AEROPARQUE


Aero espera

 

AEROPARQUE

Sabía que algo había cambiado para siempre. Lo sintió en la piel en el último abrazo, lo adivinó en la voz al despedirse, lo vio en los ojos que apuraron la última mirada. Hasta ahí y por años, el descontrol, la angustia, la duda, las cimas y los valles habían parecido ser solo suyos, ella aparentaba, por lo menos delante de él, tener todo claro, todo ordenado, todo controlado. Esta situación a Juan siempre le había parecido algo injusta, ella disfrutaba de la relación y él, para quien la relación era todo, no hacía más que sufrirla.

Empero, que la locura lo habitase solo a Juan, le daba una garantía: la cosa nunca se iba a salir de cauce. El la controlaba como podía, pero lo hacía y por eso la relación, con altibajos, había logrado mantenerse por años dentro de una zona segura y más o menos previsible.

Desde el último encuentro Juan empezó a sentir alivio porque  el terremoto parecía haberlo abandonado, pero a la vez esa tranquilidad se veía empañada por la creciente inseguridad que le brindaba la certeza de saber, que el mismo terremoto anidaba ahora en el corazón de ella. Eso lo dejaba en sus manos, y claro, a Juan no le gustaba estar en las manos de nadie. No había forma de conocer de antemano como lidiaría ella con el remolino emocional, si lo contendría o se entregaría a él, si mantendría la paz o la inmolaría en aras de resolver un conflicto que, a esta altura, ya parecía eterno.

Si bien eran gemelos espirituales, ello no aseguraba nada. En el mundo material actuaban con estrategias casi opuestas. Juan era casi un contemplativo, muy fatalista, entregado cada año un poco más, a lo que consideraba la inteligencia superior de la vida y tenía una paciencia oriental para aguardar que la vida actuase. Ella era una amazona, una hembra de acción, de tomar armas, de producir resultados. Conociéndola bien, Juan estaba cada día un poco más nervioso.

Comenzaron a llegar noticias inquietantes que no hicieron más que confirmar que el torbellino la habitaba. Algo se estaba cociendo a la distancia, algo que Juan sabía,- las creencias ya habían sido largamente superadas-, iría a cambiar todo para siempre. Se dispuso entonces a disfrutar plenamente de los que tenía por sus últimos días de paz. Hizo un par de viajes en soledad para despejarse y escribir un poco. Resultaron infructuosos, ella viajó inserta en su alma, diciéndole a cada paso que se preparara para el cambio.

Juan no quiso saber, no buscó noticias, no reiteró llamadas, no preguntó. Casi podía adivinar las respuestas, ya que cada noche en sueños, ella llegaba, le sonreía y lo animaba.

Fatalista al fin, Juan sabía que no tendría armas ni argumentos para defender, ni por un segundo, el mundo irreal prolijamente armado por años, al que ridículamente se aferraba, del ínfimo movimiento de un peón del campo controlado por ella. Y ella, parecía dispuesta más que a mover un peón, a patear todo el tablero, ese mismo maldito tablero que los tenía prisioneros hace tantos años.

El día tan temido, como todo, finalmente arribó.  Juan abrió su correo y leyó tembloroso: “Llego al aeroparque mañana a las 11 ¿venís?”. Nunca, en décadas le había pedido que la fuera a buscar. Todas las sospechas y temores de Juan tomaron cuerpo, estaba en otra cancha y apenas pudo controlar su emoción para poder responder un escueto: “OK”.

Se maldijo por haber llegado tan temprano a la estación aérea. Receloso del tráfico, había salido con demasiado tiempo y no tenía idea que hacer ni con su ansiedad, ni con la media hora que faltaba para que el avión que la traía tocase tierra. Tragó un caramelo tras otro, tomó dos cafés y caminó de arriba abajo como veinte veces el hall de arribos. Secó sus mojadas manos en el pantalón cuando escuchó el altavoz anunciando la llegada.

Mientras trataba de recordar los ejercicios respiratorios para calmarse, de entre la multitud de pasajeros, la portadora de su destino, emergió. Serena y sonriente, con una amplia sonrisa triunfal, hermosa y luminosa como nunca, se dirigió bolso en mano, al lugar que, inquieto hasta la médula, ocupaba Juan.

Cuando estuvo a un paso de distancia, él ensayó una difícil sonrisa mientras la miró interrogante al fondo de sus ojos color miel. “Hol…..” empezó a decir y no pudo continuar.

Sin dejar de sonreír, con chispas bailándole en la mirada, ella abrió los brazos para rodear el cuello de Juan y cerró su boca con un largo y profundo beso, durante el cual todo su cuerpo empezó a temblar y su alma a liberar una largamente acumulada tensión, en una infinita sucesión de sollozos.

Al terminar el abrazo se miraron y rieron cómplices.

“Y ahora, ¿Qué será de nosotros?” preguntó ella con un dejo de angustia en la voz.

“No tengo ni idea” respondió Juan más sereno. “Lo único que sé es que me allano a tu guion; es  definitivamente mucho más placentero que el mío”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 17 de septiembre de 2013

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Published in: on septiembre 18, 2013 at 1:03 am  Dejar un comentario  

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