CIEGOS, SORDOS e INOPERANTES


La Plata inundada

CIEGOS, SORDOS e INOPERANTES

Mediados de febrero de 2008, es decir más de un lustro atrás. Mi madre enfrentaba serios problemas de salud y peregrinaba conmigo a sus espaldas por diversos sanatorios de Buenos Aires, en lo que sería el comienzo de su último año de vida. Mi familia, como todos los años, estaba en San Clemente y yo me tenía que hacer un hueco para ir a buscarla.

El día elegido recuerdo que fue un viernes para eludir el tránsito intenso del fin de semana, de modo que a eso de las 10 de la mañana abordé mi Citroën C3, que por ese entonces era flamante, para iniciar su viaje inaugural en ruta. Bajo un cielo amenazante subí a una muy atestada autopista rumbo a la Costa. Tardé exactamente una hora para alcanzar el peaje posterior al puente sobre el Riachuelo y a eso de las 11 comencé a circular por la Autopista a La Plata. Iría por la mitad del tramo hasta el peaje , cuando de improviso el cielo se desplomó sobre mí. Gruesas gotas a toda velocidad formaban una cortina que hacía prácticamente imposible toda visión y con todas las luces y balizas encendidas, a unos 30 km por hora, arribé penosamente a Hudson donde se bifurca el camino a Mar del Plata. Me detuve a la espera que lo peor de la tormenta pasase, como todos mis circunstanciales compañeros de ruta.

Esperé dos horas  y la lluvia siguió furiosa. Desempañé un poco el vidrio y no pude creer lo que veía. Estábamos totalmente rodeados de agua que crecía de nivel rápidamente, amenazando nuestra integridad. ¿A quien se le puede ocurrir hacer una estación de peaje en un lugar inundable? No podíamos salir, no podíamos seguir y en poco tiempo no podríamos estar donde estábamos detenidos.

Fue en ese dramático momento que tuve una ocurrencia con la cual aun hoy me cargan mis hijos. “Si tengo que morir que sea con la panza llena” me dije y mientras a mi alrededor todo era caos y preocupación, me dediqué prolijamente a devorar la vianda que había llevado para el viaje. Finiquitada la misma, me puse a evaluar mis posibilidades.

Quedarse era peligroso, avanzar lo era aun más. Empero suena más romántico morir marchando que inerme ante la inundación. De modo que arranqué y procuré tomar el desvío a Mar del Plata. Unos gendarmes empapados me lo impidieron, el ramal había sido cortado por el agua. Es decir que los desagües de la Autovía 2 tampoco funcionaban como correspondía. Solo restaba intentar volver, como fuera, o seguir hasta la ciudad más próxima, buscar refugio, pasar la noche allí y seguir al día siguiente a San Clemente. Esa ciudad era La Plata. Ella fue mi elección.

Casi en soledad y bajo una intensa lluvia y un cielo negrísimo a eso de las tres de la tarde tomé el ramal a La Plata. Los desagües que permiten que el agua escurra bajo la autopista, me parecieron escasos y lejanos entre sí. Por ende el agua pasaba por sobre la misma inundándola en varios tramos. Temí en no pocas ocasiones ser arrastrado por la corriente, pero mi Citroën sorteaba con eficacia cada uno de los lagos que era llamado a atravesar.

Era casi de noche en pleno día cuando llegué a la entrada a la ciudad que iba a ser mi refugio transitorio. Había llegado, pero aun faltaba lo peor. Ni bien inicié el descenso de la autopista, la avenida a la cual se desemboca era un caudaloso río con rápidas correntadas que hacía imposible adivinar el curso de la calzada. Me limité, rezando, a navegar detrás del auto que me precedía. Confiaba en poder detenerme a tiempo si él se hundía en un invisible pozo o si la correntada en alguna esquina se lo llevaba. Así llegamos a una rotonda y cuando ya me creía perdido en la marea, cuando el agua estaba en el piso del auto, cuando el motor andaba de puro milagro con el agua a mitad de la puerta, llegué a ver, entre la lluvia y la negrura, el cartel salvador de una estación de servicio que parecía algo elevada. Solo la rotonda me separaba de ella. No dudé, subí primero al cordón y luego pasé a la rotonda por encima, esquivando los obstáculos que aun se veían.

