EL ARA BAHÍA PARAÍSO AÚN NAVEGA


 

EL ARA BAHÍA PARAÍSO AÚN NAVEGA

Día de la Armada con sus tripulantes de 1982

Si mi poesía A VOS me llevó por caminos insospechados, parece que mi libro COMBATIMOS se proponer hacer otro tanto, mucho más rápido y mucho más lejos. Cuando todavía no me había repuesto de la emoción de presentarlo en el stand del Ejército Argentino en la 43 Feria del Libro, fui invitado a celebrar el Día de la Armada junto a la tripulación que fue a la guerra embarcada en el transporte polar ARA Bahía Paraíso. Parece que mi plan de reconvertirme en poeta para vivir una vida solitaria, ermitaña y contemplativa, está teniendo sus tropiezos. Aprendí con los años – seis décadas algo me han enseñado – a no contradecir la fuerza de la vida, cuando te empuja a un camino, lo mejor es transitarlo, ella sabe más, Dios también.

No me es un barco extraño, para poder incluir la historia vital de Ariel Ramirez en Combatimos leí bastante de su historia, azarosa, valiente y sorprendente. Un día veo en las redes que un programa de radio que suelo escuchar seguido, el de la Comisión Permanente de Homenaje a la Gesta del Atlántico Sur, se proponía tratar la historia del barco invitando a su contador, el capitán de navío Fernando Bernabé Santos y al heroico piloto del helicóptero Alouette 3 embarcado, al teniente de navío aviador naval Omar Busson. De inmediato etiqueté a Ariel y la gente del programa me pide que procure su asistencia al programa. El programa fue un éxito y el encuentro entre piloto y cabo primero absolutamente conmovedor. Así fue como Ariel se integró a este unido y dinámico grupo de tripulantes, cuya alma mater fue hasta su fallecimiento ocurrido en 2008, su capitán de entonces el Vicealmirante Ismael Jorge García, tarea que hoy continúan los mencionados Busson y Santos junto al furriel de entonces, el salteño de Orán, Enrique Lara.

La cita era su lugar habitual de encuentro, la parrilla Olegario de Av Libertador cerca del túnel y el ahora poeta en la Armada que esto escribe, fue lleno de expectativa, con cámara y grabador en el bolsillo, “por si daba para la nota”. Ariel quería que sus camaradas conocieran al irreverente escritor civil que se había atrevido a dedicar unas cuántas páginas a su barco y éste estaba fascinado por la posibilidad de conocer a los veteranos de guerra que habían recuperado las Islas Georgias, rescatado náufragos del crucero ARA General Belgrano y actuado como buque hospital, tras una reconversión a toda marcha, en las Malvinas, siendo venerado casi como un hogar por los fatigados combatientes que tuvieron la dicha de volver en su vientre, al continente tras la durísima batalla.

Confieso que no llegué en un buen momento. El grupo miraba atentamente pero con indignación contenida el programa del canal 13 que por primera vez habló de Georgias. Las falsedades, los datos tendenciosos, el espíritu anti gesta habían puesto a sus protagonistas de un humor pésimo, por lo cual mi llegada fue respetuosa pero fría, estaban en otra cosa.

Los entremeses bastaron para unas muy breves palabras sobre el libro, varios apretones de mano demasiados recios para la mía y un esfuerzo para recordar nombres y caras a fin de asociarlos con solvencia a posteriori.

El segundo movimiento consistió en tomar ubicación en la mesa. Aliviado por la compañía del médico psiquiatra participante del libro Dr. Federico Raimon, con quien ya hemos compartido algún asado en casa de Ariel, me senté junto a él pero en un sitio inconveniente. La guerra es ensalzada por quien nunca estuvo en una, conserva ella así su mito romántico y heroico y oculta su parte terrible, las consecuencias de la violencia desatada. Sin embargo no todos los que van a la guerra se ocupan de matar y de morir, hay muchos que se ocupan de cocinar, administrar los recursos, celebrar la santa misa y atender a los heridos. Se podrá decir que los primeros sufren la peor parte, es posible, pero los segundos ven el fruto de la acción, lo palpan con sus manos, escuchan sus gritos, sienten su dolor. No se francamente quien debe dotarse de más valor. Y al poeta que buscaba ratificar los conocimientos leídos sobre las operaciones le tocó sentarse junto al enfermero del buque, quien tuvo que atender heridos graves de ambos bandos y lo hizo con una eficiencia y dedicación tales, que muchos tripulantes aún hoy confían ciegamente en sus consejos. Durante una hora estuve sometido al relato de historias que no fui a buscar, que no puedo ni quiero escribir y que forman parte de la guerra tanto como el combate, pero que si le prestásemos atención, jamás por ninguna razón estaríamos a favor de guerra alguna. Son las historias del sufrimiento humano.

