EL MAL EN EL OTRO

EL MAL EN EL OTRO.

Todos llevamos un lobo adentro, el cual a veces duerme, otras molesta y en algunas ocasiones, incentivado desde afuera por efecto contagio o por propia interna y ancestral presión, se convierte en intolerable. Aúlla día y noche, muerde y remuerde, embiste y desgarra y nos convierte la propia vida en un  infierno. Cuesta mucho aceptar que dicho lobo nos pertenece y que si ha despertado y nos ataca es responsabilidad puramente nuestra. Entonces, la solución que el hombre ha puesto en práctica, desde Abel y Caín ha sido la de externalizarlo, proyectarlo y ponerlo en el otro. Siempre surge algún iluminado que sabe indicarle a los demás quién es el otro que se ha hecho merecedor de encarnar al colectivo  y molesto lobo nuestro. En general se trata de alguien cuya eliminación conviene casi con exclusividad al iluminado manipulador. Como cada uno mal soporta al lobo propio, acepta de buen grado el mensaje y tampoco lo analiza demasiado, le urge deshacerse de él y poco le importa si el destinatario está representado por una palabra tan genérica e imprecisa cuyo significado no entiende (ejemplos sobran: sinarquía, oligarquía, comunismo, fascismo, populismo, imperialismo, eje del mal, terrorismo, terrorismo de estado, clericalismo, laicismo, etc). Cual mansa manada los manipulados producen en forma rápida la mágica transferencia. Así el mal se instala en el otro y a cada uno de quienes han logrado transferir a su lobo propio, se instala la pureza. Uno ya está en paz, la vida no solo se ha hecho más soportable sino que uno logra mirarse al espejo y sentirse orgulloso de sí mismo, porque ya no carga defecto, ni culpa, ni responsabilidad alguna. Todo el mal reside en el otro, ese otro indefinido pero corporizable, ese otro inentendible pero sospechable, ese otro inabarcable pero imputable. Erigidos entonces en puros, portadores de todas las virtudes, defensores de todas las justicias, libres de todo mal, quienes han transferido exitosamente a su lobo ahora pueden verlo y descargar sobre él todo su odio, el que  cuando estaba en su interior supo merecer con sus molestos aullidos, embistes y desgarros. Libre de culpa, el puro desenvainará su espada para dar por fin, fin al mal. Entonces comienza la guerra, toda la guerra, cualquier guerra, la vieja y conocida guerra, la misma desde Abel y Caín.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Viernes Santo, 2017

Published in: on abril 14, 2017 at 12:01 pm  Comments (1)  

LIBÉLULA AZUL

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LIBELULA AZUL

La descubrió mi hijo anoche en la pieza a oscuras. Estaba posada en el marco de aluminio de la puerta ventana, aun dudando si le correspondía o no entrar en dicho ambiente. Al menor atisbo de contacto ingresó. Encendí la luz principal y se dirigió rauda a revolotear en torno a ella.

“Flor de helicóptero tenés aquí” dijo Facu

“Es una tonta, se acerca a la luz para morir en ella” respondí yo.

Le apagamos la luz en la esperanza que se dirigiese al exterior por la ventana abierta de par en par, pero eligió permanecer adosada a la pared de mi cuarto. Tras la cena fui a verla y aun permanecía allí.

No me agrada dormir con animales, excepción hecha de mis perros, mucho menos con insectos, cuyas intenciones desconozco. Por ende, antes de acostarme para dormir o por lo menos intentar hacerlo, diseñé una estrategia para deshacerme de ella.

Encendí la luz del velador ubicado en mi mesita de luz, una reconvertida botella de Johnnie Walker, etiqueta roja que heredé de mi padre, a fin de atraerla a una altura por mi alcanzable. Ella respondió al estímulo y se acercó a revolotear sobre la lámpara, aún carente de pantalla.

Fue en ese momento en que entró en escena otro actor, con fines inconfesables, pero suponibles. Benji, dotado del horror a todo lo que vuela, como escribió Machado en Las Moscas, se dispuso a cazarla, hecho que le valió una rápida expulsión de mi dormitorio.

Finalmente ella se posó en un lugar fuera de mi vista. Comencé un lento y delicado proceso de remover todos los objetos que atiborraban mi mesa de luz, llámense libros, cargadores, celulares, rosario, monedas de vueltos varios, etc., hasta poder verla.

Allí estaba, temblorosa intentando adivinar mi próximo movimiento. Toda su hermosura desplegada. La larga cola azul, el pequeño cuerpo del mismo color, las alas transparentes pero esbozando una similar tonalidad y esos ojos enormes, azules también, mirándome fijamente.

Le acerqué un libro azul de poesías de una escritora dolorense que debo devolver, en la esperanza que se trepase al mismo y asi poder trasladarla hasta el balcón, a fin que siguiese su ruta al aire libre. Ella trepó a la tapa del libro pero a poco de hacerlo adoptó una conducta inesperada.

Me miró fijamente, se elevó con un acelerado batir de sus cuatro alas y se mantuvo suspendida en el aire sin separar sus ojos de los míos. Se me acercó despacio, muy despacio y cuando alcanzó la altura de mi cara, me esquivó por arriba y se dirigió nuevamente a la luz principal de la pieza, que había encendido para ubicarla. Ya no revoloteó en torno a ella sino que se ubicó casi dentro de la misma, ocultando todo lo que pudo su longilíneo cuerpo, apenas el extremo de su cola permaneció visible.

Estaba sin duda decidida a quedarse allí.

No tuve más remedio que describirle con lujo de detalles a mi compañera de cuarto y de vida, que al menos por esa noche tendríamos compañía.

Su diagnóstico fue errado: “Es un alguacil, no hacen nada, apaguemos la luz y se irá en busca de otro foco”

Ni era un aguacil ni aceptó retirarse por la ausencia de luz.

La noche, para mi, fue larga e incómoda. Me desperté varias veces, me levanté otras tantas, pero sin embargo los ratos dormidos, fueron de sueño profundo.

Al amanecer, la claridad entrante por las hendijas de la persiana me despertó una vez más. Ya no pude volver a dormirme y me quedé en silencio, acostado, dejando a mis pensamientos vagar por mi mente. Había olvidado por completo a mi alada compañera de cuarto.

La persiana no estaba totalmente baja, quedaban unos 30 cm entre el piso y su borde. Haciendo gala de una elegancia sin igual, la libélula azul, se retiró de su escondite en el aplique lumínico del techo y en raudo vuelo se perdió en libertad, justamente a través de dicho espacio, de un modo y a un tiempo que fuese visible para mi.

Ella eligió su refugio nocturno, revoloteó sobre mis cosas más queridas, me acompañó en la noche y me abandonó de forma que yo lo supiera.

Las libélulas azules suelen ser mensajeras del mundo espiritual y existen mil teorías, muchas de ellas contradictorias, acerca de su positividad o negatividad. Me tienen sin cuidado. Me basta con su efímera compañía y me quedo para siempre con el regocijo que la visión de su extrema belleza, supo despertar en mi corazón.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 21 de enero de 2017

 

 

 

Published in: on enero 22, 2017 at 12:45 am  Comments (1)  

NAVIDAD CON MI PADRE

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NAVIDAD CON MI PADRE

a Enrique el alpino que apenas pude conocer

Será porque me pasé casi todo el año leyendo y escribiendo sobre una guerra, viviéndola en la piel y relatos de nuestros veteranos, que me encontré contigo en tu peor herida. Fue la guerra que te obligó al exilio, empujado por tus padres para que por lo menos un vástago sobreviviese. Y fue ella la que te hizo sufrir océanos de impotencia ante el hambre que ellos pasaron, la muerte de tu padre, la imposibilidad de tu hermana de poder trabajar por cuestiones tan fútiles como su raza y la enfermedad de tu madre. ¡Cuánto debes haber sufrido la distancia!. Si a mi, que estaba a media hora de auto, los tres años finales de mi madre me resultaron un infierno, casi no puedo imaginar tu dolor. Fue la guerra que se llevó en las montañas la vida de muchos de tus amigos y parientes, enrolados con los partisanos y resistiendo la infame ocupación nazi. Fue la guerra que condujo tíos, tías, ancianos ya, primos y sobrinos, niños todavía, al horror de holocausto que cínicos de todas las latitudes aún se empeñan en negar. Fue la guerra la que te separó por siempre de tu tierra y que te hizo morir aquí, anegado de añoranzas y atragantado de silencios. Asomarme a ella, a sus héroes, a su víctimas inocentes, a sus sobrevivientes, a su inmensa tragedia te hizo presente como nunca.

Será también porque un día, buscando no me acuerdo qué, en un viejo ropero del PH que fue tu hogar por tan solo un año, que tu viuda, mi querida madre, conservó en perfecto estado por 38 años sin ayuda ( aún no se cómo) y que es hoy mi tan extensa biblioteca y estudio, di con tus borceguíes militares de alpino. Al mismo tiempo, cosas de la vida, aparecieron los discos de los coros alpinos que ya no tengo donde escuchar, pero que me llevaron a buscar en la red todas sus canciones. Aquellas que cantabas con tus amigos los domingos en mi casa natal de Temperley, mientras devorábamos la pasta preparada con sumo esmero en la noche anterior y rodaba de mano en mano la botella de vino Chianti en esa canastita de mimbre que tanto me fascinaba. Las mismas que un día te vi escuchar lagrimeando en el teatro Coliseo, cuando los alpinos vinieron de Italia a dar un concierto. Las mismas que años después, muchos, vaya si fueron muchos, una noche en San Clemente me sorprendieron desde la casa vecina, justamente para Navidad. Un colega tuyo había invitado al chalet de al lado a sus viejos camaradas del batallón de esquiadores.

Será quizás porque en este año, en razón del libro Combatimos estuve cerca de un general argentino, veterano también él, Martin Balza y para mi sorpresa se reveló como montañés. Como si ello fuera poco, contó en la presentación de su libro que estuvo en Italia en contacto con los alpinos y relató que un personaje polémico nuestro llamado Juan Domingo ( como ves, aún me cuesta nombrarlo) también anduvo por tus pagos, esquiando con los alpinos ya que era montañés y que por ese motivo la escuela militar de montaña de Bariloche, lo honra en su nombre.

Será a lo mejor que en pocos días cumplo 60 años, el último cumpleaños tuyo que festejamos ya que el siguiente ni siquiera me dejaron ingresar a saludarte a la terapia intensiva que te cobijó por unos escasos días más. Ese último año lo disfruté, gracias a Dios sin saber que sería el postrero. Nadamos juntos en el mar y me enseñaste a manejar el milquinientos, me regalaste tu reloj y me dijiste que “ya era un hombre”. ¡Todo lo que me faltaba para serlo!. Vivir tu edad te hace cercano y revivir tu adiós me trae la certeza de nuestro reencuentro. No estamos lejos, nunca lo estuvimos, pero el calendario me dice que la espera se acorta, de hecho por aquí abajo no parece quedarme demasiado por hacer, es cierto que a esta edad uno empieza a sobrar y ello nos hermana en tus lágrimas del cine de Lomas, cuando nos llevaste a ver Adios Mr Chips.

