LA ÚLTIMA TENTACIÓN


la ternura

LA ÚLTIMA TENTACIÓN

“Si quieres sobrevivir nunca vayas a la guerra, especialmente contra ti mismo”

Del film El Señor de la Guerra

Es más que fácil hacer la guerra contra otro. Basta con auto convencerse que el otro es la encarnación de todo lo malo y uno la de todas las virtudes y las peores aberraciones estarán justificadas en pos de la victoria. Bien distinto es guerrear con uno mismo. En ese caso uno debe reconocer al mal que lo habita y luchar contra él, es decir contra sus propias falencias, -pecados si les gusta más-, en un combate sin armas pero sin cuartel que dura toda la propia existencia. Unos que saben muy bien de qué se trata son los monjes. Con extrema humildad se abocan a esa guerra sin tregua ni diurna ni nocturna, con pequeños avances seguidos de brutales retrocesos, que elige por campo de batalla el propio corazón y la propia mente y que no tiene la victoria asegurada, ya que ella depende siempre, en última instancia, de la gracia de Dios.

Sin mucho esfuerzo se puede advertir que la gran mayoría de la humanidad sigue a rajatabla el sabio consejo de Nicolas Cage en el film mencionado. Se instala cómodamente en el pecado y se apoya en justificaciones institucionalizadas para endilgar su conducta siempre a otro, al sistema, a las reglas de juego que sigue la mayoría, nunca a sí mismo.

Tal como el Padre José me dijo hace tiempo, “al acercarse al sol empiezan a verse las manchas”. Cuando uno se descubre pecador, cuando el Yo Confieso de la iglesia pasa a tener contenido particular,  íntimo y concreto ya no queda opción. O vivo como tigre lleno de manchas o voy a la guerra conmigo mismo.

Si decido armarme e ir a la guerra conmigo mismo debo saber que las tentaciones mundanas inevitablemente se exacerbarán. Alguien le dijo a un fiel que si aun no se había topado con el demonio era simplemente porque marchaba en su mismo sentido. Como cada uno tenemos una conformación diferente, nuestras manchas son todas distintas y las más rebeldes varían de persona a persona.

Para complicar la lucha, llega un momento en que Dios, al que buscamos y anhelamos, se oculta y todas aquellas actividades espirituales que antes nos llenaban de gozo, nos hartan, nos estorban, pierden su sentido e intentamos por todos los medios reducirlas, simplificarlas o evitarlas. Entramos en el tiempo de acedía. Y es cuando más vulnerables somos a las tentaciones, especialmente aquellas que instintivamente asociamos a los tiempos más dichosos de nuestra vida.

Nadie que no esté embarcado en el mismo combate podrá comprendernos, nos tildarán de locos, colaborarán inconscientemente con el adversario, buscando por todos los medios apartarnos de la senda espiritual emprendida. Por supuesto, siempre para nuestro supuesto “bien”.

Nos sentiremos atravesando un desierto interminable, sin flores ni consuelos. En él no es extraño que la mayor tentación, quizás la última a vencer, sea la ternura proveniente de manos femeninas. El recuerdo del seno materno y la infancia bien vivida, colmada de cariño, nos empujará fuertemente al abismo propuesto. Pocos lo advierten y menos aun evitan sucumbir a él.

Veamos que hizo nuestro buen amigo Rafael al respecto.

LA ÚLTIMA TENTACIÓN

 

Muerto. No exactamente porque respiraba, solo por eso. Hacía casi diez años que a Rafael, el viento se le había invertido. De soplar fuerte de popa desde su temprana juventud, llevándolo cada vez más alto, cada vez más rápido, impulsándolo glorioso en los buenos tiempos, ayudándolo a sortear tormentas imposibles en los malos, se le había puesto bien de proa y soplaba, arreciaba por momentos, impidiéndole el más mínimo avance, cuando no obligándolo a luchar denodadamente para poder mantenerse en el mismo lugar. Rafael ya había pasado por todas las etapas. De la incredulidad inicial, a la rebelión posterior, a la inevitable resignación para arribar al actual hartazgo. Hartazgo este que no solo lo había llevado a carecer por completo de iniciativas y a desechar cualquier idea acercada por amigos, familiares y conocidos. ¿Para qué lo iba a intentar si siempre pasaba algo, es decir soplaba un viento que se llevaba en un instante todos sus esfuerzos?

Vivía en un estado de contemplación resignada. Miraba a los otros que hacían cosas, fracasando o no, pero los veía a todos sobrándole aquello que el carecía por completo: ganas.

De tanto matar por inútiles las ganas que había sentido, ya no las sentía en absoluto.

Algunas veces y tan solo por curiosidad experimental, intentaba algo simplemente para saber por donde sus planes serían desbaratados. El viento en contra siempre lo sorprendía a traición. Ya ni siquiera se enojaba, sonreía y volvía a su glacial actitud contemplativa.

Era, desde hacía tantos años cuya cantidad no recordaba, un espiritualista  casi perfecto. No tenía deseos en absoluto, solo lo guiaba la pulsión de supervivencia. Por algún motivo se empecinaba en hacerlo.

Casi perfecto porque el vacío que sus huidos deseos había dejado, no lo había llenado Dios, sino el hastío.

Su familia y amigos estaban más que preocupados por Rafael. No entendían como hacía para vivir así, vacío de deseos. Aun cuando él no lo manifestaba en absoluto, el asunto también lo preocupaba, mucho más cuando de a ratos pensara, siguiendo a Hamlet, que probablemente muerto estaría mejor. Había momentos en que cubrir sus mínimas necesidades físicas se le hacía cuesta arriba y sin sentido.

Su fibra íntima se rebeló. Un día  se propuso volver a tener deseos, metas, objetivos, a ver si lograba encauzar su vida en el estándar de la supuesta “normalidad”.

Comprobó para su horror que no podía. Se expuso a propósito a los más variados estímulos, incluso ayudado por estimulantes socialmente aceptados.

Nada, nada de nada. Cuando uno se libera de los deseos parece que son ellos los que no se dejan atrapar de nuevo.

Se dijo que no habría más remedio que sobrevivir en este estado de confortable anestesia. Porque en realidad confortable era y mucho. Al concluir como en el Eclesiastés  que “todo es vanidad” no se esforzaba por nada, nada lo sorprendía, nada lo importunaba, nada lo enojaba, nada lo indignaba, nada lo apasionaba. Una especie de síndrome de graduado de la vida, pero aun en ella, lo envolvía pegajosamente y lo atrapaba en una esfera de silencio que lo aislaba cada vez más de todo y de todos.

La vida tenía sordina, se veía a través de un opaco cristal, era en blanco y negro y no había salida.

Y Rafael hubiera seguido en ese desierto tranquilo por el resto de sus días si ella no lo hubiera buscado, si él no hubiera aceptado ese café, si él no la hubiese escuchado y tratado de contener y ayudar como hace con tanta gente a diario. Pero muchas ellas hicieron lo mismo y por muchas ellas había él actuado igual y el desierto seguía ahí inconmovible.

¿Cuál era la diferencia? ¿Qué había pasado esta vez de distinto? Ella parecía amarlo pero otras también lo hacían. Ella parecía desearlo, otras también.

Un casi insignificante gesto, desapercibido para cualquiera que no portase la sensibilidad de Rafael, había anulado el hastío, disuelto el desierto, roto el opaco cristal. Un día cualquiera de un encuentro cualquiera, agradecida por haberle cambiado el ánimo, ella había cruzado el muro, traspasado la mutua frontera y lo había regalado con una muy sentida caricia.

Rafael no necesitó palabras, por primera vez en mucho tiempo  sintió su amor en la caricia y de a poco al saberse, lejos de toda duda, amado así, toda su existencia recuperó sentido, toda su vida recobró color.

Era un trampa, deliciosa, pero trampa al fin. Rafael no podía mentirse, varias veces él había experimentado la verdad. El problema no era ella, el problema era él. Para poder avanzar en el camino espiritual,  no solo había aniquilado sin vuelta atrás a todos sus deseos, había también aceptado a la soledad como la única compañía viable y exenta de peligros y había dolorosa y trabajosamente renunciado al sexo, pulsión natural especialmente poderosa en su persona. Aun no había y se resistía denodadamente a hacerlo, renunciado a la ternura. La necesitaba, vaya si lo hacía y con el paso de los años, cada día un poco más.

Tenía más que claro que un tierno contacto físico con un ser que lo amase lo devolvería plenamente al reino de sus sentidos. Y allí, justo allí, no quería volver. No era por dogma o teoría, sino por pura experiencia propia, que sabía a ciencia cierta que el reino de los sentidos era al decir de Santa Teresa “una mala noche en una mala posada”. Era, mucho más allá de las apariencias, la entrada a un mundo de obligaciones mundanas y exigencias que no haría más que alejarlo para siempre de  su muy esforzada búsqueda de Dios.

Pero Dios, su Dios, que al principio de la búsqueda lo había llenado de entusiasmo y colmado de pruebas que certificaban la existencia de un mundo espiritual dichoso, gozoso y eterno, hoy, como hacia muchos años, estaba oculto. “En la cruz estás Tu solo, sin flores” había leído de algún santo y hoy era él quien estaba justo allí.

Dios, su Dios, lo quería solo, lo quería todo, lo quería sintiéndose vulnerable y desamparado. Rafael sabía que nunca volvería a verlo si aceptaba el consuelo de la ternura femenina. Era la última tentación, la de María Magdalena para Jesús y sintió que no tenía opción más que vencerla.

En su habitación, tan parecida en ese momento al huerto de los olivos, lloró lágrimas de sangre, se cuestionó todo su camino, toda su búsqueda, desgarró su alma, contempló el desierto que se abría acogedor a su frente y finalmente sintiendo como nunca la ausencia de su madre, la ausencia de su primer tierno amor, se entregó a la arena.

La citó en un bar cualquiera y le mostró su lado más horrible, su humanidad más oscura, tan solo para lograr persuadirla, mientras el alma se le partía, que era una total locura, siquiera abrazar o acariciar a un ser tan abyecto como él.

Enrique Momigliano

San  Clemente del Tuyú, 5 de febrero de 2013

 

El tango UNO, obra maestra del dos genios como Discépolo y Mores, habla de otro desgarro, el de no poder superar el desengaño para poder amar como se debe. Sin embargo, tiene frases tan cercanas a mi cuento que merece este lugar. Debe ser por eso de la FE que lo empecina, vio.

A quien quiera profundizar sobre la acedía le dejo este link:

http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=143&capitulo=1298

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Published in: on febrero 6, 2013 at 12:18 pm  Comments (1)  

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  1. Reblogged this on ALMA DE POETAe comentado:
    Magia


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