. Fluía Piazzola en el ambiente y el rostro del pescador de tiburones de Punta del Este, conquistador de Europa y Japón vagaba por la naciente calle Florida. Esa, su primera cuadra era distinta. Todo gracias a él.
Lo conocía y lo recordaba, supongo que él a mi no. Yo tampoco estaba muy reconocible que digamos. Diez kilos de más, algo rengo, ropa vieja en lugar del traje, nada en las manos donde solía estar mi portafolio de cuero, pero volvíamos a ser los mismos.
Años atrás él tocaba con un grupo de músicos jóvenes y yo que solía pasar una decena de veces por ahí durante el día corriendo de reunión en reunión, sabía detenerme a escucharlo, “por lo menos un tema” me decía a mi mismo. Me filtraba entre la multitud que también lo disfrutaba y me iba dejándole un billete en la canasta dispuesta a ese fin.
Mientras recomponía mi alma y recreaba la imágen de aquél joven casi poseso que hacía magia con el bandoneón, llamó mi atención que ahora estaba solo, que en lugar de la canasta, para poner billetes estaba el viejo estuche del instrumento y un cartel fileteado apoyado en el estuche que decía: EL ARTE CALLEJERO NO ES DELITO.
Mi éxtasis volvió a ensombrecerse, recordé que los hacedores de bicisendas en lugar de ensañarse con los delincuentes se han ensañado con los artistas, en una muestra más de su eficiencia en pos de la paz ciudadana. Es decir, que si algo faltaba a la pecera negra ellos se encargarían prontamente de hacerlo, apagar la música.
Acerqué un billete de 10 pesos al estuche, lo que me permitió comprobar que solo había billetes de 2 pesos, los que ya no circulan y de 5. Iba a ser difícil armar una cena con esa cantidad.
Seguí escuchando, tenía unos diez minutos. Podía darme el lujo de asistir a un tema más. Mientras lo hacía reparé en otro detalle, ya no había una multitud escuchando, éramos solo dos personas y el otro era un mendigo que vivía en la esquina. Los dos ahí parados molestábamos a la turba autista, que nos pasaba en su carrera lo más cerca y rápido que podía, no atropellándonos de milagro. El viento que su pasar provocaba, amenazó más de una vez con hacer volar los billetes inservibles.
El mendigo, el músico y el poeta parecíamos en esa escena como pertenecientes a otra raza, provenientes de otro mundo, inadaptados por completo. Por lo menos no estaba solo, me pude reconocer en dos que se esforzaban por no caer en el petróleo.
Decidí celebrarlo. Cuando terminó el tema, me acerqué y le dí un devaluado billete de 100 y le dije “ponelo en tu bolsillo, porque si lo dejo ahi corre el riesgo de volarse o que te lo roben cuando tocas con los ojos cerrados”. Quiso que lo dejara en el estuche, pero insistí en mi postura. Al ver que ingresaba a su bolsillo me retiré agradeciendo.
“Gracias por poner una luz de esencia en este lugar tan desértico” fueron mis palabras. Una sonrisa fue su respuesta antes de comenzar el nuevo tango.
Crucé Diagonal hasta el banco público, donde otra vez tras una hora, nos fuimos sin resolver nada, pero mi estado de ánimo hizo que no me afectase en absoluto, estaba por el contrario tan bien que pude consolar a mi amigo en su queja por haber venido inútilmente hasta el centro.
Ni siquiera me importó, cuando en la última cuadra de las 12 de vuelta, tuve que cruzar rengueando, a toda velocidad, la calle, un par de veces, para esquivar a los molestos “extorsionadores callejeros” que vestidos con ropa de marca, intentan muy insistentemente, convencer a quienes caen en su camino, que pasan hambre.
El alivio llegó al sentarme en mi viejo y pequeño auto, ponerlo en marcha y huir del centro, que es sin duda, cada año un antro más inhóspito que el anterior y que ni siquiera se permite la nota disruptiva del bandoneón junto al gris murallón de un banco.
Estás fea Buenos Aires, en manos duras y llena de gente sola y alienada. No tengo forma de volver a amarte, y ya no puedo ser tan tuyo, como fui.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 8 de septiembre de 2018

Published in: on septiembre 9, 2018 at 12:34 am  Comments (1)  

EL ESTALLIDO

EL ESTALLIDO

Memoria de lo impune

Tenía varios motivos para preocuparme esa mañana de lunes. Mientras manejaba mi transido Falcon rural por la ruta 8, angosta hasta Pilar, mi ánimo variaba de extrañar horrores a mis hijos, de 3 años y 1 año de edad por ese entonces, que habían quedado junto a su madre en la casa de mis suegros en Capitán Sarmiento, a luchar denodadamente con mi fobia a los aviones, a la que siempre termino derrotando, pero que me acosa entre el momento que un viaje se decide y el momento de abordar el avión, sin dudas sé entregarme a la providencia divina. Si bien era un viajero frecuente por motivos laborales, desde el nacimiento de mis vástagos no me había separado de ellos por más de 48 horas y esta vez, la semana que me aguardaba en San Pablo crecía en mi corazón como eterna. Habíamos decidido instalar la familia en lugar donde hubiese ayuda abundante para la madre y yo volvía solo a un Buenos Aires que me esperaba de la peor manera. Mi vuelo saldría recién el martes a las 8 de la mañana, de modo que entre curva y curva, escenas de mi recobrada soltería porteña, dispuesta a durar menos de 24 horas, amenizaban mis dos preocupaciones centrales, tenía una noche para mi.
La ruta 8 se hizo autopista, ésta Gral Paz y ésta Lugones, los 6 cilindros en I roncaban raudos porque debía llegar al mediodía a una reunión en las oficinas centrales de un cliente importante, el mismo que me despachaba vía aérea. Al doblar para salir de la Lugones, a la altura del hipódromo palermitano, serené la marcha hacia el semáforo, me saqué el cinto y abrí la ventana. Serían las 11 de la mañana del inolvidable lunes 18 de julio de 1994.
Juro que estaba en el aire y lo sentí a la primer inspiración. Un horrible desasosiego se hizo carne en mí y al instante me di cuenta que no tenía nada que ver con mis propios motivos, era algo peor, mucho peor. Mientras la fila de autos que me atrapaba avanzaba lento hacia la esquina noté que todos tenían la radio encendida y que la voz de los distintos locutores, cuyas palabras me eran inentendibles, trasmitían una angustia infinita. Era pura energía, negra, densa, oscura, moviéndose entre nosotros y haciéndome sentir horrible. No manejo con radio, me distrae, asi que ni la llevo puesta, maldije mi costumbre, tenía que saber qué estaba ocurriendo. Cuando me detuvo el semáforo en primera fila, llamé a uno de los vendedores que suelen abundar por allí y le pregunté:
“Volaron la AMIA, hay cientos de muertos” fueron sus palabras.
Entré en un estado extraño, que duró todo mi viaje hasta la reunión. Oscilaba entre la incredulidad, la inquietud por las víctimas, entre quienes muy bien podía hallarse algún amigo y la sangre herida clamando rápida venganza del daño. Me olvidé de mis hijos, solo felicitándome porque azarosamente no estaban en Capital, del avión del día siguiente, de mi trabajo. Mi psiquis tiene unos mecanismos de defensa prodigiosos, me anestesió, tal como lo hizo durante los años de plomo, (nadie quiere acordarse, pero llovían cadáveres en pleno día) y cuando recibimos en la oficina la noticia del hundimiento del Belgrano. Una especie de calma hipnótica tomó el gobierno y me dediqué a hacer lo que tenía que hacer sin sentir ni siquiera pena. Solo atiné a acordarme de Tobías, un compañero brillante de estudios en la facultad de ciencias económicas, venido desde una colonia santafesina, que sobrevivía en Capital gracias a la generosidad de la AMIA que le brindaba casa y comida por un precio ridículo. También de Claudio, mi amigo de la adolescencia que solía ir seguido por diversos trámites. ¿Estarían allí esta mañana?, me conformé pensando que no.
No todas las psiquis son tan brillantes como la mía a la hora de defenderse. Cuando entré en la oficina donde me aguardaban, tras ignorar los bares repletos de gente mirando pantallas, había un televisor encendido, un silencio sepulcral solo roto por los sollozos de una de las secretarias que miraba sin ver las imágenes horrorosas que se sucedían. Totalmente ignorado por todos, no tuve más remedio que sumarme a la contemplación. Tres pisos de escombros cubrían por igual a muertos y a vivos, sirenas permanentes y una multitud desesperada trepando, a riesgo de su integridad física, la irregular montaña gritando y pidiendo silencio, todo a la vez, mientras literalmente “rasguñaban las piedras”. No pude seguir mirando, retiré mis pasajes, mis carpetas, coordiné el remis del aeropuerto y me fui, casi sin saludar. Nadie estaba de ánimo como para ocupar se de mi tarea en Brasil.
Invadido ahora por una pesadez aún mayor, caminé por Florida a fin de visitar dos clientes más, a quienes dejaría en banda por una semana. En cada uno de ellos, la escena se repitió, gente llorando frente a un televisor encendido y un amable “ vení otro día” para mi. Sentía un cansancio atroz y el martes debía madrugar, detenerme a comer algo en un bar era imposible, repletos como estaban y por otro lado mi garganta aparecía, por su cuenta, como queriendo cerrarse. Evidentemente la angustia, mi angustia, transitaba por mi inconsciente.
Decidí llegar a casa temprano, tenía una valija que armar y una infinidad de papeles que ordenar.
Ni siquiera sufrí el entrar raramente en una casa solitaria, mi trance anestésico también servía para ello. Pero una vez adentro, tras hacer frenéticamente todo lo que debía hacer y tener separada hasta la ropa con la que iba a viajar al día siguiente, me di cuenta que no podía permanecer allí. No encendí la radio, ni el televisor, intentaba por todos los medios ignorar lo sucedido, aunque fuera imposible, no en vano la negación es la primera fase de cualquier duelo.
Ahora bien, si mi psiquis hace lo suyo, mi alma tampoco se queda corta. Casi sin pensarlo decidí cenar afuera , ¿cenar? No había probado bocado desde la mañana y no tenía hambre. Y también casi sin pensarlo, en lugar de sentarme en algun bar cercano, mi casa estaba en Almagro, me dirigí a la parada del 24 y lo tomé con dirección al centro. Todo era irreal, todo era semi automático, como si estuviera manejado a control remoto. En pleno viaje supe el porqué, el 24 era de los medios de transporte a mi alcance, el que más cerca pasaba de Pasteur y Viamonte. Al cruzar Pasteur vi la luz de los focos, sentí el rugido de los motores de las topadoras y hasta alguna sirena que seguía sonando. En la fría noche, entre edificios destruidos, un ejército de rescatistas, ya más ordenado, se movía incesantemente. Bajé en Corrientes y Callao, me pedí una pizza, comí poco más de un cuarto, no me pasaba ni la gaseosa. Al salir, noté que mi trance duraba. Me sentía en la obligación de sumarme, de hacer algo, pero ¿qué? Rescatar gente sepultada viva no es para cualquiera, hay que saber moverse, escuchar, remover. Bien podría ir a ayudar con agua, frazadas, cosas, algo, a quienes estaban sumergidos en esa tarea ¿me dejarían? . Mientras caminaba hacia Cordoba me acordé de mi avión y del remis que vendría a por mi, a las 6 de la mañana. ¿Saldría mi avión? Por un momento tuve la plena seguridad que no volaría, pues daba por sentado que habrían cerrado la frontera, para que no pudiesen escapar los autores de semejante monstruosidad. No podía permitirme perder el vuelo, aun cuando la posibilidad de salida fuese mínima yo debía presentarme en el check in, en hora. De modo que volví a subirme al 24 que ahora pasó aún más cerca y la labor incesante de quienes sí hacían lo que algo me impulsaba a hacer, pero no podía, me volvió a llenar de culpa.
Ya en mi domicilio, intenté en vano leer un libro, comer algo más, dormir, todo imposible. Tranquilicé telefónicamente a mi familia y me recosté un rato, a las 6 salí para Ezeiza y soporté estoicamente la cháchara del remisero que no hizo más que desafiar mi anestesia con su carga de angustia, brindándome detalles escabrosos que omitiré.
Ese martes, a las 7 de la mañana, Ezeiza era un páramo. Nadie por ningún lado. Creí firmemente que se habían cancelado todos los vuelos y le pedí a mi remis que me aguardase unos minutos, si no me embarcaban, tenía asegurada la vuelta a casa. Como el tablero nada informaba, salvo los normales horarios de salida entre los cuales se encontraba mi flete, fui al mostrador en soledad y me embarcaron de inmediato. Olvidado del remis, subí por la escalera mecánica a enfrentar los controles migratorios, que al lado de los actuales, eran un juego de niños, o dicho en otros términos, un verdadero colador, cualquiera podía subir al avión con cualquier cosa, explotarlo o desviarlo a Cuba, pero nadie pensaba en ello.
Con todo, yo creía que me aguardarían unos oficiales de civil con cara de malos, preguntándome hasta el color de mi ropa interior, dado lo que acababa de suceder en pleno centro porteño. Es probable que mi relato de este episodio, marque el verdadero comienzo de estos 24 años de impunidad completa, de modo que presten atención.
Subí y no había nadie, absolutamente nadie y el paso estaba libre, es decir que podía entrar al salón de preembarque como si fuera mi casa. Solo por delicadeza decidí esperar. A los quince minutos llegaron dos funcionarios de la entonces seguridad aeroportuaria, que ni siquiera se llamaba PSA por entonces, uno más cansado que el otro, por lo que pude advertir que ese era el que había estado de guardia nocturna y el otro su relevo. Delante mío, ignorándome por completo, mantuvieron este diálogo:
“Che, con lo que pasó hay que controlar más, ¿no es cierto?”
“No tengo órdenes en ese sentido, fijate, pará al que te parezca raro”
“¿Raro? ¿raro como qué?”
“Que sé yo, pará al que tenga cara de turco”
Mientras me esforzaba por esconder mi asombro y la inoportuna carcajada que subía por mi garganta, me miraron, me dijeron “adelante” y embarqué.
Intentando en vano aprovechar el viaje para recuperar algo del sueño perdido, llegué a la temprana pero acertadísima conclusión que trabajando así, jamás iban a dar con los responsables del hecho.
Muchos años después, un querido amigo, el director de teatro Javier Gimenez Filpe, estrenó una obra en un espacio cultural que se inauguró justo al lado del nuevo edificio de AMIA sobre la calle Pasteur. Asistí con mi señora y aunque la obra era excelente, no dejó de ser más que inquietante, que la protagonista central fuese nada más y nada menos que la mismísima muerte.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 18 de julio de 2018

