LA FOTO Y EL ENSUEÑO


woman in love

LA FOTO Y EL ENSUEÑO

Oscar es el único contador de un minúsculo pueblo de la bellísima serranía cordobesa. No tiene una mala vida y jamás se queja de ella. Heredó el estudio de su padre y supo con mucho trabajo y algunos descuentos de honorarios – porqué ocultarlo- mantener casi íntegra la cartera de clientes que habían caído bajo la magia seductora de su progenitor, un político de los años bravos quien cosechaba clientes sin que se tuviera en claro si era por capacidad profesional o protección política.

Oscar no pudo heredar esa habilidad, era demasiado tímido para tener cualquier tipo de vida social que le permitiese siquiera tomar contacto con algun desconocido. ¡Cuánto detestaba ese defecto! Con mucho esfuerzo había logrado superar una tartamudez infantil y seguir, no sin cierta incomodidad, a su señora en sus vanos y repetidos intentos de socialización. Su timidez y no otra razón, lo había llevado a casarse con su primera novia, quien en realidad lo cazó a él con algo de amor en sus alforjas pero también bastante de interés, olfateando que el viejo zorro del padre debería tener varios hoyos llenos de oro, no siempre bien habidos.

Oscar era además de tímido, ermitaño, callado, soñador y poeta. Todos lastres para la profesión que la imposición paterna había elegido para el vástago, por cierto único. De haber podido elegir y de haber tenido un padre decidido a mantenerlo en la vagancia, Oscar jamás se habría casado, jamás habría tenido hijos y nunca hubiese abandonado la casona familiar, poseedora de esos maravillosos rincones umbríos con vistas divinas, donde esconderse a soñar y a escribir.

En cambio, vivía con su tan sociable esposa, dos hijos adolescentes, una mucama y tres perros, en una casa mediana con vista a la ruta y estudio incorporado. Los momentos libres se le esfumaban entre el Rotary Club, el club social y deportivo y la iglesia, todas encomiables instituciones que lo exprimían gratuitamente, honrándolo con el dudoso beneficio del cargo de Tesorero. Igualmente se las ingeniaba para escribir poesías, de madrugada o bien bajo los árboles mientras se hacía el que miraba a sus hijos en los distintos deportes que practicaban. Habitar la ensoñación era ya mucho más complicado. En su casa los televisores, radios y equipos de música jamás cesaban y había comprobado con horror que apagarlos era mucho peor ya que todo su clan aprovechaba el silencio reinante para recordarle sus múltiples demandas insatisfechas, al unísono..

Solía entonces reservar al ensueño, ayudado por el mágico entorno serrano, los momentos de tránsito entre su estudio y los distintos clientes. A fin de alargar ese tiempo, dejó por completo de usar el auto y comenzó a realizar su monótona recorrida de a pie, siempre con una libreta en el portafolio para que cuando lo asaltase el duende poético, pudiese de inmediato y hasta sentado en el mismo cordón de la vereda, tomar las notas que en la madrugada siguiente darían luz a sus versos.

Entre el batifondo de su casa y la concentración en los problemas contables, había así Oscar, con forceps, encontrado su espacio. Ni bien trasponía el umbral de su domicilio, su mente comenzaba a volar, contando a su favor con la tranquilidad pueblerina que le permitía caminar en piloto automático sin tener que reparar en tránsito alguno.

A dos cuadras de su casa, vivía el fotógrafo del pueblo, quien solía retratar absolutamente todos los eventos sociales, con excepción de los velorios, claro está, pues lo descomponían. De modo que por semanas en las vidrieras de su garage convertido en local, estaban colgadas día y noche, las fotos de todos aquellos a los que les había sucedido algo, por lo general bien alegre, hecho que hacía que las dentaduras, originarias y postizas relucíeran a la distancia. Era algo así como el facebook local, ya que el verdadero aún no había arribado. Oscar habitualmente se detenía allí en ese peculiar estado contemplativo de la mente que lo acompañaba en su camino, sin saber si lo movía la curiosidad o la búsqueda de inspiración. Se retiraba al día con los nacimientos, bautismos, cumpleaños y bodas, constatando el paso del tiempo en la barriga de sus compañeros de colegio o en la belleza en fuga de las niñas que alguna vez le inspiraron un poema.

Empero, esa fría mañana soleada de mayo, la conocida vidriera le iba a deparar una sorpresa. Sus ojos se posaban una tras otra en las fotos de una reunión social, probablemente un cumpleaños y como suele suceder que esas imágenes están atiborradas de grupos humanos haciendo las más diversas cosas, una de las fotos le dio un vuelco al corazón. En una mesa desierta, sus ocupantes estarían bailando o procurándose un trago, una mujer de mediana edad estaba sola, sentada, con la cabeza apoyada en una de sus manos, el cabello lacio llovido a ambos lados de su rostro, un esbozo de sonrisa en diagonal sin separar sus labios en el centro de la imagen y los ojos vueltos al fotógrafo. De inmediato la reconoció, sin dudas era Lisa, su compañera de banco en el lejano tercer año del colegio del pueblo. Los treinta años transcurridos parecían no haber hecho mella alguna, ni en su rostro, ni en su alma. ¿Cómo olvidarla, si había estado locamente enamorado por muchos años? ¿Cómo olvidarla si sus primeros cuadernos de poemas no hablaban más que de ella? ¡Si la habría perseguido!, solo hasta la frontera infranqueable de su timidez. Pero ¿qué diablos hacía ella en una foto del pueblo? En ese instante, pese al impacto, pudo recordar que una tía seguía viviendo por allí y que probablemente se tratase de su fiesta de cumpleaños, hecho que comprobó al llegar a la foto de una simpática viejecita soplando las velas de una torta.

