POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII


 

 

ALESSANDRO MANZONI

 

POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII

Como saben estoy leyendo, debería decir estudiando, una de las obras más emblemáticas de la literatura italiana, I Promessi Sposi ( Los Novios) de Alessandro Manzoni. Una obra que le llevó 20 años culminar en 1842, pero que se sitúa en las tierras del norte de Italia en el año 1628, a la sazón gobernada por los Habsburgos de Madrid, España. Imaginar a italianos gobernados por españoles y 200 años atrás, le requirió al autor un supremo esfuerzo investigativo y narrativo. Estoy mas o menos por la mitad y me tiene tan atrapado como al inicio. Se trata de dos novios desdichados porque le impiden su boda, por razones bien distintas a las de Romeo y Julieta y en el curso de las peripecias consecuentes, aparecen narradas costumbres, relaciones de poder, la nobleza, los vanos esfuerzos legislativos, la corrupción, el clero y sus mañas, los bravos al servicio de los poderosos, los campesinos y la gente de la ciudad. Un fresco con todos los matices de la sociedad de entonces, reitero 1628, casi 400 años antes de nuestro tiempo actual.
Cual no sería mi sorpresa al toparme entre las páginas 221 del primer tomo y la página 253 en el segundo tomo, es decir los capítulos XII y XII enteramente dedicados al estrepitoso fracaso de un proyecto populista con respecto a un bien escaso y trascendente para el pueblo, como lo es, sin duda, el pan. Y más que interesante resultan las consecuencias políticas de dicho fracaso y como las percibe la población en general y cual es su conducta posterior. Una verdadera joya que reproduzco a continuación en sus párrafos esenciales, sustituyendo en homenaje a la brevedad, muchas de las 32 páginas con mis palabras. En vísperas del voto es bueno recordar en la pluma de un maestro que hay recetas que fracasaron siempre, aunque el pueblo pida, una y otra vez, insistir en ellas.

