POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII

 

 

ALESSANDRO MANZONI

 

POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII

Como saben estoy leyendo, debería decir estudiando, una de las obras más emblemáticas de la literatura italiana, I Promessi Sposi ( Los Novios) de Alessandro Manzoni. Una obra que le llevó 20 años culminar en 1842, pero que se sitúa en las tierras del norte de Italia en el año 1628, a la sazón gobernada por los Habsburgos de Madrid, España. Imaginar a italianos gobernados por españoles y 200 años atrás, le requirió al autor un supremo esfuerzo investigativo y narrativo. Estoy mas o menos por la mitad y me tiene tan atrapado como al inicio. Se trata de dos novios desdichados porque le impiden su boda, por razones bien distintas a las de Romeo y Julieta y en el curso de las peripecias consecuentes, aparecen narradas costumbres, relaciones de poder, la nobleza, los vanos esfuerzos legislativos, la corrupción, el clero y sus mañas, los bravos al servicio de los poderosos, los campesinos y la gente de la ciudad. Un fresco con todos los matices de la sociedad de entonces, reitero 1628, casi 400 años antes de nuestro tiempo actual.
Cual no sería mi sorpresa al toparme entre las páginas 221 del primer tomo y la página 253 en el segundo tomo, es decir los capítulos XII y XII enteramente dedicados al estrepitoso fracaso de un proyecto populista con respecto a un bien escaso y trascendente para el pueblo, como lo es, sin duda, el pan. Y más que interesante resultan las consecuencias políticas de dicho fracaso y como las percibe la población en general y cual es su conducta posterior. Una verdadera joya que reproduzco a continuación en sus párrafos esenciales, sustituyendo en homenaje a la brevedad, muchas de las 32 páginas con mis palabras. En vísperas del voto es bueno recordar en la pluma de un maestro que hay recetas que fracasaron siempre, aunque el pueblo pida, una y otra vez, insistir en ellas.

XII

Era aquél el segundo año de cosecha escasa. En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años previos habían suplido, hasta cierto punto, la carencia; y la población había llegado, si bien no harta ni hambrienta, ciertamente desprovista, a la mies de 1628, en la que estamos con nuestra historia. Pero la tan deseada siega fue incluso más mísera que la anterior, en parte por mayor contrariedad de las estaciones (y esto no sólo en Milan, sino también en buena cuenta de los pueblos circundantes), en parte por culpa de los hombres. El derroche y el despilfarro de la guerra, esa hermosa guerra de la que ya hemos hecho mención, era tal que, en la parte del estado más cercana a ella, muchas tierras más de lo ordinario quedaban sin cultivo y abandonadas por los campesinos, quienes, en vez de procurar con el trabajo pan para sí y para los otros, se veían obligados a mendigarlo por caridad. He dicho «más de lo ordinario» porque los insoportables tributos impuestos con una codicia y una insensatez igualmente inmensas, la conducta habitual, también en plena paz, de las tropas alojadas en los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquellos tiempos igualan a la de un enemigo invasor, otras causas que no hay aquí lugar para mencionar, iban ya desde hacía un tiempo obrando lentamente aquel triste efecto en todo Milan; las circunstancias particulares de las que ahora hablamos eran como una repentina exacerbación de un mal crónico. Y no había terminado de arreglarse aquella cosecha cuando las provisiones para el ejército y el derroche que siempre las acompaña, le hicieron tal mella que la escasez se hizo sentir de repente y, con ella, aquel efecto suyo doloroso, tan saludable como inevitable, el encarecimiento.
Pero cuando esto llega a cierto punto, nace siempre (o, al menos, ha nacido siempre hasta ahora y, si aún lo hace, después de tantos escritos de hombres de valía, ¡pensad en aquel tiempo!), nace una opinión en muchos de que la escasez no tiene razón. Se olvida haberla temido, predicho; se supone de pronto que hay grano bastante y que el mal viene del no vender el suficiente para el consumo; suposiciones que no tienen pies ni cabeza, pero que lisonjean a un tiempo la cólera y la esperanza. Los acumuladores de grano, reales o imaginarios, los poseedores de tierras, que no lo vendían todo en un día, los horneros que lo compraban, todos aquéllos en suma que lo tenían en poco o suficiente, o que tenían fama de tenerlo, a éstos se culpaba de la penuria y el encarecimiento, éstos eran el blanco del lamento general, la abominación de la multitud mal y bien vestida. Se decía de seguro dónde estaban los comercios, los graneros llenos, desbordantes, apuntalados; se indicaba el número de sacos, disparatado; se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de grano que se enviaba secretamente a otros pueblos, en los que probablemente se bramaba con igual seguridad que el grano de allí se enviaba a Milán. Se imploraban a los magistrados aquellas medidas que a la multitud parecen siempre, o al menos han parecido siempre hasta ahora, tan justos, tan simples, tan aptos para hacer salir el grano escondido, tapiado, enterrado, como decían, y hacer volver la abundancia. Los magistrados algo hacían: como establecer el precio máximo de algunas mercancías, intimar penas a quien rehusare vender y otros edictos del género. Como, sin embargo, todas las medidas de este mundo, por fuertes que sean, no tienen la virtud de disminuir la necesidad de alimento ni de hacer venir mercancías fuera de estación y, como en este caso particular, no tenían ciertamente la de sacarlas de donde quiera que sobrasen, el mal duraba y crecía. La multitud atribuía tal efecto a la escasez y la debilidad de los remedios, y solicitaba a gritos otros más generosos y decisivos. Y , para su desventura, halló la horma de su zapato. En ausencia del gobernador don Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba el asedio de Casal del Monferrato, hacía sus veces en Milán el gran canciller Antonio Ferrer, también español. Este vio, ¿y quién no lo habría hecho?, que es en sí cosa muy deseable que el pan tenga un precio justo y pensó, y ése fue su fallo, que una orden suya podía bastar para producirla. Fijó la meta (así llaman aquí a la tarifa en materia de comestibles), fijó la meta del pan al precio que habría sido justo si el grano se hubiese vendido por lo común a treinta y tres liras el modio, cuando se vendía a hasta ochenta. Hizo como una mujer que se siente joven y cree rejuvenecer de veras alterando su fe de bautismo. Órdenes menos insensatas y menos inicuas habían dejado de ejecutarse, más de una vez, por la resistencia de las propias cosas; pero la ejecución de ésta la vigilaba una multitud que, viendo finalmente convertido en ley su deseo, no habría sufrido que fuese una burla.
Acudió enseguida a los hornos, a pedir el pan al precio tasado; y lo pidió con la resolución y la amenaza que dan la pasión, la fuerza y la ley reunidas.
Si los horneros protestaron, no lo preguntéis. Desleír, amasar, meter y sacar del horno sin pausa; porque el pueblo, sintiendo vagamente que era una cosa violenta, asediaba los hornos de continuo para disfrutar de la fábula mientras durase; trabajar como esclavos, digo, y afanarse más de lo habitual para salir perdiendo, cualquiera puede ver qué hermoso goce debe de dar. Pero, por una parte, los magistrados que intimaban penas y, por otra, el pueblo que quería ser servido —y cuidado que algún hornero se demorase, porque apuraba y gruñía con ese vozarrón que tiene, y amenazaba una de aquellas justicias suyas, que son de las peores que se pueden hacer es este mundo—; no había salvación, era preciso mezclar, meter y sacar del horno, y vender. Pero, para continuar aquella empresa, no bastaba que se les ordenase ni que tuviesen un gran miedo, era preciso poder; y, un poco más que la cosa hubiese durado, no habrían podido. Hacían ver a los magistrados la iniquidad y la insoportabilidad de la carga que les habían impuesto, protestaban con querer tirar la pala en el horno e irse; y, mientras, seguían adelante como podían, esperando, esperando que, una vez u otra, el gran canciller entrase en razón. Pero Antonio Ferrer, quien era lo que hoy diríamos un hombre de carácter, respondía que los horneros se habían aprovechado mucho y más en el pasado, que se aprovecharían mucho y más al volver la abundancia; que también se vería, se pensaría quizá en darles algún resarcimiento; y que, entretanto, siguiesen así adelante. Fuese que estaba verdaderamente persuadido de estas razones que alegaba a los demás o que, aun conociendo por los efectos la imposibilidad de mantener su edicto, quisiese dejar a los otros la odiosidad de revocarlo —pues ¿quién puede entrar ahora en el cerebro de Antonio Ferrer? —, el caso es que siguió firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (un magistrado municipal compuesto por nobles que duró hasta el noventa y seis del siglo pasado) informaron por carta al gobernador del estado de las cosas: que encontrase él algún expediente que les permitiese avanzar. Don Gonzalo, enredado hasta las cejas en los asuntos de la guerra, hizo lo que el lector se imagina ciertamente: nombró una Junta a la que confirió la autoridad de establecer para el pan un precio que fuese posible; algo que pudiera salvar tanto a una parte como a la otra. Los diputados se reunieron o, como se decía a la española en la jerga administrativa de la época, se ayuntaron; y tras mil reverencias, cumplidos, preámbulos, suspiros, suspensiones, proposiciones al aire, tergiversaciones, todos trajines hacia la deliberación de una necesidad sentida por todos, sabiendo bien que jugaban una gran carta, pero convencidos de que no había otra cosa que se pudiese hacer, concluyeron encarecer el pan. Los horneros respiraron; pero el pueblo enfureció.

 

En síntesis, Ferrer, el mandamás a cargo puso un precio máximo. Con ello fundió a los panaderos. Gonzalo, el verdadero mandamás nombró una comisión, esta encareció el pan, para volver a hacer la producción posible y reinó el descontento popular.

 

La noche antes del día en que Renzo llegó a Milán, las calles y plazas bullían de hombres que, transportados por una rabia común, dominados por un pensamiento común, conocidos o extraños, se reunían en corrillos sin haber tenido la intención, casi sin percatarse de ello, como gotas esparcidas sobre la misma pendiente. Cada discurso acrecentaba la persuasión y la pasión de los oyentes, así como las del que lo había proferido. Entre tantos apasionados, los había, claro está, más de sangre fría, que observaban con gran placer cómo se iba enturbiando el agua y se las ingeniaban para enturbiarla más, con esos razonamientos y esas historias que los despabilados saben componer y los ánimos alterados, creer; y se proponían no dejarla reposar, esa agua, sin la ganancia de los pescadores. Miles de hombres se fueron a la cama con el vago sentimiento de que era preciso hacer algo, que algo se haría.

