FINDE CUATRERO


Pergamino recordatorio de EL CAÑONAZO. En las fotos Mito e Isabel en la inauguración y el cierre.

Pergamino recordatorio de EL CAÑONAZO. En las fotos Mito e Isabel en la inauguración y el cierre.

 

FINDE CUATRERO

“Esa casa blanca que ninguno quiere dejar es aquella juventud que no vuelve ya jamás”

Canción popular de la década del 60

 

Era mediodía de un claro otoño sanclementino. Enrique, cincuentón y solitario poeta, caminó la desierta calle 1 desde su refugio en calle 2 norte y Av. Costanera con rumbo a la casa Arévalo, que seguro le solucionaría su imprevisto doméstico. Llegó tarde, estaba cerrado. Su sempiterna costumbre de no usar reloj le había impedido saber que ya eran casi las dos de la tarde. Frustrado, emprendió el regreso.

La extendida mañana playera lo había cansado bastante y decidió hacer una pausa inspiradora en la confitería La Marca. Se sentó en una mesa junto a la ventana para disfrutar la vista de la solitaria arteria y de un tibio rayo de sol que bañaba ese rincón. Pidió un café. Habitante de zona norte, era un habitual parroquiano de Cheroga, pero de vez en cuando volvía nostálgico a la zona sur, que supo albergar sus años mozos.

Llegó el café, lo probó y notó que casi hervía. Dejó el pocillo en el plato, apoyó su cabeza en la pared lateral y casi sin quererlo cerró los ojos, decidido a esperar que se enfriara el café, metido para adentro. En ese instante percibió un ruido más que familiar: TIC, TIC, TIC. Metal contra metal, a intervalos casi regulares seguidos cada tanto de una pausa breve para enseguida continuar, TIC, TIC, TIC.

Sin abrir los ojos le pareció ver una pared amarilla, un largo banco rojo sin respaldo contra ella y a un grupo de jóvenes hablando animadamente. “Los cuatreros” pensó “y muy bien  acompañados”. Carlos Coda, el flaco engañador, genio del ajedrez y capaz de estar cuatro horas seguidas comiendo asado. Oscar Muñiz, casi el hermano gemelo que no tuvo, aunque más delgado y mejor futbolista. Los primos de Fernando, Jorge “el mono” y Guillermo Rodríguez, Beatriz y Daniel “piraña” Fernández, Oscar y Alejandro Martínez. Algunas chicas, algunos chicos, todos orillando la veintena de años. Entre ellos se vio.

Alegre, deseando beberse la vida a grandes tragos, convencido como hoy de la fragilidad de la existencia humana y decidido a disfrutar intensamente de todas sus ofertas, muchas y cuanto antes mejor. Dueño de una energía sin igual, recién recibido de contador público y con un buen sueldo en el bolsillo que, según entonces creía, merecía ser dilapidado en diversión. ¿Obstáculos? ¿Normas? ¿Prudencia? Nada de eso existía para él. Solo había desafíos en los cuales ponerse a prueba, para luego ir siempre por uno mayor.

Reconoció el lugar, estaban en el tiro al blanco denominado EL CAÑONAZO, que funcionó por poco más de medio siglo en el sitio donde ahora él estaba sentado, justo al lado de la extinguida calesita de Tito, que vivía en La Boca. El TIC, TIC, TIC, no era otra cosa que el ruido de los balines  contra el metal que estaba en la pared del fondo, justo detrás de los cartones donde había que hacer blanco. Allí se reunían a hacer la “previa” del boliche y allí volvían después de bailar a probar suerte con las “armas”, si no la había con las damas.

La razón era sencilla. Uno de los cuatreros estaba hasta la hora del boliche, detrás del mostrador atendiendo al público. Fernando González, el compañero del Carlos Pellegrini, hincha de River, casi contador, incansable atleta y el más hospitalario del grupo. Durante el laborioso invierno se juntaban en su casa de Valentín Alsina a preparar materias y a despejarse en la mesa de billar, a veces convertida en mes de ping- pong. En el verano Fernando emigraba con sus padres a San Clemente para atender los departamentos que alquilaban y el tiro de la calle 1. Los cuatreros, así llamados por ser cuatro y por anhelar la nota 4 (cuatro) más que ninguna otra cosa en su carrera, lo iban a visitar casi todos los fines de semana de una temporada, que por fortuna para muchos, solía empezar el 8 de diciembre y concluir el 15 de marzo.

