EN EL NOMBRE DEL PADRE


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EN EL NOMBRE DEL PADRE

El Renault 11 ascendía veloz por el sinuoso camino de tierra y agarrado como estaba al cinturón de seguridad mientras me zarandeaba a cada lado para alegría de Felipe y de mi hijo Facundo, quien asombrado en el asiento trasero veía como Uma, nuestra inseparable perra mantenía un perfecto equilibrio imposible para mí, mis pensamientos no dejaban de agolparse en mi frente.

Tras 23 años de ausencia me hallaba en Cosquín, Córdoba con una agenda apretada. Sin embargo era bien consciente que la verdadera misión de mi viaje la estaba cumpliendo en ese instante. Hacía meses que me preocupaba mi amigo. Circunstancias de la vida lo habían dejado en esa hermosa localidad serrana, a veces con su madre, otras solo y cada tanto por las redes me enteraba que visitaba un campo de sierra, propiedad de su hermana. Él no lo sabía, pero yo había ido a Córdoba a penetrar su misterio. ¿Qué hacía allí? ¿Qué lo ataba a ese lugar? ¿Era ése su lugar? ¿Cómo estaba en realidad? ¿Podría yo hacer algo por él?

La excusa del viaje tenía que ver con mi propio misterio o mejor dicho con mis propias tarambaneadas juveniles. A mis 21 años, imbuido del conservadurismo familiar y disponiendo de mis primeros pesos sobrantes me dediqué a comprar inmuebles en cuotas. En 1978 fue San Clemente, en 1979 Lobos y en 1980 dos lotes en una ignota localidad llamada Los Reartes, cerca del dique Los Molinos. No había internet y los folletos de Di Tullio y Kanmar hacían maravillas,……para sus dueños. Dos años después, en un viaje relámpago con un amigo, fui a verlos y la zona me encantó. Luego, la vida me tuvo tan ocupado que durante 35 años, excepto por el pago de los impuestos, jamás me ocupé de ellos. Viajé ahora a verlos de nuevo esperando encontrar algún supermercado chino construido encima. No fue para tanto pero los lotes estaban usurpados por una empresa agropecuaria, es decir había que pelear y seguir gastando dinero para recuperarlos. Mi primera reacción fue renunciar a ellos, me molestaba hacerlo delante de mi hijo, que me había acompañado con la ilusión de conocer la provincia y sus encantos y adentrarse en un pedacito de tierra con olor a sueño del padre, pero la fría lógica económica aconsejaba ese camino. Me quedaban unos días para pensar qué hacer. Entre ellos estaba esta subida al campo de Felipe.

Tras 11 km de contener el aliento – 60 km por hora en la sierra es demasiado para un pistero como yo- llegamos. Una postal se abrió ante mis ojos. Una casa de piedra en lo alto, muchos árboles, un extenso parque quebrado y un arroyo en terrazas que debimos cruzar. Una vista infinita bajo un claro cielo azul y unas verdes cumbres rodeándolo todo. Poco tardó Facundo en enamorarse del lugar, no fue mi caso, algo tan agreste y aislado asusta siempre un poco a un intelectual de ciudad. Yo observaba a Felipe y prestaba suma atención a sus palabras. Era evidente el amor que ponía en mostrarnos cada rincón, cada recoveco de la casa, cada piedra, cada pirca, cada cima. Y llegaron las anécdotas, las buenas y las malas, las tormentas y los días al sol, las caminatas y las caídas. Todo ardía en su corazón y al escucharlo ardía en el mío.

Llegaron las sombras largas, Uma se había cansado de correr y Facundo no se había extraviado explorando porque siguió al arroyo. Insté al regreso, no quería otro rally nocturno.

“Te muestro la capilla y volvemos” dijo Felipe, accedí, la historia y la religión son dos imanes para mí. En lugar de detenerse frente a la capilla, lo hizo frente a un cementerio, cercano pero antiguo y derruido. No son lugares que me atraigan, siempre anda por ahí algún alma en pena y soy al primero que se acercan. Mientras lo fotografiaba me llegó la primera pista. “Mi padre quiso que lo enterraran aquí, no lo dejaron, es un cementerio de las familias del lugar”

Caminé hasta la capilla con la fiel Uma al lado. Ya en el auto oscurecido Felipe siguió. “ Mi padre adoraba este lugar, hizo mucho esfuerzo para comprarlo y ponerlo en condiciones. Pobre, no llegó a disfrutarlo mucho”. Le devolví un profundo silencio, comenzaba a entender.

Era noche oscura cuando el camino nos devolvió a la civilización, la primera construcción con que topamos era el cementerio de Cosquín. “Finalmente aquí enterramos a mi padre”. Nada dije, nada más necesité saber.

A la noche, cenando tranquilos, Felipe confesó que no podía entender cómo a sus años aún no había encontrado su lugar. Ahora sí hablé, simplemente dije : “No busques más Felipe, éste es tu lugar, buscá que hacer en él pero no te vayas de aquí”.

En ese instante comprendí que yo era más consciente que él , que se había erigido casi sin quererlo en el guardián del sueño del padre y que los golpes tremendos de la vida lo habían llevado a buscar refugio en la patria auténtica, la de Rilke, esa que todos llevamos encima, los lugares de nuestra niñez, aquellos donde más felices fuimos.

Develado el misterio de mi amigo, en el insomnio de cada noche de mi hotel de Valle Hermoso me llegó la revelación del mío. En un instante pude ver lo inmensamente importantes que son los sueños de los padres, para sus hijos, especialmente los varones, esos que están llamado a tomar la posta del guerrero caído. Al fin y al cabo yo había hecho algo parecido, mis mejores años laborales los había consumido en la empresa que mi padre ayudó a crecer. En el silencio frío de esa noche, mis dos lotes usurpados recibieron de mi parte una mirada distinta.

Por la mañana transformé mi habitación en oficina y febrilmente entré en contacto con escribanos, abogados y registros, tenía que luchar, mi sueño ya no era mío, Facundo me estaba observando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Día del Padre 2016

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Published in: on junio 17, 2016 at 8:02 pm  Dejar un comentario  

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