DESOLACION


desolación

 

DESOLACIÓN

Puede no serlo, pero se parece demasiado al fondo

 

Hay veces que no se ve la salida o la que se ve amenaza costar demasiado, y uno se queda inmóvil. Juan se sintió exactamente allí. Pensó que hacía demasiado tiempo que estaba en ese mismo exacto y pegajoso punto. Ni un paso atrás, ni uno adelante, ni uno arriba, ni uno abajo. Fijo, como estaca de alambrado. Frío como muerto en el ataúd. Insensible como roca del camino. Y por más que consultaba, pensaba, rezaba, meditaba y analizaba, ningún camino le hacía ni el más mínimo guiño como para ponerle una ficha. Por el contrario, todos, absolutamente todos lo hacían infeliz y ni siquiera podía saber cual de ellos, lo hacía en mayor medida.

Lo que siguió es totalmente lógico. Se vio sin salida, bajó los brazos y se dejó caer. Se sintió envuelto por una corriente que al principio le pareció hostil, al fin y al cabo hacía años que luchaba contra ella. Pero al poco rato de dejarse arrastrar, la sintió amiga, casi una hermana. La notó tibia, envolvente y maternal. Después de todo, tantas veces había perdido que esto no era otra cosa que una derrota más, quizás la postrera.

Apuró con sumo deleite el enésimo vaso de whisky que también le pareció que portaba un sabor a final. Su cuerpo se venció sobre la dura silla que estaba sentado, cayeron sus brazos al costado y abrió ligeramente las piernas. Cerró los ojos.

Al principio lentamente y luego en forma vertiginosa, toda su vida pasó por su mente. Su amada infancia, el complejo desarraigo del primer día de clases, la conflictiva primaria, la muerte de su abuela, el doloroso traslado a la capital, la tenebrosa secundaria salpimentada con la muerte de su padre, la veloz carrera, las más de tres décadas de inútil labor profesional, sus dos horrorosos matrimonios, los sueños rotos, las esperanzas perdidas, el amor imposible, sus vanas luchas políticas y ……..este hartazgo infinito. Tiró todo por la borda del olvido y sintió por vez primera ligero el equipaje. ¿Estaba acaso por viajar?

Hacía largo rato que se había dado cuenta que nada valía demasiado la pena de luchar o esforzarse para conseguirlo. Todo era pura vanidad, tal como decía desde hace miles de años su libro favorito: el Eclesiastés. Pero ahora sentía que nada valía en absoluto ni el más mínimo esfuerzo, sueño o intención. Carecía por completo de anhelos, de metas, de deseos. Lo único que lo mantenía vivo, no era otra cosa que su frágil y entrecortada respiración. Se detuvo en ella.

Prestó atención tan solo con su mente, pero con toda ella, al aire que entraba y salía por sus fosas nasales, inundaba y vaciaba sus pulmones, subiendo y bajando su pecho. Y ahí fue cuando tuvo la revelación. Si hace largo años que vivía como muerto, posiblemente fuera menos penoso estar definitivamente muerto. Si la vida no tenía ningún sentido, ¿para que prolongarla? Si no existía ser humano alguno que pudiese comprender siquiera mínimamente sus carencias, sus rebeldías, sus visiones, ¿para que seguir buscándolo? ¿para que seguir esperándolo?. Tan solo sus perros lo llorarían, pero Juan pensó que no tardarían en conseguir nuevo amo y hasta esa última leve ancla, desechó.

Juan pudo ver claramente que si lo único que lo aguardaba era la muerte, le daba lo mismo que llegase a él, en ese momento o algunos años después. Solo duro trasiego podía esperar del tiempo que estaba empezando a querer obviar.

Respirar, nada más lo ataba a la vida y como era un acto involuntario – por ello continuaba en el sueño – escapaba a su control.  Y el suicidio nunca estuvo en carpeta, era demasiado respetuoso de las leyes de la vida como para intervenir tan decisivamente en su decurso.

Con los ojos aun cerrados, el cuerpo derrumbado sobre la silla y la mente casi en blanco, llegó al convencimiento que respirar era un acto equivocado, una terca voluntad inconsciente de prolongar un tiempo que no le serviría para nada. Notó que la respiración se hacía más corta, más leve, más imperceptible. ¿Acaso podría detenerla?

Siguió meditando acerca de la inutilidad de continuar una vida sin salida, sin sentido, sin propósito, sin amor. Dejó al mismo tiempo de percibir la respiración por completo, solo oía los latidos de su corazón. Terco como ninguno, intentaba compensar la falta de oxígeno acelerando las palpitaciones. ¿A qué errada esperanza se aferraba?

Los latidos eran tan fuertes y rápidos que lo aturdían, el fluir de la sangre se hizo irregular y le zumbaban los oídos. En unos instantes más se detendría y todo habría concluido. Juan, o mejor dicho su alma, contemplaba la escena, simplemente aguardando el desenlace. Dejarse morir no era una frase vacía, funcionaba, ¡vaya si lo hacía!.

Al principio casi un susurro, luego un voz bastante clara se transformó en un potente grito de “¡Auxilio, auxilio, ayúdenme, no quiero morir!”. Pero ¿quien gritaba? No podía ser Juan, no tenía sentido alguno, si él quería morirse. Juan, o mejor dicho su alma, miró en derredor en todas direcciones y a nadie vio. Para su sorpresa vio su cuerpo, que lejos de estar derrumbado en la silla donde lo había dejado, estaba en el piso, en posición fetal, con los ojos cerrados, pero……gritando a todo pulmón.

Juan, o mejor dicho su alma, no tuvo tiempo de tratar de entender. El portero del edificio franqueó la puerta del departamento con la copia de la llave que poseía, acompañado de dos poco gentiles paramédicos que alzaron el cuerpo de Juan, lo sacudieron y abofetearon hasta que abrió los ojos, lo ataron fuertemente a una camilla y lo subieron a una ambulancia que aceleró hacia el hospital.

Venciendo su hartazgo, abandonando su esperanza de un cercano fin del martirio y totalmente convencida de lo inútil de una nueva oportunidad, el alma de Juan, no tuvo más opción que volver al maltrecho cuerpo atado y reanudar el control del mismo, no sin antes recibir una buena dosis de tranquilizantes endovenosos.

Resignada se dijo: “Otra vez será”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 12 de abril de 2014

 

Decía Facundo Cabral: “Curiosa cosa el hombre, nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere”. Solo los que estuvimos ahí, más de una vez, podemos contarlo. ¿No es cierto Pink?

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Published in: on abril 13, 2014 at 1:30 am  Dejar un comentario  

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