Pero la historia de EL CAÑONAZO había empezado mucho tiempo antes. Anselmo González, abuelo de Fernando, español de pura cepa y as del dominó, había pisado por vez primera San Clemente nada menos que en 1945. Recién tres años después, al inaugurar los departamentos, que se conservan hasta hoy en perfectas condiciones de uso y se ubican en la calle 19 entre Avenida II y calle 18, justo enfrente de la ferretería “EL PROFESOR” de Norberto Constantino, pudo llevar a su familia, su esposa Isidora Mendizábal y su hijo Anselmo, padre de dos varones, contadores ambos, Carlos y Fernando.

Anselmo González hijo, también español del 24, venido al país a los tres años,  Mito para los amigos, trabajó durísimo pero demostró que en la vida es también más que importante saber elegir. Acercó a San Clemente una verdadera joya: su esposa Isabel Leis. Nacida en 1930, hija de Fernando Leis y Aurea Méndez, ha sido y es el alma de los departamentos. Con su extraordinario don de gentes ha hecho del lugar una grandísima casa familiar, donde los huéspedes vuelven por décadas porque los hace sentir como en su propia casa. Basta quedarse un par de días allí para irse amigo de todos. Para los cuatreros Isabel era por aquellos años algo aun más importante. Era la madre sustituta de todos en San Clemente. Sus madres descansaban tranquilas porque sabían que Isabel los cuidaría tanto o mejor que ellas mismas. Enrique recordó, con un dejo de nostalgia y los ojos humedecidos, con cuanto cariño y esmero le preparó su propio festejo de cumpleaños número 20, el 12 de enero de 1977.

En 1954, exactamente el 18 de diciembre, se inauguró oficialmente EL CAÑONAZO. Tenía ocho líneas de tiro y los cartones utilizados como blancos se traían y llevaban hasta el fondo por un cable accionado a polea, con una rueda que los González hacían volar con un hábil golpe de mano. A diferencia de sus pseudo competidores de ferias ambulantes, las armas se conservaban en perfecto estado y el tiro era súper preciso. Si uno erraba al blanco no había excusa, había tirado mal. Comenzaron con rifles MAHELY, a los que después les montaron mira telescópica y resultaron los preferidos de Enrique. Tenían también pistolas WALTER alemanas y años después incorporaron rifles VENTURINI que se cargaban a gas con una garrafita y tiraban a repetición. Una simpática particularidad era que el blanco de cartón era entregado al tirador, de modo que todo San Clemente estaba sembrado de cartones con el nombre del tiro. ¡Más que inteligente publicidad!. Para atraer veraneantes que llenaban noche a noche el local durante toda la extensa temporada (permanecía abierto hasta la semana santa inclusive), solían otorgar premios al que lograse cinco centros y organizar torneos semanales a los cinco mejores cartones.

Cualquiera fuese la condición climática Mito estaba ahí, firme detrás del mostrador, de 17 horas hasta las 2 de la madrugada, pasando con pericia frente a los  tiradores. Desde 1954 a 1969 Isabel lo ayudaba, desde 1970 a 1973 lo hizo Carlos el hijo mayor y de 1974 a 1978 tomó la posta Fernando. Cuando, ambos contadores, no tuvieron más que quince días de vacaciones, Isabel volvió a su puesto desde 1979 al cierre que ocurrió en marzo de 2005. Un ícono de la calle 1 desapareció ese día. Miles de anécdotas podrían contarse del tiro, ya que concurría gente de todo tipo y experiencia con armas, muchos, como los cuatreros, tiraron por primera vez allí. Tiraban niños y mujeres, jóvenes y ancianos, aficionados y fanáticos. Hasta hubo un ruso que en uno de los frecuentes cortes de luz sanclementinos insistió en tirar a oscuras, ya que según él decía “un soldado ruso debe saber tirar de noche”.

Si pasar el finde cuatrero en San Clemente no inquietaba a las madres, el viaje de ida y aun más el de vuelta las infartaba. Simplemente porque el volante a cargo era Enrique, quien no tenía ningún empacho en contarle a todo el mundo que su verdadero sueño era ser piloto de carreras, de modo que el viaje le servía de entrenamiento. Quiso Dios llevar algo de tranquilidad dotando a Enrique de un bolsillo escaso, de tal suerte que el FIAT 600 a que accedió, por más que hundiese el acelerador, jamás superó los 110 km por hora.