Published in: on julio 18, 2018 at 11:19 pm  Dejar un comentario  

SAN IGNACIO MINÍ

SAN IGNACIO MINI

La alternativa

Fatigado por la ruta de regreso de Andresito y con el permiso de mis acompañantes, giré a la derecha en la entrada de San Ignacio. No teníamos demasiado tiempo, necesitábamos llegar a Posadas antes del anochecer y ya habían pasado las cuatro de la tarde. Pregunté por las ruinas y me dijeron que estaban ahí nomás, mi largamente acariciado sueño iba a cumplirse. Cuando a principios de los 90 vi La Misión, conmovido hasta el tuétano por su historia, decidí que un día iba a llegar a conocerla. Las cataratas con toda su belleza no tienen para mí un atractivo demasiado importante, las misiones sí. Algo dentro, muy dentro tornaba necesario para mi, conocer el lugar donde una forma alternativa de conquista de la América nativa por parte de la ilustrada Europa, había sido frustrada. Me tomé mi tiempo, casi 30 años, pero jamás abandoné la idea, o para ser justos, jamás esa necesidad supo dejarme en paz. Y ahora estaba allí, a tres cuadras.
Ni bien tuve la entrada a la vista – las ruinas no son visibles desde la calle- un cacique nos abordó con documentos y explicaciones que no quise atender, dado el corto tiempo que disponía. Tiempo que paradójicamente perdí dando con la vía de acceso.
Tras franquear la puerta, fui guiado a un museo donde tomé noción de la real dimensión de San Ignacio Miní. Cuando supe que los jesuitas habían construido nada menos que 30 pueblos similares, que lograron funcionar como tales entre los años 1609 y 1818, es decir durante más de 200 años, asumí que la alternativa forma de civilizar había sido mucho más grande y había tenido mucho más éxito que el que yo sospechaba, que lejos de haber sido un sueño utópico fugaz, había constituido una realidad concreta que el poder económico de turno, asociado a un rey que jamás la visitó, se encargó puntillosamente de destruir.
Ingresé a las ruinas a través de un bosque tupido con piedras a ambos lados y aparatos que contaban la historia pero que no tenía tiempo de detenerme a escuchar. Y allí sucedió. Tras una carpeta de césped ancha y larga, se erguía la postal de Misiones, las columnas que enmarcar el ingreso a lo que fuera el templo. Casi con el temor de alguien que sabe que pisa suelo sacro, comencé a caminar hacia ellas, las que fueron creciendo a cada paso ante mis ojos, revelando su majestuosidad que estalló en asombro cuando estuve a la distancia necesaria para apreciar sus tallados.
Una rara paz se hizo cargo de mi. La tarde moría hermosa y el cielo de un azul despejado, contrastando con el verde césped, le daba el marco merecido al monumento que estaba recorriendo.
Ametrallé a fotos todo lo que pude, de oídas de la gente que circulaba, afortunadamente poca, me fui enterando de los distintos solares que recorría, ayudado también por algunos carteles estratégicamente ubicados. Soledad y silencio por fuera, me acompañaron todo el trayecto, pero dentro mío, reverberaba una letanía de oraciones, una voces inentendibles, una laboriosidad sin descanso, música de violines y escenas de la película, vista hacía casi 30 años, de una hermandad dificultosa, pero que había demostrado ser posible, entre sacerdotes y nativos.
Volvía a llenarme de preguntas y a maravillarme al multiplicar el escenario que me envolvía por 30 sitios y 200 años. Otra historia de América pudo haber sido escrita, la alternativa a matar, a saquear, a expulsar, a sustituir, se desarrollaba bajo mis pies, ante mis ojos y en mi corazón.
No obstante lo importante del motivo central de mi viaje, esta visita lo había valido. Conocer, luego amar, luego educar, que es una senda de dos manos pues a la vez se aprende y elevarse juntos, buscando al mismo Dios, había sido el camino seguido por los jesuitas entre esos muros. Un coraje espiritual sobrehumano, requerido de la permanente ayuda divina, había sido necesario para encarar semejante aventura, de ingresar desarmado, o a decir verdad armado tan solo y nada menos que con FE y AMOR, en una comunidad tan distinta en apariencia, hermanada apenas por la condición humana compartida. Aquí esa forma de ser había triunfado y convertía a sus protagonistas en héroes y al terreno hollado, sin duda, en tierra santa, al menos para mí.
Una vez, un sabio me dijo que cuando alguien diga, para justificar sus tropelías, que no tuvo alternativa, que jamás me resigne, que jamás le crea porque siempre, pensándolo mejor, alguna alternativa que constituya un bien para todos los involucrados, en algún rincón se esconde. El ejemplo de San Ignacio Miní, que me resistía a abandonar debe ser revisado y estudiado, no solo como un hecho histórico trascendente, sino como una forma de pensar hechos mucho más recientes del pasado argentino y más importante aún, nuestra compleja actualidad. Si la Fe y el Amor pudieron entonces ¿por qué no intentar que puedan hoy?.
Seguí la ruta como acompañante hasta Posadas, con un sol que bajaba justo enfrente nuestro tornando más que dificultosa la visión. Fue allí, encandilado y bañado en luz, que recordé que día era: 12 de junio, el décimo aniversario de la partida de mi madre, a ella le gustaba ayudarme a cumplir mis sueños.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 15 de julio de 2018

Published in: on julio 15, 2018 at 8:36 pm  Dejar un comentario  

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

Un encuentro adolescente

Y allí estaba yo, parado en la vereda de la Pizzería San Carlos, esa que queda justito donde muere Río de Janeiro contra la Avenida Rivadavia, en el casi lugar exacto donde el popular Almagro se convierte en el coqueto Caballito. Si uno viene en bajada por aquella calle, tiene que hacer una S para embocar la continuación, del otro lado del “Jordán” divisorio de Buenos Aires que es esa larguísima avenida nombrada en honor del dueño del sillón más importante del país. S, que en los buenos tiempos solía tomar casi a fondo, ya que era el camino obligado de mi vuelta al hogar, para desesperación de los casuales transeúntes.
Estaba esperando a mi amigo Claudio con quien fuésemos mutuos confidentes en la turbulenta época del crecimiento adolescente, tras una larga abstinencia de encuentros que tejen una amistad que ha sabido mantenerse incólume a través de los años hasta el presente, con sus cercanías y lejanías, pero siempre aunada con ese amor único de los cómplices que se tuvieron cuando todo era nuevo y fascinante y casi no había en quien confiar.
El barrio de esas cuadras podría muy bien denominarse Alefa, ya que ése era el nombre de la empresa constructora que hizo la mayoría de los altos edificios que lo jalonan, sustituyendo a los fantásticos “petit hotels” que murieron bajo la topadora en la década de 1960. Corría el año 1968, cuando mi padre empujado por el temor a una rápida muerte, cosa que sucedió apenas dos años después, tomó trascendentes decisiones para mi vida y la de mi madre, en catarata, a saber: puso en venta mi casa natal de Temperley, me hizo preparar el séptimo grado para rendirlo libre junto con el complicadísimo ingreso al Carlos Pellegrini y se puso frenéticamente a buscar vivienda justamente en el barrio Alefa. Pensé seriamente que había enloquecido, que nada justificaba tanto apuro, el tiempo le dio a él la razón y a mi una lección: el animal humano es el único que intuye seriamente cuando su tiempo se agotó. Visitamos varios departamentos de los citados y mi madre se opuso terminantemente a pasar de una bella casa esquinera a un “palomar”, como despectivamente los bautizó. De la negociación resultante mi padre adquirió en el vecino Almagro y con un abultado crédito, el PH que aún hoy poseo y que albergó a mi madre los 38 años que le sobreviviera.
No contento con haberme mudado e instalado en el colegio universitario con un año menos de edad, decidió mi padre que a fin de no perder la excelente educación bilingüe que había recibido en el William Shakespeare temperliano, me anotase en ICANA, el instituto norteamericano que todavía subsiste en la calle Maipú del centro porteño.
Nunca fui fácil de adaptarme a nada y menos de aceptar pacíficamente tantas imposiciones. Mis comienzos en el Pelle fueron caóticos con varias escenas de pugilato que cesaron cuando el jefe de celadores, un púgil de verdad, me frenó a los golpes y casi termina a las piñas con mi propio padre al día siguiente. Tardé años en hacer amigos en el colegio, no así en ICANA donde, dada mi formación, el estudio era un juego de niños y para mi un sereno remanso. Fue allí que nos conocimos con Claudio y compartimos por años el viaje de regreso a Almagro en el colectivo 26, que por aquellas épocas se parecía mucho a un trolebús al que le habían puesto motor a combustión.
Iniciábamos el viaje junto a Héctor, Irene y Beatriz, viajes que recuerdo como un auténtico momento de risas y compañerismo, el mismo que por diversas razones me resultaba imposible en el secundario. Claudio se bajaba al cruzar la calle Ecuador pues por entonces allí vivía con sus padres, y el último en hacerlo era yo, al borde del barrio Alefa, para salvar caminando las cinco oscuras cuadras hasta mi hogar.
Solitarios, mentales, lectores e intelectuales ambos, empezamos a compartir los sábados a la noche. Pero no había boliches en el programa, ni alcohol, ni mujeres. Nuestro raid nocturno solía comenzar en una pizzería o terminar en otra, pero la pizza de los sábados era sagrada, con gaseosa por supuesto.
Mientras seguía esperando a Claudio, todas estas imágenes bullían en mi mente, la invadían, aparecían en colores, con una claridad meridiana y me hacían creer erróneamente que mi adolescencia había quedado allí, a la vuelta de la esquina, que había sucedido ayer nomás.
La pizzería San Carlos, tenía otra sucursal en Rivadavia y Castro Barros, pero ella no sobrevivió a alguna de las tantas crisis argentinas. En cambio con mil reconversiones la del barrio Alefa sigue en pie, estoica, como símbolo de un tiempo lejano, hundida entre torres pero con un público fiel. No solo fue lugar de encuentro de mi madre con sus amigas, también de nuestra salidas cuando quería alejarla de sus paredes llenas de recuerdos y también tercamente al lugar que aún hoy sigo pidiendo el delivery cuando mis tareas me retienen en el PH de Almagro.
Pero San Carlos era también la pizzería de inicio del tour sabatino con Claudio. A veces el encuentro tenía un tercero de nombre Elías, de idéntico perfil al nuestro que vivía en el edificio de al lado. De a tres o de a dos fueron cientos los sábados que con la panza llena iniciábamos nuestra excursión “al centro”. Nuestro centro, que era el de las librerías de la calle Corrientes. Solíamos ir caminando y mientras caminábamos nos dedicábamos intensamente a debatir ideas políticas y económicas para mejorar el mundo que se nos abría por delante. Y nos tirábamos con los mejores pensadores y ensayistas de uno y otro lado de la cortina de hierro, tratando siempre con respeto de ganar el debate o por lo menos empatarlo. Nos gustaba hacerlo caminando y no fueron pocas las noches que sin darnos cuenta fuimos y volvimos a pie hacia y desde nuestro centro.
En las librerías pasábamos horas en silencio y alejados uno del otro. Como nuestro exiguo presupuesto para libros se agotaba en los escolares, no había forma de adquirir ni siquiera los que estaban en oferta. Pero ello no impedía que, parados en un rincón, en dos o tres sábados diéramos cuenta del que más nos interesaba. Los libreros nos veían pobres, nos conocían y nos lo permitían, alguna vez se armaba un debate adentro de la librería y más de una vez el librero en cuestión, con suma paciencia ante nuestra mezcla de ignorancia y soberbia, participaba insertando una que otra recomendación, aún a sabiendas que nada compraríamos.
Lo vi venir, los años no llegan solos y Claudio, aquejado de un mal cruel desde hace décadas, se mueve con cierta dificultad. Ni él ni yo somos los mismos, aunque en esencia sí, es la carcaza la que ha cambiado. La misma expresión, la misma voz, la misma mirada (¿como serán las mías?), saludándome mientras cruza Rivadavia para llegar a mi abrazo.
-“Ya veo porqué elegiste este lugar, aquí arrancábamos los sábados a la noche, todo me vino a la memoria” le digo
-“Ni siquiera lo pensé” me contesta.
La charla se hizo eterna y pareció la continuidad de las tantas sostenidas en el pasado, también como si la hubiésemos interrumpido ayer. Existe y subsiste un conocimiento único del otro, un área reservada, compartida con nadie, ni siquiera con nuestras familias actuales, que hace que nadie nos conozca tanto como el otro. Buscando un perdón que él consideró innecesario le llevé de regalo los dos libros que publiqué en el intervalo de encuentros y recibí con alegría la noticia de su concurrencia a un taller literario, ya que Claudio siempre soñó con ser escritor, algo que va muy de la mano con su carrera elegida, la Historia, disciplina arraigada en mi propio pasado familiar. Tanta es la sintonía que cuando quise regalarle un tercero, vinculado a un destino racial compartido – a medias en mi caso- obtuve por respuesta que absolutamente todos los libros de dicho escritor los había conseguido, revolviendo cielo y tierra, leído y disfrutado plenamente. Ello abrió nuestro debate literario.
Tras cartón y ante su insistencia, no tuve más que acceder al debate político económico, en el cual como siempre abundaron los disensos, pero brilló el respeto y la profundidad de los argumentos. Etiquetas aparte, ni siquiera merecemos llamarnos adversarios, sino un par de honestos intelectuales que después de todo lo vivido, siguen buscando la mejor solución.
Claudio también fue al Carlos Pellegrini, pero estaba un año adelante mío y los últimos dos los cursó en horario nocturno pues ya había comenzado a trabajar. Compartíamos pocas cosas en el colegio y en nuestros encuentros hablábamos bien poco de él. Esta vez fue la excepción, nos detuvimos en los compañeros, los de destino brillante y los de destino trágico. En ese periplo dimos con una figura pública que supo ser ministro unos cuántos años ha. Envuelto en un tiempo sumamente difícil y cuyo nombre voy a reservar, sufrió un largo período de ostracismo por carecer del favor de la gente, quien despiadadamente lo hizo culpable de la tragedia, que como tantas veces, se desplomó sobre su bolsillo.
-“Dale, contame algo de él, yo lo conocí funcionario pero lo traté poco, no puedo abrir juicio, vos compartiste banco, ¿era buen tipo? ¿ sabía?”
-“Brillante, era brillante y buen tipo como el que más, un fenómeno” contestó
Y me surgió la pregunta difícil, la que medio país hubiese querido hacer, o al menos debido hacer, antes de volcar las diatribas que aún hoy, algún pasquinero memorioso suele repetir.
-“Y decime, ¿honesto, era un tipo honesto?”
-“Intachable, por lo menos entonces, bueno, en esa época mi amigo, todos éramos honestos” fue su respuesta.
Ahi, fue justo ahí, que me di cuenta que éramos sesentones, que no íbamos a caminar hasta Corrientes a revolver libros, que su esposa y la mía nos estaban esperando para cenar y que la adolescencia era un tiempo que había pasado hacía mucho, que quedaba lejos y al que, añorado apenas menos que la niñez, vivía en un lugar, al que nos era absolutamente imposible retornar.
Estuve a punto de contestarle que ya en aquél tiempo había deshonestos que hacían barbaridades en el colegio, que se copiaban en los exámenes, que mentían, que engañaban, que se aprovechaban de los más débiles. Y también mi sangre hervía por decirle que algunos pocos, pagando costos inmensos han logrado vivir hasta ahora en una honestidad posible.
Me abstuve, no tenía sentido alguno dar ese debate, la madurez, el otoño que habitamos tanto él como yo, se puebla de silencios cómplices, de relatividades, de máscaras, de falsedades, de dudas, de mil cosas que en la adolescencia, afortunadamente, ni siquiera uno sabe que existen. La honestidad quedó tan lejos como ella.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 29 de abril de 2018