Cuando alcancé la rampa de acceso a la estación sentí la sensación de un marino del siglo XV después de cruzar el océano. Éramos un puñado de automovilistas allí refugiados, a quienes el casi naufragio nos hizo amigos, de modo que nos distendimos compartiendo historias y alguna merienda. Pero no estábamos tranquilos. Siguió lloviendo por dos horas más y las calles circundantes trajeron más y más agua, anegando totalmente a la rotonda y obligándonos a correr más de una vez los autos hacia arriba, literalmente apiñándolos.

Seguían llegando refugiados, ahora solo camiones o camionetas ya que los autos no podían moverse de ningún modo. Los relatos que traían eran tremendos. Todas las calles de La Plata estaban anegadas y había gente evacuada por todas partes. Cuando dejó de llover, a eso de las 6 de la tarde, mi Citroën tenía dos ruedas en el agua. Tuve que esperar dos horas más a que el agua bajase para poder reanudar la marcha. Imposible ir hacia el centro de La Plata, estaba bajo el agua.

Entonces decidí volver a Buenos Aires. La avenida de acceso y la salida de la autopista estaban cortadas por un grupo de empapados vecinos con sus precarias casas totalmente anegadas, pidiendo auxilio y ayuda. Afortunadamente los troncos no habían sido puestos en la mano por la cual yo transitaba. La autopista seguía inundada en varios puntos, Hudson también, pero manejando con suma prudencia a eso de la medianoche llegué, agotadísimo, a mi casa porteña.

Al otro día viajé por las rutas 3 y 41 a San Clemente porque la Autovía 2 estaba cortada por otros vecinos que se habían anegado totalmente en la jornada anterior y por las mismas rutas traje a mi familia. Al día siguiente, para nuestra sorpresa, en el jardín de casa descubrimos un desmoronamiento que había originado un pozo de un metro de diámetro por dos de profundidad.

Yo aprendí mi lección. Aun cuando esté urgido, no hago viajes largos si amenaza tormenta y si soy sorprendido por una lluvia, jamás buscaré refugio en La Plata. Eso no habla bien de mí, dice simplemente que no soy ni ciego ni sordo y que aprendo de las experiencias dolorosas.

Hoy, cinco años después y mientras mi viejo Citroën yace en el mecánico  con las consecuencias de haberse inundado en mi propio garaje, La Plata volvió a anegarse con el trágico saldo de 51 vidas perdidas y un tremendo pozo de cuatro metros de diámetro y casi seis de profundidad se abrió por desmoronamiento en la esquina de la Avenida Beiró y Emilio Lamarca, a dos cuadras de casa.

Ello solo me dice que algunos que debieron ver lo que pasó en 2008 son ciegos, que otros que debieron oír los reclamos en aquél lejano mojado día son sordos y que muchos, durante un lustro, han sido totalmente inoperantes.

Estoy absolutamente persuadido que además del Santo Padre, Dios es argentino y atiende en Buenos Aires y localidades aledañas, porque las cosas trágicas que nos suceden, ocurren después de muchos avisos y su luctuoso saldo siempre resulta menor al previsible. Empero, creo que se está cansando de nuestra absoluta irresponsabilidad colectiva.

Sería realmente deseable que antes que otra “inesperada” tormenta sepulte definitivamente a la ciudad de La Plata, antes que las vidas perdidas se cuenten por millares y antes que un gigantesco desmoronamiento se trague íntegros a los barrios de Villa Devoto y Villa del Parque, que despertemos como sociedad y nos reconozcamos poderosos. Ello para, a la hora de ejercer nuestro poder, que constitucionalmente se nos brinda en el momento  de elegir con el voto, seleccionemos líderes que tengan auténtica vocación de servicio, que prioricen en su diario actuar al interés público y sobre todo que tengan ojos para ver algo más que su propia imagen glorificada, oídos para escuchar algo más que sus discursos y una mínima idoneidad operativa.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 6 de abril de 2013

Nota: la foto es una vista aérea de un barrio platense anegado, probablemente -la altura no me permite aseverarlo- el de la rotonda de mi anécdota. En el extremo derecho puede advertirse la estación de servicio salvadora.

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Published in: on abril 8, 2013 at 9:44 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Hola Enrique Opino igual que Ud, pero lamentablemente la gente vota con el bolsillo o las limosnas que el oportunista de turno les da por unos votos. Pero tengo la esperanza de que nadie escapa a la justicia divina, no deseo el mal o venganza solo tengo la convicción de que el supremo en su momento pasara la factura .


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