LIBÉLULA AZUL


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LIBELULA AZUL

La descubrió mi hijo anoche en la pieza a oscuras. Estaba posada en el marco de aluminio de la puerta ventana, aun dudando si le correspondía o no entrar en dicho ambiente. Al menor atisbo de contacto ingresó. Encendí la luz principal y se dirigió rauda a revolotear en torno a ella.

“Flor de helicóptero tenés aquí” dijo Facu

“Es una tonta, se acerca a la luz para morir en ella” respondí yo.

Le apagamos la luz en la esperanza que se dirigiese al exterior por la ventana abierta de par en par, pero eligió permanecer adosada a la pared de mi cuarto. Tras la cena fui a verla y aun permanecía allí.

No me agrada dormir con animales, excepción hecha de mis perros, mucho menos con insectos, cuyas intenciones desconozco. Por ende, antes de acostarme para dormir o por lo menos intentar hacerlo, diseñé una estrategia para deshacerme de ella.

Encendí la luz del velador ubicado en mi mesita de luz, una reconvertida botella de Johnnie Walker, etiqueta roja que heredé de mi padre, a fin de atraerla a una altura por mi alcanzable. Ella respondió al estímulo y se acercó a revolotear sobre la lámpara, aún carente de pantalla.

Fue en ese momento en que entró en escena otro actor, con fines inconfesables, pero suponibles. Benji, dotado del horror a todo lo que vuela, como escribió Machado en Las Moscas, se dispuso a cazarla, hecho que le valió una rápida expulsión de mi dormitorio.

Finalmente ella se posó en un lugar fuera de mi vista. Comencé un lento y delicado proceso de remover todos los objetos que atiborraban mi mesa de luz, llámense libros, cargadores, celulares, rosario, monedas de vueltos varios, etc., hasta poder verla.

Allí estaba, temblorosa intentando adivinar mi próximo movimiento. Toda su hermosura desplegada. La larga cola azul, el pequeño cuerpo del mismo color, las alas transparentes pero esbozando una similar tonalidad y esos ojos enormes, azules también, mirándome fijamente.

Le acerqué un libro azul de poesías de una escritora dolorense que debo devolver, en la esperanza que se trepase al mismo y asi poder trasladarla hasta el balcón, a fin que siguiese su ruta al aire libre. Ella trepó a la tapa del libro pero a poco de hacerlo adoptó una conducta inesperada.

Me miró fijamente, se elevó con un acelerado batir de sus cuatro alas y se mantuvo suspendida en el aire sin separar sus ojos de los míos. Se me acercó despacio, muy despacio y cuando alcanzó la altura de mi cara, me esquivó por arriba y se dirigió nuevamente a la luz principal de la pieza, que había encendido para ubicarla. Ya no revoloteó en torno a ella sino que se ubicó casi dentro de la misma, ocultando todo lo que pudo su longilíneo cuerpo, apenas el extremo de su cola permaneció visible.

Estaba sin duda decidida a quedarse allí.

No tuve más remedio que describirle con lujo de detalles a mi compañera de cuarto y de vida, que al menos por esa noche tendríamos compañía.

Su diagnóstico fue errado: “Es un alguacil, no hacen nada, apaguemos la luz y se irá en busca de otro foco”

Ni era un aguacil ni aceptó retirarse por la ausencia de luz.

La noche, para mi, fue larga e incómoda. Me desperté varias veces, me levanté otras tantas, pero sin embargo los ratos dormidos, fueron de sueño profundo.

Al amanecer, la claridad entrante por las hendijas de la persiana me despertó una vez más. Ya no pude volver a dormirme y me quedé en silencio, acostado, dejando a mis pensamientos vagar por mi mente. Había olvidado por completo a mi alada compañera de cuarto.

La persiana no estaba totalmente baja, quedaban unos 30 cm entre el piso y su borde. Haciendo gala de una elegancia sin igual, la libélula azul, se retiró de su escondite en el aplique lumínico del techo y en raudo vuelo se perdió en libertad, justamente a través de dicho espacio, de un modo y a un tiempo que fuese visible para mi.

Ella eligió su refugio nocturno, revoloteó sobre mis cosas más queridas, me acompañó en la noche y me abandonó de forma que yo lo supiera.

Las libélulas azules suelen ser mensajeras del mundo espiritual y existen mil teorías, muchas de ellas contradictorias, acerca de su positividad o negatividad. Me tienen sin cuidado. Me basta con su efímera compañía y me quedo para siempre con el regocijo que la visión de su extrema belleza, supo despertar en mi corazón.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 21 de enero de 2017

 

 

 

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Published in: on enero 22, 2017 at 12:45 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Excelente Henry.

    Eso es observar la vida!


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