LA BUSQUEDA


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LA BUSQUEDA

“Yo sé que Carlos Miguel presiente que lo estoy buscando. En las noches iluminadas, valiéndome del espejo de la luna, le envío mi imagen para que me sienta junto a él”

Carlos Páez Vilaró, página 138

En la década del 60, cuando Punta del Este era un bello poblado de casas bajas en la mismísima punta y kilómetros de playas solitarias con dos mares bien distintos, bordeadas de un interminable bosque de coníferas, tuve la fortuna de veranear cinco años seguidos por allí, los últimos que tendría en compañía de mi padre.

Además de disfrutar plenamente de su presencia, bien escasa durante el resto del año, guardan para mí esos años la primera vez de muchas cosas. En los hermosos jardines del hotel Arcobaleno que nos albergaba, mi padre me enseñó a jugar a las bochas, integré por vez primera como arquero un seleccionado de fútbol argentino para enfrentar a su par uruguayo, un botija me enseñó a cabalgar, la señora Zingoni de Yerio me enseñó a jugar al tennis, hice mi primer amigo uruguayo (hoy muchos lo son), instintivamente aprendí a nadar, ilegalmente aprendí a manejar autos  y algunas otras cosas que me reservo por pudor. Fue en el bar La Fragata que en el último cumpleaños mio que compartimos, el de los 13, mi padre me regaló su reloj junto con una enorme responsabilidad al decirme: “ya sos un hombre, hacete cargo”.

De esa Punta del Este que ya no existe, donde todo era simpleza y amabilidad, conservo también el recuerdo de lugares imborrables, tales como, el bar de la plaza donde conocí la cerveza Doble Uruguaya y los panchos de Ottonello hnos, el restaurant del Club Ciclista que era diminuto y con trofeos y fotos de los esforzados amantes del pedal, el delicioso lugar de pastas sobre Gorlero llamado Catarí, atendido por su dueña italiana, el bar El Mejillón que en su antigua ubicación tenía un piano en el que ejecuté para asombro de todos La Aragonesa, la accesible isla Gorriti adonde años después iría nadando y la inaccesible, misteriosa y siniestra isla de Lobos a la que aún no he ido.

Pero ninguno de todos ellos ha producido un efecto tan poderoso e indeleble en mí, como Punta Ballena y Casapueblo, el hogar atelier que el mundialmente reconocido artista plástico Carlos Páez Vilaró, construyó sobre su lomo, derribando todas las leyes de la arquitectura.

Asustado por mi costumbre de internarme en el mar y ahuyentado por las habituales medusas de Playa Mansa que parecían amarme apasionadamente, mi padre solía elegir con frecuencia la playa protegida por Punta Ballena. Recuerdo haber pasado horas enteras contemplando esa ballena verde que parecía entrar a la mar, coronada por un pueblo mediterráneo blanco, a punto de salir expulsado por el aire, cuando el cetáceo decidiese corcovear. Tanto la miraba que la soñaba con frecuencia y la sentía viva, desafiando las olas mar adentro. Visitar Casapueblo fue una verdadera experiencia mística. Sus desniveles, sus aberturas en la misma pared que dejaban ver un mar azul y luminoso en todas direcciones, sus acogedores rincones de techo bajos, sus generosas terrazas y miradores, invitaban tanto a perderse como a querer quedarse para siempre. Y el arte extraño e incomprensible para mí, sumado a los objetos traídos por el artista desde lugares misteriosos del planeta, le daban al sitio una unicidad cautivante.

Al mes del último veraneo, mi padre falleció y nunca más mis veranos fueron en Punta del Este. He vuelto por lapsos breves, he buscado sitios pero me es una ciudad totalmente extraña, sus habitantes también.

En 1972 aun de duelo, yo seguía buscando a mi padre, oculto detrás de esa puerta llamada muerte. Con la tragedia del avión uruguayo en la Cordillera de Los Andes en la tapa de todos los diarios por 72 días, conocí a un padre que buscaba a su hijo probablemente oculto detrás de la misma puerta. El dolor nos hermanó, era la otra cara de la moneda, ¿estaría mi padre buscándome también? Abiertamente lo daban por loco, yo siempre creí en él. Al igual que Carlos Páez Vilaró, yo le hablaba a mi padre a través de la luna. Y un 22 de diciembre, exactamente 41 años atrás, su hijo Carlos Miguel Páez Rodríguez le fue devuelto, para incredulidad del mundo entero, entre los 16 sobrevivientes de la tragedia.

Los hechos de Los Andes fueron tabú por muchos años, para todos, incluso para mí. “Viven” lo leí recién en el 2008. Carlos publicó la historia de su búsqueda, el primer libro individual, en primera persona en los 80, me tentó varias veces pero nunca lo compré. “Entre mi hijo y yo, la luna” se reditó en Argentina en los 90 y tampoco me acerqué a su testimonio.

