MANCHITAS, EL ABRAZO DE DIOS


Manchitas

MANCHITAS, EL ABRAZO DE DIOS

Las vacaciones sanclementinas entraban en su fase final, me quedaban dos días solo con mi hija, tres con ella y su novio y dos en soledad absoluta, excepto por mis inseparables Pety y Benji. Había sido un mes raro, frustrante, con mal clima, sueños rotos, poco nado y mucho ruido  económico. 

No estaba bien. Lejos de regenerarme, tanta movilización me había sumido en una tristeza importante que ni siquiera podía descargar escribiendo ya que me faltaba la ocasión de hacerlo.

Empero ese miércoles hacía calor, el sol brillaba y mi hija, pese a haber  trasnochado como siempre, decidió acompañarme al agua y allí fuimos.

Contra mi opinión durante el fin de semana ella había dado albergue a un inmenso perro labrador cuyo dueño había afortunadamente aparecido, alegrándonos con su encuentro. Y la playa como todos los años se poblaba de perros abandonados, algunos más deteriorados que otros, otros más simpáticos que algunos.  Mis peripecias con Héroe del año anterior, el cual finalmente terminó en la casa de mis suegros, alegrándoles sus días,  me habían tornado reacio a intervenir en el destino de los perros playeros. Mi hija, compañera inseparable en los aciagos días finales de Dully, nuestra amada cocker compañera de una década, en cambio, permanecía incólume en su propósito de acoger a cuantos pudiese.

Habríamos nadado unos doscientos metros y el descanso se impuso. Nos quedamos flotando tras la rompiente, en un punto intermedio entre nuestra bajada de calle 2 norte y el muelle. Mientras conversábamos mi mirada se posó en el desfile de perros solos sin siquiera mencionarlos, no fuera que despertase el  afán proteccionista de mi hija.  De repente la vi. Baja, de orejas caídas, hocico largo,  a manchas blancas y negras con pintitas negras sobre un fondo blanco, de caminar ágil y mirada vivaz, con toda la apariencia lejana de un cocker ruanito. La imagen de los diez veranos playeros de Dully sobresaltó mi corazón y no pude evitar exclamar: “No me digas que ese perro está perdido”.

Quien mucho después supimos que era Manchitas, lejos de seguir su periplo, se sentó con suma elegancia justo enfrente de donde estábamos nosotros, que la seguimos mirando en silencio. De lejos era la más fiel imagen posible de Dully. Convencido que tendría dueño aguardamos flotando a que alguien viniera por ella. Nadie lo hizo. Hicimos aun más tiempo, acunando la secreta esperanza que retomase su andar. Tampoco lo hizo. Nos estaba esperando.  Miré a mi hija y le dije: “¿Vamos?”. Era la señal que aguardaba, salió corriendo y yo tras ella. A medida que nos acercábamos, no paraba de formular preguntas retóricas: “No me digas que no tiene dueño” “No me digas que es cachorro” “No me digas que es hembra” “No me digas que es cocker”.

Cuando llegamos a su lado, no solamente  todas esas preguntas tuvieron respuesta positiva sino que volvió hacia mi unos ojos miel dulcísimos, con la exacta misma expresión que tenía Dully. Le pregunté a todos los veraneantes cercanos si le pertenecía a alguno sin resultado positivo, mientras mi hija se deshacía en mimos y Manchitas demostraba su alegría. De repente un silencio profundo y conmovedor se hizo cargo de nosotros y antes de advertir los sollozos de mi hija, empecé a preocuparme porque yo mismo estaba llorando a moco tendido delante de una playa repleta.

Mientras nos seguía hasta nuestras cosas moviendo su rabo en éxtasis, pasé en pocos minutos de no querer involucrarme en la vida de un perro a organizar su traslado a Buenos Aires, su inclusión en mi manada y a llamarla Dully sin ambages. Ante el correcto reproche filial la rebauticé CHUCHI, algo que fonéticamente imitase a Dully y eludiese así  el inconsciente equívoco.