Empero, en la búsqueda de desafíos, un viaje de ida, que siempre ocurría los viernes por la noche, lo hicieron vía Magdalena por la vieja ruta 11 de conchilla, camino que desconocían por completo y la falta de luna lo transformó en una travesía fantasmagórica. Dios tuvo que trabajar horas extras esa noche ya que solo por su intervención Enrique adivinó la existencia de una tropilla de caballos en plena ruta y frenó a escasos centímetros de ella. Ese inolvidable viaje concluyó con el tramo Conesa-Lavalle, recién asfaltado y sin demarcar, hecho que obligó a circular con las ventanas abiertas y mirando las banquinas para poder mantener el fitito sobre la cinta asfáltica.

Llegaban agotados a los departamentos, pero sabían que cualquiera fuese la hora de llegada, Isabel los estaría esperando con un plato de comida y algún lugar donde dormir, aunque éste fuese insólito como la caja de la camioneta de Mito, incómodo como una colchoneta en el piso, o inhibidor como el catre que Oscar y Enrique compartieron en una oportunidad y respecto del cual no hubo forma de impedir amanecer amontonados en su centro. Es que a veces el “hostel” estaba más que lleno. Todo el mundo llegaba sin aviso y había primos que llevaban amigos, Carlos llevaba los suyos y los cuatreros  a menudo llegaban con algún colado de ocasión. Isabel siempre reaccionaba igual, cuantos más eran, más trabajaba pero más alegre se la veía. Compartir, dar, atender para ella jamás fue un sacrificio, era un requisito de la felicidad.

El sábado temprano, la playa dominaba la escena. Nada de dormir, todos a la arena frente a la Avenida II o un poquito más allá, al Balneario ATLANTICO, concesionado al tano Don José, fanático por entonces de Roberto Carlos, cuyas canciones sonaban todo el día.

Enrique aprendió a conocer y a amar al mar en San Clemente, como en ningún otro balneario del mundo. La culpa la tuvieron los excelentes bañeros que solían cuidar las playas por aquellos años, en especial los tres hermanos Boeri, cuyo padre también había cumplido esa función. Imprudentes como eran los cuatreros y todos los que  los rodeaban, solían internarse en el mar bastante más que lo que resultaba aconsejable. Un día, harto de reventarlos a pitazos, uno de los Boeri les propuso un pacto. Sin él nadarían solo en forma paralela a la costa y a cambio de cumplir estrictamente con ello, cuando él se internara en el mar, con un par de salvavidas a cuestas, los dejaría nadar a su lado, bien adentro. El grupo aceptó el trato y así nadó por años desde El Atlantico hasta el muelle o el camino inverso, según la corriente, a no más de cien metros de la costa. Al mediodía con Boeri, algún otro bañero y un par de salvavidas de corcho redondos, se metían hasta un incierto punto desde el cual la playa ni siquiera se divisaba. Iban y venían por etapas, descansaban sujetos al salvavidas, hacían la plancha con muchos metros de agua debajo y sentían cada vez que regresaban haber sido los héroes de una aventura impagable.

Cuando volvían famélicos al departamento, el mediodía sabatino solía resolverse yendo a buscar comida bien casera, en especial pastas, a dos lugares de excepción: el hotel Montecarlo o la pizzería San Antonio. Esta última, hoy funcionando después de unos años de desaparición, propiedad de la familia Barattini, tenía un atractivo adicional: las agraciadas hijas que oficiaban de cajeras. A Enrique se le sumaba otro más: el poder regodear la vista e incentivar sus ansias automovilísticas contemplando el Renault 12 Alpine, que orgullosamente estacionaba Gutiérrez frente a su local, la pizzería GUGUPA. Respondiendo al incentivo, años después  cuando el ingreso se lo permitió, Enrique cambiaría su fitito por un Renault 12 usado.

