VUELVE ADONDE PERTENECES


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VUELVE ADONDE PERTENECES

Presentación del libro por los 90 años del William Shakespeare School

Lo bueno y lo malo de la tecnología es que todos te encuentran en cualquier lado.  En la gélida noche de mi retiro otoñal sanclementino, en el solitario ciber y entre la treintena de mails que recibo a diario, llegó el de Mariel. Me invitaba a la presentación del libro por los 90 años del William Shakespeare y deslizaba que parte de mi obra había sido incluida en él.  Con los reflejos sin congelar, confirmé de inmediato mi asistencia. ¿Cómo me iba a perder una buena excusa para ir a Temperley, abrazar a mis amigos y disfrutar una velada de gratísimos recuerdos?

Al día siguiente, en el mismo helado ciber, me llegó un mail más explícito de mi compañerita de banco, Silvia – ex directora del colegio y aun trabajando en él-, diciéndome que el director del colegio Guillermo Bruno quería que llevase mi bicicleta roja, la protagonista de mi relato sobre la celebración del aniversario.  Me pareció un “peaje” más que justo, que me iba a dar algo de trabajo porque hacía un par de años que mi pobre bici solo juntaba tierra y tenía las gomas bajas, presumiblemente pinchadas. No obstante empecé a sospechar que había gato encerrado, sospecha confirmada por la alegría de Silvia, cuando confirmé la existencia y presencia de la bici.  Reafirmada por su preocupación cuando aun no la había llevado, acercándose la fecha.

Prometí hacerlo el lunes de esta semana y teniendo un viaje programado el día domingo, me dediqué con ahínco viernes y sábado a limpiarla y arreglar sus cubiertas. El lunes la cargué en mi camioneta  e inicié el que sería el primero de seis viajes en la misma semana entre mi casa y mi antiguo colegio. En cada semáforo miraba de reojo a mi bici y me preguntaba si a ella le resultaba tan poco creíble como a mí, que estaba volviendo a su pago natal, al escenario de sus hazañas, después de nada menos que cuarenta y cuatro años.

Silvia ingresó la bici y me dijo que Guillermo quería hablar conmigo. Con el “peaje” depositado, la verdad me fue revelada. La presentación tendría lugar en un salón de fiestas de la calle Acevedo, con una concurrencia  estimada de doscientas personas y se me solicitaba leer mi escrito (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2012/05/14/lavalle-casi-casi-esquina-meeks-temperley/) sobre el aniversario. A esta altura me resultó imposible negarme y en premio fui invitado a almorzar con Guillermo, Mariel y personal del colegio, en el mismo salón donde cursé jardín de infantes, donde comía los almuerzos de Fefa y desde el cual me fugué en mi primer día de clases, el día de la foto bajo el ceibo.

Emprendido el regreso, la tranquilidad me duró diez cuadras. Y como soy el rey de los psicosomáticos tuve que hacer escala en el ACA, absolutamente descompuesto. ¿A qué había accedido? ¿Realmente me creía capaz de ser el centro de escena de un acto del William Shakespeare sin colapsar en el intento? ¿Creía por ventura que podría leer semejante escrito, guardián de mis mejores recuerdos de infancia, sin que la emoción me quitase a un tiempo aliento, voz y presencia? ¡Henry, que loquito que estás!

Si en algo tengo experiencia es en hablar en público. He dado conferencias y charlas por todo el país, he sido docente universitario por trece años, he fundado y dirigido grupos de oración, he hablado en el exterior en lugares tan insólitos como Tokyo y en inglés. Leer un escrito un tanto largo era casi un juego de niños. Y sin embargo, me alteré tanto que perdí hambre y sueño por casi tres días completos.

Si lo único que iba a hacer era leer me parecía que además de aburrir a quienes ya habían leído el escrito, ya sea del blog o de la revista del colegio, conmemorativa del aniversario, iba ciertamente a dormir al resto. Definitivamente no leo bien en voz alta. Mi R piamontesa, nunca corregida, mi pésima respiración y mi poco abrir la boca de repente pasaron a ser inconvenientes insalvables. Ensayé, le pedí consejos a mi hija que estudió teatro y algo mejoré, pero me seguía pareciendo un sacrificio para la audiencia y un inmerecido masaje a mi ego.

Me propuse entonces darle un sentido a la lectura. Ello además de hacerlo más interesante para la audiencia, aun para aquellos que lo habían leído, me permitía jugar en mi cancha, la del discurso. Comencé a pensar en qué decir, cómo presentarme, qué contar de mí y de mi vuelta al pago. Rápidamente encontré, gracias a mi experiencia, una batería de citas, giros, chistes y metáforas, extremadamente útiles para los primeros cinco minutos. ¿Y después, qué? Los nudos de mi abdomen y la velocidad de mis ideas no me dejaban en paz.

