EL MAL EN EL OTRO


EL MAL EN EL OTRO.

Todos llevamos un lobo adentro, el cual a veces duerme, otras molesta y en algunas ocasiones, incentivado desde afuera por efecto contagio o por propia interna y ancestral presión, se convierte en intolerable. Aúlla día y noche, muerde y remuerde, embiste y desgarra y nos convierte la propia vida en un  infierno. Cuesta mucho aceptar que dicho lobo nos pertenece y que si ha despertado y nos ataca es responsabilidad puramente nuestra. Entonces, la solución que el hombre ha puesto en práctica, desde Abel y Caín ha sido la de externalizarlo, proyectarlo y ponerlo en el otro. Siempre surge algún iluminado que sabe indicarle a los demás quién es el otro que se ha hecho merecedor de encarnar al colectivo  y molesto lobo nuestro. En general se trata de alguien cuya eliminación conviene casi con exclusividad al iluminado manipulador. Como cada uno mal soporta al lobo propio, acepta de buen grado el mensaje y tampoco lo analiza demasiado, le urge deshacerse de él y poco le importa si el destinatario está representado por una palabra tan genérica e imprecisa cuyo significado no entiende (ejemplos sobran: sinarquía, oligarquía, comunismo, fascismo, populismo, imperialismo, eje del mal, terrorismo, terrorismo de estado, clericalismo, laicismo, etc). Cual mansa manada los manipulados producen en forma rápida la mágica transferencia. Así el mal se instala en el otro y a cada uno de quienes han logrado transferir a su lobo propio, se instala la pureza. Uno ya está en paz, la vida no solo se ha hecho más soportable sino que uno logra mirarse al espejo y sentirse orgulloso de sí mismo, porque ya no carga defecto, ni culpa, ni responsabilidad alguna. Todo el mal reside en el otro, ese otro indefinido pero corporizable, ese otro inentendible pero sospechable, ese otro inabarcable pero imputable. Erigidos entonces en puros, portadores de todas las virtudes, defensores de todas las justicias, libres de todo mal, quienes han transferido exitosamente a su lobo ahora pueden verlo y descargar sobre él todo su odio, el que  cuando estaba en su interior supo merecer con sus molestos aullidos, embistes y desgarros. Libre de culpa, el puro desenvainará su espada para dar por fin, fin al mal. Entonces comienza la guerra, toda la guerra, cualquier guerra, la vieja y conocida guerra, la misma desde Abel y Caín.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Viernes Santo, 2017

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Published in: on abril 14, 2017 at 12:01 pm  Comments (1)  

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  1. Excelente, Enrique. Reafirma lo expresado Rubén Darío en “Los motivos del lobo”:

    —Hermano Francisco, no te acerques mucho…
    Yo estaba tranquilo allá en el convento;
    al pueblo salía,
    y si algo me daban estaba contento
    y manso comía.
    Mas empecé a ver que en todas las casas
    estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
    y en todos los rostros ardían las brasas
    de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
    Hermanos a hermanos hacían la guerra,
    perdían los débiles, ganaban los malos,
    hembra y macho eran como perro y perra,
    y un buen día todos me dieron de palos.
    Me vieron humilde, lamía las manos
    y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
    todas las criaturas eran mis hermanos:
    los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
    hermanas estrellas y hermanos gusanos.
    Y así, me apalearon y me echaron fuera.
    Y su risa fue como un agua hirviente,
    y entre mis entrañas revivió la fiera,
    y me sentí lobo malo de repente;
    mas siempre mejor que esa mala gente.
    Y recomencé a luchar aquí,
    a me defender y a me alimentar.
    Como el oso hace, como el jabalí,
    que para vivir tienen que matar.
    Déjame en el monte, déjame en el risco,
    déjame existir en mi libertad,
    vete a tu convento, hermano Francisco,
    sigue tu camino y tu santidad.

    Mi cordial saludo y ¡adelante!


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