A la tarde, nada de siesta, un pequeño descanso a la sombra y vuelta a la playa. Era el momento de jugar al football pero San Clemente, por esos años tenía un deporte playero que dominaba: el vóley. En toda la costa no había un balneario que le diese tanta importancia a ese deporte. Cada playa tenía su equipo, cada equipo sus camisetas, cada día tenía su torneo y todos contaban con verdaderos ases. Fernando jugaba muy bien pero Enrique y los otros jamás le encontraron la vuelta al juego. Se limitaban así a moverse y saltar un poco en partidos improvisados que se armaban fuera de los torneos. Cuando éstos arrancaban solían tirarse en la arena, preferentemente cerca de la siempre abundante platea femenina, para ver si entre set y set podían arreglar algo para la noche. La memoria acerca a Jorge y Sergio Pascuto, que pusieron los palos de El Atlantico, a Jorge Turón, al negro Pecos, al Tero tan bueno para el vóley como para el football, a Caito, a Pichi, a Tuto Magadán, a los hermanos Raspeño y a los hermanos Mazzitelli de los cuales a Horacio apodaban nada menos que La Bestia, quien llegara a jugar en el seleccionado argentino de vóley. Más cerca del afecto cuatrero estaban los hermanos Franco que a la noche atendían la heladería El Lido y Adrián y Gustavo Duacastella, los queridos “hermanos macana”, siempre llegadores cuando el asado estaba a punto, eternos veraneantes de San Clemente en su casa de Avenida II y Calle 20. El Atlántico, El Muelle, Vivero, Marbella, Agogo y hasta el mismo Cañonazo, eran los nombres de los equipos que se enfrentaban todos los fines de semana en duelos memorables.

Cuando atardecía y las luces se esfumaban de la playa era la hora de la pesca. La aventura de poner el trasmallo entre las olas oscuras o el incierto levantar el medio mundo desde el muelle ocupaban las últimas horas playeras.

Un baño rápido y cena grupal, generalmente en EL CANGREJO RENGO de calle 20, a media cuadra de la plaza Pereira, que servía unas porciones adecuadas al desproporcionado hambre veinteañero, por un precio acorde a las finanzas de los comensales. “Previa” en EL CAÑONAZO y a probar suerte al baile. Si el cansancio imperaba lo aconsejable era MATO MIL, que estaba al final de la galería DORA y era lo más parecido a un boliche actual, oscuro y encerrado. Por eso al grupo le gustaba más caminar hasta el barrio EL TALA donde estaba AGOGO, cuyo principal atractivo era una pista al aire libre y con piso de arena, de tal suerte que parecía estar bailando en la propia playa. El infaltable de la noche era Emilio Klauss, un cachafaz que con sus chistes y ocurrencias ni pasaba inadvertido ni permitía que nadie se aburriese un solo instante.

Si la suerte era “grela” y casi siempre lo era debido a las vueltas que tenían las niñas de ese entonces, se venía  alguna parada en los juegos de EL DISCO ROJO donde recién llegaba el primer precario simulador de manejo en ruta nocturna o una auténtica vuelta en auto, casi siempre una corrida hasta el puerto o si había ganas de acelerar en serio, hasta  el naciente balneario Las Toninas o Gral. Lavalle, para terminar ahogando las penas en EL LIDO, con un buen helado o un exquisito Don Pedro.

En las raras noches que el bailar no convocaba debido al estado de destrucción masiva cuatrera, las butacas de los cines TUYU y EMBASSY, los recibían para el reír y llorar de algunos y para el sueño de la mayoría. Pero si la adrenalina llamaba, la visita obligada era al Karting de Av. San Martín y Calle 1, donde corrían chocándose hasta que literalmente los echaban.

La última escala de la noche, ya muertos de sueño y extenuados, siempre resultaba ser EL CAÑONAZO, donde el bueno de Mito ya estaba atendiendo a los últimos clientes y acomodando todo para cerrar el local. Cuando el grupo se quedaba a solas, Mito bajaba la cortina y como regalo por la alegría que él, cansado y todo, también sentía de verse rodeado de un grupo juvenil, armaba un torneo gratis. Y los blancos ya no eran cartones, sino monedas, fósforos o hilos.

El domingo era mucho más tranquilo. Algún baño de mar matutino y el infaltable asado que Isabel y Mito preparaban para un batallón en la parrilla, debajo de la parra de los departamentos. Risas, anécdotas, charlas interminables, comidas de largas horas ya que Isabel sumaba sus ensaladas y postres, con la damajuana debajo de la mesa y circulando, conforman unos momentos sublimes en la historia de los cuatreros, tanto que pese a los embates de la vida, hoy se empeñan en recrear. El remate del asado era un “truco con pica pica” donde Mito pasaba el trapo a la juventud entera y las mentiras, engaños, señas, enojos y cargadas estaban a la orden del día.