 

Sigue a continuación el maravilloso relato de la rebelión popular que comienza con el asalto a un repartidor de pan, continúa con el saqueo y destrucción de una panadería y concluye con el asedio e intento de copamiento de la casa particular del Vicario de la Provisión ( una especie de Secretario de Comercio), Veamos algunos pocos párrafos de esta situación tan dramática

 

La vista del botín hizo olvidar a los vencedores los planes de venganza sanguinaria. Se abalanzan sobre las arcas, saquean el pan. Alguno, sin embargo, corre al mostrador, salta la cerradura, agarra los cuencos, aferra monedas a puñados, las mete en los bolsillos y sale cargado de dinero, para volver después a robar pan si queda. La multitud se dispersa por los comercios. Echa mano a los sacos, los arrastra, los rompe; alguien se mete uno entre las piernas, desata la boca y, para reducirlo a una carga que pueda llevar, tira una parte de la harina; alguien, gritando:
—¡Espera, espera! —se inclina y tiende el delantal, un pañuelo, el sombrero, para recibir aquella gracia de Dios; uno corre a una artesa y toma un pedazo de masa, que se alarga y se le escapa por todas partes; otro, que ha conseguido un coladero, lo lleva por el aire; quien va, quien viene: hombres, mujeres, niños, empujones, dados y devueltos, gritos y un polvo blanco que se posa sobre todo, de todo se eleva y todo lo vela y lo nubla. Fuera, un gentío compuesto de dos procesiones opuestas que se rompen y se obstaculizan entre sí, la de quien sale con el botín y la de quien quiere entrar a lograr el suyo.

—Queda ahora descubierta — gritaba uno— la impostura infame de esos bribones que decían que no había ni pan, ni harina, ni grano. Ahora se ve la cosa clara y evidente; y no nos podrán ya engañar. ¡Viva la abundancia!

El vicario de provisiones, elegido cada año por el gobernador entre los seis nobles propuestos por el Consejo de Decuriones, era el presidente de éste y del Tribunal de provisiones, que, compuesto por doce, también estos nobles, tenía, entre otras atribuciones, la de los víveres. Quien ocupaba tal puesto debía, necesariamente, en tiempos de hambre e ignorancia, ser nombrado autor de los males: a menos que hubiese hecho lo que hizo Ferrer; cosa que no estaba en sus facultades, ni
aunque hubiese sido su idea.

—¡Viva la abundancia! ¡Mueran los hambreadores! ¡Muera la carestía! ¡Abajo la provisión! ¡Abajo la Junta! ¡Viva el pan!
Verdaderamente, la destrucción de las artesas y los cedazos, la devastación de los hornos y el desorden de los horneros no son los medios más comunes para hacer vivir el pan, pero ésta es una de las sutilezas metafísicas a las que una multitud no llega. No obstante, sin ser un gran metafísico, un hombre llega a ellas a veces a la primera, aun siendo nuevo en la cuestión; y, sólo a fuerza de hablar de ellas y de oír hablar, se volverá incapaz también de entenderlas.

Había un apremiar y un retener, como un remanso, una indecisión, un murmullo confuso de contrastes y consultas. En ésta, estalló por medio de la multitud una voz maldita:
—Está aquí cerca la casa del vicario de provisiones: ¡vamos a hacer justicia y a saquearla! Pareció el recuerdo común de un acuerdo ya cerrado más que la aceptación de una propuesta. «¡Donde el vicario! ¡Donde el vicario!», es el único grito que se oye. La turba se mueve, toda junta, hacia la calle donde estaba la casa mencionada en tan mal momento.

XIII

—¡El vicario! ¡El vicario! ¡El hambreador! ¡Lo queremos! ¡Vivo o muerto! El desdichado andaba de cuarto en cuarto, pálido, sin aliento, dándose con una mano en la otra, encomendándose a Dios, y a sus criados que se mantuvieran firmes, que encontrasen la manera de hacerlo escapar. Pero ¿cómo? y ¿desde dónde?

 

A esta altura se preguntarán quien viene presuroso a rescatar al Vicario, consagrado en el chivo expiatorio de la bronca popular. Piensen un poquito, recuerden nuestra historia cercana y acertarán.
Siiiiii, efectivamente, el mismo, Antonio Ferrer, el que había desatado todo el problema poniendo un ridículo precio máximo al pan y llevando a la quiebra a los panaderos. Llega, le salva la vida al Vicario con la promesa al pueblo de encarcelarlo para que pague sus culpas y promete que al día siguiente habrá pan a precio máximo para todos ( y todas).

 

De repente, un movimiento extraordinario, comenzado en un extremo, se propaga por la multitud, una voz se divulga, corre de boca en boca: —¡Ferrer! ¡Ferrer! Maravilla, alegría, rabia, inclinación, repugnancia, estallan allí donde llega aquel nombre; quien lo grita, quien quiere ahogarlo; quien afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema. —¡Está aquí Ferrer! —¡No es cierto! ¡No es cierto!
—¡Sí, sí! ¡Viva Ferrer! Que ha bajado el precio del pan. —¡No! ¡No! Esta aquí, está aquí, ¡en la carroza! —¿Qué importa? ¿Qué tiene él que ver? No queremos a ninguno. —¡Ferrer! ¡Viva Ferrer! El amigo de la pobre gente. Viene para llevar a prisión al vicario.

 

Obviaré aquí unos magistrales párrafos acerca de los componentes de una turba y de como se los maneja por escapar al centro de la cuestión, no obstante recomiendo fervientemente su lectura. Ferrer rescata al aterrorizado Vicario en su propia carroza y pasa entre el pueblo que lo vitorea.

 

El viejo Ferrer presentaba ora a una portezuela, ora a la otra, un rostro todo humilde, sonriente, amoroso, un rostro que había reservado siempre para cuando se encontraba en presencia de don Felipe IV , pero que se vio obligado a derrochar también en esta ocasión. Hablaba también, pero el revuelo y el zumbido de tantas voces, los vivas mismo que le hacían, dejaban muy poco y a muy pocos oír sus palabras. Se ayudaba, por lo tanto, con señas, poniéndose ora las puntas de los dedos sobre los labios para tomar un beso, que las manos, separándose de pronto, distribuían a derecha e izquierda en agradecimiento por la benevolencia pública; extendiéndolas y moviéndolas ora lentamente fuera de una de las portezuelas para pedir que abriesen paso; bajándolas ora gentilmente para pedir un poco de silencio. Cuando había logrado un poco, los más cercanos oían y repetían sus palabras:
—Pan, abundancia. Vengo a hacer Justicia; paso, por favor
Derrotado, luego, y como ahogado por el ruido de tantas voces, por la vista de tantos rostros juntos, de tantos ojos sobre él, se retiraba un momento, hinchaba los carrillos, daba un gran suspiro y decía para sí: «Por mi vida, ¡qué de gente!».
—¡Viva Ferrer! No tenga miedo. Es vuestra merced hombre de bien. ¡Pan! ¡Pan!
—Sí, pan, pan —respondía Ferrer —. Abundancia, lo prometo. —Y se llevaba la mano al pecho—. Paso — añadía al punto—. Vengo para llevarlo a prisión, para darle el justo castigo que merece.

 

Convendría aclarar que Manzoni nunca visitó nuestro país, de modo que resulta imposible que se haya inspirado en él. Tambíen convendría que todos los candidatos del día de hoy leyesen estos párrafos, en principio por su propio bien. Y por último convendría a nosotros pobres mortales sin ninguna cuota de poder ni aspiración a tenerla que dejásemos de apoyar proyectos populistas insustentables que llevan en si mismo, la rara paradoja de terminar convocando como salvadores a los causantes de la tragedia, esperemos que la experiencia por una vez sea capaz de derrotar a las falsas esperanzas.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de agosto de 2017

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Published in: on agosto 13, 2017 at 2:22 am  Dejar un comentario  

Hilvanando sueños en Chilibroste

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HILVANANDO SUEÑOS EN CHILIBROSTE

