SÍNDROME


SÍNDROME

Dicen que la religión comienza con la muerte del padre, En mi caso lo que comenzó fue el miedo. Y lo hizo mucho antes de aquel fatídico 24 de marzo de 1970. Mi papá volaba, por trabajo, muchas veces en el año, en un tiempo en que los aviones se caían con suma frecuencia, es decir que cada vez que venían a buscarlo para llevarlo a Ezeiza, tanto mi madre como yo, vivíamos el hecho como una posible muerte. Eso nos salvó después, cuando la muerte fue real. Un día, hartos los dos de andar llorando por los rincones, nos pusimos de acuerdo en considerar la ausencia paterna del hogar, como un viaje mucho más largo, del que algún día volvería. Volvió, claro que volvió, en mis sueños. Con mucha frecuencia soñé su llegada a casa, mi alegría por el reencuentro y viví con desazón mi despertar. Ese pacto nos protegió del dolor insoportable, pero también es cierto que detuvo el duelo. Tuvieron que pasar décadas para que una inolvidable tarde de role playing que formaba parte de mi psicoterapia, pudiera entonces sí, decir adiós.
Acostumbrado a callar sus heridas, a mis trece años pensaba que mi padre gozaba de perfecta salud. ¿Como iba a imaginar sus padecimientos si jugábamos a la paleta hasta agotarnos o nadábamos en el mar incluso con agua bastante fría?. Y se murió en dos tiempos, muy lejos de mis temidos aviones. Una mañana antes de ir a trabajar se descompuso, era el 10 de marzo, hubo dudas, interconsultas, operaciones, mala praxis, cambio de nosocomio, emergencias varias, es decir lo habitual: cuando llega la hora, nada sirve, todo sale siempre mal, muy mal. Pero entre el 10 y el 24 de marzo, mi padre cumplió años. Por sus viajes estaba acostumbrado a celebrarlos fuera de fecha, pero nunca a verlo entubado en una terapia intensiva con mi madre desesperada a su lado. Había nacido en 1909, aquél 16 de marzo cumplía 61 años, la edad que estoy cumpliendo hoy.
Mucho he leído sobre el síndrome del aniversario y sé, por mis amigos, cuánto cuesta superar la edad a la que sus padres partieron. Se mezcla una rara culpa del sobreviviente, una sensación de lealtad rota, muy especialmente en aquellos que han seguido firmemente sus huellas en la vida. Afortunadamente yo hace rato que dije adiós como se debe y que rompí el camino, no tengo tanta lealtad a mi padre y sus mandatos como para morirme por él. Empero un mal recuerdo me acompaña como una sombra, el de las puertas de esa terapia intensiva donde entendí que mi orfandad comenzaba a tomar cuerpo. Unos pocos años después, en el mismo sitio yacía mi amigo Raúl, quien a sus 20 años había decidió quitarse la vida. Pude llegar hasta las puertas con nuestro grupo de amigos, pero a la hora de entrar pudo más el recuerdo de ese cumpleaños, triste como ninguno y no pude pasar a despedirme. No tengo dudas que bendecido como soy por haber llegado bastante entero, cuerdo y coherente hasta aquí, alzaré con alegría mi copa esta noche, pero tampoco las tengo, que en el fondo me aguarda un dejo de tristeza, en especial por los años que la ladrona muerte, me privó de compartir con alguien que sigo extrañando.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de enero de 2018

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Published in: on enero 12, 2018 at 1:21 pm  Dejar un comentario  

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