LEJOS


La última luna de invierno y el faro de Claromecó. Foto: DINA MILLENAAR

 

 

LEJOS

a Claromecó

“Cerca y lejos no existen, los crea la ternura, como el mar crea la playa con sus sabias mareas”, dice una excelsa poesía vertical del temperliano Roberto Juarroz. Y justamente es una playa la que se ocupa de recordármelo cada tanto: Claromecó, distante 600 km de mi hogar.

Lejos y cerca, lejos de mi y tanto que ver conmigo, apenas sujeto de visitas breves y tan trascendente en mi camino. ¿Habrá, tal cual canta Sergio Endrigo, una distancia de los ojos y otra muy distinta del corazón? Lo único que puedo asegurar es que Claromecó aún viaja conmigo.

Los extremadamente racionales, las mal llamadas mentes brillantes, solemos ser soberanamente torpes en cuestiones sentimentales. Mi historia en ese campo lo comprueba sin duda, no es más que un largo rosario de desengaños, historias mal cerradas, heridas involuntarias, decisiones equivocadas y elecciones pésimas. El saber que nadie es perfecto es poco consuelo para tanto camino errado.

Allá por 1979 y saliendo de un desengaño amoroso feo, vaya a saber porqué, coincidiendo con un feriado largo por la fecha patria de mayo, invité a mi madre a probar mi nuevo auto en un viaje sin rumbo, que acabó en Claromecó, esencialmente por fatiga del piloto. Había hecho lo sugerido por una canción de moda, que decía que un día iba a tomar la ruta 3 y parar donde le viniese en gana. Así lo hice y terminamos hospedados en un hotel sobre la calle de entrada, el único abierto por otra parte, en medio de una tormenta feroz. La lluvia arreció los tres días que permanecimos ahí, de modo que nuestros paseos fueron breves y hostiles. Si bien pudimos vislumbrar la amplia playa con sus antiguas casas de madera, construidas como balcones sobre el mar, apearse era una tarea de corajudos. No solo el viento amenazaba con despeñarlo a uno, sino que jaurías multitudinarias de perros hambrientos, impedían todo paseo en calma. Recuerdo que la mayor parte del tiempo estuve guarecido en el hotel leyendo un libro novísimo de Finanzas Públicas, recientemente incorporado a la bibliografía de la materia que dictaba en la facultad. Sin haber conocido demasiado y con un tremendo viento sur soplando desde el mar, emprendimos un anochecer el regreso. En la recta que conduce a Tres Arroyos, mi R12 volaba, literalmente hablando. Fue la única vez que tuve el honor de ver a su tablero marcando la imposible velocidad de 175 km por hora. Años después, intentando recomponer aquel desengaño, cometí uno de los peores errores del camino, que casi culmina en tragedia, pero esa es otra historia.

El antecedente solo sirve para no entender porqué en febrero de 1982, casi estrenando un amor que lleva, con idas, vueltas y separaciones, apenas 34 años, elegí a Claromecó como refugio. Recién ahí pude verlo, nadar en su cálido mar, cruzar su arroyo, contemplar su faro, quemarme en su sol, mecerme con sus girasoles y cruzar su arroyo. También en una semana percibir que ese amor sería de largo aliento. Y además, ser sorprendido, en plena playa por un vuelo rasante de aviones A4, quienes preanunciaban a mi supina ignorancia, la guerra de Malvinas, sobre la que sigo interrogándome y escribiendo hasta la fecha.

Nunca más volví pero nunca lo olvidé. Parece que Claromecó a mi tampoco.

Hay afectos importantes que suelen anidar por allí  y que juran y perjuran, que en esos atardeceres mágicos de soles encendiendo al mar o en las noches de luna llena de plata, escuchan una música que curiosamente lleva un ritmo demasiado parecido al de mis versos. Y en mi refugio de San Clemente, el viento sur, al mismo tiempo, suele castigar las rejas de mi balcón con ululares que remedan suspiros.

¿Estará este lugar tan lejano, pero tan cercano a mis hitos vitales, guardando celosamente alguna nueva e importante historia? ¿Deberé concurrir una tercera vez para saberlo?

El tiempo, solo el tiempo, emperador del universo, para algunos hasta del mismísimo Dios, conoce la respuesta. Las mentes brillantes en esta materia podrán hacer poesías, pero aun así, se declaran ignorantes.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 7 de junio de 2014

 

LEJOS

Lejos queda una bella playa,

a la que nunca más yo fui,

afincado en otra me halla,

sin saber porqué nunca volví.

Recuerdo campos de girasoles,

casas de madera hechas balcón,

un cálido mar rojo de soles,

y un corte de arroyo remolón.

Bravía si tormenta desata,

ardiente en calma y calor,

con noches de luna de plata,

testigo de mi fuga de amor.

Por centinela un alto faro,

remeda de cebra el color,

brindando a marinos reparo,

de blanco titilante resplandor.

Aun lejana no me es ajena,

pues el viento suele acarrear,

en ciertas noches de luna llena,

un sordo amoroso suspirar.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 28 de abril de 2014

 

En la bella San Remo, otra playa, a mis doce años, Sergio Endrigo, así le cantaba a la “lontananza”.

 

 

 

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Published in: on junio 8, 2014 at 1:11 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. CADA VEZ QUE ALGO ESCRIBES,
    ENTRE RECUERDO Y SUSPIRO,
    TE DIGO QUERIDO AMIGO,
    QUE, CADA VEZ, MÁS TE ADMIRO,
    ale

  2. Querido Momi., Muy buenos tus escritos y tus poemas, cuanto le hubiera gustado a Nelida conocer al Momi poeta
    Un abrazo.
    Tito

  3. HENRY QUERIDO, HERMOSA HISTORIA, HERMOSO POEMA.BESITOS SILVIA


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