LA FE DEL HERIDO


la fe del herido

LA FE DEL HERIDO

¿Quién no ha sido profundamente herido alguna vez a lo largo del camino? Solo aquellos que lo serán próximamente. La vida, más tarde o más temprano nos hiere de modo tal que verdaderamente nos duele. Y salvo casos excepcionales del problema se sale, la herida más o menos cicatriza, el duelo se hace y la vida sigue. Pero ¿cómo sigue?

El herido que sobrevivió ansía una sola cosa: no volver a ser herido de la misma manera. Acepta sufrir heridas distintas pero pone todo su empeño en evitar, por lo menos, las del tipo de la ya sufrida. Probablemente adopte conductas evitativas, conductas fóbicas, ritos pseudo-protectores y en casos más graves precauciones y desconfianzas extremas que serán verdaderas limitaciones serias autoimpuestas a TODA su vida futura. También puede darse el caso que el herido simplemente elimine de su vida, todo deseo, todo anhelo, toda mínima aproximación a la situación que llevó a su herida. Será entonces un área de su vida que lisa y llanamente desaparecerá de su experiencia, simplemente porque el herido no se lo permitirá.

Imagínense el daño grave y la vida insulsa que le aguarda a quien sufra su más profunda herida en el ámbito afectivo. Todas sus relaciones serán superficiales y estarán sin duda teñidas por una profunda desconfianza, que lo impulsará a huir ante la más mínima señal de falla humana en el otro. Es posible que viva no solo temiendo la decepción del otro sino también esperándola y según algunos ayudando inconscientemente a provocarla, tan solo para justificar su antisocial y evitativa conducta. En ese marco sentir algo por el otro, será más que difícil, ni hablar de ilusionarse  o enamorarse, ello será posible para otros, nunca para nuestro herido.

El herido, para volver a ser gobernado por eros, para volver a una vida cálida donde los afectos sean posibles, necesita una sola cosa: Volver a Creer. Y ello le resulta más difícil que caminar cuando tenía un año. De tanto prohibírselo a si mismo, ya no puede, aunque quiera y se lo proponga.  Su Fe, especialmente en el otro, es escasa, demasiado escasa, que se tambalea y sucumbe al menor indicio. De ese modo una inocente desatención, una mirada errada, un llamado inesperado, la ausencia en una cita, un apoyo menguado, para el herido se transforma en tragedia, pues lo considera el tiro de gracia a su poca FE, que venía germinando con suma fragilidad y con suma desconfianza.

Solo puede curar al herido una sobredosis de amor. Si alguien trata con un herido afectivo no hay nada mejor que pueda recomendarle  que lo ahoguen en amor hasta que vuelva a creer. Ese amor de más que todos estamos dispuestos  a dar cuando amamos de verdad y que no consiste tan solo en palabras, sino fundamentalmente en gestos y hechos. Hay que avasallar su miedo con tanto amor, en sus diversas manifestaciones,  que haga que él mismo se plantee que su miedo  y desconfianza son  conductas absolutamente irracionales.

Entonces un maravilloso día para el herido y para quien se esforzó en abrumarlo de amor, se producirá el milagro, que es nada más ni nada menos que la restauración de su Fe. Cuando el herido vuelve a creer, empieza a sentir, empieza a devolver el amor que recibe porque ya no tiene miedo de dar, ha vuelto a creer. Podrá ser herido nuevamente pero hasta tanto ello suceda, si es que lo hace, habrá vivido una vida plena y con sentido, libre de los monstruos que su propia psiquis creó.

Este hermoso aprendizaje no se lo debo a nadie más que a mi perra Pety. Abandonada embarazada en las calles de San Clemente, fue rescatada e inmediatamente vaciada y castrada por la Fundación Chichos, donde vivió refugiada ocho meses. En junio del año pasado, dolido en el alma por la muerte de Dully, fui al refugio en busca de un perro y la elegí por su carácter tranquilo.

Aceptó subir a mi auto solo porque Gabriela, quien la había cuidado todo ese tiempo, también subió. Me sorprendí cuando en el desgarrador momento que Gabriela bajó del auto y seguí a solas con Pety, ella no lloró, simplemente miró hacía atrás y se mantuvo en silencio.

Esa noche la tuve que empujar para que subiera al ascensor y solo a empellones ingresó a mi departamento, tanta era la desconfianza que tenía. Nunca lloró, nunca ladró. A la mañana siguiente amaneció con la cabeza en la almohada de mi hija que dormía en un colchón en el suelo. Dormida se animaba a buscar afecto, despierta no podía acercar mi mano para acariciarla, sin que cerrase los ojos y agachase la cabeza, probablemente esperando una imaginaria paliza.

En el viaje a Buenos Aires se mantuvo quieta y callada todo el tiempo y ya en mi casa porteña se limitó a buscar un lugar oscuro para descansar. No le conocimos la voz casi por dos meses.