Pero por si algo faltaba para hacerte tan presente a lo largo de este 2016, fue encontrarme en la librería de San Clemente con tu escritor y poeta favorito, el amigo Cesare Pavese. Nunca pude leer los libros que están en casa, el piamontés pertenece a mi niñez y a falta de practicarlo lo he olvidado por completo. Ya se que me vas a decir que no es lo mismo leerlo en italiano y mucho menos en castellano, que la doble traducción le altera su esencia y todas esas razones que comparto. Pero quería acercarme a él, necesitaba saber porqué era tu favorito, porqué lo amabas sobre tantos otros clásicos y famosos que bien se que has leído y disfrutado como el Dante. No tardé demasiado en descubrirlo. Nacido cerca tuyo un año antes, tuvo una infancia, adolescencia y juventud que se me ocurre similar a la tuya. Y sus recuerdos afloran y los pone en papel en plena guerra. El también sufrió la muerte de sus amigos en batalla y vivió, hasta su suicidio en tu Turín natal, acosado por la culpa del sobreviviente. A mi me bastó con unir las fotos que conservo de tu juventud italiana con sus palabras de LA PLAYA para imaginarme tus recreos en el mar, tu grupo de amigos, tus noches de vino y canto. Todo me cerró, sus giros idiomáticos, algunos incluso mal traducidos son textuales los que mi oído infantil atesora de tus charlas con la nonna Attilia, mucho más campesina que tú, alegre y sabia. Hacía 50 años que no me encontraba con esos dichos, esa forma de hablar, de relatar, que solo proviene del Piamonte. Y sin embargo me fueron tan actuales, tan frescas, tan hermosas con un soplo de mi tiempo mejor. Ese, en el que estábamos todos y reíamos juntos. Sus relatos de las viñas, de las casas, de las fiestas, de las travesuras de muchachos, de las torpes primeras cercanías con las mujeres, las buenas y de las otras, me portaron retazos inconfundibles de vuestros cuentos, mitos y leyendas que les facilitaban la presencia en Temperley de las aldeas montañesas. El tiempo escaso no nos dejó que alguna noche borrachos me contases tus andanzas, las necesité imaginarlas, lástima no haber dado con Pavese traducido mucho tiempo antes, me hubiese hecho la tarea mucho más sencilla. Es tan piamontés que lo leo y te veo, lo recreo y te siento, hay un aire a “paese” cada mañana que me enfrasco en su lectura que me parece compartir con él hasta mi ADN. Y por si nada de lo dicho fuese suficiente, te encantará saber que escribe tan pero tan parecido a como lo hago yo, desde la tripa, el sentimiento, el desgarro, la vivencia que quien nos lee a ambos hasta podría pensar que lo he tomado por maestro. Pareciera que el sentimiento es casi patrimonio italiano y vuelvo a ti, ¡Cuánto te debe haber costado permanecer en silencio tanto tiempo, hablar poco por las dudas, ocultar tus ideas! Pavese no solo te trajo, me abrió la mente para entender los escasos 13 años que la vida nos dejó compartir. Seguiré buceando en sus escritos, para conocer mejor tu Italia, esa que ya no existe, pero que ustedes me enseñaron a amar. También para encontrarte en cada párrafo, para verte actuar en tu mejor edad, la que nunca llegaste a relatarme.

Por eso esta noche, babbo querido, esa silla vacía, esa maldita silla que estuvo vacía durante 46 años y que me hizo aborrecer las Navidades se me ocurre que estará más llena que nunca, de tus años ocultos, de tu guía insustituible, de tus cantos alpinos y de tu sonrisa, la misma que extraño pero que sin embargo cierro mis ojos y veo…… cada día.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2016

Published in: on diciembre 24, 2016 at 5:25 pm  Comments (3)  

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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EN EL NOMBRE DEL PADRE

El Renault 11 ascendía veloz por el sinuoso camino de tierra y agarrado como estaba al cinturón de seguridad mientras me zarandeaba a cada lado para alegría de Felipe y de mi hijo Facundo, quien asombrado en el asiento trasero veía como Uma, nuestra inseparable perra mantenía un perfecto equilibrio imposible para mí, mis pensamientos no dejaban de agolparse en mi frente.

Tras 23 años de ausencia me hallaba en Cosquín, Córdoba con una agenda apretada. Sin embargo era bien consciente que la verdadera misión de mi viaje la estaba cumpliendo en ese instante. Hacía meses que me preocupaba mi amigo. Circunstancias de la vida lo habían dejado en esa hermosa localidad serrana, a veces con su madre, otras solo y cada tanto por las redes me enteraba que visitaba un campo de sierra, propiedad de su hermana. Él no lo sabía, pero yo había ido a Córdoba a penetrar su misterio. ¿Qué hacía allí? ¿Qué lo ataba a ese lugar? ¿Era ése su lugar? ¿Cómo estaba en realidad? ¿Podría yo hacer algo por él?

La excusa del viaje tenía que ver con mi propio misterio o mejor dicho con mis propias tarambaneadas juveniles. A mis 21 años, imbuido del conservadurismo familiar y disponiendo de mis primeros pesos sobrantes me dediqué a comprar inmuebles en cuotas. En 1978 fue San Clemente, en 1979 Lobos y en 1980 dos lotes en una ignota localidad llamada Los Reartes, cerca del dique Los Molinos. No había internet y los folletos de Di Tullio y Kanmar hacían maravillas,……para sus dueños. Dos años después, en un viaje relámpago con un amigo, fui a verlos y la zona me encantó. Luego, la vida me tuvo tan ocupado que durante 35 años, excepto por el pago de los impuestos, jamás me ocupé de ellos. Viajé ahora a verlos de nuevo esperando encontrar algún supermercado chino construido encima. No fue para tanto pero los lotes estaban usurpados por una empresa agropecuaria, es decir había que pelear y seguir gastando dinero para recuperarlos. Mi primera reacción fue renunciar a ellos, me molestaba hacerlo delante de mi hijo, que me había acompañado con la ilusión de conocer la provincia y sus encantos y adentrarse en un pedacito de tierra con olor a sueño del padre, pero la fría lógica económica aconsejaba ese camino. Me quedaban unos días para pensar qué hacer. Entre ellos estaba esta subida al campo de Felipe.

Tras 11 km de contener el aliento – 60 km por hora en la sierra es demasiado para un pistero como yo- llegamos. Una postal se abrió ante mis ojos. Una casa de piedra en lo alto, muchos árboles, un extenso parque quebrado y un arroyo en terrazas que debimos cruzar. Una vista infinita bajo un claro cielo azul y unas verdes cumbres rodeándolo todo. Poco tardó Facundo en enamorarse del lugar, no fue mi caso, algo tan agreste y aislado asusta siempre un poco a un intelectual de ciudad. Yo observaba a Felipe y prestaba suma atención a sus palabras. Era evidente el amor que ponía en mostrarnos cada rincón, cada recoveco de la casa, cada piedra, cada pirca, cada cima. Y llegaron las anécdotas, las buenas y las malas, las tormentas y los días al sol, las caminatas y las caídas. Todo ardía en su corazón y al escucharlo ardía en el mío.

Llegaron las sombras largas, Uma se había cansado de correr y Facundo no se había extraviado explorando porque siguió al arroyo. Insté al regreso, no quería otro rally nocturno.

“Te muestro la capilla y volvemos” dijo Felipe, accedí, la historia y la religión son dos imanes para mí. En lugar de detenerse frente a la capilla, lo hizo frente a un cementerio, cercano pero antiguo y derruido. No son lugares que me atraigan, siempre anda por ahí algún alma en pena y soy al primero que se acercan. Mientras lo fotografiaba me llegó la primera pista. “Mi padre quiso que lo enterraran aquí, no lo dejaron, es un cementerio de las familias del lugar”

Caminé hasta la capilla con la fiel Uma al lado. Ya en el auto oscurecido Felipe siguió. “ Mi padre adoraba este lugar, hizo mucho esfuerzo para comprarlo y ponerlo en condiciones. Pobre, no llegó a disfrutarlo mucho”. Le devolví un profundo silencio, comenzaba a entender.

Era noche oscura cuando el camino nos devolvió a la civilización, la primera construcción con que topamos era el cementerio de Cosquín. “Finalmente aquí enterramos a mi padre”. Nada dije, nada más necesité saber.

A la noche, cenando tranquilos, Felipe confesó que no podía entender cómo a sus años aún no había encontrado su lugar. Ahora sí hablé, simplemente dije : “No busques más Felipe, éste es tu lugar, buscá que hacer en él pero no te vayas de aquí”.

En ese instante comprendí que yo era más consciente que él , que se había erigido casi sin quererlo en el guardián del sueño del padre y que los golpes tremendos de la vida lo habían llevado a buscar refugio en la patria auténtica, la de Rilke, esa que todos llevamos encima, los lugares de nuestra niñez, aquellos donde más felices fuimos.

Develado el misterio de mi amigo, en el insomnio de cada noche de mi hotel de Valle Hermoso me llegó la revelación del mío. En un instante pude ver lo inmensamente importantes que son los sueños de los padres, para sus hijos, especialmente los varones, esos que están llamado a tomar la posta del guerrero caído. Al fin y al cabo yo había hecho algo parecido, mis mejores años laborales los había consumido en la empresa que mi padre ayudó a crecer. En el silencio frío de esa noche, mis dos lotes usurpados recibieron de mi parte una mirada distinta.

Por la mañana transformé mi habitación en oficina y febrilmente entré en contacto con escribanos, abogados y registros, tenía que luchar, mi sueño ya no era mío, Facundo me estaba observando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Día del Padre 2016

Published in: on junio 17, 2016 at 8:02 pm  Dejar un comentario  

La extraordinaria aventura

JESUS

LA EXTRAORDINARIA AVENTURA

Intentar ser bueno en un mundo errado

Cuando uno profundiza la real motivación que se esconde detrás de conductas riesgosas para la salud y la vida, que van desde el alcoholismo y tabaquismo hasta los deportes extremos, pasando por la adicción al trabajo, al sexo, a las drogas y demás cosas, surge con claridad un factor común.

Y no por sabias deducciones ni rebuscadas teorías, sino por la simple confesión de quienes llevan a cabo tales conductas en su propio perjuicio, el cual suele extenderse a víctimas circundantes.

“Me aburro”, “La vida no tiene sentido”, “La adrenalina es lo único que me hace sentir vivo”, “La sensación que se siente (Lole dixit)” “Si paro me siento morir” “¿Que hago con mi tiempo?” Son las respuestas más frecuentes.

En estos antes sacros días, hoy devenidos en una vorágine consumista, me permito invitarlos a llenar su vida, a darle sentido, a emplearla en una aventura francamente extraordinaria. Es simple, muy simple, de decir, de llevarla a cabo ya me contarán. Intenten ser buenas personas, solo eso, cada día un poco más.

¿Que ya lo son? No les creo, empiecen a mirarse sin contemplaciones y verán cuanto les falta. Porque a todos nos falta y muchísimo.

Para empezar a cuestionarse nada mejor que unas pocas preguntas.

¿Cuándo fue la última vez que visitaron a un enfermo para preguntarle si necesitaba algo?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un discapacitado en la calle?

¿Cuándo fue la última vez que acudieron a la casa de un pobre para preguntarle en qué podían paliar su pobreza?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un desocupado a conseguir trabajo en su desesperación?

¿Cuándo fue la última vez que le preguntaron a un niño en la calle sucio y pidiendo, qué podían hacer por él?

¿Cuándo fue la última vez que acompañaron a alguien en su duelo?

¿Cuándo fue la última vez que se acercaron a un anciano para preguntárle qué pequeño servicio le podían brindar?

Puedo seguir, pero no hace falta, ya están reflexionando.

Ahora piensen si esos NUNCA mayoritarios por respuesta, no se aplican también a los casos en que el enfermo, el pobre, el desocupado, el discapacitado, el doliente o el anciano forman parte de su círculo de amigos, esos con que en los buenos tiempos solían reír. O quizás hasta de su propia familia.

¿Ven ahora que no somos tan buenos como creemos y pregonamos ser?

Sin embargo, estamos capacitados para serlo. Nuestros abuelos lo eran y cada tanto cuando hay tragedias muy severas, aún lo somos.

¿Qué nos pasó?

Es fácil verlo si uno se baja un rato del tren. El mundo se equivocó y en su equivocación nos arrastró.

El drama comienza con la revolución industrial y se agrava tras la segunda guerra mundial. Acicateado por necesidades materiales angustiantes, incluso el hambre, el mundo puso todo su esfuerzo en producir bienes y se organizó en pos de ese objetivo, el cual logró, muy eficientemente. Pero una vez satisfechas esas necesidades apremiantes, jamás se detuvo. Y ahí nació la publicidad y los medios de comunicación masivos la potenciaron. De necesidades apremiantes reales, evolucionó el mundo a necesidades artificialmente creadas e impuestas con una manipulación brillante de la psiquis humana. Me dirán que ello dio trabajo a mucha gente, es verdad, pero cabe pensar si trabajar tanto le ha hecho bien a tanta gente.

Una sociedad donde debo dejar mi vida trabajando para generar dinero que gastaré en cosas que no necesito en absoluto y que solo las necesito porque me han impuesto un modelo de pertenencia al grupo, suena muy parecido a un sistema esclavista, donde el tirano patrón no es otro que mi yo confundido.

