LA PIPA DEL CAPITÁN


LA PIPA DEL CAPITÁN

Memoria de ser amado

Moría el domingo, uno distinto para Wenceslao. Su esposa desde hacía tantos años que ni se acordaba, había ido a visitar a una prima, anciana como ella, que vivía en Carrasco y volvería recién el lunes por la tarde. Las sombras que invadían su escritorio del departamento en que vivían, herencia de su padre, en los últimos pisos del Palacio Salvo, interrumpieron su lectura de Benito Cereno, esa poco conocida pero hermosa historia marinera de Herman Melville. Cerró el libro y se levantó del sillón con cierto esfuerzo, sus más de 30 años como capitán de ultramar habían dejado huellas en sus rodillas y caderas y los días de humedad su movilidad se veía acotada.
La perspectiva de cenar en soledad no le atraía demasiado y además un cierto nudo en el abdomen había ahuyentado el hambre. Estaba solo, podía fumar. En el fondo del último cajón del ropero, donde Silvana, su esposa jamás llegaría por no poder agacharse ella tampoco demasiado, lo esperaba una caja finamente tallada. Con suma dificultad llegó a ella y al abrirla dio con su pipa y un sobre de tabaco, la misma pipa y la misma marca de tabaco que lo acompañara en la soledad del puente de mando del último carguero que capitaneó por un lustro. Se tomó su tiempo para prepararla con esmero y en la oscuridad un fósforo alumbró su rostro ajado, sus ojos tristes, su barba cana y su cabello desordenado, antes de encender la vieja pipa.
La primera pitada fue placentera, la segunda no tanto, y la tercera lo llenó de angustia. Delante suyo, en lugar de olas de 10 metros y un horizonte esquivo, que el tabaco le solicitaba ver, había una ventana no muy grande que daba a un Montevideo que se iluminaba de a poco. Para no sentirse tan mal recurrió a una sucia caja que hacía mucho tiempo que no se abría, ubicada encima del ropero. De allí extrajo una chaqueta marinera, su uniforme de marino mercante, que rápidamente vistió. Se miró al espejo, fue peor. La imagen no era la del capitán temido y respetado a la vez por la tripulación, enérgico, conocedor de los secretos de los vientos y mareas, siempre dispuesto a dar todo de sí, para ganarle la pulseada al océano y llegar seguro a puerto con hombres y cargas.
A cierta edad el curriculum, no tiene valor alguno, no importaban sus hazañas, sus varias vueltas al mundo, sus innumerables distinciones, diplomas, premios. Hoy lo juzgaban por lo que era hoy, apenas un marino mercante más, jubilado, a quien nadie convocaría para gobernar ni siquiera un barquito fluvial.
Las volutas del humo lo envolvieron en la oscuridad y lo guiaron a buscar un sillón, un par de binoculares celosamente bien conservados desde el tiempo que los usaba para otear el infinito y a sentarse con ellos junto a la alta ventana que se abría, entre otras muchas cosas, sobre el puerto montevideano, el cual rápidamente enfocó.
La visión de los modernos cargueros atracados, esperando al lunes para reiniciar sus tareas febriles de carga y descarga, meciéndose al ritmo de la suave marea que los celosos espigones dejaban pasar, le hizo bien. Hoy no era nadie, pero había sido. Él había gobernado gigantes parecidos, sin un solo accidente, sin perder un solo hombre a lo largo de toda su carrera y con una tecnología mucho más imprecisa, con unas comunicaciones mucho más endebles, con riesgos muchísimo más severos.
Se dio cuenta que no podía sin ser injusto, quejarse de la vida que había llevado. Le habían pagado por conocer casi todo el mundo, en su bagaje cultural había más conocimiento directo de culturas, pueblos, ciudades y costumbres que aquél del que solían alardear vanidosos profesores universitarios de todo tipo. Había disfrutado de las mieles y las cargas del poder mucho más que cualquier gobernante. Cuando el barco deja el puerto es un país en si mismo, donde el capitán es rey, tirano, monarca y dictador, juez supremo y padre protector de toda la tripulación.
Pero Wenceslao tenía algo más que agradecer a su ajetreado recorrido vital. No era un mito, los marinos tenían una novia en cada puerto y él así lo había gozado. Quizás fuera esa cercanía con la muerte que los hacía disfrutar a tope cada noche en puerto, o quizás fuera esa certeza que el reencuentro siempre sería incierto lo que los tornaba más audaces y rápidos a la hora de seducir a una mujer, o la soledad del mar y en su caso la soledad del mando que requería una necesaria sobre compensación en el tiempo en tierra. Sin tener muy en claro el motivo la volutas de la pipa ahora le traían formas de mujeres. Veía en ellos los senos de Laura de Estambul, las caderas de Norma de Hamburgo, los muslos de Adriana de Trieste, las mejillas de Sally de Nueva York. Y venían en tropel recuerdos de burdeles y de hogares, de hoteles alojamiento de casadas en falta, de esquinas oscuras de jovencitas perdidas, de piezas humildes y camas suntuosas, sabiendo que tanto él como ellas eran aves de una noche sola, algo que olvidar mutuamente al amanecer.
