Y UN DÍA VOLVÍ


facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

facultad de económicas en Av Cordoba y Junín, edificios viejo y nuevo adosado.

Y UN DÍA VOLVÍ

de fantasmas

 

Veintidós años viví intrigado acerca de como había podido abandonar de un día para el otro mi carrera de docente universitario que tantos amigos, satisfacciones y oportunidades me había brindado. La había comenzado muy jovencito y recién recibido, con apenas veinte años de edad en 1977 como ayudante de segunda ad honorem y la había abandonado con un portazo en 1991 siendo profesor adjunto, siempre en la cátedra de Finanzas e Impuestos I. Jamás extrañé ni el aula, ni los alumnos, ni las clases, ni los exámenes, ni siquiera al viejo edificio de la facultad de Av. Córdoba y Junín, al que no regresé ni para espiarlo, en todo ese tiempo.

¿Habrá sido saturación? Solo  recuerdo que muchas cosas que para mi no tenían ninguna importancia, comenzaron a pesar. Daba clases de veintiuna a veintitres horas y en 1991 había nacido mi primer hijo, le estaba quitando tiempo a alguien más importante que mis alumnos. La familia crecía y el dinero empezaba a importarme, y en la facultad el sueldo docente  era lisa y llanamente una burla. Mis colegas y la sociedad en general me habían tratado bastante mal a mi salida del gobierno, el cual ciertamente no había terminado del mejor modo, por lo que mi convivencia en la cátedra no era fácil y mi vocación de servicio se había esfumado. Por último, el menemato de la década infame había arrasado en un santiamén con cualquier pretensión de equidad tributaria, generalizando el IVA y eximiendo a los dividendos entre otras barbaridades, hecho que tornaba a mi discurso al frente del aula en una irrisoria ironía. Un día sentí que no tenía sentido seguir y me fui. Tengo muy presente mi última clase,  patética, donde casi no podía quedarme parado, hecho que me llevó a sentarme en el escritorio y hablar con un inaudible hilo de voz. Era el fin.

El tiempo mata todo y también cura casi todo. Volví a hablar en público, volví a integrar un gobierno, volví a dirigir un organismo de recaudación, volví a dar conferencias técnicas, pero a la facultad nunca volví. Hasta el 17 de diciembre pasado.

Mi adhesión a la causa de Malvinas hizo el milagro. El VGM Oscar Ledesma presentaba su libro LUIS Y LOS FANTASMAS sobre la cruel posguerra que sufrieron, la editorial me avisó y por esas cosas de la vida, el lugar elegido era el salón de actos de mi vieja facultad de ciencias económicas de la UBA. Hasta último momento dudé, tuve que vencer de arrebato mil resistencias interiores, para llegar a estacionar ese miércoles bajo la plaza Houssay. El libro, la causa, el tema, me atraían tanto que no podía faltar. Había cruzado algunas palabras con su autor y ello me obligaba aún más. Dejé mi agotamiento de lado, respiré hondo, cerré el auto y como tantas noches veintidós años atrás, subí la rampa, crucé la avenida y encaré la escalera de entrada a paso ágil.

Mis fantasmas que me esperaron pacientemente, comenzaron a salir a mi encuentro, de a uno por vez.

El olor a huevo que emanaba la escalera me transportó a aquél junio de 1977 donde todos cayeron en mi cabeza, originando el más feliz de los festejos con mi madre y los cuatreros en mi casa de Fortunato, cuando con todo el traje manchado me tiré una botella de champagne encima: era contador, mi único título terciario.

El hall de entrada me hizo ver largas filas de libretas universitarias, retenidas por policías de civil, que las pedían a la entrada y las devolvían a la salida, todo en el marco del muy democrático gobierno de otra viuda que pasó a la historia. Un día llegando tarde a un examen con el pelo largo y los pantalones anchos, esquivé el control. Uno de ellos, un petiso insignificante de remera y jean me corrió al grito de alto. De buen modo pero sobrándolo, le dije que no me gritara, que merecía el respeto que como estudiante me debía. Se enfureció y me largó una sarta de amenazas, concluyendo con un “Vas a ver lo que te va a pasar”. Me reí en su cara y seguí mi camino. Jamás podía imaginar lo que vendría y como esa amenaza iba a transformarse en una cruda realidad para demasiados.

En el mismo hall creía ver a otros barbudos pelilargos y chicas del tipo “psicobolche”, como las llamábamos entonces, en mesas plenas de banderas rojas, bajo pendones con la cara del adlátere de la revolú cubana. En su lugar había gente muy atildada en un rincón atendiendo no sé que cuestión y una bandera que decía “Plaza Houssay segura, un logro de los estudiantes”. ¿Tanto se empequeñecieron los sueños?

Conmovido por los recuerdos de estudiante, más que de profesor, evité doblar a la izquierda hacia la sala donde me reunía con mis colegas docentes y trepé a la escalera central con dirección al busto del descanso. Jugué a adivinar quien sería y fallé, al igual que en el segundo piso. Eleodoro Lobos y José León Suarez no estaban en mi archivo neuronal. Pero a los pocos escalones se me apareció la foto del día que recibí  el título de manos del decano Pena. Un día muy especial, que transcurrió por el año 1978 en el salón de actos, el mismo al que me dirigía. La foto en la escalera la integraban mi amigazo a la vez que era una suerte de jefe por entonces, el Dr Carlos Pedro Botinelli, mi madre y una amiga suya tan querida que yo  llamaba tía, de nombre María Esther. Todos fallecidos, el único vivo de la foto soy yo, el mismo que ahora iba escaleras arriba pero que por un instante quedó atrapado en ese mágico escalón con el diploma en la mano.

Llegué al primer piso, alabando las paredes prolijamente pintadas y la limpieza del lugar. Confundido creí que el salón de actos estaba allí, pero una placa indicaba lo contrario. Recordé entonces que ahí habitaban en aquel tiempo las autoridades de la casa. Y me llegaron en tropel las pocas veces que por ahí anduve. Un glorioso día Horacio Casabé, a la sazón secretario académico me notificó que iba a ser designado profesor interino con curso a cargo y la alegría me desbordó. También en esas oficinas dábamos los concursos de oposición y más allá de la perfidia de ciertos jurados y  los nervios que pasamos, conservo conmigo una emoción inmensa. Aun veo la cara de un muy anciano Dino Jarach, levantar la vista al oír mi nombre, llenársele los ojos de lágrimas y esbozar una sonrisa. Él había conocido a mi padre en la Universidad de Turín y había huido de la guerra y el racismo con tanto apuro y pobreza como  él, a empezar de cero en esta tierra de promisión.

Esas mismas oficinas me depararon una alegría aun mayor. Un día de 1980, siendo decano el inolvidable Cayetano Licciardo, entre las tantas cosas que normalizó en la facultad fue designar un abanderado, que hacía tiempo que no existía. Tuve así el honor de portar la bandera de ceremonia en todos los actos que tuvieron lugar durante el siguiente año calendario, muchos de los cuales se desarrollaron tras esas  puertas.

¿Y el salón de actos, dónde diablos quedaba? Un cartel con una flecha decía SUM, ¿se llamaría así? Seguí la flecha, di con el SUM y vi una reunión con algunas caras conocidas, muy avejentadas. Era una reunión de profesores del área contable para despedir el año, no era la reunión que buscaba. Dos décadas atrás el SUM era un aula, inolvidable para mí. Una noche habíamos dado las notas de un parcial en que habíamos reprobado a la gran mayoría de los alumnos. Como nos quedamos con mi hermano de la vida, ayudante por ese entonces, Alberto Lifrieri, dando revisión del parcial a varios alumnos, se hizo muy tarde. Al salir del aula pensamos que el resto se habría ido. Craso error. Se quedaron a esperarnos y formaron un estrecho pasillo por el que debíamos pasar. Recuerdo haber puesto cara de malo- a veces me sale- encarar el pasadizo y traspasarlo en medio de un silencio que podía oírse. Ya a salvo, a mis espaldas, Alberto dijo bajito: “Creí que nos fajaban”.

Antes de volver sobre mis pasos, me asomé por la baranda y vi el patio central, con árboles y limpito, tan distinto de aquél de los 70 donde casi ni se podía caminar, porque las distintas agrupaciones te paraban a cada paso intentando seducirte. También busqué en vano un pasillo aéreo que daba vértigo, por donde era obligatorio circular. Husmeé dentro de las aulas vacías, algunas de las cuales conservaban los bancos altos, finitos e incómodos de aquél entonces. Hasta que llegué al anfiteatro de la esquina. Dos recuerdos claros me invadieron. La de las alumnas agraciadas que ex profeso llegaban tarde para poder subir con paso bamboleante la escalera central, que daba justo en las narices del profesor. Una forma de intentar, vanamente cuando las narices fueron las mías, alguna ayuda a la hora de calificar. El otro tiene que ver con la historia del país. En un anfiteatro cursé, en mi primer año como alumno, HISTORIA NACIONAL Y POPULAR- ¿les suena?- que la daban los montoneros. Aprobé con sobresaliente por el análisis que hice de los últimos discursos de Perón, lo que me ganó el acoso permanente para que los acompañase tanto en la cátedra como en la militancia. Resistí heroicamente ese trágico camino porque aun a mis tiernos 17 años tenía bien en claro que la política que me gustaba no tenía nada que ver con los gatillos, ni las bombas.

El salón de actos quedaba en el segundo piso, recordé de pronto. Subí la pulcra escalera, no sin antes detenerme en la puerta de un aula en la que creí verme nervioso antes de dar  mi primera clase, recibiendo instrucciones de un impecable Ruben Ruival, engominado y de lentes, serenando con afecto a su novel ayudante. La puerta cerrada del salón de actos trajo aplausos a mis oídos. Aquél acto de graduación, en el que tuve que hablar por mis compañeros de promoción y lo que es mucho más grave, jurar por todos ellos, sobre unos enormes santos evangelios, desempeñar correctamente la profesión. ¿Existirá  una larga factura aguardándome en el cielo?

Me senté en un banco y esperé. Había dado con el salón de actos pero no había nadie en las cercanías. Es verdad que los libros no convocan multitudes pero los ex combatientes  no son de abandonar a los suyos. Era casi la hora y estaba solo. Ratifiqué por teléfono el lugar de reunión y me di cuenta que si había todo un edificio nuevo adosado al viejo era posible que hubiese otro salón de actos. ¿A quien podría preguntarle? En ese instante llegó el ascensor.

El conductor del remozado elevador me confirmó que había un segundo salón y me dio gentilmente las inentendibles instrucciones para hallarlo, ofreciéndose a llevarme a la planta baja. En el breve trayecto le conté que había sido trece años docente de la casa pero que hacía veintidós que no volvía. Me miró un tanto incrédulo, como diciendo: si vos fuiste profesor hace tanto tiempo yo jugué con la selección en el 78. Lo dejé con su risa burlona y me perdí por los pasillos de la planta baja, literalmente.

En esas vueltas sin destino, y desde esas aulas abiertas, miles de imágenes se hicieron cargo de mi alma. Leonel Massad en casi todas ellas, un año enseñándome, un día aplaudiéndome, un día ofreciéndome empleo y trece años guiándome como docente. Creo que era por él que no quería volver. Mientras estaba porque sé que mi portazo lo defraudó y ahora que ya no está porque sin él mi facultad ya no es mía, nunca más lo será.

Evité el pasillo que llevaba a esa tétrica y gigantesca aula subterránea, en cuyas ventanas, en los años de plomo, zumbaban las ambulancias morgueras con sus desechos humanos a cuestas. Porque la morgue judicial sigue compartiendo espacio con la facultad, ya que en su origen esa facultad fue de medicina, una cuestión de cercanía con la materia prima de estudio.

Otros pasillos se me aparecieron plenos de urnas, donde depositábamos las tarjetas para “tirar materias” y luego chequear en los listados en que infierno nos habían anotado.

Desde una aula me pareció escuchar la voz de Vicente Díaz, otro maestro recientemente desaparecido a quien conocí en un día poco feliz, enojadísimo con una alumna que pretendía dar la materia libre, habiendo estudiado bien poco.

Y como no podía ser de otra manera, ella también apareció. Ese imposible amor adolescente con quien jamás tuve la suerte de cursar una materia y que un día encontré en un pasillo. Contra lo esperado, contra lo deseado, contra lo soñado, los dos callamos y la vida se encargó una y mil veces de reprochárnoslo.

Ya con una multitud de fantasmas a cuestas, salieron a mi encuentro los Danieles. Albarellos, compañero de estudios que anduvo tanto y tan rápido que ya nos dejó y Cohen, una herida que no cierra, un gran profesor y amigo con quien no tuve ni el tiempo de rencontrarme aquí abajo.

Con la entrada al nuevo edificio,  a través del nuevo patio, a la vista, a mis espaldas y en un susurro la voz de Raul Mayol, mi amigo que decidió irse a los veinte años, me sigue diciendo: “Dale Batman, metamos una más este año, ¿sabés lo que gana un contador en un año?”

No, ya no es mi facultad, no queda nadie, solo yo que ya soy nadie para ella y que ni un recuerdo ya pronto seré. Caigo así violentamente en la cuenta que llegué al edificio nuevo, que no me dice nada, que los alumnos son distintos, que los profesores que veo son diferentes, que el clima, el aire que se respira, no tiene nada que ver con lo que viví. Y que jamás lograría adaptarme si en un rapto de locura intentase volver a hacer algo en ella. Es otro siglo, otro mundo, otra gente. Para mí y sin saberlo empezó la hora del adiós.

Sin embargo, a tiempo y tras la travesía arribo al salón de actos. Allí están ellos, fieles, confiables, seguros, concurriendo a la presentación del libro del camarada. Están ellos y sus fantasmas, distintos que los míos, mucho más dolorosos, pero también son los que los han forjado, serios, profundos, corajudos, solidarios. Los siento cerca, como siempre. Y conoceré por fin el nuevo e insulso salón de actos de la que era mi facultad, de su mano. Pero esa, es otra historia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2014

Y si hablamos de fantasmas, nada mejor que escuchar al más famoso.

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Published in: on diciembre 25, 2014 at 1:15 am  Dejar un comentario  

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