UNA HOJA CAYÓ


Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

UNA HOJA CAYÓ

Escenas de una fiesta que pensé ajena

Ahí estábamos los dos, con la revista del colegio William Shakespeare en la mano, parados en plena calle Lavalle en esta mañana de otoño con sabor a verano. Yo, un sincero colado – con invitación y todo- en una fiesta que pensaba ajena y él, Dick, en cuya persona se homenajeaba a su madre Mrs. Keller, directora de mi primario y co-fundadora del Instituto San Agustín, secundario hijo del Shakespeare, que está cumpliendo 50 años.

Hace rato que me comunico con Dick y hace rato que lo siento cercano. Le gusta escribir y lo hace muy bien, ama la pesca y disfruta navegar, pero por sobre todo simboliza y conserva ese espíritu único de los Old Shakesperians y me consta que ha hecho y hace esfuerzos para que perdure. Tenía pendiente el conocerlo personalmente, hoy me di el gusto.

En el momento que recibimos la revista, una hoja de las miles que pendían en color ocre sobre nuestras cabezas, decidió caer. Con ignota sabiduría, lo fue a hacer sobre la tapa de la revista que sostenía Dick. Me miró, con esa barba de profeta, tan blanca que hace el deleite de los pequeños, quienes siempre creen tener una visión de Papá Noel, con su calva socrática y sus profundos ojos claros, mezcla de yogui y de poeta, escondiendo tras ambos la chispa de un viejo bribón. Dijo, para mi sorpresa: “la vamos a guardar” y abriendo la revista la puso entre sus hojas, trayendo a mi presente la memoria de los muchos libros de mi madre, de los cuales, infaliblemente al abrirlos, supo caer una marchita flor.

De entre los tantos egresados presentes, que por supuesto todos conocen a Dick, solo uno se acercó a saludarlo, mientras charlaba conmigo. Se trataba de María Cristina Valle, a quien al punto me presentó como poetisa y artista plástica. Sostuvimos una brevísima charla que concluyera con la promesa de entregarme su libro.

Ayer dudé si hacerme la escapada hasta Temperley porque me sentía un colado. Nunca fui al San Agustín. Dicen que el hombre es el único animal que sabe cuando va a morir. Fue cierto en el caso de mi padre, al menos. El quiso dejarnos a mi madre y a mí, viviendo en Capital, cerca de la universidad y en un colegio con ingreso directo a ella. Mi secundaria fue así en el Carlos Pellegrini y mi padre partíó cuando yo empezaba segundo año. A Dios gracias, pudo más el deseo de ver a Margie Rubio, hija de Miss Winnie, viva aún en mi corazón de alumno, que viajó especialmente desde el cordobés Tanti para el evento. Por otra parte, desde mi regreso, tras cuarenta años de ausencia, conservo amigos por la zona y ellos iban a estar presentes.

No me equivoqué. A poco de andar di con Liliana Arnaiz y Hugo Suprun, con Alejandra Erdoiz, con Virginia Thomas y su encantadora madre, y la calidez eterna y desbordante de Guillermo Bruno y Mariel Calvi que me recibieron como lo que siento que soy, cada día un poco más: un hijo de la casa.

Transcurrió el acto protocolar en un estallido de colores. Las distintas gamas de las hojas se mezclaban con las coloridas banderas que portaban los elegidos y los uniformes de los Patricios competían con las faldas de los gaiteros escoceses. Y ese estallido cobró sonido cuando Patricios y gaiteros empuñaron sus instrumentos y hasta se dieron el lujo de tocar en conjunto.

Habló sentidamente en nombre de los integrantes de la primera promoción, del año 1970, Silvia Fernández Barrio, a quien muy bien recordaba encabezando mi fila de Canning en el desfile de la fiesta anual del deporte, dando lugar a la emoción que había despuntado con el canto del hermoso himno colegial, construido sobre dos palabras que llevamos a fuego en el alma todos los que transitamos sus aulas: PROPÓSITO TENAZ.

En el mismo sitio, unos años atrás, celebrando los 90 años del William Shakespeare había asistido a la lectura de un relato que nos hizo llorar a todos enviado por Margie, el cual luego formó parte de mi crónica, la que tuve que leer con mi bicicleta roja al lado. Hoy Margie estaba presente y se encaminaba al micrófono.¿Qué diría?

Fue breve y concreta. Agradeció la formación recibida y se dispuso a leer, en su calidad de reciente locutora, unas palabras recibidas en la escuela y que en su propio decir, habían indeleblemente marcado su vida. Para coronar el suspenso se disculpó de que dichas palabras fuesen en idioma inglés. Entre que oigo mal – cosas de viejo- y el parlante que aturdía, se me escaparon las primeras líneas. Al rato caí, como la hoja. Estaba leyendo una poesía. Nunca nombró a su autor y ni siquiera sé si llegó a decir su título. Nada menos que las estrofas de IF (SI) de Rudyard Kipling, ese regalo de mi madre en mi adolescencia, el único poema, de los cientos que coleccionó y que como escribí en este blog hace muchos años, fue mi auténtica hoja de ruta en la vida, comenzaron a ponerme la piel de gallina, a sacudir mis piernas y a dar salida a mis lágrimas. (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/06/17/rudyard-kipling/)

¿Por qué esa hoja eligió la revista de Dick para posarse? Respuesta imposible, tanto como pretender responder por qué Margie eligió ese poema para leer. No fuimos compañeros y el poema nos llegó de manos distintas y en momentos diferentes. Sin embargo, los dos lo elegimos. Y volvimos a coincidir, como lo hicimos antes con nuestros relatos mezclados y como, en lo que nos resta, probablemente lo volvamos a hacer.