El libro me llamó, como tantas veces me ha sucedido. Terminaba febrero y nuestra reunión de comisión directiva de la Asociación Responde (http://responde.org.ar/sitio/), una ONG de la que participo hace más de una década y que se ocupa de los pequeños pueblos del interior, en riesgo de desaparición.
Levanté la vista hacia la biblioteca y una hermosa foto de tapa, nada menos que de una prolija estación de tren cobijaba un libro de Editora del Carmen, cuyo título era Taller Literario de Chilibroste HILVANANDO SUEÑOS.
Lo di vuelta en mis manos y una foto color de sus once autores me introdujo en el acertijo, aún no resuelto del todo, de unir las imágenes con los escritos. Agustín Bastanchuri, nuestro director ejecutivo me identificó a uno de ellos como Gastón Notthebon, simplemente por ser quien le acercó el libro a nuestra sede.
Chilibroste es un pueblo del sur cordobés, ubicado sobre la ruta provincial 2 a unos 40 km al norte de la autovía 9 y a unos 70 km al este de Villa María, cuenta con 576 habitantes según el censo de 2010.
Hace años cuando decidí cambiar de vida, se abrieron ante mi distintos caminos y como he hecho en cada nuevo ciclo que me atreví a empezar, decidí explorarlos en simultáneo a todos ellos y dejarlos que fueran quienes dibujasen a su antojo mi ruta. Al principio sonaron un tanto incompatibles, de un año a esta parte se comenzaron a mezclar, a tomar sentido, a hacer evidente la razón de su convivencia. Ayer tesorero de la ONG y hoy revisor de cuentas, este libro en mis manos me estaba diciendo que esa labor contable iba a ser cruzada por mi vocación literaria, que vengo desarrollando ininterrumpidamente desde el 2006 en la web y desde el 2009 en el café literario de la Biblioteca Popular Alberdi del porteño barrio de Villa Crespo.
“Me lo llevo Agustín, lo quiero leer, lo traigo en la próxima” dije sin dudar. Agustín satisfecho, solo atinó a sonreír, sabía en su interior que ese inesperado cruce no haría más que fortalecer mi lazo con Responde.
Detesto profundamente leer más de un libro a la vez y siempre, por distintas razones, termino leyendo ocho al unísono. Esta vez no pude, dejé los otros siete y devoré al libro del taller. En nuestro café literario llevamos dos antologías publicadas y aún no olvido la emoción que me produjo la presentación de la primera de ellas (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/04/21/fiestaaaa/).
Las distancias y mis ocupaciones me mantuvieron alejado de la labor concreta en los pueblos que lleva a cabo Responde, así como del impacto en los grupos humanos sobre los que actúa. Esta era la oportunidad de verlo y en un grupo que hace lo que más amo: escribir.
Asimismo, me crié en Temperley que hoy es toda una ciudad, pero que 58 años atrás era un pueblo de calles de tierra, algunas pocas empedradas, construido alrededor de una estación de tren. Mi fantasía infantil solía volar seguido por los andenes, despertarse con las campanas y maravillarse ante esa bestia negra a vapor que frenaba y arrancaba resoplando y llenado el aire de nubes blancas.
Muchos años después, esas cosas del amor, me llevaron a otro pueblo provinciano, Capitán Sarmiento, cuyo centro también ocupaba una estación de tren y no hace falta decir que era mi lugar favorito de caminatas a solas o en compañía.
Definitivamente, las estaciones tienen magia y no la han perdido porque el tren no venga. Ellas de algun modo lo siguen esperando y si uno se sienta en sus bancos, parece que en cualquier momento volarán las hojas con el paso del rápido o saldrá a su encuentro el jefe – todo un personaje de uniforme- para avisar que existe algún retraso.
Por suerte no hubo topadoras que las demoliesen todavía. Y uno las puede ver reconvertidas. En Temperley el tren siguió llegando, en Capitán Sarmiento es casa de cultura con un bello museo y vengo de asistir al museo del veterano que en San Andrés de Giles, ocupa, en otro cruce de caminos vitales, la estación del tren que se levantó.
Si a ello sumamos que la ONG en que actúo, con el auspicio económico de Lan Argentina, pudo desarrollar su proyecto ALAS sobre una vieja estación, rebautizada como Estación de Cultura (http://responde.org.ar/sitio/index.php/component/content/article/38-cordoba/128-chilibroste) y en ella se instaló nada menos que un taller literario, son demasiadas cosas mías juntas como para permanecer indifirente o conformarse con exclamar “¡vaya coincidencia!”.
Con el espíritu alerta, me puse a leer. Y me seguí encontrando. Muchos son de mi generación y escribimos sobre las mismas cosas, algunos nacieron en Chilibroste, otros no. Como toda antología tiene la indudable riqueza de la diversidad, incluso sobre las mismas consignas, algunos hicieron versos, otros relatos. Detrás de todos, la sabia mano de la maestra Mercedes Morlachetti, cuyos propios escritos acompañan a los de sus alumnos y tal como hago en la biblioteca recibe en su visita mensual “amor todo el tiempo” que más que justifica el trayecto desde su Monte Buey de residencia.
Durante la semana que me llevó su lectura, me sentí uno de ellos, sentado sonriente en las sillas de la foto de la contratapa, bajo el abrigo de la vieja estación.
Y así volé de la mano de Silvia Boloquy que me hizo conocer a su monja de clausura por mandato, tanto como coincidir en la permanencia del amor en otoño y buscar como pedía Rilke inspiración en la inagotable fuente de recuerdos de la infancia. Busqué el mar, como hago siempre que me embarco, con Gustavo Broda, reconocí con él que el amor verdadero está en las pequeñas cosas, aún y sobre todo, en los aromas de la granja, lloré por sus cuerdas rotas y si bien el mío no es una acacia negra sino un muelle, reviví mi lugar de espera.
Con Luisa Caffer, de Cintra, pueblo vecino me asusté con su caburé de canto nocturno, recreé mis propios límites borrosos al despertar, ensalcé a ese vigía del atardecer que es el lucero, chequeé los síntomas del amor del alguna vez y despedí a su lado al lustrabotas del pueblo que tal como los callejeros es de todos y de nadie y siempre se va en silencio y soledad.
Sigue Angela Fioretti, también de Cintra, que nacía cuando yo me graduaba y que con sus letras me hizo rodar por las dos caras del amor, la amable y la dolorosa. El imposible olvido, la cruz del recuerdo, los golpes amigos que muestran la verdad, los éxtasis volantes y los vientos necesarios para velas y alas del amar. Amé por supuesto el triste desencuentro del amor incondicional entre madre e hijo que a veces la vida se empeña en separar. Pero como soy poeta me rindo ante su beso en diciembre, porque confieso que los hay eternos.
En las letras de Silvina Le Roux navego por afectos distintos, la estación que renovada la espera, los atributos del amigo-abrigo, un reclamo gremial de las herramientas a que muchas veces nosotros somos reducidos, a su hijas y a ese ser mágico en la infancia que es como una madre más buena aún si es que se puede, que da todo y nada pide, por cierto: la abuela. El mismo Roberto Juarroz, poeta temperliano, vive en su Amor clandestino, ya que me recuerda sus versos que decían que los tiempos del amor no coinciden con los tiempos de la vida y su lustrabotas pintor me hace pensar en cuantos hay que llamamos sin saber quien son, porque no nos tomamos el trabajo de conocerlos.
Otro local, Miguel Angel Marmol inaugura el uso de la ciencia ficción y se va tan lejos como al planeta Zarao para contarnos algo tan cercano como el desamor del poder y el poder del amor. Asi en su único cuento desarrolla su propio Buda que tal como hicimos y hacen con nosotros nuestros hijos, busca su crecimiento oponiéndose a la cultura del padre, quien por supuesto no lo entiende.
Los recuerdos de Mercedes Mateucci, me envuelven en el aroma del hogar de inmigrantes, el mío propio. Su amanecer marino dador de paz evoca mi actual refugio sanclementino y Alfredo, su lustrabotas tan humano me pinta una comunidad agradecida. Los pasados que siempre nos condenan acechan a su bella mujer y los encuentros redentores, de los que puedo dar probada fe, viven en su afortunada experiencia. Pero es su legendario amigo el que me conmueve y me transporta a los versos de ese extraordinario poeta puntano Antonio Esteban Agüero y su Cantata del abuelo algarrobo. (http://www.folkloretradiciones.com.ar/literatura/Cantata_del_abuelo_Algarrobo.pdf)
Ivana Matulich, la más joven del grupo, misionera y residente de Cintra no para de sorprenderme. He escrito tanto de la tristeza que no puedo dejar de reconocerme en su descripción del desconcierto y parálisis que causa. También he escrito mucho sobre la impotencia del amor que cuando él quiere, nada podemos ante lo que ella nombra como fuego y en mi caso como huracán. No se si estuvo en Japón, yo si. Pero es ella quien me trae recuerdos de su otoño y sus cerezos, los mismos que en Kyoto y Osaka deslumbraron mis ojos. Se fascina ante la perfección de la flor, me tranquiliza sabiendo que la juventud aun es rebelde frente a los manejos electorales pero termina de desarmarme cuando recuerda a los caídos en Malvinas.
Llega el turno de la profesora, dicho a propósito, seguro que detesta tanto como yo que así la nombren, Mercedes Morlachetti. Y ella es todo poesía, la poetisa como se declara en verso. De las dulces, tanto como sus bombones y sus otoños encendidos o su aventurero pasional sin rumbo. Me embelesan sus paradojas, el encuentro prohibido en el lugar sagrado que trae la duda sobre los límites de ambos conceptos. La necesidad del amor, como viento bajo las alas, como musa de la pluma, que si ausente en un llamado que no llega solo atina “adverbios falsos”. Y el homenaje al obrero “condenado a pobre” que es a la vez una súplica para que evite el abandono y siga buscando la luz.
Llego al ángel que trajo el libro, Gastón Notthebon, el único al que le conozco la cara. Y reconozco a un hermano, le importan las mismas cosas, se hace las mismas preguntas, valora mis mismos hitos. La puerta del café literario me lleva a mi propio café, a los que van y vienen, a los que vienen poco, a los que se fueron, esa puerta que justamente por ello hay que dejar abierta para que el tren de la lectura-escritura no se detenga y nos contenga a todos. Su mirar del cielo, la inasibilidad de todo que contaba nada menos que Poe en su sueño dentro del sueño (http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ing/poe/un_sueno.htm), la reflexión al ocaso, el valor inagotable del dar, que no se cansaba de repetir mi abuela piemontesa sin haber leido más que su devocionario, sin duda me expresan acabadamente. Tanto como su revalorización de la duda, esa que nos empuja a salir en búsqueda de la verdad para hacernos topar con un misterio cada vez más grande que solo se devela en parte cuando son nuestros ojos los que mejoran. Misterio inexplicable cual laberinto a nuestros propios hijos, ya que son ellos los que deberán hacer su propia búsqueda.
Hoy llegué al final, de la mano del local Adolfo Peppino y di con un poeta que escribe en prosa. Sus párrafos cantan y sus frases pintan, tienen notas y colores. Mojé mis pies en el arroyo para ser el amigo que lo acompañase a tallar la palabra amistad en la piedra, reconocí a tanto lustrabotas porteño en su pícaro personaje, sabedor que la viveza es el pan en la calle y fui caminante nocturno y hablé como él tantas veces a mi sombra, aun cuando ninguna luciérnaga me iluminase. Me perdí en ese mágico juego de luces entre dorados y horneros que me trajo la fascinante lucha que entabla contra el anzuelo. Reconocí que solo un poeta de alma pueden ver una planta dormida y me emocioné profundamente con su ángel terrestre pues sin que lo sepa, describió a mi madre.

Mañana lo veo a Agustín y devolveré el libro a su estante. Quinientos y tantos kilómetros ya no me separan de Chilibroste, al contrario ahora me unen y será para siempre.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 10 de marzo de 2015

La Estación es de todos

La Estación llora

La Estacion vibra

La Estación se estremece.

Ya salió el sol nuevamente,
la Estación es de todos

¿Cuántos años pasaron?
¿Cuántos trenes pasaron?

Sin que sea considerada.

al fin sirve para todos
y para esto fue creada.
_
Gastón Notthebon

link a la estación de cultura de Chilibroste

http://estaciondecultura.blogspot.com.ar/search?updated-max=2010-12-20T11:49:00-03:00&max-results=20

Amigos, necesito llamarlos así, los abrazo a la distancia con esta canción que acompañó mis años juveniles y jamás pude olvidar. Hasta pronto, gracias miles por el regalo de sus letras.

Published in: on marzo 10, 2015 at 8:12 pm  Comments (1)  

LOS PUENTES DE MADISON

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LOS PUENTES DE MADISON

Hace rato que tenía la película conmigo. De modo conveniente jamás encontraba el tiempo para verla. Conocía la historia, en forma aproximada. Había reproducido algunas escenas en youtube sin entenderlas demasiado. Y una legión infinita de amigos me seguía insistiendo en que debía dejarme atrapar por ella. Anoche fue el momento.