Published in: on abril 29, 2018 at 9:11 pm  Dejar un comentario  

SÍNDROME

SÍNDROME

Dicen que la religión comienza con la muerte del padre, En mi caso lo que comenzó fue el miedo. Y lo hizo mucho antes de aquel fatídico 24 de marzo de 1970. Mi papá volaba, por trabajo, muchas veces en el año, en un tiempo en que los aviones se caían con suma frecuencia, es decir que cada vez que venían a buscarlo para llevarlo a Ezeiza, tanto mi madre como yo, vivíamos el hecho como una posible muerte. Eso nos salvó después, cuando la muerte fue real. Un día, hartos los dos de andar llorando por los rincones, nos pusimos de acuerdo en considerar la ausencia paterna del hogar, como un viaje mucho más largo, del que algún día volvería. Volvió, claro que volvió, en mis sueños. Con mucha frecuencia soñé su llegada a casa, mi alegría por el reencuentro y viví con desazón mi despertar. Ese pacto nos protegió del dolor insoportable, pero también es cierto que detuvo el duelo. Tuvieron que pasar décadas para que una inolvidable tarde de role playing que formaba parte de mi psicoterapia, pudiera entonces sí, decir adiós.
Acostumbrado a callar sus heridas, a mis trece años pensaba que mi padre gozaba de perfecta salud. ¿Como iba a imaginar sus padecimientos si jugábamos a la paleta hasta agotarnos o nadábamos en el mar incluso con agua bastante fría?. Y se murió en dos tiempos, muy lejos de mis temidos aviones. Una mañana antes de ir a trabajar se descompuso, era el 10 de marzo, hubo dudas, interconsultas, operaciones, mala praxis, cambio de nosocomio, emergencias varias, es decir lo habitual: cuando llega la hora, nada sirve, todo sale siempre mal, muy mal. Pero entre el 10 y el 24 de marzo, mi padre cumplió años. Por sus viajes estaba acostumbrado a celebrarlos fuera de fecha, pero nunca a verlo entubado en una terapia intensiva con mi madre desesperada a su lado. Había nacido en 1909, aquél 16 de marzo cumplía 61 años, la edad que estoy cumpliendo hoy.
Mucho he leído sobre el síndrome del aniversario y sé, por mis amigos, cuánto cuesta superar la edad a la que sus padres partieron. Se mezcla una rara culpa del sobreviviente, una sensación de lealtad rota, muy especialmente en aquellos que han seguido firmemente sus huellas en la vida. Afortunadamente yo hace rato que dije adiós como se debe y que rompí el camino, no tengo tanta lealtad a mi padre y sus mandatos como para morirme por él. Empero un mal recuerdo me acompaña como una sombra, el de las puertas de esa terapia intensiva donde entendí que mi orfandad comenzaba a tomar cuerpo. Unos pocos años después, en el mismo sitio yacía mi amigo Raúl, quien a sus 20 años había decidió quitarse la vida. Pude llegar hasta las puertas con nuestro grupo de amigos, pero a la hora de entrar pudo más el recuerdo de ese cumpleaños, triste como ninguno y no pude pasar a despedirme. No tengo dudas que bendecido como soy por haber llegado bastante entero, cuerdo y coherente hasta aquí, alzaré con alegría mi copa esta noche, pero tampoco las tengo, que en el fondo me aguarda un dejo de tristeza, en especial por los años que la ladrona muerte, me privó de compartir con alguien que sigo extrañando.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de enero de 2018

Published in: on enero 12, 2018 at 1:21 pm  Dejar un comentario  

TIEMPO DE PUENTES

TIEMPO DE PUENTES
Una visita a la Agrupación EL FARO de San Clemente

El último presidente que miraba el largo plazo, el primero de esta vuelta democrática, don Raúl Alfonsín, dijo en uno de sus primeros discursos, muy acertadamente, que Argentina corría el riesgo de “libanizarse”, entendiendo por tal una subdivisión entre múltiples facciones que luchan entre sí denodada y continuamente por la supremacía. Si miramos a nuestro país como un edificio, lo veremos lleno de grietas, horizontales, verticales y oblícuas que separan grupos de pertenencia que solo se dedican a culpar a los otros de su propia carencia o malestar. Decir que vivimos una sola grieta entre aduladores ciegos del proceso político culminado en diciembre de 2015 y detractores empedernidos del mismo, es una simplificación falsa y mediática.
Si una sola grieta es molesta y peligrosa, imáginense el grado de molestia y peligrosidad que acarrea la multitud de grietas existentes en nuestra sociedad. Es más que evidente que así no vamos a ningún lugar feliz, por el contrario, un nuevo tiempo de amargos enfrentamientos nos aguardan.
Estoy en San Clemente, preparando junto a destacadas personalidades locales, que piensan en muchos aspectos, muy distinto a mi, un encuentro de letras para la Paz. No debe haber sido fácil para ellos invitarme como no lo ha sido para mi sumarme. Sin embargo lo hicimos, y en el proceso descubrimos que son muchas más las coincidencias que las discordancias. Para ello debimos construir, desde ambas orillas, un puente. Dicho puente requirió solamente dos cosas:
1. la buena fe de todos
2. el reconocimiento que la causa común, en esta caso la Paz, valía el esfuerzo.
De modo que solo echaré mi pluma a correr para ayudar a construir puentes, para difundir a quienes lo hagan, piensen como piensen, apoyen a quien apoyen. Los absolutos conducen a la guerra porque no admiten el disenso, la paz se construye desde los relativos, desde las certezas transitorias, desde la duda, desde la incertidumbre, desde la negociación, mala o buena.
Por eso, si queremos evitar el tránsito por lugares trágicos y conocidos de nuestra sociedad, se impone tender puentes, en cada lugar que se vislumbre una grieta. Hace un rato que encontré por donde empezar, la siempre sabia vida me puso delante de mis narices una bella oportunidad que no dejé pasar.
Pablo Bonnet es hijo de un veterinario local sobre quien escribiera hace un tiempo largo ya (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/02/14/la-gota-del-oceano/) y quien con su actuar, mucho más que con sus palabras me llevó a colaborar con el rescate de los perros callejeros, a escribir sobre ellos y a llevar adelante su causa. Durante los dos últimos años Pablo se ha puesto al hombro la Agrupación EL FARO en San Clemente y lo he visto trabajar intensamente, convocando a gente que conozco bien y a otra que no, quienes colaboran entusiasta y gratuitamente en favor de los más necesitados de este lugar.
Como él mismo reconoce en la charla, la pertenencia política de la agrupación resulta en muchos casos un obstáculo, obstáculo que hizo que me tomara mi tiempo para atravesar mi propio puente interior. Mi conclusión sobre la que invito a muchos de mis amigos a reflexionar es que si alguien hace algo bueno en favor de quien lo necesita, lo que importa es lo que hace y no la camiseta que lleva. Y también como él mismo me dijera, la actividad de EL FARO sin el apoyo del gobierno sería imposible e inconducente. Quizás haya dado en la tecla con la razón del fracaso de muchas bien intencionadas ONG. La desconfianza en la política, muchas veces justificado, ha llevado al tercer sector a tratar de cumplir sus fines en modo aislado e independiente y ello siempre es dificilísimo, tarda mucho en producir efectos palpables y muchas veces termina en abandono por desgaste de sus integrantes. El tercer sector, las ONG, deben articularse con las autoridades, para lo cual, la tarea más compleja es definir acertadamente los límites de competencia de cada uno, y acotar en lo posible, la utilización partidaria de la tarea emprendida. Porque esa grieta entre las ONG bien intencionadas y los funcionarios lo único que logra es que existan múltiples necesidades sociales deficientemente atendidas.
A Pablo hay muchas cosas que no le importan, porque hay otras que le importan mucho. Es un verdadero pionero. No le importa lo que piensen o digan de él, no le importa aunque le duele que el local haya sufrido pintadas y agresiones, no le importa aunque le duele que los amigos lo llenen de pretextos para no sumarse. A él le importa la sonrisa de los chicos que vienen al merendero, la alegría de los pertenecientes al hogar protegido que cruzan la calle para colaborar, la satisfacción de EL PAMPA que le trae la verdura al costo, las maestras que dan gratis apoyo escolar, los bomberos que donan tableros de ajedrez, el juez que le dio la tenencia provisoria de un niño con serios problemas en su casa, los que se llevan la bolsa económica y pueden tener frutas y verduras por toda la semana.
Muchas veces solo hace falta alguien que se anime, se arremangue, se embarre e inspire. Es una semilla que a su tiempo sabrá germinar en muchos.
Pablo ha construido un puente entre quienes necesitan conocer la felicidad del dar y quienes necesitan saber que no son más los eternos olvidados por todos. Es sin duda el resultado de un proceso interior profundo, el que  emerge cuando me dice: “me cansé de quedarme en mi casa quejándome y no hacer nada”. Cada uno deberá hacer el suyo, y cada uno deberá encontrar el lugar más adecuado adonde empezar a hacer algo. Y equivocarse, que es la única forma de aprender.
En un domingo de lluvia me acerqué para ver por mi mismo las caras de los niños y el esfuerzo de aquellos que les dan las instrucción que por ahi no alcanzan a comprender en la escuela y la contención y límites que seguramente no tienen en su hogar. Me llevé su alegría y la certeza de ver mucho amor en acción. Mis retinas atesoran el ropero solidario, la biblioteca desbordante, el ir y venir de los voluntarios, los patines, los juguetes, las pelotas y el hambre saciado.
Estoy convencido que la verdadera inclusión social podrá comenzar con una asignación universal o con un plan, pero si todo termina allí se parecerá mucho a la actitud de los padres ricos, que le dan a sus hijos dinero para que no molesten. Los descastados, los olvidados, los marginados tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que se encuentren con una realidad distinta proveniente de “esos que tienen plata”, poder experimentar en carne propia que algunos de esos al menos son capaces de brindarles tiempo, amor y contención. Pero también los que llevan una vida más o menos acomodada, tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que un día cualquiera se encuentren, cara a cara, mirada a mirada con “esos vagos pobres”, poder experimentar en carne propia que muchos de esos al menos son dignos de una vida mejor.
Ante Dios somos todos iguales, tenemos todos un largo camino por delante para entender que también ante nosotros lo somos, nada más ni nada menos que seres humanos intentando sobrevivir.
Hay lugares y gente que nos brindan una forma más rápida y contundente para entenderlo, construir puentes y cerrar grietas. Pablo Bonnet y su trabajo en la Agrupación EL FARO pertenecen sin duda a ese conjunto.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on septiembre 12, 2017 at 4:58 pm  Dejar un comentario  