¡Cúanto había llorado aquél día en el colegio, cuando se enteró que toda su familia se mudaba a Mendoza! No tanto como el día en que al pueblo llegó el rumor que se había casado con un rico heredero de una bodega, haciendo trizas su irracional esperanza. La vida siguió para ambos y no había tenido noticia alguna de ella por casi tres décadas. Y ahora, esa foto, que la traía a ella y a él, a su mejor él, a su él enamorado. Debía reponerse y pronto, ya llegaba tarde a su cliente.

Todo el día lo pasó entre nubes, la imagen de la foto lo persiguió insistentemente y cada vez que aparecía, una extraña tibieza le inundaba el corazón. Resolvió los temas laborales como pudo y casi con apuro caminó hacia su casa, mejor dicho a la vidriera del fotógrafo que le quedaba de paso. Ya sin obligaciones urgentes, se quedó un buen rato contemplándola en detalle.

El rostro bello, la nariz armoniosa y la frente amplia que daba cuenta de una inteligencia poco común. Llegó a los ojos, color miel, vivaces y redondos enmarcados en unas cejas oscuras y unas pestañas delicadas. Allí se detuvo, precisamente en su mirada. Nada había cambiado en su forma de mirar. Se le hizo presente un lejano día, en que con esos mismos ojos lo había hecho temblar al preguntarle si podía ocupar el banco vacío a su lado. Durante todo ese primer día como compañeros de banco, no había podido ni siquiera mirarla a los ojos, pues éstos le devolvían un brillo tan cargado de sentimiento que lo hacía sonrojar. Tardó algunos días en poder hacerlo y después, durante todo el año no pudo dejar de mirarla. Lo enamoraba tanto su gracia al sentarse, como la manera en que sacaba el lápiz de la cartuchera, sus largos dedos al voltear las hojas de un libro y su voz quebrada al leer. Lo perdía su alegría que interpelaba a su consuetudinaria melancolía, ella lo podía y al salir del colegio, Oscar iba a su casa, enamorado con la vida, con el corazón brincando y agradeciendo a Dios su suerte. Tanto amor venía con su cuota de sufrimiento. Mientras él seguía preso de su muro, Lisa, bella como era, tenía su tiempo ocupado entre diversos pretendientes que intentaban atraparla. Ninguno tuvo éxito y cerca del final del año la noticia de su mudanza a la capital de la provincia vecina frustró a la multitud al tiempo que desoló a Oscar.

Esa noche su habladora esposa lo encontró extraño pero nada preguntó. A diferencia de casi todos los días, Oscar en lugar de dormirse pensando en la solución a un difícil problema profesional, se quedó despierto hasta las dos de la mañana con la imagen de Lisa, bien clara en su memoria. Cuando finalmente rendido se durmió, soñó con ella. ¿Fue un sueño? Si lo fue pareció demasiado real, ya que podía sentir su abrazo y se despertó sobresaltado cuando en sus labios, Lisa lo besó.

No pudo volver a dormirse, desayunó muy temprano y con tiempo de sobra salió de su casa, solo para detenerse una vez más ante la foto. Esta vez el ensueño se hizo cargo de él. Los ojos de Lisa lo atraparon y disolvieron treinta años, su profesión, su familia, sus deberes, sus reuniones. Oscar ni dudó, ella lo estaba mirando a él o si miraba al fotógrafo, era solo para a través suyo mirarlo a él. Y le estaba diciendo con los ojos, que lo amaba, que no lo había olvidado nunca y que había aceptado esa invitación al cumpleaños de su tia tan solo para atinar a encontrarlo y empezar una vida juntos.

Nuestro contador se posesionó. Su imperiosa necesidad ya no pasaba por escribir algún verso en su libreta sino en salir corriendo a buscarla. Ese día no visitó ningún cliente, preguntó y preguntó en diversos sitios hasta dar con la casa de la tía. Preso de una agitación inusual llamó a la puerta pero nadie atendió. Molestó entonces a sus vecinos quienes le dieron una triste noticia. La tía en cuestión, protagonista de esa fiesta de dos semanas atrás había tenido un ACV y estaba internada, presta a partir. De Lisa nadie recordaba haberla visto y ninguno fue capaz de darle noticia alguna.

Triste y desolado emprendió Oscar el camino de regreso. Nunca sería capaz de hacer ninguna locura, era demasiado racional para el amor. Así como antes la timidez le había marcado la frontera, era ahora su responsabilidad, su fría capacidad de abordar toda situación quienes le construían el muro. Nunca dejaría su nido, nunca abandonaría su profesión, nunca saldría de su pueblo para correr tras ella, para confesarle su largo e insatisfecho amor.

Se detuvo ante la foto nuevamente y temeroso que el tiempo de exposición terminara pronto, tomó el mismo una foto de la foto, la cual imprimió a color, ni bien llegó a su estudio. Esa noche ni siquiera se acostó, las horas se le volaron en la contemplación de la imagen de Lisa y de su misteriosa mirada, la cual sin duda traslucía un intenso sentimiento. No en vano los ojos son el espejo del alma y esos ojos hablaban de amor.

A muchos kilómetros de allí, Lisa se levantó de su lecho conyugal e intentando hacer el menor ruido posible fue a buscar al último cajón de la cómoda, la foto colegial del tercer año, para saber si lograba ponerle nombre al rostro que por dos noches seguidas se le aparecía nítidamente en sueños, con el uniforme del colegio de ese pueblito cordobés, donde vivía su tía y al que debería volver de urgencia en la mañana, para asisitirla en el hospital.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de junio de 2016

 

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Published in: on junio 25, 2016 at 7:55 pm  Dejar un comentario  

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