LOS PUENTES DE MADISON


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LOS PUENTES DE MADISON

Hace rato que tenía la película conmigo. De modo conveniente jamás encontraba el tiempo para verla. Conocía la historia, en forma aproximada. Había reproducido algunas escenas en youtube sin entenderlas demasiado. Y una legión infinita de amigos me seguía insistiendo en que debía dejarme atrapar por ella. Anoche fue el momento.

Me senté en una silla incómoda ya que si lo hago en un sillón es probable que me duerma y les dejé el sillón a mis fieles amigos que rápidamente, tal como hacen en las noches de escritura, se acurrucaron en su pose favorita para dormir a mi lado. Y le di al play.

Si alguna vez y por esos vientos inesperados decido viajar al imperio del norte, nunca será ni a Miami, ni a Nueva York, mucho menos Washington o Los Angeles. Será sin duda a Pennsilvania donde nació mi madre, a Carolina del Norte o a esos pueblos del medio oeste, que imagino guardando algo de la herencia protestante conservadora. Iowa en los 60 es casi mi destino ideal. De modo que inmediatamente me sentí a gusto en la granja de Meryl.

Un primer juicio me resultó muy negativo. La encontré demasiado lenta para ciertas cosas y demasiado rápida para otras. El paisaje es ideal, la fotografía no tanto. La música, abundante en blues y jazz, dista mucho de ser mi favorita. Y por si fuera poco, la historia central es inverosímil. Nadie reconoce al amor de su vida a primera vista. Nadie se enamora en cuatro días. La increíble versatilidad de Meryl, que es sin duda una de las mejores actrices que he visto, no alcanza para convertir en una noche una mera pasión carnal ocasional en un amor eterno.

Empero el error más grosero de Clint como director fue el haberse elegido a él mismo como protagonista. El es para mí, como para muchos hombres de mi generación, un ídolo de la adolescencia que además en mi caso me marcó profundamente. Disfruté todas sus actuaciones como el chico bueno del oeste y conservo algunos de sus films íconos de esa época, que veo cada tanto. Decía que me marcó pues cada vez que tuve una cuota de poder me dediqué a perseguir y a escupirle el asado a los malos y feos, a los vivos, a los que se la creían; lamentando más de una vez que en éstas épocas las cosas no se arreglasen como en aquellas: con un duelo cara a cara, colt 45 en mano, en la calle principal. Cuesta mucho descubrir ternura en alguien que hizo de duro toda la vida y que además lo hizo tan, pero tan bien. Puede ser por lo dicho pero creo que tampoco el tierno le salió debidamente y su rol de hombre enamorado es bien pobre.

Así estaba mirando mi paraíso reclamado y durmiéndome en la silla incómoda, cuando algo empezó a suceder. Cada tanto, alguna frase dicha por uno de los protagonistas calaba hondo en mi alma y ésta se estremecía reconociendo una verdad. De haberla visto en un cine la habría perdido. Volvía atrás para escucharlas más de una vez y tratar de retenerlas, algunas anoté. Ello me dijo que debo buscar el libro, la historia tiene algo importante que decirme, que supera a su temporal inverosimilitud.

La película se encaminaba lentamente a su climax, que es la famosa escena de las dos chatas Chevrolet bajo la lluvia con Meryl a punto de cambiar de flete, cuando lo que cambió fue mi juicio. Independientemente de como llegaron allí, el conflicto karma-dharma está muy bien planteado . Esa lucha desgarradora entre nuestros sueños y deseos y los deberes asumidos fruto de las decisiones tomadas hace tiempo, habita en casi todos nosotros, salvo en la élite creciente de irresponsables que cree que la vida está llena de derechos y carece por completo de obligaciones. Una mirada tan necia como la que niega la muerte.

Ella quien no es una bien adaptada ama de casa italiana, sino una mujer más que inteligente, se da cuenta a tiempo y lo dice en una escena memorable, que correr irresponsablemente detrás de los sueños que la carne o el corazón piden con ansia, conduce a ningún lado, excepto al dolor propio y de todos aquellos que uno dice querer. Dicho en filosofía hindú criolla: si esquivás el dharma, te agarra el karma. O si lo prefieren en lenguaje católico : en el pecado está el castigo. Algo que la sociedad actual debiera empezar a pensar.

Gracias al inexpresivo Clint, sobreviví la escena sin emocionarme, pese a lo familiar que me resultaba. Mientras tanto Pety, intuitiva como nadie, había girado su postura habitual y contorsionada al extremo dormía con su cabeza sobre mi pierna. La película se acercaba a su fin.

Concluida la rara historia central, se produce un brusco cambio de protagonistas y de tiempo. Es el actual y son los hijos de Meryl con sus personales y poco bien llevadas historias amorosas familiares. Es quizás el mayor logro del film, ese abrupto pasar de una historia secundaria al primer plano. Ese ocupar el centro de la escena como diciendo, ésta es la historia principal, las casi dos horas anteriores solo fueron un cuento preparatorio de lo importante que queremos decir. Nuevamente: debo conseguir el libro, su autor se las trae.

Aun dormido, mal sentado, dolorido e incómodo, el mensaje me llegó plenamente y me noqueó de un golpe. No solo me quebré de improviso y a traición sino que lloré desconsoladamente en los pocos minutos que faltaban, abrazado a Pety. Ella de algún modo supo que debía estar a mano.

El verdadero mensaje es como impacta nuestra vida amorosa o desamorada en las historias posteriores que arman nuestros hijos a su vez. Algo de lo que pocos son conscientes, por lo menos yo no lo era. Es imposible pretender que nuestros hijos armen una familia donde desarrollarse felices si nosotros no lo hicimos o si lo mantuvimos al costo de nuestra felicidad. Hay sin duda un legado de ADN, hay otro económico y cultural pero el hasta ayer, poco consciente para mí, legado amoroso existe y actúa también. Mas allá del mensaje que demos, nuestros hijos sabrán la verdad y fatalmente reproducirán la historia. Por eso es necesario que la conozcan completa.

Meryl había cumplido su dharma y había exteriorizado una vida en apariencia sin amor, pues guardó muy secretamente la marca de éste en su existencia. Como pudo, quiso darla a conocer para que sus hijos no viviesen el legado equivocado.

Me fui a dormir y lo hice plácidamente pensando que si uno es incapaz de vivir feliz y amorosamente por uno mismo, tiene en algún lugar la obligación de tomar las decisiones necesarias para hacerlo, simplemente por la misma razón que uno hace todo lo que hace desde que fue padre:  el bien de sus hijos.

En medio del llanto, la película me reservaba una sorpresa final. Supo arrancarme una sonora carcajada cuando al terminar los títulos incluyó la consabida frase que dice que los personajes son ficticios y que cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de febrero de 2015

La escena que elegí, sin duda, “somos nuestras decisiones”

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Published in: on febrero 27, 2015 at 11:48 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Enrique: Maravillosa historia. Tengo el libro en ingles dedicado y regalado a Carlos por Sheldom Webster. Un abrazo. Beatriz.
    Lo busco y lo llamo


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