CRECER, ESE INACABABLE ACEPTAR


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CRECER, ESE INACABABLE ACEPTAR

Ese día Juan no estaba para café, si hubiera podido escoger habría llegado al bar en que ella lo esperaba con una ametralladora empuñada. La ira lo desbordaba, estaba recontra harto de todos a quienes él les endilgaba la charca de lodo en que estaba hundida su vida.

Ni siquiera la posibilidad de ese encuentro mágico con su alma gemela había logrado calmarlo.  Se había peleado en cada esquina, había insultado a viva voz a automovilistas y peatones por igual. Todos, ellos también eran una reverenda porquería, porque en todos veía a los que odiaba de verdad, a los que a lo largo del camino lo habían estafado, abandonado, incomprendido, usado y cuanto verbo negativo pueda traerse a la memoria.

Hermosa, luminosa y serena, ella lo aguardaba en la mesa de siempre. Los lentes que usaba para leer el libro que en instantes compartirían, le daban un toque de sabiduría y reflexión al fresco rafaelino con que podía comparársele.

Juan se maldijo por estar en ese lamentable estado anímico, el cual no le impidió deslumbrarse por la luz que, solo para él, ella irradiaba, a medida que se acercaba a la mesa. El prefería llegar antes, porque adoraba esperarla, adoraba imaginarla caminando a su encuentro, apurándose por él y le fascinaba verla entrar al bar captando la atención de todos, esos mismos todos que estaban a punto de envidiarlo mortalmente, cuando ella se sentase a su mesa. Empero, llegar después también tenía su encanto.

“Hola, ¿como estás?” preguntó ella a boca de jarro.

“Estoy ¿o te cuento?” refunfuñó Juan

“Contame, sabés que me interesa”

Juan desperdició la siguiente media hora en interminables diatribas contra su entorno más cercano y contra quienes formaron parte de él con anterioridad, algunos hace décadas pero cuyas heridas perduran y tal como en el tango, sangran todavía.

Ella sonrió con esa sonrisa irresistible, chispearon sus ojos con brillo adolescente y Juan no solo se apaciguó en el acto sino que sintió esfumarse en un instante a la imaginaria ametralladora humeante que estaba empuñando.

“Decime, ¿cómo andás con el verbo aceptar?” ella preguntó.

Juan enmudeció. Literalmente se quedó sin palabras. Comprobó en ese instante que en su vida de rebelde guerrero jamás había aceptado nada y si circunstancialmente lo había hecho, solo era por un beneficio económico, esperado y necesario. Reconoció allí que aceptar era un verbo que no entraba en su personal léxico, era un verbo descartado por considerarlo propio de los débiles, de los que se resignan, de los que abandonan la lucha y él no era así. Él luchaba siempre, contra todos  y contra todo. Porque las cosas tenían que ser de una única manera, la suya.

“Mal, muy mal, horrible en realidad” finalmente pudo contestar.

“¡Ajá!, como los chicos, que hacen puchero cada vez que la realidad no se acomoda a sus deseos” amplió ella.

“Gracias por hacerme sentir un poco peor” contra atacó él

“Bueno, no exactamente como los chicos, ellos no pueden elegir, vos en cambio lo haces a propósito, para mantener el sistema en tensión. Tu inconformismo es tu motor, pero le tenés que poner un límite, porque te está haciendo sufrir de más” concluyó ella.

No tiene derecho a conocerme así, pensó Juan, pero no dijo ni una palabra. ¿Tendrá razón?, ¿cómo puede ser que me desnude así viéndome tres veces por año? Mejor hablo de otra cosa.

Y Juan cambió el tema. Y la reunión fue mágica como todas, perdidos ambos en las nubes de la poesía, la literatura, y también el imposible amor.

Juan se fue del bar con la mochila sumamente cargada y esa noche dormir fue una tarea más difícil de lo habitual. ¿Estaría en el verbo aceptar la clave de su actual persistente infelicidad? ¿Estaría él en realidad intentando alfombrar el reino en lugar de usar zapatos?

