ABRAZO


abrazo

 

ABRAZO

“No soporto más esta soledad acompañada” sonó su voz en el teléfono. La contuve como pude, corté y me pregunté “¿Y vos?”. La larga reflexión que siguió arrojó resultados interesantes. Todos estamos solos, todo el tiempo lo estamos, nacemos solos y morimos solos. La diferencia estriba en aceptarlo así crudamente o en empeñarse tenazmente en negarlo, auto engañándose. Hay quienes no soportan estar solos ni una tarde, mucho menos un día completo y viven importunando a los que tienen a mano para hacer algo juntos. Otros con igual fin llenan su agenda de múltiples actividades grupales, incluso en los días de esparcimiento o vacaciones. Los hay también aquellos que conciben la familia como un equipo de futbol, nada puede hacerse sin los once en el mismo lugar. La vorágine que arman los defiende de la percepción de su soledad.

Inevitablemente, más tarde o más temprano, la sabia vida nos hace entender que estamos solos. Un traspié económico, una enfermedad desagradable, una ruptura familiar, un despido laboral, son los ingratos métodos que utiliza para hacernos ver que en realidad toda esa multitud con que creíamos contar se ha transformado en unos geniales inventores de excusas para eludirnos. Sobreviene la decepción y la depresión, llegan los ansiolíticos y el alcohol, hasta que algún ángel terreno nos ayuda a ponernos de pie y nos dedicamos puntillosamente a armar una nueva vorágine que nos defienda de la soledad, que, vaya a saber por qué, uno asocia a la muerte.

Pero también llega un momento, en general después de los 50, cuando uno empieza  el descenso, que las vorágines hastían. El contacto humano ininterrumpido requiere un esfuerzo que agota rápidamente las energías mermantes y uno empieza a buscar el refugio de la soledad, a la cual ya no la encuentra tan hostil y aterradora sino que la empieza a ver como a una amiga reparadora y confidente. Es allí cuando existen grandes chances que decidamos comenzar el viaje interior de profundo autoconocimiento. Y dicho viaje, si bien necesario y sanador, es definitivamente solitario. Podremos compartir los descubrimientos con algún analista o cierto amigo que se encuentra en la misma búsqueda pero adonde vamos, nadie puede venir con nosotros, mucho menos nuestra propia familia.

Ese viaje nos gusta y asusta al mismo tiempo, nos atrae y le huimos con igual intensidad, pero también llega un punto en que se nos torna imprescindible. Justo en ese momento en que hacemos las valijas y lo comenzamos a transitar, es que aceptamos ser y estar solos todo el tiempo. Solos, aun cuando estemos en un asado con cien personas, solos aunque durmamos siempre acompañados, solos aunque demos una charla para un aula llena, solos, irremediablemente solos. Parecería que el si mismo no admite compañía.

Y uno viaja, y se va descubriendo, y va creciendo, y va emergiendo la propia sombra que disgusta y seduce, que molesta hasta que la acogemos. Uno también sabe que ese viaje tiene un destino y que ese destino es un encuentro. Intuye que hay un gran encuentro final que no corresponde a este plano, que el encuentro con uno será a la vez el encuentro con todos, porque ocurrirá en el UNO, que todo ha creado, que todo gobierna y del cual solo somos una partícula aislada volviendo al hogar. Pero el viaje es largo y uno se da cuenta que al emprenderlo ha quemado las naves y ha incendiado el puerto. Ya no hay vuelta atrás.

Algunos tenemos la bendición de tener encuentros parciales que nos traen reminiscencias de lo que intuimos será el encuentro final. Son esos encuentros esporádicos con almas gemelas, con almas afines, cada una embarcada en su viaje, cada una con sus propias naves quemadas y puerto incendiado. Y en esos instantes el velo se descorre y uno se afirma en la senda, le parece pequeño el costo, junta coraje, toma impulso y retoma el viaje.

Empero el camino es duro. La mala noche en la mala posada de Santa Teresa deja de ser una frase para convertirse en una palpable realidad, la condición humana pesa y nos arrastra cuesta abajo, la sombra se divierte con nuestras mejores intenciones. Y uno flaquea, y uno llora, y uno añora el puerto incendiado y a la nave nodriza quemada, y uno empieza a preguntarse si no habría sido mejor redoblar los esfuerzos para seguir negando todo. Por un rato, hasta que se da cuenta que el camino tomado es el que debía tomar.

En ese instante, para ponerse de pie, para empuñar la lanza, para dar el próximo paso, uno reconoce que lo que más necesita es un abrazo y ve con horror que no hay nadie cerca dispuesto a dárselo. Allí nació esta poesía.

 

ABRAZO

Se que estoy en camino,

se que mucho no resta,

se que aun me esperas,

para entrar a la fiesta.

Aun se levantarme,

de toda mala caída,

aun se encontrarme,

en cada senda perdida.

Se ver en cada recodo,

que infame de ti aleja,

la vida que a su modo,

lección nueva me deja.

Seco mis lágrimas solo,

ahogo solo mi grito,

solo navego la noche,

el día solo transito.

Cabalgo en esperanza,

Fe mi escudo invicto,

Amor por única lanza,

de mi andar bendito.

Empero algunas veces,

muero por un abrazo,

en el desierto camino,

que conduce a tus brazos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de enero de 2014

 

Franz Liszt, a mi juicio, el más grande pianista que ha dado la historia, compuso muchas obras accesibles solo a un selecto grupo de pianistas, ciertamente no quería competencia. El uso integral del teclado, los sonidos y acordes totalmente originales, los arpegios irrealizables, las octavas extendidas, generan una música absolutamente espiritual. La obra que más me conmueve es “Armonías poéticas y religiosas”. La número 3, que aquí dejo se llama justamente “Bendición de Dios en la soledad”, un consuelo más que anhelado.

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Published in: on enero 28, 2014 at 1:44 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Este es uno de tus tantos escritos que no admite comentario alguno.
    Sin palabras

    Eso sí! ABRAZO!


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