Después sucedió aquella inolvidable noche en el Victoria Plaza de Montevideo donde conocí a Daniel Fernández y la historia de la tragedia se me hizo esencial (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/04/20/la-sociedad-de-la-nieve-nuestra-oportunidad/). Aprendí tanto de ella y de sus protagonistas que al igual que Daniel, suelo regresar a la montaña cada vez que me pierdo (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/02/08/regreso-a-la-montana/). Conocí a varios sobrevivientes, asistí a las presentaciones de sus libros, supe de su unión y su servicio, me interesó su evolución humana, colaboré como pude, leí todo lo que encontraba, todo lo que escribían, escuché sus charlas. Pero tomé conciencia que me faltaba algo, la otra cara, la de la búsqueda.

Sentí que para completar lo que esta poderosa historia tenía para decirme, necesitaba leer el libro de Carlos Páez Vilaró. Ya sabía de la lucha de los hijos por volver, quería conocer en primera persona el drama de buscar, contra toda esperanza, contra toda razón, contra todo consejo y solo guiado por una testaruda corazonada, a lo más preciado que la vida puede ofrecer: un hijo.

No fue fácil dar con él. Revolví todas las librerías de Montevideo, Colonia y Piriápolis, sin éxito. Consulté a los vendedores de libros viejos de las plazas y peatonales montevideanas con igual desazón. Mi hermano de la vida Gonzalo, el primo de Daniel, me dio una infructuosa mano. Repetí la búsqueda en Buenos Aires, convencido que el libro era esencial para mi, acumulando fracasos. Al igual que Carlos “nada encontré mientras buscaba”.

Un cercano día, ya no recuerdo porqué, busqué una foto del artista y ella me condujo a un sitio de internet donde vendían tres ejemplares. Me apresuré a adquirir uno y lo fui a buscar como lo haría un coleccionista.

Cuando encontré el momento para comenzar a leerlo en paz, no había leído una línea que su dolor, que fue el mío pero invertido, afloró impetuoso. Y lloré, lloré, lloré. Seguí leyendo como pude y seguí llorando, llorando, llorando. Para la hoja 20 los ojos no me daban más, debí detenerme. Solo pude continuar leyéndolo en dosis homeopáticas, de a un capítulo – son muy breves- por día.

Ello me permitió vivir cada paso, cada derrota, cada vuelo, cada falsa esperanza, cada noticia desalentadora, cada indiferencia, cada pista falsa, con suma intensidad. También me permitió disfrutar a pleno de la prosa poética de Carlos Páez Vilaró. Es un verdadero poeta que supo ver y describir belleza en medio del dolor desgarrador. Fue artista plástico porque eligió pinceles en lugar de plumas. Sin embargo éste fue su único libro. Y les puedo asegurar que está escrito con sangre, que cada palabra fue vivida, que cada emoción que trasmite fue sentida en lo más profundo. Ello lo torna invalorable, una joya imperdible que atesoraré hasta el final de mis días.

Y así llegué hace poco al epílogo. Curiosamente, siendo un final sabido, carente de todo misterio, demoré la lectura del último capítulo. Sabía que cuando la suerte estuviera echada, cuando él supiese de alguna forma aun desconocida para mí, que su hijo vivía, la emoción, su emoción, me iba a arrasar. Al leerlo finalmente conocí que Carlos también demoró el momento de encontrarse con la verdad y tal como había presentido, el atravesar su encuentro me devastó en una catarata emocional de ansiedad contenida, indecible alegría y sordo dolor.

Mas allá de la cruel belleza cordillerana que entreví de su hábil mano, mucho más allá de corroborar mi experiencia que por un hijo uno hace literalmente cualquier cosa y afronta cualquier humillación, quebranto o riesgo, demasiado más allá del Chile generoso y desconocido que sus letras me brindaron; la conmovedora lectura de este otro lado de la tragedia andina me hizo sentir con absoluta claridad que mi propia búsqueda aún continúa, que esa puerta de la muerte que ocultó a mi padre y que falta menos para que se abra para mí, guarda contra toda lógica, un encuentro que anhelo fervientemente desde los sitios más recónditos de mi alma.

Y presiento, cada vez que miro la luna llena, que él, al igual que Carlos Páez Vilaró, me está buscando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 22 de diciembre de 2013

Escuchen a este pintor poeta, “millonario en soles”, contarnos sus distintas e interminables búsquedas.

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Published in: on diciembre 22, 2013 at 3:55 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Cuantos seremos los que buscamos? No lo sé, quizás haya tantas puertas como buscadores, o sea una sola que esconde lo mismo para todos, mientras tanto, como vos, como Carlos, como todos los que buscamos, yo también espero se abra, y si algo me alienta, es que no estoy solo.
    Abrazo


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