Ese mundo errado en el que vivimos, donde se mata por el control de bienes productores de energía para hacen andar fábricas que producen cosas innecesarias ha llevado trágicamente a la deshumanización de los seres humanos. O mejor dicho, retomando el enunciado del principio, nos ha vuelto menos buenos de lo que pensamos que somos.

Ese ser menos buenos, por no decir malos y perversos del todo, o carentes por completo de solidaridad de especie, no es algo sin importancia e inofensivo. Ha sido absolutamente trágico para nosotros mismos, pues nos ha robado nada menos que la felicidad.

Nuestra esencia espiritual es buena y solo cuando podemos llevarla a la práctica en la vida cotidiana, se logra cosechar aquello que más anhelamos: un bienestar interior.

Si vivimos en ese estado de bienestar es muy difícil que necesitemos arriesgarnos para “sentirnos vivos”, en primer lugar porque tenemos mucho para perder, pero más importante aún es porque ya nos sentiremos bien vivos al ver traducidas en obras concretas nuestro auténtico impulso espiritual.

Es un estado difícil de entender por quien no lo ha vivido nunca, pero sencillo de explicar con un ejemplo. Es un estado en el que un GRACIAS recibido de alguien a quien hemos ayudado, vale mucho más que un CHEQUE, cualquiera sea su monto.

El mundo errado nos ha hecho valorar al dinero por sobre todas las cosas, ya que es el rey de las cosas y como le interesa que dejemos nuestra vida en una competencia feroz con nuestros hermanos, ha creado la ficción que solo, si se llega a la cima, se es feliz. Aplaude asi a quien sube, cualquiera sea la tropelía que haya cometido para ello y desprecia a quien cae, sin importar las razones de su fracaso. Olvida el mundo que somos más de 6 mil millones de seres intentando sobrevivir y nos divide en WINNERS y LOOSERS.

¿En que consiste la deshumanización que el mundo nos pide para entrar al círculo de los ganadores?

Acallar los sentimientos, flexibilizar la moral, adoptar todos los modelos (auto, barrio, calcetines, vacaciones, escort) sin cuestionamiento alguno y ser implacable con los rivales que pugnan por nuestro asiento en el Olimpo. Dureza de corazón, frialdad de mente, cálculo y control omnipresente, desprecio del derrotado, abandono del sufriente. Tanto violarse a uno mismo, tanto alejarse de la vida necesita de un fortísimo estímulo para “sentirse vivo”. Estímulos que teminan en muchos casos acabando con esa vida que se pretendió volver a sentir.

Por eso mi propuesta de reflexión Navideña, si es que se toman un tiempo entre shopping y borrachera es detenerse al principio del camino y saber decir un gran NO a tiempo. A tiempo significa antes que la deshumanización tenga lugar. Y si ya lo tuvo, detenerla y remontar la cuesta para volver a ser humano. Bueno, como en esencia todos lo son.

¿Fácil? ¡Que va a ser fácil!. Empiecen a hacerlo y verán lo dífícil que es. Les aseguro que vale la pena, pero pena habrá en el camino y mucha. Por eso se trata de una aventura, ya que es para valientes, para solitarios, para quienes no teman pasar por locos e incomprendidos, para quienes no sufran cuando confundan su bondad con bondudez, para quienes desprecien el desprecio, para quienes se rían del abuso, para quienes sepan sortear las trampas que les habrán de poner. Y sin no son nada de eso, deberán estar dispuestos a aprender a serlo.

El fácil es el otro camino. Con acoplarse al rebaño y adormecer la conciencia alcanza. “Total, es lo que hacen todos, ¿como diablos va a estar mal?” “Dejame, no me hagas pensar, las tuyas son idioteces que conspiran contra el éxito que busco” “La injusticia reina, porque justo yo debo ser justo” “Nadie juega según las reglas, que empiecen los otros a respetarlas y entonces las respetaré yo”. ¿Nunca lo escucharon? ¿Nunca lo dijeron?. En este camino tendrán un millón de amigos, los invitarán a dar charlas, todos querrán aprender el camino a la cima y soslayarán sus pequeños defectos morales aunque sean visibles. Este camino paga, el otro, el difícil, salva y conduce nada menos que a la tranquilidad, la paz interior, la propia humanidad y a una inesperada y creciente felicidad.

¿Negociar? ¿Un poco de uno y otro tanto del otro?. Se puede y se debe, mientras auténticas necesidades estén presentes. Pero cuando ellas estén dignamente satisfechas, de a poco, tampoco hay que ser tan drásticos porque ello suele conllevar el fracaso y el desaliento, habría que ir sustituyendo unas conductas por otras, teniendo por termómetro o vara de juicio, tan solo la propia conciencia.

No hay un tribunal más allá que espera para juzgarnos, ni probablemente sea San Pedro el que nos niegue la llave. Somos siempre nosotros mismos, quienes nos alejamos del paraiso, terrenal o celestial, como quieran. También somos nosotros mismos, quienes podemos recuperarlo.

A todos los que me leyeron hasta aquí, no puedo menos que agradecer el año compartido y desearles una muy Feliz Navidad, que significa nacimiento y que espero de corazón alumbre en ustedes el camino de vuelta a vuestra propia humanidad. Yo sigo en el mío y les aseguro que es fascinante, cuando quieran lo conversamos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2015

Los villancicos tienen ese que se yo, ¿viste?, apagás la televisión, te sentás en el sillón frente al arbolito, desde un rincón te mira el pesebre y de repente la ves a tu madre sosteniendo una caja con globos de colores, a tu abuela acomodándolos en las ramas y a tu padre a quien crees entregando tu carta a Papá Noel, corriendo por los pisos de Gath & Chavez comprando juguetes. Ojalá les suceda.

Published in: on diciembre 24, 2015 at 12:08 am  Comments (2)  

UNA HOJA CAYÓ

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

UNA HOJA CAYÓ

Escenas de una fiesta que pensé ajena

Ahí estábamos los dos, con la revista del colegio William Shakespeare en la mano, parados en plena calle Lavalle en esta mañana de otoño con sabor a verano. Yo, un sincero colado – con invitación y todo- en una fiesta que pensaba ajena y él, Dick, en cuya persona se homenajeaba a su madre Mrs. Keller, directora de mi primario y co-fundadora del Instituto San Agustín, secundario hijo del Shakespeare, que está cumpliendo 50 años.

Hace rato que me comunico con Dick y hace rato que lo siento cercano. Le gusta escribir y lo hace muy bien, ama la pesca y disfruta navegar, pero por sobre todo simboliza y conserva ese espíritu único de los Old Shakesperians y me consta que ha hecho y hace esfuerzos para que perdure. Tenía pendiente el conocerlo personalmente, hoy me di el gusto.

En el momento que recibimos la revista, una hoja de las miles que pendían en color ocre sobre nuestras cabezas, decidió caer. Con ignota sabiduría, lo fue a hacer sobre la tapa de la revista que sostenía Dick. Me miró, con esa barba de profeta, tan blanca que hace el deleite de los pequeños, quienes siempre creen tener una visión de Papá Noel, con su calva socrática y sus profundos ojos claros, mezcla de yogui y de poeta, escondiendo tras ambos la chispa de un viejo bribón. Dijo, para mi sorpresa: “la vamos a guardar” y abriendo la revista la puso entre sus hojas, trayendo a mi presente la memoria de los muchos libros de mi madre, de los cuales, infaliblemente al abrirlos, supo caer una marchita flor.

De entre los tantos egresados presentes, que por supuesto todos conocen a Dick, solo uno se acercó a saludarlo, mientras charlaba conmigo. Se trataba de María Cristina Valle, a quien al punto me presentó como poetisa y artista plástica. Sostuvimos una brevísima charla que concluyera con la promesa de entregarme su libro.

Ayer dudé si hacerme la escapada hasta Temperley porque me sentía un colado. Nunca fui al San Agustín. Dicen que el hombre es el único animal que sabe cuando va a morir. Fue cierto en el caso de mi padre, al menos. El quiso dejarnos a mi madre y a mí, viviendo en Capital, cerca de la universidad y en un colegio con ingreso directo a ella. Mi secundaria fue así en el Carlos Pellegrini y mi padre partíó cuando yo empezaba segundo año. A Dios gracias, pudo más el deseo de ver a Margie Rubio, hija de Miss Winnie, viva aún en mi corazón de alumno, que viajó especialmente desde el cordobés Tanti para el evento. Por otra parte, desde mi regreso, tras cuarenta años de ausencia, conservo amigos por la zona y ellos iban a estar presentes.

No me equivoqué. A poco de andar di con Liliana Arnaiz y Hugo Suprun, con Alejandra Erdoiz, con Virginia Thomas y su encantadora madre, y la calidez eterna y desbordante de Guillermo Bruno y Mariel Calvi que me recibieron como lo que siento que soy, cada día un poco más: un hijo de la casa.

Transcurrió el acto protocolar en un estallido de colores. Las distintas gamas de las hojas se mezclaban con las coloridas banderas que portaban los elegidos y los uniformes de los Patricios competían con las faldas de los gaiteros escoceses. Y ese estallido cobró sonido cuando Patricios y gaiteros empuñaron sus instrumentos y hasta se dieron el lujo de tocar en conjunto.

Habló sentidamente en nombre de los integrantes de la primera promoción, del año 1970, Silvia Fernández Barrio, a quien muy bien recordaba encabezando mi fila de Canning en el desfile de la fiesta anual del deporte, dando lugar a la emoción que había despuntado con el canto del hermoso himno colegial, construido sobre dos palabras que llevamos a fuego en el alma todos los que transitamos sus aulas: PROPÓSITO TENAZ.

En el mismo sitio, unos años atrás, celebrando los 90 años del William Shakespeare había asistido a la lectura de un relato que nos hizo llorar a todos enviado por Margie, el cual luego formó parte de mi crónica, la que tuve que leer con mi bicicleta roja al lado. Hoy Margie estaba presente y se encaminaba al micrófono.¿Qué diría?

Fue breve y concreta. Agradeció la formación recibida y se dispuso a leer, en su calidad de reciente locutora, unas palabras recibidas en la escuela y que en su propio decir, habían indeleblemente marcado su vida. Para coronar el suspenso se disculpó de que dichas palabras fuesen en idioma inglés. Entre que oigo mal – cosas de viejo- y el parlante que aturdía, se me escaparon las primeras líneas. Al rato caí, como la hoja. Estaba leyendo una poesía. Nunca nombró a su autor y ni siquiera sé si llegó a decir su título. Nada menos que las estrofas de IF (SI) de Rudyard Kipling, ese regalo de mi madre en mi adolescencia, el único poema, de los cientos que coleccionó y que como escribí en este blog hace muchos años, fue mi auténtica hoja de ruta en la vida, comenzaron a ponerme la piel de gallina, a sacudir mis piernas y a dar salida a mis lágrimas. (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/06/17/rudyard-kipling/)

¿Por qué esa hoja eligió la revista de Dick para posarse? Respuesta imposible, tanto como pretender responder por qué Margie eligió ese poema para leer. No fuimos compañeros y el poema nos llegó de manos distintas y en momentos diferentes. Sin embargo, los dos lo elegimos. Y volvimos a coincidir, como lo hicimos antes con nuestros relatos mezclados y como, en lo que nos resta, probablemente lo volvamos a hacer.

Caemos, todo el tiempo caemos. Y sin embargo nada es azar. Podría decir que fue el entorno compartido, el William Shakespeare en común que nos hizo amar la poesía pero nuestras familias de origen son muy distintas, hasta provienen de países diferentes con culturas muy disimiles. Quizás, tan solo quizás, el tiempo sea una mentira, la muerte también y el acto al que hoy asistimos, tenga muchos más organizadores invisibles que visibles, muchos más invitados y colados inesperados que los presentes y sean ellos quienes nos manden señales para que dejemos de lado el miedo y vivamos más plenamente el amor.

Bien puede haber sido Mrs. Keller quien guió a la hoja y mi madre quien de paseo por Tanti del brazo de Miss Winnie le hizo elegir el poema a Margie. ¿No me creen? Sigan leyendo.

