NO SE


December 12th, 2010 @ 09:06:42

 

 

NO SÉ

El Almirante bajó el catalejo y sonrió satisfecho. “Los tenemos” pensó con una mueca interior que denotaba confianza plena en sí mismo.

Motivos no le faltaban. Hacía más de cuatro meses que estaba en alta mar tratando de ubicar a la flota enemiga. Jalonaban su carrera naval cientos de victorias, muchas de ellas en notable inferioridad de condiciones. Él era ya una leyenda viviente. Todos los niños imaginaban un futuro heroico como el suyo, todas las mujeres suspiraban con tan solo oír  su nombre y  probablemente por ello, todos los hombres del reino lo envidiaban de un modo tenaz.

Nada de eso le importaba, él siempre iba tras una hazaña mayor.

La nave insignia que navegaba gallardamente al frente de un centenar de navíos, era una de las mejor equipadas de su tiempo y por tanto temible para todo barco enemigo que solía vibrar de terror al intuir su silueta en el horizonte.

El Almirante confiaba ciegamente en sus fuerzas, su habilidad, su barco, su flota y sus marinos. En consecuencia no dudaba ni ante la más violenta tempestad. Solían relatar en los bares del puerto que en el curso de una de ellas,  parado firme ante el timón, mientras las olas inundaban la cubierta y los rayos sacudían la velas, en tanto todos a bordo buscaban refugio seguro, él, elevando sus ojos al cielo había exclamado: “Sigue intentando Dios, esfuérzate, tú nunca podrás conmigo”.

No vaciló entonces en abalanzarse sobre la flota enemiga con todo su poderío, una vez más. Y como ya había devenido costumbre, tras una larga y muy cruenta batalla, alcanzó una nueva y resonante victoria.

Atrapado el suculento botín, torció rumbo y comenzó el regreso de la flota al puerto de origen.

Durante el plácido viaje a casa, su mente no lo dejó en paz, presentándole imágenes cada vez más nítidas y fastuosas del esperable desembarco victorioso. A fin de ayudar al cumplimiento de su anhelo, envió adelantada a la embarcación más veloz de la flota, con el siguiente mensaje: “Enemigo derrotado completamente. Regreso a puerto con escasas bajas y amplio botín”.

¡Imaginó la gloria absoluta! Vio al Rey con la mismísima Reina, poco afecta a los actos oficiales, de pie, en el puerto esperando su llegada.  Atisbó en su mente al pueblo costero totalmente embanderado, a las más bellas mujeres arrojando flores a su paso y a los pescadores saliendo en sus barcas al encuentro de la flota.

En estas ensoñaciones, el Almirante seguro de si mismo, con su leyenda agigantada y saboreando en forma anticipada, su bien merecida gloria, navegó el mes que tardó en llegar a puerto.

Para su desdicha, los hechos no acompañaron sus sueños, ni siquiera mínimamente.

Entró a puerto una mañana de sol en la que fue recibido por los muelles desolados, un pueblo desierto y los botes pesqueros prolijamente fondeados.

¡NADIE, NADIE, NADIE, salió a su encuentro!

Tanto había esperado, imaginado y acariciado ese momento, que el deseo dio paso a la decepción y ésta a la indignación, en forma casi instantánea y brutal.

En un último intento desesperado, lanzó una salva de cañones y esperó alguna respuesta.

¡NADA, solo el silencio impenetrable!

Bajó a tierra el Almirante, hecho una furia, sólo para comprobar que todos huían de su presencia, ni bien la advertían.

Tan solo el loco del pueblo se plantó haciendo morisquetas ante él y entre acrobacias cantó:

“El Almirante victorioso llega,

y sueña con gran recibimiento,

no sabe que la peste anega,

familia y amigos con sufrimiento”

El viejo marino detuvo sus pasos, abrió grandes sus iracundos ojos e inquirió a los gritos al loco del pueblo: “¿Qué dices, pero qué dices?”

Nada coherente podía esperar por respuesta. Se dirigió a su casa a grandes zancadas, solo para comprobar, con sumo dolor que la canción del loco hablaba verdad. En su ausencia, la peste había golpeado con fuerza al reino y toda su familia, tanto como sus mejores amigos, hacía tiempo que estaban muertos.

El Almirante se derrumbó. De nada le había valido su victoria, ya de nada le servía ser una leyenda. Bramó, insultó, perjuró, blasfemó y lloró, lloró y lloró.

Todo aquello en que había creído firmemente, todo aquello por lo que había luchado con tesón toda su vida, todo le pareció de repente, pura vanidad.

Perdió en un solo instante todos sus anclajes, toda su fe, todas sus certezas.

Y se entregó a la duda, como un barco a la deriva en alta mar.

