MALVINAS ESE ESPEJO INCOMODO


 

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MALVINAS ESE ESPEJO INCÓMODO

Ahí estaba yo, después de un largo camino de 33 años, de pie, frente a ellos. No había sido el artífice de esa increíble senda que me condujo a fines de este mes de febrero a esa cena del Centro de Veteranos de Malvinas de San Andrés de Giles. Ella, por sí sola, había trazado su ruta entre el silencio impuesto, los prejuicios, los relatos falsos, las vueltas de la historia, la mezquindad de la política y la indiferencia de la sociedad. Yo solo caminé detrás asombrado, y la seguí, un poco con desconfianza, otro poco con temor, para terminar siempre emocionado hasta el alma. Definitivamente, había sido ella, mi hija concebida a mis 25 años, la hoy más famosa, la que ha hecho mi nombre conocido, quien me había conducido, con su sabia mano, a estar parado esa noche inolvidable entre Piky Arguelles, la escritora gilense premiada, autora del ensayo-libro San Andrés de Giles, Capital de la Malvinización y el diputado nacional por el Partido Nacionalista Constitucional Dr Alberto Asseff, autor de un proyecto de ley para darle carácter oficial, más que merecido, al título de la obra.

Ella, mi poesía A VOS, la silenciada por los diarios a quienes la envíé terminado el conflicto bélico, la ignorada hasta por mis amigos que trabajaban en los medios de entonces por “orden superior”, la que el capitán Marcos Carballo recibiera de mi mano en la feria del libro de 1983 y colgara emocionado en la sala de pilotos de Villa Reynolds, la que un día entregara en mano al grupo de ex combatientes de la Dirección de Rentas de CABA, quienes se encargaron de colgarla en la web, la que Silvia Paglioni incluyera en su blog de yoga, pensando que era un homenaje de un poeta italiano, la que llevó a la misma Silvia a regalarme un blog para dar a conocer mi obra y lanzar así mi carrera de escritor, la que un 2 de abril escuchara sorprendido por Radio 10, la misma que leyese al aire por la radio FM la Boca cuando tuve mi primer reportaje por mi primer libro, esa que Luis Allegrini me hizo leer por FM de las Américas en la primera vigilia que asistí en 2011 desde el colegio que albergó a los escultores del monumento al héroe Jorge Maciel, la que un día el joven y talentoso actor y director de teatro Javier Gimenez Filpe, sin conocerme, la incluyera en su obra Del lápiz al fusil. Ella fue sin duda, la que hizo que Alberto Puglielli me llamase a integrar ese trío que estaba ahí, frente a un puñado de héroes.

Y estaba yo, siguiéndola una vez más, como el padre orgulloso de un hijo que se mueve solo, que derriba barreras, que llega por sí mismo donde debe hacerlo, preguntándose seriamente: “¿es realmente mío? ¿fui yo quién lo hizo? ¿o fui un instrumento de algo superior?”. Muchas veces me ha sucedido de releer poesías y desconocerme, creo que todo poeta es a veces él , pero otras es solo un lápiz al que guía algo oculto y poderoso, algo necesario, algo que lo usa para decir lo que nadie se atreve, lo que todos callan por interés o por “orden superior”.

En preparación para la vigilia de este año, los veteranos habían organizado esa cena en los galpones de una estación de un tren que ya no pasa, la misma que alberga un conmovedor museo de Malvinas en su cuerpo principal. Algo endeble de salud, no quería fallarles y fui sin saber muy bien como se desarrollaría el evento. Por las dudas llevé impresos algunos escritos míos sobre Malvinas y tras una amable charla en la casa de Piky, nos dirigimos a la estación donde el chancho asado con pelo estaba a punto de ser servido. Me ubicaron en la cabecera de una mesa, justo al lado de un tripulante de los gloriosos Hércules, burladores sigilosos del bloqueo inglés, quien a boca de jarro me contó cuanto le cuesta terminar de cantar el himno en cada vigilia

Pese a toda la amabilidad reinante, me sentía incómodo. Casi no pude cenar y esa incomodidad fue mucho mayor cuando Alberto me llamó al frente. Tan desconcertado estaba que olvidé los escritos en la mesa.

