NAVIDAD CON MI PADRE


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NAVIDAD CON MI PADRE

a Enrique el alpino que apenas pude conocer

Será porque me pasé casi todo el año leyendo y escribiendo sobre una guerra, viviéndola en la piel y relatos de nuestros veteranos, que me encontré contigo en tu peor herida. Fue la guerra que te obligó al exilio, empujado por tus padres para que por lo menos un vástago sobreviviese. Y fue ella la que te hizo sufrir océanos de impotencia ante el hambre que ellos pasaron, la muerte de tu padre, la imposibilidad de tu hermana de poder trabajar por cuestiones tan fútiles como su raza y la enfermedad de tu madre. ¡Cuánto debes haber sufrido la distancia!. Si a mi, que estaba a media hora de auto, los tres años finales de mi madre me resultaron un infierno, casi no puedo imaginar tu dolor. Fue la guerra que se llevó en las montañas la vida de muchos de tus amigos y parientes, enrolados con los partisanos y resistiendo la infame ocupación nazi. Fue la guerra que condujo tíos, tías, ancianos ya, primos y sobrinos, niños todavía, al horror de holocausto que cínicos de todas las latitudes aún se empeñan en negar. Fue la guerra la que te separó por siempre de tu tierra y que te hizo morir aquí, anegado de añoranzas y atragantado de silencios. Asomarme a ella, a sus héroes, a su víctimas inocentes, a sus sobrevivientes, a su inmensa tragedia te hizo presente como nunca.

Será también porque un día, buscando no me acuerdo qué, en un viejo ropero del PH que fue tu hogar por tan solo un año, que tu viuda, mi querida madre, conservó en perfecto estado por 38 años sin ayuda ( aún no se cómo) y que es hoy mi tan extensa biblioteca y estudio, di con tus borceguíes militares de alpino. Al mismo tiempo, cosas de la vida, aparecieron los discos de los coros alpinos que ya no tengo donde escuchar, pero que me llevaron a buscar en la red todas sus canciones. Aquellas que cantabas con tus amigos los domingos en mi casa natal de Temperley, mientras devorábamos la pasta preparada con sumo esmero en la noche anterior y rodaba de mano en mano la botella de vino Chianti en esa canastita de mimbre que tanto me fascinaba. Las mismas que un día te vi escuchar lagrimeando en el teatro Coliseo, cuando los alpinos vinieron de Italia a dar un concierto. Las mismas que años después, muchos, vaya si fueron muchos, una noche en San Clemente me sorprendieron desde la casa vecina, justamente para Navidad. Un colega tuyo había invitado al chalet de al lado a sus viejos camaradas del batallón de esquiadores.

Será quizás porque en este año, en razón del libro Combatimos estuve cerca de un general argentino, veterano también él, Martin Balza y para mi sorpresa se reveló como montañés. Como si ello fuera poco, contó en la presentación de su libro que estuvo en Italia en contacto con los alpinos y relató que un personaje polémico nuestro llamado Juan Domingo ( como ves, aún me cuesta nombrarlo) también anduvo por tus pagos, esquiando con los alpinos ya que era montañés y que por ese motivo la escuela militar de montaña de Bariloche, lo honra en su nombre.

Será a lo mejor que en pocos días cumplo 60 años, el último cumpleaños tuyo que festejamos ya que el siguiente ni siquiera me dejaron ingresar a saludarte a la terapia intensiva que te cobijó por unos escasos días más. Ese último año lo disfruté, gracias a Dios sin saber que sería el postrero. Nadamos juntos en el mar y me enseñaste a manejar el milquinientos, me regalaste tu reloj y me dijiste que “ya era un hombre”. ¡Todo lo que me faltaba para serlo!. Vivir tu edad te hace cercano y revivir tu adiós me trae la certeza de nuestro reencuentro. No estamos lejos, nunca lo estuvimos, pero el calendario me dice que la espera se acorta, de hecho por aquí abajo no parece quedarme demasiado por hacer, es cierto que a esta edad uno empieza a sobrar y ello nos hermana en tus lágrimas del cine de Lomas, cuando nos llevaste a ver Adios Mr Chips.