Últimamente mi familia no me acompaña a ningún lado, ésta no iba a ser la excepción. De modo que llamé a mis amigos Felipe, Jorge y Xabier, a fin de ejercer sobre ellos toda suerte de apremios ilegales tendientes a convencerlos que no debían faltar. Ellos no me fallaron. Xabier ya había decidido su concurrencia con su madre, Jorge trasladó de fecha una cena en su casa y Felipe, sujeto a que no se cerrase una operación pendiente justo en ese día, se comprometió a venir, pese al cansancio de la jornada laboral.

Solo comprar algo de ropa acorde a la ocasión me distrajo un poco de la marea mental que me atormentaba. ¿Por qué estaba tan mal?

Una voz interior me tranquilizó: “Confiá, todo saldrá de maravillas, solo estas volviendo adonde perteneces y en ese lugar, todo, es mucho más fácil que lo que ha sido hasta ahora”. Aun cuando no sabía cómo, aun cuando no sabía por qué, elegí creerle y simplemente contemplar el modo en que una inteligencia superior a la mía ordenaba los eventos.

Mientras imprimía en letras grandes mi escrito, caí en la cuenta que la familiaridad que el nombre Acevedo evocaba – además de ser homónima a la calle de Buenos Aires, donde está ubicada la Biblioteca Popular Alberdi-, provenía de ser ni más ni menos que la calle donde nací . En 1957 a escasas dos cuadras del Espacio Azalía, sede del evento, estaba la clínica maternal del Doctor Texidó. “Es el acto final de mi retorno” pensé y comprendí mi nerviosismo, la unidad conmigo mismo me esperaba, la integración de mi infancia a mi vida, separada por décadas se completaba y lo hacía de un modo público.

Empecé a ver un poco de claridad. La bici roja era lo único que me había quedado de mi infancia perdida y escondida detrás de un mar de dolor y era ella misma la que me llevaba de vuelta. Toda la vida había sido Henry y Enrique, hoy ambos iban a morir para dar paso a una nueva persona, alguien distinto, alguien que no conozco porque nunca tuve la oportunidad de ser.

Cuando Felipe llegó a mi casa, me encontró apurando un whisky para terminar de matar la ansiedad que me consumía. Aunque ya sabía el motivo, me preocupaba quebrarme por flojo y los recursos discursivos encontrados aun no me satisfacían para integrar a la audiencia en el relato.

Nos tomó junto a Jorge y Felipe más de dos horas llegar al salón, gracias a que el día coincidía con una manifestación que cortó toda la ciudad. Ni siquiera pensé en el partido de Boca que me perdía, estaba contenido pero seguía nervioso y ausente. A esta altura nuevamente entregado a la contemplación de como el orden superior me guiaría. ¡Y vaya que lo hizo de maravillas!

Entramos y a medida que iba saludando a los conocidos, viendo el libro con la hermosa fachada realizada por Ignacio, otro ex alumno, escuchando el saxo y adentrándome en el clima, la sensación que me invadió muy fuertemente fue la de pertenencia. Estaba en casa, había llegado después de un largo viaje.

Lo vi al director Guillermo, teniendo como podía a raya la emoción, Mariel me encontró antes que la viera y Silvia desde lejos sonreía, me miraba y sonreía. Posiblemente ella si supiera algo de toda la revolución que estaba ocurriendo en mi interior. Sheila se fascinaba con mi bici en el estrado, convertida en la reina del evento, Alejandra hablaba con todos y me recordaba a mi Benji, que recibí de su mano un año atrás. Nos descubríamos con Juan José, todo un escribano, a quien no veía desde el colegio.

Pero la mayor sorpresa de todas me la iba a dar Virginia, viniendo con su madre, nada menos que una de las maestras que recuerdo con más cariño. Sin dudas, estaba en casa.

Ahí, fue justo ahí, cuando la sensación de pertenencia se hizo notar, cuando me sentí nuevamente uno, que la idea matriz del discurso se hizo absolutamente evidente. Yo había perdido a mi niño interior por haberme ido lejos, pero muchos, por no decir todos, aun viviendo en la misma zona, también lo habían extraviado. La recuperación de ese niño era tan importante para mi, como para ellos. Entendí de golpe, el sentido que me había quedado velado en los días anteriores de la lectura del emotivo escrito del aniversario. Allí hablaba de la infancia como patria y hay muchas maneras de exilarse, no solo la mía.