Caemos, todo el tiempo caemos. Y sin embargo nada es azar. Podría decir que fue el entorno compartido, el William Shakespeare en común que nos hizo amar la poesía pero nuestras familias de origen son muy distintas, hasta provienen de países diferentes con culturas muy disimiles. Quizás, tan solo quizás, el tiempo sea una mentira, la muerte también y el acto al que hoy asistimos, tenga muchos más organizadores invisibles que visibles, muchos más invitados y colados inesperados que los presentes y sean ellos quienes nos manden señales para que dejemos de lado el miedo y vivamos más plenamente el amor.

Bien puede haber sido Mrs. Keller quien guió a la hoja y mi madre quien de paseo por Tanti del brazo de Miss Winnie le hizo elegir el poema a Margie. ¿No me creen? Sigan leyendo.

Tras los discursos de Guillermo Bruno y del enviado municipal, busqué refugio en una silla para descansar un poco donde, además del cálido abrazo de Sheila MacDermott que atinó a darse una vuelta y me creyó aquejado de soledad, se me acercó la poetisa del comienzo diciéndome que al no encontrarme se le habían agotado los libros y que me lo iba a acercar en otra ocasión. Quedamos en contacto y me despedí amablemente. Repuesto del cansancio en mi circular por los distintos grupos mientras tomaba y me sacaban fotos, di nuevamente con Dick.

“¿María Cristina te dio el libro?” preguntó al verme.

“Se le agotó” respondí.

“Te doy el mío y te lo voy a dedicar” dijo

“Dick, vos no sos el autor” respondí sonriendo.

“No, te doy el libro pero te voy a dedicar la hoja” corrigió.

Y para mi asombro y emoción, sacó la hoja de entre las páginas de la revista, la puso entre las hojas del libro y escribió: “Con cariño y admiración le dedico esta hoja a mi amigo Henry”

El resto es historia conocida, mucho afecto, fotos, brindis, canapés y largas, cálidas y acogedoras charlas en el patio de recreo del San Agustín. Abrazos miles, risas en derroche y anécdotas a montones antes de la promesa de vernos de nuevo y pronto.

Una sola tarea me preocupó toda la tarde. Evitar que la hoja se me cayera del libro

Casi atardeciendo y obsequiado por demás, me fui caminando despacio por Lavalle con el libro bajo el brazo, el alma llena y el corazón en paz. La belleza del otoño deslumbraba por las calles de mi niñez y mi vista, en Lavalle 109, se alzó buscando la rama que me obsequiara la hoja. Había cientos, pero entre ellas, varios colados al acto, que extraño horrores, sonreían cómplices mientras susurraban : “Caemos Henry, nosotros lo hicimos y tú lo harás, procura tan solo hacerlo con sentido”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de mayo de 2015

Me di también el gusto de obsequiar a Guillermo con una vieja poesía mía que anoche al releer consideré justa para la ocasión. Todos nosotros tenemos una historia que es y muchas historias que no fueron. Algunas de todas ellas no fueron por poco, casi pudieron ser. Y cuando pertenecen a esa categoría nos dejan pensando, a veces por años, a veces de a ratos ¿como sería nuestro presente si esas historias hubiesen sido la historia nuestra en lugar de la que fue?. El Instituto San Agustín, en mi caso pertenece a ese grupo. Y no tengo dudas que mi vida hubiese sido muy distinta a la que fue si mi padre no hubiese tomado esa decisión. Por supuesto, no me siento autorizado a erigirme en crítico de mi padre, pero siempre me intrigó fantasear con mi vida sin salir de Temperley, quizás algún día me atreva a emular a Hermann Hesse quien al final de su Juego de Abalorios ensaya vidas posibles de su personaje. Por ahora me contento con volver cada tanto a los escenarios en que la historia que no fue, estuvo a punto de haber sido.

LA HISTORIA QUE NO FUE

La historia que no fue,

es la que no terminé,

porque ¡vaya si lo se!,

es la que nunca empecé.

Y sin embargo ella es,

paralela a la que fue,

pugnando por poder ser,

camino que no abracé.

.

Emboscada en sitios,

de disyuntivas ingratas,

se muestra luminosa,

y a mi hoy maltrata.

Carezco de defensa,

y de huida factible,

cuando me acorrala,

mi historia imposible.

En ella no hay duda,

ni asoma el desgaste,

venciendo el deseo,

exagera el contraste.

Frente al claroscuro,

de la historia vivida,

me encandila el faro,

de aquella prohibida.

¿Cantará la sirena?

¿Es engaño del dueño?

¿Esa historia no sida,

un sueño en el sueño?,

Solo sé que en los días,

cuando reina la tristeza,

la historia que no fue,

es mi alegría y belleza.

Por ello para mi vive,

Y la busco seguido,

En recuerdos y lugares,

En que pudo haber sido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de agosto de 2013

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Published in: on mayo 17, 2015 at 2:00 am  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Esa facilidad que tenés Henry para que todos disfruten del evento leyendo, como si hubieran estado presentes! Gracias.

  2. Excelente!

    Tanto tu prosa como tu poema.

    Tu visión coincide plenamente con mi vivencia de este memorable sábado de mayo.

    Es una pintura detallada de lo vivido entre alumnos, docentes y amigos.

    Muchas gracias, Henry, mi nuevo viejo amigo, por tus palabras sobre mi mamá y Miss Winnie.

    Nos vemos en el próximo recreo que nos dé la vida.


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