Taller literario EL PRINCIPITO


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Taller literario EL PRINCIPITO

Vienen llegando de a uno, cada quien con su vida a cuestas. Su historia en ardua mochila y una mirada concentrada en el interior que se atrinchera. Sobre ellos y aunque no se lo vea, su particular duende dormido.
Algunos dejan en el beso a la anfitriona un refrigerio para la hora del alivio. Se ubican en su silla favorita de una larga mesa que ocupa el centro de un gigante escritorio soñado. En general es la misma de siempre, las caras de enfrente suelen repetirse.
El lugar, sencillo y austero, llama a la introspección. Una gigantesca ventana les permite sentirse invadidos por el verde jardín del fondo. La mesa también es angosta, con poco esfuerzo puede leerse en que aguas navegan los compañeros cercanos. No son indiferentes a la tarea a emprender todos los objetos que rodean a los asistentes. Cada uno merece un libro, cada cual porta décadas de historia. Las fotos fieles a un pasado perdido vuelcan a la escena las raíces del lugar donde se encuentran, un viejo galeón sueña con el mar y los rifles aguardan a un cazador que nunca llega.
Se intercambian algunas noticias del pueblo, cierto chisme de un amigo, mientras el grupo busca completarse. Cuando están los que van a estar, Susana, la maga del sitio, frente a una audiencia ansiosa con birome en mano y hoja en blanco delante, sacude la varita llamada consigna y un inmutable pero elocuente silencio invade todo el ambiente. Solo se escuchan las patitas de Amanda, una diosa negra con forma de perra que va de pierna en pierna derrochando simpatías y rogando mimos.
Es la hora de los duendes, el de cada uno, que tienen mucho en común. Sacudidos por el toque mágico se despiertan, se sientan en el hombro de sus protegidos y comienzan a hablarle al oído.
“Escribí de esto, no te olvides de aquello, hacelo en primera persona, incorporá tal personaje, dale un final triste, no lo dejes ahí”
Y el diálogo interior se entabla. “Ni loco escribo de eso, no me fastidies eso ya pasó, no me acuerdo, voy a hacerlos llorar a todos, es una barbaridad, no me gusta, deberíamos hacer una historia más simple, más feliz”
Siempre ganan los duendes y todos terminan volcando a veces en forma breve y otras extensa, a veces lento y otras como caballo desbocado, un sentir casi ignoto por profundo, casi olvidado por doloroso, casi perdido por amado.
No se concluye indemne. Hay lágrimas en los rostros, tensión en los rasgos, palpitación en los pechos, sudor en las manos. Salió, está ahí, en el papel. Sorprendido y a traición, sin tiempo ni muchas ganas de defenderse, ayudado por la vibración colectiva y el miedo al papelón, una fracción del inconsciente saltó a la luz. ¿Qué hacer con ella?
A veces no hay tiempo de corregirla, otras el tiempo sobra. Casi todos aprovechan a leerla para sí, corregir faltas que el apuro generó, mejorar frases y giros, redondear finales.
Llega el momento tan temido de la puesta en común. Hay que desnudarse. No solo uno pasa por la sorpresa de lo que hizo, sino que tiene, a su opción, que buscar la devolución de sus compinches de viaje. Hay veces que alguno se niega, lo que vive en la hoja llena es demasiado fuerte para leerlo en voz alta. Otras se animan y lo logran a duras penas, quebrándose en dolorosas oraciones. Y ciertas veces, el dolor que conllevan esos vehículos de energía llamados palabras, sacuden a todos, hasta a la propia maga. No siempre hay aplausos al final de la lectura, el silencio compungido puede ser el mejor premio, o la sonrisa franca ante un tierno final.
Cerrado el círculo el alivio se instala, todo el mundo se afloja, pone al duende a dormir. Es el momento de las cosas ricas y del café, así como de la planificación de las actividades futuras. Los rostros se aflojan, los ojos se secan, el corazón recupera su ritmo, dejan de ser uno solo para volver a ser cada quien.
Van saliendo de a uno, a recobrar su vida y su historia, con la mochila más ligera, con la mirada más clara, con un poco más de confianza, sin saber demasiado bien por qué. Al despedir al último, Susana sonríe y mira al Principito, ese que también sonríe, aunque nadie, salvo ella, logra ver.
Cada tanto coinciden, mi viajar y el taller. Y me doy el gran lujo de ser uno con ellos, de dejarme cambiar, de aprender y crecer.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, diciembre 2014

En este abril otoñal, volvió a coincidir mi viajar con el inicio de temporada del taller. Todo se repitió y me descubrí escribiendo un cuento, casi una novela medieval, que era en lo último que estaba pensando cuando fui.  Ya lo subiré, será una forma que la armadura me pese menos y la espada no me raspe tanto.  Espero que los que aún dudan en acercarse a un taller, sean impulsados por el escrito que antecede, no solo tendrán la satisfacción de integrar bellas antologías como las de la foto, sino que harán nuevos amigos y sobre todo conseguirán compañía a la hora de encarar ese viaje maravillosamente aterrador que se denomina introspección. Sinceramente anhelo ver a todos y cada uno de ustedes que llegaron hasta aquí, sentados en alguna mesa de trabajo conmigo, en la latitud que sea, dejando la pluma correr.

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Published in: on abril 9, 2015 at 12:22 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Para la poesía rimada sos un juglar de los mejores pero en los relatos en prosa no te quedás atrás, Enrique. Muy bien redactado. Lo disfruté.


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