EL MAL EN EL OTRO

EL MAL EN EL OTRO.

Todos llevamos un lobo adentro, el cual a veces duerme, otras molesta y en algunas ocasiones, incentivado desde afuera por efecto contagio o por propia interna y ancestral presión, se convierte en intolerable. Aúlla día y noche, muerde y remuerde, embiste y desgarra y nos convierte la propia vida en un  infierno. Cuesta mucho aceptar que dicho lobo nos pertenece y que si ha despertado y nos ataca es responsabilidad puramente nuestra. Entonces, la solución que el hombre ha puesto en práctica, desde Abel y Caín ha sido la de externalizarlo, proyectarlo y ponerlo en el otro. Siempre surge algún iluminado que sabe indicarle a los demás quién es el otro que se ha hecho merecedor de encarnar al colectivo  y molesto lobo nuestro. En general se trata de alguien cuya eliminación conviene casi con exclusividad al iluminado manipulador. Como cada uno mal soporta al lobo propio, acepta de buen grado el mensaje y tampoco lo analiza demasiado, le urge deshacerse de él y poco le importa si el destinatario está representado por una palabra tan genérica e imprecisa cuyo significado no entiende (ejemplos sobran: sinarquía, oligarquía, comunismo, fascismo, populismo, imperialismo, eje del mal, terrorismo, terrorismo de estado, clericalismo, laicismo, etc). Cual mansa manada los manipulados producen en forma rápida la mágica transferencia. Así el mal se instala en el otro y a cada uno de quienes han logrado transferir a su lobo propio, se instala la pureza. Uno ya está en paz, la vida no solo se ha hecho más soportable sino que uno logra mirarse al espejo y sentirse orgulloso de sí mismo, porque ya no carga defecto, ni culpa, ni responsabilidad alguna. Todo el mal reside en el otro, ese otro indefinido pero corporizable, ese otro inentendible pero sospechable, ese otro inabarcable pero imputable. Erigidos entonces en puros, portadores de todas las virtudes, defensores de todas las justicias, libres de todo mal, quienes han transferido exitosamente a su lobo ahora pueden verlo y descargar sobre él todo su odio, el que  cuando estaba en su interior supo merecer con sus molestos aullidos, embistes y desgarros. Libre de culpa, el puro desenvainará su espada para dar por fin, fin al mal. Entonces comienza la guerra, toda la guerra, cualquier guerra, la vieja y conocida guerra, la misma desde Abel y Caín.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Viernes Santo, 2017

Published in: on abril 14, 2017 at 12:01 pm  Comments (1)  

LIBÉLULA AZUL

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LIBELULA AZUL

La descubrió mi hijo anoche en la pieza a oscuras. Estaba posada en el marco de aluminio de la puerta ventana, aun dudando si le correspondía o no entrar en dicho ambiente. Al menor atisbo de contacto ingresó. Encendí la luz principal y se dirigió rauda a revolotear en torno a ella.

“Flor de helicóptero tenés aquí” dijo Facu

“Es una tonta, se acerca a la luz para morir en ella” respondí yo.

Le apagamos la luz en la esperanza que se dirigiese al exterior por la ventana abierta de par en par, pero eligió permanecer adosada a la pared de mi cuarto. Tras la cena fui a verla y aun permanecía allí.

No me agrada dormir con animales, excepción hecha de mis perros, mucho menos con insectos, cuyas intenciones desconozco. Por ende, antes de acostarme para dormir o por lo menos intentar hacerlo, diseñé una estrategia para deshacerme de ella.

Encendí la luz del velador ubicado en mi mesita de luz, una reconvertida botella de Johnnie Walker, etiqueta roja que heredé de mi padre, a fin de atraerla a una altura por mi alcanzable. Ella respondió al estímulo y se acercó a revolotear sobre la lámpara, aún carente de pantalla.

Fue en ese momento en que entró en escena otro actor, con fines inconfesables, pero suponibles. Benji, dotado del horror a todo lo que vuela, como escribió Machado en Las Moscas, se dispuso a cazarla, hecho que le valió una rápida expulsión de mi dormitorio.

Finalmente ella se posó en un lugar fuera de mi vista. Comencé un lento y delicado proceso de remover todos los objetos que atiborraban mi mesa de luz, llámense libros, cargadores, celulares, rosario, monedas de vueltos varios, etc., hasta poder verla.

Allí estaba, temblorosa intentando adivinar mi próximo movimiento. Toda su hermosura desplegada. La larga cola azul, el pequeño cuerpo del mismo color, las alas transparentes pero esbozando una similar tonalidad y esos ojos enormes, azules también, mirándome fijamente.

Le acerqué un libro azul de poesías de una escritora dolorense que debo devolver, en la esperanza que se trepase al mismo y asi poder trasladarla hasta el balcón, a fin que siguiese su ruta al aire libre. Ella trepó a la tapa del libro pero a poco de hacerlo adoptó una conducta inesperada.

Me miró fijamente, se elevó con un acelerado batir de sus cuatro alas y se mantuvo suspendida en el aire sin separar sus ojos de los míos. Se me acercó despacio, muy despacio y cuando alcanzó la altura de mi cara, me esquivó por arriba y se dirigió nuevamente a la luz principal de la pieza, que había encendido para ubicarla. Ya no revoloteó en torno a ella sino que se ubicó casi dentro de la misma, ocultando todo lo que pudo su longilíneo cuerpo, apenas el extremo de su cola permaneció visible.

Estaba sin duda decidida a quedarse allí.

No tuve más remedio que describirle con lujo de detalles a mi compañera de cuarto y de vida, que al menos por esa noche tendríamos compañía.

Su diagnóstico fue errado: “Es un alguacil, no hacen nada, apaguemos la luz y se irá en busca de otro foco”

Ni era un aguacil ni aceptó retirarse por la ausencia de luz.

La noche, para mi, fue larga e incómoda. Me desperté varias veces, me levanté otras tantas, pero sin embargo los ratos dormidos, fueron de sueño profundo.

Al amanecer, la claridad entrante por las hendijas de la persiana me despertó una vez más. Ya no pude volver a dormirme y me quedé en silencio, acostado, dejando a mis pensamientos vagar por mi mente. Había olvidado por completo a mi alada compañera de cuarto.

La persiana no estaba totalmente baja, quedaban unos 30 cm entre el piso y su borde. Haciendo gala de una elegancia sin igual, la libélula azul, se retiró de su escondite en el aplique lumínico del techo y en raudo vuelo se perdió en libertad, justamente a través de dicho espacio, de un modo y a un tiempo que fuese visible para mi.

Ella eligió su refugio nocturno, revoloteó sobre mis cosas más queridas, me acompañó en la noche y me abandonó de forma que yo lo supiera.

Las libélulas azules suelen ser mensajeras del mundo espiritual y existen mil teorías, muchas de ellas contradictorias, acerca de su positividad o negatividad. Me tienen sin cuidado. Me basta con su efímera compañía y me quedo para siempre con el regocijo que la visión de su extrema belleza, supo despertar en mi corazón.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 21 de enero de 2017

 

 

 

Published in: on enero 22, 2017 at 12:45 am  Comments (1)  

NAVIDAD CON MI PADRE

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NAVIDAD CON MI PADRE

a Enrique el alpino que apenas pude conocer

Será porque me pasé casi todo el año leyendo y escribiendo sobre una guerra, viviéndola en la piel y relatos de nuestros veteranos, que me encontré contigo en tu peor herida. Fue la guerra que te obligó al exilio, empujado por tus padres para que por lo menos un vástago sobreviviese. Y fue ella la que te hizo sufrir océanos de impotencia ante el hambre que ellos pasaron, la muerte de tu padre, la imposibilidad de tu hermana de poder trabajar por cuestiones tan fútiles como su raza y la enfermedad de tu madre. ¡Cuánto debes haber sufrido la distancia!. Si a mi, que estaba a media hora de auto, los tres años finales de mi madre me resultaron un infierno, casi no puedo imaginar tu dolor. Fue la guerra que se llevó en las montañas la vida de muchos de tus amigos y parientes, enrolados con los partisanos y resistiendo la infame ocupación nazi. Fue la guerra que condujo tíos, tías, ancianos ya, primos y sobrinos, niños todavía, al horror de holocausto que cínicos de todas las latitudes aún se empeñan en negar. Fue la guerra la que te separó por siempre de tu tierra y que te hizo morir aquí, anegado de añoranzas y atragantado de silencios. Asomarme a ella, a sus héroes, a su víctimas inocentes, a sus sobrevivientes, a su inmensa tragedia te hizo presente como nunca.

Será también porque un día, buscando no me acuerdo qué, en un viejo ropero del PH que fue tu hogar por tan solo un año, que tu viuda, mi querida madre, conservó en perfecto estado por 38 años sin ayuda ( aún no se cómo) y que es hoy mi tan extensa biblioteca y estudio, di con tus borceguíes militares de alpino. Al mismo tiempo, cosas de la vida, aparecieron los discos de los coros alpinos que ya no tengo donde escuchar, pero que me llevaron a buscar en la red todas sus canciones. Aquellas que cantabas con tus amigos los domingos en mi casa natal de Temperley, mientras devorábamos la pasta preparada con sumo esmero en la noche anterior y rodaba de mano en mano la botella de vino Chianti en esa canastita de mimbre que tanto me fascinaba. Las mismas que un día te vi escuchar lagrimeando en el teatro Coliseo, cuando los alpinos vinieron de Italia a dar un concierto. Las mismas que años después, muchos, vaya si fueron muchos, una noche en San Clemente me sorprendieron desde la casa vecina, justamente para Navidad. Un colega tuyo había invitado al chalet de al lado a sus viejos camaradas del batallón de esquiadores.

Será quizás porque en este año, en razón del libro Combatimos estuve cerca de un general argentino, veterano también él, Martin Balza y para mi sorpresa se reveló como montañés. Como si ello fuera poco, contó en la presentación de su libro que estuvo en Italia en contacto con los alpinos y relató que un personaje polémico nuestro llamado Juan Domingo ( como ves, aún me cuesta nombrarlo) también anduvo por tus pagos, esquiando con los alpinos ya que era montañés y que por ese motivo la escuela militar de montaña de Bariloche, lo honra en su nombre.

Será a lo mejor que en pocos días cumplo 60 años, el último cumpleaños tuyo que festejamos ya que el siguiente ni siquiera me dejaron ingresar a saludarte a la terapia intensiva que te cobijó por unos escasos días más. Ese último año lo disfruté, gracias a Dios sin saber que sería el postrero. Nadamos juntos en el mar y me enseñaste a manejar el milquinientos, me regalaste tu reloj y me dijiste que “ya era un hombre”. ¡Todo lo que me faltaba para serlo!. Vivir tu edad te hace cercano y revivir tu adiós me trae la certeza de nuestro reencuentro. No estamos lejos, nunca lo estuvimos, pero el calendario me dice que la espera se acorta, de hecho por aquí abajo no parece quedarme demasiado por hacer, es cierto que a esta edad uno empieza a sobrar y ello nos hermana en tus lágrimas del cine de Lomas, cuando nos llevaste a ver Adios Mr Chips.

