LAS LAGRIMAS DEL MAESTRO


leonel massad

 

LAS LAGRIMAS DEL MAESTRO

a Leonel Massad, a cuatro años del adiós

 

Aquello que Enrique veía como el trago más álgido de la tempestad  había sucedido rápido. En abril de 1989 había sido catapultado fuera del agonizante gobierno, en mayo la administración a la que perteneciera perdió las elecciones y en julio se produjo el traspaso anticipado del poder a la oposición. En agosto y muy confiado, luego de absorber el golpe, había comenzado a intentar una reinserción en el mercado laboral. Su peor batalla estaba en los inicios. Esa que debería librar contra la traición, la indiferencia y la sospecha de colegas y “amigos” que lo dejaron en la más absoluta soledad, sin posibilidad de ganarse la vida, como siempre lo había hecho: trabajando.

Tras la profunda crisis en que lo sumió el darse cuenta de la bajísima calidad humana de seres que había apreciado hasta entonces, se dispuso a comenzar de cero. Para ello se refugió en un puñado de amigos de verdad y peregrinó con el diario bajo el brazo,  por el centro porteño, por unos cuantos meses. Tendría que llegar a marzo de 1990 para que Carlos, su compañero de públicas aventuras, le acercase el primer cliente, una humilde fábrica del conurbano bonaerense.

Mientras Enrique intentaba dar charlas adonde pudiera acerca de la catarata de leyes que emergían de un apurado Boletín Oficial, los empresarios, verdaderos artífices del golpe de estado económico, se enseñoreaban en el poder.  Designaron como primer ministro de economía a Roig, un funcionario del grupo Bunge, fallecido en pocos días bajo sospechosas circunstancias y se apresuraron a poner en su lugar a Rapanelli, otro alto funcionario del mismo grupo. Ninguno de los dos acertó con la economía y la hiperinflación volvió a campear cerca del fin de ese fatídico año.

Para restañar las heridas de sus fracasadas caminatas, Enrique solía hacer escala por las tardes en su refugio favorito: el estudio de Leonel, su mentor y maestro, quien había sido convocado por el presidente entrante, para integrar una prestigiosa comisión de sabios que ayudasen a salvar la coyuntura económica.

En la inhóspita intemperie, era más que lógico que Enrique buscase seguido un sitio donde además de cambiar ideas y seguir aprendiendo, sintiese un poco del afecto que todo el mundo, injustificadamente, le negaba.

Aquella tarde de fines de noviembre de 1989, de riguroso traje y portafolio, cansado de patear veredas, se encaminó, como tantas veces al sencillo estudio de la calle Viamonte, justo enfrente de la AFA. En el portero eléctrico la voz de Héctor, el hermano de Leonel, sonó afectuosa y clara:

“Leonel no está, fue a una reunión en Hacienda, subí, espéralo que te hago un té”

La perspectiva de una charla amena y profunda a la vez, lo hizo a Enrique decidirse rápidamente.

“Subo”

Salió de ascensor y la puerta de la oficina del segundo piso abierta, enmarcaba la figura de uno de lo seres más buenos que la vida le dio la oportunidad de conocer. Héctor, el carpintero, en realidad debería escribir ebanista, de la DGI, que le había hecho artesanalmente todos los muebles del estudio a Leonel, le sonreía, con esa inocencia infantil que tanto bien le hacía a Enrique, invitándolo a pasar.

Siguió una charla de tangos, la pasión que ambos compartían, un té caliente y un corazón amoroso conteniendo al novel contador desocupado, quien por un rato se reconcilió con el género humano, del cual había aprendido a desconfiar. Hablaron también del hermano y de sus nuevas funciones, del país y de la DGI, la que Enrique añoraba.

Sonó el timbre y Héctor se apresuró a abrir, creyendo que era Leonel. Se equivocó, era otro gran amigo de ambos, el abogado Carlos Pedro, que como venía haciendo por muchos años le traía una consulta al maestro, a ese sencillo estudio donde poco tiempo después se incorporaría para trabajar hasta el fin de sus días. Primer compañero de trabajo de Enrique, primer educador laboral, dueño de una picardía e ironía sin igual, cultor de un fino sentido del humor, asistente a la ceremonia de graduación de Enrique y compañero de viajes laborales, había Carlos Pedro también tenido el dudoso honor de ser testigo de su malhadada boda. Nada hizo mella en el afecto que ambos se tenían.

La charla tripartita se hizo larga como la espera. Leonel se demoraba más de lo que todos imaginaban. Cada uno se enfrascó en una tarea para hacer tiempo. Héctor se dedicó a ordenar papeles, Carlos Pedro a corregir un memorándum y Enrique se sentó en el despacho de Leonel a leer el Boletín Oficial.  Mientras lo hacía imaginaba una llegada amable de su maestro y alguna nutritiva charla. Grueso error.

Una nerviosa llave abrió la puerta del estudio y un desencajado Leonel ingresó a toda velocidad. Sin saludar entró a su despacho y arrojó violentamente la carpeta que portaba, llena de papeles contra el escritorio. Atrapado en su sorpresa, Enrique solo atinó a mirar a Héctor que había seguido, pleno de preocupación, a su enfurecido hermano. Héctor le guiñó un ojo y llevó su mano a los labios, en inconfundible señal de silencio. Enrique, aún atónito, obedeció.

Preso de la rabia y la impotencia Leonel se desplomó en el sillón y fijó la vista en la ventana del despacho. Nada había para mirar, solo quería no mirar a nadie o mejor dicho que nadie lo mirase a él.

