ANTINOCHE


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ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

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Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

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