Me senté en una silla incómoda ya que si lo hago en un sillón es probable que me duerma y les dejé el sillón a mis fieles amigos que rápidamente, tal como hacen en las noches de escritura, se acurrucaron en su pose favorita para dormir a mi lado. Y le di al play.

Si alguna vez y por esos vientos inesperados decido viajar al imperio del norte, nunca será ni a Miami, ni a Nueva York, mucho menos Washington o Los Angeles. Será sin duda a Pennsilvania donde nació mi madre, a Carolina del Norte o a esos pueblos del medio oeste, que imagino guardando algo de la herencia protestante conservadora. Iowa en los 60 es casi mi destino ideal. De modo que inmediatamente me sentí a gusto en la granja de Meryl.

Un primer juicio me resultó muy negativo. La encontré demasiado lenta para ciertas cosas y demasiado rápida para otras. El paisaje es ideal, la fotografía no tanto. La música, abundante en blues y jazz, dista mucho de ser mi favorita. Y por si fuera poco, la historia central es inverosímil. Nadie reconoce al amor de su vida a primera vista. Nadie se enamora en cuatro días. La increíble versatilidad de Meryl, que es sin duda una de las mejores actrices que he visto, no alcanza para convertir en una noche una mera pasión carnal ocasional en un amor eterno.

Empero el error más grosero de Clint como director fue el haberse elegido a él mismo como protagonista. El es para mí, como para muchos hombres de mi generación, un ídolo de la adolescencia que además en mi caso me marcó profundamente. Disfruté todas sus actuaciones como el chico bueno del oeste y conservo algunos de sus films íconos de esa época, que veo cada tanto. Decía que me marcó pues cada vez que tuve una cuota de poder me dediqué a perseguir y a escupirle el asado a los malos y feos, a los vivos, a los que se la creían; lamentando más de una vez que en éstas épocas las cosas no se arreglasen como en aquellas: con un duelo cara a cara, colt 45 en mano, en la calle principal. Cuesta mucho descubrir ternura en alguien que hizo de duro toda la vida y que además lo hizo tan, pero tan bien. Puede ser por lo dicho pero creo que tampoco el tierno le salió debidamente y su rol de hombre enamorado es bien pobre.

Así estaba mirando mi paraíso reclamado y durmiéndome en la silla incómoda, cuando algo empezó a suceder. Cada tanto, alguna frase dicha por uno de los protagonistas calaba hondo en mi alma y ésta se estremecía reconociendo una verdad. De haberla visto en un cine la habría perdido. Volvía atrás para escucharlas más de una vez y tratar de retenerlas, algunas anoté. Ello me dijo que debo buscar el libro, la historia tiene algo importante que decirme, que supera a su temporal inverosimilitud.

La película se encaminaba lentamente a su climax, que es la famosa escena de las dos chatas Chevrolet bajo la lluvia con Meryl a punto de cambiar de flete, cuando lo que cambió fue mi juicio. Independientemente de como llegaron allí, el conflicto karma-dharma está muy bien planteado . Esa lucha desgarradora entre nuestros sueños y deseos y los deberes asumidos fruto de las decisiones tomadas hace tiempo, habita en casi todos nosotros, salvo en la élite creciente de irresponsables que cree que la vida está llena de derechos y carece por completo de obligaciones. Una mirada tan necia como la que niega la muerte.

Ella quien no es una bien adaptada ama de casa italiana, sino una mujer más que inteligente, se da cuenta a tiempo y lo dice en una escena memorable, que correr irresponsablemente detrás de los sueños que la carne o el corazón piden con ansia, conduce a ningún lado, excepto al dolor propio y de todos aquellos que uno dice querer. Dicho en filosofía hindú criolla: si esquivás el dharma, te agarra el karma. O si lo prefieren en lenguaje católico : en el pecado está el castigo. Algo que la sociedad actual debiera empezar a pensar.

Gracias al inexpresivo Clint, sobreviví la escena sin emocionarme, pese a lo familiar que me resultaba. Mientras tanto Pety, intuitiva como nadie, había girado su postura habitual y contorsionada al extremo dormía con su cabeza sobre mi pierna. La película se acercaba a su fin.

Concluida la rara historia central, se produce un brusco cambio de protagonistas y de tiempo. Es el actual y son los hijos de Meryl con sus personales y poco bien llevadas historias amorosas familiares. Es quizás el mayor logro del film, ese abrupto pasar de una historia secundaria al primer plano. Ese ocupar el centro de la escena como diciendo, ésta es la historia principal, las casi dos horas anteriores solo fueron un cuento preparatorio de lo importante que queremos decir. Nuevamente: debo conseguir el libro, su autor se las trae.

Aun dormido, mal sentado, dolorido e incómodo, el mensaje me llegó plenamente y me noqueó de un golpe. No solo me quebré de improviso y a traición sino que lloré desconsoladamente en los pocos minutos que faltaban, abrazado a Pety. Ella de algún modo supo que debía estar a mano.

El verdadero mensaje es como impacta nuestra vida amorosa o desamorada en las historias posteriores que arman nuestros hijos a su vez. Algo de lo que pocos son conscientes, por lo menos yo no lo era. Es imposible pretender que nuestros hijos armen una familia donde desarrollarse felices si nosotros no lo hicimos o si lo mantuvimos al costo de nuestra felicidad. Hay sin duda un legado de ADN, hay otro económico y cultural pero el hasta ayer, poco consciente para mí, legado amoroso existe y actúa también. Mas allá del mensaje que demos, nuestros hijos sabrán la verdad y fatalmente reproducirán la historia. Por eso es necesario que la conozcan completa.

Meryl había cumplido su dharma y había exteriorizado una vida en apariencia sin amor, pues guardó muy secretamente la marca de éste en su existencia. Como pudo, quiso darla a conocer para que sus hijos no viviesen el legado equivocado.

Me fui a dormir y lo hice plácidamente pensando que si uno es incapaz de vivir feliz y amorosamente por uno mismo, tiene en algún lugar la obligación de tomar las decisiones necesarias para hacerlo, simplemente por la misma razón que uno hace todo lo que hace desde que fue padre:  el bien de sus hijos.

En medio del llanto, la película me reservaba una sorpresa final. Supo arrancarme una sonora carcajada cuando al terminar los títulos incluyó la consabida frase que dice que los personajes son ficticios y que cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de febrero de 2015

La escena que elegí, sin duda, “somos nuestras decisiones”

Published in: on febrero 27, 2015 at 11:48 am  Comments (1)  

LA BUSQUEDA

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LA BUSQUEDA

“Yo sé que Carlos Miguel presiente que lo estoy buscando. En las noches iluminadas, valiéndome del espejo de la luna, le envío mi imagen para que me sienta junto a él”

Carlos Páez Vilaró, página 138

En la década del 60, cuando Punta del Este era un bello poblado de casas bajas en la mismísima punta y kilómetros de playas solitarias con dos mares bien distintos, bordeadas de un interminable bosque de coníferas, tuve la fortuna de veranear cinco años seguidos por allí, los últimos que tendría en compañía de mi padre.

Además de disfrutar plenamente de su presencia, bien escasa durante el resto del año, guardan para mí esos años la primera vez de muchas cosas. En los hermosos jardines del hotel Arcobaleno que nos albergaba, mi padre me enseñó a jugar a las bochas, integré por vez primera como arquero un seleccionado de fútbol argentino para enfrentar a su par uruguayo, un botija me enseñó a cabalgar, la señora Zingoni de Yerio me enseñó a jugar al tennis, hice mi primer amigo uruguayo (hoy muchos lo son), instintivamente aprendí a nadar, ilegalmente aprendí a manejar autos  y algunas otras cosas que me reservo por pudor. Fue en el bar La Fragata que en el último cumpleaños mio que compartimos, el de los 13, mi padre me regaló su reloj junto con una enorme responsabilidad al decirme: “ya sos un hombre, hacete cargo”.

De esa Punta del Este que ya no existe, donde todo era simpleza y amabilidad, conservo también el recuerdo de lugares imborrables, tales como, el bar de la plaza donde conocí la cerveza Doble Uruguaya y los panchos de Ottonello hnos, el restaurant del Club Ciclista que era diminuto y con trofeos y fotos de los esforzados amantes del pedal, el delicioso lugar de pastas sobre Gorlero llamado Catarí, atendido por su dueña italiana, el bar El Mejillón que en su antigua ubicación tenía un piano en el que ejecuté para asombro de todos La Aragonesa, la accesible isla Gorriti adonde años después iría nadando y la inaccesible, misteriosa y siniestra isla de Lobos a la que aún no he ido.

Pero ninguno de todos ellos ha producido un efecto tan poderoso e indeleble en mí, como Punta Ballena y Casapueblo, el hogar atelier que el mundialmente reconocido artista plástico Carlos Páez Vilaró, construyó sobre su lomo, derribando todas las leyes de la arquitectura.

Asustado por mi costumbre de internarme en el mar y ahuyentado por las habituales medusas de Playa Mansa que parecían amarme apasionadamente, mi padre solía elegir con frecuencia la playa protegida por Punta Ballena. Recuerdo haber pasado horas enteras contemplando esa ballena verde que parecía entrar a la mar, coronada por un pueblo mediterráneo blanco, a punto de salir expulsado por el aire, cuando el cetáceo decidiese corcovear. Tanto la miraba que la soñaba con frecuencia y la sentía viva, desafiando las olas mar adentro. Visitar Casapueblo fue una verdadera experiencia mística. Sus desniveles, sus aberturas en la misma pared que dejaban ver un mar azul y luminoso en todas direcciones, sus acogedores rincones de techo bajos, sus generosas terrazas y miradores, invitaban tanto a perderse como a querer quedarse para siempre. Y el arte extraño e incomprensible para mí, sumado a los objetos traídos por el artista desde lugares misteriosos del planeta, le daban al sitio una unicidad cautivante.

Al mes del último veraneo, mi padre falleció y nunca más mis veranos fueron en Punta del Este. He vuelto por lapsos breves, he buscado sitios pero me es una ciudad totalmente extraña, sus habitantes también.

