LA RECONSTRUCCIÓN


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LA RECONSTRUCCION

Eros y Tánatos en una danza magistral

Noche de Sábado de Gloria. Durante muchos años mi programa solía ser asistir a la misa solemne de la Basílica de San Antonio, la misa de las velitas, según el lenguaje de mis hijos cuando me acompañaban. Hace varios años que nadie me acompaña y estar como tres horas parado me ha hecho perder el hábito. No sin algo de culpa este año organicé una cena familiar en un club del barrio. Dios sabe bien donde están mis urgencias de hoy.

Camino al club pasé por la Basílica y, viendo las velas en las manos de los fieles, sentí cierta nostalgia por los años en que gobernaba con facilidad mi grupo humano, brutal contraste con mi presente de conflictos, incertidumbres y pujas.

 A los postres todos decidieron ir al cine cercano del shopping a ver el estreno de La Reconstrucción, de la cual solo había visto un afiche en una pared y pensaba que se trataba de algún ser humano destrozado por un amor perverso que encuentra su redención en un nuevo amor. “Perfecto para dormir el generoso vino blanco” me dije y seguí a la manada.

Llegamos apenas empezaba y me acomodé lo mejor que pude para lograr mi objetivo, sin siquiera reparar en la enorme cantidad de años que hacía que no iba al cine, mucho menos con mi familia.

Me entregué a las sabias manos de Juan Taratuto, de quien conservaba el recuerdo de las risotadas que me habían arrancado las escenas de “Un novio para mi mujer” y nada más.  Un  muy desalineado Peretti llenaba la pantalla que revivía escenas en un helado sur argentino, el cual me costó bastante identificar con Tierra del Fuego.

Asistí al planteo de la historia con los ojos semicerrados, mientras aparecía Casero y su familia con Fontán a la cabeza y dos hijas adolescentes. No tardé mucho tiempo más en empezar a sentir una cierta incomodidad creciente, a medida que el invierno austral me metía para adentro, Casero ingresaba al hospital y la historia se acercaba a un lugar común que empalideció de pronto las risas , hasta allí abundantes por el comportamiento francamente antisocial de Peretti.

Miguel Hernández tiene un maravilloso poema en que habla de tres heridas que llevamos todos, todo el tiempo. La de la vida, la de la muerte y la del amor. El resto es hojarasca. A veces nos sangra una, a veces otra, pero es realmente tremendo cuando sucede que las tres sangran al mismo tiempo y en intensidad similar. La muerte lenta o repentina del ser amado tiene la extraña virtud de situarnos en ese incómodo lugar. Incomodidad que sentía en el nudo que empezaba a atenazar mi panza y que agravaba la butaca que de repente parecía totalmente inepta para contener a mis asentaderas.

Para colmo de males yo acababa de leer la fantástica novela autobiográfica de Silvina Bullrich “Los pasajeros del jardín” que se trata de la lenta agonía del ser amado y su dificilísimo acompañamiento, de modo que había escenas que se me superponían.

Como frutilla del postre baste señalar que mi hermano de la vida, Alberto, con quien compartí casi 30 años de fructífero trabajo y miles de situaciones humanas, hace unos años se vio enfrentado a la misma situación de Peretti, justamente con un amigo que vivía en Usuahía. Con una grandeza que ciertamente en mi no anida, se hizo cargo de la familia de su amigo por un largo tiempo. Otras escenas de la vida real que empezaron a superponerse y terminaron por desbaratar por completo mi plan de una muy somnolienta digestión.

El personaje de Peretti es un sobreviviente y como tal se armó un rígido esquema para sobrellevar el dolor, aislado de todos y comportándose de un modo eficaz para hacer que ese aislamiento perdure. Pero la vida, que siempre sabe más, le tiende una trampa, que él en principio rechaza, hasta que se da cuenta dónde está su deber y admite que cumpliéndolo, la parte muerta de sí mismo, muy de a poco empieza a reconstruirse.

Entre cachetazo y cachetazo que la película generosamente me brindaba, pude admirar el excelente trabajo actoral, la eximia fotografía y convencerme una vez más que cuando hay que hablar de emociones bien profundas, las palabras sobran. Es una película que abunda en silencios, en gestos, en miradas. Algunos de ellos verdaderamente conmocionantes.  Los diálogos están reducidos a lo estrictamente imprescindible, pero cuando aparecen igualan a los silencios en profundidad y significado.

Confieso que estuve a punto de irme. Literalmente no soportaba más el revoltijo interior que la película venía operando en mi, que dicho sea de paso, también soy un sobreviviente y tengo variadas conductas antisociales y de aislamiento. Pero la película es tan buena, está tan bien lograda que no quería perderme su resolución. Incomodísimo, me quedé.

Peretti actúa por impulsos, tanto bondadosos como violentos. Es la única forma en que puede atravesar el muro que se había autoimpuesto. “The Wall”, esa extraordinaria y perturbadora  película de Pink Floyd, también empezó a cruzar mi mente. Cada uno de ellos es un golpe, bajo o bien testigo de la paulatina reconstrucción de un ser humano que al comienzo es poco más que un muerto vivo.

Eros y Tánatos se disputan nuestra alma desde tiempos inmemoriales. El impulso de vida y el de muerte anidan en nosotros y nos gobiernan en forma alternada. Muchas veces, después de un rudo golpe, andamos por la vida, muertos y esperando la muerte, incluso buscándola. Hasta que algo sucede que nos hace volver a ser gobernados por el impulso de vida, volvemos a sentir, a cuidarnos, a querer. Si, son ellos los que gobiernan pero somos nosotros los que los ponemos al mando, tanto a uno como a otro.

Muchas veces, la chispa que nos hace volver a Eros sucede cuando dejamos de limitar nuestra visión a nosotros mismos e incorporamos al otro y a su necesidad.  Tanto nos encerramos, tanto nos auto compadecimos, tanto nos enojamos con la vida que no cabe en nosotros el pensamiento que exista alguien en una peor situación que la nuestra. Y de golpe la vida nos lo pone enfrente y nos obliga a meternos en su situación. Haciéndolo, nuestro mal vuelve a su real dimensión, vuelve a su lugar histórico, lo miramos desde otro lugar, y quizás nos animamos por fin a enfrentarlo.

Una extinta dama, de las que ya no encuentro, a quien tuve el honor de asesorar durante largos años, solía llamarme “Consolatum afflictorum” porque siempre andaba, mientras atendía mis obligaciones laborales, intentando auxiliar al sufriente. Alixe, una octogenaria amiga, acababa de padecer un duro golpe, el asesinato de un hijo de mi edad. No pude negarme al pedido de la dama y concurrí en su auxilio. Al llegar a su casa, donde esperaba encontrarla desolada y llorando profusamente, me sorprendí teniendo que esperarla largo rato porque había salido. Cuando llegó, me saludó sonriente y me dijo que había estado visitando gente conocida que estaba enferma y atendiendo a sus necesidades. Ante mi desconcierto se limitó a decir: “Si te ocupas de las llagas de los otros, Dios sanará las tuyas.”. Informé entonces a mi mandante que se despreocupase de su amiga ya que la había encontrado mucho más sana espiritualmente que yo.

Mientras recordaba esta escena de tantos años atrás, la película terminaba en paralelo, terminaba bien, muy bien, con la reconstrucción en marcha y las luces se encendían. Con los ojos llenos de lágrimas mi hija me miraba y se reía. Ahí me di cuenta que yo estaba llorando a mares. Me quise levantar y me di cuenta que no podía, estaba totalmente noqueado. No lloraba en el cine desde que vi La Tregua, casi 40 años atrás. Cuando logré incorporarme pude notar que había mucha gente que lloraba en silencio, atenazada a su butaca, sin poder levantarse.

Camino a casa, en silencio, a la búsqueda del trago ahogador de la conmoción interior, volví a pasar por la  Basílica de San Antonio, envuelta ahora en un sepulcral silencio. Mi misa solemne, mi pascua, mi pasaje, había tenido otro escenario, más acorde a mis urgencias, pero de igual contenido y significado: quitarle el gobierno a Tánatos y retornárselo a Eros, que por ahora espera, aunque bien sé que no lo ha de hacer por siempre.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Domingo de Pascua 2013

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Published in: on abril 6, 2013 at 8:58 am  Comments (1)  

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  1. Tánatos pega con fuerza en los sábados de Gloria; lo bueno es que siempre llega un domingo de Resurrección que trae un Eros mucho más poderoso.


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