LA SOGA LARGA


 

LA SOGA LARGA

Una metáfora perruna

Pirata es un perro muy simpático, tiene ojos claros, uno con pelo blanco y el otro con pelo negro, de ahí su nombre que la gente del pueblo costero le puso un día. Es, como dice la canción “callejero por derecho propio” y “amante de su libertad”. Pirata hace su vida, como no tiene casa propia, va de puerta en puerta. Donde lo tratan bien se queda un tiempo, donde lo tratan mal, simplemente se va. En el pueblo le atribuyen algunas novias y hasta algunos cachorros pero él no reconoce ni a las unas, ni a los otros, cualquier atadura le parece peor que la tumba.
Durante algunos años en los que aprendió con creces la ley de la calle, es decir, dónde pedir comida, cómo poner la mejor cara para que te la den, cómo escabullirse de los perros grandotes, a qué hembra en celo perseguir y a cual no, cómo cruzar la calle, cómo no correr a las motos, dónde dormir, dónde guarecerse de la lluvia, los rayos y las ventiscas, Pirata disfrutó enormemente su vida callejera.
Empero, un día en que venía padeciendo hambre – era abril y la temporada había sido muy mala- enfermó severamente y por vez primera en su existencia sintió la necesidad de tener un amo, alguien que se ocupara de él. Como conocía a cada habitante del pueblo, no le resultó difícil armar el acting que llevase a una casi instantánea adopción. Se dirigió a la puerta de Claudia, una agraciada jovencita, muy pretendida por los galanes del lugar, se tiró al piso y comenzó a gemir, bajo una lluvia torrencial, muy lastimeramente. No pasaron ni diez minutos hasta que Claudia se apiadó de él, lo hizo pasar, le dio de comer y lo arropó en un cómodo colchón para la noche. Al día siguiente Pirata fue al veterinario. No le gustó demasiado porque lo pincharon por todos lados ya que nunca había recibido una vacuna. Como le indicaron un tratamiento, consiguió alojamiento en la casa de Claudia por un mes.
Durante esos treinta días Pirata desarrolló todas sus malas artes para conseguir: a. que el hermano menor de Claudia insistiese en quedárselo b. informar a la madre de Claudia que era el perro más obediente, limpio y ordenado de la tierra y c. hacer ver al padre de Claudia que realmente necesitaba una buena y silente compañía cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Conclusión, Pirata fue adoptado, Claudia y los suyos estaban felices pero en el interior de nuestro héroe una duda empezó a carcomerlo: “¿Me adaptaré a esta vida doméstica?”
La cosa empezó mal y siguió peor. Claudia era muy buena pero celosa y miedosa, de modo que compró un collar grande y seguro y una correa bien cortita, para tenerlo a Pirata siempre cerca de ella. No lo dejó tener ningún amigo de la calle por miedo a que se contagiara alguna de todas las plagas que suelen asolar a los sin dueño y cuando alguien visitaba su casa con animales, solía encerrarlo para que no molestarla. Para Pirata esa vida no le resultaba tolerable de ninguna manera. Entonces, una madrugada mientras todos dormían y sabiendo bien las ventajas y peligros de la calle, aún siendo pleno invierno, decidió fugarse e instalarse en una zona del pueblo donde sabía muy bien que Claudia no se animaría a ir a buscarlo.
Cuatro años más anduvo Pirata callejeando. Como cada tanto volvía al centro andaba siempre alerta que Claudia pudiese encontrarlo, ni bien la veía solía huir como rata por tirante. Ello fue así hasta que una tarde la vio paseando con una correa bien cortita a un hermoso afgano de pura raza. Pirata se sintió a salvo, de ninguna manera iba Claudia a cambiar una beldad bien adaptada por un pulguiento rebelde sin pedigree.
En el barrio nuevo que frecuentaba solía ir a cenar a la puerta de Beatriz, otra joven muy distinta a Claudia, mucho más sencilla y austera, pero de quien todos hablaban más que bien, solía hacer siempre lo correcto y ocuparse tanto de sus seres queridos como de los más necesitados que solían recurrir a ella. Otra vez Pirata enfermó y no tuvo a quien recurrir más que a ella, quien sin dudarlo le abrió de par en par las puertas de su hogar. Tras un par de meses de convalecencia durante el cual Pirata tuvo un comportamiento ejemplar, la cruel duda lo volvió a carcomer. “¿Hago el acting para que me adopte o me tomo las de Villadiego?” Le bastó cruzar una mirada suplicante con Beatriz, para que el buen corazón que habitaba en ella lo invitase a formar parte de su familia. Beatriz le puso un collar chiquito y liviano, lo suficiente para sostener una chapita con su nombre y un número telefónico al que ató una soga finita y muy pero muy larga. Pirata se sorprendió pero no dejó de festejar que esta vez no le tocaba una dueña ni celosa, ni posesiva como la anterior. Pensó que ello le haría la adaptación a la vida doméstica mucho más sencilla. Y lo fue.