En 1972 aun de duelo, yo seguía buscando a mi padre, oculto detrás de esa puerta llamada muerte. Con la tragedia del avión uruguayo en la Cordillera de Los Andes en la tapa de todos los diarios por 72 días, conocí a un padre que buscaba a su hijo probablemente oculto detrás de la misma puerta. El dolor nos hermanó, era la otra cara de la moneda, ¿estaría mi padre buscándome también? Abiertamente lo daban por loco, yo siempre creí en él. Al igual que Carlos Páez Vilaró, yo le hablaba a mi padre a través de la luna. Y un 22 de diciembre, exactamente 41 años atrás, su hijo Carlos Miguel Páez Rodríguez le fue devuelto, para incredulidad del mundo entero, entre los 16 sobrevivientes de la tragedia.

Los hechos de Los Andes fueron tabú por muchos años, para todos, incluso para mí. “Viven” lo leí recién en el 2008. Carlos publicó la historia de su búsqueda, el primer libro individual, en primera persona en los 80, me tentó varias veces pero nunca lo compré. “Entre mi hijo y yo, la luna” se reditó en Argentina en los 90 y tampoco me acerqué a su testimonio.

Después sucedió aquella inolvidable noche en el Victoria Plaza de Montevideo donde conocí a Daniel Fernández y la historia de la tragedia se me hizo esencial (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/04/20/la-sociedad-de-la-nieve-nuestra-oportunidad/). Aprendí tanto de ella y de sus protagonistas que al igual que Daniel, suelo regresar a la montaña cada vez que me pierdo (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/02/08/regreso-a-la-montana/). Conocí a varios sobrevivientes, asistí a las presentaciones de sus libros, supe de su unión y su servicio, me interesó su evolución humana, colaboré como pude, leí todo lo que encontraba, todo lo que escribían, escuché sus charlas. Pero tomé conciencia que me faltaba algo, la otra cara, la de la búsqueda.

Sentí que para completar lo que esta poderosa historia tenía para decirme, necesitaba leer el libro de Carlos Páez Vilaró. Ya sabía de la lucha de los hijos por volver, quería conocer en primera persona el drama de buscar, contra toda esperanza, contra toda razón, contra todo consejo y solo guiado por una testaruda corazonada, a lo más preciado que la vida puede ofrecer: un hijo.

No fue fácil dar con él. Revolví todas las librerías de Montevideo, Colonia y Piriápolis, sin éxito. Consulté a los vendedores de libros viejos de las plazas y peatonales montevideanas con igual desazón. Mi hermano de la vida Gonzalo, el primo de Daniel, me dio una infructuosa mano. Repetí la búsqueda en Buenos Aires, convencido que el libro era esencial para mi, acumulando fracasos. Al igual que Carlos “nada encontré mientras buscaba”.

Un cercano día, ya no recuerdo porqué, busqué una foto del artista y ella me condujo a un sitio de internet donde vendían tres ejemplares. Me apresuré a adquirir uno y lo fui a buscar como lo haría un coleccionista.

Cuando encontré el momento para comenzar a leerlo en paz, no había leído una línea que su dolor, que fue el mío pero invertido, afloró impetuoso. Y lloré, lloré, lloré. Seguí leyendo como pude y seguí llorando, llorando, llorando. Para la hoja 20 los ojos no me daban más, debí detenerme. Solo pude continuar leyéndolo en dosis homeopáticas, de a un capítulo – son muy breves- por día.

Ello me permitió vivir cada paso, cada derrota, cada vuelo, cada falsa esperanza, cada noticia desalentadora, cada indiferencia, cada pista falsa, con suma intensidad. También me permitió disfrutar a pleno de la prosa poética de Carlos Páez Vilaró. Es un verdadero poeta que supo ver y describir belleza en medio del dolor desgarrador. Fue artista plástico porque eligió pinceles en lugar de plumas. Sin embargo éste fue su único libro. Y les puedo asegurar que está escrito con sangre, que cada palabra fue vivida, que cada emoción que trasmite fue sentida en lo más profundo. Ello lo torna invalorable, una joya imperdible que atesoraré hasta el final de mis días.

Y así llegué hace poco al epílogo. Curiosamente, siendo un final sabido, carente de todo misterio, demoré la lectura del último capítulo. Sabía que cuando la suerte estuviera echada, cuando él supiese de alguna forma aun desconocida para mí, que su hijo vivía, la emoción, su emoción, me iba a arrasar. Al leerlo finalmente conocí que Carlos también demoró el momento de encontrarse con la verdad y tal como había presentido, el atravesar su encuentro me devastó en una catarata emocional de ansiedad contenida, indecible alegría y sordo dolor.

Mas allá de la cruel belleza cordillerana que entreví de su hábil mano, mucho más allá de corroborar mi experiencia que por un hijo uno hace literalmente cualquier cosa y afronta cualquier humillación, quebranto o riesgo, demasiado más allá del Chile generoso y desconocido que sus letras me brindaron; la conmovedora lectura de este otro lado de la tragedia andina me hizo sentir con absoluta claridad que mi propia búsqueda aún continúa, que esa puerta de la muerte que ocultó a mi padre y que falta menos para que se abra para mí, guarda contra toda lógica, un encuentro que anhelo fervientemente desde los sitios más recónditos de mi alma.

Y presiento, cada vez que miro la luna llena, que él, al igual que Carlos Páez Vilaró, me está buscando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 22 de diciembre de 2013

Escuchen a este pintor poeta, “millonario en soles”, contarnos sus distintas e interminables búsquedas.

Published in: on diciembre 22, 2013 at 3:55 pm  Comments (1)  

LA RECONSTRUCCIÓN

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LA RECONSTRUCCION

Eros y Tánatos en una danza magistral

Noche de Sábado de Gloria. Durante muchos años mi programa solía ser asistir a la misa solemne de la Basílica de San Antonio, la misa de las velitas, según el lenguaje de mis hijos cuando me acompañaban. Hace varios años que nadie me acompaña y estar como tres horas parado me ha hecho perder el hábito. No sin algo de culpa este año organicé una cena familiar en un club del barrio. Dios sabe bien donde están mis urgencias de hoy.

Camino al club pasé por la Basílica y, viendo las velas en las manos de los fieles, sentí cierta nostalgia por los años en que gobernaba con facilidad mi grupo humano, brutal contraste con mi presente de conflictos, incertidumbres y pujas.

 A los postres todos decidieron ir al cine cercano del shopping a ver el estreno de La Reconstrucción, de la cual solo había visto un afiche en una pared y pensaba que se trataba de algún ser humano destrozado por un amor perverso que encuentra su redención en un nuevo amor. “Perfecto para dormir el generoso vino blanco” me dije y seguí a la manada.

Llegamos apenas empezaba y me acomodé lo mejor que pude para lograr mi objetivo, sin siquiera reparar en la enorme cantidad de años que hacía que no iba al cine, mucho menos con mi familia.

Me entregué a las sabias manos de Juan Taratuto, de quien conservaba el recuerdo de las risotadas que me habían arrancado las escenas de “Un novio para mi mujer” y nada más.  Un  muy desalineado Peretti llenaba la pantalla que revivía escenas en un helado sur argentino, el cual me costó bastante identificar con Tierra del Fuego.

Asistí al planteo de la historia con los ojos semicerrados, mientras aparecía Casero y su familia con Fontán a la cabeza y dos hijas adolescentes. No tardé mucho tiempo más en empezar a sentir una cierta incomodidad creciente, a medida que el invierno austral me metía para adentro, Casero ingresaba al hospital y la historia se acercaba a un lugar común que empalideció de pronto las risas , hasta allí abundantes por el comportamiento francamente antisocial de Peretti.

Miguel Hernández tiene un maravilloso poema en que habla de tres heridas que llevamos todos, todo el tiempo. La de la vida, la de la muerte y la del amor. El resto es hojarasca. A veces nos sangra una, a veces otra, pero es realmente tremendo cuando sucede que las tres sangran al mismo tiempo y en intensidad similar. La muerte lenta o repentina del ser amado tiene la extraña virtud de situarnos en ese incómodo lugar. Incomodidad que sentía en el nudo que empezaba a atenazar mi panza y que agravaba la butaca que de repente parecía totalmente inepta para contener a mis asentaderas.

Para colmo de males yo acababa de leer la fantástica novela autobiográfica de Silvina Bullrich “Los pasajeros del jardín” que se trata de la lenta agonía del ser amado y su dificilísimo acompañamiento, de modo que había escenas que se me superponían.

Como frutilla del postre baste señalar que mi hermano de la vida, Alberto, con quien compartí casi 30 años de fructífero trabajo y miles de situaciones humanas, hace unos años se vio enfrentado a la misma situación de Peretti, justamente con un amigo que vivía en Usuahía. Con una grandeza que ciertamente en mi no anida, se hizo cargo de la familia de su amigo por un largo tiempo. Otras escenas de la vida real que empezaron a superponerse y terminaron por desbaratar por completo mi plan de una muy somnolienta digestión.

El personaje de Peretti es un sobreviviente y como tal se armó un rígido esquema para sobrellevar el dolor, aislado de todos y comportándose de un modo eficaz para hacer que ese aislamiento perdure. Pero la vida, que siempre sabe más, le tiende una trampa, que él en principio rechaza, hasta que se da cuenta dónde está su deber y admite que cumpliéndolo, la parte muerta de sí mismo, muy de a poco empieza a reconstruirse.

Entre cachetazo y cachetazo que la película generosamente me brindaba, pude admirar el excelente trabajo actoral, la eximia fotografía y convencerme una vez más que cuando hay que hablar de emociones bien profundas, las palabras sobran. Es una película que abunda en silencios, en gestos, en miradas. Algunos de ellos verdaderamente conmocionantes.  Los diálogos están reducidos a lo estrictamente imprescindible, pero cuando aparecen igualan a los silencios en profundidad y significado.

Confieso que estuve a punto de irme. Literalmente no soportaba más el revoltijo interior que la película venía operando en mi, que dicho sea de paso, también soy un sobreviviente y tengo variadas conductas antisociales y de aislamiento. Pero la película es tan buena, está tan bien lograda que no quería perderme su resolución. Incomodísimo, me quedé.

Peretti actúa por impulsos, tanto bondadosos como violentos. Es la única forma en que puede atravesar el muro que se había autoimpuesto. “The Wall”, esa extraordinaria y perturbadora  película de Pink Floyd, también empezó a cruzar mi mente. Cada uno de ellos es un golpe, bajo o bien testigo de la paulatina reconstrucción de un ser humano que al comienzo es poco más que un muerto vivo.