Pero por si algo faltaba para hacerte tan presente a lo largo de este 2016, fue encontrarme en la librería de San Clemente con tu escritor y poeta favorito, el amigo Cesare Pavese. Nunca pude leer los libros que están en casa, el piamontés pertenece a mi niñez y a falta de practicarlo lo he olvidado por completo. Ya se que me vas a decir que no es lo mismo leerlo en italiano y mucho menos en castellano, que la doble traducción le altera su esencia y todas esas razones que comparto. Pero quería acercarme a él, necesitaba saber porqué era tu favorito, porqué lo amabas sobre tantos otros clásicos y famosos que bien se que has leído y disfrutado como el Dante. No tardé demasiado en descubrirlo. Nacido cerca tuyo un año antes, tuvo una infancia, adolescencia y juventud que se me ocurre similar a la tuya. Y sus recuerdos afloran y los pone en papel en plena guerra. El también sufrió la muerte de sus amigos en batalla y vivió, hasta su suicidio en tu Turín natal, acosado por la culpa del sobreviviente. A mi me bastó con unir las fotos que conservo de tu juventud italiana con sus palabras de LA PLAYA para imaginarme tus recreos en el mar, tu grupo de amigos, tus noches de vino y canto. Todo me cerró, sus giros idiomáticos, algunos incluso mal traducidos son textuales los que mi oído infantil atesora de tus charlas con la nonna Attilia, mucho más campesina que tú, alegre y sabia. Hacía 50 años que no me encontraba con esos dichos, esa forma de hablar, de relatar, que solo proviene del Piamonte. Y sin embargo me fueron tan actuales, tan frescas, tan hermosas con un soplo de mi tiempo mejor. Ese, en el que estábamos todos y reíamos juntos. Sus relatos de las viñas, de las casas, de las fiestas, de las travesuras de muchachos, de las torpes primeras cercanías con las mujeres, las buenas y de las otras, me portaron retazos inconfundibles de vuestros cuentos, mitos y leyendas que les facilitaban la presencia en Temperley de las aldeas montañesas. El tiempo escaso no nos dejó que alguna noche borrachos me contases tus andanzas, las necesité imaginarlas, lástima no haber dado con Pavese traducido mucho tiempo antes, me hubiese hecho la tarea mucho más sencilla. Es tan piamontés que lo leo y te veo, lo recreo y te siento, hay un aire a “paese” cada mañana que me enfrasco en su lectura que me parece compartir con él hasta mi ADN. Y por si nada de lo dicho fuese suficiente, te encantará saber que escribe tan pero tan parecido a como lo hago yo, desde la tripa, el sentimiento, el desgarro, la vivencia que quien nos lee a ambos hasta podría pensar que lo he tomado por maestro. Pareciera que el sentimiento es casi patrimonio italiano y vuelvo a ti, ¡Cuánto te debe haber costado permanecer en silencio tanto tiempo, hablar poco por las dudas, ocultar tus ideas! Pavese no solo te trajo, me abrió la mente para entender los escasos 13 años que la vida nos dejó compartir. Seguiré buceando en sus escritos, para conocer mejor tu Italia, esa que ya no existe, pero que ustedes me enseñaron a amar. También para encontrarte en cada párrafo, para verte actuar en tu mejor edad, la que nunca llegaste a relatarme.

Por eso esta noche, babbo querido, esa silla vacía, esa maldita silla que estuvo vacía durante 46 años y que me hizo aborrecer las Navidades se me ocurre que estará más llena que nunca, de tus años ocultos, de tu guía insustituible, de tus cantos alpinos y de tu sonrisa, la misma que extraño pero que sin embargo cierro mis ojos y veo…… cada día.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2016

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Published in: on diciembre 24, 2016 at 5:25 pm  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Excelente!

    Como siempre, Henry.

    Excelente!

  2. ¡¡¡Bellísimo relato!!!

  3. Palabras de un extraordinario sentimiento!!!!

    Fernando


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