Hablo en público desde mis 19 años, lo he hecho antes auditorios de todo tipo, estudiantiles, universitarios, docentes, políticos, gremiales, internacionales y en distintos idiomas. He sido docente en mi facultad por más de 13 años y he dado conferencias por todo el país ante multitudes y grupos reducidos, de temas tan diversos como impuestos, finanzas, literatura, poesía y proteccionismo animal. Suelo hacerlo con solvencia, aplomo y disfrutándolo sobremanera. Esa noche iba a ser distinto.

Mientras Piky Arguelles hacía uso de la palabra y contaba como había incluido en el ensayo premiado por la SADE, Mendoza, sin siquiera avisarme, pero respetando mi autoría, mi crónica para Bahia noticias, diario digital de Bahía Blanca que dirigía mi amiga Silvia Paglioni, de la vigilia de 2011; noté que curiosamente no lograba mirar de frente a mi futuro auditorio.

Mientras el diputado Alberto Asseff agradecía el libro y decía que sin dudas estábamos en un acto patriótico, comprometiéndose a presentar el proyecto de ley declarando a San Andrés de Giles, capital de la malvinización, hecho que concretó a días del evento; decidí que solo podría hablar de ella, de la poesía que me había llevado a ese inmerecido e incómodo lugar. Solicité mis escritos que estaban en la mesa y busqué A VOS

Recibí mi libro de manos de Piky y comencé a hablar. Largué horrible, como pidiendo perdón por no haber ido a la guerra, por ni siquiera haber sido capaz de anotarme como voluntario. Seguí contando mi rebelión interior ante la desmalvinización, ante el esconder a los veteranos, ante el desamparo a que el propio estado que los había enviado los sometió por años, ante la indiferencia social. Y presenté a la poesía como mi única ofrenda, como el solitario acto de valor para enfrentar tanta injusticia.

La incomodidad, lejos de cesar, aumentaba a cada paso y llegó inevitable, tras contar su camino, el momento de leer las estrofas. Empecé.

A vos,

que estuviste allá…

Ahí tomé conciencia. Por vez primera, 33 años después de escrita, le estaba leyendo en la cara, mi poesía a sus verdaderos destinatarios. No les estaba entregando un papel, no la estaba leyendo al aire. Los tenía a ellos, a los que se jugaron la vida, a los que sobrevivieron al infierno, a los que lucharon mano a mano con la muerte y el enemigo, a los que fueron heridos, mutilados, a los que en soledad o con el único acompañamiento de sus familiares o camaradas sobrevivieron a las pesadillas, a los ataques de pánico, a la exclusión, al desempleo, a la carencia. Los tenía ahí, enfrente mío, sentados, escuchando con atención al poeta. Mi incomodidad que iba en aumento, comenzaba a tener sentido. Continué.

Te recuerdo

Porque todo mereces
Y este homenaje darte puedo

Como no recordar a quien en mi nombre y con mi bandera, mientras yo estaba seguro en Buenos Aires, siguiendo con mi vida, soportó bombas, frío, órdenes, insomnio, la pérdida de amigos. ¡Por Dios!, se me atragantaban las palabras, nunca leí peor en mi vida.


A vos

que estuviste allá

Te admiro

Porque no tembló tu pulso
Cara a cara con el enemigo

Admiración, y gigantesca. En un país que idolatra futbolistas, actores y millonarios, ¿porque se olvida a los de la entrega magnánima- hermosa palabra rescatada por Nicolás Kasansew-? Estaba empezando a sentir la respuesta en propia piel, me temblaban las manos y mi mal leer solo empeoró. Es muy duro compararse, preguntarse: ¿frente a su entrega, de ellos que estaban ahí, escuchándome, cual ha sido la mía?


A vos

que estuviste allá

Te envidio

Porque la Patria se te hizo carne
Bajo tu piel casi de niño

De modo que envidia. ¿Es que estaba loco en 1982?. Como se puede envidiar a alguien que fue al infierno y que de por vida no olvidará lo vivido y cargará con esa mochila. Me envolvió la palabra SENTIDO. Ellos, con su entrega, no solo habían demostrado una coherencia total con los valores aprendidos, también habían dado la mayor prueba de amor por el suelo que los vio nacer y le habían dado a su existencia, a una temprana edad, un sentido que a mis casi sesenta años yo aún busco.


A vos

que estuviste allá

Te quiero

Porque bajo tu bandera luchaste
Con aplomo de viejo guerrero

El afecto, lo que más necesitaban quienes volvieron y que como sociedad menos les dimos. Silvia Paglioni, quien hizo extensos reportajes a veteranos, me contaba que a un héroe de la Patria, mal herido en combate y condenado a mendigar con su uniforme y las medallas puestas, le cerrábamos las ventanillas de los autos para no comprarle las bolsas de residuos que vendía para poder subsistir. Llegaron a hoy vivos, solo los que fueron queridos y bien queridos por sus amigos, por sus familias , por sus esposas del dolor, esas que vi en las mesas, recién cuando pude mirarlas, con sus ojos heridos de contemplar tanto sufrimiento, tanto grito, tanto insomnio.


A vos

que estuviste allá

Te espero

Para estrechar al que peleó
Defendiendo a muerte nuestro suelo

Me doy cuenta que al anteúltimo verso le falta una contracción y viene circulando así, inentendible desde el año 2006. ¿Los esperábamos? ¿para qué? Tantos de ellos fueron discriminados, insultados, culpados, menospreciados. A pocos, muy pocos, especialmente en Buenos Aires, se les ocurrió esperarlos para reconocerlos. Mi incomodidad sumaba otra causa: la deuda colectiva para con ellos, que seguían ahí, atentos a mis versos y yo sin poder mirarlos. A esta altura necesitaba terminar, me estaba apurando y leía aún peor.

A vos

que estuviste allá

Te siento

Porque dejaste todo lo querido
Para batirte en mar, tierra y viento.

La palabra TODO me sacude como el viento malvinero. ¿Qué fui capaz de dejar yo por la Patria? Frente a ellos, frente a lo que dejaron ellos, NADA, sin duda NADA. Mi poquedad me conmueve, mi dimensión se hace carne y me siento íntimamente indigno hasta de dirigirles la palabra. ¿Qué pueden valer mis estrofas ante los que sobrevivieron al océano helado cuando se hundió el Belgrano, ante los que volaron a ras del agua buscando a la flota, ante los que soportaron el pozo de zorro inundado? Soy NADA, me siento NADA, apenas un argentino agradecido. La voz huye, las piernas me tiemblan, me agarro del micrófono para que a través de él, Piky que lo tiene en la mano me haga de punto de apoyo. Temo no llegar al final.


A vos,

que estuviste allá

Te aplaudo

Porque fuiste héroe en un infierno
Que no paga con lauros

Es lo único que debo hacer, callarme de una vez y ponerme a aplaudir. Durante 33 años debimos hacerlo. Al actor se lo aplaude cuando cae el telón y no hizo más que mentirnos bien, al político también cuando habla en un acto y probablemente haya hecho lo mismo. Sin embargo a ellos, que dieron de verdad su vida, su juventud, su sangre, su alegría, sus oportunidades, su esperanza, en aras de la Patria, les hemos negado el aplauso, hasta en el desfile del Bicentenario, donde debieron marchar infamemente “de colados”. El esposo de Piky me contará que aún desde lejos se notaba que ya era una hoja de tanto que temblaba, sobrepasado de emoción mientras, sin levantar nunca la vista, contemplaba con alivio mi arribo a la última estrofa, la más dura.


A vos

que estuviste allá
Y no volviste

Dios te Bendiga,

la Patria te crió

Y por ella hacia El te fuiste.

Llegué, lo hice sin desmayarme en el intento.¿Pero qué oigo? ¿me están aplaudiendo? Si indigno era de pararme ahí adelante, mucho más de que me aplaudan, soy yo quien debo hacerlo, aun cuando esté conteniendo el llanto que quiere aflorar por los 649 que no volvieron, por los más de 400 que se suicidaron en la posguerra y por todo el dolor de las esposas, las madres, los padres, los huérfanos de Malvinas. El consuelo de la bendición divina y el del deber cumplido es más que importante pero no basta, falta, aún falta el abrazo, el de todos, el que les haga saber que tanto sacrificio por nosotros no fue en vano, que lo apreciamos, que lo agradecemos.

Ahora sí puedo mirarlos a la cara, les dije todo aquello que en su momento no me dejaron decir. Y los veo venir, a saludarme, con los ojos húmedos, la sonrisa ancha, a pedirme un abrazo, a agradecer la sorpresa.

Agotadísimo por el combate con mis propias emociones le entrego a Alberto el escrito para el Gral Menéndez, encarcelado por aquellos que fieles a su consigna niegan hasta la justicia, me encuentro con la sonriente culpable que A VOS se haya escuchado en Radio 10 y voy a mi mesa donde recibo el emocionado saludo de una esposa del dolor y mi vecino, el tripulante de Hércules a quien decido regalarle ANOCHECE EN MALVINAS (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2011/03/18/anochece-en-malvinas/), un escrito en el que quise imaginar como habrá sido cantar el Himno en el pozo de zorro. El me pide, al borde de las lágrimas y sin poder leer más que unos renglones, que se lo dedique a su nieto. Quizás ahí esté la clave de la tarea que nos falta y a la que debemos dedicarnos con ahínco: contarle a las futuras generaciones la verdadera historia, para que crezcan sabiendo que Argentina tiene héroes, que injustamente ignorados, caminan, no por mucho tiempo más, entre nosotros.

Sentado en silencio y dejando a mi corazón recuperar su ritmo, reflexiono sobre su magnanimidad y mi nada. Y el pensamiento me lleva a los tristes días en que mi madre enfermó. Mientras me ocupaba de sus internaciones y traslados, tratando de poner alivio y contención, sentía que estaba pagando una deuda al ser a quien debía nada menos que la vida. Empero, por mucho que hiciera me invadía el desaliento de saber que esa deuda era auténticamente impagable, porque había entre lo recibido y lo dado,una desproporción insalvable, en tiempo, esfuerzo e intensidad. No obstante el haber dado lo poco que pude me brindó la tranquilidad de conciencia necesaria para sobrellevar sin culpas, la hora de su adiós.

Con los veteranos sucede algo parecido. Por mucho que hagamos por ellos, jamás podremos igualar el valor de su entrega total, pero hay que hacer algo, lo que cada uno pueda. Asistir a la próxima vigilia en San Andrés de Giles, quizás sea una forma de empezar. Allí los estaré esperando, el primero de abril, con el maravilloso libro de Piky Arguelles, cuya venta es a beneficio del Centro de Veteranos, para ver si juntos, desde ese recodo de Patria, juntamos coraje y todos comenzamos a mirarnos en el espejo incómodo de Malvinas, dejamos que nuestra poquedad nos de vergüenza, tal como sufrí leyendo e intentamos unidos salvar la distancia, un tramo al menos, entre nuestra nada y la magnanimidad de ELLOS, los que estuvieron allá.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de marzo de 2015

aviso de vigilia 2015

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Enrique, más que ” me gusta”,
    “me emociona” he de decir.
    al ver cómo el sentimiento
    tú vuelcas al escribir.
    Si a mí, con sólo leerte,
    y en el acto ausente,
    se me anudó la garganta
    estando aquí, en San Clemente.
    Y no tengo duda alguna
    que nuestros héroes hermanos,
    quisieron darte las gracias
    con el aplauso en sus manos.
    Como no dudo tampoco
    que con tu disertación,
    un logro le has dado a ellos :
    justa reivindicación.

    ale

  2. Querido Enrique, sabes llegar al alma con tus relatos y versos, y es así porque en cada uno “nos entregas tu alma”…
    ¡Gracias por eso!
    Celebro haber compartido ese momento, y aún mñas el haberte conocido, atrapada y emocionada por el relato que encontré buscando una mirada de alguien fuera de nuestra ciudad, y fue así como me encontré con tu blog y el relato de tu primera visita a San A de Giles en 2011, Relato que incluí en mi libro pues me “caló en lo más profundo”…

    Nos vemos en la vigilia para esperar una vez más y junto a esos valientes que tan bien has descripto y homenajeado con tus palabras en esto que has llamado atinadamente; “Malvinas, ese espejo incómodo”.
    Gracias de nuevo…
    ¡Un beso enorme!

    Piky Argüelles

  3. Henry, que difícil escribir algo después de tu imponente relato, colmado de la emoción que te brota y conmueve.
    Cuando te leía, me “vino” la letra de un tema de Juana Molina, “Rio seco”:
    Yo no quiero ver mas
    A todo aquel que se ha ido
    Mi corazón roto ha venido, me habla y dice
    Que no le ha quedado nada, que el esta vacío
    Me dice que todo se ha marchitado y yo no tengo mas que un río
    Tan seco el lecho que esta agrietado profundamente
    La falta de agua. No le han echado asiduamente….

    Abrazo de río seco
    Alejandro


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