Pero por si algo faltaba para hacerte tan presente a lo largo de este 2016, fue encontrarme en la librería de San Clemente con tu escritor y poeta favorito, el amigo Cesare Pavese. Nunca pude leer los libros que están en casa, el piamontés pertenece a mi niñez y a falta de practicarlo lo he olvidado por completo. Ya se que me vas a decir que no es lo mismo leerlo en italiano y mucho menos en castellano, que la doble traducción le altera su esencia y todas esas razones que comparto. Pero quería acercarme a él, necesitaba saber porqué era tu favorito, porqué lo amabas sobre tantos otros clásicos y famosos que bien se que has leído y disfrutado como el Dante. No tardé demasiado en descubrirlo. Nacido cerca tuyo un año antes, tuvo una infancia, adolescencia y juventud que se me ocurre similar a la tuya. Y sus recuerdos afloran y los pone en papel en plena guerra. El también sufrió la muerte de sus amigos en batalla y vivió, hasta su suicidio en tu Turín natal, acosado por la culpa del sobreviviente. A mi me bastó con unir las fotos que conservo de tu juventud italiana con sus palabras de LA PLAYA para imaginarme tus recreos en el mar, tu grupo de amigos, tus noches de vino y canto. Todo me cerró, sus giros idiomáticos, algunos incluso mal traducidos son textuales los que mi oído infantil atesora de tus charlas con la nonna Attilia, mucho más campesina que tú, alegre y sabia. Hacía 50 años que no me encontraba con esos dichos, esa forma de hablar, de relatar, que solo proviene del Piamonte. Y sin embargo me fueron tan actuales, tan frescas, tan hermosas con un soplo de mi tiempo mejor. Ese, en el que estábamos todos y reíamos juntos. Sus relatos de las viñas, de las casas, de las fiestas, de las travesuras de muchachos, de las torpes primeras cercanías con las mujeres, las buenas y de las otras, me portaron retazos inconfundibles de vuestros cuentos, mitos y leyendas que les facilitaban la presencia en Temperley de las aldeas montañesas. El tiempo escaso no nos dejó que alguna noche borrachos me contases tus andanzas, las necesité imaginarlas, lástima no haber dado con Pavese traducido mucho tiempo antes, me hubiese hecho la tarea mucho más sencilla. Es tan piamontés que lo leo y te veo, lo recreo y te siento, hay un aire a “paese” cada mañana que me enfrasco en su lectura que me parece compartir con él hasta mi ADN. Y por si nada de lo dicho fuese suficiente, te encantará saber que escribe tan pero tan parecido a como lo hago yo, desde la tripa, el sentimiento, el desgarro, la vivencia que quien nos lee a ambos hasta podría pensar que lo he tomado por maestro. Pareciera que el sentimiento es casi patrimonio italiano y vuelvo a ti, ¡Cuánto te debe haber costado permanecer en silencio tanto tiempo, hablar poco por las dudas, ocultar tus ideas! Pavese no solo te trajo, me abrió la mente para entender los escasos 13 años que la vida nos dejó compartir. Seguiré buceando en sus escritos, para conocer mejor tu Italia, esa que ya no existe, pero que ustedes me enseñaron a amar. También para encontrarte en cada párrafo, para verte actuar en tu mejor edad, la que nunca llegaste a relatarme.

Por eso esta noche, babbo querido, esa silla vacía, esa maldita silla que estuvo vacía durante 46 años y que me hizo aborrecer las Navidades se me ocurre que estará más llena que nunca, de tus años ocultos, de tu guía insustituible, de tus cantos alpinos y de tu sonrisa, la misma que extraño pero que sin embargo cierro mis ojos y veo…… cada día.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2016

Published in: on diciembre 24, 2016 at 5:25 pm  Comments (3)  

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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EN EL NOMBRE DEL PADRE

El Renault 11 ascendía veloz por el sinuoso camino de tierra y agarrado como estaba al cinturón de seguridad mientras me zarandeaba a cada lado para alegría de Felipe y de mi hijo Facundo, quien asombrado en el asiento trasero veía como Uma, nuestra inseparable perra mantenía un perfecto equilibrio imposible para mí, mis pensamientos no dejaban de agolparse en mi frente.

Tras 23 años de ausencia me hallaba en Cosquín, Córdoba con una agenda apretada. Sin embargo era bien consciente que la verdadera misión de mi viaje la estaba cumpliendo en ese instante. Hacía meses que me preocupaba mi amigo. Circunstancias de la vida lo habían dejado en esa hermosa localidad serrana, a veces con su madre, otras solo y cada tanto por las redes me enteraba que visitaba un campo de sierra, propiedad de su hermana. Él no lo sabía, pero yo había ido a Córdoba a penetrar su misterio. ¿Qué hacía allí? ¿Qué lo ataba a ese lugar? ¿Era ése su lugar? ¿Cómo estaba en realidad? ¿Podría yo hacer algo por él?

La excusa del viaje tenía que ver con mi propio misterio o mejor dicho con mis propias tarambaneadas juveniles. A mis 21 años, imbuido del conservadurismo familiar y disponiendo de mis primeros pesos sobrantes me dediqué a comprar inmuebles en cuotas. En 1978 fue San Clemente, en 1979 Lobos y en 1980 dos lotes en una ignota localidad llamada Los Reartes, cerca del dique Los Molinos. No había internet y los folletos de Di Tullio y Kanmar hacían maravillas,……para sus dueños. Dos años después, en un viaje relámpago con un amigo, fui a verlos y la zona me encantó. Luego, la vida me tuvo tan ocupado que durante 35 años, excepto por el pago de los impuestos, jamás me ocupé de ellos. Viajé ahora a verlos de nuevo esperando encontrar algún supermercado chino construido encima. No fue para tanto pero los lotes estaban usurpados por una empresa agropecuaria, es decir había que pelear y seguir gastando dinero para recuperarlos. Mi primera reacción fue renunciar a ellos, me molestaba hacerlo delante de mi hijo, que me había acompañado con la ilusión de conocer la provincia y sus encantos y adentrarse en un pedacito de tierra con olor a sueño del padre, pero la fría lógica económica aconsejaba ese camino. Me quedaban unos días para pensar qué hacer. Entre ellos estaba esta subida al campo de Felipe.

Tras 11 km de contener el aliento – 60 km por hora en la sierra es demasiado para un pistero como yo- llegamos. Una postal se abrió ante mis ojos. Una casa de piedra en lo alto, muchos árboles, un extenso parque quebrado y un arroyo en terrazas que debimos cruzar. Una vista infinita bajo un claro cielo azul y unas verdes cumbres rodeándolo todo. Poco tardó Facundo en enamorarse del lugar, no fue mi caso, algo tan agreste y aislado asusta siempre un poco a un intelectual de ciudad. Yo observaba a Felipe y prestaba suma atención a sus palabras. Era evidente el amor que ponía en mostrarnos cada rincón, cada recoveco de la casa, cada piedra, cada pirca, cada cima. Y llegaron las anécdotas, las buenas y las malas, las tormentas y los días al sol, las caminatas y las caídas. Todo ardía en su corazón y al escucharlo ardía en el mío.

Llegaron las sombras largas, Uma se había cansado de correr y Facundo no se había extraviado explorando porque siguió al arroyo. Insté al regreso, no quería otro rally nocturno.

“Te muestro la capilla y volvemos” dijo Felipe, accedí, la historia y la religión son dos imanes para mí. En lugar de detenerse frente a la capilla, lo hizo frente a un cementerio, cercano pero antiguo y derruido. No son lugares que me atraigan, siempre anda por ahí algún alma en pena y soy al primero que se acercan. Mientras lo fotografiaba me llegó la primera pista. “Mi padre quiso que lo enterraran aquí, no lo dejaron, es un cementerio de las familias del lugar”

Caminé hasta la capilla con la fiel Uma al lado. Ya en el auto oscurecido Felipe siguió. “ Mi padre adoraba este lugar, hizo mucho esfuerzo para comprarlo y ponerlo en condiciones. Pobre, no llegó a disfrutarlo mucho”. Le devolví un profundo silencio, comenzaba a entender.

Era noche oscura cuando el camino nos devolvió a la civilización, la primera construcción con que topamos era el cementerio de Cosquín. “Finalmente aquí enterramos a mi padre”. Nada dije, nada más necesité saber.

A la noche, cenando tranquilos, Felipe confesó que no podía entender cómo a sus años aún no había encontrado su lugar. Ahora sí hablé, simplemente dije : “No busques más Felipe, éste es tu lugar, buscá que hacer en él pero no te vayas de aquí”.

En ese instante comprendí que yo era más consciente que él , que se había erigido casi sin quererlo en el guardián del sueño del padre y que los golpes tremendos de la vida lo habían llevado a buscar refugio en la patria auténtica, la de Rilke, esa que todos llevamos encima, los lugares de nuestra niñez, aquellos donde más felices fuimos.

Develado el misterio de mi amigo, en el insomnio de cada noche de mi hotel de Valle Hermoso me llegó la revelación del mío. En un instante pude ver lo inmensamente importantes que son los sueños de los padres, para sus hijos, especialmente los varones, esos que están llamado a tomar la posta del guerrero caído. Al fin y al cabo yo había hecho algo parecido, mis mejores años laborales los había consumido en la empresa que mi padre ayudó a crecer. En el silencio frío de esa noche, mis dos lotes usurpados recibieron de mi parte una mirada distinta.

Por la mañana transformé mi habitación en oficina y febrilmente entré en contacto con escribanos, abogados y registros, tenía que luchar, mi sueño ya no era mío, Facundo me estaba observando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Día del Padre 2016

Published in: on junio 17, 2016 at 8:02 pm  Dejar un comentario  

La extraordinaria aventura

JESUS

LA EXTRAORDINARIA AVENTURA

Intentar ser bueno en un mundo errado

Cuando uno profundiza la real motivación que se esconde detrás de conductas riesgosas para la salud y la vida, que van desde el alcoholismo y tabaquismo hasta los deportes extremos, pasando por la adicción al trabajo, al sexo, a las drogas y demás cosas, surge con claridad un factor común.

Y no por sabias deducciones ni rebuscadas teorías, sino por la simple confesión de quienes llevan a cabo tales conductas en su propio perjuicio, el cual suele extenderse a víctimas circundantes.

“Me aburro”, “La vida no tiene sentido”, “La adrenalina es lo único que me hace sentir vivo”, “La sensación que se siente (Lole dixit)” “Si paro me siento morir” “¿Que hago con mi tiempo?” Son las respuestas más frecuentes.

En estos antes sacros días, hoy devenidos en una vorágine consumista, me permito invitarlos a llenar su vida, a darle sentido, a emplearla en una aventura francamente extraordinaria. Es simple, muy simple, de decir, de llevarla a cabo ya me contarán. Intenten ser buenas personas, solo eso, cada día un poco más.

¿Que ya lo son? No les creo, empiecen a mirarse sin contemplaciones y verán cuanto les falta. Porque a todos nos falta y muchísimo.

Para empezar a cuestionarse nada mejor que unas pocas preguntas.

¿Cuándo fue la última vez que visitaron a un enfermo para preguntarle si necesitaba algo?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un discapacitado en la calle?

¿Cuándo fue la última vez que acudieron a la casa de un pobre para preguntarle en qué podían paliar su pobreza?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un desocupado a conseguir trabajo en su desesperación?

¿Cuándo fue la última vez que le preguntaron a un niño en la calle sucio y pidiendo, qué podían hacer por él?

¿Cuándo fue la última vez que acompañaron a alguien en su duelo?

¿Cuándo fue la última vez que se acercaron a un anciano para preguntárle qué pequeño servicio le podían brindar?

Puedo seguir, pero no hace falta, ya están reflexionando.

Ahora piensen si esos NUNCA mayoritarios por respuesta, no se aplican también a los casos en que el enfermo, el pobre, el desocupado, el discapacitado, el doliente o el anciano forman parte de su círculo de amigos, esos con que en los buenos tiempos solían reír. O quizás hasta de su propia familia.

¿Ven ahora que no somos tan buenos como creemos y pregonamos ser?

Sin embargo, estamos capacitados para serlo. Nuestros abuelos lo eran y cada tanto cuando hay tragedias muy severas, aún lo somos.

¿Qué nos pasó?

Es fácil verlo si uno se baja un rato del tren. El mundo se equivocó y en su equivocación nos arrastró.

El drama comienza con la revolución industrial y se agrava tras la segunda guerra mundial. Acicateado por necesidades materiales angustiantes, incluso el hambre, el mundo puso todo su esfuerzo en producir bienes y se organizó en pos de ese objetivo, el cual logró, muy eficientemente. Pero una vez satisfechas esas necesidades apremiantes, jamás se detuvo. Y ahí nació la publicidad y los medios de comunicación masivos la potenciaron. De necesidades apremiantes reales, evolucionó el mundo a necesidades artificialmente creadas e impuestas con una manipulación brillante de la psiquis humana. Me dirán que ello dio trabajo a mucha gente, es verdad, pero cabe pensar si trabajar tanto le ha hecho bien a tanta gente.