Tras los discursos de Guillermo Bruno y del enviado municipal, busqué refugio en una silla para descansar un poco donde, además del cálido abrazo de Sheila MacDermott que atinó a darse una vuelta y me creyó aquejado de soledad, se me acercó la poetisa del comienzo diciéndome que al no encontrarme se le habían agotado los libros y que me lo iba a acercar en otra ocasión. Quedamos en contacto y me despedí amablemente. Repuesto del cansancio en mi circular por los distintos grupos mientras tomaba y me sacaban fotos, di nuevamente con Dick.

“¿María Cristina te dio el libro?” preguntó al verme.

“Se le agotó” respondí.

“Te doy el mío y te lo voy a dedicar” dijo

“Dick, vos no sos el autor” respondí sonriendo.

“No, te doy el libro pero te voy a dedicar la hoja” corrigió.

Y para mi asombro y emoción, sacó la hoja de entre las páginas de la revista, la puso entre las hojas del libro y escribió: “Con cariño y admiración le dedico esta hoja a mi amigo Henry”

El resto es historia conocida, mucho afecto, fotos, brindis, canapés y largas, cálidas y acogedoras charlas en el patio de recreo del San Agustín. Abrazos miles, risas en derroche y anécdotas a montones antes de la promesa de vernos de nuevo y pronto.

Una sola tarea me preocupó toda la tarde. Evitar que la hoja se me cayera del libro

Casi atardeciendo y obsequiado por demás, me fui caminando despacio por Lavalle con el libro bajo el brazo, el alma llena y el corazón en paz. La belleza del otoño deslumbraba por las calles de mi niñez y mi vista, en Lavalle 109, se alzó buscando la rama que me obsequiara la hoja. Había cientos, pero entre ellas, varios colados al acto, que extraño horrores, sonreían cómplices mientras susurraban : “Caemos Henry, nosotros lo hicimos y tú lo harás, procura tan solo hacerlo con sentido”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de mayo de 2015

Me di también el gusto de obsequiar a Guillermo con una vieja poesía mía que anoche al releer consideré justa para la ocasión. Todos nosotros tenemos una historia que es y muchas historias que no fueron. Algunas de todas ellas no fueron por poco, casi pudieron ser. Y cuando pertenecen a esa categoría nos dejan pensando, a veces por años, a veces de a ratos ¿como sería nuestro presente si esas historias hubiesen sido la historia nuestra en lugar de la que fue?. El Instituto San Agustín, en mi caso pertenece a ese grupo. Y no tengo dudas que mi vida hubiese sido muy distinta a la que fue si mi padre no hubiese tomado esa decisión. Por supuesto, no me siento autorizado a erigirme en crítico de mi padre, pero siempre me intrigó fantasear con mi vida sin salir de Temperley, quizás algún día me atreva a emular a Hermann Hesse quien al final de su Juego de Abalorios ensaya vidas posibles de su personaje. Por ahora me contento con volver cada tanto a los escenarios en que la historia que no fue, estuvo a punto de haber sido.

LA HISTORIA QUE NO FUE

La historia que no fue,

es la que no terminé,

porque ¡vaya si lo se!,

es la que nunca empecé.

Y sin embargo ella es,

paralela a la que fue,

pugnando por poder ser,

camino que no abracé.

.

Emboscada en sitios,

de disyuntivas ingratas,

se muestra luminosa,

y a mi hoy maltrata.

Carezco de defensa,

y de huida factible,

cuando me acorrala,

mi historia imposible.

En ella no hay duda,

ni asoma el desgaste,

venciendo el deseo,

exagera el contraste.

Frente al claroscuro,

de la historia vivida,

me encandila el faro,

de aquella prohibida.

¿Cantará la sirena?

¿Es engaño del dueño?

¿Esa historia no sida,

un sueño en el sueño?,

Solo sé que en los días,

cuando reina la tristeza,

la historia que no fue,

es mi alegría y belleza.

Por ello para mi vive,

Y la busco seguido,

En recuerdos y lugares,

En que pudo haber sido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de agosto de 2013

Published in: on mayo 17, 2015 at 2:00 am  Comments (2)  

Taller literario EL PRINCIPITO

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Taller literario EL PRINCIPITO

Vienen llegando de a uno, cada quien con su vida a cuestas. Su historia en ardua mochila y una mirada concentrada en el interior que se atrinchera. Sobre ellos y aunque no se lo vea, su particular duende dormido.
Algunos dejan en el beso a la anfitriona un refrigerio para la hora del alivio. Se ubican en su silla favorita de una larga mesa que ocupa el centro de un gigante escritorio soñado. En general es la misma de siempre, las caras de enfrente suelen repetirse.
El lugar, sencillo y austero, llama a la introspección. Una gigantesca ventana les permite sentirse invadidos por el verde jardín del fondo. La mesa también es angosta, con poco esfuerzo puede leerse en que aguas navegan los compañeros cercanos. No son indiferentes a la tarea a emprender todos los objetos que rodean a los asistentes. Cada uno merece un libro, cada cual porta décadas de historia. Las fotos fieles a un pasado perdido vuelcan a la escena las raíces del lugar donde se encuentran, un viejo galeón sueña con el mar y los rifles aguardan a un cazador que nunca llega.
Se intercambian algunas noticias del pueblo, cierto chisme de un amigo, mientras el grupo busca completarse. Cuando están los que van a estar, Susana, la maga del sitio, frente a una audiencia ansiosa con birome en mano y hoja en blanco delante, sacude la varita llamada consigna y un inmutable pero elocuente silencio invade todo el ambiente. Solo se escuchan las patitas de Amanda, una diosa negra con forma de perra que va de pierna en pierna derrochando simpatías y rogando mimos.
Es la hora de los duendes, el de cada uno, que tienen mucho en común. Sacudidos por el toque mágico se despiertan, se sientan en el hombro de sus protegidos y comienzan a hablarle al oído.
“Escribí de esto, no te olvides de aquello, hacelo en primera persona, incorporá tal personaje, dale un final triste, no lo dejes ahí”
Y el diálogo interior se entabla. “Ni loco escribo de eso, no me fastidies eso ya pasó, no me acuerdo, voy a hacerlos llorar a todos, es una barbaridad, no me gusta, deberíamos hacer una historia más simple, más feliz”
Siempre ganan los duendes y todos terminan volcando a veces en forma breve y otras extensa, a veces lento y otras como caballo desbocado, un sentir casi ignoto por profundo, casi olvidado por doloroso, casi perdido por amado.
No se concluye indemne. Hay lágrimas en los rostros, tensión en los rasgos, palpitación en los pechos, sudor en las manos. Salió, está ahí, en el papel. Sorprendido y a traición, sin tiempo ni muchas ganas de defenderse, ayudado por la vibración colectiva y el miedo al papelón, una fracción del inconsciente saltó a la luz. ¿Qué hacer con ella?
A veces no hay tiempo de corregirla, otras el tiempo sobra. Casi todos aprovechan a leerla para sí, corregir faltas que el apuro generó, mejorar frases y giros, redondear finales.
Llega el momento tan temido de la puesta en común. Hay que desnudarse. No solo uno pasa por la sorpresa de lo que hizo, sino que tiene, a su opción, que buscar la devolución de sus compinches de viaje. Hay veces que alguno se niega, lo que vive en la hoja llena es demasiado fuerte para leerlo en voz alta. Otras se animan y lo logran a duras penas, quebrándose en dolorosas oraciones. Y ciertas veces, el dolor que conllevan esos vehículos de energía llamados palabras, sacuden a todos, hasta a la propia maga. No siempre hay aplausos al final de la lectura, el silencio compungido puede ser el mejor premio, o la sonrisa franca ante un tierno final.
Cerrado el círculo el alivio se instala, todo el mundo se afloja, pone al duende a dormir. Es el momento de las cosas ricas y del café, así como de la planificación de las actividades futuras. Los rostros se aflojan, los ojos se secan, el corazón recupera su ritmo, dejan de ser uno solo para volver a ser cada quien.
Van saliendo de a uno, a recobrar su vida y su historia, con la mochila más ligera, con la mirada más clara, con un poco más de confianza, sin saber demasiado bien por qué. Al despedir al último, Susana sonríe y mira al Principito, ese que también sonríe, aunque nadie, salvo ella, logra ver.
Cada tanto coinciden, mi viajar y el taller. Y me doy el gran lujo de ser uno con ellos, de dejarme cambiar, de aprender y crecer.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, diciembre 2014

En este abril otoñal, volvió a coincidir mi viajar con el inicio de temporada del taller. Todo se repitió y me descubrí escribiendo un cuento, casi una novela medieval, que era en lo último que estaba pensando cuando fui.  Ya lo subiré, será una forma que la armadura me pese menos y la espada no me raspe tanto.  Espero que los que aún dudan en acercarse a un taller, sean impulsados por el escrito que antecede, no solo tendrán la satisfacción de integrar bellas antologías como las de la foto, sino que harán nuevos amigos y sobre todo conseguirán compañía a la hora de encarar ese viaje maravillosamente aterrador que se denomina introspección. Sinceramente anhelo ver a todos y cada uno de ustedes que llegaron hasta aquí, sentados en alguna mesa de trabajo conmigo, en la latitud que sea, dejando la pluma correr.

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Published in: on abril 9, 2015 at 12:22 am  Comments (1)  

Y UN DÍA VOLVÍ

facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

Y UN DÍA VOLVÍ

de fantasmas

 

Veintidós años viví intrigado acerca de como había podido abandonar de un día para el otro mi carrera de docente universitario que tantos amigos, satisfacciones y oportunidades me había brindado. La había comenzado muy jovencito y recién recibido, con apenas veinte años de edad en 1977 como ayudante de segunda ad honorem y la había abandonado con un portazo en 1991 siendo profesor adjunto, siempre en la cátedra de Finanzas e Impuestos I. Jamás extrañé ni el aula, ni los alumnos, ni las clases, ni los exámenes, ni siquiera al viejo edificio de la facultad de Av. Córdoba y Junín, al que no regresé ni para espiarlo, en todo ese tiempo.

¿Habrá sido saturación? Solo  recuerdo que muchas cosas que para mi no tenían ninguna importancia, comenzaron a pesar. Daba clases de veintiuna a veintitres horas y en 1991 había nacido mi primer hijo, le estaba quitando tiempo a alguien más importante que mis alumnos. La familia crecía y el dinero empezaba a importarme, y en la facultad el sueldo docente  era lisa y llanamente una burla. Mis colegas y la sociedad en general me habían tratado bastante mal a mi salida del gobierno, el cual ciertamente no había terminado del mejor modo, por lo que mi convivencia en la cátedra no era fácil y mi vocación de servicio se había esfumado. Por último, el menemato de la década infame había arrasado en un santiamén con cualquier pretensión de equidad tributaria, generalizando el IVA y eximiendo a los dividendos entre otras barbaridades, hecho que tornaba a mi discurso al frente del aula en una irrisoria ironía. Un día sentí que no tenía sentido seguir y me fui. Tengo muy presente mi última clase,  patética, donde casi no podía quedarme parado, hecho que me llevó a sentarme en el escritorio y hablar con un inaudible hilo de voz. Era el fin.

El tiempo mata todo y también cura casi todo. Volví a hablar en público, volví a integrar un gobierno, volví a dirigir un organismo de recaudación, volví a dar conferencias técnicas, pero a la facultad nunca volví. Hasta el 17 de diciembre pasado.

Mi adhesión a la causa de Malvinas hizo el milagro. El VGM Oscar Ledesma presentaba su libro LUIS Y LOS FANTASMAS sobre la cruel posguerra que sufrieron, la editorial me avisó y por esas cosas de la vida, el lugar elegido era el salón de actos de mi vieja facultad de ciencias económicas de la UBA. Hasta último momento dudé, tuve que vencer de arrebato mil resistencias interiores, para llegar a estacionar ese miércoles bajo la plaza Houssay. El libro, la causa, el tema, me atraían tanto que no podía faltar. Había cruzado algunas palabras con su autor y ello me obligaba aún más. Dejé mi agotamiento de lado, respiré hondo, cerré el auto y como tantas noches veintidós años atrás, subí la rampa, crucé la avenida y encaré la escalera de entrada a paso ágil.