Al otro día llegó Benji, un callejero atorrante y pendenciero que intentó por todos los medios hacerla jugar. Solo logró un mordisco en una oreja.  Pety estaba triste y su tristeza me conmovía, más que nada porque no podía darse cuenta que sus sufrimientos habían quedado atrás, que podía confiar en nosotros.

Llegó la visita al veterinario, el baño y los pinchazos. Todo ello la hicieron dudar aun más.

Salir a la calle era casi imposible, tenía miedo de todo, pero su miedo mayor era que la llevase a algún lugar para abandonarla. A las pocas cuadras quería volver.

El primero en quien pudo volver a creer fue Benji. Se hicieron amigos y muy de a poco Benji le enseño a jugar. Solo con él podía animarse a la vereda aun cuando el menor ladrido la hiciese temblar.

Llegaron las vacaciones y las circunstancias hicieron que me fuese solo con ella a San Clemente. El separarla de Benji fue fatal. Estuvo casi cuatro días sin comer y aterrada en cada paseo. Cuando Benji llegó, ella revivió y me dediqué durante un mes  a abrumarla de amor.

Fue un día paseando con ella por los médanos que le pregunté: “¿Cómo está Pety?” Y ella me miró con una expresión desusada, en sus ojos color miel brillaba una chispa distinta. “¡Feliz!” dije “¡Pety está feliz!” Por toda respuesta, asida a su correa, empezó a dar saltos y a correr locamente en torno mío. Fue un momento, único e inolvidable, en que Pety me indicó que había vuelto a creer.

De ahí en más cada día yo le repetía la pregunta y ella me respondía de la misma manera. Nunca volvió a ser la perra callada, triste y taciturna del comienzo. Soportó la ida anticipada de Benji a Buenos Aires, ya no pensaba que esa separación fuera permanente. Y al volver no paró de retozar en el jardín, de permitirse jugar a toda hora, de molestarnos en la cena pidiendo comida con sus gruesas patas en la falda de todos. Creer la hizo sentirse parte de nuestra familia y adoptó todas las conductas, las deseables y las otras, de su amigo Benji.  Creer la hizo pasear sin miedo a ser abandonada en cada esquina, la hizo confiar en nuestras buenas intenciones para con ella.

Hizo falta tiempo, mucha paciencia y una clara sobredosis de amor. Un día, en una caminata, pese a mi negativa tomó un pedazo de basura y lo ingirió. Fue un acto reflejo, le di un coscorrón. El grito desgarrador que dio aun me desvela. Le dolió inmensamente porque si de alguien no esperaba eso era de mí. Me escabulló por un tiempo y tuve que pedir perdón unas cuantas veces para que relegara el hecho al arcón de las cosas sin importancia.

Hoy Pety es una perra que derrocha felicidad, disfruta plenamente cada día y devuelve acrecentado cada gesto de amor que recibe. Su actitud en nada se diferencia de la recordada Dully que llegara a mi casa a sus cuatro meses. Profesa una férrea FE en nosotros, hecho que nos compromete seriamente a corresponderla.

De tanto buscar respuestas afuera y solo encontrar teorías, me he convertido en un buzo de aguas profundas en mi mismo. Sucede empero que algunas respuestas están a mayor profundidad que la alcanzada. Bien sé que el fondo último de uno mismo es inabarcable en esta vida, donde todavía vemos las cosas en espejo y distorsionadas. Ello no obsta a que ciertas experiencias me impulsen a tomar una buena bocanada de oxígeno, sacudir las patas de rana y descender con ganas a zonas aun oscuras de mi propia alma.

El volver a creer de mi Pety herida es ciertamente una de ellas.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 3 de mayo de 2013

Anuncios
Published in: on mayo 3, 2013 at 11:25 pm  Comments (2)  

The URI to TrackBack this entry is: https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/05/03/la-fe-del-herido/trackback/

RSS feed for comments on this post.

2 comentariosDeja un comentario

  1. ¿Qué decir de lo que acabo de leer ,Enrique? ¿Espléndido? No sé si es el adjetivo adecuado. Debo comunicarte que he pasado por todos los estados que puede transitar un alma. Es muy profunda tu descripción del dolor como para ser indiferente y no sentirlo. La relación con tus, (yo no los llamo mascotas, para mí son compañeros de ruta incondicionales) adoptados canes, me enterneció y me hizo revisar mi relación con los míos. Ahora me queda sólo una, la más joven. pero los mayores me acompañaron muchos años y en momentos muy difíciles de mi vida. Todo lo que me queda por decirte es con mucha humildad ¡¡¡te felicito!!! Con el afecto de siempre,Susana C.

  2. Sencillamente excelente!!! Felicitaciones!!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: