LA SONRISA


gato leon

 

LA SONRISA

Juan salió morosamente de la ducha, dispuesto a empezar un día más sin agenda.  Hacía ya cinco años que había cambiado de vida, tirando por la borda una totalmente programada en función a necesidades ajenas y adoptando una en que lo cotidiano era la sorpresa   y su propio errabundo deseo, sin apartarse un ápice de su propósito de vivir sin propósito alguno.

Ese día, en su camino al dormitorio, hizo algo novedoso: se detuvo un instante frente al espejo que ocupa íntegramente una pared del cuarto de baño. Se contempló en detalle.

Su cara había extraviado su forma angulosa en sospechosas  líneas curvas. Su barba había virado del castaño oscuro al grisáceo indefinido.  El contorno inferior de sus ojos se encontraba coronado por una suerte de bolsas de tinte azulado y permanencia obstinada.

El cabello había sufrido cierto reacomodamiento. Se había vuelto fino y escaso en los sitios que solía ocupar y negro y poblado en sitios insólitos como su espalda y abdomen. Dudó si se estaba mirando de frente, ya que sus musculosas nalgas, hoy lucían flácidas mientras que su vientre había  duplicado su volumen con cierta rebelde curva rigidez.

Su sonrisa había perdido gran parte de su encanto por unos dientes que se empeñaban en mostrar el deterioro ocasionado por las más de cinco décadas de roer alimentos y sus labios otrora sensuales denotaban una nada apetecible palidez.

Empeorándolo todo, su postura erguida de macho desafiante ya no era tan enhiesta ni lograba desafiar a nadie. Una rápida conversión de músculos en tejido graso y una incipiente sifosis de columna le daban la impronta de oficinista desvencijado.

Sin duda alguna, había entrado en la edad del deterioro. Hecho que en cada mañana reafirmaba la dificultad para ponerse en funcionamiento, en cada viaje aseveraba la necesidad de detenerse cada dos horas y  por lo menos una vez al mes lo recordaba su peregrinar por distintos especialistas a cargo de diversos achaques.

Sin embargo, Juan, mirándose al espejo, fijamente, sonrió.

¿Acaso se estaba riendo de si mismo, en línea con su rutinaria afirmación que la vejez en lugar de ser digna, es ridícula? ¿Acaso se reía porque le había jugado varias pulseadas a la muerte y todavía respiraba? ¿O acaso se reía de los demás, que pese a todos sus esfuerzos, no habían logrado impedir que se apropiara de unos años para él, para hacer veinticuatro horas por día lo que le viniera en gana?

No era así su sonrisa. No era ni jocosa, ni triunfalista, ni revanchista. Era una sonrisa muy dulce, plena de gozo, llena de paz.

La imagen en proceso de ruina que el espejo cruelmente devolvía, no tenía nada que ver con el modo en que él se sentía. Y fue la paradoja la que lo hizo sonreír.

Porque Juan se sentía hermoso, se sentía más pleno que nunca, se creía  bondadoso como jamás fue,  se veía capaz de las más impensadas hazañas, se observaba al comienzo del camino. El adentro de Juan no tenía nada que ver con su afuera. De ese adentro luminoso, el espejo solo captaba su sonrisa y la chispa de sus ojos, aunque ésta no era tan fácil de copiar por el cristal.

Existía una única razón: ella lo amaba.

Si, definitivamente, ella lo amaba. Y de un modo tan intenso que su amor se había hecho omnipresente. Juan no quería, pero tampoco podía, esconderse del cálido abrazo de su amor.

Ella lo amaba con el cuerpo, con la mente, con el alma. Con su ser completo. Y ella estaba etéreamente, día y noche donde quería estar, junto a él.

A Juan jamás lo habían amado así. Era más que probable que él  ni supiese amar de ese modo. Viejo andante de la noche, conocía de sobra el amor de las muñecas de abril y había gustado del amor pasional, tanto como sufrido del amor compromiso de las jaulas maritales. No le era desconocido el amor admiración que va siempre de la mano del éxito y cada tanto le había tocado paladear uno. Pero éste era diferente, lo percibía espiritual, naciente de la totalidad del ser,  imposible de combatir, superador de distancias, circunstancias y voluntades, incondicional y bienhechor.

El amor total que llegaba a Juan por vez primera había hecho cambios imposibles en su interior, ése al que el espejo no llegaba. Veía la balanza de la vida como más en equilibrio, las malas ya no eran ni tantas ni tan importantes.Por fin, tras largos fracasados intentos de todo tipo, se sentía capaz de perdonar las peores heridas. El sufrimiento ajeno,  que le había sido tan indiferente, que le había parecido hasta justo porque implicaba que los demás participasen en algo del dolor que atenazaba sus días, ingresó a su percepción y fue capaz de sentir una compasión por todos los sufrientes, absolutamente desconocida.

Dejó de sentirse solo. Esa orfandad, ese desamparo, esa amenazante intemperie en que lo había sumido, hace largos años la muerte de su madre, desapareció mágicamente.

El mayor cambio interior de Juan, había sido que por primera vez, dejó de mal juzgarse. Durante décadas, nada de lo que hacía o le sucedía parecía llenarlo. Todo era visto por él como algo menor, como algo sin importancia, como algo mínimo frente a  aquello que en su estrictísimo juicio propio necesitaba lograr, para ser digno de amor.

Entonces lo pudo ver. Su enojo con la vida, su ira incontenible que solía atribuir al desprecio que imaginaba que los demás sentían hacia él, era tan solo la proyección del desprecio que él mismo se tenía. Por alguna oculta razón Juan no se quería, no se amaba. Toda su aparente soberbia no era más que un eficiente disfraz a la paupérrima opinión que de si mismo tenía. Resulta imposible entonces amar si no se ama a uno mismo. El amor propio bien entendido, es la piedra basal del amor al otro. Juan tuvo entre sus manos el motivo del desamor que sembró a lo largo del camino.

Tarde, más que tarde, a Juan lo amaban. Ella lo amaba, como nadie, como nunca.  Y era su amor el que estaba sanando a Juan, dispuesto a no soltarlo hasta que Juan terminase su viaje de vuelta.

Juan sonreía ante el regalo, sonreía ante el don. Nada había hecho para merecerlo, pero los regalos no se merecen, se reciben. Nada había hecho para obtenerlo, pero los dones no se ganan, llegan.

Juan estaba empezando a ser otro y todo gracias al amor que ella sentía. ¿Qué haría Juan con él?  Toda idea que se le cruzaba, era rápidamente desechada por descabellada. Lo desesperaba hacer justamente lo necesario para perderlo. Lo sentía tan inmenso que le parecía imposible llegar alguna vez a corresponderlo.

Se convenció que por ahora lo único que podía hacer era dejarlo hacer. El amor tiene su propia lógica, su propia sabiduría, muy superior a la humana. Nace cuando y donde debe, va adonde es más necesario, hace su obra y sin permiso un día se retira.

Juan se contentaría entonces con lograr reflejarlo del modo más fiel posible, tal como tercamente seguía haciendo el plateado espejo con su sonrisa.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 13 de noviembre de 2014

Esta poesía canción del fantástico Jacques Brel debe tener uno 80 años, por Galilea anduvo Alguien que dijo lo mismo hace unos dos mil años y nosotros seguimos matando al mensajero y odiándonos por sobre todas las cosas. El amor solo y solo el amor cura tanto de a uno como de a muchos, tanto a uno como al otro, como a todos. Ojalá algún día lo entendamos.

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Published in: on noviembre 13, 2014 at 8:18 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Mil gracias qué bello cuento, nos habla de lo más importante, el amor íntegro tanto que vez hermosas a las personas, como debes amarte para saber amar… La sonrisa enmarca mejor el rostro..

    Gracias por compartir

  2. Precioso Enrique. Mil gracias por compartirlo con nosotros. No sé cómo lo conseguís, pero parece que siempre publicaras lo que necesito en cada momento de mi vida.
    Un gran abrazo


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