Mis fantasmas que me esperaron pacientemente, comenzaron a salir a mi encuentro, de a uno por vez.

El olor a huevo que emanaba la escalera me transportó a aquél junio de 1977 donde todos cayeron en mi cabeza, originando el más feliz de los festejos con mi madre y los cuatreros en mi casa de Fortunato, cuando con todo el traje manchado me tiré una botella de champagne encima: era contador, mi único título terciario.

El hall de entrada me hizo ver largas filas de libretas universitarias, retenidas por policías de civil, que las pedían a la entrada y las devolvían a la salida, todo en el marco del muy democrático gobierno de otra viuda que pasó a la historia. Un día llegando tarde a un examen con el pelo largo y los pantalones anchos, esquivé el control. Uno de ellos, un petiso insignificante de remera y jean me corrió al grito de alto. De buen modo pero sobrándolo, le dije que no me gritara, que merecía el respeto que como estudiante me debía. Se enfureció y me largó una sarta de amenazas, concluyendo con un “Vas a ver lo que te va a pasar”. Me reí en su cara y seguí mi camino. Jamás podía imaginar lo que vendría y como esa amenaza iba a transformarse en una cruda realidad para demasiados.

En el mismo hall creía ver a otros barbudos pelilargos y chicas del tipo “psicobolche”, como las llamábamos entonces, en mesas plenas de banderas rojas, bajo pendones con la cara del adlátere de la revolú cubana. En su lugar había gente muy atildada en un rincón atendiendo no sé que cuestión y una bandera que decía “Plaza Houssay segura, un logro de los estudiantes”. ¿Tanto se empequeñecieron los sueños?

Conmovido por los recuerdos de estudiante, más que de profesor, evité doblar a la izquierda hacia la sala donde me reunía con mis colegas docentes y trepé a la escalera central con dirección al busto del descanso. Jugué a adivinar quien sería y fallé, al igual que en el segundo piso. Eleodoro Lobos y José León Suarez no estaban en mi archivo neuronal. Pero a los pocos escalones se me apareció la foto del día que recibí  el título de manos del decano Pena. Un día muy especial, que transcurrió por el año 1978 en el salón de actos, el mismo al que me dirigía. La foto en la escalera la integraban mi amigazo a la vez que era una suerte de jefe por entonces, el Dr Carlos Pedro Botinelli, mi madre y una amiga suya tan querida que yo  llamaba tía, de nombre María Esther. Todos fallecidos, el único vivo de la foto soy yo, el mismo que ahora iba escaleras arriba pero que por un instante quedó atrapado en ese mágico escalón con el diploma en la mano.

Llegué al primer piso, alabando las paredes prolijamente pintadas y la limpieza del lugar. Confundido creí que el salón de actos estaba allí, pero una placa indicaba lo contrario. Recordé entonces que ahí habitaban en aquel tiempo las autoridades de la casa. Y me llegaron en tropel las pocas veces que por ahí anduve. Un glorioso día Horacio Casabé, a la sazón secretario académico me notificó que iba a ser designado profesor interino con curso a cargo y la alegría me desbordó. También en esas oficinas dábamos los concursos de oposición y más allá de la perfidia de ciertos jurados y  los nervios que pasamos, conservo conmigo una emoción inmensa. Aun veo la cara de un muy anciano Dino Jarach, levantar la vista al oír mi nombre, llenársele los ojos de lágrimas y esbozar una sonrisa. Él había conocido a mi padre en la Universidad de Turín y había huido de la guerra y el racismo con tanto apuro y pobreza como  él, a empezar de cero en esta tierra de promisión.

Esas mismas oficinas me depararon una alegría aun mayor. Un día de 1980, siendo decano el inolvidable Cayetano Licciardo, entre las tantas cosas que normalizó en la facultad fue designar un abanderado, que hacía tiempo que no existía. Tuve así el honor de portar la bandera de ceremonia en todos los actos que tuvieron lugar durante el siguiente año calendario, muchos de los cuales se desarrollaron tras esas  puertas.

¿Y el salón de actos, dónde diablos quedaba? Un cartel con una flecha decía SUM, ¿se llamaría así? Seguí la flecha, di con el SUM y vi una reunión con algunas caras conocidas, muy avejentadas. Era una reunión de profesores del área contable para despedir el año, no era la reunión que buscaba. Dos décadas atrás el SUM era un aula, inolvidable para mí. Una noche habíamos dado las notas de un parcial en que habíamos reprobado a la gran mayoría de los alumnos. Como nos quedamos con mi hermano de la vida, ayudante por ese entonces, Alberto Lifrieri, dando revisión del parcial a varios alumnos, se hizo muy tarde. Al salir del aula pensamos que el resto se habría ido. Craso error. Se quedaron a esperarnos y formaron un estrecho pasillo por el que debíamos pasar. Recuerdo haber puesto cara de malo- a veces me sale- encarar el pasadizo y traspasarlo en medio de un silencio que podía oírse. Ya a salvo, a mis espaldas, Alberto dijo bajito: “Creí que nos fajaban”.

Antes de volver sobre mis pasos, me asomé por la baranda y vi el patio central, con árboles y limpito, tan distinto de aquél de los 70 donde casi ni se podía caminar, porque las distintas agrupaciones te paraban a cada paso intentando seducirte. También busqué en vano un pasillo aéreo que daba vértigo, por donde era obligatorio circular. Husmeé dentro de las aulas vacías, algunas de las cuales conservaban los bancos altos, finitos e incómodos de aquél entonces. Hasta que llegué al anfiteatro de la esquina. Dos recuerdos claros me invadieron. La de las alumnas agraciadas que ex profeso llegaban tarde para poder subir con paso bamboleante la escalera central, que daba justo en las narices del profesor. Una forma de intentar, vanamente cuando las narices fueron las mías, alguna ayuda a la hora de calificar. El otro tiene que ver con la historia del país. En un anfiteatro cursé, en mi primer año como alumno, HISTORIA NACIONAL Y POPULAR- ¿les suena?- que la daban los montoneros. Aprobé con sobresaliente por el análisis que hice de los últimos discursos de Perón, lo que me ganó el acoso permanente para que los acompañase tanto en la cátedra como en la militancia. Resistí heroicamente ese trágico camino porque aun a mis tiernos 17 años tenía bien en claro que la política que me gustaba no tenía nada que ver con los gatillos, ni las bombas.

El salón de actos quedaba en el segundo piso, recordé de pronto. Subí la pulcra escalera, no sin antes detenerme en la puerta de un aula en la que creí verme nervioso antes de dar  mi primera clase, recibiendo instrucciones de un impecable Ruben Ruival, engominado y de lentes, serenando con afecto a su novel ayudante. La puerta cerrada del salón de actos trajo aplausos a mis oídos. Aquél acto de graduación, en el que tuve que hablar por mis compañeros de promoción y lo que es mucho más grave, jurar por todos ellos, sobre unos enormes santos evangelios, desempeñar correctamente la profesión. ¿Existirá  una larga factura aguardándome en el cielo?

Me senté en un banco y esperé. Había dado con el salón de actos pero no había nadie en las cercanías. Es verdad que los libros no convocan multitudes pero los ex combatientes  no son de abandonar a los suyos. Era casi la hora y estaba solo. Ratifiqué por teléfono el lugar de reunión y me di cuenta que si había todo un edificio nuevo adosado al viejo era posible que hubiese otro salón de actos. ¿A quien podría preguntarle? En ese instante llegó el ascensor.

El conductor del remozado elevador me confirmó que había un segundo salón y me dio gentilmente las inentendibles instrucciones para hallarlo, ofreciéndose a llevarme a la planta baja. En el breve trayecto le conté que había sido trece años docente de la casa pero que hacía veintidós que no volvía. Me miró un tanto incrédulo, como diciendo: si vos fuiste profesor hace tanto tiempo yo jugué con la selección en el 78. Lo dejé con su risa burlona y me perdí por los pasillos de la planta baja, literalmente.

En esas vueltas sin destino, y desde esas aulas abiertas, miles de imágenes se hicieron cargo de mi alma. Leonel Massad en casi todas ellas, un año enseñándome, un día aplaudiéndome, un día ofreciéndome empleo y trece años guiándome como docente. Creo que era por él que no quería volver. Mientras estaba porque sé que mi portazo lo defraudó y ahora que ya no está porque sin él mi facultad ya no es mía, nunca más lo será.

Evité el pasillo que llevaba a esa tétrica y gigantesca aula subterránea, en cuyas ventanas, en los años de plomo, zumbaban las ambulancias morgueras con sus desechos humanos a cuestas. Porque la morgue judicial sigue compartiendo espacio con la facultad, ya que en su origen esa facultad fue de medicina, una cuestión de cercanía con la materia prima de estudio.

Otros pasillos se me aparecieron plenos de urnas, donde depositábamos las tarjetas para “tirar materias” y luego chequear en los listados en que infierno nos habían anotado.

Desde una aula me pareció escuchar la voz de Vicente Díaz, otro maestro recientemente desaparecido a quien conocí en un día poco feliz, enojadísimo con una alumna que pretendía dar la materia libre, habiendo estudiado bien poco.

Y como no podía ser de otra manera, ella también apareció. Ese imposible amor adolescente con quien jamás tuve la suerte de cursar una materia y que un día encontré en un pasillo. Contra lo esperado, contra lo deseado, contra lo soñado, los dos callamos y la vida se encargó una y mil veces de reprochárnoslo.

Ya con una multitud de fantasmas a cuestas, salieron a mi encuentro los Danieles. Albarellos, compañero de estudios que anduvo tanto y tan rápido que ya nos dejó y Cohen, una herida que no cierra, un gran profesor y amigo con quien no tuve ni el tiempo de rencontrarme aquí abajo.

Con la entrada al nuevo edificio,  a través del nuevo patio, a la vista, a mis espaldas y en un susurro la voz de Raul Mayol, mi amigo que decidió irse a los veinte años, me sigue diciendo: “Dale Batman, metamos una más este año, ¿sabés lo que gana un contador en un año?”

No, ya no es mi facultad, no queda nadie, solo yo que ya soy nadie para ella y que ni un recuerdo ya pronto seré. Caigo así violentamente en la cuenta que llegué al edificio nuevo, que no me dice nada, que los alumnos son distintos, que los profesores que veo son diferentes, que el clima, el aire que se respira, no tiene nada que ver con lo que viví. Y que jamás lograría adaptarme si en un rapto de locura intentase volver a hacer algo en ella. Es otro siglo, otro mundo, otra gente. Para mí y sin saberlo empezó la hora del adiós.

Sin embargo, a tiempo y tras la travesía arribo al salón de actos. Allí están ellos, fieles, confiables, seguros, concurriendo a la presentación del libro del camarada. Están ellos y sus fantasmas, distintos que los míos, mucho más dolorosos, pero también son los que los han forjado, serios, profundos, corajudos, solidarios. Los siento cerca, como siempre. Y conoceré por fin el nuevo e insulso salón de actos de la que era mi facultad, de su mano. Pero esa, es otra historia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2014

Y si hablamos de fantasmas, nada mejor que escuchar al más famoso.

Published in: on diciembre 25, 2014 at 1:15 am  Dejar un comentario  

NEGRA

En Fundación CHICHOS suceden cosas extraordinarias todos los días. Cada vez que paso por allí me parece entrar en otra dimensión, salir de una vida anestesiada que me acompaña día y noche e ingresar en un lugar donde a cada paso me topo con lo peor y lo mejor de la humanidad. Hiervo de indignación y al paso siguiente me sorprendo con actos de amor sin parangón. No es extraño que  unos OVNIS hayan decidido visitarlos en varias oportunidades, es un lugar único que no tengo palabras para describir. Solo puedo recomendarles que vayan a conocerlo y que vuelvan y que estén en contacto sobre lo que ahí se vive cada día.

No cualquiera puede estar todo el día, todos los días, en contacto con tantas emociones fuertes sin agotarse, sin enfermarse y ello sin tener en cuenta el duro trabajo de atender a tantos perros, la mayoría enfermos gravemente o discapacitados, con siempre escasos medios, indiferencia oficial, en un clima riguroso tanto en invierno como en verano.