Sucedió lo que siempre sucede cuando uno recibe una estocada a fondo. Los meses siguientes Juan siguió con la ametralladora en la mano, pero antes de disparar se convirtió, cada día un poco más, en un mar de dudas. ¿Serían esos mal nacidos realmente los culpables? ¿Y si no lo eran? ¿Estaría cometiendo crímenes sobre inocentes? ¿Y si era él el culpable de todo? ¿Se dispararía a si mismo entonces?

Siguieron largos y penosos meses. A Juan le sucedieron cosas peores todavía. Cuando tocó fondo llamó a su amigo sacerdote y compartió un largo viaje con él. Entre tantas dudas Juan dudaba si al final no hubiera sido mejor hacerse monje ermitaño para vivir sin los problemas que le causan los demás.

Como era de esperarse, Juan abrumó al sacerdote con un puntilloso inventario de todo lo que está mal, de todo lo que es injusto, de todo lo que la humanidad armó para la infelicidad del ser humano.

José, tal el nombre del cura, le dijo: “Estará mal como vos decís, pero tené muy en cuenta que no lo vas a cambiar vos. Hay cosas que no tenemos más remedio que aceptar”.

Otra vez el maldito verbo. ¿Era esa entonces la causa principal de su infelicidad?

Tras muchos meses de reflexión Juan comprendió que hay cosas inaceptables y otras que deben ser aceptadas, que no todo puede ser como él quiere que sea y que debía empezar a conjugar un verbo necesario para procesar la aceptación: distinguir.

Su rebeldía, su justa cólera debía concentrarse en aquellas cosas francamente inaceptables, pero también debía abandonarse respecto de aquellas personas, cosas o situaciones que escapaban a su dominio. Creció.

Muy de a poco Juan mejoró, concentró sus esfuerzos en modificar lo modificable y aunque una mueca de disgusto le cruzase el rostro, empezó a olvidarse de los datos de la realidad. No aceptó de buen grado, pero empezó a hacerlo, dejó de indignarse y luchar contra los molinos de viento. Los quijotes difícilmente sean felices. Y si de algo estaba realmente cansado Juan, era de ser infeliz.

Pasó el tiempo y volvieron a encontrarse en la misma mesa del mismo café. Esta vez Juan llegó antes y disfrutó como nunca el verla llegar.

“¿Cómo andamos?” inquirió la dueña de la mejor sonrisa del mundo.

“Bastante mejor” respondió Juan.

“¡¡ Ah!! ¡¡¡Bueno!!! Entonces ya aprendiste la diferencia entre tener éxito y ser feliz” dijo ella

“¿Cuál es?” preguntó Juan.

“Tener éxito es que las cosas sean como yo quiero, ser feliz es aprender a estar bien con las cosas tal como son” sentenció ella y lo remató con el mohín preferido de Juan.

“Hablemos de otra cosa, necesito meses para incorporar eso” dijo Juan y sacó de entre sus papeles algunas poesías.

Tiempo después, Juan mirando la luna y con la absoluta certeza que es la única misma luna , lo único en realidad, que a miles de kilómetros ella también está mirando, esbozó una sonrisa cómplice y dijo una sola palabra : ¡¡Gracias!!.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de mayo de 2013

Probablemente como decía el poeta “jamás serás un hombre mientras no escuches tu nombre de los labios de una mujer”. Y las respuestas que buscamos afanosamente seguramente estén soplando en el viento, delante de nuestras narices y no seamos capaces de oírlas.

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Published in: on mayo 24, 2013 at 11:17 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Me encantó y emocionó mucho. Gracias Enrique, como siempre Excelente. Cariños Beatriz

  2. ACEPTACION… UNA PALABRA CLAVE DENTRO DE LA BUSQUEDA DEL BIENESTAR,DE NO SENTIR CULPAS, DE PONER UNA MIRADA EN EL OTRO, DEL DAR SIN ESPERAR , MOVILIZA NUESTRO INTERIOR EN CADA SITUACIO. DEBERIAMOS TENERLA PRESENTE SIEMPRE HASTA EL FINAL DE NUESTRA VIDA.
    UNA HISTORIA MOVILIZANTE Y EMOTIVA. COMO TODO LO QUE ESCRIBIS…. ME ENCANTO.BSTS. SILVIA


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