MOMENTOS


mujer manejando

 

MOMENTOS

“La vida se hace siempre de momentos”

Julio Iglesias.

 

Inesperadamente sonó el timbre. Juan a nadie esperaba tan temprano ese sábado. Acababa de despedir a su hija que emprendía un largo viaje por el sur del país y no estaba de humor para recibir visita alguna. Atrás quedaban largos días de corridas para poner el auto en condiciones, los cuales sumados al madrugón lo habían agotado. Abrió sin ganas la puerta y estaba ella, su hija, parada ante la reja, con su mejor sonrisa, diciendo: “me olvidé algo”.

A Juan le cambió la cara, la había empezado a extrañar hacía medio minuto y tenía la oportunidad, breve, de verla de nuevo.

“¿Y el auto?” atinó a preguntar mientras abría la reja.

“A la vuelta, vine corriendo para no tener que girar la manzana” respondió ella apresurando el paso, escaleras arriba, a buscar el objeto de su olvido.

Al ratito pasó como una exhalación a su lado, apuró un beso y se fue caminando rápido hacia la esquina.

En lugar de cerrar la reja, Juan salió a la vereda para verla partir, llena de vida, juventud y felicidad, mientras sentía dentro del pecho, el corazón achicársele a su mínimo tamaño compatible con la vida.

Fue ahí que rememoró haber estado hace años en una situación idéntica. La repasó en detalle.

Solo cambiaba la iluminación de la escena. Era de noche y el protagonista era su hijo, que se perdía en las sombras caminando hacia la misma esquina, mientras Juan, preso de toda impotencia, lo veía alejarse con el corazón pequeño.

Es que las habían pasado feas. Luchando mucho habían superado juntos una enfermedad complicada que lo había atacado a los 13 años. En esa noche tenía 17 y era la primera en que después de muchos cabildeos, discusiones y dilaciones, su hijo, con su permiso, salía solo de noche. La relación entre ambos nunca volvió a ser la misma.

Y ese momento con su hijo, le hizo recordar otro crucial. Partía para su primer viaje lejos de casa con sus compañeros de séptimo grado. Juan, para no angustiarse, tomaba frenéticamente fotos de la escena en el gimnasio del colegio. De repente ya no pudo contener las lágrimas y con suma vergüenza, lloró en silencio. Alcanzó a ver con sus ojos entrecerrados a otro padre, grandote y hosco, llorando a mares. Se acercó.

“Es solo un viaje de una semana, ¿me podés decir porqué sentís que lo perdés?” el otro padre le preguntó a boca de jarro.

“Ni idea, pero es bueno saber que no solo a mi me toca llorar” respondió Juan.

No sabía entonces Juan que esa noche, sin explicación alguna, le correspondería también no dormir y llorar desconsoladamente hasta la madrugada. ¿Sería el fin de la niñez? ¿Sería el fin de una etapa hermosa de crianza a la que dedicara tiempo y esfuerzo? ¿Sería su propia historia con la muerte de su padre a sus 13 años que pesaba? ¿Sería el fin de la inocencia? Nunca obtuvo la respuesta adecuada.

Esa mañana de sábado, después de su viaje veloz por momentos similares, solo en la vereda, siguió mirando a su hija que iba cantando y saltando hacia el auto estacionado a la vuelta de la esquina. Allí la esperaba el hombre que ama, para compartir con ella la aventura de alcanzar un viejo sueño.

A Juan le vino a la mente su charla de una noche con ella.

“Te quiero papá, para mi sos lo más” le confesaba su hija desde atrás de una sonrisa.

“Me encanta serlo, pero quiero que sepas que un día ya no lo seré” le había dicho él.

“¿Por?” preguntó ella acongojada.

“Porque un día conocerás a alguien, elegirás a alguien, que deberá pasar a ser lo más para vos. Sé que me dolerá pero es inevitable y está bien que así sea” se escuchó decir.

“Por favor no cometas el más frecuente error con que debemos lidiar los maridos. Quien elijas deberá tener el primer lugar en tu vida y si te veo feliz, cederé mi puesto con gusto” agregó.

“No creo que pase” rezongó ella.

“Espero que pase, pues si no pasa, estarás en problemas toda la vida” sentenció Juan.

La vio feliz doblar la esquina y sintió una nueva soledad, punzante y molesta, signo indudable que la vida había perpetrado un acto más de pérdida, un acto más del desapego que vino a enseñar.

Sintió la impotencia, sabía que la hija que regresaría del viaje sería distinta, pero el recuerdo de los otros momentos le dijo que todo estaba bien, que estaba sucediendo  nada más que lo que debía suceder. Solo él debía lidiar con sus emociones contradictorias, tal como aquella noche en el gimnasio.

Se dio vuelta despacio con el nuevo vacío en el pecho. Tras la reja, sus dos perros movían sus rabos, mientras lo miraban inquietos, como tratando de despejar la nube de tristeza que amenazaba inundar sus claros ojos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 7 de octubre de 2013

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Published in: on octubre 8, 2013 at 12:32 am  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. ABRAZO querido compañero de ruta….ABRAZO grande, de los que da el alma.

  2. HOLA HENRY ! HERMOSA TU HISTORIA. ASI VIVIMOS LA PARTIDA DE LOS HIJOS. NADA MEJOR QUE COMPARTIRLA CON LA CANCION DE JULIO IGLESIAS. GRACIAS Y BESITOS. SILVIA


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