Y suceden milagros. Rita con dos patas quebradas, operada varias veces que viene a recibirme corriendo. Chiqui que tiene nada menos que 19 años y  me sigue por todos lados. Los ciegos que me reconocen. Reyna operada un montón de veces de un intestino que se le sale, que se me duerme en la mano cuando la acaricio y me corre a mil con sus dos patas sanas.

Y suceden bajezas. Muchos perros adoptados que luego se encuentran en la calle abandonados nuevamente. Las adopciones fracasadas y el reingreso. Las muertes súbitas e inexplicables. Los robos. Los ataques. Los abandonos de cachorros en la puerta. El ingreso de perros lastimados por el hombre. Los atropellados, los maltratados, los amputados.

Probablemente un ejemplo para tomar de síntesis que nos conmovió a todos profundamente por su enseñanza imprescindible que , tal como cantaba Tanguito, “pero el amor es más fuerte”, sea la de NEGRA.

Fue una perra negra, común, del montón, que ingresó al refugio por maltrato. Mucho le costó a las mujeres a cargo poder acercarse a ella. Había estado embarazada hacía poco, tenía leche en las mamas pero sus cachorros no estaban con ella.  Al tiempo abandonaron otros cachorros y ella, siguiendo su instinto maternal, no tuvo problema alguno en hacer de nodriza y alimentarlos. Su amor pudo mucho más que su justificada agresividad.

Hacía como un año que vivía en el refugio y cada vez que la miraba me resultaba imposible no reafirmarme en mi creencia que los perros son más evolucionados que los humanos. Sufría el contraste entre la perra agresiva que amamantaba cachorros ajenos y la adolescente soltera que abandonaba al fruto de su entraña en la basura.

Ayer nos dejó, se quedó dormida en su cucha en una noche de invierno. Se fue sin ruido, sin urgencias, sin veterinario. Probablemente cansada de habitar entre nosotros, estos duros humanos que no aprendemos, que descargamos nuestra frustración y angustia existencial maltratando animales. Nos queda su lección, la que trajo sobre el amor, una perra negra, común, del montón.

NEGRA

Supiste del duro maltrato,

del triste maldito humano,

quien osó lastimar ingrato,

tu inocencia con su mano.

Aun así tu conservaste,

innata perruna nobleza,

amor con amor tu pagaste,

nodriza de suma grandeza.

Ayer te rendiste dormida,

en cucha de postizo hogar,

sabedora que en esta vida,

nada te resta por enseñar.

Dos ángeles guían tu vuelo,

Amor y Piedad son sus nombres,

mientras en total desconsuelo,

¡Perdón! te rogamos los hombres.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 17 de julio de 2014

Published in: on julio 17, 2014 at 12:39 pm  Comments (1)  

REVISTA ARTemporal

Foto Paola Palacios Robles

Foto Paola Palacios Robles

REVISTA ARTemporal

Pienso que aun no nos hemos dado cuenta de la revolución mundial que está teniendo lugar en nuestras narices. Y así como el pez que pregunta por el océano porque no lo ve al estar inmerso en él, nosotros seres humanos no hemos terminado de ver la magnitud de la transformación que está teniendo lugar al conectar vía la red global a seres que antes de ella no tenían la más mínima posibilidad de conocerse.  Como tampoco percibimos que es lo que puede suceder al poner tanta información al alcance de tantos, sin fronteras ni límites de edad, sexo o religión. Por supuesto, los que ni siquiera empezaron a darse cuenta son los líderes, cuyo margen de manipulación se ha reducido drásticamente.

No pienso elaborar un ensayo en este espacio, simplemente quiero traerles un ejemplo.

Hace un tiempo mis poemas fueron leídos por una joven mexicana de nombre Paola Palacios Robles. A través de la red intercambiamos lecturas y música y llegué a conocer su dominio del arte fotográfico.

Ella a su vez estaba relacionada con una joven escritora peruana de nombre Karem Fernández Dávila Barahona, también lectora de este blog y que acaba de presentar un profundo libro que pronto comentaré por aquí, titulado Amargo Café, el cual tuvo la gentileza de enviarme desde Arequipa. Conversando con ella descubrimos gustos literarios similares y una desbordante pasión por la misma poetisa: Alejandra Pizarnik.

Ambas confeccionan en la red una revista de arte a la que pusieron por nombre ARTemporal y que lleva cinco números publicados. Lo hacen con sumo esmero y cuidado por la belleza, valor esencial de la poesía.  Soy lector y admirador de dicha obra.

Pues hoy, autorización mediante, me dieron una de las sorpresas más lindas de mi desempeño como escritor. Esperaba ver la mera cita de algún poema mío y en cambio me encontré con un espacio dedicado y embellecido por las fotos de Paola.

Este viejo poeta se quedó sin palabras y sin aliento. Me vi de repente incluido en un canto a la belleza, pasé de observador a observado, de espectador a actor y simplemente me inundó la emoción y la alegría.

Gracias Paola y Karem por este regalo y gracias a la revolución silenciosa que permitió conocernos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 26 de junio de 2014

IR AL SIGUIENTE LINK PARA VER LA REVISTA

http://madmagz.com/magazine/362608#/page/1

Published in: on junio 26, 2014 at 10:14 pm  Comments (2)  

AQUEL CATORCE-SEIS

Encuentro generales Menéndez y Moore 14-6-1982, casa del gobernador en Malvinas

Encuentro generales Menéndez y Moore 14-6-1982, casa del gobernador en Malvinas

 

AQUÉL CATORCE-SEIS

Ninguna derrota tiene padres y casi nunca poesías. Mucho menos sus caras. Sé que no ganaré amigos con esto, pero nadie debería escribir para ello. El escritor escribe por necesidad interior y afronta las consecuencias. No soy amigo del general Menéndez, en realidad no tengo amigos generales y jamás empuñé un arma. Coincidí con él en una vigilia en San Andrés de Giles, nos presentaron, hablamos brevemente, se llevó mi libro y le mostré la foto que me regalara mi amigo, el soldado de artillería Marcos Falcón. Unos meses después se frustró un reportaje que le iba a efectuar para Bahianoticias com, pero la mera posibilidad del mismo me llevó a investigar a la persona y su actuación. Nunca más lo vi ni hablé con él y el frustrado reportaje lo terminó realizando C5N.

Ahí tomé conciencia que él, en casi absoluta soledad y enfrentando el criterio de sus superiores, hasta del propio presidente, había sido quien, aceptando una razonable oferta del enemigo, había sido el responsable del cese del fuego en Puerto Argentino. El primer acto lógico y salvador de miles de vidas de la locura que se había apoderado del tema Malvinas, tras la eufórica plaza del 2 de abril de 1982.

Una cosa era realizar una demostración de fuerza, una toma incruenta del territorio para destrabar unas negociaciones estancadísimas y otra era pelearse, en plena guerra fría, contra toda la OTAN. Del acto justo y necesario a la total locura existió aquella plaza de distancia.

El canciller Costa Méndez le había vendido varios buzones a la Junta Militar, pero ésta había tenido múltiples oportunidades para volver al camino racional. Aceptar la resolución 502 de las Naciones Unidas, hubiera sido uno de ellos. Pero hubo otros momentos en que el entorno político del presidente frustró acuerdos prácticamente sellados por el canciller y Alexander Haig, el negociador enviado por EEUU. Mientras la diplomacia fallaba, los soldados morían.

En la asunción del 7 de abril de Menéndez como gobernador de las islas, asistieron  personalidades de todo tipo: el doctor Favaloro, los sindicalistas Ubaldini, Baldassini y Triacca, los políticos Bittel del PJ y Abelardo Ramos del FIP, representantes corporativos como Gutierrez de la Sociedad Rural y gente de la Unión Industrial. El 14 de junio el gobernador, transformado en comandante, estuvo solo, después y hasta hoy, también.

Una cosa es arriesgar hasta ofrendar la vida por la patria y otra muy distinta es inmolarse en una lucha sin sentido. Durante muchos años pensé que esto último es lo que nuestra sociedad le demandaba al comandante.  Sin embargo, fue mucho peor. Alentados por la propaganda y la cultura del football, que estaba en auge, por coincidir esos aciagos días con el mundial del España, lo que realmente pedían es que el general derrotado se suicidase, tras haber llevado al martirio por la patria a toda la tropa. Una absoluta y total locura. El general es responsable por la vida de sus soldados y solo debe arriesgarla cuando existe la posibilidad de una victoria. Y para él mismo, como el tiempo se encargaría muy bien de demostrar, el suicidio era el camino fácil, el difícil era volver, dar la cara y todas las infinitas explicaciones que todo el mundo le pediría.

Por ello, la poesía que sigue no es un homenaje a la persona sino a la luz de racionalidad de su acto de aquél catorce seis, que salvó la vida de miles de soldados e isleños inocentes. Me tomé la licencia, los poetas siempre lo hacemos, de pintar la escena marco de esa bendita decisión, tanto exterior como interior, basándome en palabras del propio comandante contenidas en videos públicos y en el libro MALVINAS, Testimonio de su Gobernador, que arresto le costara, escrito por Carlos M. Túrolo, cuya primera edición de Ed. Sudamericana de agosto de 1983, conservo conmigo.

Necesité hacerlo en este catorce seis, también teñido de distracción futbolera, 32 años después, mucho más por mi propia conciencia que en defensa del protagonista, mucho más por nosotros, jueces colectivos de cómoda poltrona, tan prestos a embarcarnos en locuras colectivas, que por aquéllos jóvenes hundidos en pozos de zorro, cuya preciosa vida, éste acto tan necesario como doloroso, salvó.

Acompañan a este escrito la foto del encuentro en un pasillo de la casa del gobernador entre los dos generales enfrentados, Menéndez y Moore, la foto del acta de la rendición CONDICIONAL de las fuerzas argentinas ubicadas en ambas islas y un video que contiene el audio de la tensa conversación final entre el comandante y el presidente.

AQUÉL CATORCE SEIS

Cuenta treinta y seis horas sin dormir,

y la tensión sufrida no lo deja comer,

recostado en el piso siente el día venir,

con las cargas que tan cerca oye caer.

Si gélida es la mañana que llega,

peores son las noticias que sabe,

como la nevisca que todo lo anega,

el dolor ya en el pecho no cabe.

Cierra sus ojos por un instante,

y el  sonoro cañón le hace recordar,

a su familia hoy tan distante,

sostén de su larga carrera militar.

Le parece ver un azul claro cielo,

unido al temor del salto primero,

ante la abierta puerta en pleno vuelo,

cuando por paracaidista fue mochilero.

Y el riesgo del monte tucumano,

al que fue por constitucional gobierno,

para detener los golpes de mano,

de errados sembradores de infierno.

Más clarea y con ojos abiertos,

sus recuerdos se vuelven recientes,

la asunción en eufórico puerto.

con tantas personalidades presentes.

La visita del propio presidente,

alertando  encontronazos posibles,

solicitando un resistir valiente,

para hallar diplomacia factible.

Y aquél fatídico día de mayo,

para muchos de fuego bautismo,

en que el bombardeo sin desmayo,

abrió en par la puerta del abismo.

La tropa pasa de quinientos a miles,

la ocupación en guerra se convierte,

el cielo nubla de aviones y misiles,

y los barcos se cubren de muerte.

Se incorpora y dirige al comando,

para recibir solo malas noticias,

el enemigo ha seguido avanzando,

y queda poco espacio y milicia.

Habrá seguramente sopesado,

de ayer la más dura experiencia,

de ocho quirófanos armados,

operando en simultánea urgencia.

Sostiene entonces con el presidente,

tenso diálogo áspero y frío,

que se interrumpe bruscamente,

y lo deja solo con su albedrío.

Unos días resistir le pidieron,

cuarenta y cinco hubo resistido,

y los últimos diez solo fueron,

por comida de barco de heridos.

En su alma el desconcierto reina,

Clausewitz viene en su ayuda,

“El que en batalla perdida se empeña,

injustificadas bajas  acumula.”

El enemigo salida le brinda,

con llamado que oportuno vino,

propone un cese de la contienda,

y evitar una matanza sin tino.

El insomne y fatigado militar,

sabe que todos, todo han dado,

sin munición ni batalla que dar,

con dolor acepta estar derrotado.

Todavía esbozará resistencia,

al imponer al cese condiciones,

y exasperará del inglés la paciencia,

conservando mando de tropa y pabellones.

