SECRETOS DE ESTADO


helicoptero en el desierto

 

SECRETOS DE ESTADO

“A gente faz amor por telepatía”

Rita Lee- Manía di vocé

El ruido de las aspas lo despertó. Athanasios se vio envuelto en un desusado torbellino de aire y estruendo. Sorprendido y desconfiado intentó abrir uno a uno sus ojos, solo para ver una nube de arena que lo asfixiaba. Cuando el ruido cesó y la arena se disipó, pudo ver delante de si la inconfundible silueta de un helicóptero negro, del que descendieron corriendo y arma en mano, dos soldados en traje de fajina con casco. Le hablaron en inglés.

–“Wake up man!!, what the hell are you doing here? And who are you?” (Despierta!!, que diablos haces aquí? y quien eres?).

–“My name is Athanasios and I am lost. I have been lost for many  years” (Mi nombre es Athanasios y estoy perdido. Estuve perdido por muchos  años).

Los soldados norteamericanos le dieron una casaca para cubrirse, lo ayudaron a caminar hasta el helicóptero y sin más diálogo lo llevaron a su base. Ni bien arribaron, fue internado en la enfermería, donde le propinaron los primeros cuidados médicos y le dieron líquidos y comida, muy de a poco.

Atha agradeció a Dios su milagroso rescate y durmió en una camilla, que le pareció con colchón de plumas, casi veinticuatro horas seguidas.  Cuando despertó vio a su lado a un oficial del ejército, quien para su sorpresa, hablaba perfecto español.

—“Bueno, mi amigo, cuénteme, ¿cómo se perdió? ¿hace cuánto?”

—“Me extravié en una excursión, quise pasar una noche solo en el desierto y al otro día no pude volver” “¿En que año estamos?”

–“1991”

–“Pues entonces estuve cinco años vagando por el desierto”

–“Cinco años, pero eso es imposible” “¿Qué comió?¿qué tomó?”

–“Dios proveyó. En más de una oportunidad di con oasis, o con provisiones abandonadas, y en tiempos difíciles me alimenté de insectos y tomé mi propia orina. Lo que nunca di fue con un ser humano para pedir ayuda.”

El alto oficial no le creyó. Había chequeado su identidad y coincidía con la de un griego que efectivamente había participado de una excursión al desierto en 1986 y no había regresado a su patria, dándoselo por muerto poco tiempo después. Le pareció que podía ser un espía. Estaba demasiado cuerdo para ser alguien que pasa en soledad y en un contexto hostil nada menos que cinco años. Lo subió al primer avión Hércules que volvía a Estados Unidos y muy custodiado y aislado lo mandó a una base de contrainteligencia, para que lo interrogasen.

Allí no fueron ni amables ni pacientes con el pobre Atha, que llegó a extrañar sinceramente al inhóspito desierto. Después de varios estudios científicos que comprobaron indudablemente la identidad de nuestro griego, los oficiales se dieron por vencidos, admitiendo que Atha era Atha. Utilizaron el plan B.

Le adjudicaron un simpático oficial latino para que se hiciese amigo del griego, lo llevase a los mejores restaurantes, las mejores discotecas, le presentase mujeres y lo emborrachase más de una vez. Atha guardaba celosamente un secreto de supervivencia en condiciones extremas, sobre todo de supervivencia psicológica y  el ejército debía hacerse de él.

El griego, que no por nada era pariente lejano de Zorba, vivo como el que más, aprovechó al máximo los beneficios gratuitamente otorgados por su nuevo amigo, pero no dijo nada.

Una noche de piscinas cálidas, morenas ardientes y tequila generoso, el que se fue de boca fue el oficial.

–“Atha, si para mañana no tengo algo interesante para contar, este juego se termina y va a ser muy malo para los dos”

–“¿Por?”

–“A mi me rebajarán la calificación y me mandarán a esa horrible guerra del golfo y a vos te van a encerrar un rato largo”

–“¿Qué hice de malo?”

–“No decir como cuernos hiciste para sobrevivir psicológicamente cinco años en ese desierto infernal”

–“¿Si se los digo me dejan volver a Grecia?”

–“Claro, con plata por la molestia y un ascenso para mi”

–“Mañana te lo escribo, hoy disfrutemos porque ya veo que hable o no, esta vida se acaba”

Al día siguiente Athanasios le entregó una confesión escrita a su oficial amigo en la que relataba como, en sucesivos retiros espirituales en uno de los monasterios más inaccesibles del Monte Athos, un monje muy anciano, ya fallecido, lo había entrenado en el aprovechamiento del tercio que no usamos. El monje le había contado que de las veinticuatro horas del día, casi todos usan ocho para trabajar, ocho para atenderse a si mismo, a su grupo íntimo y a su círculo social y las restantes ocho para dormir. En sus años de ermitaño el monje con algo de práctica, había aprendido a usar en su provecho, las ocho horas de sueño. Había descubierto que los pensamientos que cultivaba, las imágenes que fijaba en la mente en los momentos previos a dormirse, luego aparecían en el sueño.

Entonces usaba las horas de sueño y el sueño mismo para cubrir sus carencias. En los tiempos en que se sentía necesitado de ternura se dormía pensando en su madre y los cuidados que le proveyera de niño, en los que el hambre lo apretaba se acostaba pensando en manjares, en los crudos inviernos entraba en el sueño visualizando un playa veraniega. De algún modo durante la noche el inconsciente hacía muy bien su trabajo y tras un placentero sueño vívido en el que su necesidad más urgente se satisfacía plenamente, comenzaba un nuevo día mucho más libre de ella. Eso era todo y la carta de Athanasios concluía: “espero que esta información confidencial sea de gran utilidad para el ejército más poderoso del mundo”.

Al otro día cobró una importante suma de dinero, le dieron una maleta llena de ropa y un pasaje en primera de retorno a su país. El oficial compañero de juergas, contentísimo con su ascenso, se mostró agradecido llenando  a Atha de numerosos obsequios y lo acompañó para despedirlo calurosamente en el aeropuerto.

Ni bien estuvo en el aire y el ruido de la cabina se acalló por la noche, Athanasios se sentó bien erguido en la butaca del avión, cerró sus ojos y comenzó una larga y profunda meditación. Cuando logró ver con su tercer ojo la conocida luz que no enceguece, de un color entre blanco y naranja, apareció en su centro en todo su esplendor, el hermosísimo rostro sonriente de su amada.

Mentalmente le envió el siguiente mensaje: “tranquila mi amor, que jamás les diría como tú me enseñaste a utilizar los telepáticos canales del amor, esos mismos de los cuales tú te serviste cada noche para rodearme en una inmensa ternura, para abrazarme espiritualmente y para susurrarme al oído las dos palabras que fueron el motivo de mi real supervivencia en el desierto: TE AMO”

En un lujoso palacio iraquí, la esposa principal del sanguinario líder, se estremeció al verse súbitamente rodeada de una misteriosa luz amorosa. No porque le fuese desconocida, sino porque venía acompañada de la información que su amor prohibido estaba definitivamente a salvo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 18 de agosto de 2013

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Published in: on agosto 19, 2013 at 12:49 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Un cuento fenomenal, fundamentalmente porque deja una enseñanza de que la solución a muchos de nuestros problemas está adentro nuestro, y no afuera. Además, es tan atrapador que te diría que se puede hacer una película con este guión. ¡Excelente, Enrique!

  2. Solo quiero darte las gracias por compartirlo
    Abrazo

  3. Buenismo Henry!!! Gran abrazo.


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