XII

Era aquél el segundo año de cosecha escasa. En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años previos habían suplido, hasta cierto punto, la carencia; y la población había llegado, si bien no harta ni hambrienta, ciertamente desprovista, a la mies de 1628, en la que estamos con nuestra historia. Pero la tan deseada siega fue incluso más mísera que la anterior, en parte por mayor contrariedad de las estaciones (y esto no sólo en Milan, sino también en buena cuenta de los pueblos circundantes), en parte por culpa de los hombres. El derroche y el despilfarro de la guerra, esa hermosa guerra de la que ya hemos hecho mención, era tal que, en la parte del estado más cercana a ella, muchas tierras más de lo ordinario quedaban sin cultivo y abandonadas por los campesinos, quienes, en vez de procurar con el trabajo pan para sí y para los otros, se veían obligados a mendigarlo por caridad. He dicho «más de lo ordinario» porque los insoportables tributos impuestos con una codicia y una insensatez igualmente inmensas, la conducta habitual, también en plena paz, de las tropas alojadas en los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquellos tiempos igualan a la de un enemigo invasor, otras causas que no hay aquí lugar para mencionar, iban ya desde hacía un tiempo obrando lentamente aquel triste efecto en todo Milan; las circunstancias particulares de las que ahora hablamos eran como una repentina exacerbación de un mal crónico. Y no había terminado de arreglarse aquella cosecha cuando las provisiones para el ejército y el derroche que siempre las acompaña, le hicieron tal mella que la escasez se hizo sentir de repente y, con ella, aquel efecto suyo doloroso, tan saludable como inevitable, el encarecimiento.
Pero cuando esto llega a cierto punto, nace siempre (o, al menos, ha nacido siempre hasta ahora y, si aún lo hace, después de tantos escritos de hombres de valía, ¡pensad en aquel tiempo!), nace una opinión en muchos de que la escasez no tiene razón. Se olvida haberla temido, predicho; se supone de pronto que hay grano bastante y que el mal viene del no vender el suficiente para el consumo; suposiciones que no tienen pies ni cabeza, pero que lisonjean a un tiempo la cólera y la esperanza. Los acumuladores de grano, reales o imaginarios, los poseedores de tierras, que no lo vendían todo en un día, los horneros que lo compraban, todos aquéllos en suma que lo tenían en poco o suficiente, o que tenían fama de tenerlo, a éstos se culpaba de la penuria y el encarecimiento, éstos eran el blanco del lamento general, la abominación de la multitud mal y bien vestida. Se decía de seguro dónde estaban los comercios, los graneros llenos, desbordantes, apuntalados; se indicaba el número de sacos, disparatado; se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de grano que se enviaba secretamente a otros pueblos, en los que probablemente se bramaba con igual seguridad que el grano de allí se enviaba a Milán. Se imploraban a los magistrados aquellas medidas que a la multitud parecen siempre, o al menos han parecido siempre hasta ahora, tan justos, tan simples, tan aptos para hacer salir el grano escondido, tapiado, enterrado, como decían, y hacer volver la abundancia. Los magistrados algo hacían: como establecer el precio máximo de algunas mercancías, intimar penas a quien rehusare vender y otros edictos del género. Como, sin embargo, todas las medidas de este mundo, por fuertes que sean, no tienen la virtud de disminuir la necesidad de alimento ni de hacer venir mercancías fuera de estación y, como en este caso particular, no tenían ciertamente la de sacarlas de donde quiera que sobrasen, el mal duraba y crecía. La multitud atribuía tal efecto a la escasez y la debilidad de los remedios, y solicitaba a gritos otros más generosos y decisivos. Y , para su desventura, halló la horma de su zapato. En ausencia del gobernador don Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba el asedio de Casal del Monferrato, hacía sus veces en Milán el gran canciller Antonio Ferrer, también español. Este vio, ¿y quién no lo habría hecho?, que es en sí cosa muy deseable que el pan tenga un precio justo y pensó, y ése fue su fallo, que una orden suya podía bastar para producirla. Fijó la meta (así llaman aquí a la tarifa en materia de comestibles), fijó la meta del pan al precio que habría sido justo si el grano se hubiese vendido por lo común a treinta y tres liras el modio, cuando se vendía a hasta ochenta. Hizo como una mujer que se siente joven y cree rejuvenecer de veras alterando su fe de bautismo. Órdenes menos insensatas y menos inicuas habían dejado de ejecutarse, más de una vez, por la resistencia de las propias cosas; pero la ejecución de ésta la vigilaba una multitud que, viendo finalmente convertido en ley su deseo, no habría sufrido que fuese una burla.
Acudió enseguida a los hornos, a pedir el pan al precio tasado; y lo pidió con la resolución y la amenaza que dan la pasión, la fuerza y la ley reunidas.
Si los horneros protestaron, no lo preguntéis. Desleír, amasar, meter y sacar del horno sin pausa; porque el pueblo, sintiendo vagamente que era una cosa violenta, asediaba los hornos de continuo para disfrutar de la fábula mientras durase; trabajar como esclavos, digo, y afanarse más de lo habitual para salir perdiendo, cualquiera puede ver qué hermoso goce debe de dar. Pero, por una parte, los magistrados que intimaban penas y, por otra, el pueblo que quería ser servido —y cuidado que algún hornero se demorase, porque apuraba y gruñía con ese vozarrón que tiene, y amenazaba una de aquellas justicias suyas, que son de las peores que se pueden hacer es este mundo—; no había salvación, era preciso mezclar, meter y sacar del horno, y vender. Pero, para continuar aquella empresa, no bastaba que se les ordenase ni que tuviesen un gran miedo, era preciso poder; y, un poco más que la cosa hubiese durado, no habrían podido. Hacían ver a los magistrados la iniquidad y la insoportabilidad de la carga que les habían impuesto, protestaban con querer tirar la pala en el horno e irse; y, mientras, seguían adelante como podían, esperando, esperando que, una vez u otra, el gran canciller entrase en razón. Pero Antonio Ferrer, quien era lo que hoy diríamos un hombre de carácter, respondía que los horneros se habían aprovechado mucho y más en el pasado, que se aprovecharían mucho y más al volver la abundancia; que también se vería, se pensaría quizá en darles algún resarcimiento; y que, entretanto, siguiesen así adelante. Fuese que estaba verdaderamente persuadido de estas razones que alegaba a los demás o que, aun conociendo por los efectos la imposibilidad de mantener su edicto, quisiese dejar a los otros la odiosidad de revocarlo —pues ¿quién puede entrar ahora en el cerebro de Antonio Ferrer? —, el caso es que siguió firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (un magistrado municipal compuesto por nobles que duró hasta el noventa y seis del siglo pasado) informaron por carta al gobernador del estado de las cosas: que encontrase él algún expediente que les permitiese avanzar. Don Gonzalo, enredado hasta las cejas en los asuntos de la guerra, hizo lo que el lector se imagina ciertamente: nombró una Junta a la que confirió la autoridad de establecer para el pan un precio que fuese posible; algo que pudiera salvar tanto a una parte como a la otra. Los diputados se reunieron o, como se decía a la española en la jerga administrativa de la época, se ayuntaron; y tras mil reverencias, cumplidos, preámbulos, suspiros, suspensiones, proposiciones al aire, tergiversaciones, todos trajines hacia la deliberación de una necesidad sentida por todos, sabiendo bien que jugaban una gran carta, pero convencidos de que no había otra cosa que se pudiese hacer, concluyeron encarecer el pan. Los horneros respiraron; pero el pueblo enfureció.