Eros y Tánatos se disputan nuestra alma desde tiempos inmemoriales. El impulso de vida y el de muerte anidan en nosotros y nos gobiernan en forma alternada. Muchas veces, después de un rudo golpe, andamos por la vida, muertos y esperando la muerte, incluso buscándola. Hasta que algo sucede que nos hace volver a ser gobernados por el impulso de vida, volvemos a sentir, a cuidarnos, a querer. Si, son ellos los que gobiernan pero somos nosotros los que los ponemos al mando, tanto a uno como a otro.

Muchas veces, la chispa que nos hace volver a Eros sucede cuando dejamos de limitar nuestra visión a nosotros mismos e incorporamos al otro y a su necesidad.  Tanto nos encerramos, tanto nos auto compadecimos, tanto nos enojamos con la vida que no cabe en nosotros el pensamiento que exista alguien en una peor situación que la nuestra. Y de golpe la vida nos lo pone enfrente y nos obliga a meternos en su situación. Haciéndolo, nuestro mal vuelve a su real dimensión, vuelve a su lugar histórico, lo miramos desde otro lugar, y quizás nos animamos por fin a enfrentarlo.

Una extinta dama, de las que ya no encuentro, a quien tuve el honor de asesorar durante largos años, solía llamarme “Consolatum afflictorum” porque siempre andaba, mientras atendía mis obligaciones laborales, intentando auxiliar al sufriente. Alixe, una octogenaria amiga, acababa de padecer un duro golpe, el asesinato de un hijo de mi edad. No pude negarme al pedido de la dama y concurrí en su auxilio. Al llegar a su casa, donde esperaba encontrarla desolada y llorando profusamente, me sorprendí teniendo que esperarla largo rato porque había salido. Cuando llegó, me saludó sonriente y me dijo que había estado visitando gente conocida que estaba enferma y atendiendo a sus necesidades. Ante mi desconcierto se limitó a decir: “Si te ocupas de las llagas de los otros, Dios sanará las tuyas.”. Informé entonces a mi mandante que se despreocupase de su amiga ya que la había encontrado mucho más sana espiritualmente que yo.

Mientras recordaba esta escena de tantos años atrás, la película terminaba en paralelo, terminaba bien, muy bien, con la reconstrucción en marcha y las luces se encendían. Con los ojos llenos de lágrimas mi hija me miraba y se reía. Ahí me di cuenta que yo estaba llorando a mares. Me quise levantar y me di cuenta que no podía, estaba totalmente noqueado. No lloraba en el cine desde que vi La Tregua, casi 40 años atrás. Cuando logré incorporarme pude notar que había mucha gente que lloraba en silencio, atenazada a su butaca, sin poder levantarse.

Camino a casa, en silencio, a la búsqueda del trago ahogador de la conmoción interior, volví a pasar por la  Basílica de San Antonio, envuelta ahora en un sepulcral silencio. Mi misa solemne, mi pascua, mi pasaje, había tenido otro escenario, más acorde a mis urgencias, pero de igual contenido y significado: quitarle el gobierno a Tánatos y retornárselo a Eros, que por ahora espera, aunque bien sé que no lo ha de hacer por siempre.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Domingo de Pascua 2013

Published in: on abril 6, 2013 at 8:58 am  Comments (1)  

MISTERIOSA MELODÍA

Juan Vigliermo Brusso y familia en Italia, aprox. 1922

 

MISTERIOSA MELODIA

“Solo se que no se nada”

Sócrates

 Oscar, un gran amigo que me dejó bastante más solo en esta tierra hace unos pocos días, solía terminar muchos de nuestros debates acerca de los estudios que compartimos por más de una década con la frase socrática. A mi solo me quedaba asentir.

Su repentina partida en plena vitalidad y obra de entrega al prójimo con amor y vehemente convicción, es  un hito más que me afirma en la creencia que, por lo menos mientras estamos aquí, ignoramos muchísimo más que lo que sabemos. Especialmente en lo atinente a la vida y la muerte.

¿Adonde irán los amores que aquí no encontraron el tiempo para sobrevivir?, se preguntaba Franco Simone. ¿Mueren con uno?, me pregunto yo. ¿Y los grandes dolores? ¿Los que se van, se van del todo? ¿Estamos tan solos como pensamos porque nuestros ojos se obstinan en ver solo lo material? ¿Qué sucedería si estuviésemos más atentos? ¿Si desarrollásemos la intuición? ¿Si creyésemos más en lo que sentimos que en lo que vemos?

Solo para sembrar la duda en las mentes abiertas (mi profesor de física del secundario –odiada materia-decía siempre que solo los sabios dudan, así que háganlo), voy a referir una historia familiar personal asociada a una melodía.

No tuve la fortuna de conocer a mi abuelo materno. Cuando llegué a este mundo, hacía más de 30 años que él había fallecido trágicamente, sepultado vivo en un derrumbe minero en México. Mi madre, profundamente enamorada de su padre, como toda hija de 12 años, nunca superó del todo el dolor por esa pérdida. Quedó con su madre y hermano, solos y pobres en Buenos Aires. En sus últimos años de vida, su dormitorio lucía, con exclusividad, un gigantesco retrato de su papá Juan.

Fue ciertamente un duelo no resuelto. No hubo preaviso ni despedida, ni sepultura a la que llevar flores. Para ella, él vivió en su corazón hasta su último día en esta tierra.

Pero ¿Cómo habrá sido para Juan? ¿Con qué pensamiento habrá muerto? ¿Qué torturante angustia habrá llenado el tiempo que desconozco hasta que se acabase el oxigeno disponible en la mina? No me cabe duda que su familia, tan lejana y necesitada habrá estado presente en su mente y corazón y no le habrá sido nada fácil morir  a sus escasos 33 años, sabiéndose tan requerido. La impotencia y la rabia habrán sido seguramente  potros difíciles de domar.

Y podemos ir más allá. ¿Qué habrá hecho Juan cuando se vio por fin libre del cuerpo? Atraído por tanto amor y necesidad, no es difícil imaginar que, de haber podido hacerlo, ciertamente volara de algún modo en auxilio de su familia y permaneciera con ella.

Pertenezco a una familia de melómanos y soy profesor de piano, el que me acompaña desde mis cinco años. No es raro pues que ande por la vida cantando bajito, silbando viejas canciones, tarareando melodías. Es frecuente también que  melodías broten espontáneamente en momentos inesperados y las sienta ejecutarse por si solas en mi cerebro, hasta que logro identificarlas. Vida de músico que le dicen.

Pero existió una más que especial y misteriosa.

Corría la década del setenta y yo andaba llegando a mis veinte y estudiando en la facultad. Mi padre había fallecido a mis trece, como para confirmar que los karmas familiares tienden a repetirse, por ende vivía solo con mi madre. Cada vez que tenía que rendir un examen y siempre que circulaba por la misma esquina, camino del colectivo, empezaba a retumbar muy fuertemente en mi cerebro una melodía sumamente hermosa. Era tan intensa su presencia que la tarareaba en voz alta o baja, según estuviese solo o acompañado. Lo sorprendente es que por más esfuerzo que hacía no lograba identificarla ni asociarla mínimamente con la música que yo conocía o ejecutaba. De prestarle poca atención, el fenómeno llegó a obsesionarme. Mucho más me llamaba la atención que habiéndola tarareado por un buen rato en cada fecha de examen, no lograba reproducirla de ninguna forma en otro momento, ni con el piano ni con la voz. Sencillamente se esfumaba de mi cerebro.

Un verano me senté al piano y recorrí absolutamente todas las partituras estudiadas a ver si respondía a algún fragmento de ellas. Negativo. Y cada examen reaparecía y se esfumaba. Lo comenté con mi madre y algunos amigos que no se inmutaron demasiado. “Llevá pentagrama y escribila” me dijeron. Fácil tarea caminando hacia un examen.

Muchos años después de recibido y cuando casi me había olvidado por completo de la melodía, al escuchar distraídamente la radio, ella apareció. Me abalancé sobre el aparato esperando escuchar su nombre o su autor. No lo dijeron. Tampoco sucedió en los días siguientes, no era una melodía de moda.

No estoy muy seguro pero creo que fue en un show musical en Canal 9 en que apareció un grupo de bailarinas con paraguas debajo de una lluvia artificial y por el conductor me enteré que la misteriosa melodía era la música de “Los paraguas de Cherburgo”, una exitosa película que no había visto ni conocía de su existencia, y que había tenido éxito cuando yo era demasiado niño para ir al cine. Tampoco nunca nadie me la había comentado.

Busqué la partitura o algún disco que la contuviera. Nunca hallé ni la una ni el otro.

Alguna vez intenté buscar la película, sin éxito. Sabía su nombre y nada más. La vida y su vorágine hicieron que archivara por décadas el episodio en la carpeta mental titulada: misterios de la vida.

En el año 2004 un doloroso episodio familiar me llevó a encarar una terapia sistémica donde se navega por todo el árbol genealógico y las historias familiares. Muy oportuno ya que mi madre, lúcida aun, me ayudó a armar la historia de su parte de la familia. Con el lado paterno me costó bastante más pero, anotaciones de mi padre, primos famosos, Internet, ancianos compañeros de trabajo y ancianos inmigrantes me ayudaron. Mi terapeuta Tobías resaltó diversos hechos que me llevaron a sanaciones importantes pero destacó que profundizase en la historia de mi abuelo materno y en el duelo no resuelto de mi madre. Como aplicado alumno que soy, lo hice.

Juan Vigliermo Brusso, nacido en 1893 en Vico Canavese, pueblito perdido en el norte de Italia, siguiendo a su hermano Guido emigró en busca de futuro a Estados Unidos a los 17 años, llegando en 1910. Allí conoció a mi abuela Attilia Elisa Crotta, se casaron muy jóvenes, naciendo en1914 mi madre y en1917 mi tío. Ambos hermanos mineros, se radicaron en un pueblo llamado Arnold, (luego en Burrel y  Westmoreland) del estado de Pensilvania.

Mientras armaba la historia familiar, una noche sentado frente al televisor, detuve mi “zapping” en el canal francés, convocado por una muy joven Catherine Deneuve en una de esas raras películas donde los personajes en lugar de hablar, cantan todo el tiempo. La historia me atrapó, pero mucho más lo hizo la música: era “Los paraguas de Cherburgo”. Gracias al programa ARES obtuve en la red una copia subtitulada y pude entenderla mejor.

Pero el misterio permanecía inconmovible. La historia podría tener algo que ver conmigo pero también con un millón de personas más. El eslabón seguía perdido.