Una sociedad donde debo dejar mi vida trabajando para generar dinero que gastaré en cosas que no necesito en absoluto y que solo las necesito porque me han impuesto un modelo de pertenencia al grupo, suena muy parecido a un sistema esclavista, donde el tirano patrón no es otro que mi yo confundido.

Ese mundo errado en el que vivimos, donde se mata por el control de bienes productores de energía para hacen andar fábricas que producen cosas innecesarias ha llevado trágicamente a la deshumanización de los seres humanos. O mejor dicho, retomando el enunciado del principio, nos ha vuelto menos buenos de lo que pensamos que somos.

Ese ser menos buenos, por no decir malos y perversos del todo, o carentes por completo de solidaridad de especie, no es algo sin importancia e inofensivo. Ha sido absolutamente trágico para nosotros mismos, pues nos ha robado nada menos que la felicidad.

Nuestra esencia espiritual es buena y solo cuando podemos llevarla a la práctica en la vida cotidiana, se logra cosechar aquello que más anhelamos: un bienestar interior.

Si vivimos en ese estado de bienestar es muy difícil que necesitemos arriesgarnos para “sentirnos vivos”, en primer lugar porque tenemos mucho para perder, pero más importante aún es porque ya nos sentiremos bien vivos al ver traducidas en obras concretas nuestro auténtico impulso espiritual.

Es un estado difícil de entender por quien no lo ha vivido nunca, pero sencillo de explicar con un ejemplo. Es un estado en el que un GRACIAS recibido de alguien a quien hemos ayudado, vale mucho más que un CHEQUE, cualquiera sea su monto.

El mundo errado nos ha hecho valorar al dinero por sobre todas las cosas, ya que es el rey de las cosas y como le interesa que dejemos nuestra vida en una competencia feroz con nuestros hermanos, ha creado la ficción que solo, si se llega a la cima, se es feliz. Aplaude asi a quien sube, cualquiera sea la tropelía que haya cometido para ello y desprecia a quien cae, sin importar las razones de su fracaso. Olvida el mundo que somos más de 6 mil millones de seres intentando sobrevivir y nos divide en WINNERS y LOOSERS.

¿En que consiste la deshumanización que el mundo nos pide para entrar al círculo de los ganadores?

Acallar los sentimientos, flexibilizar la moral, adoptar todos los modelos (auto, barrio, calcetines, vacaciones, escort) sin cuestionamiento alguno y ser implacable con los rivales que pugnan por nuestro asiento en el Olimpo. Dureza de corazón, frialdad de mente, cálculo y control omnipresente, desprecio del derrotado, abandono del sufriente. Tanto violarse a uno mismo, tanto alejarse de la vida necesita de un fortísimo estímulo para “sentirse vivo”. Estímulos que teminan en muchos casos acabando con esa vida que se pretendió volver a sentir.

Por eso mi propuesta de reflexión Navideña, si es que se toman un tiempo entre shopping y borrachera es detenerse al principio del camino y saber decir un gran NO a tiempo. A tiempo significa antes que la deshumanización tenga lugar. Y si ya lo tuvo, detenerla y remontar la cuesta para volver a ser humano. Bueno, como en esencia todos lo son.

¿Fácil? ¡Que va a ser fácil!. Empiecen a hacerlo y verán lo dífícil que es. Les aseguro que vale la pena, pero pena habrá en el camino y mucha. Por eso se trata de una aventura, ya que es para valientes, para solitarios, para quienes no teman pasar por locos e incomprendidos, para quienes no sufran cuando confundan su bondad con bondudez, para quienes desprecien el desprecio, para quienes se rían del abuso, para quienes sepan sortear las trampas que les habrán de poner. Y sin no son nada de eso, deberán estar dispuestos a aprender a serlo.

El fácil es el otro camino. Con acoplarse al rebaño y adormecer la conciencia alcanza. “Total, es lo que hacen todos, ¿como diablos va a estar mal?” “Dejame, no me hagas pensar, las tuyas son idioteces que conspiran contra el éxito que busco” “La injusticia reina, porque justo yo debo ser justo” “Nadie juega según las reglas, que empiecen los otros a respetarlas y entonces las respetaré yo”. ¿Nunca lo escucharon? ¿Nunca lo dijeron?. En este camino tendrán un millón de amigos, los invitarán a dar charlas, todos querrán aprender el camino a la cima y soslayarán sus pequeños defectos morales aunque sean visibles. Este camino paga, el otro, el difícil, salva y conduce nada menos que a la tranquilidad, la paz interior, la propia humanidad y a una inesperada y creciente felicidad.

¿Negociar? ¿Un poco de uno y otro tanto del otro?. Se puede y se debe, mientras auténticas necesidades estén presentes. Pero cuando ellas estén dignamente satisfechas, de a poco, tampoco hay que ser tan drásticos porque ello suele conllevar el fracaso y el desaliento, habría que ir sustituyendo unas conductas por otras, teniendo por termómetro o vara de juicio, tan solo la propia conciencia.

No hay un tribunal más allá que espera para juzgarnos, ni probablemente sea San Pedro el que nos niegue la llave. Somos siempre nosotros mismos, quienes nos alejamos del paraiso, terrenal o celestial, como quieran. También somos nosotros mismos, quienes podemos recuperarlo.

A todos los que me leyeron hasta aquí, no puedo menos que agradecer el año compartido y desearles una muy Feliz Navidad, que significa nacimiento y que espero de corazón alumbre en ustedes el camino de vuelta a vuestra propia humanidad. Yo sigo en el mío y les aseguro que es fascinante, cuando quieran lo conversamos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2015

Los villancicos tienen ese que se yo, ¿viste?, apagás la televisión, te sentás en el sillón frente al arbolito, desde un rincón te mira el pesebre y de repente la ves a tu madre sosteniendo una caja con globos de colores, a tu abuela acomodándolos en las ramas y a tu padre a quien crees entregando tu carta a Papá Noel, corriendo por los pisos de Gath & Chavez comprando juguetes. Ojalá les suceda.

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UNA HOJA CAYÓ

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

UNA HOJA CAYÓ

Escenas de una fiesta que pensé ajena

Ahí estábamos los dos, con la revista del colegio William Shakespeare en la mano, parados en plena calle Lavalle en esta mañana de otoño con sabor a verano. Yo, un sincero colado – con invitación y todo- en una fiesta que pensaba ajena y él, Dick, en cuya persona se homenajeaba a su madre Mrs. Keller, directora de mi primario y co-fundadora del Instituto San Agustín, secundario hijo del Shakespeare, que está cumpliendo 50 años.

Hace rato que me comunico con Dick y hace rato que lo siento cercano. Le gusta escribir y lo hace muy bien, ama la pesca y disfruta navegar, pero por sobre todo simboliza y conserva ese espíritu único de los Old Shakesperians y me consta que ha hecho y hace esfuerzos para que perdure. Tenía pendiente el conocerlo personalmente, hoy me di el gusto.

En el momento que recibimos la revista, una hoja de las miles que pendían en color ocre sobre nuestras cabezas, decidió caer. Con ignota sabiduría, lo fue a hacer sobre la tapa de la revista que sostenía Dick. Me miró, con esa barba de profeta, tan blanca que hace el deleite de los pequeños, quienes siempre creen tener una visión de Papá Noel, con su calva socrática y sus profundos ojos claros, mezcla de yogui y de poeta, escondiendo tras ambos la chispa de un viejo bribón. Dijo, para mi sorpresa: “la vamos a guardar” y abriendo la revista la puso entre sus hojas, trayendo a mi presente la memoria de los muchos libros de mi madre, de los cuales, infaliblemente al abrirlos, supo caer una marchita flor.

De entre los tantos egresados presentes, que por supuesto todos conocen a Dick, solo uno se acercó a saludarlo, mientras charlaba conmigo. Se trataba de María Cristina Valle, a quien al punto me presentó como poetisa y artista plástica. Sostuvimos una brevísima charla que concluyera con la promesa de entregarme su libro.

Ayer dudé si hacerme la escapada hasta Temperley porque me sentía un colado. Nunca fui al San Agustín. Dicen que el hombre es el único animal que sabe cuando va a morir. Fue cierto en el caso de mi padre, al menos. El quiso dejarnos a mi madre y a mí, viviendo en Capital, cerca de la universidad y en un colegio con ingreso directo a ella. Mi secundaria fue así en el Carlos Pellegrini y mi padre partíó cuando yo empezaba segundo año. A Dios gracias, pudo más el deseo de ver a Margie Rubio, hija de Miss Winnie, viva aún en mi corazón de alumno, que viajó especialmente desde el cordobés Tanti para el evento. Por otra parte, desde mi regreso, tras cuarenta años de ausencia, conservo amigos por la zona y ellos iban a estar presentes.

No me equivoqué. A poco de andar di con Liliana Arnaiz y Hugo Suprun, con Alejandra Erdoiz, con Virginia Thomas y su encantadora madre, y la calidez eterna y desbordante de Guillermo Bruno y Mariel Calvi que me recibieron como lo que siento que soy, cada día un poco más: un hijo de la casa.

Transcurrió el acto protocolar en un estallido de colores. Las distintas gamas de las hojas se mezclaban con las coloridas banderas que portaban los elegidos y los uniformes de los Patricios competían con las faldas de los gaiteros escoceses. Y ese estallido cobró sonido cuando Patricios y gaiteros empuñaron sus instrumentos y hasta se dieron el lujo de tocar en conjunto.

Habló sentidamente en nombre de los integrantes de la primera promoción, del año 1970, Silvia Fernández Barrio, a quien muy bien recordaba encabezando mi fila de Canning en el desfile de la fiesta anual del deporte, dando lugar a la emoción que había despuntado con el canto del hermoso himno colegial, construido sobre dos palabras que llevamos a fuego en el alma todos los que transitamos sus aulas: PROPÓSITO TENAZ.

En el mismo sitio, unos años atrás, celebrando los 90 años del William Shakespeare había asistido a la lectura de un relato que nos hizo llorar a todos enviado por Margie, el cual luego formó parte de mi crónica, la que tuve que leer con mi bicicleta roja al lado. Hoy Margie estaba presente y se encaminaba al micrófono.¿Qué diría?

Fue breve y concreta. Agradeció la formación recibida y se dispuso a leer, en su calidad de reciente locutora, unas palabras recibidas en la escuela y que en su propio decir, habían indeleblemente marcado su vida. Para coronar el suspenso se disculpó de que dichas palabras fuesen en idioma inglés. Entre que oigo mal – cosas de viejo- y el parlante que aturdía, se me escaparon las primeras líneas. Al rato caí, como la hoja. Estaba leyendo una poesía. Nunca nombró a su autor y ni siquiera sé si llegó a decir su título. Nada menos que las estrofas de IF (SI) de Rudyard Kipling, ese regalo de mi madre en mi adolescencia, el único poema, de los cientos que coleccionó y que como escribí en este blog hace muchos años, fue mi auténtica hoja de ruta en la vida, comenzaron a ponerme la piel de gallina, a sacudir mis piernas y a dar salida a mis lágrimas. (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/06/17/rudyard-kipling/)

¿Por qué esa hoja eligió la revista de Dick para posarse? Respuesta imposible, tanto como pretender responder por qué Margie eligió ese poema para leer. No fuimos compañeros y el poema nos llegó de manos distintas y en momentos diferentes. Sin embargo, los dos lo elegimos. Y volvimos a coincidir, como lo hicimos antes con nuestros relatos mezclados y como, en lo que nos resta, probablemente lo volvamos a hacer.

Caemos, todo el tiempo caemos. Y sin embargo nada es azar. Podría decir que fue el entorno compartido, el William Shakespeare en común que nos hizo amar la poesía pero nuestras familias de origen son muy distintas, hasta provienen de países diferentes con culturas muy disimiles. Quizás, tan solo quizás, el tiempo sea una mentira, la muerte también y el acto al que hoy asistimos, tenga muchos más organizadores invisibles que visibles, muchos más invitados y colados inesperados que los presentes y sean ellos quienes nos manden señales para que dejemos de lado el miedo y vivamos más plenamente el amor.

Bien puede haber sido Mrs. Keller quien guió a la hoja y mi madre quien de paseo por Tanti del brazo de Miss Winnie le hizo elegir el poema a Margie. ¿No me creen? Sigan leyendo.

Tras los discursos de Guillermo Bruno y del enviado municipal, busqué refugio en una silla para descansar un poco donde, además del cálido abrazo de Sheila MacDermott que atinó a darse una vuelta y me creyó aquejado de soledad, se me acercó la poetisa del comienzo diciéndome que al no encontrarme se le habían agotado los libros y que me lo iba a acercar en otra ocasión. Quedamos en contacto y me despedí amablemente. Repuesto del cansancio en mi circular por los distintos grupos mientras tomaba y me sacaban fotos, di nuevamente con Dick.

“¿María Cristina te dio el libro?” preguntó al verme.

“Se le agotó” respondí.

“Te doy el mío y te lo voy a dedicar” dijo

“Dick, vos no sos el autor” respondí sonriendo.

“No, te doy el libro pero te voy a dedicar la hoja” corrigió.