 

En síntesis, Ferrer, el mandamás a cargo puso un precio máximo. Con ello fundió a los panaderos. Gonzalo, el verdadero mandamás nombró una comisión, esta encareció el pan, para volver a hacer la producción posible y reinó el descontento popular.

 

La noche antes del día en que Renzo llegó a Milán, las calles y plazas bullían de hombres que, transportados por una rabia común, dominados por un pensamiento común, conocidos o extraños, se reunían en corrillos sin haber tenido la intención, casi sin percatarse de ello, como gotas esparcidas sobre la misma pendiente. Cada discurso acrecentaba la persuasión y la pasión de los oyentes, así como las del que lo había proferido. Entre tantos apasionados, los había, claro está, más de sangre fría, que observaban con gran placer cómo se iba enturbiando el agua y se las ingeniaban para enturbiarla más, con esos razonamientos y esas historias que los despabilados saben componer y los ánimos alterados, creer; y se proponían no dejarla reposar, esa agua, sin la ganancia de los pescadores. Miles de hombres se fueron a la cama con el vago sentimiento de que era preciso hacer algo, que algo se haría.

 

Sigue a continuación el maravilloso relato de la rebelión popular que comienza con el asalto a un repartidor de pan, continúa con el saqueo y destrucción de una panadería y concluye con el asedio e intento de copamiento de la casa particular del Vicario de la Provisión ( una especie de Secretario de Comercio), Veamos algunos pocos párrafos de esta situación tan dramática

 

La vista del botín hizo olvidar a los vencedores los planes de venganza sanguinaria. Se abalanzan sobre las arcas, saquean el pan. Alguno, sin embargo, corre al mostrador, salta la cerradura, agarra los cuencos, aferra monedas a puñados, las mete en los bolsillos y sale cargado de dinero, para volver después a robar pan si queda. La multitud se dispersa por los comercios. Echa mano a los sacos, los arrastra, los rompe; alguien se mete uno entre las piernas, desata la boca y, para reducirlo a una carga que pueda llevar, tira una parte de la harina; alguien, gritando:
—¡Espera, espera! —se inclina y tiende el delantal, un pañuelo, el sombrero, para recibir aquella gracia de Dios; uno corre a una artesa y toma un pedazo de masa, que se alarga y se le escapa por todas partes; otro, que ha conseguido un coladero, lo lleva por el aire; quien va, quien viene: hombres, mujeres, niños, empujones, dados y devueltos, gritos y un polvo blanco que se posa sobre todo, de todo se eleva y todo lo vela y lo nubla. Fuera, un gentío compuesto de dos procesiones opuestas que se rompen y se obstaculizan entre sí, la de quien sale con el botín y la de quien quiere entrar a lograr el suyo.

—Queda ahora descubierta — gritaba uno— la impostura infame de esos bribones que decían que no había ni pan, ni harina, ni grano. Ahora se ve la cosa clara y evidente; y no nos podrán ya engañar. ¡Viva la abundancia!

El vicario de provisiones, elegido cada año por el gobernador entre los seis nobles propuestos por el Consejo de Decuriones, era el presidente de éste y del Tribunal de provisiones, que, compuesto por doce, también estos nobles, tenía, entre otras atribuciones, la de los víveres. Quien ocupaba tal puesto debía, necesariamente, en tiempos de hambre e ignorancia, ser nombrado autor de los males: a menos que hubiese hecho lo que hizo Ferrer; cosa que no estaba en sus facultades, ni
aunque hubiese sido su idea.

—¡Viva la abundancia! ¡Mueran los hambreadores! ¡Muera la carestía! ¡Abajo la provisión! ¡Abajo la Junta! ¡Viva el pan!
Verdaderamente, la destrucción de las artesas y los cedazos, la devastación de los hornos y el desorden de los horneros no son los medios más comunes para hacer vivir el pan, pero ésta es una de las sutilezas metafísicas a las que una multitud no llega. No obstante, sin ser un gran metafísico, un hombre llega a ellas a veces a la primera, aun siendo nuevo en la cuestión; y, sólo a fuerza de hablar de ellas y de oír hablar, se volverá incapaz también de entenderlas.

Había un apremiar y un retener, como un remanso, una indecisión, un murmullo confuso de contrastes y consultas. En ésta, estalló por medio de la multitud una voz maldita:
—Está aquí cerca la casa del vicario de provisiones: ¡vamos a hacer justicia y a saquearla! Pareció el recuerdo común de un acuerdo ya cerrado más que la aceptación de una propuesta. «¡Donde el vicario! ¡Donde el vicario!», es el único grito que se oye. La turba se mueve, toda junta, hacia la calle donde estaba la casa mencionada en tan mal momento.

