PUNTO DE ADIOS


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PUNTO DE ADIOS

El aire se heló, casi tanto como la sangre de Juan. Vio como el río cercano súbitamente se volvió gris, tan gris como el cielo. Y para su asombro cada color se desvaneció.

Ella hablaba frente a él, mesa de por medio, pero Juan ya no la oía. Pensaba. Caía en la cuenta de la inmensa tragedia que, frente a sus ojos, acababa de suceder. Aún no sentía, era demasiado doloroso para permitírselo.

Mientras ella seguía hablando, a veces hecha una furia, otras una máquina de calcular, otras retorciéndose de un dolor que él percibía como de alma, pero que ya tenía signos evidentes de coprometer partes de su cuerpo, él la observaba en silencio. A veces hasta le faltaba el aire y se deshacía cada tanto en suspiros y ayes que se mezclaban con palabras que Juan no captaba. Eran apenas un murmullo indescifrable, un mar de fondo, un ruido de estación en hora pico, no tenían ningun sentido porque ya para Juan entenderlas solo implicaba aumentar un dolor que de a poco lo iba atenazando.

Se preguntó si de verás era ella. ¿Como podía ser ella hablando así? Fría, pragmática, dolida, vengativa, capaz del mayor daño y olvidada de toda poesía. ¿Como podía él haber estado enamorado cuarenta años de una mujer así?

Se maldijo en silencio una y mil veces por haber ido a ese encuentro. Pero ¿como negarse?. Si los encuentros con ella habían sido durante los últimos tres lustros la única bocanada de aire fresco, de renovación sanguínea para creer en la vida, para reafirmar su compromiso con el amor, para seguir volando en alas de su escritura. Juan sintió que de algún modo se lo debía y aún intuyendo a lo que se exponía, accedió

Ella estaba intentando separarse y le había pedido ayuda para pensar el asunto.¿Qué ayuda podría darle él, justo él, que moría por ella? Juan veía a todo intento de ser objetivo como vano, a todo consejo posible como pleno de interés y a toda colaboración como destello de su irrefrenable amor.

Las así llamadas “generales de la ley” eran demasiado poderosas en este caso, demasiado plenas para Juan, como para soslayarlas.

En algún momento pensó que sería necesario llamar a la ambulancia de lo mal que la veía. Pálida, con los labios casi azulados, los puños crispados y jadeante. Hizo el vano intento de serenarla hasta que empezó a darse cuenta que él también se sentía mal. El salón que los cobijó en tantas charlas memorables giraba en su cabeza, el nudo sempiterno de su vientre se hizo marinero y lo atenazaba con fuerza, las piernas le empezaron a temblar. Tenía que poner fin a ese malhadado encuentro cuanto antes.

No podía decirle lo que pensaba, porque si ella le hacía caso, él no estaba seguro de poder hacer aquello que tras su duelo, ella le pediriá y a él se le haría inevitable. Si hoy estaba en un dilema, con ella fuera de su relación , Juan enfrentaría un dilema aún peor. Su malestar tenía un solo nombre: miedo atroz.

Juan le debía su mejor lección. Por ella Juan sabía lo que era amar, contra toda razón, contra toda lógica, contra toda esperanza. Estaba agradecido. No era poco vivir enamorado, aunque fuese tristemente enamorado, distanciadamente enamorado, imposiblemente enamorado. La vivencia del amor es única, casi milagrosa, un don azaroso que nos lleva sin pausa a la mejor persona que podemos ser. Juan quería ser esa persona, pero solo lo lograba con ella. El otro Juan, tan terrenal, tan pragmático, tan bien adaptado al sistema, tan racional era, para el mismo Juan, un ser deleznable.

El solo se amaba cuando amaba y solo la amaba a ella, desde su quince años.

Entonces ¿qué lo detenía? ¿Porqué no la manipulaba para que se separara, él transitaba el mismo camino y vivía finalmente el amor que merecía y sentía?

Miles de razones que más se parecían a miles de excusas lo detuvieron durante el tiempo transcurrido desde el fortuito reencuentro. No le era nada fácil a un herido, refugiado en la vida estructurada, romper todo por amor. Para hacerlo, para enfrentar el enorme costo, tantas veces visto en otros, de una separación, debía estar plenamente seguro. ¿Pero seguro de qué? De su amor por ella, lo estaba hacía cuatro décadas. Su vieja herida le hacía dudar del amor de ella por él.