Como era de esperar la angustia creciente me hizo comer y tomar de más. La presencia cercana del Furriel Lara me permitió intercalar alguna historia soportable, pero estaba cercado. Los metros de intestino amputados, el tercio de brazo ingles faltante, el ojo colgando del artillero de la corbeta ARA Guerrico, las sondas nocturnas, los códigos para comunicarse con el enfermero cuando hablar es imposible, eran ya intolerables para mi.

A los postres me iluminé. Era una oportunidad única y mi sangre de periodista hervía, lo que estaba escuchando no lo podía escribir y no estaba preguntando lo que quería preguntar. Jamás hare un libro sobre el hospital de Puerto Argentino, el frente más cruel de la guerra, dejo a escritores menos sensibles esa digna tarea. Transmití entonces a Omar Busson mi intención de hacer un pequeño reportaje global, documentando el encuentro, lo que me permitiría conocer un poquito de cada uno de los presentes y darles a ellos la oportunidad de darse a conocer. Temí interrumpir sus charlas, sus anécdotas, su bienestar y entonces prometí ser breve y pedí que todos lo fueran.

Tal como sucedió con las entrevistas para el libro solo uno de ellos cumplió, el resto habló profusamente y a cada uno, con dolor, debí interrumpir su relato. Así y todo los videos que acompañan este artículo duran en conjunto 74 minutos, absolutamente imperdibles todos. Comencé con Ariel Dulce, mi compañero de banco, el enfermero y terminé con Roberto Giusti, el infante de marina jefe de la segunda sección que fue atacado en el helicóptero Puma, en pleno vuelo de desembarco y tras un aterrizaje milagroso organizó el fuego sobre el enemigo, el cual derivó en su rendición aquél célebre 3 de abril. En el medio hubo otras historias difíciles de digerir como la del odontólogo que debió hacer el reconocimiento por las piezas dentales de los cadáveres del crucero Belgrano y otras conmovedoras como la del cabo segundo Jorge Alberto Campozano, camarero de la oficialidad del buque, cuyo padre falleciera en el continente al difundirse la errónea noticia de un ataque sufrido por el transporte polar. Hasta tuve el honor de conocer a un Almirante retirado que en su momento era el oficial de comunicaciones del barco, fue él Fernández Lobe, tío de Pumas, quien me dio precisiones acerca de la operación de rescate de los náufragos.

Me fui a la una y media de la madrugada, sin haber comido el postre pero con la alegría de la tarea cumplida. Es un grupo que requiere contar su historia, lo están haciendo con la ayuda de un joven escritor argentino, esperemos que sus vivencias puedan ser cabalmente transmitidas a las futuras generaciones y a la gran mayoría de argentinos que, aún 35 años después, ignoran la gesta de este buque y su tripulación.

El azar quiso que mi auto estuviese estacionado al lado del de Roberto Giusti y que nos retirásemos al mismo tiempo. Iniciamos al amparo de la noche un diálogo intenso sobre los avatares de la historia argentina y sus personajes, diálogo que espero tener la oportunidad de continuar en otro momento. En un corrillo lejano los tripulantes se organizaban para los homenajes que localidades como Luján y Balcarce se preparan para brindarles.

El ARA Bahía Paraíso, el Bravo 1 (B-1) terminó sus días el 28 de enero de 1989, encallado y hundido frente a la base antártica Palmer de EEUU, ubicada en la isla Anvers del archipiélago Palmer, mientras paseaba turistas por una zona peligrosa para la navegación. Su alma, que son los tripulantes que fueron a la guerra con él, siguen navegando juntos, “en el mismo barco, donde estamos todos” como me supieron acertadamente decir.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 19 de mayo de 2017

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Published in: on mayo 19, 2017 at 6:44 pm  Dejar un comentario  

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