DESEO FINAL


deseo final

 

DESEO FINAL

 

Deseaba verla de nuevo. Necesitaba hacerlo. Ese deseo era el precio que le había cobrado a la ingrata vida, por no ceder. Una vez más, Juan, acorralado por una situación inmanejable, había dejado vencer a la razón. ¿Hasta cuando lo haría? ¿Hasta cuando preferiría una cómoda infelicidad a una apuesta riesgosa que tanto podía arrojarlo al abismo como hacerlo sentir vivo, después de décadas? Imposible saberlo.

Una vez, tan solo una, para decir adiós con la mirada, adiós con y desde el corazón, un adiós en silencio.

Era tiempo de partida, de bolsos llenos y baúles listos, de gas cortado y cerrojos puestos. Su tiempo en ese pueblo fantasma había expirado, su retiro tocaba a su fin, su propósito que lo había conducido hasta ahí y hasta ella, estaba más que cumplido.

En medio del trajín de esa mañana, cada tanto Juan se ausentaba de lo que hacía y rememoraba paso a paso cada encuentro de esos extraños días. ¿Buscando qué? ¿Acaso necesitaba más pruebas? ¿Para convencerse? Y una vez convencido ¿hacer qué?

Ella lo amaba. Y Juan lo sabía. Se lo habían revelado las miradas, sus excusas para verlo, la dulzura de sus gestos y sobre todo, la energía que irradiaba ella en su presencia.  Pero había más.

Cada vez que Juan cerraba sus ojos para ingresar a ese mundo del que nada sabemos, el de los sueños, ella aparecía a su lado, sonriente, radiante, cálida. Juan la resistía, necesitaba descanso. Por un tiempo, hasta que se entregaba y se dejaba abrazar por ella para dormir definitivamente acompañado. Y se despertaba a la mañana siguiente sin ningún rastro en el alma que hiciera suponer su solitaria noche, en una gélida cama de un cuarto helado. La amplia sonrisa que lo recibía en el espejo delataba una madrugada de amorosas delicias.

Ella sabía como hacerlo. Juan ni intentaba averiguar su método, sabía demasiado acerca del espíritu como para dudar que su presencia nocturna fuese algo menos que real. Y había vivido el proceso completo. Las primeras veces lo sorprendió, luego le divirtió, después lo disfrutó y finalmente cayó en la cuenta que de día, cuando las ocupaciones de ambos diferían en tiempo y lugar, la extrañaba desesperadamente. Así fue que empezó a apurar las horas para que llegase el momento del encuentro en el sueño. Llenó sus días de actividad para no pensarla. Y sus días se llenaron de inquietud: ¿y si esta noche no viene? ¿qué sentiré si me quedo solo de verdad?

Pero ella venía y Juan hasta comenzó a hablarle, a recibirla, a dejarla hacer. Una mañana la sonrisa no lo recibió en el espejo, en su lugar advirtió una mueca de angustia. Dudó de su cordura. ¿Culparía a la tormenta que lo aislara por días? ¿Culparía a su misión que tanto le angustiara? ¿Culparía a la soledad acusada de ser pésima consejera?

No por extraño, cabía calificar al dilema en el que la vida lo había metido, de novedoso. Bien lo conocía él. Llevaba nada menos que quince años acarreando uno similar. El deber o el deseo. La razón  o el corazón. ¿Los acumulaba acaso? ¿Estaría condenado a la repetición?

Este dilema, sin embargo, más arrollador, más carnal, mas sorpresivo, era más factible de resistir. Sencillamente porque no soportaba el menor análisis. A poco de mirarlo, sonaba a locura completa. Ello lo tranquilizó. Conocedor del terreno como pocos, se dio cuenta que era mucho más fácil ponerle fin.

No fue sin dolor que cortó la cuerda, no fue sin dolor que esquivó el oasis del desierto del desamor, no fue sin dolor que se propuso partir del todo, llevando consigo el trozo de corazón que pugnaba por quedarse en el pueblo. Pero lo hizo. A cambio del deseo, de ese loco deseo de verla de nuevo.

Tres veces abordó el auto cargado y tres veces encontró la excusa perfecta para no arrancar. Olvidos, dudas obsesivas, ridículos extravíos. Dos horas más tarde de la hora prefijada, finalmente encaró el camino de regreso.

Modificó Juan su ruta de salida para pasar por su casa, quizás estuviera en la puerta. Antes de llegar a ella, la vida cumplió.  Ella caminaba por la acera sonriendo, con un hijo en brazos, el otro de la mano y un excelente y amoroso esposo hablándole cómplice al oído.

Juan no hizo, no pensó, ni dijo nada; solo aceleró.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 30 de agosto de 2014

Hace siglos lo dijo Calderón de la Barca en la inolvidable voz de Segismundo: la vida es sueño y los sueños, sueños son. Tan real o irreal una como el otro.

 

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Published in: on agosto 30, 2014 at 10:03 pm  Dejar un comentario  

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