En el proceso, mi tristeza se había hundido en el mar. Estaba exultante y motivado, algo en mí empezó a creer que había rencontrado a Dully. Manchitas- Chuchi al momento- no paraba de dar señales en igual sentido. La misma dulzura, la misma docilidad, la misma profundidad de mirada, la misma inteligencia, la misma empatía. Cuando llegamos a casa y le quisimos dar alimento, superó su marca. Acostumbrada a la comida casera, Dully solo comía balanceado si se lo dábamos uno por uno en la boca, un mimo más. Chuchi pretendió exactamente lo mismo y mientras lo hacíamos ambos sentimos como lágrimas incontenibles de una inexplicable alegría sazonada de dolor corrían por nuestras mejillas.

Por su estado y comportamiento era evidente que era una perra con dueño. Ambos envueltos en un frenesí de amor, no quisimos ni pensar en esa posibilidad, solo nos dedicamos a estudiar como hacer para que la dueña de casa, a la sazón en Buenos Aires, aceptase un tercer perro y como Benji, nuestro celoso macho alfa, le permitiese engrosar su manada.

Durante ese día y los siguientes Manchitas convivió con mi hija en un ala separada de nuestra casa. Yo le hablé como nunca a Benji para que tuviese la gentileza de ser hospitalario. Pero también, en medio de muchas más lágrimas, sentí  la aparición de Manchitas como un auténtico abrazo de Dios. Ese Dios, tan inteligente, tan bueno, tan contenedor que en medio de mi tristeza quiso decirme:”Aquí estoy”. Quiso también quizás hacerme ver cuan limitado me encuentro por el dolor de un duelo no resuelto aun y regalarme la ilusión de un rencuentro anhelado.

Fue todo un triunfo entrar en razones y empezar a difundir a la perra para dar con su dueño. Increíblemente mi amor quería robarse un animal, el de mi hija también. Lo hicimos y las fotos llegaron a Buenos Aires. El efecto no querido fue que mi hijo empezó a esperarla y mi señora dijo, contra todo pronóstico, que estaba de acuerdo en recibirla.

Manchitas disfrutaba de su casa y su nueva familia como ninguna. Se instaló en la cama de mi hija, pedía para hacer sus necesidades afuera y nos regalaba juegos, lambetazos y gracias por millones.

Recién el viernes la ilusión comenzó a disiparse. La llevé a la playa y Susana, nuestra portera que amaba a Dully, me hizo ver que era un poco más alta. Mientras paseábamos Manchitas pasó a ser Manchitas y dejó de ser Dully. Su paso vivaz, sus saltos, su marcación de cada ave, eran muy distintos al paso cansino de Dully, a su olfateo continuo, a su miedo eterno al mar. De ese paseo volví convencido que había que dar con su dueño en los tres días que me quedaban en San Clemente, por ende redoblé los esfuerzos de difusión.

El sábado ocurrió el milagro. Mi hija se fue a pasear por la calle uno con Manchitas y su novio. Se le acercó una señora y le contó que Manchitas era su Luna pero que como se le escapaba, ahora pertenecía a una maestra de la escuela  Ceferino, que está enfrente de la comisaría, apodada Lido.

Ella volvió conmovida porque las esperanzas de quedarse con  la perra se diluían, yo en cambio respiré aliviado. Pensé sin equivocarme que siendo maestra, Gabriela, la presidente de Fundación Chichos la debía conocer y ella, con todos sus colaboradores, me ayudó a dar con Lido, Liduvina en realidad.

Al día siguiente llegó el rencuentro y la despedida con muchas lágrimas y mucha emoción, que documenta el video que acompaña estas líneas. Chuchi se convirtió en Manchitas y volvió feliz a su vida junto a la maestra sanclementina.  Mi hija quedó desolada pero satisfecha de haber ayudado a Manchitas a volver a su hogar.

Yo, al quedarme solo, musité un GRACIAS mirando al límpido cielo azul,  convencido una vez más que el abrazo que andaba necesitando, nada menos que Dios se había ocupado de hacerlo realidad.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 9 de febrero de 2014

 

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Published in: on febrero 9, 2014 at 1:10 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Dios no tiene límites: brazos, patas, un amanecer, una pizca cualquiera de su creación puede ser el abrazo que estábamos necesitando. Y aunque haya que soltarlo físicamente, ese abrazo quedará para siempre aferrado al alma.


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