Y para mi asombro y emoción, sacó la hoja de entre las páginas de la revista, la puso entre las hojas del libro y escribió: “Con cariño y admiración le dedico esta hoja a mi amigo Henry”

El resto es historia conocida, mucho afecto, fotos, brindis, canapés y largas, cálidas y acogedoras charlas en el patio de recreo del San Agustín. Abrazos miles, risas en derroche y anécdotas a montones antes de la promesa de vernos de nuevo y pronto.

Una sola tarea me preocupó toda la tarde. Evitar que la hoja se me cayera del libro

Casi atardeciendo y obsequiado por demás, me fui caminando despacio por Lavalle con el libro bajo el brazo, el alma llena y el corazón en paz. La belleza del otoño deslumbraba por las calles de mi niñez y mi vista, en Lavalle 109, se alzó buscando la rama que me obsequiara la hoja. Había cientos, pero entre ellas, varios colados al acto, que extraño horrores, sonreían cómplices mientras susurraban : “Caemos Henry, nosotros lo hicimos y tú lo harás, procura tan solo hacerlo con sentido”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de mayo de 2015

Me di también el gusto de obsequiar a Guillermo con una vieja poesía mía que anoche al releer consideré justa para la ocasión. Todos nosotros tenemos una historia que es y muchas historias que no fueron. Algunas de todas ellas no fueron por poco, casi pudieron ser. Y cuando pertenecen a esa categoría nos dejan pensando, a veces por años, a veces de a ratos ¿como sería nuestro presente si esas historias hubiesen sido la historia nuestra en lugar de la que fue?. El Instituto San Agustín, en mi caso pertenece a ese grupo. Y no tengo dudas que mi vida hubiese sido muy distinta a la que fue si mi padre no hubiese tomado esa decisión. Por supuesto, no me siento autorizado a erigirme en crítico de mi padre, pero siempre me intrigó fantasear con mi vida sin salir de Temperley, quizás algún día me atreva a emular a Hermann Hesse quien al final de su Juego de Abalorios ensaya vidas posibles de su personaje. Por ahora me contento con volver cada tanto a los escenarios en que la historia que no fue, estuvo a punto de haber sido.

LA HISTORIA QUE NO FUE

La historia que no fue,

es la que no terminé,

porque ¡vaya si lo se!,

es la que nunca empecé.

Y sin embargo ella es,

paralela a la que fue,

pugnando por poder ser,

camino que no abracé.

.

Emboscada en sitios,

de disyuntivas ingratas,

se muestra luminosa,

y a mi hoy maltrata.

Carezco de defensa,

y de huida factible,

cuando me acorrala,

mi historia imposible.

En ella no hay duda,

ni asoma el desgaste,

venciendo el deseo,

exagera el contraste.

Frente al claroscuro,

de la historia vivida,

me encandila el faro,

de aquella prohibida.

¿Cantará la sirena?

¿Es engaño del dueño?

¿Esa historia no sida,

un sueño en el sueño?,

Solo sé que en los días,

cuando reina la tristeza,

la historia que no fue,

es mi alegría y belleza.

Por ello para mi vive,

Y la busco seguido,

En recuerdos y lugares,

En que pudo haber sido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de agosto de 2013

Published in: on mayo 17, 2015 at 2:00 am  Comments (2)  

Taller literario EL PRINCIPITO

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Taller literario EL PRINCIPITO

Vienen llegando de a uno, cada quien con su vida a cuestas. Su historia en ardua mochila y una mirada concentrada en el interior que se atrinchera. Sobre ellos y aunque no se lo vea, su particular duende dormido.
Algunos dejan en el beso a la anfitriona un refrigerio para la hora del alivio. Se ubican en su silla favorita de una larga mesa que ocupa el centro de un gigante escritorio soñado. En general es la misma de siempre, las caras de enfrente suelen repetirse.
El lugar, sencillo y austero, llama a la introspección. Una gigantesca ventana les permite sentirse invadidos por el verde jardín del fondo. La mesa también es angosta, con poco esfuerzo puede leerse en que aguas navegan los compañeros cercanos. No son indiferentes a la tarea a emprender todos los objetos que rodean a los asistentes. Cada uno merece un libro, cada cual porta décadas de historia. Las fotos fieles a un pasado perdido vuelcan a la escena las raíces del lugar donde se encuentran, un viejo galeón sueña con el mar y los rifles aguardan a un cazador que nunca llega.
Se intercambian algunas noticias del pueblo, cierto chisme de un amigo, mientras el grupo busca completarse. Cuando están los que van a estar, Susana, la maga del sitio, frente a una audiencia ansiosa con birome en mano y hoja en blanco delante, sacude la varita llamada consigna y un inmutable pero elocuente silencio invade todo el ambiente. Solo se escuchan las patitas de Amanda, una diosa negra con forma de perra que va de pierna en pierna derrochando simpatías y rogando mimos.
Es la hora de los duendes, el de cada uno, que tienen mucho en común. Sacudidos por el toque mágico se despiertan, se sientan en el hombro de sus protegidos y comienzan a hablarle al oído.
“Escribí de esto, no te olvides de aquello, hacelo en primera persona, incorporá tal personaje, dale un final triste, no lo dejes ahí”
Y el diálogo interior se entabla. “Ni loco escribo de eso, no me fastidies eso ya pasó, no me acuerdo, voy a hacerlos llorar a todos, es una barbaridad, no me gusta, deberíamos hacer una historia más simple, más feliz”
Siempre ganan los duendes y todos terminan volcando a veces en forma breve y otras extensa, a veces lento y otras como caballo desbocado, un sentir casi ignoto por profundo, casi olvidado por doloroso, casi perdido por amado.
No se concluye indemne. Hay lágrimas en los rostros, tensión en los rasgos, palpitación en los pechos, sudor en las manos. Salió, está ahí, en el papel. Sorprendido y a traición, sin tiempo ni muchas ganas de defenderse, ayudado por la vibración colectiva y el miedo al papelón, una fracción del inconsciente saltó a la luz. ¿Qué hacer con ella?
A veces no hay tiempo de corregirla, otras el tiempo sobra. Casi todos aprovechan a leerla para sí, corregir faltas que el apuro generó, mejorar frases y giros, redondear finales.
Llega el momento tan temido de la puesta en común. Hay que desnudarse. No solo uno pasa por la sorpresa de lo que hizo, sino que tiene, a su opción, que buscar la devolución de sus compinches de viaje. Hay veces que alguno se niega, lo que vive en la hoja llena es demasiado fuerte para leerlo en voz alta. Otras se animan y lo logran a duras penas, quebrándose en dolorosas oraciones. Y ciertas veces, el dolor que conllevan esos vehículos de energía llamados palabras, sacuden a todos, hasta a la propia maga. No siempre hay aplausos al final de la lectura, el silencio compungido puede ser el mejor premio, o la sonrisa franca ante un tierno final.
Cerrado el círculo el alivio se instala, todo el mundo se afloja, pone al duende a dormir. Es el momento de las cosas ricas y del café, así como de la planificación de las actividades futuras. Los rostros se aflojan, los ojos se secan, el corazón recupera su ritmo, dejan de ser uno solo para volver a ser cada quien.
Van saliendo de a uno, a recobrar su vida y su historia, con la mochila más ligera, con la mirada más clara, con un poco más de confianza, sin saber demasiado bien por qué. Al despedir al último, Susana sonríe y mira al Principito, ese que también sonríe, aunque nadie, salvo ella, logra ver.
Cada tanto coinciden, mi viajar y el taller. Y me doy el gran lujo de ser uno con ellos, de dejarme cambiar, de aprender y crecer.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, diciembre 2014

En este abril otoñal, volvió a coincidir mi viajar con el inicio de temporada del taller. Todo se repitió y me descubrí escribiendo un cuento, casi una novela medieval, que era en lo último que estaba pensando cuando fui.  Ya lo subiré, será una forma que la armadura me pese menos y la espada no me raspe tanto.  Espero que los que aún dudan en acercarse a un taller, sean impulsados por el escrito que antecede, no solo tendrán la satisfacción de integrar bellas antologías como las de la foto, sino que harán nuevos amigos y sobre todo conseguirán compañía a la hora de encarar ese viaje maravillosamente aterrador que se denomina introspección. Sinceramente anhelo ver a todos y cada uno de ustedes que llegaron hasta aquí, sentados en alguna mesa de trabajo conmigo, en la latitud que sea, dejando la pluma correr.

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Published in: on abril 9, 2015 at 12:22 am  Comments (1)  

Y UN DÍA VOLVÍ

facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

Y UN DÍA VOLVÍ

de fantasmas

 

Veintidós años viví intrigado acerca de como había podido abandonar de un día para el otro mi carrera de docente universitario que tantos amigos, satisfacciones y oportunidades me había brindado. La había comenzado muy jovencito y recién recibido, con apenas veinte años de edad en 1977 como ayudante de segunda ad honorem y la había abandonado con un portazo en 1991 siendo profesor adjunto, siempre en la cátedra de Finanzas e Impuestos I. Jamás extrañé ni el aula, ni los alumnos, ni las clases, ni los exámenes, ni siquiera al viejo edificio de la facultad de Av. Córdoba y Junín, al que no regresé ni para espiarlo, en todo ese tiempo.

¿Habrá sido saturación? Solo  recuerdo que muchas cosas que para mi no tenían ninguna importancia, comenzaron a pesar. Daba clases de veintiuna a veintitres horas y en 1991 había nacido mi primer hijo, le estaba quitando tiempo a alguien más importante que mis alumnos. La familia crecía y el dinero empezaba a importarme, y en la facultad el sueldo docente  era lisa y llanamente una burla. Mis colegas y la sociedad en general me habían tratado bastante mal a mi salida del gobierno, el cual ciertamente no había terminado del mejor modo, por lo que mi convivencia en la cátedra no era fácil y mi vocación de servicio se había esfumado. Por último, el menemato de la década infame había arrasado en un santiamén con cualquier pretensión de equidad tributaria, generalizando el IVA y eximiendo a los dividendos entre otras barbaridades, hecho que tornaba a mi discurso al frente del aula en una irrisoria ironía. Un día sentí que no tenía sentido seguir y me fui. Tengo muy presente mi última clase,  patética, donde casi no podía quedarme parado, hecho que me llevó a sentarme en el escritorio y hablar con un inaudible hilo de voz. Era el fin.

El tiempo mata todo y también cura casi todo. Volví a hablar en público, volví a integrar un gobierno, volví a dirigir un organismo de recaudación, volví a dar conferencias técnicas, pero a la facultad nunca volví. Hasta el 17 de diciembre pasado.

Mi adhesión a la causa de Malvinas hizo el milagro. El VGM Oscar Ledesma presentaba su libro LUIS Y LOS FANTASMAS sobre la cruel posguerra que sufrieron, la editorial me avisó y por esas cosas de la vida, el lugar elegido era el salón de actos de mi vieja facultad de ciencias económicas de la UBA. Hasta último momento dudé, tuve que vencer de arrebato mil resistencias interiores, para llegar a estacionar ese miércoles bajo la plaza Houssay. El libro, la causa, el tema, me atraían tanto que no podía faltar. Había cruzado algunas palabras con su autor y ello me obligaba aún más. Dejé mi agotamiento de lado, respiré hondo, cerré el auto y como tantas noches veintidós años atrás, subí la rampa, crucé la avenida y encaré la escalera de entrada a paso ágil.

Mis fantasmas que me esperaron pacientemente, comenzaron a salir a mi encuentro, de a uno por vez.

El olor a huevo que emanaba la escalera me transportó a aquél junio de 1977 donde todos cayeron en mi cabeza, originando el más feliz de los festejos con mi madre y los cuatreros en mi casa de Fortunato, cuando con todo el traje manchado me tiré una botella de champagne encima: era contador, mi único título terciario.

El hall de entrada me hizo ver largas filas de libretas universitarias, retenidas por policías de civil, que las pedían a la entrada y las devolvían a la salida, todo en el marco del muy democrático gobierno de otra viuda que pasó a la historia. Un día llegando tarde a un examen con el pelo largo y los pantalones anchos, esquivé el control. Uno de ellos, un petiso insignificante de remera y jean me corrió al grito de alto. De buen modo pero sobrándolo, le dije que no me gritara, que merecía el respeto que como estudiante me debía. Se enfureció y me largó una sarta de amenazas, concluyendo con un “Vas a ver lo que te va a pasar”. Me reí en su cara y seguí mi camino. Jamás podía imaginar lo que vendría y como esa amenaza iba a transformarse en una cruda realidad para demasiados.

En el mismo hall creía ver a otros barbudos pelilargos y chicas del tipo “psicobolche”, como las llamábamos entonces, en mesas plenas de banderas rojas, bajo pendones con la cara del adlátere de la revolú cubana. En su lugar había gente muy atildada en un rincón atendiendo no sé que cuestión y una bandera que decía “Plaza Houssay segura, un logro de los estudiantes”. ¿Tanto se empequeñecieron los sueños?

