LA NIEBLA Y EL CONTORNO


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LA NIEBLA Y EL CONTORNO

El clima tibio y la cercanía del mar trae una difusa consecuencia: la niebla. Utilizada hasta el hartazgo por escritores y cineastas para infundir terror, a mi me produce una cálida sensación contraria. Andante de este mayo cálido y neblinoso de San Clemente, muy a menudo siento que los contornos desaparecen y ello me acerca inevitablemente a la unidad.

Somos uno o por lo menos debiéramos tender a serlo. Nuestra mente ha creado un mundo y una vida de dualidades. Bueno y malo, papá y mamá, paso izquierdo y paso derecho, inspiración y espiración, vida y muerte, yo y el otro, día y noche, etc. Sin embargo, más allá de lo aparente e ilusorio que captan los sentidos, somos uno, uno con todos, uno por siempre, uno con Dios. Probablemente en ese estado de unidad, anterior a la creación de este mundo material, resida la felicidad que anhelamos, la paz que buscamos.

La niebla me hace percibir una vaga antesala de ese estado, porque borra los límites y todo se parece a una informe masa unitaria, donde todo es posible, donde todo se crea, donde los sueños y la “realidad” se mezclan a cada paso. Por eso me gusta.

Ayer volvía del ciber a mi refugio costero y me encontré a los perros de mi vecino hotelero jugando con un perrito extraviado, que insólitamente era casi un clon de mi Jimmy (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/07/17/adios-al-amigo/). Fox terrier cachorrón de menos de un año, a tres colores en estratégicas manchas, vivaz, vital, inteligentísimo y muy cabrón.

Después de mis peripecias veraniegas con Héroe (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/01/22/los-dias-de-heroe/ ) vine en este viaje dispuesto a no darle cabida en mis días a ningún perro abandonado. Pero una cosa es un perro cualquiera y otra muy distinta es un clon de Jimmy, el hermano que no tuve, mi compañero de ausencias y con quien compartí nada menos que quince años especialmente frágiles y formativos de mi vida.

Pasé a su lado sin siquiera mirarlo, pero quien sí me miró y me siguió fue él. Subí al departamento cerrándole la puerta en la cara y como a la media hora volví a bajar para ir a la playa. Allí estaba esperándome. Lo esquivé y seguí mi camino.

Arrobado por la belleza de la playa y el quieto mar, me extasié en la contemplación largo rato, escuchando mi alegría y música interiores. Al tiempo cuando estaba a punto de ponerme a danzar y a gritar como Héctor Alterio en CABALLOS SALVAJES (dicho sea de paso Héctor, yo estuve en la cima del Cerro Blanco de Puerto Madryn unos años antes que tú y vi esa bahía llena de flamencos y me lloré toda la emoción que esa belleza me produjo): “La puta que vale la pena estar vivo”, veo salir de entre la bruma y los médanos un puntito tricolor lanzado a toda máquina hacia mi. El terrier a quien ya llamé Jimmy llegó y empezó a dar saltos hasta mi hombro, a correrme en círculos y a rascarse contra mi pantalón.

No tuve más remedio que ceder. “¿Qué diablos voy a hacer con vos?” me dije y lo empecé a mimar para su increíble regocijo. No cabía en sí de la alegría. Saltó, corrió, me arrancó la cámara de las manos, se metió al agua fría pero siempre volvía a empujarme, a rodearme, a lamerme, a morderme suavemente.

Supuse que debía tener hambre y sed. Volví al edificio con él al lado y mucho me costó entrar ya que insistía en hacerlo conmigo. Le di agua y  algunas galletas, pero si bien estaba sediento por todo el ejercicio, no parecía tener el hambre habitual de un perro callejero.

Como a esa hora me esperaba Gabriela en la Escuela 1 para entregar la donación de libros de la Biblioteca Popular Alberdi, me encaminé hacia mi auto al que Jimmy subió sin vacilar.

“Se lo muestro y lo llevo a la Fundación Chichos, ellos sabrán que hacer” pensé y arranqué con Jimmy sentado en mi falda, las patas en el volante y queriendo conducir. La tranquilidad reinante en San Clemente me permitió consentirlo. Así llegué al colegio.

Cuando entré a la escuela se quedó gruñendo en la reja y me esperó a que saliera por la otra puerta donde iba a descargar los libros. Aprovechó un descuido para meterse en la escuela donde fue prontamente corrido por José, el macho alfa del lugar.

“Ese perro tiene dueño” dijo Gabriela, “fíjate que tiene el pelo cortado, está bastante limpito y parece no tener hambre. Pregunto por FB a ver si aparece alguien y si no a la tarde lo llevamos al refugio”.Problema resuelto. Me quedaban solo unas horas con él.

Volvimos al departamento, subió como si lo conociera y lo puse en el balcón mientras cocinaba la pizza que luego compartimos.

¿Me quedaba encerrado con él? ¿Lo dejaba solo? ¿Buscaba una correa? ¿0 lo bajaba así a la playa y disfrutaba ese regalo que la vida me estaba haciendo? Esto último fue lo que decidí. Vino a mi memoria una foto del 78 cuando los amigos, cargándome, me la tomaron con el Jimmy  auténtico en la playa en el exacto lugar en que mi refugio debía estar construyéndose y solo existía el pozo.

Vivíamos por esa época en la edad que los padres ni se imaginan cuanto presionan a sus hijos cada vez que le preguntan “Y ¿ahora qué pensás hacer?”. Como si uno tuviese alguna idea. Ya era contador, tenía trabajo y no tenía ni asomo de novia. Mi madre y sus brujas amigas andaban buscando alguien donde yo picara. Y la verdad yo solo se la contaba a mis amigos: “Mi única ambición en este momento es llegar a viejo y tener a un Jimmy que pasear por esta playa”. Por supuesto después la vida hizo lo suyo y me quemó en varios asadores.

Bajamos y viví mi sueño. De esos que tan a menudo son mucho más reales y vívidos que la que llamamos “realidad”. Corrimos y jugamos con un palito que casi me dislocó el hombro de tanto tirarlo durante más de una hora. El nuevo Jimmy, en el mismo lugar de aquella foto no paraba de retozar, saltar, jugar, ladrar en un éxtasis de felicidad que me conmovía.

Totalmente exhausto me tiré en la arena y Jimmy se acostó a mi lado, bien pegado a mi pierna con su palito. Descansó un rato y después se dedicó a hacer un pozo inmenso con sus patas donde escondía el palito para que yo lo buscase. Me llenó de arena, risas y lágrimas, hasta que llegó la hora fatal en que debía llevarlo.

Volvimos a la escuela con Jimmy nuevamente al volante y Gabriela al subir me dio la noticia. “Te dije que tenía dueño, es del locutorio de la calle 4 y 1 que se escapó esta mañana. Mirá” Y  dirigiéndose a mi Jimmy le dijo “PERRI” y él se dio vuelta moviendo la cola y la lameteó.

Lo llevamos a su sitio, al que entró feliz. Jimmy había vuelto a ser PERRI y no me pertenecía. Me fui contento por su rencuentro familiar pero también porque una desusada alegría se había apoderado de mí. Por una mágica tarde, veintiocho años de ausencia se habían esfumado.

Cosas de la niebla. ¿Tan seguros estamos?

Enrique Momigliano

San Clemente, 14 de mayo de 2013

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Published in: Sin categoría on mayo 14, 2013 at 7:24 pm  Dejar un comentario  

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