Sentado enfrente, era muy difícil para Enrique no mirarlo. Al principio bajó la mirada y siguió con su boletín, como si nadie hubiera entrado. Empero, al poco rato y muy lentamente subió apenas la vista y pudo ver una lágrima rodando por la mejilla de su maestro. Bajó la mirada pero la volvió a alzar. Otra lágrima rodaba tras la primera y los ojos, otrora furiosos, se perdían en la ventana, dejándose invadir por el dolor.

Siguieron así en silencio un largo rato que a Enrique le pareció eterno. No podía irse, no debía hablar ni preguntar y empezaba a creer que estaba de más, cuando Leonel, su maestro, volvió el rostro hacia él. Se había calmado un poco.

Enrique lo miró sin decir palabra, solo para advertir que los ojos que tenía enfrente estaban inundados de pena.

“¿Sabés que pasa Enrique? ¿Tenés idea de lo que me pasa?” preguntó el maestro.

“No” dijo Enrique en un susurro apenas audible.

“Que me acabo de convencer, después de una reunión en la que me pelee con todos, que cada vez que hay una crisis económica en el país, cualquiera haya sido el causante o culpable, es imposible que no la terminen pagando los que menos tienen. ¿Y sabés porqué?” inquirió un todavía algo agitado Leonel

“No” repitió Enrique en un tono más compuesto.

“Porque son los únicos que no tienen lobby, los únicos que no llegan al poder, los únicos que no tienen como presionar al gobierno para que las medidas no los afecten. Todos los demás, en situaciones como ésta, en lugar de hacer algún aporte, sólo se empeñan en que el costo recaiga en otro. Cero solidaridad, cero responsabilidad, solo buscan hundir al hundido, total ya están ahí, un poco más abajo no hace ninguna diferencia”, sentenció Leonel desbordado de indignación.

Enrique no supo qué decir, se limitó a registrar una prueba más de las que había obtenido en sus dos años como subdirector. Las ideas importan poco, los intereses mandan y los individuales reinan absolutamente sobre el bien común.

Leonel no quiso ni pudo dar más detalles. Enrique ni quiso saberlos, ya bastante enfermo de decepción estaba como para seguir abonando la herida. Al rato y devuelto Leonel a sus tareas habituales,  volvió a su callejero peregrinar en busca de trabajo.

Por un tiempo espació las visitas, su refugio favorito había adquirido a partir de esa inolvidable tarde, el aspecto de una trinchera. Leonel continuó con sus reuniones de la comisión de notables.

A fin de ese año y de la mano de Erman González, contador riojano del presidente devenido ministro de economía, veía la luz el plan Bonex, cambiando por deuda a diez años, los ahorros en dólares de miles de argentinos, licuándolos. Un año después, de la mano de un calvo que ni siquiera merece ser nombrado, una brutal devaluación llevaría al cambio del signo monetario en el primer acto de la convertibilidad, produciendo una masiva transferencia de ingresos y ahorro de los sectores menos pudientes en favor de los detentadores del poder económico concentrado. Iniciaba para ellos una década de fiesta inolvidable con su contracara de pérdida de empleo y marginalidad. Diez años después la mega crisis del 2001, también sería pagada por los sectores menos favorecidos con una brutal devaluación del 300%, morigerada para los poderosos con la inédita e inexplicable “pesificación asimétrica”.

El maestro ya no está y Enrique observa como sus palabras angustiosas de aquella tarde en la  oficina de la calle Viamonte, resultaron proféticas en cada crisis pasada. Y también observa con el recuerdo de sus lágrimas, como en la presente, por más relato encontrado que se insinúe, está sucediendo exactamente lo mismo. Nada nuevo parece haber bajo el sol.

Solo para Enrique algo ha cambiado. Dolorosamente, se ha quedado sin refugio.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de mayo de 2014

Un cercano día, una locutora amiga lloraba en una red social, la partida de quien fuese su mentor y maestro. Decidí regalarle una poesía, que es un homenaje a todos los mentores y al indeleble legado que dejan en sus afortunados discípulos. Me resultó más que sencillo componerla, lo hice pensando en Leonel, a quien extrañaba y extraño horrores.

 

FARO

 Es inmenso el vacío que queda,

 al partir el creador de la huella,

 porque su vida fue ejemplo,

 que en nuestra alma hizo mella.

 Resta a nos seguir a toda costa,

 honrando así su memoria,

 mientras alzamos la posta,

 y continuamos la historia.

Anhelaremos el rencuentro,

 algún incierto día en el cielo,

 cuando tras la misión cumplida,

 elevemos nosotros el vuelo.

Mientras cual faro escondido,

 guiará nuestra frágil senda,

 ese viejo maestro tan querido,

 hasta que nuestra luz se encienda.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 1 de diciembre de 2013

Fue en el 2008, ya estaba muy enfermo y le costaba hablar. Aun así dio una opinión impecable sobre temas que  hoy se debaten. Sirva como recuerdo. Sería más que deseable que tanto la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, como el Consejo Profesional de la CABA, como la Asociación Argentina de Estudios Fiscales, subiesen a la red algún video de las tantas clases magistrales que por tantos años Leonel Massad, generosa y desinteresadamente brindó en dichos ámbitos. Los que mucho aprendimos de él, seguimos esperando poder volver a escucharlo.

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Published in: on mayo 20, 2014 at 1:52 am  Dejar un comentario  

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