Con la noche envolviendo Malvinas,

llegará el adversario general,

y se ahogará la ilusión argentina,

en una tachada acta formal.

El bien sabe que no le aguardan,

ni aplausos, ni fanfarria ni honores,

que sus propios jefes lo esperan,

con preguntas, indiferencia y sinsabores.

Sin embargo abriga en su pecho,

el orgullo de la misión cumplida,

y aunque pocos agradezcan lo hecho,

priorizó de sus soldados la vida.

No resulta nada sencillo,

ser de la derrota la cara,

y vivir lejos de todo brillo,

en un pueblo que culpa e ignora.

Ni soportar el reino de venganza,

que por negar al enemigo justicia,

inclina adrede el fiel de la balanza,

y roba a sus nietos las caricias.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de junio de 2014

Acta de rendición condicional de las fuerzas argentinas en Malvinas

Acta de rendición condicional de las fuerzas argentinas en Malvinas

 

 

ANOCHECE

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ANOCHECE

de las sorpresas poéticas

Colonia del Sacramento, en la ribera uruguaya del río más ancho del mundo, es probablemente uno de los escasos refugios románticos apto para amantes y poetas, que sobrevive al impiadoso y horrible avance mercantilista inmobiliario. Su declaración como Patrimonio Cultural de la Humanidad por parte de la UNESCO en 1995, unido al celo de los uruguayos por la preservación de su historia, nos regala la posibilidad de viajar al pasado con una simple hora de ferry.

Huelga decir que cada tanto, en días de semana y especialmente cuando el tipo de cambio en nada favorece la avalancha compradora de mis compatriotas, suelo hacerme una escapada, en absoluta soledad. Pocas cosas reconfortan más a mi espíritu que perderme en interminables caminatas por el casco histórico y su rambla, recogerme a meditar en su antiquísima iglesia y contemplar como la luz, siempre cambiante, forma dibujos y sombras nuevas en las paredes portadoras de siglos.

Nunca falta un perro callejero que se una a mi ruta y pese a haberla fotografiado mil veces, siempre descubro algún ángulo nuevo y fascinante.

Cuando mis heridas rodillas dicen basta, tengo desde hace tiempo mi sitio favorito de descanso: el bar EL TORREON, en la esquina de la Avenida Flores y la costanera. En su ochava, una mesa con vista al río, es el lugar elegido para abrir mi cuaderno y dejar a mi bolígrafo que ejercite su libertad de expresar mi alma.

Generalmente mi cansancio coincide con la más bella hora, la del ocaso sobre el agua, hecho que compone una escena ideal para todo buscador de verdades y bellezas.

A diferencia de otros viajes, más similares a huidas o exilios de situaciones conflictivas e hirientes de imposible solución, mi escapada de esta semana había sido cuidadosamente programada para coincidir con un día de clima apacible y se habían confabulados numerosas circunstancias para que mi ánimo fuese el mejor. Espero así destruir el mito que los escritores somos necesariamente en todo momento, gente torturada por temibles demonios interiores. A veces, estamos bien y también a veces, como en esa tarde de martes, directamente exultantes.

Como también andaba hambriento, pedí el café con leche y tostado más caros de la historia y me dediqué a tomar fotografías del ocaso. Más calmado y con la vista fija en la oscuridad que se cernía sobre el río en calma, escribí la poesía que está más abajo.

Ella fue saliendo al correr de la pluma, no tenía una idea clara de qué expresar ni adonde llegar. A poco de andar – ello se nota en la caligrafía del original-  mi calma se transformó en inquietud y mis versos en preguntas. Me había metido en terreno profundo y seguía preguntándome cosas sin respuesta. La poesía, el ocaso y el silencio, me habían conducido al misterio y no sabía como salir ni cerrar el escrito. Harto de intentarlo en vano, pagué y me fui.

Una hora después, esperando zarpar, me llegaron con mucha calma las dos últimas estrofas, reveladoras por otra parte del origen del tema abarcado.  Es por ello que vuelvo a afirmar la importancia de conectarse con el yo profundo, llámenlo inconsciente si quieren, de un modo regular. Escribir es un camino, ciertamente no el único.

Al contemplar el ocaso recordé el relato de un astronauta sobre su primera impresión acerca del espacio exterior. Dijo que era de una negrura muy profunda, casi inimaginable y que verse inmerso en ella era de las cosas más conmovedoras y aterradoras que había experimentado. En efecto, el día, el espacio de horas en que vivimos, no es más que una ilusión óptica. Son los rayos del sol, que atrapados por los gases de la atmósfera,  dibujan un cielo celeste que no existe. En el espacio exterior, es noche siempre. Y nosotros de noche dormimos. Creemos en el día que no es e ignoramos a la noche que es.

La poesía que surgió nada tenía que ver con mi estado de ánimo presente, tenía en cambio su raíz en algún rincón profundo de mi alma, zaherido por mis semanas de estudio y mis charlas en el café literario sobre La Vida es Sueño de Calderón de la Barca, unido al interesante debate que siguió a las mismas. Sabemos poco, casi nada, como decía Sócrates y ser viajeros de esa ignorancia, habitantes de ese misterio es bastante difícil de sobrellevar. Será por ello que la gran mayoría del género humano elige la vida inconsciente, plena de distracciones y aturdimientos, llena de adicciones y fatigas. Para no escuchar a los poetas o para decirlo mejor, para no escucharse a si mismos, a su alma profunda, que vive reclamándole que de una vez por todas, salga en busca de la verdad……aunque no la alcance nunca.

Los dejo con la poesía que me sorprendió y a solas con vuestra elección de ruta.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 31 de mayo de 2014

ANOCHECE

Anochece en mi alma,

mientras lo hace en Colonia,

el río se fuga en calma,

tal como fuga mi memoria.

Hace no tanto amanecía,

y la esperanza acompañaba,

al río a un nuevo día,

y a mis días que despertaban.

Pocas horas fue el día,

apenas un rato mi vida,

temiendo noche que volvía,

como muerte no vencida.

Si la noche es verdadera,

y solo ilusión el día,

¿Será sueño lo que viviera,

y la verdad la muerte mía?

¿Será engaño toda pasión,

y mentira la alegría?

¿Alguna secreta lección

nos aguarda todavía?

¿Fantasía será el amor,

y toda lucha vanidad?

¿Trampa pura será el dolor,

y falsa toda tempestad?

¿Seremos solo actores

que a nosotros nos mentimos,

luchas, amores y dolores,

por creer lo que fingimos?

Y si todo nada fuera,

¿Asido a qué viviríamos?

¿Qué nuestro andar moviera?

¿Qué papel jugaríamos?

Quizás nos necesitamos,

ilusión, mentira y falsedad,

y a ellas nos aferramos,

por terror de la verdad.

Que es cierto lo oscuro,

que lo nuestro es pasar,

que no hay camino seguro,

que todo debe acabar.

En Colonia la noche reina,

cielo y río ocultos están,

en mi alma duda gobierna,

los sueños muertos ¿adónde van?

Enrique Momigliano

Colonia del Sacramento, 27 de mayo de 2014

 

Hace mucho tiempo Dante escribió NOTTE ETTERNA (noche eterna) con dos t.  Hace poco la hermosa y talentosa Emma Shapplin, soprano francesa le cantó tan bien, que lo hizo con dos t.

Published in: on mayo 31, 2014 at 12:31 pm  Comments (1)  

LAS LAGRIMAS DEL MAESTRO

leonel massad

 

LAS LAGRIMAS DEL MAESTRO

a Leonel Massad, a cuatro años del adiós

 

Aquello que Enrique veía como el trago más álgido de la tempestad  había sucedido rápido. En abril de 1989 había sido catapultado fuera del agonizante gobierno, en mayo la administración a la que perteneciera perdió las elecciones y en julio se produjo el traspaso anticipado del poder a la oposición. En agosto y muy confiado, luego de absorber el golpe, había comenzado a intentar una reinserción en el mercado laboral. Su peor batalla estaba en los inicios. Esa que debería librar contra la traición, la indiferencia y la sospecha de colegas y “amigos” que lo dejaron en la más absoluta soledad, sin posibilidad de ganarse la vida, como siempre lo había hecho: trabajando.

Tras la profunda crisis en que lo sumió el darse cuenta de la bajísima calidad humana de seres que había apreciado hasta entonces, se dispuso a comenzar de cero. Para ello se refugió en un puñado de amigos de verdad y peregrinó con el diario bajo el brazo,  por el centro porteño, por unos cuantos meses. Tendría que llegar a marzo de 1990 para que Carlos, su compañero de públicas aventuras, le acercase el primer cliente, una humilde fábrica del conurbano bonaerense.

Mientras Enrique intentaba dar charlas adonde pudiera acerca de la catarata de leyes que emergían de un apurado Boletín Oficial, los empresarios, verdaderos artífices del golpe de estado económico, se enseñoreaban en el poder.  Designaron como primer ministro de economía a Roig, un funcionario del grupo Bunge, fallecido en pocos días bajo sospechosas circunstancias y se apresuraron a poner en su lugar a Rapanelli, otro alto funcionario del mismo grupo. Ninguno de los dos acertó con la economía y la hiperinflación volvió a campear cerca del fin de ese fatídico año.

Para restañar las heridas de sus fracasadas caminatas, Enrique solía hacer escala por las tardes en su refugio favorito: el estudio de Leonel, su mentor y maestro, quien había sido convocado por el presidente entrante, para integrar una prestigiosa comisión de sabios que ayudasen a salvar la coyuntura económica.

En la inhóspita intemperie, era más que lógico que Enrique buscase seguido un sitio donde además de cambiar ideas y seguir aprendiendo, sintiese un poco del afecto que todo el mundo, injustificadamente, le negaba.

Aquella tarde de fines de noviembre de 1989, de riguroso traje y portafolio, cansado de patear veredas, se encaminó, como tantas veces al sencillo estudio de la calle Viamonte, justo enfrente de la AFA. En el portero eléctrico la voz de Héctor, el hermano de Leonel, sonó afectuosa y clara:

“Leonel no está, fue a una reunión en Hacienda, subí, espéralo que te hago un té”

La perspectiva de una charla amena y profunda a la vez, lo hizo a Enrique decidirse rápidamente.

“Subo”

Salió de ascensor y la puerta de la oficina del segundo piso abierta, enmarcaba la figura de uno de lo seres más buenos que la vida le dio la oportunidad de conocer. Héctor, el carpintero, en realidad debería escribir ebanista, de la DGI, que le había hecho artesanalmente todos los muebles del estudio a Leonel, le sonreía, con esa inocencia infantil que tanto bien le hacía a Enrique, invitándolo a pasar.

Siguió una charla de tangos, la pasión que ambos compartían, un té caliente y un corazón amoroso conteniendo al novel contador desocupado, quien por un rato se reconcilió con el género humano, del cual había aprendido a desconfiar. Hablaron también del hermano y de sus nuevas funciones, del país y de la DGI, la que Enrique añoraba.

Sonó el timbre y Héctor se apresuró a abrir, creyendo que era Leonel. Se equivocó, era otro gran amigo de ambos, el abogado Carlos Pedro, que como venía haciendo por muchos años le traía una consulta al maestro, a ese sencillo estudio donde poco tiempo después se incorporaría para trabajar hasta el fin de sus días. Primer compañero de trabajo de Enrique, primer educador laboral, dueño de una picardía e ironía sin igual, cultor de un fino sentido del humor, asistente a la ceremonia de graduación de Enrique y compañero de viajes laborales, había Carlos Pedro también tenido el dudoso honor de ser testigo de su malhadada boda. Nada hizo mella en el afecto que ambos se tenían.

La charla tripartita se hizo larga como la espera. Leonel se demoraba más de lo que todos imaginaban. Cada uno se enfrascó en una tarea para hacer tiempo. Héctor se dedicó a ordenar papeles, Carlos Pedro a corregir un memorándum y Enrique se sentó en el despacho de Leonel a leer el Boletín Oficial.  Mientras lo hacía imaginaba una llegada amable de su maestro y alguna nutritiva charla. Grueso error.