Las reincidencias habían sido raras, le alcanzaban los dedos de una mano para contarlas. Eran las mujeres por quienes había sentido algo más que una necesidad, algo que no podría definirse como amor, ya que a él le estaba vedado. Contrariando una idea popular, el viajero casado se prohíbe a si mismo enamorarse de nadie, no puede ni debe arriesgarse al desgarro, al trío imposible, al amor a distancia. Eso no le había impedido encariñarse con aquellas con quienes había reincidido cuando su itinerario siempre cambiante lo devolvía a un puerto en el que había estado no hacía demasiado tiempo y se sorprendía buscándolas, preguntando aquí y allá por ellas hasta lograr arreglar un encuentro que por dificultoso siempre resultaba apasionado. De ellas el humo no le traía recuerdos de partes íntimas sino gestos diversos, casi siempre rostros. De una veía en las volutas la forma única como se arreglaba el cabello, de otra los mohines de su boca cuando deseaba alterarlo, de otra los ojos entrecerrados despidiendo una fiebre pasional.
El capitán estuvo un buen rato entretenido, mirando barcos con sus binoculares y con cada sorbo de la pipa recordando mujeres, intentando asociar formas a nombres y nombres a puertos. Entonces sucedió, con la velocidad del rayo que ilumina el pensar, llegó Teresa. Y las volutas de humo no trajeron a nadie más. Se unificaron y se la mostraron de cuerpo entero, allí estaba ella, junto a él, en esa habitación solitaria y oscura de la altura montevideana.
Wenceslao se conmovió, su viejo corazón dio un brinco y comenzó a latir con una fuerza que no recordaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su alma de paz. Era ella sin dudas el mejor de sus recuerdos, el que aún lo hacía vibrar. Habían pasado ya dos décadas pero el capitán recordaba con exactitud las circunstancias que lo llevaron a sus brazos. Una severa tormenta en el Caribe lo había sorprendido y buscando refugio había atracado, fuera de itinerario, en una bahía protegida de la venezolana Isla Margarita, Llegó habiéndola pasado muy pero muy mal. No solo el susto de la tormenta había sido grande sino que atacados por el pánico sus tripulantes, incluso los de más confianza se habían amotinado en su contra, exigiendo la búsqueda inmediata de un puerto seguro. Desembarcó el capitán en una profunda crisis que le hizo cavilar sobre la seria posibilidad de su retiro. En ese clima tanto exterior como interior desapacible se había registrado en una humilde hospedería que regenteaba Teresa, una hermosa mujer 30 años menor, casada con dos niños pequeños y un marido viajante de comercio que andaba dicha noche por algún rincón del Orinoco. Solo, triste y desolado el capitán había prolongado los tragos de la sobremesa y Teresa viéndolo en un estado lamentable se decidió a acompañarlo. La tormentosa noche hizo necesitar a los solitarios de cercanías, las desavenencias pidieron escuchas y la charla desnudó afinidades más allá de lo imaginable. Al amanecer ella estaba profundamente enamorada y él sabía que le iba a costar muchísimo abandonar la isla. El temporal devino huracán y el mal tiempo impidió al carguero zarpar por una semana. Esos siete días le parecieron al capitán un tiempo fuera del tiempo, un lugar existente exclusivamente en sueños y Teresa la geografía a la que siempre perteneció sin saberlo.
Sus ruegos fueron inútiles, el capitán, su carguero y su tripulación, tras los perdones del caso, partieron al alba del octavo día. Nada pudo ser igual para Wenceslao de ahí en más.
El humo en la oscuridad formó otras figuras, entre ellas las del dueño de la naviera y sus risotadas cuando el capitán solicitó el pase a una línea costera para tener en el itinerario la Isla Margarita, lo que implicaba no solo una disminución de sueldo sino también de jerarquía. También llegó la cara preocupada de su segundo de a bordo cuando Wenceslao gobernó el barco en viaje a China sin dormir por una semana aferrado al timón día y noche por no atreverse a cerrar los ojos ya que el recuerdo de Teresa lo atormentaba.
Nunca más logró verla y el tiempo, como sabe hacerlo, adormeció el sentimiento. La distancia hizo lo suyo y el capitán volvió a las andadas, marido fiel en Montevideo, visitante de ignotas mujeres a quien ni siquiera el nombre preguntaba, en cada puerto visitado. Pero Teresa siguió ahi, su terco amor lo persiguió de día y de noche en cada rincón del mundo en que se halló. Le llevó a Wenceslao unos cuantos años, unas cuantas tormentas y miles de millas náuticas sentirse agradecido por la experiencia. Teresa lo había amado con el alma y lo había hecho para siempre. El capitán no conocía a nadie que pudiera colgarse esa medalla.
Con la cara bañada en lágrimas que no podía decir con seguridad fuesen de emoción o alegría, dio una última larga pitada a la vieja pipa, obnubiló su visión del puerto con el humo y feliz, definitivamente feliz, se levantó dispuesto a guardar chaqueta, binoculares, pipa y tabaco. Mañana llegaba su esposa y todo debía estar en perfecto orden.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de enero de 2018

Published in: on enero 8, 2018 at 12:07 am  Dejar un comentario  

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