AL FILO


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AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

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Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Hermoso. Conmovedor. Intenso y doloroso. Tan intenso y doloroso como el amor. Como el desamor. Como el olvido. Como la ausencia. Como el resurgimiento.
    Y siempre hay una “Pety” dispuesta a acompañarnos en nuestro viaje de regreso desde la oscuridad.
    Gracias por compartir esto con nosotros.
    Un gran abrazo desde Mar de Ajó


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