Existía, pero él no podía asirlo, comprenderlo y peor aún, no podía sentirlo.

¿Se siente el amor de otro? Juan no tenía idea, esa lección, la de ser amado, jamás la había vivido. No porque nunca lo hubiesen amado, quizás porque Juan nunca se había detenido para dejarse amar. Se le hacía demasiado difícil entonces reconocer el amor de ella, quien prudente y sabiamente, se había, en caso de existir, empeñado en disimular sin alejarse, en mantener sin desbordarse, en expresar sin dejar a la pasión tomar ningún control. Hasta seis meses atrás.

En un lugar inesperado y de un modo sopresivo a Juan lo habían amado. La maestra de esta segunda importantísima lección, la de ser amado,  había sido otra mujer. Y por supuesto era justamente la mujer inadecuada, detrás de la cual correr no solo era imposible, sino suicida. Nada de eso importaba, le había mostrado a Juan qué acontece cuando una mujer ama con el alma. Juan se había sentido rodeado y abrazado por ella día y noche, invadido en sus sueños, acompañado en su labor, inspirado en su piel hasta tornarse una obsesión. Juan debió luchar y lo hizo denodadamente contra este huracán de pasión que amenazaba seriamente con arrastrarlo, debió detenerse en el borde de cien locuras, debió romper mil cartas, debió abortar diez mil llamadas. Hasta que el huracán, tan imprevistamente como comenzara, cesó y lo dejó a Juan con una sola pregunta: ¿porqué ella no me ama así?. Jamás lo habría resistido y de seguro todos los costos de su camino le habrían parecido insignificantes.

Juan tuvo una certeza, una de las pocas que en sus años aprehendió. Nada hay más fuerte que el amor y nada es tan bello y trascendente como amar y ser amado.

En su universo gris y con ella enfrente, atravesada por el dolor y hablando aquello que ya no le importaba, vio ante sí su situación. Y comprendió que había llegado al punto del adiós.

Solo valía romper su refugio de estructuras, su armado contrafóbico, sus “deberes ser”, si amaba y era amado, si ambas vías, milagrosa y obra de nunca sabrá de quien, se materializaban con la misma persona. No era su caso con ella. Si ella lo amaba, no lo era del modo que él necesitaba, cada día un poco más. Vio entonces que su amor era triste, que había sido triste por casi toda su vida, que si bien le había alcanzado para sobrevivir, ya no le bastaba.

Pero había más. Parece ser que cuando las revelaciónes suceden, lo hacen en grupo. Ella amaba profundamente al destinatario de sus diatribas momentáneas. La fuerza de su odio, el destello de sus planeadas venganzas, su reducción monetaria del desprecio, el rabiar de su impotencia, solo eran muestras acabadas de la intensidad de su amor. El amor humano, ese amor en minúsculas, del cual somos mendigos y dadores, víctimas y victimarios, ladrones y robados, tiene dos caras, de valor equivalente, como las monedas. Una es aquella que llamamos amor y la otra es ineludiblemente el dolor. Quien ama sufre o arriesga sufrir, son indisolubles.

El torturante encuentro llegó a su fin y bajo un cielo plomizo Juan y ella se separaron. Solo Juan sabía a ciencia cierta que era el final.

Unas semanas más tarde, le daría por toda explicación a Claudio, su amigo de la adolescencia, el principal y casi único testigo de su amor, acerca del punto del adiós evidenciado, la siguiente frase lapidaria e irrefutable..

“ Ella no es capaz de odiarme así” dijo desde su gris y vacío presente.

Tan solo quedaban algunos detalles a resolver por Juan. Decírselo a ella causando la menor herida posible, ver de donde provendría el aire para respirar el resto del camino, intentar construir algo posible con aquello que aún quedaba en pie en su íntimo entorno y creer que en algún rincón podría estar esperándolo algún tipo de poesía para recobrar alas e intentar nuevamente volar, o amar, que es casi lo mismo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 12 de junio de 2015

Quizás sean huellas en la arena lo único que dejemos por aquí, aun amando y siempre llegará un día en que el mar habrá de borrarlas.

 

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Published in: Sin categoría on junio 12, 2015 at 1:44 am  Dejar un comentario  

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