HAZ DE TI UN REFUGIO


orquidea

 

HAZ DE TI UN REFUGIO

A Nelly

Serían los primeros años de la década del 80. Tenía todo lo que un hombre puede desear: juventud, buena salud, alegría, trabajo bien pago, algo de fama y lindas mujeres a tiro de teléfono. Y como buen bon vivant recién llegado, hacía uso y abuso de todos esos dones. Es la edad del derroche, del exceso, que por suerte no era tan letal como hoy día. No existía mal alguno que no se curase durmiendo todo un día, o con una monumental descompostura o en casos graves, algo de penicilina.

En esas correrías sin límite, los congresos profesionales no eran la excepción. Trabajé orgullosa y seriamente en el primero de ellos, mientras todos los demás se divertían a lo grande de día y de noche, prestando casi nula atención a aquello que a mí me parecía importante. Fue el único, luego me allané a la voluntad mayoritaria.

En uno de ellos, en un café marpatlense, un muy querido amigo que se fue demasiado pronto, nos presentó. Es decir que aun compartiendo la profesión, nos conocimos como dos amigos de la noche. La historia desmentiría con creces el mito que dice que esas amistades solo funcionan con alcohol y risas. Nacida en plena correría mi amistad con Claudio, el hijo mayor de Nelly, daría frutos impensados y valiosos.

Cometí y cometo, como todos, errores enormes en mi vida, pero el que llevé a cabo pocos meses después de ese encuentro, contra toda lógica, contra todo convencimiento, desoyendo todo consejo, fue por mucho, el peor. Por lo menos hasta la fecha.

Ese error que me callo por vergüenza, me arrebató en un instante todo lo bueno que tenía. Me sumergió en un túnel de especialistas médicos y psicofármacos, de amenazas psicopáticas y denuncias policiales, de extorsiones económicas y estudios letrados. Al cabo de un año en el infierno ya no tenía juventud, mi salud, sobre todo mental, estaba en riesgo, no perdí mi trabajo por obra y gracia divina ya que casi no podía cumplir con mis deberes, mis bolsillos se vaciaban en honorarios médicos y abogadiles y había trocado mi alegría por una profunda depresión. Por supuesto mi fama se había desvanecido y mi reputación de todo tipo, manchada arteramente. Y si algo faltaba, mi perro compañero de toda mi adolescencia, decidió morirse y mi relación con mi madre se tornó tan conflictiva que entró en una zona de inexistencia. Vivía en la más absoluta soledad en un departamento sin muebles, ambiente que recuerdo bien como la imagen del fondo.

De mi extensa agenda casi todos me habían tachado, salvo un muy selecto puñado. Claudio estaba entre ellos. Pero, vaya a saber siguiendo que impulso, él fue más allá.

Un inolvidable día para ambos, en plena crisis Claudio me invitó a almorzar. Estaba yo tan mal que ni siquiera pude pronunciar palabra, mucho menos comer. Hizo entonces algo inesperado e improbable, se propuso sacarme del pozo. Y comenzó a hacerlo sin palabras, sin recetas, sin oraciones, sin super médicos, sin libros de autoayuda. La jugó bien simple: me presentó a su familia.

Conocí así un mundo totalmente desconocido para mí. Un grupo humano extenso que compartían casi todo y lo hacían todo con generosidad y alegría, que me recibieron sin preguntar nada y sin nunca juzgarme por nada, como si hubiese nacido entre ellos. Cuando alguno tenía un problema, todos lo vivían como propio y corrían en su ayuda, nada era más importante para nadie que el afectado recuperase su bienestar. Auténticamente sentía que había desembarcado en otro planeta, donde los humanos honraban con sus actos cotidianos a la humanidad entera. Todo sin un grito, todo con afecto, todo con muchísimo amor. Y no porque les fuera fácil, con su sistema habían superado enfermedades difíciles, estrecheces económicas, incapacidades laborales y problemas congénitos, llevando siempre la mochila con fé y alegría, sin queja alguna.

Herido y desencantado de la vida, sin fuerzas para aferrarme a ningún criterio propio, me dejé sanar también jugándola simple: me integré todo lo que pude, el mayor tiempo posible. Compartí con Claudio, su hermano y sus primos, mesas, cines, deportes, miles de cumpleaños, viajes a la costa y tantas otras cosas imposibles de enumerar. Cuando tuve que mudarme debido a que las consecuencias de mi grave error continuaban persiguiéndome, no dudé en hacerlo cerca de ese hogar auténtico y acogedor, que ya consideraba un poco mío, tan solo para compartir aun mucho más.