Pirata hacía lo que quería, día y noche. Cuando se le antojaba se quedaba en la casa, cuando quería ver a sus amigos de la calle lo hacía, comía lo que quería, intimaba con las visitas.
Beatriz le perdonaba todo, nunca una queja, nunca un reproche, nunca un reto, lo miraba a los ojos y le sonreía como diciendo “te comprendo, para mí está todo bien mientras seas feliz”.
Pero por lo general los independientes y libertinos, también suelen ser inconformistas, siempre hay algo que les falta y el que empezó a quejarse fue Pirata.
¿Por qué Beatriz ni nadie en la casa jugaba con él?
¿Por qué no le hablaban aunque no entendiera?
¿Por qué no lo sacaban a pasear nunca, ni siquiera una vuelta a manzana?
Tras meses de cavilaciones interiores Pirata llegó a una tristísima conclusión, a la cual debería haber dado el beneficio de la duda pero Pirata le otorgó fatalmente el carácter de certeza.
“No me quieren”
Es que Pirata se la pasaba comparando. Era verdad que cada vez que llegaba a su casa de sus correrías tanto diurnas como nocturnas tenía todo listo, cucha limpia y comida pronta, pero hasta la ausencia de reproches lo reafirmaba en su convicción que el cariño de Beatriz era tan pequeño que bien podía ser tildado de indiferencia. Y él, tras tantos años solitarios y en peligro, necesitaba ternura………en sobredosis. Salió a buscarla.
Como la soga era larga, le permitía llegar a la puerta de vecinos bien lejanos. Con la excepción de Claudia, donde ni loco volvería, comenzó a hacerse el artista en la puerta de Pedro, Alicia, Juan, Norma, etc. etc. etc.. Todos le prodigaban mimos a raudales, jugaban, le hablaban, lo paseaban, lo invitaban a compartir juegos con los niños de la casa, hasta lo bañaban y dejaban jugar con sus atildadas mascotas, ya que el aspecto de Pirata así lo ameritaba. Durante sus estancias en casas vecinas nunca Beatriz salió a buscarlo ni preguntó por él, ya que estaba convencida que regresaría. Si no lo hacía esa misma noche, lo haría al día siguiente. A Pirata ello no le cayó nada bien. “No le importo, me pueden haber atropellado y ni mis restos saldrá a buscar”.
Convencido como estaba que Beatriz no lo quería, intentó ser adoptado por algunas de las casas que visitaba con frecuencia. Pero ninguno se animó a hacerlo porque era evidente que dueño ya tenía, como atestiguaba la presencia de la soga y la chapita colgando del collar.
Pirata comenzó a deprimirse, donde estaba no obtenía la ternura que necesitaba, su cuerpo era correctamente alimentado pero su alma desfallecía. Y donde recibía el alimento de su alma ya tenían otros perros y por ser incorrecto nunca procederían a adoptar un perro con amo. La tristeza lo invadió y una noche, tras pasar unos cuantos días tirado en casa de Beatriz sin probar bocado y sin dormir, decidió cambiar de pueblo.
Salió furtivamente de la casa, se dirigió a la playa y se puso a correr paralelo al mar. Por primera vez en su vida Pirata tuvo miedo, miedo de sí mismo. Sintió una rara voz en su interior que le decía “Corré para adentro del mar, allí está la verdadera libertad que buscas”. Pirata lloró amargamente.
El más cercano pueblo costero estaba a diez kilómetros así que aceleró el trote. Habría hecho unos cinco kilómetros cuando su prodigiosa mente le hizo ver que estaba viviendo una imposibilidad.
“Epa, la soga era larga, pero no tanto ¿Cómo puede ser que aún la tenga en el cuello y floja? ¿se habrá cortado contra algo? ¿alguien se habrá enredado en ella y la cortó?”
Pirata se detuvo en la orilla lleno de preguntas. Cuando volteó el hocico hacia la dirección desde donde había venido, alumbrada por un rayo de luna y resoplando, vio surgir de entre las sombras, soga en mano, la figura de Beatriz.
Llegó hasta él, lo abrazó y le dijo:
“Supe de cada uno de tus pasos, de tus luchas, de tus errores y de tus quebrantos. Todos los comprendí y todos los perdoné. El único que no estaba dispuesta a tolerar era que me abandones, vamos a casa”.
Con paso cansino Pirata volvió caminando a su lado, pensando que aunque no lo quieran como él necesita, es mejor que exista alguien en el mundo que lo quiera, de la mejor forma que pueda. Y ese era, sin dudas, el bendito lugar, que la siempre difícil vida le estaba ofreciendo para envejecer y morir.
Atrás, sobre la oscura arena, quedaron el diminuto collar, la chapita y la soga larga. Ni Pirata ni Beatriz los creyeron ahora necesarios.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018

Anuncios
Published in: on febrero 13, 2018 at 5:54 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://sociedadpoetica.wordpress.com/2018/02/13/la-soga-larga/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: