CARTA A MIGUEL HERNÁNDEZ


miguel

CARTA A MIGUEL HERNÁNDEZ

“Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré”

Miguel Hernández – CARTA- El Hombre acecha 1939

Querido Miguel Hernández:

Atendiendo a tu pedido he decidido, después de muchas cavilaciones, sentarme a escribirte esta carta, ya que tengo tantas cosas que decirte compañero.  Los casi quince años que separan tu partida de mi llegada a esta tierra me han impedido concretar uno de mis mayores anhelos, el de conocerte personalmente.  Hoy casi doblo la edad que tenias al rendir tu humanidad en ese oscuro e inadmisible reformatorio para adultos alicantino y debo confesar que, tal como la primera vez que me acerqué a tus escritos, lo que equivale a decir a tu vida, no puedo leerte sin que se me erice por completo la piel desde la frente al tobillo y sin que me hierva la sangre, hermana de la tuya.

Quiero que sepas que los manipuladores políticos de siempre, esos que nada crean y de todo se apropian, lograron demorar nuestro encuentro algunos años. Te hicieron, sin tu permiso, el adalid de unas ideas materialistas ateas que nada tienen que ver con tu refinado espíritu. Una vez que pude leerte de primera mano y dejarme invadir por tus tres heridas, la de la vida, la de la muerte y la del amor, te hice un lugar para siempre en mi corazón de poeta y un sitio privilegiado entre los poetas que venero, los García Lorca, Alberti, Neruda, Machado,  Victor Hugo, Ruben Darío, Amado Nervo, Poe,  Shakespeare, Juarroz, Almafuerte, Hernández, Lugones y ellas, las insuperables, Mistral, Alfonsina, Sor Juana.

Tu vida me conmueve, tu forma de sufrir el drama humano me hermana, tu ser autodidacta me cuestiona mi estudio, tu respeto por las formas me embelesa como a Juan Ramón Jiménez y tu tempranísima y absurda muerte me rebela. La humanidad se perdió tus poemas de la madurez. ¡Vaya pecado imperdonable!.

Leyéndote concluyo que poeta se nace, no se hace. Tu padre te impidió estudiar y tu leíste a los grandes hispanos Quevedo, Garcilaso, Lope, Góngora……….mientras cuidabas las cabras. Eres portador de una sensibilidad única y el destino apretó en esos benditos 31 años y cinco meses tanto padecimiento ensañado para que la poesía floreciese. El poeta siente más que el resto, por eso muchos intentan preservarse alejándose de las situaciones traumáticas, tu te dejaste lacerar por todas ellas. Y el poeta cuanto más sufre, tal como el pájaro, ese ruy-señor tuyo, más y mejor canta.

Y por Dios que has cantado. Como la vida no te ha ahorrado nada, tu has cantado desde la forma y la belleza, más y mejor que nadie.

Resulta sumamente fascinante seguir tu periplo. Nacido en esa Orihuela, al pie de la serranía que separa la costa mediterránea de la meseta castellana, mientras trabajabas en el campo y te compadecías del niño yuntero y su hambre, nos pintabas un idílico cuadro campesino, que rememora a La Flecha de Fray Luis, el que te permitía ver la mano de Dios en todo. Guiado y mentado por Ramón Sijé, te expresabas en la revista neocatólica El Gallo Crisis, teniendo una expresión sublime en El Silbo de la Afirmación de la Aldea, en que ridiculizas a Madrid y su gente y añoras tu huerto.

Empero la aldea y su cultura ultra conservadora te tiene deparada una trampa artera: el amor esquivo de tu Josefina Manresa.  El rezo, la ascesis y la búsqueda de Dios encierran al amor en la cárcel del matrimonio. Tu humanidad te traiciona, tu celo te puede, tu carne de orinal te demanda y aunque te lamentes, el limón amargo que te tira Josefina te tiene triste, umbrío, casi bruno. De ese dolor y contradicción nacerá una obra maestra, tu Silbo Vulnerado, el del pájaro en celo que reclama por su amada.

Enfurecido por ello, te atrapará Madrid en tu segunda visita y su artista casquivana. Se morirá Ramón, llenándote de dolor y rabia por no haber podido confrontar tus nuevas ideas ciudadanas en tiempos agitados de iglesias incendiadas, escribirás desde la sangre bullente esa Elegía que no puedo leer sin llorar por todos mis muertos. Andarás por esas tabernas madrileñas, de la mano de Neruda y Aleixandre, que te traerán nuevas ideas pero sobretodo conocerás a los amos y a su vida fastuosa y vana, que tiene como contrapartida el hambre y frio de tu niño yuntero.  Si Maruja te inspira El rayo que no cesa donde el amor pasa a ser carnal, sexual, el ambiente madrileño te hace abrazar sin duda la causa de la República Española y terminas funcionario, con ese extraño título de comisario de cultura. A los poetas Miguel, nunca nos fue bien en política, porque somos ingenuos y creemos, nos usan, nos manipulan y después nos hacen pagar todas las culpas. Te condenaron a muerte, ¡a muerte Miguel!, y después en un gesto “generoso” te conmutaron la pena por prisión de treinta años, toda tu edad de entonces.

Nada parece ser peor que una guerra, tal como tú lo escribes, porque el amor se muere y el hombre saca sus garras, pierde su careta y aparece la bestia. Sin embargo una guerra civil es peor aun, porque los que luchan y mueren son hermanos y conocidos, compartieron en tus palabras, la misma leche.  Trágicamente los manipuladores globales eligieron a España, esa tierra de leones y no de bueyes, como cuentas en Vientos del Pueblo me llevan, en campo de batalla para ensayo de las armas que luego usarían en su conflicto mundial. Muchos huyeron, se refugiaron en cargos diplomáticos, tú………. te alistaste como soldado, tomaste un fusil y te fuiste a la trinchera. ¿Es que estabas loco Miguel? Tú con tu sensibilidad exquisita, a ponerte en primera fila en el combate de Teruel, a ver morir a tus amigos, a arengar a los soldados con tu poesía combativa. Así le escribes a la ametralladora, al antiavionista,  a los oficiales de tu división, al soldado en la nieve, a la independencia, al Madrid resistente. Tú que hablabas magníficamente del amor y la mujer, te vuelves poeta inspirador de masacres.

Sin embargo en plena guerra, te escapas a Orihuela y te casas con Josefina, tu amor provinciano. ¡¡Ay Miguel, Miguel, tiene para mi tanto de familiar esa historia!! Ni te imaginas cuanto te entiendo, un hombre, aunque empuñe una pluma y un arma, a los veintisiete años es contradicción pura, entre el bagaje familiar y sus ideas, entre su educación y su experiencia.

Viajas a Rusia y te fascinas y le cantas, pues te parece el paraíso de los trabajadores, esos que te inspiran tanta compasión y amor como para escribir un poema sublime a algo tan poco inspirador como el sudor. Por otra parte la ves como la única dispuesta a ayudar a la República en su tragedia, asolada por los delincuentes fascistas alemanes e italianos. Ello no te hace marxista sino amante de la justicia, dos cosas muy pero muy distintas.

Vuelves a la guerra y te sientas sobre los muertos  pero te detienes en algo que pocos cronistas y relatores bélicos reflejan; los heridos. ¡Cuanto sufren los heridos y en ellos nadie piensa!. Tú si lo haces y me llenas de escalofríos con El tren de los heridos y El Herido, que muchos años después cantara Serrat.

Como si el dolor de la guerra fratricida fuese escaso, como si la tragedia de España invadida fuese poca, en 1937 nace y muere a los diez meses tu primer hijo: Manuel Ramón. El dolor, el máximo que aguarda a un hombre en esta tierra, te inspira poesías sublimes incluidas en el Cancionero y Romancero de Ausencias.

Y otra vez las coincidencias trágicas. La sedición franquista gana la guerra civil dejando su saldo de un millón de muertos al tiempo que aparece en 1939 El hombre acecha. La edición completa es destruida, salvándose milagrosamente dos ejemplares que nos permiten disfrutar verdaderas piezas maestras de la poesía, entre ellas Las Cárceles, las mismas que impiadosas te aguardaban.

Como corona de dolor, al tiempo que nace tu segundo hijo Manuel Miguel, la policía portuguesa te detiene y entrega a las cárceles franquistas que te sepultarán anticipadamente en vida. Ello condena al hambre a tu Josefina y Manuel, hambre que te hará cantar Las Nanas de la Cebolla, bramido de tu impotencia sufriente. Escribes con un aire de canto del cisne, que da su mejor nota antes de la muerte Vuelo, Muerte Nupcial y Eterna Sombra, hermosa trilogía de tu drama que sin embargo no pudo con tu esperanza y te mueres alerta, con la sangre bullente, con los ojos tercamente abiertos.

En los años postreros de la dictadura asesina tus libros se vendían a escondidas en los puestos callejeros de Madrid, hoy toda España te canta y todo el mundo hispano te reconoce. La pena es que no has vivido para verlo. Solo tu Canto a Valencia recibió  en vida de premio una escribanía que para recibirla tuviste que endeudarte pensando que con el premio pagarías lo debido. Paradojas de este mundo que homenajea generales y desprecia a los poetas, hasta que no tiene más remedio que sumergirse en sus letras.

A Alberto Cortez le impidieron cantarte, años después Serrat te cantó por todo el mundo y mi querido Patxi Andion comparó a tus poemas nada menos que con su  Padre.  En 2010 el mundo vibró con el centenario de tu nacimiento, no era para menos. La sangre española, la leche de tus cabras, la escarcha de tus cebollas han dado sin dudas a luz a uno de los mejores poetas del siglo, que seguimos estudiando y admirando, sin haber siquiera empezado a devanar tus bellísimas obras teatrales.

Como puedes ver Miguel en esta mi postergada carta, creo haber respondido a tu llamado a los poetas y a tu hermoso canto  a las Cartas. Ya llegando a su término me doy cuenta que no me ha sido tan necesario conocerte personalmente para conocer tu esencia, ella se ha derramado de tus letras preciosas y me ha impregnado hasta el tuétano. Eres tú Miguel, sin embargo, el que más ha perdido al no conocerme. Ello te ha privado de mi abrazo de hermano, de sentir la profunda empatía y ternura que siento, de poder con todos los hombres a quienes como tú nos sobra corazón, estrecharte muy fuerte para aliviar, aunque sea un momento, el inmenso dolor que vivir te causó.

No me despido, ni atentamente, ni de ningún modo, porque hasta mi último aliento, y esperando tu respuesta, te llevaré conmigo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 10 de marzo de 2013

CARTA

El palomar de las cartas

 abre su imposible vuelo

 desde las trémulas mesas

 donde se apoya el recuerdo,

 la gravedad de la ausencia,

 el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas

 navegando hacia su centro.

Donde voy, con las mujeres

 y con los hombres me encuentro,

 malheridos por la ausencia,

 desgastados por el tiempo.

Cartas, relaciones, cartas:

 tarjetas postales, sueños,

 fragmentos de la ternura,

 proyectados en el cielo,

 lanzados de sangre a sangre

 y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra

 mi amante cuerpo esté,

 escríbeme a la tierra

 que yo te escribiré.

En un rincón enmudecen

 cartas viejas, sobres viejos,

 con el color de la edad

 sobre la escritura puesto.

 Allí perecen las cartas

 llenas de estremecimientos.

 Allí agoniza la tinta

 y desfallecen los pliegos,

 y el papel se agujerea

 como un breve cementerio

 de las pasiones de antes,

 de los amores de luego.

Aunque bajo la tierra

 mi amante cuerpo esté,

 escríbeme a la tierra,

 que yo te escribiré.

Cuando te voy a escribir

 se emocionan los tinteros:

 los negros tinteros fríos

 se ponen rojos y trémulos,

 y un claro calor humano

 sube desde el fondo negro.

 Cuando te voy a escribir,

 te van a escribir mis huesos:

 te escribo con la imborrable

 tinta de mi sentimiento.

Allá va mi carta cálida,

 paloma forjada al fuego,

 con las dos alas plegadas

 y la dirección en medio.

 Ave que sólo persigue,

 para nido y aire y cielo,

 carne, manos, ojos tuyos,

 y el espacio de tu aliento.

Y te quedarás desnuda

 dentro de tus sentimientos,

 sin ropa, para sentirla

 del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra

 mi amante cuerpo esté,

 escríbeme a la tierra

 que yo te escribiré.

Ayer se quedó una carta

 abandonada y sin dueño,

 volando sobre los ojos

 de alguien que perdió su cuerpo.

 Cartas que se quedan vivas

 hablando para los muertos:

 papel anhelante, humano,

 sin ojos que puedan serlo.

Mientras los colmillos crecen,

 cada vez más cerca siento

 la leve voz de tu carta

 igual que un clamor inmenso.

 La recibiré dormido,

 si no es posible despierto.

 Y mis heridas serán

 los derramados tinteros,

 las bocas estremecidas

 de rememorar tus besos,

 y con su inaudita voz

 han de repetir: te quiero.

El Hombre Acecha 1939

Llamo a los poetas

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre

y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:

tal vez porque he sentido su corazón cercano

cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,

y además menos solo. Ya vosotros sabéis

lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.

Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,

Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,

Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:

por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,

donde la telaraña y el alacrán no habitan.

Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros

de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula

sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.

Ya sé que en esos sitios tiritará mañana

mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,

la palabra con toga, la pantera de acechos.

Vamos a hablar del día, de la emoción del día.

Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita

que la insolencia pone bajo nuestra nariz,

hablaremos unidos, comprendidos, sentados,

de las cosas del mundo frente al hombre.

Así descenderemos de nuestro pedestal,

de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos

a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,

sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie

de su herida, debajo del chorro asesinado,

que quiero contener como si fuera mío,

y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.

Por eso nos sentimos semejantes del trigo.

No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,

y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.

Tan sensibles al clima como la misma sal,

una racha de otoño nos deja moribundos

sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos

en todo arraigan, piden posesión y locura.

Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,

con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,

Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,

Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.

Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,

en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.

Veré si hablamos luego con la verdad del agua,

que aclara el labio de los que han mentido.

El Hombre Acecha 1939

ETERNA SOMBRA

Yo que creí que la luz era mía

 precipitado en la sombra me veo.

 Ascua solar, sideral alegría

 ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:

 raudo anhelar sin perfil ni penumbra.

 Fuera, la luz en la luz sepultada.

 Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.

 Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles

 dentro del aire que no tiene vuelo,

 dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.

 Dientes sedientos de ser colorados.

 Oscuridad del rencor absoluto.

 Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.

 Ya no es posible lanzarse a la altura.

 El corazón quiere ser más de prisa

 fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada

 hacia la noche siniestra, baldía.

 ¿Quién es el rayo de sol que la invada?

 Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,

 el resplandor de los dientes que acechan.

 Dientes y puños de todos los lados.

 Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.

 ¡Qué lejanía de opacos latidos!

 Soy una cárcel con una ventana

 ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha.

 por donde va tenebrosa la vida.

 Pero hay un rayo de sol en la lucha

 que siempre deja la sombra vencida.

Últimos Poemas

 

 

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Published in: on marzo 10, 2013 at 3:10 pm  Dejar un comentario  

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