Orate, se lo ve, entre la bruma del puerto, caminar los muelles día y noche, con vacilante paso, muy sucio, sacudiendo la cabeza y emitiendo, cada tanto un gruñido, que los niños que ahora se ríen de su aspecto y de su eterno duelo, tradujeron por “No sé”.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 20 de agosto de 2014

 

Silvia Susana Consolino, fundadora y directora del Taller Literario EL PRINCIPITO desde hace 14 años en San Clemente del Tuyú, a quien me llevara mi pasión por conocer más de la historia de esa amada zona, no deja de sorprenderme. Y mucho más aún me sorprenden  las cosas que escribo, cada vez que me entrego a su conducción.

El cuento que antecede es una parábola sobre la soberbia y la vanidad, que no siempre ataca a seres vacuos, sino que también suelen ser víctimas insospechadas de esas enemigas del alma, gente con mucho mérito, con mucho esfuerzo, con demasiados triunfos en su haber. Hasta los monjes suelen sucumbir a ellas. En este último caso, el principio de obediencia y la sagacidad del abad hacen lo suyo. Me contaba un monje amigo que el premio que recibió del abad luego de una exitosísima y difícil gestión, nada menos que en Roma, fue el hacerse cargo durante un mes de la limpieza del establo.  Extramuros, no tenemos tanta suerte y a veces con sobrados argumentos “nos la creemos” o nos engreímos, para decirlo correctamente. Ante la falta de abad, es la propia vida que nos prepara el balde de agua helada, del tamaño adecuado a nuestra vanidad, para devolvernos a nuestra real dimensión de seres humanos, vulnerables, frágiles y pasajeros. Somos parte de la creación, a veces una parte distinguida, venerada, meritoria y envidiada, pero parte, tan solo parte, nunca el centro y son nuestras debilidades, nuestras carencias y finalmente nuestra mortalidad las que nos hermanan con las otras partes, quizás oscuras, quizás ignoradas, quizás segregadas y despreciadas.

En ocasiones el dolor de la caída nos hace recapacitar y comenzamos a transitar el camino de regreso a la virtud de la humildad. En otras, lamentablemente, el baldazo es demasiado fuerte, la caída demasiado dura y nos derrumba como al Almirante, respecto de quien ignoramos si al cabo de un tiempo recuperó la cordura. Pero nunca duden de su llegada, a veces tarda, pero siempre llega.

La sorpresa que Consolino nos tenía preparada fue que la consigna, en esta ocasión, consistió en escuchar unos minutos de música y estar atentos a qué palabras la propia música nos sugería. No se trataba de pensar, sino de estar atentos para descifrar si la música traía imágenes y ellas palabras. No nos fue revelado el título de la partitura ni su autor y se trató de tramos cambiantes. En mi caso reconocí al último como el doloroso Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni.

Contra mi expectativa, las imágenes fueron clarísimas y la sucesión de palabras que transcribo me regalaron completo mi cuento. La imagen central era un barco antiguo, un galeón navegando en el mar, batalla, victoria, navegación más tranquila, pena, duelo, inseguridad, duda, miedo y no sé. Hasta el título vino. El único que no apareció en ningún momento fue el protagonista. Ni falta que hacía, era yo mismo y como siempre soñé con ser Almirante, me vino de perillas. No tengo que hurgar demasiado en mi camino para reconocer que la batalla contra la soberbia me ha llevado años y he debido empeñar mis mejores esfuerzos para que no me domine.

Pero ahí no terminan las sorpresas. Cuando concurrí al taller del miércoles siguiente, me senté casi enfrente de donde me había sentado al escribir este cuento. Ahí fue que tome conciencia que en la reunión que NO SE me llegó, estaba sentado delante de una maqueta de un galeón antiguo, tal como el que vi, con los ojos bien cerrados, durante toda la consigna musical. Como estaba a mis espaldas, nunca posé mi vista en él y al cabo de la reunión me fui sin verlo.

Y por si todo esto no bastase para el asombro, a mi vuelta a Buenos Aires, debí profundizar a un poeta que admiro como es Hugo Mujica y conduje dos hermosas reuniones del café literario de la Biblioteca Popular Alberdi sobre sus escritos. Ayer, 13 de septiembre tomo conocimiento que su nuevo libro de ensayos se titula precisamente: El saber del no saberse.

Sabemos tan poco del cerebro, menos aun de la mente que ni siquiera la vemos y casi nada del espíritu, que se supone dirige a los otros dos. Me parece que a esa “conspiración de invisibilidades” como las llamaba Alejandra Pizarnik, las consignas de Silvia Susana Consolino, le hacen muy hábiles trampas, para que dejen de jugar a las escondidas y se expresen de una vez.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de septiembre de 2014

Escuchen a Pietro Mascagni y déjense sorprender por lo que escriban……..si se animan.

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Published in: on septiembre 14, 2014 at 6:45 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Soberbio cuento y comentario.

    ….nadie me avisó que estoy en la armada….


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