Fue hace unos pocos meses que la misteriosa melodía evidenció con toda su fuerza, todo su sentido. El sitio ANCESTRY.com, especializado en el manejo de archivos para búsqueda de datos de antiguos familiares, abrió en forma gratuita sus puertas por unos días que aproveché intensamente.

Fue así como llegué a saber que mi abuelo Juan arribó a Nueva York el 21/12/1910 en un hermoso buque mixto – a vapor y a vela- de tres mástiles, denominado OCEANIC, perteneciente a la línea White Star ( la del Titanic), el cual había partido de Francia, más precisamente del puerto de CHERBURGO.

Como se que Oscar me estaría tapando la boca, dejo las conclusiones a vuestro cargo. Lo único que voy a permitirme hacer es decir a voz en cuello:

¡Gracias Abuelo!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de diciembre de 2011

Les dejo la melodía de Michel Legrand junto con la secuencia inicial de la película de “Los paraguas de Cherburgo”. Al comienzo y al final de la misma se puede apreciar el puerto desde donde partió mi abuelo hace más de un siglo.

Published in: on diciembre 15, 2011 at 12:19 am  Comments (4)  

LOS DÍAS DESPUÉS DE “LA TREGUA”


LOS DÍAS DESPUES DE “LA TREGUA”

La licencia que nadie se animó a negarle a Santomé, le sirvió para llegar al exacto día de su jubilación, así que la oficina para él se terminó realmente esa fatídica mañana, en que le avisaron de la muerte de Avellaneda. Solo volvió un día de sorpresa para retirar sus cosas personales, que lo esperaron pacientemente en su escritorio,  el cual tampoco todavía nadie había osado utilizar.

Saludó con gestos a todos, no pudo articular palabra. El día que siempre había imaginado como un día de fiesta y alegría, se había convertido en una mala mueca del destino, con sabor profundamente amargo. Nadie se atrevió a proponerle despedida formal ni informal alguna. Solo quedaron en hablarse….algún día. (más…)

TE AMO. EL SECRETO DE SUS OJOS: UNA VERDADERA OBRA DE ARTE

“En el amor no cabe el temor, antes bien el amor desaloja el temor” 1 Juan 4.18

Después de mucho resistirme y pese a que me había sido recomendada por varios amigos, incluso por mis hijos, inauguré mis vacaciones en San Clemente viendo esta verdadera obra de arte, en el viejo y querido cine Tuyú, que como corresponde a diciembre estaba casi vacío.

Tuve que superar dos rechazos muy importantes para poder adentrarme en la película. Primeramente el hecho que se desarrolle en un lugar cuyo solo nombre me da escalofríos – Tribunales- y muy especialmente la innecesaria imagen de la victima desnuda y ensangrentada en la escena del crimen.

Empero, el singular parecido de la situación vital del protagonista con la mía – recién retirado y con vocación de escritor- me atrajo de inmediato.

Tal como dijo mi hija la película tiene de todo. Suspenso, intriga, acción, recuerdo de un pasado argentino doloroso, gracia, pena, todo sazonado con impecables actuaciones.

Pero por encima de todo eso, más allá y más profundamente se trata de una particular historia de amor entre Benjamín (Darín) e Irene, su jefa en Tribunales (Villamil) con un testigo sabio (Francella).

La historia trata de un amor inconfeso pero latente durante 25 años, atrapado en una lucha denodada contra el temor que lo cohíbe.

Es que el amor, cuando es amor en serio, inevitablemente da miedo, muchísimo miedo.

En primer lugar porque uno es absolutamente transformado por ese amor. El que ama de verdad es otra persona y aunque uno se sienta bien, muy bien, en su nuevo yo, el antiguo yo teme morir, teme desaparecer para siempre y lucha infundiendo temor.

En segundo lugar porque amar nos hace totalmente vulnerables y dependientes. Uno que se pasó la vida ideando disfraces, máscaras y actitudes para que todo le resbale y nada lo ate, se siente aterrado ante la sola perspectiva de andar por ahí con el corazón desnudo ( en la manga como dicen los ingleses).

Finalmente porque el amor “ de tuétano” transforma también toda la vida de uno, siempre para mejor, hasta se podría decir que la cambia de dimensión – todo es diferente según cantaba Palito Ortega- y ello hace aparecer el miedo a que no sea para siempre, que dure muy poco, que la traición y la desilusión arrasen con todo.

Con tantos miedos a cuestas – en general a la gente muy mental se le aumentan más todavía, ya que unen a lo que sienten la inevitable especulación que la caja de resonancia mente provoca- es muy difícil atreverse a un amor de verdad.

Son pocos los que lo hacen y la paradoja es que los amores que se confiesan y consuman son por lo general los mediocres, los mas o menos, los fríamente calculados, los manejables, los interesados, en pocas palabras aquellos que no implican tanto riesgo (el segundo mejor para los sajones).

¿Qué pasará entonces en general con esos amores bravos? Permanecen inconfesos, aun hasta para uno mismo, por meses, años, 25, 30 o trágicamente toda la vida.

Pero los ojos hablan y ese es el planteo de la película, ya que constituyen a la vez la mejor arma investigativa de Benjamín y el medio por el cual ella sabe desde siempre que él está perdidamente enamorado y espera en vano que él hable.

El, por el contrario, teme tanto que se lo niega a si mismo y hace falta que el compañero sabio se lo diga con todas las letras: “Uno puede cambiar de casa, de cara, de trabajo, de todo pero no puede cambiar de pasión. Como te pasa a vos con Irene.”.

El no atreverse a vivir ese amor arrollador, el no actuar no es gratis, condena a una vida que se siente vacía. Podrá ser prolija, exitosa, próspera, pero se sentirá vacía. Magistralmente el film usa al viudo y al asesino para representar esa vacuidad. El primero vive una vida vacía porque su amor murió y por eso lucha por condenar al asesino – por mano propia- al mismo sufrimiento.

Benjamín se siente tocado profundamente por ese caso, porque le pone delante, en la persona del viudo, a uno que se atrevió a vivir un amor en serio. Es la comparación con su cobardía y su vida vacía que lo mueve a cambiar de actitud.

Un párrafo aparte merece su vocación de escritor. Todo el sentido de la novela escrita es confesar su amor, por eso la busca a Irene para que la lea y le de su opinión, recibiendo un hiriente “pánfilo” por toda respuesta. Es que su cobardía no solo lo condeno a él a una vida vacía, también lo hizo con ella.

Por fortuna, hoy en día las mujeres son más libres y si esa película se hiciera con gente de generaciones más actuales, ella habría hablado, salvando la inacción de él. Pero entre cincuentones las cosas son como ahí se pintan.

Resulta entonces impecable el hallazgo de la historia que una sola letra haga la diferencia.

Esa A intercalada que transforma el TEMO en TE AMO, y que lo mueve a Benjamín a confesar su amor, pero lo hace tan tarde que tiene suma vigencia el dialogo final:

IRENE: Va a ser complicado

BENJAMIN: No importa

Veinticinco años, un caso difícil, la muerte de un amigo, un exilio, un matrimonio frustrado y una novela inútilmente escrita, le costaron a Benjamín llegar a la conclusión que tomar el riesgo valía la pena.

Si se ama de verdad no hay temor que valga, pero darnos cuenta de ello nos puede llevar toda la vida, o varias.

Una vieja y setentista poesía mía terminaba con una estrofa que, muy rebelde, ha permanecido décadas en mi memoria:

“Y hasta la vida misma,
Hubiera sido bien ofrendada,
Por saber qué palabras,
Ocultaba tu mirada”

Enrique R G Momigliano
San Clemente del Tuyú
9 de enero de 2010

Published in: on enero 28, 2010 at 1:56 am  Comments (5)  
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LA SOCIEDAD DE LA NIEVE… Nuestra Oportunidad

la sociedad de la nieveLA SOCIEDAD DE LA NIEVE … Nuestra Oportunidad
Por Enrique Momigliano

La oportunidad estaba ahí, sólo tenía que tender mi mano, pero todavía dudaba. Se me presentaba como en aquella magnífica escultura que la representa como a una mujer corriendo con alas en los pies, mechones de cabello colgando de su frente y totalmente calva en la nuca. Mujer por lo tentadora, pies alados por lo veloz, cabellos en la frente porque hay que tomarla ni bien se vislumbra y calva en la nuca para significar que si uno se demora y la deja pasar es inútil perseguirla, porque no habrá de dónde asirla.

Con esta magnífica escultura había sellado mi amistad con Gonzalo, aconsejándolo en una dura encrucijada a partir de la cual nos hicimos inseparables hace ya más de veinte años.

El primo de Gonzalo, de nombre Daniel es un sobreviviente de la tragedia de los Andes, allá por 1972, historia a la que siempre fui sensible por diversas razones. Entre ellas no pesan poco el hecho que sus protagonistas tuvieran casi mi misma edad y que apenas el año siguiente (agosto de 1973) me tocase estar en situaciones de riesgo con mis compañeros en las montañas de Bariloche, durante un muy mal organizado viaje de egresados.

Ahora estaba alojado durante un viaje laboral en el Hotel Radisson – Victoria Plaza como aún me gusta llamarlo – frente a la Plaza Independencia de la probablemente ciudad más cercana a mi corazón: Montevideo y su Ciudad Vieja. Ciudad que entre tantas vivencias personales maravillosas, albergó el desarrollo de esa fantástica novela “La Tregua” de Mario Benedetti.

“Daniel te quiere conocer” me había dicho Gonzalo y yo dudaba. Dos décadas y media después, recontactar ese dolor no me causaba ninguna gracia. El prejuicio tenía su influencia: ¿de qué hablar? ¿Cómo preguntar lo impreguntable? ¿Cómo hacer que mis propios miedos no se hicieran evidentes cuando lo mirase a los ojos?

Accedí, gracias a Dios accedí.

Nos encontramos los tres en el bar del lobby después de la cena, eran las nueve de la noche de un largo día laboral. Daniel no estaba cómodo, al fin y al cabo tendría los mismos miedos que yo. Yo, que ni siquiera había podido ver completa la película “Viven” y que ni se me había ocurrido comprar el libro homónimo, lógicamente lo hice sentir peor con mi primer comentario que, paradójicamente quiso ser amable.

Dije: “Mirá, no quiero escuchar una sola palabra acerca de la antropofagia ni de lo que hicieron para sobrevivir, contame qué aprendiste allá arriba, abandonado del mundo y cómo hiciste para volver a vivir aquí con nosotros”.