XIII

—¡El vicario! ¡El vicario! ¡El hambreador! ¡Lo queremos! ¡Vivo o muerto! El desdichado andaba de cuarto en cuarto, pálido, sin aliento, dándose con una mano en la otra, encomendándose a Dios, y a sus criados que se mantuvieran firmes, que encontrasen la manera de hacerlo escapar. Pero ¿cómo? y ¿desde dónde?

 

A esta altura se preguntarán quien viene presuroso a rescatar al Vicario, consagrado en el chivo expiatorio de la bronca popular. Piensen un poquito, recuerden nuestra historia cercana y acertarán.
Siiiiii, efectivamente, el mismo, Antonio Ferrer, el que había desatado todo el problema poniendo un ridículo precio máximo al pan y llevando a la quiebra a los panaderos. Llega, le salva la vida al Vicario con la promesa al pueblo de encarcelarlo para que pague sus culpas y promete que al día siguiente habrá pan a precio máximo para todos ( y todas).

 

De repente, un movimiento extraordinario, comenzado en un extremo, se propaga por la multitud, una voz se divulga, corre de boca en boca: —¡Ferrer! ¡Ferrer! Maravilla, alegría, rabia, inclinación, repugnancia, estallan allí donde llega aquel nombre; quien lo grita, quien quiere ahogarlo; quien afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema. —¡Está aquí Ferrer! —¡No es cierto! ¡No es cierto!
—¡Sí, sí! ¡Viva Ferrer! Que ha bajado el precio del pan. —¡No! ¡No! Esta aquí, está aquí, ¡en la carroza! —¿Qué importa? ¿Qué tiene él que ver? No queremos a ninguno. —¡Ferrer! ¡Viva Ferrer! El amigo de la pobre gente. Viene para llevar a prisión al vicario.

 

Obviaré aquí unos magistrales párrafos acerca de los componentes de una turba y de como se los maneja por escapar al centro de la cuestión, no obstante recomiendo fervientemente su lectura. Ferrer rescata al aterrorizado Vicario en su propia carroza y pasa entre el pueblo que lo vitorea.

 

El viejo Ferrer presentaba ora a una portezuela, ora a la otra, un rostro todo humilde, sonriente, amoroso, un rostro que había reservado siempre para cuando se encontraba en presencia de don Felipe IV , pero que se vio obligado a derrochar también en esta ocasión. Hablaba también, pero el revuelo y el zumbido de tantas voces, los vivas mismo que le hacían, dejaban muy poco y a muy pocos oír sus palabras. Se ayudaba, por lo tanto, con señas, poniéndose ora las puntas de los dedos sobre los labios para tomar un beso, que las manos, separándose de pronto, distribuían a derecha e izquierda en agradecimiento por la benevolencia pública; extendiéndolas y moviéndolas ora lentamente fuera de una de las portezuelas para pedir que abriesen paso; bajándolas ora gentilmente para pedir un poco de silencio. Cuando había logrado un poco, los más cercanos oían y repetían sus palabras:
—Pan, abundancia. Vengo a hacer Justicia; paso, por favor
Derrotado, luego, y como ahogado por el ruido de tantas voces, por la vista de tantos rostros juntos, de tantos ojos sobre él, se retiraba un momento, hinchaba los carrillos, daba un gran suspiro y decía para sí: «Por mi vida, ¡qué de gente!».
—¡Viva Ferrer! No tenga miedo. Es vuestra merced hombre de bien. ¡Pan! ¡Pan!
—Sí, pan, pan —respondía Ferrer —. Abundancia, lo prometo. —Y se llevaba la mano al pecho—. Paso — añadía al punto—. Vengo para llevarlo a prisión, para darle el justo castigo que merece.

 

Convendría aclarar que Manzoni nunca visitó nuestro país, de modo que resulta imposible que se haya inspirado en él. Tambíen convendría que todos los candidatos del día de hoy leyesen estos párrafos, en principio por su propio bien. Y por último convendría a nosotros pobres mortales sin ninguna cuota de poder ni aspiración a tenerla que dejásemos de apoyar proyectos populistas insustentables que llevan en si mismo, la rara paradoja de terminar convocando como salvadores a los causantes de la tragedia, esperemos que la experiencia por una vez sea capaz de derrotar a las falsas esperanzas.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de agosto de 2017

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Published in: on agosto 13, 2017 at 2:22 am  Dejar un comentario  

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