Vino entonces con suma claridad, como hacer rica la lectura. Era muy sencillo, solo debía invitar a la audiencia a pedalear conmigo su propio regreso a la patria, para ir al rescate de su olvidado niño interior. No solo estaba tranquilo, todo tenía sentido y mi escrito y mi lectura brindaban un auténtico servicio, que es a lo que todos estamos llamados.

Completamente en paz me senté en el estrado, algo abrumado por los elogios que Alicia Bernárdez, la autora del libro me dedicó, pero que confirmaban que el escrito tocaba fibras más que íntimas de los lectores.

Me dio la palabra y con la bici roja a  mi izquierda comencé. Dije muy poco de lo que había pensado, el discurso fue otro pero para el momento de comenzar a leer, por las caras que me miraban, por su respetuoso absoluto silencio, por su infinita atención, me di cuenta que había logrado subirlos a cada uno a su respectiva bicicleta y que me iban a acompañar en mi paseo por el Temperley que ya no existe pero del que somos portadores, hacia el colegio que tampoco existe pero que vive para siempre en nuestro corazón.

Muy tranquilo, casi como en un juego y completamente convencido que estaba en casa, leí el escrito. Algunas veces se me quebró la voz y muchas de las caras que me miraban inundaron sus ojos de lágrimas. Pero al final, cansados por el pedaleo, mis compañeros de viaje me regalaron el aplauso más dulce que supe tener en mi larga carrera de orador. Las extasiadas caras emocionadas  y agradecidas de los que se acercaron a saludarme, me confirmaron que el paseo no había sido en vano para nadie, que todos se dieron cuenta de lo sanador y necesario que resulta viajar a la patria de la niñez.

Era el tiempo del relax y del festejo que se prolongó en una larga cena en el recientemente inaugurado restó de la esquina. Muy tarde llegué a mi casa, dormí unas pocas horas y volví a Temperley a buscarla a ella, la estrella, la bici roja.

En el trayecto me dejé atrapar por el cansancio enorme que tenía de la tensión acumulada y con él llegó la angustia por el tiempo perdido, el dolor por tantos años de vivir dividido, la respuesta a tanta rebeldía sin causa que me hizo todo mucho más difícil. Pero era otro, Temperley ya no era el lugar prohibido por el dolor, era orgullosamente mi lugar, yo era orgullosamente su hijo y el William Shakespeare era un colegio al que le debo mucho y al que estoy ansioso de corresponder de la mejor manera a su alegría por haberme recuperado. Sentí este nuevo viaje como un verdadero amanecer. Y me volví a emocionar.

Fue por ello que simplemente pasé como un rayo por el colegio a buscar la bicicleta y me fui a dar una larga vuelta por mi barrio al que ya pude mirar con otros ojos, los de la pertenencia. Sé que sobrarán tiempo y ocasiones para volver a MI colegio a agradecerles como debo a Guillermo y Mariel, el enorme regalo que me hicieron.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 31 de mayo de 2013

“Mi encuentro conmigo” fue una deliciosa película que trataba esta problemática. Richard Bach también ha escrito sobre el tema en su libro “Alas para vivir”

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Published in: Sin categoría on junio 1, 2013 at 1:55 am  Comments (9)  

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9 comentariosDeja un comentario

  1. MOMIGLIANO, ME HACES LLORAR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  2. A mi también!!!!!

  3. ENRIQUE, COMPARTO TU EMOCIÓN, GRACIAS POR PONERLE PALABRAS A TANTOS RECUERDOS ESCONDIDOS EN LA MEMORIA DEL CORAZÓN! SE HACEN PRESENTES Y NOS HACEN COMPRENDER EL PORQUÉ DE LOS SUFRIMIENTOS: NOS AYUDAN A CRECER ACEPTANDO LOS CAMBIOS NECESARIOS PARA LLEGAR A LA ALEGRÍA Y A LA PAZ INTERIOR, ABRAZOS FRATERNOS DE OSO PARA VOS Y TU FAMILIA, SUSANA EDER

  4. I want to ride my bicycle….
    i want to ride mi bike….
    i want to ride it where i like…

    Freddie Mercury y Yo
    Abrazo

  5. Enrique me encantó el relato de tu vivenvia, me sentaste entre los tuyos, fui una más y disfrute de tu felicidad.

  6. Excelente!

    Felicitaciones Henry!

  7. Maravilloso, gracias por compartir la cotidianeidad puesta en palabras…

  8. Pucha, como te entiendo. Desde Mardel se mepianta un lagrimóm

  9. y la emoción hizo que no pudiera reconocer las letras que accionaba en este teclado gastado.


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