Sin siquiera sospecharlo había formulado la pregunta que los 16 sobrevivientes contentarían diez años después en el libro “ La Sociedad de la Nieve”, la misma que la sociedad de aquí abajo está por fin ansiosa por preguntar.

La incomodidad de Daniel necesitó de dos atados de cigarrillos y la de los tres de una botella entera de whisky para dar lugar a una charla imperdible. Creo que aprendí más sobre la condición humana en esa noche que en mis 40 años bien vividos hasta entonces. No estaba con un sobreviviente, estaba con un sabio al que la vida, a edad temprana y con el infalible instrumento del dolor, le había enseñado lecciones preciosísimas acerca de la muerte, la amistad, la humildad, la entrega, la solidaridad, la comunión, la religiosidad, la espiritualidad, el sentido de la vida; todo junto y en dos meses y medio.

Se hicieron las cuatro de la madrugada y ninguno se quería ir. Me despedí a desgano con la excusa de mis reuniones laborales del día siguiente que empezaban a las nueve.

Imposible pegar un ojo, imposible concentrarme al día siguiente, imposible calmar mi ansiedad, la cual se tradujo en una insoportable presión sobre Gonzalo para que provocase una segunda reunión. Ella tuvo lugar y afortunadamente muchas más.

El libro “Viven” lo leí recién hace dos años mientras esperaba angustiado los partes médicos de terapia intensiva en las tantas internaciones de mi madre. Sorbía fuerzas en cada párrafo para vivir lo insoportable. A “La Sociedad de la Nieve” le llegó el turno este año para ayudarme a hacer el duelo por su partida.

Delante de mis ojos en estos años, desde aquella mágica noche montevideana, y llenándome de alegría, cada uno de estos sabios se reconcilió a su manera con su historia, la Fundación fue una realidad y las charlas se han multiplicado. Alguien allá arriba debe haber dicho que es tiempo para ellos de sanar este dolor, transmitiendo lo que aprendieron, que repito es invalorable – mucho más a los 20 años- , y que también es tiempo para nosotros, los que no estuvimos en 1972 en el Valle de Lagrimas ( así se denomina el lugar de la tragedia), para despertar, acoger esta historia sin prejuicio alguno y para aprehender y aplicar su enseñanza, a fin de dotar a esta sociedad tan cómoda y frívola de un poco, tan sólo un poco de la humanidad que reinaba en “la sociedad de la nieve”.

El 30 de abril a las 19 horas en la Sala Julio Cortázar de la 35 Feria del libro de Buenos Aires, estos maestros estarán presentando el libro y próximamente se estrenará el documental internacionalmente premiado “Vengo de un avión que cayó en las montañas” – título que toma la frase escrita por Nando Parrado en la nota que, atada a una piedra, le arrojó por sobre un río al arriero chileno, promotor de su rescate-.

Darnos cita en la Feria y ver el documental puede ser un excelente punto de partida, un tomar por los cabellos a la tentadora, veloz y esquiva oportunidad, como tuve la fortuna de hacer aquella lejana noche en el Victoria Plaza.

Para quienes quieran contactar a la Fundación Viven les dejo su dirección electrónica:
www.fundacionviven.org

Y el sitio del documental es www.strandedthefilm.com

Published in: on abril 20, 2009 at 7:24 pm  Dejar un comentario  

NOCHES DE TORMENTA

NOCHES DE TORMENTA

La Poesía del Amor

Tarde unos cuantos meses en encontrar otra película recomendable. El aluvión de violencia y estupidez que se ha apoderado de la pantalla grande torna cada vez más complicado seguir eligiendo al cine como entretenimiento. Y por supuesto, cuando uno olfatea que algo bueno puede esconder un título es imperioso jamás leer una critica ya que, o bien no es objetiva o esta imbuida de la misma errónea escala de valores que atormenta a nuestra sociedad. De hecho esta poesía de película fue en el mejor de los casos calificada de Buena. Había visto el corto y mi olfato de sabueso dijo: no te la pierdas. Diane Lane y Richard Gere aseguraban una estética y una capacidad actoral inmejorable, el escenario es idílico: Rodhante, un pueblito costero de Carolina del Norte USA, sacudido frecuentemente por tempestades, una casa centenaria llena de recuerdos y espíritus (la casa y la mágica playa pueden verse en el Google Earth) y un amor maduro fueron el gancho suficiente para llevarme al cine. Desconociendo la historia pero intuyendo que se referiría a segundas oportunidades a edad madura, me acomodé en la butaca, no sin antes notar que era sin duda el más joven de la sala. Hay toda una generación de canosos que evidentemente extraña las buenas películas de amor.

En pocas palabras diré que fui sorprendido y emocionado al límite. La historia es maravillosa y habla de dos temas esenciales: del fracaso como liberador y del Amor como salvador.

Desde que la serpiente tentó a Eva con la frase: “Seréis como dioses” hay que confesar que los humanos no hemos cesado de intentarlo. Y en ese demente intento hemos dejado lo mejor de la vida a un lado. Ella quiere ser la madre perfecta y El quiere ser el médico perfecto. Y en esa obsesiva búsqueda arruinaron todo. Lo digo por experiencia: no hay liberación posible de este difundido tipo de demencia más que aquella que pasa por el fracaso rotundo. La película empieza mostrándonos a los personajes sufriendo por este fracaso que es ya evidente y los sume en una dolorosa frustración.

Cada uno en su locura se encuentran por obra de esa mágica inteligencia de la Vida que siempre – créanme siempre- conspira a nuestro favor. Cada uno intenta ponerle una frontera infranqueable al otro porque quiere lidiar con su fracaso. Recién cuando este fracaso se muestra en todo su esplendor los personajes deciden exponer su lado humano. Ya no pueden con él y deciden compartirlo con el otro. Justo ahí aparece el Amor, pero ese Amor así con mayúsculas que muy poco tiene que ver con la atracción física o con la pasión (que significa dolor). El otro se hace cargo. Tal como lo escribí en “Contactar al otro, ese salto al vacío” en este blog. Se deja lastimar por el sentir del otro, se vuelve disponible, en una palabra: ESTÁ. A partir de ese crucial momento en que vencido el miedo y rota la indiferencia al sentir del otro, en el que se hicieron cargo mutuamente del dolor ajeno, el verdadero Amor es posible. “El Amor que te hace ser más de lo que sos, no menos, que te hace creer que todo es posible” como después le dirá ella a su hija adolescente “busca ese amor, porque lo mereces”.

Y ese Amor no necesita del sexo, ni de la convivencia, ni de la cercanía física para salvar, para construir, para sanar, para mejorar. A miles de kilómetros de distancia y solo a través de unas cartas los protagonistas se sostienen, se regeneran, se curan. Ambos se transforman en héroes, pero no en héroes de novela romántica capaces de hazañas memorables, sino en héroes de lo cotidiano, en portadores de la heroicidad que todos necesitamos para hacernos cargo de la propia vida, para encontrarnos a nosotros mismos y vivir en la autenticidad abandonando para siempre las locuras perfeccionistas.

“Nos salvamos mutuamente” le dirá ella al hijo de él y es la pura verdad. Un vínculo así sana y salva genuinamente.

El final cae en el lugar común de la tragedia pero debo confesar que este tipo de Amor que tiene tanto de espiritual, tanto de divino, tanto de eterno, no esta destinado a durar, a consumarse, a concretarse en este plano terrenal. Es como que hay algo en esa inteligencia de la Vida que lo quiere preservar de la contaminación humana y misteriosamente como nos fue dado nos es arrebatado.

Ejemplos propios y ajenos me lo confirman.

Imperdible. Casi les ruego que la vean y me comenten que les pareció. Para mi sorpresa mi hija adolescente fue por si misma a verla y todavía estamos hablando de ella.

Por mi parte voy a conseguir el libro para contactar la historia original.

 

Enrique Momigliano

05/10/2008

Published in: on octubre 5, 2008 at 7:18 pm  Comments (2)  

EL TIGRE Y LA NIEVE

http://www.tucineportal.com 

La poesía en acción.

Me encanta mandar a mis amigos al cine. Será porque me evoca tardes interminables junto a mi querida abuela en el cine de barrio, colmado de golosinas y viéndola disfrutar de dos películas nacionales seguidas (con Hugo del Carril por supuesto) a cambio de ver por quinta vez Ben Hur o Quo Vadis, que me fascinaban completamente.

Hoy todo cambio. Acompañar a mi hija al cine del shopping tiene su encanto, pero esa salita esquivando los pochoclos y las gaseosas que se tiran los pibes mientras hablan sin cesar conspira contra el clima fílmico y ni que hablar lo que cuesta encontrar una película que valga la pena, por lo menos para los cincuentones como yo.  Por eso amo el video club y cuando en casa todos duermen pongo la reliquia encontrada y lloro y gozo sin tapujos.  Buscando y buscando en la góndola de Cine Arte encontré  El tigre y la nieve, una película de Roberto Benigni del año 2005. El protagonista de La vida es Bella, esa trágica historia ligada a la deportación de tantos italianos muy cercanos en afecto y familia,  en tiempos de la segunda guerra mundial, encarna esta vez a un poeta, profesor de poesía, que impulsado por el amor que no muere hacia su ex esposa, corre a rescatarla en medio de otra tragedia: la guerra de Irak. Seguramente la película podrá ser comentada por su alegato antibelico, pero a mi me encanta su valor poético.

El protagonista vive como todo poeta, mitad en la realidad y mitad en la fantasía y su vida en este mundo es francamente un desastre: pobre, acosado por los juicios, a punto de ir preso, separado, detenido en el amor por su ex mujer. Pero al saber que ella esta en peligro de muerte pone la poesía en acción y la ingenuidad del poeta unida a la fuerza del amor contrasta con la brutal lógica de la guerra, venciéndola.

Realmente un imperdible para los amantes de la poesía que se verán altamente identificados. Merecen remarcarse la explicación del momento en que eligió ser poeta y la contrafigura encarnada por su amigo, el poeta árabe que expresa lo frágil que también puede ser un poeta cuando los horrores de la locura humana se ponen fuertemente en evidencia. Como ser fuerte y sensible a la vez. He aquí el desafío de todos los poetas en todos los tiempos.

Espero que la disfruten hasta las lagrimas, tal como lo hice yo.

El sitio oficial de la película es http://www.letigreetlaneige-lefilm.com/index2.htm donde podrán ver tramos del film, fotos y su historia.

Published in: on octubre 14, 2007 at 5:46 am  Comments (1)