Una nerviosa llave abrió la puerta del estudio y un desencajado Leonel ingresó a toda velocidad. Sin saludar entró a su despacho y arrojó violentamente la carpeta que portaba, llena de papeles contra el escritorio. Atrapado en su sorpresa, Enrique solo atinó a mirar a Héctor que había seguido, pleno de preocupación, a su enfurecido hermano. Héctor le guiñó un ojo y llevó su mano a los labios, en inconfundible señal de silencio. Enrique, aún atónito, obedeció.

Preso de la rabia y la impotencia Leonel se desplomó en el sillón y fijó la vista en la ventana del despacho. Nada había para mirar, solo quería no mirar a nadie o mejor dicho que nadie lo mirase a él.

Sentado enfrente, era muy difícil para Enrique no mirarlo. Al principio bajó la mirada y siguió con su boletín, como si nadie hubiera entrado. Empero, al poco rato y muy lentamente subió apenas la vista y pudo ver una lágrima rodando por la mejilla de su maestro. Bajó la mirada pero la volvió a alzar. Otra lágrima rodaba tras la primera y los ojos, otrora furiosos, se perdían en la ventana, dejándose invadir por el dolor.

Siguieron así en silencio un largo rato que a Enrique le pareció eterno. No podía irse, no debía hablar ni preguntar y empezaba a creer que estaba de más, cuando Leonel, su maestro, volvió el rostro hacia él. Se había calmado un poco.

Enrique lo miró sin decir palabra, solo para advertir que los ojos que tenía enfrente estaban inundados de pena.

“¿Sabés que pasa Enrique? ¿Tenés idea de lo que me pasa?” preguntó el maestro.

“No” dijo Enrique en un susurro apenas audible.

“Que me acabo de convencer, después de una reunión en la que me pelee con todos, que cada vez que hay una crisis económica en el país, cualquiera haya sido el causante o culpable, es imposible que no la terminen pagando los que menos tienen. ¿Y sabés porqué?” inquirió un todavía algo agitado Leonel

“No” repitió Enrique en un tono más compuesto.

“Porque son los únicos que no tienen lobby, los únicos que no llegan al poder, los únicos que no tienen como presionar al gobierno para que las medidas no los afecten. Todos los demás, en situaciones como ésta, en lugar de hacer algún aporte, sólo se empeñan en que el costo recaiga en otro. Cero solidaridad, cero responsabilidad, solo buscan hundir al hundido, total ya están ahí, un poco más abajo no hace ninguna diferencia”, sentenció Leonel desbordado de indignación.

Enrique no supo qué decir, se limitó a registrar una prueba más de las que había obtenido en sus dos años como subdirector. Las ideas importan poco, los intereses mandan y los individuales reinan absolutamente sobre el bien común.

Leonel no quiso ni pudo dar más detalles. Enrique ni quiso saberlos, ya bastante enfermo de decepción estaba como para seguir abonando la herida. Al rato y devuelto Leonel a sus tareas habituales,  volvió a su callejero peregrinar en busca de trabajo.

Por un tiempo espació las visitas, su refugio favorito había adquirido a partir de esa inolvidable tarde, el aspecto de una trinchera. Leonel continuó con sus reuniones de la comisión de notables.

A fin de ese año y de la mano de Erman González, contador riojano del presidente devenido ministro de economía, veía la luz el plan Bonex, cambiando por deuda a diez años, los ahorros en dólares de miles de argentinos, licuándolos. Un año después, de la mano de un calvo que ni siquiera merece ser nombrado, una brutal devaluación llevaría al cambio del signo monetario en el primer acto de la convertibilidad, produciendo una masiva transferencia de ingresos y ahorro de los sectores menos pudientes en favor de los detentadores del poder económico concentrado. Iniciaba para ellos una década de fiesta inolvidable con su contracara de pérdida de empleo y marginalidad. Diez años después la mega crisis del 2001, también sería pagada por los sectores menos favorecidos con una brutal devaluación del 300%, morigerada para los poderosos con la inédita e inexplicable “pesificación asimétrica”.

El maestro ya no está y Enrique observa como sus palabras angustiosas de aquella tarde en la  oficina de la calle Viamonte, resultaron proféticas en cada crisis pasada. Y también observa con el recuerdo de sus lágrimas, como en la presente, por más relato encontrado que se insinúe, está sucediendo exactamente lo mismo. Nada nuevo parece haber bajo el sol.

Solo para Enrique algo ha cambiado. Dolorosamente, se ha quedado sin refugio.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de mayo de 2014

Un cercano día, una locutora amiga lloraba en una red social, la partida de quien fuese su mentor y maestro. Decidí regalarle una poesía, que es un homenaje a todos los mentores y al indeleble legado que dejan en sus afortunados discípulos. Me resultó más que sencillo componerla, lo hice pensando en Leonel, a quien extrañaba y extraño horrores.

 

FARO

 Es inmenso el vacío que queda,

 al partir el creador de la huella,

 porque su vida fue ejemplo,

 que en nuestra alma hizo mella.

 Resta a nos seguir a toda costa,

 honrando así su memoria,

 mientras alzamos la posta,

 y continuamos la historia.

Anhelaremos el rencuentro,

 algún incierto día en el cielo,

 cuando tras la misión cumplida,

 elevemos nosotros el vuelo.

Mientras cual faro escondido,

 guiará nuestra frágil senda,

 ese viejo maestro tan querido,

 hasta que nuestra luz se encienda.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 1 de diciembre de 2013

Fue en el 2008, ya estaba muy enfermo y le costaba hablar. Aun así dio una opinión impecable sobre temas que  hoy se debaten. Sirva como recuerdo. Sería más que deseable que tanto la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, como el Consejo Profesional de la CABA, como la Asociación Argentina de Estudios Fiscales, subiesen a la red algún video de las tantas clases magistrales que por tantos años Leonel Massad, generosa y desinteresadamente brindó en dichos ámbitos. Los que mucho aprendimos de él, seguimos esperando poder volver a escucharlo.

Published in: on mayo 20, 2014 at 1:52 am  Dejar un comentario  

MANCHITAS, EL ABRAZO DE DIOS

Manchitas

MANCHITAS, EL ABRAZO DE DIOS

Las vacaciones sanclementinas entraban en su fase final, me quedaban dos días solo con mi hija, tres con ella y su novio y dos en soledad absoluta, excepto por mis inseparables Pety y Benji. Había sido un mes raro, frustrante, con mal clima, sueños rotos, poco nado y mucho ruido  económico.  (más…)

Published in: on febrero 9, 2014 at 1:10 pm  Comments (1)  

ABRAZO

abrazo

 

ABRAZO

“No soporto más esta soledad acompañada” sonó su voz en el teléfono. La contuve como pude, corté y me pregunté “¿Y vos?”. La larga reflexión que siguió arrojó resultados interesantes. Todos estamos solos, todo el tiempo lo estamos, nacemos solos y morimos solos. La diferencia estriba en aceptarlo así crudamente o en empeñarse tenazmente en negarlo, auto engañándose. Hay quienes no soportan estar solos ni una tarde, mucho menos un día completo y viven importunando a los que tienen a mano para hacer algo juntos. Otros con igual fin llenan su agenda de múltiples actividades grupales, incluso en los días de esparcimiento o vacaciones. Los hay también aquellos que conciben la familia como un equipo de futbol, nada puede hacerse sin los once en el mismo lugar. La vorágine que arman los defiende de la percepción de su soledad.

Inevitablemente, más tarde o más temprano, la sabia vida nos hace entender que estamos solos. Un traspié económico, una enfermedad desagradable, una ruptura familiar, un despido laboral, son los ingratos métodos que utiliza para hacernos ver que en realidad toda esa multitud con que creíamos contar se ha transformado en unos geniales inventores de excusas para eludirnos. Sobreviene la decepción y la depresión, llegan los ansiolíticos y el alcohol, hasta que algún ángel terreno nos ayuda a ponernos de pie y nos dedicamos puntillosamente a armar una nueva vorágine que nos defienda de la soledad, que, vaya a saber por qué, uno asocia a la muerte.

Pero también llega un momento, en general después de los 50, cuando uno empieza  el descenso, que las vorágines hastían. El contacto humano ininterrumpido requiere un esfuerzo que agota rápidamente las energías mermantes y uno empieza a buscar el refugio de la soledad, a la cual ya no la encuentra tan hostil y aterradora sino que la empieza a ver como a una amiga reparadora y confidente. Es allí cuando existen grandes chances que decidamos comenzar el viaje interior de profundo autoconocimiento. Y dicho viaje, si bien necesario y sanador, es definitivamente solitario. Podremos compartir los descubrimientos con algún analista o cierto amigo que se encuentra en la misma búsqueda pero adonde vamos, nadie puede venir con nosotros, mucho menos nuestra propia familia.

Ese viaje nos gusta y asusta al mismo tiempo, nos atrae y le huimos con igual intensidad, pero también llega un punto en que se nos torna imprescindible. Justo en ese momento en que hacemos las valijas y lo comenzamos a transitar, es que aceptamos ser y estar solos todo el tiempo. Solos, aun cuando estemos en un asado con cien personas, solos aunque durmamos siempre acompañados, solos aunque demos una charla para un aula llena, solos, irremediablemente solos. Parecería que el si mismo no admite compañía.

Y uno viaja, y se va descubriendo, y va creciendo, y va emergiendo la propia sombra que disgusta y seduce, que molesta hasta que la acogemos. Uno también sabe que ese viaje tiene un destino y que ese destino es un encuentro. Intuye que hay un gran encuentro final que no corresponde a este plano, que el encuentro con uno será a la vez el encuentro con todos, porque ocurrirá en el UNO, que todo ha creado, que todo gobierna y del cual solo somos una partícula aislada volviendo al hogar. Pero el viaje es largo y uno se da cuenta que al emprenderlo ha quemado las naves y ha incendiado el puerto. Ya no hay vuelta atrás.

Algunos tenemos la bendición de tener encuentros parciales que nos traen reminiscencias de lo que intuimos será el encuentro final. Son esos encuentros esporádicos con almas gemelas, con almas afines, cada una embarcada en su viaje, cada una con sus propias naves quemadas y puerto incendiado. Y en esos instantes el velo se descorre y uno se afirma en la senda, le parece pequeño el costo, junta coraje, toma impulso y retoma el viaje.

Empero el camino es duro. La mala noche en la mala posada de Santa Teresa deja de ser una frase para convertirse en una palpable realidad, la condición humana pesa y nos arrastra cuesta abajo, la sombra se divierte con nuestras mejores intenciones. Y uno flaquea, y uno llora, y uno añora el puerto incendiado y a la nave nodriza quemada, y uno empieza a preguntarse si no habría sido mejor redoblar los esfuerzos para seguir negando todo. Por un rato, hasta que se da cuenta que el camino tomado es el que debía tomar.

En ese instante, para ponerse de pie, para empuñar la lanza, para dar el próximo paso, uno reconoce que lo que más necesita es un abrazo y ve con horror que no hay nadie cerca dispuesto a dárselo. Allí nació esta poesía.

 

ABRAZO

Se que estoy en camino,

se que mucho no resta,

se que aun me esperas,

para entrar a la fiesta.

Aun se levantarme,

de toda mala caída,

aun se encontrarme,

en cada senda perdida.

Se ver en cada recodo,

que infame de ti aleja,

la vida que a su modo,

lección nueva me deja.

Seco mis lágrimas solo,

ahogo solo mi grito,

solo navego la noche,

el día solo transito.

Cabalgo en esperanza,

Fe mi escudo invicto,

Amor por única lanza,

de mi andar bendito.

Empero algunas veces,

muero por un abrazo,

en el desierto camino,

que conduce a tus brazos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de enero de 2014

 

Franz Liszt, a mi juicio, el más grande pianista que ha dado la historia, compuso muchas obras accesibles solo a un selecto grupo de pianistas, ciertamente no quería competencia. El uso integral del teclado, los sonidos y acordes totalmente originales, los arpegios irrealizables, las octavas extendidas, generan una música absolutamente espiritual. La obra que más me conmueve es “Armonías poéticas y religiosas”. La número 3, que aquí dejo se llama justamente “Bendición de Dios en la soledad”, un consuelo más que anhelado.

Published in: on enero 28, 2014 at 1:44 pm  Comments (1)