LA VUELTA


lancha en tormenta

LA VUELTA

Creer que el amor es solamente placer, es suponer que solo el mar embravecido es el mar”

José Narosky. Si todos los tiempos…

A Juan lo despertó un sacudón con salpicada incluida. Su siesta ideal, mezcla de arrullo marino y vapores ginebrísticos, había terminado de improviso. “Maldición, me dormí más de la cuenta” dijo mirando el reloj de abordo que señalaba peligrosamente las tres y media de la tarde. En la proa Manuel, su joven compañero de aventuras hacía equilibrio parado, pescando, ajeno al mundo y sus urgencias.

Ni bien pudo incorporarse y terminar de abrir los ojos, Juan clavó la vista hacia el noreste. Un frente de tormenta, el anunciado para las 16 horas de ese lunes feriado de noviembre por el infalible pronóstico que siempre consulta antes de zarpar, corría desbocado por el límpido cielo directo hacia ellos, frágiles habitantes de una lancha de apenas cuatro metros de eslora.

“Manu, guardá todo a mil que tenemos que rajar, se nos viene la tormenta y con ráfagas embromadas” gritó a lo capitán mientras se mojaba la cara, encendía el motor, chequeaba la radio y apuraba un trago de valentía en forma de whisky para encarar una vuelta que iba a ser difícil.

Recién ahi Manuel se dio cuenta que estaban en problemas, tiró la caña armada al piso de la lancha, cerró la caja de pesca, arrinconó la carnada sobrante y comenzó a hacer fuerza para levar el ancla.

“Se clavó en el fondo, no puedo subirla” sonó preocupada la voz de Manuel. Juan abandonó el timón y sumó su fuerza a la de su compañero en desgracia. No hubo caso, estaba demasiado atascada. Intentaron liberarla con la fuerza del motor, en medio de las crecientes sacudidas de las olas y solo lograron clavarla más. Juan pidió consejo por radio a Mario, el encargado del puerto deportivo al cual debían volver a toda marcha. Este les explicó una maniobra y pusieron manos a la obra, teniendo éxito pero perdiendo la crítica media hora que faltaba hasta las cuatro de la tarde.

Con la tormenta demasiado cerca para el gusto de cualquiera, Manuel totalmente agotado por haber soportado la peor parte del truco para levar el ancla, se sentó con cara seria en el asiento del acompañante y Juan, más serio aún, aceleró. Ahi nomás debió reducir el ritmo del motor, las olas eran tan altas que sacar la lancha a planeo era directamente suicida, había que volver despacito escalando las siempre crecientes montañas acuáticas que su proa encaraba, como dice el manual, a cuarenta y cinco grados. Cuando uno quiere volver rápido y debe hacerlo lento, los que sufren son los nervios. Sabedor de ello Juan decidió pensar en otra cosa, mientras un pedazo de su cerebro conducía. Pensó en otra vuelta, en la que desde hacía un año más o menos estaba embarcado con éxito dispar. Notó que se parecían.

Pensó en aquella tarde de octubre de cuatro años atrás cuando bajo una lluvia torrencial había llegado solo a esas playas, huyendo de su casa, de su vida, de sí mismo, para poder llorar en soledad. Algo ese día se había roto, algo que aún permanecía así. Como en un plano inclinado, después de la vuelta de aquel viaje, en el que temía que le hubiesen cambiado la cerradura de su hasta entonces hogar, todo había empeorado. Un año después tocó fondo, directamente lo echaron de su casa, ya no era un hogar. Vagó unos días, se llevó todas sus cosas, menos una poca ropa, a su estudio, habló con algunos amigos, visitó algunas amigas, se emborrachó con todos ellos y finalmente decidió quedarse en la casa de su familia, a pelearla, a cara de perro, a hacer lo que hay que hacer, aunque nadie le diera ni la más mínima bolilla. Para abrazar, hablar y acompañarse estaban sus perros, a quienes como a sus hijos, no pensaba abandonar, aunque no lo quisieran.Un tiempo tormentoso y horrible lo aguardaba.

“Cuidado con esa ola que viene fuerte” gritó Manuel con su voz sobrepasando el ruido del Mercury que rugía en las subidas y callaba en las bajadas de esa vuelta que se complicaba. La ola se estrelló contra el francobordo y los empapó. Juan se arrebató los inservibles lentes oscuros y se concentró en el manejo, el viento había empezado a incrementar su velocidad. Se miraron preocupados, por difícil que estuviera la cosa, lo peor los aguardaba más adelante y era imposible saber a esa altura con qué se encontrarían. De adolescente había sido Juan profundamente impresionado por la lectura de Kon-Tiki, el libro donde Thor Heyerdahl relata su aventura en balsa desde Perú a través del océano Pacífico, fiel navío que soportó todo, menos el choque contra la barrera de coral que los aguardaba frente a la isla de destino. Cada vez que salen al mar por Punta Rasa, Juan mira con desconfianza ese nudo de aguas tan complejo que se ha llevado tantas vidas, pues por más que el mar esté calmo, todos recomiendan hacer un amplio círculo mar adentro para evitar las corrientes traicioneras fruto no solo del Cabo San Antonio y sus bancos ocultos, sino también de la veloz retirada de las aguas de la Ria San Clemente en horas de bajamar y la turbulencia que origina el límite, observable a simple vista, de las aguas frías del Rio de la Plata en su encuentro con el mar entibiado por una rara parábola que describe una corriente que baja de Brasil. Ese círculo, tan caro a Manuel que disfruta como pocos alejarse de la costa, resulta sumamente arriesgado en días de mar con oleaje y tormenta en ciernes. Juan sabía que no tenía alternativa, debía, a como fuese, atravesar el infierno. Decidió relajarse hasta entonces y volvió a sumirse en sus privados pensamientos, los de la otra vuelta.

En esa también lo aguardaba un infierno. Se armó de paciencia oriental, amianto emocional y silencio absoluto. En su casa se convirtió casi en parte del mobiliario, en poco más que un funcionario. Cumplió prolijamente sus deberes, se concentró en su lectura y escritura y soportó cualquier hiriente comentario que a la postre terminó por desaparecer…. por falta de oyente. Con todo el tiempo que antes destinaba infructuosamente a confrontar a su disposición, escribió montañas de páginas de diversos temas, llenó su agenda de reuniones necesarias algunas, inútiles otras y se embarcó en actividades que lo tuviesen el mayor tiempo posible lejos de un ámbito que para él ya era fuente de un inmenso dolor. Así fue que incrementó sus actividades en esa localidad costera y se obligó a ir por lo menos una vez al mes. Armó una vida lejos de casa y no le fue nada mal, hasta empezó a disfrutarla. Tuvo diversos compinches en esa empresa, algunos muy cariñosos, otros muy entusiastas y otros con una ligera sospecha acerca de ese personaje que deglutía su dolor, escribía del amor y pasaba tan poco tiempo con su familia. Juan sabía que no era la vida mejor pero ¡qué embromar! era la posible y nadie podía reprocharle nada, en todo caso el que tenía derecho a estar enojado era él y se tragaba el enojo lo mejor que podía, aunque a veces, sorprendido con una ofensa más con la guardia baja o distraído, sus estallidos fueran de temer. No servían para nada, solo para alejarse un poco más aún.

“Me estoy mareando” dijo Manuel . “Falta poco, lo peor pero poco, aguantá, ya tenemos la punta a la vista” respondió Juan, volviendo a concentrarse en esa dulce y riesgosa danza del mar. Estaba todo a la vista, el peligro también. El viento soplaba más, las olas además de altas ahora venían desde distintos flancos, obligando a maniobras rápidas para evitar un encuentro frontal y una sospechosa corriente rugía por debajo del casco. Unos centenares de metros adelante había olas que rompían en medio del mar y si bien ya se divisaba la acogedora Bahía de Samborombón con sus aguas mansas, ella estaba separada por una frontera encrespada. Navegaban a propósito muy cerca de la costa. Juan sabía que el último recurso era dirigirse hacia ella y a riesgo de romper casco y pata de motor, podrían salvarse embicando la lancha en la playa. Si la vuelta la hacían como de costumbre a unos 2500 metros de la playa y con casi 6 metros de agua debajo, él iba a necesitar una cuba entera de grapa para soportar la incertidumbre. La otra preocupación era el combustible, navegando así, al dibujo de las olas se gasta el doble o el triple que planeando y el solo pensar en llenar el tanque en ese oleaje lo aterraba. Aprovechó Juan los últimos instantes de paz relativa y para ahuyentar sus ideas tenebrosas, volvío al otro difícil retorno.

Justamente la lancha bailarina había sido el punto de inflexión. Una tarde de primavera espléndida sentado en el muelle de Tapera y profundamente atrapado por la magia de ese entorno había decidido encarar el cumplimiento de un viejo y postergado sueño: su propia embarcación. Tiró el tema sin mucho entusiasmo en la mesa familiar y para su sorpresa vio como Manuel, su hijo, que ahora estaba allí con cara de serio, agotado y mareado, la había recibido con sumo entusiasmo y se la andaba contando a quien se acercara a escuchar. Juan, que por esos días sufría muchísimo se dio cuenta que el dolor que lo atenazaba no era tanto el fracasar como pareja, en él era costumbre, nunca le había ido bien, sino el fracasar como padre, ésto no podía asumirlo. Vio en la lancha el inicio de un camino. No se equivocó. Todos los puentes cortados con su hijo se reconstruyeron en pos del objetivo, la compra, el curso de conductor náutico, las primeras navegaciones, los errores compartidos. Juan por primera vez supo que no todo estaba perdido, cumpliendo su sueño, recuperaba a su hijo. Quedarse, con todo lo difícil que había sido, empezaba a valer la pena. Con su hija la historia era muy distinta. En realidad ella no lo había echado y en esa noche tan aciaga de tres años atrás era la única que lo había defendido. Eran muy afines, tanto que como iguales no aceptaban tutela de nadie. Sin embargo sus libertades iban, secretamente para ambos, en camino de convergencia en un terreno particular: el espiritual. Para Juan la vuelta había entrado en la fase del desgarro. Por un lado, sus hijos con quienes había empezado a llevarse bien, lo necesitaban más que nunca, estaban en la edad del despegue, en esa maravillosa década en que uno toma las decisiones que marcarán el resto de su vida: profesión, trabajo, morada, pareja, hijos, etc. Por el otro el silencio y la indiferencia de la casa lo alejaban cada vez más y si bien estaba muy lejos de él cualquier intento de búsqueda de compañera, habían surgido a la vista bahías agradables y acogedoras donde poder reposar, aunque fuese por un rato, su humanidad, su alma y su conciencia, hartas y cansadas de tanta guerra y aislamiento. Tal como la bahía que ahora tenía a la vista, lo llamaban, lo tentaban, lo esperaban, pero tal como ella, se escondían detrás de una frontera turbulenta y le exigían para llegar el abandono definitivo de su querido mar, al que amaba pese a las sacudidas, pese a la tormenta, pese al maltrato, pese a que muchas veces parecía echarlo.

Encaró el cruce. La lancha se transformó en una coctelera, ya no se movía arriba y abajo sino para todos lados, las olas los mojaban hasta la médula, algo nada aconsejable si no se cuenta con traje de agua en un noviembre traidoramente frío y el viento los desestabilizaba. Alentado por la vista de las tranquilas aguas bahienses, aferrado al timón, Juan dibujaba lo mejor que podía ese torbellino acuático que se deslizaba furioso por debajo del casco y aprovechaba las bajadas de las olas para acelerar, casi como una tabla de surf, en pos de la ansiada meta. Manuel, callado, a su lado, se esforzaba por no golpearse y por no vomitar. La inconfundible frontera con el Río de la Plata pasó rauda y Juan exhaló alivio cuando gritó: “Cruzamos, ya está”. El río siguió un poco movido pero enseguida se aquietó, casi al únisono con un quedo ronroneo de motor que indicaba el fin del combustible. Más justo imposible. Con las pocas fuerzas que le quedaban ahora a ambos, llenaron el tanque y comenzaron sonrientes el triunfal paseo hacia el puerto. Los esperaban las reposeras y una reparadora siesta bajo los árboles, llevaban en su alforja una anécdota más. Mientras Tapera aumentaba de tamaño Juan pensó en el distinto final de su otra vuelta.

Había desdeñado el canto de sirenas.¿Por qué? Aún se lo pregunta y aún le duele. Quizás haya contribuido el hecho que un amigo muy cercano, casi un hermano para él, había corrido tras la engañadora paz de la bahía y le había puesto en evidencia muy palpable los costos enormes de esa decisión. Quizás hayan servido algunos hechos que le hicieran a las sirenas perder su cola de pez y mostrar con crudeza su cruel costado humano. O quizás, a Juan, aún sin mucho fundamento, le gusta pensar que haya sido más fuerte, que lo haya podido, su viejo, gastado y herido, amor por el mar. Ese mar que aún lo hiere, que aún lo inhibe, que aún lo mantiene en un sospechoso silencio, que lo abruma de impotencia para comprenderlo, que lo deja bien solo librado a sus fuerzas que muchas veces le parecen faltar, pero que de alguna manera se las ha ingeniado para que él solo pueda vivir a su vera, andar a su amparo, morir en su seno. En su otra vuelta Juan aún sigue, triste y cansado, casi sin combustible, capeando el temporal.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2015

Nadie elige la tormenta pero a veces te atrapa y pocas veces ofrece un escape fácil. Casi siempre es aconsejable quedarse a capearla. Algún día siempre amaina.

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Published in: on diciembre 25, 2015 at 7:19 pm  Dejar un comentario  

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