Con la caída del sol venía la despedida pero con la absoluta certeza que la duración de la ausencia no excedería los cinco días. El grupo debía llegar temprano para reponerse de semejante despliegue asombroso de energía veinteañera, porque había que trabajar temprano el lunes, soñando con el viernes en que el fitito de
Enrique volviese a volar por la ruta 2 con rumbo al “hostel” que Isabel atendía tan bien.

TIC, TIC, TIC, escuchaba Enrique con sus ojos aun cerrados y veía la sonrisa inmensa de Mito cuando contaba, a quien quisiese escuchar, los sustos que le había propinado con el Renault 12, en un viaje relámpago del invierno del 79, nada menos que en el cual lo ayudase a decidir la compra de su refugio costero. El Mito que recuerda Enrique es inmejorable: tan bueno, tan franco, tan amigo de los amigos de sus hijos y como comprobó personalmente, dueño por sobre todas las cosas de la picardía del amor.

Una de esas madrugadas, tras el Don Pedro de EL LIDO, Enrique, que sobrio no tiraba nada bien, se vio sorprendido cuando apuntando penosamente el rifle con mira telescópica, cortó el blanco especial, el hilito. Al grupo le quedó el dicho que Enrique bebido hacía las cosas mejor. A Enrique  le quedó por siempre la duda si el amor de Mito, esa noche con oculta navaja, no habría querido agradecerle ser el conductor de la visita grupal de cada semana.

“Señor, señor, se le enfrió el café, si quiere se lo cambio, gentileza de la casa” dijo la moza, tocándole el hombro y obligando a Enrique a abrir los ojos.

“Muchas gracias” respondió el poeta.

“Se quedó dormido sentado, ¿está muy cansado?” inquirió ella.

“No querida, en absoluto, me siento como de veinte años” sonrió él, guiñándole un ojo. Y agregó “Es que acabo de estar en lugar del corazón donde celosamente guardo los míos”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 8 de junio de 2013

Con la inestimable colaboración de mi entrañable amigo

Fernando González

 Lo vivido a los 20 años es imborrable para todos y queda para siempre asociado a hechos y lugares. Pierre Bachelet evoca los suyos en esta bella canción asociados al mayo francés.

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Published in: on junio 10, 2013 at 12:19 pm  Comments (6)  

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6 comentariosDeja un comentario

  1. ME GUSTO MUCHO Y UNA VEZ MAS TU RELATO ME ATRAPA Y ME LLEVA DE LAS NARICES COMO DE MEMORIA RECORRIENDO EL CAMINO Y DESCUBRIENDO QUE CADA PASO DEJA SU HUELLA, SU AROMA,SU RECUERDO SIEMPRE PRESENTE.
    BESITO GRANDE. SILVIA.

  2. Momi :

    Excelente!!!! M. gracias por hacerme viajar en el tiempo !!!!
    Te felicito
    Un abrazo muy grande

    Jorge “Mono” Rodríguez

  3. Enrique, me volviste a emocionar igual que el pasado domingo cuando tuviste la generosidad de compartir la historia junto a los fundadores del Cañonazo y a mi hermano Carlos.

    Gracias nuevamente y un fuerte abrazo cuatrero!!!

    Nando

  4. Qué bueno Enrique,que hermosa alegría me has dado leer este homenaje. Todavía recuerdo a Mito cuando contaba como “cortabas” las curvas en ese viaje y decìa “este tipo está medio loco”. Ha sido un gusto regresar por unos instantes a esa hermosa etapa de mi vida.
    Te mando un abrazo grande.
    Guillermo Rodríguez

  5. Excelente!

    Hace tiempo me lo leyó mi vieja y me emociono mucho…
    Hoy de casualidad doy con el y no pude dejar de leerlo, son los recuerdos
    mas lindos y de los mas feclices de mi vida…

    Gracias y porque no podrá ser este un punto de partida para volver a juntarnos

    Alejandro Martinez

  6. Felicitaciones! conozco a muchos personajes, muy buena descripción. Ya hay un poco de historia para que el tiempo la olvide… el libro queda para siempre. Gracias!


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