Conmovido por los recuerdos de estudiante, más que de profesor, evité doblar a la izquierda hacia la sala donde me reunía con mis colegas docentes y trepé a la escalera central con dirección al busto del descanso. Jugué a adivinar quien sería y fallé, al igual que en el segundo piso. Eleodoro Lobos y José León Suarez no estaban en mi archivo neuronal. Pero a los pocos escalones se me apareció la foto del día que recibí  el título de manos del decano Pena. Un día muy especial, que transcurrió por el año 1978 en el salón de actos, el mismo al que me dirigía. La foto en la escalera la integraban mi amigazo a la vez que era una suerte de jefe por entonces, el Dr Carlos Pedro Botinelli, mi madre y una amiga suya tan querida que yo  llamaba tía, de nombre María Esther. Todos fallecidos, el único vivo de la foto soy yo, el mismo que ahora iba escaleras arriba pero que por un instante quedó atrapado en ese mágico escalón con el diploma en la mano.

Llegué al primer piso, alabando las paredes prolijamente pintadas y la limpieza del lugar. Confundido creí que el salón de actos estaba allí, pero una placa indicaba lo contrario. Recordé entonces que ahí habitaban en aquel tiempo las autoridades de la casa. Y me llegaron en tropel las pocas veces que por ahí anduve. Un glorioso día Horacio Casabé, a la sazón secretario académico me notificó que iba a ser designado profesor interino con curso a cargo y la alegría me desbordó. También en esas oficinas dábamos los concursos de oposición y más allá de la perfidia de ciertos jurados y  los nervios que pasamos, conservo conmigo una emoción inmensa. Aun veo la cara de un muy anciano Dino Jarach, levantar la vista al oír mi nombre, llenársele los ojos de lágrimas y esbozar una sonrisa. Él había conocido a mi padre en la Universidad de Turín y había huido de la guerra y el racismo con tanto apuro y pobreza como  él, a empezar de cero en esta tierra de promisión.

Esas mismas oficinas me depararon una alegría aun mayor. Un día de 1980, siendo decano el inolvidable Cayetano Licciardo, entre las tantas cosas que normalizó en la facultad fue designar un abanderado, que hacía tiempo que no existía. Tuve así el honor de portar la bandera de ceremonia en todos los actos que tuvieron lugar durante el siguiente año calendario, muchos de los cuales se desarrollaron tras esas  puertas.

¿Y el salón de actos, dónde diablos quedaba? Un cartel con una flecha decía SUM, ¿se llamaría así? Seguí la flecha, di con el SUM y vi una reunión con algunas caras conocidas, muy avejentadas. Era una reunión de profesores del área contable para despedir el año, no era la reunión que buscaba. Dos décadas atrás el SUM era un aula, inolvidable para mí. Una noche habíamos dado las notas de un parcial en que habíamos reprobado a la gran mayoría de los alumnos. Como nos quedamos con mi hermano de la vida, ayudante por ese entonces, Alberto Lifrieri, dando revisión del parcial a varios alumnos, se hizo muy tarde. Al salir del aula pensamos que el resto se habría ido. Craso error. Se quedaron a esperarnos y formaron un estrecho pasillo por el que debíamos pasar. Recuerdo haber puesto cara de malo- a veces me sale- encarar el pasadizo y traspasarlo en medio de un silencio que podía oírse. Ya a salvo, a mis espaldas, Alberto dijo bajito: “Creí que nos fajaban”.

Antes de volver sobre mis pasos, me asomé por la baranda y vi el patio central, con árboles y limpito, tan distinto de aquél de los 70 donde casi ni se podía caminar, porque las distintas agrupaciones te paraban a cada paso intentando seducirte. También busqué en vano un pasillo aéreo que daba vértigo, por donde era obligatorio circular. Husmeé dentro de las aulas vacías, algunas de las cuales conservaban los bancos altos, finitos e incómodos de aquél entonces. Hasta que llegué al anfiteatro de la esquina. Dos recuerdos claros me invadieron. La de las alumnas agraciadas que ex profeso llegaban tarde para poder subir con paso bamboleante la escalera central, que daba justo en las narices del profesor. Una forma de intentar, vanamente cuando las narices fueron las mías, alguna ayuda a la hora de calificar. El otro tiene que ver con la historia del país. En un anfiteatro cursé, en mi primer año como alumno, HISTORIA NACIONAL Y POPULAR- ¿les suena?- que la daban los montoneros. Aprobé con sobresaliente por el análisis que hice de los últimos discursos de Perón, lo que me ganó el acoso permanente para que los acompañase tanto en la cátedra como en la militancia. Resistí heroicamente ese trágico camino porque aun a mis tiernos 17 años tenía bien en claro que la política que me gustaba no tenía nada que ver con los gatillos, ni las bombas.

El salón de actos quedaba en el segundo piso, recordé de pronto. Subí la pulcra escalera, no sin antes detenerme en la puerta de un aula en la que creí verme nervioso antes de dar  mi primera clase, recibiendo instrucciones de un impecable Ruben Ruival, engominado y de lentes, serenando con afecto a su novel ayudante. La puerta cerrada del salón de actos trajo aplausos a mis oídos. Aquél acto de graduación, en el que tuve que hablar por mis compañeros de promoción y lo que es mucho más grave, jurar por todos ellos, sobre unos enormes santos evangelios, desempeñar correctamente la profesión. ¿Existirá  una larga factura aguardándome en el cielo?

Me senté en un banco y esperé. Había dado con el salón de actos pero no había nadie en las cercanías. Es verdad que los libros no convocan multitudes pero los ex combatientes  no son de abandonar a los suyos. Era casi la hora y estaba solo. Ratifiqué por teléfono el lugar de reunión y me di cuenta que si había todo un edificio nuevo adosado al viejo era posible que hubiese otro salón de actos. ¿A quien podría preguntarle? En ese instante llegó el ascensor.

El conductor del remozado elevador me confirmó que había un segundo salón y me dio gentilmente las inentendibles instrucciones para hallarlo, ofreciéndose a llevarme a la planta baja. En el breve trayecto le conté que había sido trece años docente de la casa pero que hacía veintidós que no volvía. Me miró un tanto incrédulo, como diciendo: si vos fuiste profesor hace tanto tiempo yo jugué con la selección en el 78. Lo dejé con su risa burlona y me perdí por los pasillos de la planta baja, literalmente.

En esas vueltas sin destino, y desde esas aulas abiertas, miles de imágenes se hicieron cargo de mi alma. Leonel Massad en casi todas ellas, un año enseñándome, un día aplaudiéndome, un día ofreciéndome empleo y trece años guiándome como docente. Creo que era por él que no quería volver. Mientras estaba porque sé que mi portazo lo defraudó y ahora que ya no está porque sin él mi facultad ya no es mía, nunca más lo será.

Evité el pasillo que llevaba a esa tétrica y gigantesca aula subterránea, en cuyas ventanas, en los años de plomo, zumbaban las ambulancias morgueras con sus desechos humanos a cuestas. Porque la morgue judicial sigue compartiendo espacio con la facultad, ya que en su origen esa facultad fue de medicina, una cuestión de cercanía con la materia prima de estudio.

Otros pasillos se me aparecieron plenos de urnas, donde depositábamos las tarjetas para “tirar materias” y luego chequear en los listados en que infierno nos habían anotado.

Desde una aula me pareció escuchar la voz de Vicente Díaz, otro maestro recientemente desaparecido a quien conocí en un día poco feliz, enojadísimo con una alumna que pretendía dar la materia libre, habiendo estudiado bien poco.

Y como no podía ser de otra manera, ella también apareció. Ese imposible amor adolescente con quien jamás tuve la suerte de cursar una materia y que un día encontré en un pasillo. Contra lo esperado, contra lo deseado, contra lo soñado, los dos callamos y la vida se encargó una y mil veces de reprochárnoslo.

Ya con una multitud de fantasmas a cuestas, salieron a mi encuentro los Danieles. Albarellos, compañero de estudios que anduvo tanto y tan rápido que ya nos dejó y Cohen, una herida que no cierra, un gran profesor y amigo con quien no tuve ni el tiempo de rencontrarme aquí abajo.

Con la entrada al nuevo edificio,  a través del nuevo patio, a la vista, a mis espaldas y en un susurro la voz de Raul Mayol, mi amigo que decidió irse a los veinte años, me sigue diciendo: “Dale Batman, metamos una más este año, ¿sabés lo que gana un contador en un año?”

No, ya no es mi facultad, no queda nadie, solo yo que ya soy nadie para ella y que ni un recuerdo ya pronto seré. Caigo así violentamente en la cuenta que llegué al edificio nuevo, que no me dice nada, que los alumnos son distintos, que los profesores que veo son diferentes, que el clima, el aire que se respira, no tiene nada que ver con lo que viví. Y que jamás lograría adaptarme si en un rapto de locura intentase volver a hacer algo en ella. Es otro siglo, otro mundo, otra gente. Para mí y sin saberlo empezó la hora del adiós.

Sin embargo, a tiempo y tras la travesía arribo al salón de actos. Allí están ellos, fieles, confiables, seguros, concurriendo a la presentación del libro del camarada. Están ellos y sus fantasmas, distintos que los míos, mucho más dolorosos, pero también son los que los han forjado, serios, profundos, corajudos, solidarios. Los siento cerca, como siempre. Y conoceré por fin el nuevo e insulso salón de actos de la que era mi facultad, de su mano. Pero esa, es otra historia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2014

Y si hablamos de fantasmas, nada mejor que escuchar al más famoso.

Published in: on diciembre 25, 2014 at 1:15 am  Dejar un comentario  

NEGRA

En Fundación CHICHOS suceden cosas extraordinarias todos los días. Cada vez que paso por allí me parece entrar en otra dimensión, salir de una vida anestesiada que me acompaña día y noche e ingresar en un lugar donde a cada paso me topo con lo peor y lo mejor de la humanidad. Hiervo de indignación y al paso siguiente me sorprendo con actos de amor sin parangón. No es extraño que  unos OVNIS hayan decidido visitarlos en varias oportunidades, es un lugar único que no tengo palabras para describir. Solo puedo recomendarles que vayan a conocerlo y que vuelvan y que estén en contacto sobre lo que ahí se vive cada día.

No cualquiera puede estar todo el día, todos los días, en contacto con tantas emociones fuertes sin agotarse, sin enfermarse y ello sin tener en cuenta el duro trabajo de atender a tantos perros, la mayoría enfermos gravemente o discapacitados, con siempre escasos medios, indiferencia oficial, en un clima riguroso tanto en invierno como en verano.

Y suceden milagros. Rita con dos patas quebradas, operada varias veces que viene a recibirme corriendo. Chiqui que tiene nada menos que 19 años y  me sigue por todos lados. Los ciegos que me reconocen. Reyna operada un montón de veces de un intestino que se le sale, que se me duerme en la mano cuando la acaricio y me corre a mil con sus dos patas sanas.

Y suceden bajezas. Muchos perros adoptados que luego se encuentran en la calle abandonados nuevamente. Las adopciones fracasadas y el reingreso. Las muertes súbitas e inexplicables. Los robos. Los ataques. Los abandonos de cachorros en la puerta. El ingreso de perros lastimados por el hombre. Los atropellados, los maltratados, los amputados.

Probablemente un ejemplo para tomar de síntesis que nos conmovió a todos profundamente por su enseñanza imprescindible que , tal como cantaba Tanguito, “pero el amor es más fuerte”, sea la de NEGRA.

Fue una perra negra, común, del montón, que ingresó al refugio por maltrato. Mucho le costó a las mujeres a cargo poder acercarse a ella. Había estado embarazada hacía poco, tenía leche en las mamas pero sus cachorros no estaban con ella.  Al tiempo abandonaron otros cachorros y ella, siguiendo su instinto maternal, no tuvo problema alguno en hacer de nodriza y alimentarlos. Su amor pudo mucho más que su justificada agresividad.

Hacía como un año que vivía en el refugio y cada vez que la miraba me resultaba imposible no reafirmarme en mi creencia que los perros son más evolucionados que los humanos. Sufría el contraste entre la perra agresiva que amamantaba cachorros ajenos y la adolescente soltera que abandonaba al fruto de su entraña en la basura.

Ayer nos dejó, se quedó dormida en su cucha en una noche de invierno. Se fue sin ruido, sin urgencias, sin veterinario. Probablemente cansada de habitar entre nosotros, estos duros humanos que no aprendemos, que descargamos nuestra frustración y angustia existencial maltratando animales. Nos queda su lección, la que trajo sobre el amor, una perra negra, común, del montón.

NEGRA

Supiste del duro maltrato,

del triste maldito humano,

quien osó lastimar ingrato,

tu inocencia con su mano.

Aun así tu conservaste,

innata perruna nobleza,

amor con amor tu pagaste,

nodriza de suma grandeza.

Ayer te rendiste dormida,

en cucha de postizo hogar,

sabedora que en esta vida,

nada te resta por enseñar.

Dos ángeles guían tu vuelo,

Amor y Piedad son sus nombres,

mientras en total desconsuelo,

¡Perdón! te rogamos los hombres.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 17 de julio de 2014

Published in: on julio 17, 2014 at 12:39 pm  Comments (1)