Detrás y como pilares inconmovibles de toda esta familia con mayúsculas, había dos personas Tito y Nelly, los padres de Claudio. Son innumerables las charlas que recuerdo con Tito, donde con su paciencia infinita, su tono bajo y pausado y su desbordante cariño me fue contando cosas de la vida, que mi padre no había tenido oportunidad de hacer y me fue pintando de a poco la imagen de un padre de familia que lleva con orgullo y valentía la carga que ese lugar implica. Empero algo estaba claro, a su lado, sosteniéndolo en la salud y la enfermedad, en la bonanza y en la crisis, en la tristeza y la alegría, estaba Nelly. Él dependía de ella, la idolatraba y respetaba como un buen esposo debe hacer y ella era la roca a la que se aferraba en la tormenta.

Nelly se me aparecía como esa mezcla extraña y salvadora que solo algunas mujeres logran ser. Una combinación en dosis parecidas de firmeza y dulzura, de rectitud y paciencia, de límite y perdón. Ella manejaba a sus tres hombres con la serenidad de quien se sabe poderoso pero también con la ternura de quien advierte que el otro la necesita para poder crecer. Por supuesto, también lo hizo conmigo. Muy de a poco, sin invadirme, ni juzgarme, ni menospreciarme, me fue haciendo ver una a una todas las premisas falsas en que basaba mi forma de conducirme hasta ahí. Y lo más importante, con infinita ternura sirvió a mi mesa, un fabuloso ejemplo de que una vida familiar rica y fructífera era posible. Me sentí amado y por ello, solo por ello, escuché y aprendí.

Durante los cuatro largos años que viví en soledad, acosado por los frutos del pasado y cayendo en crisis recurrentes, la casa de Nelly fue mi verdadero hogar. Y Claudio un hermano inseparable. Compartimos casi todos los fines de semana en múltiples actividades y disfrutamos tres inolvidables vacaciones fuera del país. Vivimos en carne propia la verdad que la amistad cuando es auténtica, sobrevive a cualquier interés que se interponga. Juntos nos reímos de las circunstancias que nos ubicaron en trincheras opuestas.

Luego llegaron para ambos los años matrimoniales. Nos casamos con escasa diferencia de tiempo y la vida nos cambió. Las prioridades fueron otras, construir la casa, buscar y criar hijos, consolidar las finanzas y atender a la esposa. Sin embargo pese a la distancia estuvimos presentes el uno para el otro. Cuando di el incierto paso de la profesión independiente, Claudio me acercó dos clientes para que arrancase con algo y ni siquiera se inmutó, cuando me llevé a su mejor empleado para convertirlo en mi socio. Tengo la tranquilidad de conciencia de haber estado cuando Nelly me llamó para decirme que él me necesitaba por verse inmerso en una terrible tragedia que sacudió a la familia de su esposa, ahora también suya y de haber estado junto a sus padres cuando se desconcertaron por una quizás apresurada decisión de su hermano.

Hace no muchos años, un día me asusté. No tuve buenas noticias acerca la salud de mi amigo y nos encontramos para tener la mejor reunión que dos  viejos amigos pueden tener.

Y hace menos tiempo, sacudido por las muertes en seguidilla de los padres de mis amigos, me inquieté preguntándome por la salud de Tito y Nelly a quienes hacia bastante que no veía.

En noviembre pasado y en pleno fragor por un ajetreado viaje a la costa en preparación, mi inquietud fue respondida de la peor manera. Nelly se iba a embellecer el cielo. Solo me dio tiempo a rezar por ella y mi oración fue atendida, se fue en un par de días y sin sufrir.

Me quedé con toda la angustia de la despedida faltante, por eso estas letras. Pero también me quedó la alegría de ser el cuarto en discordia, depositario de su legado. Tito, Claudio y Carlos me esperan, para más juntos que nunca, honrar con nuestra vida, el ejemplo que Nelly con inagotable amor, ternura y paciencia, nos supo inculcar.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 3 de enero de 2014

 

Ninguna canción refleja mejor para quienes no la conocieron a Nelly que UN HIMNO AL AMOR de Demis Roussos. Cada verso de este poema- canción ella supo llevar a cabo en plenitud. En mi caso la estrofa que comienza con “Haz de ti un refugio para quien perdió su hogar” describe acabadamente lo que hizo Nelly conmigo. Había perdido todo, fue ella la que abrió su familia y refugió a mi persona para darme la oportunidad de empezar de nuevo, de querer remarla desde el fondo que había tocado.

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Published in: on enero 4, 2014 at 10:08 am  Comments (1)  

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  1. COMO ES HABITUAL, UNA HISTORIA QUE TE LLEGA AL CORAZON Y TE HACE REFLEXIONAR SOBRE LA VIDA. GRACIAS HENRY ! UN BESO DRANDE. SILVIA


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